Acoger a los que vuelven

Álvaro Ginel es director de la revista Catequistas

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

A partir de los datos de un muestreo sobre el alejamiento de la comunidad, realizado por el mismo autor, a cristianos “que han vuelto” a la iglesia, el artículo señala un rico conjunto de propuestas pastorales, que pueden iniciar la reflexión sobre una cuestión de importancia eclesial. Comienzan por la escucha, la acogida, el diálogo; se centran en la construcción de un camino abierto desde la realidad misma de la persona que vuelve; y precisan verdadero encuentro y acompañamiento.

 

“Los que vuelven”, se sobrentiende “a la fe”, o “a la Iglesia”. Algunos teólogos y pastoralistas de la Iglesia francesa llevan años reflexionando sobre los que ellos llaman: los recommeçants[1] y que nosotros aquí traducimos por los que vuelven. Parece oportuno que también en nuestro contexto eclesial comencemos a tomar en cuenta a estas personas. ¿De quiénes estamos hablando? Nos referimos a un cierto número de personas, cristianos en la infancia y en los años de juventud, que se vuelven a interesar por la fe y por la comunidad cristiana después de una etapa de distanciamiento, de olvido, de negación, de oposición o de reflexionada y decidida separación de la Iglesia y de la fe.

Esta reflexión que me ha pedido la revista Misión Joven la hago teniendo en cuenta dos referencias: una pequeña encuesta-consulta distribuida, con ayuda de amigos, a un cierto número de personas que han vuelto. La segunda referencia es la literatura francesa sobre este tema que he podido consultar. El objetivo que me propongo es suscitar la reflexión entre nosotros sobre los que vuelven para abrirnos a una pastoral de acogida y de encuentro de quienes un día se alejaron y un día decidieron volver.

Siempre ha habido personas que se separaron y que volvieron al seno de la Iglesia. La terminología clásica utilizaba la expresión pecadores arrepentidos para denominar a estas personas que un día volvían al seno de la Iglesia. Lo nuevo hoy es que este número, si no es más elevado que antes, sí que reviste unas connotaciones especiales, pues vuelven en un momento en que otros se distancian de la Iglesia. Eran ellos los que tenían que hacer el camino de vuelta. La Iglesia no tenía que hacer nada: sólo juzgar su arrepentimiento y aceptarlos otra vez. Ellos volvían a integrarse en la normal estructura de la comunidad como si nada hubiera pasado, sin estructuras pastorales específicas para ellos. Lo nuevo es que hoy nos planteamos qué es lo que la Iglesia misma tiene que hacer específico para este grupo de personas que vuelven. No sólo se da un movimiento por parte de los que vuelven, sino que la Iglesia, en su acción pastoral, también se tiene que “mover”, que cambiar, que hacer algo.

La vuelta de estas personas se realiza en un momento histórico en el que sociológicamente, al menos en nuestro reducido ámbito cultural, la Iglesia es percibida por muchos como poco significativa[2]. Está más “de moda” apartarse de la Iglesia que regresar o permanecer en ella. Y a pesar de todo, hay personas que vuelven. La vuelta no está ligada a una moda, sino que se efectúa como movimiento de contracorriente, lo cual indica que en esas personas que vuelven hay que descubrir un signo de la acción del Espíritu en nuestros días. Por eso la acción pastoral debe estar atenta para acoger y para dar respuesta a quienes llaman a las puertas de la comunidad después de un largo camino o de una larga ausencia.

 

  1. Datos de un muestreo

 

A continuación comento los datos de las quince cartas-consulta que me llegaron de personas que han vuelto. Son personas que yo no conozco y a las que he podido llegar a través de amigos y conocidos. Sintetizo las respuestas de los cuatro puntos que se les pedían en la carta. No se puede hablar de verdadera encuesta o consulta científica, pero sí de un muestreo o de una aproximación a lo que algunas personas vivieron y viven en ese doble movimiento de alejamiento y de vuelta. La finalidad de presentar esta síntesis es para que quienes no han tenido trato con “los que vuelven” dispongan de un sencillo panorama que les oriente en esta realidad eclesial. Otros libros y otras realidades les permitirán ampliar y profundizar los rasgos que aquí no se reflejan y contrastarlos con otras vivencias.

 

  1. 1. El alejamiento de la comunidad

Un día te alejaste de la comunidad, ¿podrías verbalizar alguna razón? Esta es la redacción de la primera pregunta de la mencionada carta-consulta. Las respuestas recibidas las agrupo en estas categorías:

 

  • No sé bien por qué

Así se puede resumir la primera categoría de respuestas: no sé bien por qué. “Un día dejas de participar en las cosas de Iglesia y no sientes nada, no echas de menos nada, no te pasa nada. Te preguntas, después, qué sentido tiene seguir en algo que si lo dejas no te pasa nada. Y lo abandonas poco a poco hasta que te haces a vivir al margen de Dios y de la religión con toda la tranquilidad del mundo. O descubres que haces cosas y no sabes por qué las haces ni para qué ni qué sentido tienen. Las cosas que se hacen por costumbre y sin raíz, se abandonan tarde o temprano”. “Cuando la celebración no te aporta nada, la dejas y no sientes nada. No la echas de menos. Un día te encuentras fuera de la Iglesia y no tienes una razón específica que justifique el abandono, pero no tienes ganas de volver a ella”. Alguno lo expresa muy bien con esta afirmación: “Iba a la iglesia. Después dejé de atraerme y hasta hoy”. El alejamiento, apuntan algunos, se puede producir también por la vida familiar y laboral, que en determinados momentos impide la participación en la celebración o actividades de la comunidad. Lo dejas y ya no encuentras nada que te motive a volver. Las cosas pasan casi sin darnos cuenta.

