Algunas claves para un proyecto de pastoral juvenil

Riccardo Tonelli es profesor de «Pastoral Juvenil» en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma y director de la revista «Note di Pastorale Giovanile».

 

Síntesis del artículo:

Partiendo del significado actual de la pastoral juvenil -concretado a través del proceso de maduración en curso que incluye la «conciencia hermenéutica», misionera y educativa-, el artículo concreta algunas claves para los proyectos de pastoral con jóvenes en tornos a estos aspectos: “confrontarse con el acontecimiento de Jesús, el Cristo”, encarar el problema del lenguaje, apostar líneas de solución en los »problemas abiertos» y tomar en serio la «calidad» de la vida cristiana que se propone.

 

 

 

 

Mi intención es proponer algunas orientaciones para un proyecto de pastoral juvenil, según la sensibilidad actual de la comunidad eclesial. Soy consciente que mi pretensión no es ni simple ni fácil, por mil motivos evidentes. Por esto, señalo desde el principio el límite y el significado de mi propuesta, recordando dos opciones.

La primera se refiere a la actitud con la que me pongo a reflexionar. Desde hace muchos años me intereso por los problemas relacionados con la pastoral juvenil. En el estudio y en la confrontación he descubierto que el pluralismo es una exigencia que nace de la misma estructura de la verdad. Estamos obligados a ser pluralistas a causa de la limitación de nuestras palabras, siempre pobres, parciales, incapaces de expresar toda la verdad de la cual deberían ser soporte. Por tanto, hacen falta muchas y diferentes palabras para aproximarse a la verdad. Y son indispensables muchos y diferentes acercamientos para realizar una praxis pastoral al servicio del misterio del amor de Dios. La conciencia del pluralismo no puede, con todo, llegar a ser una coartada para no tomar postura: la pastoral pone en el centro de su reflexión problemas concretos y urgentes; y los problemas se resuelven poniendo en juego todos los recursos posibles.

De esa constatación nace la segunda opción. No puedo decir a los demás lo que ellos deberían hacer, con la pretensión de resolver yo sus problemas. Pero tampoco puedo permanecer neutral, como hace quien detecta solamente las líneas de tendencia sin tomar nunca posición. Para tomar posición, sin caer en la pretensión de cerrar la búsqueda, necesito un instrumento comunicativo adecuado. Este artículo mío selecciona uno, en el que tengo suma confianza: narro las perspectivas y los proyectos que he intentado realizar en compañía de tantos amigos con los que comparto la pasión y el entusiasmo por la educación de los jóvenes en la fe.

 

  1. El significado de la Pastoral Juvenil

 

La historia que deseo contar comienza con la propuesta de una especie de definición de pastoral juvenil, fruto del proceso de maduración, que se ha ido consolidando progresivamente en el ámbito de los que están dedicados a este trabajo.

 

 

       1.1. Los signos de una «maduración en camino»

 

Por mucho tiempo, los que se interesaban por los jóvenes y por su educación han sido un grupo especializado, aislado del resto de la comunidad eclesial, a quien se había delegado una función apreciada, pero poco envidiada por los demás. Los únicos contactos con las instituciones del mundo de los adultos eran las eventuales y periódicas evaluaciones y, de cuando en cuando, algún reproche porque estos encargados se sentían más cerca de los jóvenes que de los que gobernantes. Además, la atención hacia los jóvenes coincidía, casi siempre, con la vida de las asociaciones y de los movimientos. Las iniciativas se orientaban, generalmente, a ampliar su radio de acción.

¿Cuál ha sido la causa que ha desencadenado el cambio? Tres son los procesos que me parecen especialmente interesantes, como razón y justificación de la profunda renovación que se está produciendo. Los recuerdo con trazos rápidos.

 

 

La «conciencia hermenéutica»

 

Actúa con una conciencia –y consciencia- hermenéutica quien trata de actualizar lo que ha sido propuesto, y hace un discernimiento entre lo que es permanente (una especie de núcleo duro que comporta exigencias perennes) y lo que está ligado a situaciones culturales concretas. El admitir esta exigencia, introducida en el ámbito de la reflexión pastoral, ha producido la primera gran novedad.

Cada proyecto de pastoral se ha de hace a la medida de los destinatarios concretos a los que se dirige. Ellos representan, de algún modo, la situación hacia la cual está orientado. Sin embargo se trata de decidir qué función queremos reservarles a ellos.

