Arte y fe: necesidad y camino del creyente

Síntesis del Artículo

«El arte nos deja sin palabras para devolvernos la palabra, tras el silencio»: un buen marco para la experiencia de fe. Eso es lo que estudia el autor en este artículo, la necesidad de relacionar arte y fe, a través de la experiencia de la Federación de Voluntarios «Ars et Fides» y del camino concreto de los miembros de la Asociación PARA (Promoción-Acogida-Religión-Arte).

 

Ä Álvaro Ginel es profesor en el Instituto Superior de Teología «Don Bosco» (Madrid) y director de la revista «Catequistas»; pertenece también al Consejo de Redacción de «Misión Joven».

 

 

 

 

La necesidad del creyente, ¿es el arte o es la fe? No se dice: Arte y fe: necesidades del creyente. No sé si el arte postula la fe o una fe. Sí sé que la fe cristiana ha necesitado expresarse con arte. Y la fe cristiana busca hoy seguir expresándose artísticamente. A ello se refieren las últimas reflexiones del artículo, a través de un camino experiencial concreto.

La cercanía entre el arte y la religión quizá sea más grande de lo que a simple vista podamos imaginar. Como señala Pablo J. D’Ors[1]: “No es casual que, a la hora de decirse en categorías, tanto las experiencias religiosas como las artísticas hayan precisado de un mismo y único lenguaje (revelación, inspiración, creación…). La confluencia entre ambos arquetipos radica sobre todo en su origen común: lo que llamo estupor ante la maravilla”.

Tanto en la experiencia artística como en la experiencia religiosa «algo-alguien» interpelan al hombre abriendo una brecha en la normalidad. Es algo que encanta o aterroriza al ser humano, le solicita, le interpela y le sitúa, por el encanto o por el terror, en unas coordenadas de novedad, próximo a lo sublime o a lo detestable.

Esta cercanía de la que hablamos no es, por otra parte, confusión. El objeto final de la religión no es el mismo que el objeto final del arte.

 

 

         1. Dejar sin palabras

 

Sirva esta cita previa como constatación que nos mueva a responder al reto implícito. Corresponde a J. Mª Laboa en La Iglesia en España. 1950-2000: “España se durmió cristiana practicante y parece haberse despertado indiferente”[2]. Explica su autor cuanto desde las capas más intelectuales y desde el poder se ha hecho en estos años de atrás para lograr un descrédito de la institución eclesial y acaba la enumeración abriendo una puerta de esperanza. En medio de las desventuras, muchas de ellas programadas muy minuciosamente, y nos dice: “No podemos olvidar, sin embargo, el aprecio y el cuidado del patrimonio eclesiástico demostrado tanto por los creyentes como por la sociedad en general. La reorganización de los archivos eclesiásticos, donde se conserva buena parte de nuestra historia, como el plan de renovación y restauración de las catedrales, ha puesto de relieve el decisivo papel de la Iglesia en la vida y la historia del pueblo español”[3]. Esta misma constatación la tenemos en un documento reciente[4]: “En una cultura marcada por la primacía del tener, la obsesión por la satisfacción inmediata, el afán de lucro, la búsqueda del beneficio, es sorprendente constatar, no solamente la permanencia, sino el crecimiento de un interés por la belleza. Las formas que asume este interés parecen traducir la aspiración, que no sólo no desaparece, sino que se refuerza, a «algo diferente» que fascina la existencia y, quizás incluso la abre y la lleva más allá de sí misma. La Iglesia lo ha intuido desde el comienzo, y siglos de arte cristiano lo ilustran magníficamente: la auténtica obra de arte es potencialmente una puerta de entrada para la experiencia religiosa. Reconocer la importancia del arte para la inculturación del Evangelio es reconocer que el genio y la sensibilidad del hombre son connaturales a la verdad y a la belleza del misterio divino. La Iglesia manifiesta un profundo respeto por todos los artistas sin hacer excepción de sus convicciones religiosas, pues la obra artística lleva en sí misma como una huella de lo invisible, aun cuando, como todas las otras actividades humanas, el arte no tiene en sí mismo su fin absoluto: está dirigido a la persona humana”.