La lejanía de la fe o de la Iglesia comienza con una lejanía de la parte mesurable de la religión, como es la práctica religiosa. Abandonada la celebración de manera sistemática, se va produciendo, al menos en los que han respondido, un progresivo abandono u olvido de la Iglesia y hasta de la dimensión más personal de relación con Dios, la fe. Todo sucede aparentemente de manera progresiva y casi sin darse uno cuenta. No existen razones que afiancen a la persona a una comunidad, a una profesión de fe en Dios y, sin razones que den consistencia, el abandono parece normal. Todo lo religioso es tan débil y sin fundamentos sólidos que se debilita o desaparece “sin saber muy bien por qué.

 

  • Imagen negativa de la Iglesia

Un grupo numeroso de respuestas apuntan hechos vividos en la comunidad cristiana y que son un antitestimonio que llevan al distanciaminto: el vacío de las celebraciones (al no ser entendidas), la imposición de la práctica religiosa, las amenazas del infierno; la doble vida de los responsables de la comunidad; curas que niegan sacramentos a alguien de manera brusca, sin diálogo, sin una palabra de comprensión; el doble rasero con el que algunos miden a unos y a otros; la represión; la falta de razones para vivir que se le ofrecieron; la predicación de un Dios negativo en el que no apetece creer; la acentuación del miedo como motor de la vida religiosa; el haber depositado responsabilidades demasiado fuertes sobre las espaldas de algunos y no haber estado al lado como ayuda, apoyo, cercanía: “Llegué a tener la impresión de que me utilizaban, de que jugaban con mis ansias juveniles”. En este bloque de respuestas hay un hecho concreto que se vive de manera negativa y que es causa del abandono de la Iglesia y del abandono de Dios. Un Dios que pide o exige lo que “estos señores” dicen, no es un Dios creíble. Y se da el portazo.

 

  1. 2. Un día te encuentras con que Dios no forma parte de tu vida

 

La segunda pregunta invitaba a las personas que vuelven a narrar algo sobre los momentos de su vida en que pasaron años después de decidir vivir al margen de todo lo religioso o eclesial. Es la pregunta que menos se comenta y cuando se hace se realiza a grandes rasgos, sin describirla. Pequeñas frases lo dicen todo. Dos categorías sobresalen en los datos que aportaron.

  • Y no pasa nada

Es la respuesta de bastantes. Vivir sin Dios es una manera de vivir en la que no pasa nada. No se le echa de menos a Dios ni a la Iglesia. Se vive tranquilamente sin Dios. Quizás algunos no lo puedan entender, pero muchos de los que vuelven vivieron tan ricamente sin echar de menos a Dios ni a la comunidad. Si un día vuelven, no es porque le echen de menos, sino por otras razones. La vida tiene muchas otras ofertas para llenarla: el trabajo, los amigos, la realización personal, el hacer el bien a los demás, el pasarlo bien. Una frase de la encuesta puede resumir la vida de los que viven sin Dios y no pasa nada: “Vamos a nuestro aire, nos sentimos con fuerzas para solucionar la vida y no pedimos más”.

 

  • Algo falta

Minoritario, pero existe como grupo en la consulta, que expresa que “sentían que les faltaba algo”. Es la perspectiva de los que se alejaron, pero siempre llevaron dentro un “poso” de Dios. Son pocos los que dicen que vivían la lejanía de Dios y de la Iglesia como faltándoles algo. Pero hay algunos. Se fueron, pero nunca llegaron a separarse del todo, al menos existía una nostalgia de lo que abandonaron. “Mi vida no era completa, pero tampoco quería volver porque tenía muy claro por qué me había ido”.

 

  1. 3. Un día te pusiste “de vuelta”

 

Si el abandono de la fe y de la Iglesia se puede dar “casi sin darse uno cuenta”, la vuelta es algo muy pensado. No se vuelve “casi sin darme cuenta”, sino “dándome cuenta perfectamente”. La vuelta no es una “casualidad”, sino una opción que se hace lentamente. Comienza por una “asomarse” a los creyentes y después, en la mayoría de los casos, se continúa adelante. Al preguntar a los que vuelven por lo que les hizo ponerse de vuelta hacia la Iglesia o hacia la fe hay dos categorías que están presentes prácticamente en todas las respuestas recibidas. Es posible que predomine una sobre la otra, pero casi habría que decir que no se da la una sin la otra.