Los modelos tradicionales, de carácter deductivo, hacen de la situación el punto de llegada y de realización del proceso. Los inductivos, propios de la última hornada cultural, confían a la situación el encargo de decidir el mismo proceso.

 

En ambos casos, la pastoral juvenil pierde toda su especificidad: el servicio de la comunidad adulta hacia los jóvenes resulta sólo instrumental, destinado a hacer pasar contenidos elaborados en otro lugar, y orientado sólo a potenciar la espontaneidad y la creatividad juvenil.

En la perspectiva de una mayor conciencia hermenéutica, situaciones y destinatarios han asumido una importancia inédita. En efecto, lo que está pasando en el mundo juvenil puede servir de estímulo especial a la comunidad eclesial de hoy para captar, en la inmensa riqueza del acontecimiento de la salvación, aquellas dimensiones que lo hacen salvífico para estos jóvenes. Los jóvenes, por tanto, no son sólo destinatarios del acontecimiento, sino que lo hacen existir, le confieren carne humana para que la salvación se realice aquí y ahora. De este modo, podemos acoger, en ese mismo gesto, la novedad emergente de  la condición juvenil y cuanto es normativo en la praxis tradicional de la comunidad eclesial.

 

La conciencia misionera

 

El segundo elemento de novedad se refiere a los mismos sujetos de la acción pastoral. ¿En qué jóvenes pensamos y a quiénes nos dirigimos para analizar la responsabilidad de la comunidad eclesial?

No hace falta gastar muchas palabras para recordar que los jóvenes son un universo muy fragmentado, que difícilmente se puede plasmar en una sola imagen. Para simplificar la diversidad, pensando sobre todo en el contexto en que estamos reflexionando, es fácil constatar que hay jóvenes cercanos, sensibles a las propuestas eclesiales, dispuestos a altos niveles de participación y de responsabilidad evangélica; y hay jóvenes menos cercanos, indiferentes, ajenos a los compromisos más serios de la vida.

¿A qué categoría de jóvenes ha de dirigirse la mirada de la comunidad cristiana para cumplir su misión? La conciencia misionera que progresivamente se ha ido consolidando en la comunidad eclesial, mueve a pensar, en primer lugar, en todos los jóvenes, y no sólo en aquéllos que responden a cualquier propuesta y viven con intensidad su experiencia cristiana. No es correcto, ciertamente, cerrar los ojos a estos jóvenes comprometidos, que han entrelazado una relación satisfactoria con la comunidad eclesial. Pero tampoco podemos limitar nuestra mirada a estas situaciones felices. Las consideramos como una propuesta concreta de posibilidades y de intervenciones: muestran con los hechos que algo puede cambiar e indican las condiciones que hay que recorrer para alcanzar resultados satisfactorios.

 

La conciencia educativa

 

También la tercera cuestión afronta un problema de gran alcance teórico y práctico. La comunidad eclesial siempre se ha interesado por la educación. Si los términos no son sólo un vacío juego de palabras, definir la pastoral juvenil como educación en la fe (o de la fe, como alguno prefiere decir) no es ciertamente una opción indiferente. A pesar de reconocer la autonomía de las ciencias y el significado de los procesos educativos…, se ha tratado más de palabras que hechos en la vida eclesial concreta.

La consecuencia ha sido la elaboración de un modelo de acción pastoral en que los problemas de la evangelización eran afrontados a partir de reflexiones de tipo prevalentemente teológico y las perspectivas de acción arrancaban de las exigencias del «deber ser». Con esta lógica, en la definición de los procedimientos que se refieren a la evangelización, por ejemplo, se insistía mucho sobre la dimensión objetiva y «de verdad» de la experiencia cristiana. A las ciencias de la educación se les pedía una aportación prevalentemente funcional. En la realización de los proyectos pastorales, aun cuando se hablaba de educación, la referencia a las ciencias de la educación era sólo de tipo analógico.

 

El cambio de mentalidad ha abierto de par en par el campo de la pastoral juvenil hacia un modo de actuar, cuyo preciosos reflejos están a la vista de todos.

La educación es el gran desafío que la cultura actual lanza a quien cree en el hombre y en su dignidad. Por tanto, también quien está comprometido explícitamente en el ámbito de la evangelización reconoce que está cumpliendo su función, activando todos los resortes en el ámbito de la educación. En el servicio educativo expresa su fe y su esperanza. En torno a  las exigencias de la educación pide la colaboración de todas las personas que aman al hombre y buscan su promoción, más allá de las diferencias culturales y religiosas. La comunidad eclesial reconoce el alcance salvífico de la educación también como acontecimiento ya cumplido y preciso (aunque sea parcialmente) en el orden de la salvación, de la cual es sacramento.