 

Dejar sin palabras a alguien cuando escucha, contempla, admira es importante para hacer surgir una palabra. El arte, a diferencia de imposiciones o dictaduras, nos deja sin palabras para devolvernos la propia palabra tras el silencio… Dejar sin palabras, abrirnos a la admiración, es una tarea del arte en todos los tiempos. En el presente sigue vigente esta función del arte. Nos hemos llenado de palabras sabidas, vacías, de otro… y nos hemos quedado sin palabra propia. Necesitamos reencontrar la propia palabra. Cuando tenemos palabra personal podemos iniciar el diálogo verdadero con el otro y con el Otro. Sin palabra personal, ¿qué diálogo es posible?

Rilke afirmaba que la belleza era “aquel grado de lo terrible que aún no podemos soportar”, y Alain, por su parte, piensa que “lo bello no gusta ni disgusta, sino que nos detiene”. El buen arte es lo que nos detiene en medio de las prisas y nos obliga a contemplar. Este es uno de los regalos que el arte nos proporciona: detenernos, parar nuestro ritmo de hacer, posibilitarnos un tiempo para nada concreto, para admirar, para reconocernos y hacernos.

 

Mirando atrás tenemos un pasado de fe lleno de frutos de arte[5]. El presente y el futuro están en nuestras manos para seguir abriendo caminos también allí donde el pasado no nos ha dejado huellas, porque no existían los medios de progreso que hoy tenemos. La fe no tiene barreras ni señales de «stop» allí donde lo verdaderamente humano germina.

 

 

2. Arte y Fe

 

Desde muy temprano, la Iglesia de Oriente porque contempla, hace iconos y porque tiene iconos contempla. Es una contemplación pausada, con cierta rigidez de formas, que después Occidente representará en el arte románico: el hieratismo de sus figuras, la frontalidad, la rigidez y uniformidad de los plegados de los mantos, la composición de las escenas evangélicas…

En la época gótica, el arte cristiano prescinde de rigidez y de los modelos uniformes bizantinos; sus figuras se llenan de flexibilidad, expresión, movimiento, en una palabra, de naturalidad.

Pero queda algo de lo bizantino: los colores de los vestidos de Jesús y María. El rojo y el púrpura seguirán siendo símbolo de la divinidad; el azul y el verde símbolos de la naturaleza humana. Cristo estará con túnica roja y con manto azul, la humanidad que asumió en la encarnación. La Virgen estará con vestido azul y manto púrpura como recuerdo de la proximidad a lo divino.

 

En la Iglesia de Occidente la pintura y el arte tienen un objetivo catequético: es una predicación sin palabras. Los fieles llegan a conocer los misterios de la religión gracias al arte que contemplan en sus templos, en las portadas de piedra, en las vidrieras, en los retablos y en las imágenes. Víctor Hugo llega a decir que “en la Edad Media, el género humano no pensó nada importante que no esté escrito en piedra”. Las catedrales son un libro en piedra. Las ideas religiosas se materializaron y se revistieron de forma sensible.

Durante los siglos XII al XVI, la catequesis no fue sólo plástica, se hizo dramática. En las fiestas de Navidad y de Pascua, y para que el pueblo entendiera las narraciones del evangelio sobre estos misterios, se celebraban representaciones dentro de los templos. Muchas representaciones no tenían valor literario, pero sirvieron eficazmente a la catequización de pueblos y ciudades.

 

Lo que ayer fue libro abierto y catecismo popular impreso en piedra para que todos pudieran leer y entender, hoy es museo mudo que «no dice nada» o dice muy poco. Al contemplarlo, no se capta gran cosa. Exige una explicación, un guía, una palabra. De ahí las nuevas iniciativas que se están poniendo en marcha especialmente en Europa.