 

  • Los ‘palos’ de la vida

Uno de los factores apuntados por muchos son “los golpes que la vida nos da”. Los “golpes” más mencionados son: la muerte de seres queridos, los accidentes (o enfermedades) que causan la muerte de manera inesperada y sorprendente, la muerte de personas jóvenes, las separaciones. He aquí un testimonio sobre las separaciones: “Cuando me separé, me di cuenta de que al otro se le elige, como se elige a Dios o como uno se separa de Dios. La elección es un momento importantísimo en la vida y lo podemos hacer sin profundidad. Después pasa lo que pasa. Esta reflexión sobre mi separación me llevó a revisar mi elección de Dios. Y comencé así el camino de vuelta. Con Dios me era más fácil revisar la opción que con la persona que me dejó y se casó con otro. No tenía opción para revisar y profundizar la elección de mi ex-marido. Es tremendo. Nos dejamos en la mierda con toda facilidad. Y entendí que Dios no me trataba así. Volví.” No todos los momentos de la vida son iguales. Unos nos hacen reflexionar y nos replantean la existencia. En esos momentos surgen las preguntas fundamentales y aparece la realidad de la opción por Dios.

 

  • Las ganas de ser yo misma

Podíamos agrupar aquí las respuestas de quienes, alejados, nunca perdieron la tensión de una vida responsable y de una vida de crecimiento personal. En un determinado momento, la persona descubre un vacío interno y siente necesidad de rellenarlo. Dos dimensiones se mencionan de manera más común: la preocupación personal por uno mismo, por la paz interior a través de la meditación, la relajación, la autoestima, los libros de autoayuda y sus límites; y por otra parte, la entrega a tareas sociales, justicia social, participación en ONGs… El descubrimiento de las necesidades de los otros y el descubrimiento personal, llevó a algunos a preocuparse por el Dios que habían abandonado, por la comunidad de la que se habían alejado y descubrieron los valores que allí se encerraban, aunque no siempre se practicaran.

 

  1. 4. El retorno

 

Una persona, al releer su historia de lejanía y de vuelta, concluye diciendo: “Siento que Dios no me abandonó nunca”. Es una reflexión que sólo la persona singular puede realizar y esto, a posteriori. Ser capaces de ver que todo el entramado de la vida está tejido en una historia donde Dios está presente siempre quizá no es meta a la que todos pueden llegar. Algunos lo consiguen.

El retorno, como el alejamiento, no es algo puntual. Tenemos que hablar de procesos, de caminos largos. Pero sí que es posible determinar algunos hechos que sirven de revulsivo o de referencia para iniciar el retorno. Algo nos pone en marcha y después ya es cuestión de ir recorriendo el camino. Los factores o elementos más destacados que los que vuelven verbalizan son dos: uno hace referencia al influjo que recibieron de fuera, generalmente de personas que coincidieron en su camino. El otro alude a lo que les pasa en su adentro a las personas que retornan, a lo que el retorno tiene de cambio interior y personal.

 

  • Personas diferentes

Con esta expresión queremos denominar la experiencia que la mayoría de los que vuelven tuvieron con personas en las que percibieron una manera de vivir el cristianismo diferente. Lo diferente está en detalles muy concretos: “Me acogieron sin juzgarme, sin importarles mi pasado. Les importé yo, mi persona, mis problemas, mi presente, sin preguntas, sin condenas. Esto me hizo cambiar totalmente”. “Vi que vivían la vida con alegría, tenían un Dios que les alegraba la vida y yo vivía en la tristeza. Esto me interrogó enormemente”. “Topé con un párroco que “antes de volver” ya me dio responsabilidades. Se fio de mí. No me exigió nada previo, no me examinó. Me integró en la comunidad haciendo cosas, encomendándome “chapuzas”. Cierto, eran cosas pequeñas, detalles, pero aquello era algo grande para mí: se me tenía en cuenta, me daba algo que hacer aunque sabía que yo era un “perdido”.

Lo diferente no es qué intimidad o relación la persona tiene con Dios, sino la relación que se entabla con el que viene, con el hermano. Y quizá se pueda ser acogedor con el hermano porque se intima mucho con Dios. De hecho, lo que más subrayan los que vuelven es el encuentro con creyentes diferentes. Y la diferencia está en el trato y acogida que se les dispensa, no como algo postizo o como anzuelo para pescar a alguien, sino porque perciben que son actitudes vividas con la máxima normalidad.

 

  • Lo que más me cuesta a la vuelta

La mayor parte de los que vuelven expresan claramente que no vuelven “al montón” y no vuelven “a la rutina” ni “por rutina”. La vuelta es una exigencia interior, no un capricho. Aclara mejor lo que significa la vuelta para personas concretas la transcripción de algunos testimonios: “Lo que más me cuesta es el paso de la seguridad del dinero a la seguridad en Dios. Tengo un largo camino. ¡Cómo envuelve el mundo! Sólo veo solución en la oración y en la búsqueda de Jesús con toda sinceridad”. Deberíamos hablar más que de vueltas o retornos de verdaderasconversiones, no son una simple “vuelta” a la Iglesia. Éste será uno de los temas pastorales más importantes. Los que vuelven precisan una acogida que es más que vuelta al redil. Vuelven a una manera de vivir el mensaje de Jesús más exigente y coherente. Sólo eso justifica la vuelta. Otro testimonio que hace pensar: “Vuelvo a la comunidad de Jesús de la que me alejé, no a la “panda de X”. Vuelvo a la comunidad que quiere vivir el Evangelio y evangélicamente. Vuelvo a una comunidad donde he encontrado hermanos que viven sin ganas de poder, con muchas ganas de búsqueda, de oración, de trabajo por los últimos. No vuelvo por el ejemplo de los pastores; vuelvo por el ejemplo de los hermanos”.