 

 

       1.2. Qué pastoral juvenil

 

Los tres procesos ya enumerados son preciosos para comprender el sentido y la función de la pastoral juvenil. Ella es el conjunto de acciones que la comunidad eclesial, animada por el Espíritu Santo, realiza para actuar en cada momento el proyecto de salvación de Dios sobre el hombre y su historia, con referencia a sus concretas situaciones de vida. La única pastoral de la Iglesia se especifica en los jóvenes  y las situaciones concretas de su vida.

Son notables, aun en el aspecto práctico, las consecuencias de este modo de comprender qué cosa es la pastoral juvenil respecto a la pastoral eclesial. Recuerdo dos ámbitos en los que le reflexión podría ampliarse.

Ante todo, ha quedado superado aquel modelo de pastoral que tendía a cualificarse sobre el genitivo. Era la pastoral de los enfermos, de los obreros, de los novios y de los niños. La comunidad eclesial se dividía en muchos modos de actuar, muy diversos, confiados a los especialistas de cada sector, con la preocupación de respetar los respectivos ámbitos de competencia, sin invadir el terreno de otros. La riqueza de experiencias y de reflexión madurada en un ámbito no influía casi nunca sobre el proyecto pastoral de la comunidad eclesial.

 

Pensar en la pastoral juvenil como la única pastoral de la misma comunidad eclesial, realizada concretamente en situación juvenil, significa reconocer en los jóvenes la referencia que interpela y provoca la reflexión pastoral de todos. Existe, por tanto, un continuo e intenso intercambio entre la pastoral juvenil y la pastoral general. En muchos casos, la comunidad eclesial, confrontada por los desafíos que vienen del mundo de los jóvenes, es capaz de proyectar modelos de acción pastoral que sirven para provecho de todos. La Iglesia es, en relación con los jóvenes, una madre que se reconoce a sí misma en los hijos que ha engendrado, y que no puede quedarse tranquila hasta que no los lleve a la plenitud de vida.

 

 

  1. Confrontarse con el «acontecimiento» de Jesús, el Cristo

 

He descrito hasta ahora, en grandes líneas, las transformaciones que han influido en la comprensión del nuevo significado de la pastoral juvenil. Los cambios han sido tan notables que viene espontáneo el preguntarse cuál ha sido su origen. Para responder, recuerdo otro retazo de la historia que estoy contando.

La Iglesia italiana vivió en el inicio de los años 80 una experiencia realmente feliz. Después de largos y dolorosos enfrentamientos entre los defensores del «giro antropológico» en pastoral y los que propugnaban modelos más teocéntricos, la Iglesia italiana confesó su fe en el acontecimiento de Jesucristo, proclamando: “Dios mismo, cuando se revela personalmente, lo hace sirviéndose de las categorías humanas. Así se revela como Padre, Hijo, Espíritu de amor; y se revela del modo preeminentemente en la humanidad de Jesucristo. Por esto, no es arriesgado afirmar que hace falta conocer al hombre para conocer a Dios; es necesario amar al hombre para amar a Dios” (Il rinnovamento della catechesi, 122).

Lo mismo ha sucedido en muchos otras casos felices de la historia de la pastoral: la novedad de perspectivas y el encuentro en la diversidad han florecido sobre la decisión de hacer de la Encarnación el criterio normativo de todo proyecto pastoral. La renovada comprensión de la Encarnacióncomo acontecimiento del que brota un método está realmente en el inicio de la gran renovación que ha marcado la reflexión y la praxis pastoral. Esta referencia teológica ha permitido expresar, en términos verdaderamente originales, el objetivo y el modelo de actuación de la nueva pastoral juvenil.

 

 

       2.1. El desafío: la vida en situación de emergencia

 

Estimulados por el acontecimiento de la Encarnación, no pensamos ya en el objetivo, acogiendo sólo cuanto nos llega de la vida de la comunidad eclesial. Sentimos, por el contrario, la necesidad de sumergirnos en la vida de los jóvenes para expresar, en esa carne concreta, la irrenunciable fidelidad al acontecimiento que la fe eclesial nos confía. En el último trecho del camino de la pastoral juvenil, la búsqueda del objetivo ha sido realizada, por tanto, a partir de una cuestión o exigencia insólita en la tradición pastoral: ¿qué desafío nos lanzan los jóvenes, y, de modo especial, los jóvenes más pobres?

