¡A por los sueños…!

Los bienes de dignidad humana, de comunión fraterna y de libertad,

todos esos frutos buenos de la naturaleza y de nuestro esfuerzo…

los volveremos a encontrar limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados…

El Reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra (GS 39).

 

 

 

 

            Soñar

 

Estamos hechos de la misma materia con la que construimos nuestros sueños. Al respecto, desde el concilio Vaticano II hasta nuestros días, han caído no pocas estructuras y esquemas mentales; otros, se han vuelto a levantar. Pero, por encima de todo, quedan los sueños. Permanecen siempre, porque forman parte de nuestra sustancia. Gracias a Dios, Él «ha creado al hombre lo menos posible» (Saint-Bonnet) para que la libertad y creatividad del ser humano –unidas a los sueños– alcancen nuevas visiones que recreen este mundo «perfectamente imperfecto» (Musil).

El modelo general de vida y desarrollo actuales atraviesa por momentos críticos y, por eso mismo, creativos. Late y crece por doquier la convicción –con dosis excesivas de ambigüedad y contrasentido quizá– de que crisis como la ecológica sólo pueden ser vencidas mediante la curación del mundo interno de cada hombre. Vivimos tiempos, en fin, que han de lanzarnos con una rabia particular… ¡a por los sueños!

 

 

            Pensar

 

Visto que, por lo demás, las condiciones de nuestra aldea global nos empujan a sustituir la realidad por imágenes, será cuestión de no ignorar el mucho sufrimiento que sigue conviviendo con los sueños. La «realidad mayor» –queramos verla o no, sentirla o reemplazarla con tal o cual fotografía–, ésa de la injusticia, ha de darnos que pensar. Por primera vez en la historia, por ejemplo, estamos en condiciones de acabar con la pobreza, pero siguen ahí los rostros de dolor de tantos y tantos…: 2.800 millones de personas sobreviven con menos de dos dólares diarios; 1.200 millones, con menos de uno. Seis millones de niños menores de 6 años mueren cada año por falta de alimento; cada 3,6 segundos fallece un ser humano por desnutrición. Sin embargo, con una cifra igual al presupuesto militar de Estados Unidos sería más que suficiente para acabar con la pobreza en el mundo.

La ebriedad e insolidaridad con que vivimos, en fin, nos han conducido a una «crisis ecológica» de dimensiones insospechables. Cada año, unos 60.000 kilómetros cuadrados de tierra cultivable se transforman en desierto y otros 200.000 se deterioran; de 1950 hasta la fecha se agotó una cuarta parte de las zonas pesqueras; la deforestación destruye anualmente entre 14 y 31 millones de hectáreas; algo semejante ocurre con el agua, donde las previsiones apuntan a que en el 2025 dos tercios de los habitantes del planeta carecerán de ella. Evidentemente, o cambiamos o nos destruimos.

 

 

            Despertar

 

Agitados por los sueños y afectados por la injusticia hemos de despertar, de tomar conciencia y encarar cuanto pasa más allá del apacible entorno que nos envuelve. Por un lado y principalmente, debemos caer en la cuenta de que es en el corazón del hombre donde se abonan o cercenan las plantas del disparate y la tropelía; por otro, que «todo cuanto existe, coexiste y vive en una tela infinita de relaciones omnicomprensivas» (Boff).

Este número de Misión Joven, en particular, se detiene a considerar el perfil ecológico de ambos aspectos. Fundirlos bajo tal perspectiva, expresa ya el nuevo modelo o paradigma ecológico actual, que no puede reducirse al simple cuidado de la naturaleza –ecología ambiental– ni tan siquiera a la preocupación conjunta por el ser humano dentro de la naturaleza –ecología social–, sino que ha de apuntar más allá: hacia una «ecología integral» capaz de rehacer la alianza hombre-naturaleza-universo.

La crisis ecológica es más que la mera degradación medioambiental o la configuración tecnológico-consumista de nuestra sociedad. Antes de nada, apunta hacia el tipo de mentalidad segregada por un modo de vivir y organizarnos que nos apremia a cuidar y curar el interior de cada persona. En segundo lugar, la «conciencia ecológica» no sugiere una adjetivación añadida sino que ha de ser la forma que adopte la conciencia moral en nuestros días. Se trata, entonces, de reajustar nuestro modo de ser y pensar para cuidar de todos y de todo: ahí reside no sólo la responsabilidad sino también la sabiduría para construir el futuro.

 

 

            Educar

 

Los «Estudios» de este número son más narrativos, más experienciales e, incluso, hasta didácticamente predispuestos para ensayar educativamente sus planteamientos. Y es que la ecología, sin duda, constituye uno de los valores más cercanos a los adolescentes y jóvenes. Si a ello unimos la urgencia de una «educación para amar y hacer posible la vida», claramente descubrimos aquí uno de los caminos más adecuados para la praxis cristiana con las jóvenes generaciones. Por lo demás, la «conciencia ecológica» –en tanto que reconocimiento de la estrecha unidad y de la totalidad interrelacionada de cuanto existe– constituye una senda inmejorable para acercar al sentimiento religioso y para asumir la responsabilidad ante todos y todo. Un sendero, en definitiva, para asombrarse, respetar, admirar y comprometerse…, es decir, para el reencuentro con el sentido sin máscaras de ninguna clase –incluida la de la portada–.

 

José Luis Moral

directormj@misionjoven.org