Hasta aquí el panorama que nos refleja un poco el “universo” en el que se mueven los que un día se marcharon y un día decidieron volver.

 

  1. Sugerencias para la acción pastoral

 

No basta conocer lo que acontece en las personas que vuelven a la Iglesia. Si nos asomamos a su mundo desde la preocupación de la acción pastoral de la comunidad cristiana es para proponer acciones eclesiales que respondan a su realidad concreta de la mejor manera posible. En la Iglesia hay cosas que acontecen “a pesar” de los creyentes, a pesar de las estructuras. En muchos casos, los que vuelven a la Iglesia no lo hacen por una acción programada por la comunidad, sino por una acción del Espíritu en lo secreto de su libertad que ellos mismos deciden secundar. Es responsabilidad de la comunidad creyente acoger y encauzar los susurros del Espíritu en la corriente de vida que la comunidad cristiana protagoniza.

 

  1. 1. Delimitar bien qué queremos decir

 

Podemos caer en la tentación de las “modas pastorales” y pensar que todos los adultos que traen los hijos a catequesis, o se hacen alguna pregunta, o pisan alguna vez por la iglesia después de un cierto tiempo de ausencia, etc., ya entran en la categoría de “los que vuelven”.

Para poder hablar de los que vuelven, con Roland Lacroix[3] precisamos que sólo se pueden denominar como “personas que vuelven” a quienes se les proporciona un lugar y un acompañamiento en el que su búsqueda sea acogida y donde ellos puedan “recomenzar”. Lacroix define como persona que vuelve “a quien participa en un grupo que le propone un camino de iniciación o de recomenzar[4]”. Existen posiblemente otros muchos que vuelven pero lo hacen de manera diferente: integrándose en la comunidad sin más, sin un proceso, sin la necesidad de plantearse en grupo preguntas y comportamientos que necesitan aclarar. Éstos no entrarían en el grupo que aquí nos ocupa.

Los que vuelven son, en primer lugar, bautizados alejados que quieren emprender de nuevo un camino responsable de vida cristiana en la comunidad, no al margen de ella. Cada uno está donde está y viene de donde viene. Unos necesitarán reiniciar un proceso desde cero. Otros ya han recorrido por su cuenta, leyendo libros o hablando con personas que ellos se buscaron, tramos importantes de camino. Todos rechazan vivamente que se les impongan ritmos, metas, metodologías que les encasillen y les priven de libertad personal.

Otro rasgo descriptivo de los que vuelven y aquí consideramos es que regresan, de ordinario, por caminos que no son las ofertas pastorales ordinarias de la comunidad cristiana. Éstas se dirigen, casi con exclusividad, a los que están en la comunidad o en su radio más cercano. Los que vuelven llegan por otros caminos, especialmente por acontecimientos puntuales, unas veces son sacramentales, otras son acontecimientos personales ya sea de dolor o de alegría. Y buscan no tanto lo que ya tenemos funcionando en la comunidad, sino algo que les dé respuesta a su realidad particular, a su búsqueda, a su retorno. El punto de partida radica en considerar a los que vuelven como personas en camino y en proceso de búsqueda. No es que lo tengan todo claro ni que estén decididos ya a formar parte de la Iglesia. Vienen buscando; prefieren darse tiempo, revisar su vida y revisar la vida de la comunidad para evaluar los límites de sus posturas dentro de la comunidad.

 

2.2. El don de la escucha

 

Los que vuelven tiene necesidad de poder hablar, de poder expresar lo que han vivido y lo que están viviendo en su interior sin la “amenaza” de ser juzgados, que es uno de los indicativos que mejor refleja la comprensión o incomprensión que se da al otro.

Es muy revelador lo que los Obispos franceses[5] proponen a este respecto: “La experiencia actual de la evangelización implica esta comprobación inicial: existe actualmente en nuestra sociedad un cierto número de personas que esperan algo de la Iglesia y que tienen la posibilidad de manifestar su expectativa cuando, de una manera y otra, entran en relación con la Iglesia para solicitar el sacramento del bautismo o del matrimonio, con ocasión de acontecimientos especiales alegres o tristes que marcan su existencia, gracias a encuentros ocasionales con una comunidad cristiana, con un grupo más o menos informal, o incluso con un movimiento organizado que les propone un camino de iniciación al Evangelio, en función de su situación humana.

¿No debemos quizá admitir que encuentros de este tipo cuestionan e incluso trastocan la lógica misionera que llevábamos en nuestro interior? Porque de hecho, hemos podido imaginarnos, según una lógica más o menos comercial, o al menos exclusivamente funcional, que la Iglesia, para evangelizar, debería hacer intervenir una especie de ley de la oferta y la demanda, situándose ella en el lado de la oferta, y los demás, las personas que esperan, del lado de la demanda […] Estas personas que esperan no deben considerarse pura y llanamente, según una lógica comercial, como clientes de la Iglesia, dispuestos a consumir pasivamente lo que tenemos que proponerles. Son, por encima de todo, hombres y mujeres que, por su expectativa y su camino, dan fe de la libertad de Dios y de la obra del Espíritu Santo, que puede despertar en todo ser humano el deseo de ir más allá de cuanto vive en lo inmediato. A su manera, a veces desconcertante, estas personas nos recuerdan que el terreno fundamental de la evangelización es el de la existencia humana, y que no existe evangelización auténtica sin esta confrontación efectiva entre el Evangelio de Cristo, la Revelación de Dios y las expectativas profundas de las que todo ser humano es portador”.