La respuesta ha sido fácil: el actual momento cultural está marcado por una situación de emergencia en la que se desenvuelve la vida. Para muchos resulta una empresa imposible vivir una vida tal como el Dios de la historia la ha proyectado para los hombres y mujeres a los que llama hijos suyos.

 

Muchos han superado esta emergencia que rodea la vida. Pero viven buscando, desesperada o resignadamente, una calidad de vida con la que merezca la pena vivir. A todos alcanza la sombra de la muerte: la cotidiana, que nos acompaña como un enemigo invisible e insinuante, o la violenta y final, que parece quemar todo proyecto. No sabemos ya dónde apoyar nuestra esperanza.

Con el problema de la vida, de su sentido y de esa insuperable amenaza de la vida que es la muerte, está llamada a confrontarse la fe cristiana. Continuar la experiencia de Jesús y de sus discípulos significa, en concreto, anunciar el Evangelio dentro de esos problemas, con la preocupación de que este anuncio resuene verdaderamente como buena noticia.

 

 

       2.2. Dos ámbitos de responsabilidad

 

Dos son, por consiguiente, los ámbitos en los que la comunidad eclesial puede prestar concretamente su servicio a los jóvenes. Por una parte, ella se preocupa de que crezca en cada joven la búsqueda de razones para vivir y para esperar. Todos debemos aprender a vivir con los brazos alzados, en la ansiosa búsqueda de otros brazos robustos capaces de agarrarnos y sostener nuestro hambre de vida y de felicidad. La comunidad eclesial anima y estimula a esta actitud existencial: sosteniéndola en los jóvenes que la están experimentado espontáneamente; provocándola en aquéllos que han descartado toda confrontación con la muerte, como buenos hijos de nuestra cultura, y no se plantean ningún problema de sentido en su vida. Ésta es un típica tarea educativa que, en el ámbito de la pastoral juvenil, se vive con profunda disponibilidad para colaborar con todos los que creen en la vida y la quieren plena y abundante para todos.

 

Por otra parte, la comunidad eclesial reflexiona sobre el Evangelio para restituir a los jóvenes su fuerza de salvación dentro de y para la vida cotidiana. La comunidad eclesial está empeñada en sugerir y sostener un modelo de vida cristiana donde sea posible experimentar concretamente la esperanza como culminación de un ejercicio de libertad con el que se aprende a leer el presente (personas y acontecimientos) desde la orilla del futuro de Dios y como anticipación en la vida cotidiana de aquel futuro que con ansia esperamos. Esta segunda función se refiere al servicio específico de la comunidad eclesial: realizar el anuncio explícito y valiente del Evangelio, precisamente para servir hasta el fondo a la vida y la esperanza de todos.

La primera tarea es bastante fácil de cumplir. Esta segunda es mucho más comprometida, porque la larga tradición teológica y pastoral parece que impulsa extrañamente en otras direcciones. Aquí se concentra hoy día el esfuerzo de la pastoral juvenil.

 

 

  1. Enfrentarse al problema del lenguaje

 

Quien, en el centro de su pasión, pone la vida y la esperanza de los jóvenes, sabe que ha de anunciar a Jesús, el único nombre en el que se puede encontrar la plenitud de vida; sin embargo, también es consciente de que ha de hacerlo de tal modo que ese anuncio resuene de veras como una buena noticia.

En este sentido, se ha ido progresivamente consolidando otra convicción, que representa un tema sobre el que estamos pensando, proyectando y experimentando: el problema del lenguaje.

 

 

       3.1. La urgencia de hacer propuestas

 

El educar en la fe, en una situación de complejidad y de pluralismo, tiene la responsabilidad de hacer propuestas. En nuestro mundo actual, todos gritan y con mayor vehemencia quienes sería mejor que estuvieran callados. Además, parece que el derecho a hablar se concede sólo a quienes aceptar decir cosas sin importancia. Apenas la palabra toca las cuerdas del sentido de la vida, se cancela el derecho a hablar, recuperándose exclusivamente con el tintineo de dinero contante y sonante.

No nos ha puesto en crisis la reducción al silencio o a la ineficacia. Nos inquieta y provoca la constatación de que en esta lógica, se nos escapa la vida, la de los jóvenes -que son los más frágiles y expuestos- y la de los más pobres, privados violentamente de todo derecho a la palabra.