 

 

3. Un camino y una experiencia: «Ars et Fides»

 

Me detengo ahora en un camino —el de  Ars et Fides (Federación Internacional de Voluntarios)— y en la breve narración de una experiencia de quienes lo recorren.

Un día el Deán de la catedral de Canterbury se dio cuenta de la cantidad de jóvenes que llegaban a visitar el lugar histórico. Intuyó que se podía hacer algo. No sabía qué. Invitó al sacerdote francés Jean Pierre Bagot y, poco a poco, surgió la idea: guiar, acompañar, acoger a los jóvenes que visitaban la catedral. Así nació la Asociación ARC (Accueil. Rencontre. Communauté). Jóvenes de diferentes países hacían la experiencia de vivir en comunidad entorno a un lugar artístico y de acoger a los compatriotas para explicarles la catedral en su propia lengua.

Mientras Europa se preocupaba de construir la unidad a través de lo económico, ellos pondrían en marcha otro camino: a la sombra de los monumentos artístico-religiosos vivirían una experiencia comunitaria ecuménica cristiana. La fe había levantado catedrales; las catedrales volvían a ser lugar de encuentro y de expresión de fe. La voz de las piedras volvería a resonar a través de las voces de jóvenes en servicio de acogida. La iniciativa se multiplicó y hoy hay ya ARC-Alemania, ARC-Inglaterra, ARC-Francia, ARC-Italia, ARC-Holanda.

 

Otro día un grupo de jóvenes creyentes se dio cuenta de las muchas ruinas que existían: ermitas abandonadas, monasterios, iglesias… Y brotó la idea: vivir en comunidad para restaurar y para dar vida a las ruinas, a un ayer que fue significativo. Surgió CASA (Communautés d’Accueil dans les Sites Artistiques).

Igualmente, en Bretaña, muchos católicos se dieron cuenta de la riqueza impresionante de monumentos religiosos y artísticos que la fe había levantado y sembrado por toda la región. Intuyeron que allí había una posibilidad: dar vida a las viejas piedras. Y nació SPREV (Sauvegarde du Patrimoine Religieux en Vie). Organizaron permanencias para acoger y explicar cada lugar religioso; promovieron y promueven circuitos de visitas, cursos de aproximación al arte religioso, etc.

Y otro grupo de creyentes se dio cuenta de que el centro histórico de París estaba sembrado de Iglesias, muchas de ellas vacías, y comenzó una nueva asociación: Églises de Paris (Arte, Historia y Fe).

 

 

3.1. «Ars et Fides»

 

Estas iniciativas, que fueron apareciendo sobre todo en Francia e Inglaterra, sintieron la necesidad de aunarse. Se perseguía unos objetivos claros: conservar la propia originalidad y, al mismo tiempo, asociarse para apoyarse. Así fue surgiendo al idea de una Federación de asociaciones dedicadas a revitalizar los lugares artísticos religiosos. En 1988 se firma la Carta de Angers en la que se especifican los puntos básicos que una asociación tiene que admitir para poder formar parte de la Federación Ars et Fides[6].

 

Cada asociación, por lo general, tiene un interés limitado y concreto: dar vida a una catedral, a un monasterio, a un lugar artístico religioso. Nacen cuando la comunidad cristiana entiende que, de la misma manera que pone en marcha grupos para la evangelización, o para la acogida de los pobres, o para las visitas de enfermos también tiene que hacer algo para dar palabra a sus monumentos artísticos.

Y no sólo dar palabra, sino decir que esos monumentos no son piezas de un ayer, que no están abandonados, que no son algo al margen de la comunidad cristiana de hoy. La fe grabada en piedra o en madera, la fe hecha estatua o cuadro sigue siendo palabra válida en el momento presente. No tiene la comunidad cristiana un mensaje distinto del que pregona el arte. Quizá hoy tenemos otra forma de expresión. Pero decimos lo mismo desde sensibilidades artísticas diferentes. La fe no tiene arte predeterminado. La fe se expresa encarnada en el hombre y mujer concretos de un tiempo, de una historia, de una geografía.