La escucha tal como se entiende aquí no es un acto de cortesía: dejar hablar al otro para después decirle que está equivocado. Dejar hablar y escuchar la palabra pronunciada por el otro es un acto de fe y un acto de encuentro. Dios está también “manos a la obra” (Jn 5,17) más allá de nuestras propias fronteras: los que vuelven (¡y los que no vuelven!) son, en palabras de los Obispos franceses, “por encima de todo, hombres y mujeres que, por su expectativa y su camino, dan fe de la libertad de Dios y de la obra del Espíritu Santo, que puede despertar en todo ser humano el deseo de ir más allá de cuanto vive”. Así entendida la escucha de la que aquí hablamos, es, ante todo, una escucha de la obra de Dios en la vida del otro. Y lo de Dios no se percibe siempre bien a la primera ni con nitidez. Lo de Dios no es siempre clasificable dentro de los esquemas aprendidos en libros o en los apuntes de clase en el seminario o en las aulas de la universidad. Lo de Dios llevará más de una vez a los creyentes a la oración, a la contemplación, al silencio para captar la señal de su paso por las vidas de los hombres y mujeres que se acercan y nos interrogan con su vida y su palabra.

Y no es que el creyente tenga que enmudecer. Le basta el silencio. Porque la verdadera escucha provoca palabra. “Al comprender estas expectativas humanas y responder a ellas, continúan los mencionados Obispos, la Iglesia tiene la responsabilidad de mostrar que no se conforma con responder a unas demandas inmediatas, sino que ejerce una misión que ha recibido de Cristo y que consiste en mostrar y abrir los caminos que conducen a él[6].” la vida de muchos nos deja sin palabras, en silencio respetuoso. Y es el silencio y la oración el lugar de encuentro y de surgimiento de la palabra oportuna, de la acción precisa, de la mano tendida.

Muchos de los que vuelven son conscientes de que no tienen por qué renunciar a todo lo vivido anteriormente. Su vida pasada es una riqueza y está llena de elementos que no tienen por qué abandonar. Fuera de la fe y de la vida comunitaria han hecho descubrimientos y han madurado determinadas facetas de la dimensión humana perfectamente válidas. Tienen que aclararse hasta descubrir qué les exige la confesión de fe en Cristo Jesús, la plena participación en la vida comunitaria y lo que ellos están viviendo. Se abre aquí un campo de diálogo, de análisis, de espera, de acompañamiento y de acogida que exige a la comunidad cristiana renunciar a querer que todos “pasen por el aro” de una forma de entender a la persona y de entenderse como comunidad.

  1. 3. Un camino abierto

 

La educación en la fe, el descubrimiento del Señor necesita algo sistemático y orgánico[7]. La palabra camino hace referencia a una dirección que hay que seguir para llegar a un determinado lugar. El principio pastoral de trabajo con los que vuelven tiene que ser la construcción de un camino abierto desde la realidad de las personas que vuelven. Si este principio puede ser referencia básica para todo grupo de reflexión en la fe, lo es más tratándose de personas que vuelven.

Cada persona tiene su historia personal. Lo que nos hace poder construir y seguir un camino nuevo que no encontraremos en ningún libro es la narración de las vidas reales de quienes vuelven y participan en un grupo o se sienten acompañadas personalmente por un miembro de la comunidad.

Esta propuesta de un camino abierto parece sencilla, pero encierra no poca dificultad, en primer lugar, porque nos despoja de las seguridades que nos dan los planes trazados en los libros, los temas sistemáticos. Sistematizar, construir y organizar a partir de lo concreto de unas vidas ricas en experiencias, en búsqueda, en contradicciones, en vivencias hechas a base de haber probado un poco de todo hasta construirse un sincretismo religioso personal complejo “a la carta” puede resultar reto complicado…

La gran tentación que les puede pasar por la cabeza a los agentes de pastoral encargados de atender a los que vuelven consiste en “encasillarlos” en lo que ya existe, porque sus preguntas son parecidas a las de todos y, en segundo lugar, acortar el proceso de integración en la comunidad. Obrando así se les niega de alguna manera su historia anterior de distanciamiento de la comunidad y se reduce este hecho importante en su vida a un acontecimiento de segunda categoría. Es posible que las preguntas fundamentales sean las que nos hacemos todos, pero “el suelo” del que parten y la experiencia vivida es enormemente diferente entre aquellos “cristianos de siempre”, que nunca abandonaron la Iglesia y los que vuelven.