 

Una vez más, una razón cultural nos hace descubrir lo que está a la raíz de nuestra existencia creyente: “¡Ay de mí si no predico el Evangelio!” (1Cor  9,17). Jesús no puede ser proclamado como la razón fundamental de la vida y de la esperanza, si alguno no lo anuncia con la pasión contagiosa de sus primeros discípulos. Por esto, el educador de la fe está llamado a presentar con intensidad sus propuestas y a volver a encontrar la «autoridad moral» necesaria para penetrar con sus propuestas en lo íntimo de la existencia de cada persona.

Lo que hace nueva la alegría y la responsabilidad de evangelizar es la constatación de esta exigencia, que reacciona frente a los modelos resignados y permisivos de un pasado apenas concluido. Una exigencia que, al mismo tiempo y con la misma intensidad, consiste en la búsqueda de un estilo renovado para realizar esta función.

 

 

       3.2. El estilo

 

Una de las experiencias más fascinantes vividas en estos años se refiere precisamente a la progresiva elaboración y experimentación de un modelo comunicativo original: hacer propuestas, contando historias que ayudan a vivir.

La hipótesis vuelve a retomar, en la praxis cotidiana de testigos de las exigencias más radicales de la vida, el estilo con el que están construidos los Evangelios de la fe de la comunidad apostólica, bajo la inspiración del Espíritu de Jesús.

La palabra del evangelizador es siempre una narración: una historia de vida, contada para ayudar a otros a vivir, en la alegría, en la esperanza, en la libertad de sentirse protagonistas. En esa narración se entrecruzan tres historias: la narrada, la del narrador y la de los oyentes.

Narra los textos de su fe eclesial: las páginas de la Biblia, las historias de los grandes creyentes, los documentos de la vida de la Iglesia, la conciencia actual de la comunidad eclesial en torno a los problemas fundamentales de la existencia cotidiana. En este primer elemento, el evangelizador propone, con valentía y firmeza, las exigencias objetivas de la vida, reinterpretada desde esa verdad donada, regalada. Creer en la vida, servirla para que nazca, a pesar de cualquier situación de muerte, no puede ciertamente rebajar las exigencias más radicales y tampoco dejar campo libre a una búsqueda sin horizontes o a la pura subjetividad.

 

Repetir esta narración no significa, sin embargo, reproducir un acontecimiento siempre con las mismas palabras. Comporta, por el contrario, la capacidad de expresar la historia contada dentro de la propia experiencia y la propia fe.

Por eso mismo el evangelizador encuentra en su experiencia y en su pasión las palabras y los contenidos para dar una nueva vitalidad y actualidad a su narración. Su experiencia es parte integrante de la historia que narra: no puede hablar correctamente de la vida y de su Señor, sin decir todo esto con las palabras, pobres y concretas, de su vida.

También esta exigencia reconstruye un fragmento de la verdad de la historia narrada. La libera del frío silencio de los principios y la sumerge en la pasión ardiente de la salvación.

También en la parte de la salvación los destinatarios resultan protagonistas de la misma narración. Su existencia da palabra a la narración: proporciona la última de las tres historias sobre las cuales se entreteje la única historia.

Por fuerza de la implicación personal, el evangelizador no hace propuestas resignadas. Quien narra para ayudar a vivir invita a hacer una opción de vida. Por ese motivo la indiferencia amenaza siempre al educador religioso. Él anticipa en lo pequeño las cosas maravillosas que narra, para interpelar más radicalmente y para implicar más intensamente.

 

 

  1. Problemas abiertos

 

Las cuestiones abiertas son todavía muchas. Y no basta ciertamente la claridad conceptual para imaginar que las soluciones estén al alcance de la mano de nuestra pasión educativa y evangelizadora. Con todo, hay tres cuestiones que me parecen especialmente comprometedoras hoy. Las destaco para impulsar a todos a buscar líneas de solución.

 

 

       4.1. ¿Una nueva pregunta o rebrote religioso?

 

A algunos jóvenes la vida de la Iglesia y lo que ella significa no les dice realmente nada serio ni interesante. En estos casos estamos pasando de los tiempos de la polémica y de la contestación a los de la insignificancia: los caminos se han separado y se va a la búsqueda de otras preocupaciones. Con todo, esta situación no me parece que sea la dominante; sobre todo no representa la salida de los procesos en marcha.

Muchos jóvenes, en efecto, advierten, en términos más o menos conscientes, un malestar general y una insatisfacción acerca de la vida y su significado. Se dan cuenta de que no pueden seguir fundamentando el sentido y la esperanza sobre lo que hasta ahora se les ha ofrecido y buscan algo nuevo, otra cosa. Nos encontramos de frente a esa difuso y repetido despertar de lo religioso, del que se habla con frecuencia.