 

La Federación Ars et Fides acoge en su seno a las asociaciones que van surgiendo en los diversos lugares donde la comunidad cristiana ecuménica siente la necesidad de dar vida a los monumentos históricos. El objetivo común de todas estas asociaciones es: mostrar el monumento religioso destacando los valores de arte en un contexto de fe, en un lugar que ha sido edificado y levantado para la comunidad cristiana. Entender el arte religioso no es cuestión sólo de técnica. Hay un sentido religioso que lo envuelve y que está como raíz de fondo.Entender un monumento religioso artístico exige conocer la experiencia de la fe de la comunidad para la que el monumento fue construido y que lo sigue utilizando: liturgia, celebraciones, peregrinaciones, oración, procesiones, etc.

Hacer hablar a las piedras viejas. Dar voz a las piedras de nuestros lugares religiosos no significa aprovecharnos de los lugares religiosos para «cazar» al personal. Lo importante es decir el sentido original y el contexto de la obra de arte.

El hombre y la mujer de hoy que un día se encuentran cansados o, paseando por la ciudad, por el monte, por los pueblos de nuestro país se encuentran con un lugar religioso y deciden entrar para ver, o para callar, o para contemplar y les gustaría saber algo del lugar que visita, ¿a quién encuentra? ¿Qué se le dice? Los lugares artísticos religiosos no surgieron por generación espontánea. Surgieron por algo y para algo[7].

 

 

         3.2. «PARA»: una experiencia del camino

 

En 1992 surge la idea de promover en España y dar a conocer las iniciativas que ya están en marcha en Europa. Quien esto escribe, con un grupo de jóvenes que durante varios años estuvieron colaborando en ARC-Inglaterra, constituye la asociación PARA (Promoción. Acogida. Religión. Arte)[8].

 

Identidad de la asociación «PARA»

 

Los miembros de PARA, desde el principio, tenemos claro que el objetivo no es hacer una asociación ligada a un monumento artístico religioso concreto, sino dar a conocer en el ámbito español lo que ya era realidad en otros países europeos a través de escritos y, sin perder la vinculación con Ars et Fides, hacernos presentes en los más diversos foros socioculturales y religiosos. Ininterrumpidamente, durante el verano, también colaboramos con distintos proyectos de otras asociaciones europeas para acoger a los hispanoparlantes que llegan para visitar catedrales y lugares artísticos religiosos.

Hay ya varias comunidades cristianas en nuestro país que están poniendo en marcha asociaciones locales con el mismo espíritu de la Federación Ars et Fides para acoger a los turistas y visitantes que llegan[9].

 

El cristianismo sembró de monumentos artísticos nuestro continente europeo como expresión de la fe que vivía. Los cristianos hemos de mantener viva la voz y las palabras que tienen esas piedras milenarias. Aquellas construcciones que nos acompañan no se elevaron porque sí, sino porque había una fe, una visión del mundo, de la vida, de las personas, de Dios. ¿Qué fe ha hecho posible estos monumentos? ¿Qué sentido tienen? ¿Qué palabra siguen gritando hoy en medio de la nueva arquitectura? ¿Son solamente piedras de museo las viejas piedras de nuestras catedrales? ¿Son un ayer que no tiene continuidad en el hoy? ¿Son historia que no tiene nada que decir a nuestra historia presente?

