¿Generación panoli? (y 2)

[Viene de la página anterior, Opinión] En muchos sentidos, los integrantes de la generación del milenio se limitan simplemente a ampliar las tendencias sociales existentes. Desde el final del servicio militar obligatorio, a principios de la década de los 70, la prestación del servicio se ha vuelto progresivamente más infrecuente. Apenas el 2% de los varones de la generación del milenio son veteranos; a una edad comparable, el 13% de la generación post-Segunda Guerra Mundial y el 24% de la tercera edad estadounidense estaban licenciados. Cada generación joven muestra una mayor apertura racial y sexual.

La mitad de la generación del milenio es partidaria del matrimonio homosexual; entre la generación de los 60 y los estadounidenses en la madurez, el apoyo es de la tercera y la cuarta parte respectivamente. Sólo el 5% de la generación del milenio se opone al matrimonio interracial, en contraste con el 26% de aquellos con 65 años o más.

Lo que también es llamativo son las vastas áreas de continuidad. Pew formuló preguntas acerca del matrimonio feliz. Más de las cuatro quintas partes en todas las horquillas de edades lo consideran muy importante. ¿Vivienda en propiedad? Alrededor de las tres cuartas partes de todos los grupos cronológicos dicen que también es muy importante. La fe en Dios es generalizada: el 64% de la generación del milenio y el 73% entre aquellos con más de 30 años. No hay consenso en muchos valores, incluso si los ideales (matrimonios estables, por ejemplo) son violados con frecuencia.

Las generaciones no importan. Existe una tendencia a exagerar las generalizaciones, minimizar la cultura nacional y pasar por alto las diferencias individuales. El estereotipo de la generación post-Segunda Guerra Mundial que se tenía en la década de los 70 –por poner un ejemplo evidente– de díscolos anticapitalistas porreros obsesionados con el sexo que cuestionan cualquier autoridad fue desmentido por la realidad. Sin embargo, en el caso de los jóvenes de hoy, la situación generacional puede cobrar gran peso en un terreno: la economía.

La acusada crisis ha castigado a la generación del milenio. Según los datos de Pew, casi las dos quintas partes de los que tienen entre 18 y 29 años de edad (el 37%) está en paro o fuera del mercado de trabajo, «el porcentaje más elevado… en más de tres décadas». Sólo el 41% posee un empleo a jornada completa, por debajo del 50% de 2006. Proporcionalmente, más integrantes de la generación del milenio han perdido el empleo recientemente (el 10%) que aquellos con más de 30 años (el 6%). Alrededor de un tercio dice estar recibiendo ayuda económica de sus familias, y el 13% de aquellos con entre 22 y 29 años ha vuelto a casa de sus padres después de haberse independizado.

Los efectos adversos podrían persistir en el tiempo. Un estudio muy citado realizado por la economista de la Universidad de Yale, Lisa Kahn, concluye que los licenciados universitarios que se incorporan al mercado laboral con un acusado desempleo reciben salarios inferiores, y esa diferencia salarial puede durar dos décadas.

Escribiendo en The Atlantic, Don Peck afirma que muchos de los que alcanzaron la mayoría de edad con el cambio de siglo, sobreprotegidos como niños y albergando una sensación de derecho, están mal preparados para tolerar un «clima económico difícil». Les falta tenacidad e imaginación para salir adelante bien. Dicha acusación formal puede ser injusta. Mi propia experiencia es que los compañeros de trabajo de la generación del milenio son diligentes, disciplinados y se crecen ante la frustración.

De todos modos, podrían llegar más malas noticias. A medida que los de la generación del Baby Boom se vayan jubilando, el mayor gasto federal en la seguridad social, Medicare y Medicaid podría disparar los impuestos de la generación del milenio y agotar los presupuestos de los demás programas gubernamentales. Será más difícil fundar y formar una familia.

La generación del milenio podría convertirse en la generación de los panolis. Podrían pagar por los pecados económicos de sus mayores, en particular el fracaso a la hora de hacer frente con hechos al predecible coste de la jubilación de la generación post-Segunda Guerra Mundial.?

Robert J. Samuelson

Mercados, El Mundo, 14.3.10

 

 

 

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