 

Las dos situaciones (la indiferencia y el retorno de lo religioso) exigen una interpretación, seria y profunda. La indiferencia no sólo representa una componente, casi congénita, de la cultura dominante, sino, de modo reflejo, denuncia la actitud de algunas instituciones eclesiales en relación con los mismos jóvenes, más allá de las palabras solemnes que se pronuncian, a veces, aunque los hechos digan lo contrario.

También el «despertar religioso» exige una interpretación correcta. Algunas señales me parecen predominantes:

 

– Existe demanda religiosa, porque existe demanda de significado para la vida y la esperanza, enraizada en la desilusión de muchas de las actuales propuestas de sentido; también la eventual exigencia de cosas religiosas apunta, sobre todo, a la búsqueda de algo que dé sentido y esperanza.

– No se dirige directamente a la Iglesia, sino que es lanzada, a veces de modo confuso, hacia todo aquél que tenga algo que ofrecer en las fronteras de la vida y la esperanza.

– Está fuertemente marcada por algunos rasgos culturales dominantes (subjetivismo, ansia de nuevas experiencias, búsqueda de una verificación inmediata); por tanto, está muy lejos de los modelos culturales en los que se encarna la propuesta eclesial.

 

Todo esto supone un gran desafío educativo. Hay comunidades eclesiales que no se sienten preparadas…, y continúan en la incertidumbre y en el temor típico de los primeros momentos de impacto con la secularización. En otros casos, por el contrario, se relanzan modelos de épocas anteriores, modelos de «propuestas fuertes» y objetivas que no sólo no impulsan la responsabilidad, sino que interpretan el despertar religioso como una invitación (más o menos explícita) a volver a los sistemas del pasado.

Algunas propuestas hacen del respeto al interlocutor un postulado irrenunciable, sin considerar si el respeto a esa demanda no supone también su educación o la acogida de sus datos escondidos e implícitos. De este modo, se claudica y se incapacita el evangelizador para ofrecer propuestas, al perder el mordiente necesario para estimular y provocar.

Lamentablemente no faltan los casos en los que la disponibilidad de muchos jóvenes funciona como justificación de una especie de consumismo religioso (prácticas, expectativas, manifestaciones, etc.). Se olvida, también en estas situaciones, una responsabilidad educativa, que hace de la respuesta una llamada a la libertad y a la responsabilidad, no un nuevo modo y razón para la manipulación.

La comunidad eclesial puede llegar a ser el lugar en el que los jóvenes tienen ocasión de vivir la experiencia religiosa, que colma su demanda en una bella aventura de libertad y responsabilidad. La condición es irrenunciable: no podemos apuntarnos a una nueva expresión de consumismo (como, por desgracia, está sucediendo…), precisamente en el momento en que confiamos las razones fundamentales de nuestra existencia al misterio que nos envuelve.

 

 

       4.2. Los «lugares» de la pastoral juvenil

 

La acción pastoral de la comunidad eclesial hacia los jóvenes se ha desarrollado, durante mucho tiempo, en un territorio preciso, cuyos confines estaban perfectamente delimitados. Todos sabían bien a qué estructura hacer referencia: la Iglesia era una de las presencias seguras y visibles. Hasta el modo de hablar reflejaba esa situación estructural. «Voy a la Iglesia», decía quien se mostraba disponible a frecuentar actividades y celebraciones eclesiales. «¿Por qué no vienes a la Iglesia? Se te ve poco por la Iglesia», decía el párroco con un tono de reproche a quien frecuentaba poco ese ambiente. No era difícil verificar las diversas situaciones, porque los responsables conocían bien a todos y conseguían, sin esfuerzo, construir un gráfica ideal de frecuencias.

Hoy todo eso ha cambiado casi radicalmente. La vida concreta de muchos jóvenes se desenvuelve, de hecho, en espacios que no corresponden ya a los que son habitualmente utilizados para delimitar los confines de pertenencia. Gran parte de la jornada y la mayoría de los días del año transcurren fuera de las tradicionales referencias institucionales. El asunto no es sólo físico…, ni ocasiona aquella nostalgia de casa, típica de un mundo ya pasado, al menos en el caso de los jóvenes. Los intereses, los proyectos, las experiencias más relevantes de su existencia son vividos en lugares muy diversos de los tradicionales. Hasta las experiencias religiosas fuertes se producen, a veces, lejos de los ambientes tradicionales.

