Ante el dinamismo consumista

Sí, nada,

nada era nuestro ya: todo nuestro amo

(Claudio Rodríguez)

 

Explica Daniel Bell que la verdadera revolución de la sociedad moderna se produjo en el curso de los años veinte cuando la producción de masa y un fuerte consumo empezaron a transformar la vida de la clase media. Desde entonces, el punto de referencia más crucial para caracterizar la sociedad y el individuo moderno es seguramente el consumo. De manera muy fácil nos hemos habituado a denominaciones como sociedad de consumo, civilización de consumo, era de consumo, homo consumens (Carlos Diaz). Sin duda, uno de los datos más reveladores de los hábitos y de la conciencia del hombre occidental es el dinamismo consumista que nos envuelve y arrastra. Constituye la gran religión de las sociedades desarrolladas. Seduce y atrae de forma irrestible.

 

El consumo está realmente en la médula de  nuestra sociedad. Pero hablar de sociedad consumista no significa hablar de una sociedad en la que todo el mundo consume, sino de una sociedad en la que las gentes consumen bienes fundamentalmente superfluos. Es decir, una sociedad consumista es aquella cuyo dinamismo central está configurado por los bienes de consumo superfluo. En nuestra sociedad es fácilmente perceptible cómo se ha pasado de la satisfacción a la insaciabilidad de las necesidades y cómo se ha desbordado el afán de tener y consumir. Y la excesiva posibilidad de alcanzar toda clase de bienes materiales “hace a los hombres esclavos de la posesión y del goce inmediato sin otro horizonte que la multiplicación o continua sustitución de los objetos que se poseen” (SRS 28).

 

Realmente, ante el afán consumista, hay que proclamar con el poeta que nada es nuestro ya; el tener, el consumir se ha convertido en nuestro amo. Nos volvemos siervos. Como explica Carlos Diaz, cuanto más posees, menos te posees. Porque el tener ahoga el ser, embota la sensibilidad, genera soledad y propicia actitudes depredadoras, competitividad desaforada y sumisión fetichista a los poderosos. Supone un cambio profundo de valores, que alcanza al hombre, al estilo de vida, a las relaciones sociales, y que produce alienación (Víctor Renes). Se convierte en el valor supremo de la vida y a él se sacrifica todo. El tener llega a apropiarse del ser y esta clausura antropológica impide comprender la verdadera solidaridad interhumana. Se llega a pensar que cuanto más se tiene, más se es. De ahí, la fiebre posesiva y acumulativa, alimentada por la competitividad psicológica (no ser menos que el otro) y por la apariencia.

 

Es necesario y urgente que la tarea educativa se sitúe ante esta situación antropológica y social para orientar y conducir a las personas a ser capaces de llegar a tener las riendas de su consumo, porque, como señalaba más arriba, realmente uno de los primeros riesgos del consumo consiste en quedar prisionero entre sus redes. Pero, sobre todo, la educación tiene que situar el consumo frente a la justicia y promover un consumo justo. Lo es, cuando no daña ni a los demás seres humanos ni al medio ambiente. Exige estilos de vida sostenibles, responsabilidad y lucidez para valorar las posibles nocivas consecuencias. Quizás, desde esta perspectiva, tiene que ser capaz de promover, en vez de una sociedad del consumo, una sociedad de la austeridad.

 

También pastoralmente es necesario discernir que los valores del consumo se sitúan en el polo opuesto al camino del ser, que significan la más fuerte contradicción a la calidad de la vida humana. Pero, sobre todo, hay que subrayar su carácter idolátrico: es un tremendo rival de Dios, porque “no es posible servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13). En la sociedad y en la persona consumista no hay sitio para la solidaridad, ni para la gratuidad; pero tampoco lo hay para Dios.

 

Y Dios se nos da y se nos entrega gratuitamente. Una vez más, en esta Navidad. Por este don, por este regalo, también los humanos podemos traspasar las barreras del egoísmo y de la indiferencia, del tener y del consumir. Podemos darnos fraterna y solidariamente. Amigos y amigas de Misión Joven ¡feliz Navidad en Aquel que es amor y nos lo regala!

EUGENIO ALBURQUERQUE

directormj@misionjoven.org