Los que vuelven tienen que “familiarizarse” con las formas de la comunidad, con la celebración y con el estilo de servicio a los demás, con el estilo de confesión de fe en el Señor resucitado. Y tienen que aclarar la razón de su deseo de seguir al Señor Jesús. Si no hay este cuidado por la realidad del otro, es posible que se les bloquee en su camino de vuelta. Hay que evitar que una persona que vuelve se encuentre en una situación en la que llegue a decirse a sí misma, por poca pedagogía de los responsables de la comunidad: “Yo aquí no pinto nada. Yo aquí no tengo sitio. Yo aquí no soy comprendida. Esto no es para mí. Esto no lo soporto. Aquí no se me tiene en cuenta”. Como el convaleciente que se reincorpora a su ritmo normal de trabajo dispone de tiempos y ejercicios programados por el médico según la operación sufrida o la enfermedad superada y no pasa nada, así los que vuelven deberán sentirse miembros de la comunidad progresivamente. Y es previsible que a algunas personas que vuelven les queden “huellas o cicatrices” tan marcadas que haya detalles que no pueden asumir fácilmente, de la misma manera que hay enfermedades que dejan secuelas, toda vez que lo esencial de la vida normal es posible realizarlo.

Hay que reconocer que las comunidades cristianas no están acostumbradas a prestar servicios a los que vuelven y se encuentran sin propuestas explícitas y sin “referencias prácticas” para actuar. Esto obliga a algunas personas que vuelven a “apañárselas como pueden”. En algunos casos, es previsible que funcione el miedo en los que vuelven y prefieran reintegrarse de una manera silenciosa, como si nada hubiera pasado en su historia. Pero ha pasado. Y lo llevan dentro. Lo mejor sería proporcionar ocasiones de encuentro donde realizar, durante un tiempo, un camino de reencuentro con la comunidad.

 

  1. 4. Acoger lo nuevo que tienen que decirnos

 

Más arriba hemos hablado de la escucha como actitud pastoral para acoger a los que vuelven. Estas personas no regresan vacías, con las manos en los bolsillos y la maleta llena de aire. No. Vuelven cargados de vida,

La primera riqueza que aportan es que la fe no es un movimiento lineal para todos. Muchos bautizados se toman “unas vacaciones”, se van a otros “lugares” y retornan, cuando ellos lo deciden, por las razones que sean, a la Iglesia donde fueron bautizados. De manera plástica, los Obispos de Quebec han reflejado esta realidad con estas palabras: “Estamos acostumbrados a pensar que la transmisión de la fe es como un río que se va haciendo más grande poco a poco, a medida que los afluentes van acrecentando su caudal y ensanchando su curso […] Hay que reconocer que esta imagen del río y sus afluentes no corresponde demasiado a la realidad. En la familia, con frecuencia parece que la fuente se ha secado. En la escuela, la aportación de lo religioso se ha reducido, o se trata a veces de modo aleatorio. Por su parte, la parroquia, cada vez menos frecuentada, no alimenta más que a una débil parte de los bautizados, y muchos creyentes no encuentran en ella una verdadera respuesta para su hambre […] En las nuevas condiciones, que son ahora las nuestras, lo que nos importa es remontar hasta allí donde la fe tiene su fuente; es decir, hasta el corazón de la experiencia de la gente. La fuente está en las personas, en los momentos esenciales de su vida, en las experiencias más básicas en que se dieron las primeras vibraciones, los primeros rumores de la fe. Esta fuente es la que está en el punto de partida de todos los caminos y es la que hay que volver a buscar continuamente, abrirla, canalizarla. Como si fuéramos zahoríes, tenemos que estar atentos a este fluir, lejano o cercano, de la fuente viva. Atentos a ese pozo secreto que cada uno lleva en lo más profundo de sí mismo.[8]

¿Qué traen en su maleta? En primer lugar la decisión de volver. En segundo lugar, lo mejor y lo peor de lo vivido fuera de la casa donde se bautizaron. Quizás traen dudas, falta de fe, una fe imperfecta hecha de muchos recortes, una lejanía de Dios o una atracción por Dios, o las experiencias de vivir a Dios en otros “ámbitos”. En tercer lugar, algo ha pasado en su realización como personas humanas en todo lo que han vivido y en aquello que les ha llevado a volver. Es riqueza el modo que han tenido de ejercitar la libertad, el amor, la entrega, la búsqueda, el dolor…

La vivencia de estas realidades humanas profundas en otros contextos son en sí una riqueza, hasta es posible que las hayan afrontado con una responsabilidad personal que les ha hecho madurar y descubrir nuevos horizontes y que éstos tendrán que ser confrontados con el horizonte de la fe cristiana tal como la comunidad eclesial los vive. Donde está la riqueza del otro es también el lugar de la diferencia, de lo distinto, de la pobreza, por qué no. Estas experiencias fundamentales son las que, en ocasiones, producen en algunos cierta dificultad para formar parte de la comunidad creyente. Son posibles miedos a tener que aceptar algunos postulados de la fe o de la praxis cristiana; miedos a ser tratados de manera un poco infantil: “no pienses, ya pienso yo por ti, ya te digo yo lo que tienes que decir, pensar, creer, hacer”; miedos a ser juzgados y no comprendidos; miedos a la necesidad de tener que renunciar a una religión sincretista, hecha sólo de lo que me apetece, de lo que me va…

Lo cierto es que no se vuelve a la fe y a la comunidad con lo puesto encima cuando la persona se alejó. La vida ha seguido y las oportunidades de madurar también. De hecho es esa vida al margen de la comunidad la que les lleva, de nuevo, a volver y a redescubrir la fe cristiana.