 

Si la constatación es correcta, es urgente pensar en el encuentro como una especie de éxodo: se trata de abandonar espacios consolidados y confortantes, para salir hacia los lugares donde viven los jóvenes. El desplazamiento hacia los lugares de la vida real de los jóvenes no es solamente una cuestión física, o sea, de los espacios en los que ellos están, viven y se encuentran; es, ante todo, una cuestión afectiva, porque implica compartir plenamente su mundo y sus expectativas.

El desplazamiento hacia la vida no anula el significado de los lugares tradicionales de la comunidad eclesial, Al contrario, los relanza con una figura nueva y profundamente urgente: deben llegar a ser lugares donde los jóvenes puedan experimentar una relación de amor, capaz de devolverles sentido y esperanza.

El camino a seguir, en buena parte, está todavía por inventar con decisión y fantasía. Con todo, es triste constatar cómo se siguen dedicando todavía muchos recursos a reafirmar los modelos tradicionales.

 

 

       4.3. Volver a definir la pertenencia

 

El diálogo entre los jóvenes y la Iglesia resulta difícil por dos motivos, que perturban la comunicación entre ambos interlocutores.

Por un lado, existen demasiadas afirmaciones que presentan una imagen limitada, parcial e inadecuada de Iglesia. La imagen dominante de Iglesia acentúa, en efecto, la dimensión jerárquica e institucional, como si toda la Iglesia se redujera a esa realidad. Desde este punto de vista, es fácil gritar la propia desilusión y buscar soluciones en el rechazo o en modelos alternativos.

Por otro, las preocupaciones de los responsables eclesiales en relación con los jóvenes se reducen, muchas veces, a la exigencia de algunas prácticas exteriores, medidas predominantemente a través del conocimiento de una serie de informaciones y a través de la observancia de las normas propuestas. También en este caso amenaza la desilusión, máxime cuando vivimos una época de fuerte subjetivismo.

 

Consiguientemente, la recuperación y la consolidación de la relación entre jóvenes e Iglesia pasa por la responsabilidad de reconstruir una imagen más auténtica de Iglesia y de encontrar nuevos modelos de pertenencia.

La cuestión del sentido de pertenencia a la Iglesia está muy ligada, de hecho, a la figura de Iglesia en la que uno se reconoce. A la imagen de una comunidad eclesial que tiende a coincidir casi únicamente con su dimensión institucional, corresponde un modo coherente de pensar y de educar para la pertenencia. En esta lógica, por fortuna ya casi superada, la pertenencia estaba ligada a una figura de comunidad depositaria de servicios. Una serie de normas regulaban el proceso. A fin de cuentas, las cosas marchaban con tranquilidad, porque se contaba con la ayuda del contexto cultural y social circundante.

La búsqueda de una figura nueva de pertenencia eclesial ha de estar en relación con los modelos culturales dominantes. Vivimos en una época de «pertenencias débiles»: la pertenencia no llega a ser una razón para hacer opciones comprometidas, no es la referencia ante la cual se confrontan las demás decisiones que tejen la existencia; hasta se asumen actitudes diversas respecto a las diferentes instituciones a las que se pertenece de vez en vez. Se trata de un problema no insignificante: amenaza en su misma raíz la relación de los jóvenes con la comunidad eclesial o la reduce a una de tantas referencias que se tienen a lo largo del día. Por otra parte, la pretensión de asegurar «pertenencias fuertes», totalizadoras, que funcionan excluyendo a las otras…, no resulta fácil de llevarla a la práctica en nuestro tiempo o exige costes educativos demasiado altos (e injustificados).

 

Una nueva figura de pertenencia se construye sobre algunas exigencias que se refieren a los dos partner de la relación: los jóvenes y la institución eclesial. Hay que ayudar a los jóvenes a descubrir el verdadero rostro de la Iglesia, las exigencias y las cualidades normativas que lo atraviesan: la referencia no puede dirigirse «la Iglesia que me gusta», olvidando o contestando el rostro real de la Iglesia que Jesús nos ha entregado. Las diversas experiencias realizadas en la praxis pastoral actual (pienso, por ejemplo, en la vinculación con movimientos y con la vida de grupo…) son valiosas en esta dirección, siempre que permitan el encuentro con la Iglesia en su autenticidad y conduzcan progresivamente hacia ella, superando toda tentación de cerrazón o de autosuficiencia. Por esto, hace falta el conocimiento y aceptación del sistema de valores, creencias y modelos que determinan la propuesta objetiva de la institución en cuestión, hasta definir progresivamente en ella el propio proyecto personal de vida. En el caso de la comunidad eclesial, este proceso comporta la adquisición y la consolidación de los contenidos de la experiencia cristiana, la participación afectiva en sus gestos y ritos, la aceptación de una función magisterial, la adopción de los modelos propuestos para la solución de los problemas personales.

 

Muchas funciones corresponden, sin embargo, a la comunidad eclesial. Hace falta, por ejemplo, que el joven tenga la experiencia subjetiva de ser aceptado en la institución. Y esto supone la inserción en un trama de relaciones que no sean burocráticos y formalistas, una amplia distribución de informaciones y de funciones, un conjunto de personas no demasiado numeroso. La creación de una espacio donde los jóvenes se sientan realmente acogidos, la confianza y la responsabilidad de quien se siente implicado, el puesto que tienen reservado en la estructura institucional…, son, por ejemplo, condiciones irrenunciables para consolidar la pertenencia. No bastan, por tanto, las palabras bonitas ni son suficientes los trabajos concretos: todo debe pasar por la subjetividad de cada persona, porque sólo de ese modo se puede concluir: “Me tienen en cuanta, se han dado cuenta de mí, por tanto me aprecian, me quieren”.

En un tiempo de pluralismo, se exige, en fin, la capacidad de armonizar a nivel personal las diversas pertenencias, para hacer frente a los conflictos que surgen, integrando y controlando las diferentes propuestas en torno a una pertenencia que funcione como referencia totalizadora.

 

 

  1. La «calidad» de la vida cristiana

 

Al término de este largo camino, quiero destacar con fuerza una preocupación que espero se haya captado como constantemente presente entre líneas.

Con frecuencia, en estos años hemos estudiado la cuestión de la pastoral juvenil como si fuese exclusivamente una cuestión de método. En el fondo, sabíamos bien qué había que decir; las incertidumbres se referían, a lo más, al modo y tiempo en los que realizar nuestro anuncio. Nos sentíamos amenazados por la indiferencia y por la escasa relevancia con que era acogida nuestra propuesta.

Los cambios que he recordado al principio han trasladado el campo de atención sobre el «qué» anunciar. No existe sólo existe la crisis acerca del modelo comunicativo o sobre el «cómo» anunciar, sino también, y sobre todo, acerca del objeto mismo de esta comunicación. De aquí surge la pregunta inquietante: ¿cómo anunciar a Jesús a quien ha aprendido a amar su vida -no estando dispuesto a renunciar a ella- y a quien, de modo más o menos reflejo, se inquieta por todo aquello que amenaza su vida?

Como respuesta, recuerdo sólo una exigencia que podría funcionar como filtro de tantas preocupaciones que asaltan hoy a quien está comprometido con la evangelización. La comunidad eclesial anuncia a Jesús de Nazaret con fuerza y valor, haciendo caminar a los cojos y devolviendo la vista a los ciegos. Hace un anuncio que es de sentido y de esperanza frente a la muerte. Las palabras que dice son la vida que vuelve a las piernas lisiadas del pobre paralítico y a los ojos apagados del ciego de nacimiento. La comunidad eclesial recuerda que Jesús es el Señor, y que no hay otro nombre en el cual se pueda estar llenos de vida, restituyendo la posibilidad de gozar de esa vida a todos los que están privados de ella.

 

La comunidad restituye vida, con seriedad y competencia, porque se reconoce sierva de exigencias comprometedoras, como son las referidas la vida, sintiéndose apremiada a prestar un servicio concreto y diferenciado. Por esto, llama por su nombre a las diversas situaciones de muerte contra las cuales quiere luchar y busca un estilo de presencia, diversificado según esas situaciones concretas.

Muchos, en estos años felices y comprometidos, lo han hecho así. Las cosas que he escrito narran esas experiencias felices y los sueños que las han inspirado. No quiere distinguir dónde acaban las primeras y comienzan los segundos. Como sucede en los sueños, los elementos se confunden y las perspectivas se superponen. Esto es lo más hermoso de los sueños: existe siempre el feliz riesgo de que, pronto o tarde, alguna cosa soñada se traduzca en una experiencia cotidiana…, si tenemos el coraje de desearlo intensamente y si nos metemos en la aventura soñada con una esperanza activa. ¾

Riccardo Tonelli