Este cúmulo de posibilidades es el que nos urge, como comunidad, a aceptar con originalidad a los que vuelven, a proporcionarles espacios de “entrenamiento” y de “revisión” de su vida, de sus principios, de sus comportamientos. No podemos, sin más, meternos a todos en el “saco de la comunidad” como si nada hubiera pasado.

 

  1. 5. Al encuentro de los que vuelven

 

En relación con los que vuelven, una postura de la comunidad cristiana consiste en esperar que ellos den el paso. Cada vez será más necesario la invitación y la iniciativa por parte de la comunidad para acogerlos.

Ni es fácil, ni tenemos experiencia de salir al encuentro de los que sienten un tenue deseo de volver. Sí que tenemos ocasiones pastorales para el encuentro con los que vuelven y para hacerles una invitación o propuesta de emprender un camino. Estas ocasiones o lugares de encuentro con los que vuelven necesitan ser potenciadas y atendidas de manera cuidada, yo diría, “mimada”.

 

  • Los momentos de petición de sacramentos.

Por razones que desconocemos, hay hombres y mujeres que piden el bautismo para sus hijos (o para ellos mismos), aunque ellos viven al margen de lo que piden; pero lo piden. En este gesto es posible percibir y descubrir que hay “rendijas” para asomarse a unos deseos de contacto con la comunidad cristiana que pueden estar velados. La acogida, el diálogo, la preocupación por su vida y sus problemas, el seguimiento durante la preparación del sacramento y después son siempre un “acontecimiento” del que nazca la decisión de emprender un camino de vuelta. La condición fundamental para que se dé la vuelta es dejar bien claro que no sólo nos interesa “la preparación para el sacramento”, sino la realidad de las personas que piden el sacramento. Lo mismo se podría decir de otros sacramentos como la confirmación, el matrimonio, la primera comunión o de los funerales…

 

  • Del despacho oficina de servicios, al despacho como lugar de acogida.

Nuestras iglesias están abiertas, sobre todo en las grades aglomeraciones, pero de ordinario, están vacías, sin alma, sin una persona con quien hablar o a quien dirigirse. Y los despachos parroquiales tiene “horarios de oficina” para tramitar papeles oficiales. Creo que hay muchas oportunidades que desaprovechamos. Hay personas que “caen” por la iglesia cuando pueden, cuando sienten la necesidad de silencio o un peso que les aplasta el alma. Además del silencio y el recogimiento del templo, no estaría de más tener la oportunidad de la palabra acogedora de alguien. De la misma manera que preparamos personas para lleven un grupo de catequesis, ¿no debiéramos preparar personas que hicieran presente a la comunidad en los templos abiertos para escuchar a quien “cae por allí” y quiera hablar o preguntar? El silencio del templo puede ser el lugar de la palabra entre dos personas.

Otros se acercan, por necesidad, a solicitar un “papel oficial”. Detrás del papel solicitado está la persona que lo solicita, con sus preguntas, con su vida, con sus alegrías y con sus penas. Hay muchas maneras de hacer un expediente. Pero el expediente puede ser una oportunidad para llegar a la persona de manera más concreta y humanizadora. Los despachos y los templos tenemos que redimensionarlos. Hoy son posibles lugares de misión, de diálogo con las personas que no vendrán a la celebración ni a los grupos. Encontrar, tomar el teléfono del que nos visita y seguir a esas personas en su realidad humana es una sencilla tarea de servicio y de acogida sincera. Hay encuentros que no son eficaces en el momento, pero son preparación para que “algo pase”, o para que “algo se renueve dentro del corazón” cuando llegue la plenitud del tiempo que cada persona tiene, o pueden ser referencia para saber “dónde acudir” cuando la persona realmente necesite hablar con alguien y decida hacerlo.

 

  • Las informaciones al fondo de la iglesia.

Tenemos que potenciar en las iglesias el servicio a través de informaciones y hojas volantes que los que visitan el templo puedan llevarse. Es una oportunidad para informar, para dar noticia de la historia del templo y su significado y para, por qué no, plantear alguna pregunta que llegue al corazón de la gente. Tenemos que entrar en la dinámica de la “pastoral del goteo” y salir de la pastoral de masas. Parece que las pequeñas iniciativas no valen la pena si no tenemos resultados amplios. Nos bastará hoy con resultados de “goteo”. No esperemos más. Y sabiendo que siempre nos quedaremos al margen de los frutos que producen iniciativas de esta índole. Pensemos en el turismo que moviliza a muchas personas. Pueden sentir la llamada en un punto de la geografía y después ponerse en marcha allí donde viven habitualmente.

 

  • Estar presentes y acompañar.

Hay veces que cuando estamos con alguien percibimos que el otro está físicamente presente, pero no está centrado en nosotros. Su cuerpo sí está aquí, pero está disperso, en otro sitio, en otras preocupaciones. La persona que tiene delante no es “lo importante” en este momento, sino una “casualidad” que le hace perder tiempo o que le corta el hilo de lo que vive dentro de sí. Cuando alguien tiene esta percepción queda bloqueado, sin ganas de seguir adelante “para no estorbar”. Hay “detalles” que son revelación de la persona. Nuestra actitud corporal y gestual no tiene que dar la impresión de que queremos llevar al otro allí donde él no quiere ir, pero sí de estar junto a él “de cuerpo entero”.

Acompañar no es imponer caminos y pistas, sino ayudar a descubrir el camino que cada uno quiere seguir. Acompañar, estar presente es permitir que cada persona pueda hablar y decir la palabra que lleva dentro. Acompañar, estar presente es manifestar atención a cada persona, porque cada persona es singular y requiere que el otro le tenga en cuenta de manera singular. El bosque no puede impedirnos mirar a cada árbol con originalidad propia. Dar importancia a la persona de manera singular es de lo más movilizador y de lo que más puede alentar al otro a emprender caminos de vuelta. La publicidad y los comerciales se centran en la persona para “venderlos el producto”. En pastoral, no tenemos nada que vender. El Señor que nos anima es el mismo que está dentro del otro y precede a nuestra acción. Nosotros somos colaboradores que prestamos nuestra ayuda humilde para que la persona pueda decidir a acoger y a tomar en la mano los deseos profundos que le habitan. Ese es el camino para llegar al encuentro con Dios.

 

Para concluir, estamos ante un mundo de posibilidades que no podemos olvidar ni relegar. El abanico de las acciones pastorales necesita ser ampliado. No basta dar respuestas a los que están. Hay que pensar en los que se fueron y un día quieren regresar. Los que vuelven son hoy un reto para la acción pastoral de las comunidades. Centrados como estábamos en los que estaban dentro y a los que queríamos cuidar, hoy nos abrimos a los que vienen de recorrer otros caminos insospechados.

ÁLVARO GINEL

 

 

[1] Henri BOURGEOIS, Redécouvrir la foi, les recommeçants, Desclée de Brouwer, París 1993. À l’appel des recommençants, Éditions de l’Atelier, París 2001. Roland LACROIX, Revisiter la foi chretienne avec les recommençanst, Éditions de l’Atelier, París 2002.

[2] “La Iglesia da pena. De los amigos con los que salimos, ni uno tiene preocupación religiosa o está interesado por las cosas de Iglesia y hay que oír lo que dicen de ella, especialmente de los obispos. En el trabajo si se habla de la Iglesia es para reírse o para despellejarla. Vas a las celebraciones y no ves un joven. Las celebraciones se han hecho más rígidas que antes del Concilio. No atrae la Iglesia. Y no se ve una jerarquía profética. Hay una tendencia a insistir en la ley, en la norma, en lo que tiene que cumplirse que produce distancia. Y los sermones dan pena. Nos aburren. No dicen nada. Están al margen de la vida. No entendemos lo que dicen y no nos abren a vivir la vida con alegría y a vivirla con perspectiva evangélica. Pero, eso sí, no te saltes una genuflexión o digas una palabra que no esté escrita en los libros litúrgicos que eres poco menos que hereje. Se percibe más el miedo que la comprensión y la misericordia. Da la impresión de que la Iglesia está a la defensiva, sin iniciativas. ¿Cuántos obispos o sacerdotes son referencia profética hoy y vale la pena escucharles? Y después, otra cosa, siempre se equivocan los demás; ellos nunca se equivocan. Si la gente entiende mejor un “me equivoqué” que una defensa a ultranza”. (Relato de cómo Javier, creyente practicante y muy cercano por lazos de sangre, ve a la Iglesia hoy). Quizá este testimonio esté demasiado centrado en lo negativo. No obstante, con matices, muchos creyentes practicantes viven hoy la situación de nuestras comunidades con preocupación; se advierte un cierto pesimismo porque ven vaciarse las iglesias. “Cada vez son menos y sus pelo es más blanco. ¿Dónde están los jóvenes?” Y no sólo es cuestión de ofensivas que llegan del exterior. Dentro de la Iglesia hay comportamientos y formas de vivir la fe y la comunidad que invitan a decir: “Ahí os quedáis”. “Mañana te escucharemos”. “Esto no puede ser verdad”. “¿Cómo vives tú lo que predicas?”.

[3] Revisiter la foi chretienne avec les recommençants, p. 6.

[4] Lacroix, o. c., p. 7.

[5] Proponer la fe en la sociedad actual. Carta de la conferencia Episcopal francesa a los católicos de su país. Lourdes, 9 de noviembre de 1996, Donaciano MARTÍNEZ y otros, en Proponer la fe hoy. De lo heredado a lo propuesto, Sal Terrae 2005, pp. 37-84, p. 63.

[6] Ibídem, p. 64.

[7] El DGC al definir la catequesis dentro del proceso evangelizador habla siempre de “formación orgánica y sistemática”. Y al especificar qué se entiende por formación orgánica, dice que “la formación orgánica es más que una enseñanza: es una aprendizaje de toda la vida cristiana, una iniciación cristiana integral, que propicia un auténtico seguimiento de Jesucristo, centrado en su persona”, cfr. DCG 67.

[8] Asamblea de OBISPOS DEL QUEBEC, Proponer hoy la fe a los jóvenes. Una fuerza para vivir, marzo 2000, en Donaciano MARTÍNEZ y otros,Proponer la fe hoy. De lo heredado a la propuesto, Sal Terrae, Santander 2005, pp. 161-191. La cita en pp. 168-169.

Compartir
Artículo anteriorSANTOS DE AYER Y DE HOY
Artículo siguienteComprar para ser