 

La misión en la asociación

 

Algunas de estas preguntas dan razón de la misión de los guías de PARA. Ellas y ellos pretenden, ante todo, acoger al que llega. Más importante que mostrar la riqueza artística de un tesoro artístico es que la persona que, por ejemplo, entra en una catedral se sienta acogida. El guía se preocupa por el momento presente que vive el turista (el saludo, la sonrisa, el viaje, el cansancio, el tiempo de que disponen para la visita, la impresión que van recibiendo del país en el que pasan unos días, pequeñas necesidades básicas de información que siempre se agradecen mucho) son la concreción de la acogida. Sólo cuando uno se preocupa del otro es posible que salgan las preocupaciones que esconde en su interior, el interés con el que llega a visitar la obra de arte.

 

A partir de ahí, ya se puede ayudar a los visitantes a escuchar y entender el mensaje de los lugares artísticos religiosos. El arte tiene su estilo de hablar, su «lengua». Es una palabra de ayer situada en un contexto histórico cultural muy determinado que explica el porqué de las cosas, y el qué de lo que dicen. Los guías quieren ser palabra que ayude a escuchar las palabras que pronuncian en silencio las envejecidas piedras. Estamos convencidos de que hay palabras ocultas entre las piedras. Muchos turistas llegan para ver (mejor, para consumir) con sus ojos las paredes. No suelen llegar con oídos para escuchar las palabras de las piedras. Se conforman con una ojeada global que, que en muchos casos termina en una expresión: ¡Ay, qué bonito! Es normal. Otros llegan a las viejas catedrales con la curiosidad de las revistas del corazón: «Queremos ver dónde se casó X», «Esto lo conozco de la televisión cuando el funeral de X». Es el funcionamiento de una manera de hacer turismo que está ansiosa de ver mucho, de conocer mucho, de saciar curiosidades del momento, de sacar fotos y de poder decir cuando hablen con sus amigos: «Yo estuve en tal sitio»; cuando tendrían que decir: “Yo pasé de largo por tal sitio…”.

 

El guía, por tanto, no es una persona que «echa sermones» a los que llegan. Es sobre todo una persona que te acoge como amigo para enseñarte la casa que quieres conocer. Una catedral es un poco casa de todos. Y una buena acogida abre las puertas a otros aspectos fundamentales de su misión: narrar la vida, abrir el libro de la historia que encierra una vieja catedral cargada de años.

 

Las piedras de la vida

 

Muchas veces la vida está entrelazada con leyendas y hay que hacer la luz en medio de la espesura. Vida, historia y significado de las vidrieras, de los capiteles, de las bóvedas, de la mezcla de estilos artísticos, de los tesoros acumulados a lo largo del tiempo, de las tumbas, de los mausoleos… El lugar histórico no es un museo muerto. Es un espacio donde se acumula la vida de hombres y mujeres de ayer, que creyeron, que dieron sentido a su vida, que sintieron la pasión del poder, que lucharon, que negaron, que tuvieron luces y sombras. Una catedral o una colegiata o monasterio son origen de no pocas preguntas religiosas: unas sencillas, que se resuelven con uno poco de cultura; otras difíciles de explicar, como es el tema de la pobreza y el poder de los poderosos que resplandece en estos sitios artísticos. Muchos ricos se empobrecieron para enriquecer y levantar la catedral… ¿Qué les llevó a hacerlo? ¿Qué valores les impulsaron a hacerlo? En todo caso, hombres y mujeres con interrogantes no tan  diferentes a los nuestros.

 

Te pones a pensar que caminando por la nave de la catedral estás pisando losas que custodian los restos de personajes del ayer. Su existencia no es silencio; resuena en cada paso que das. Relativizas el tiempo y el espacio, te sientes cercano a quienes dejaron huellas de su paso por esta vida. Lo que leíste o aprendiste de ellos se agolpa, casi lo tocas con la mano. Los sentimientos afloran. El ayer se hace presente en un momento de tu vida: en este aquí y ahora. Te puedes perder en detalles de historia o de puro arte. Sí, pero eso no todo. La historia y el arte tienen nombres propios, con historias de pasión, confesión de fe, negación, desafío, ideales logrados, fracasos… Una verdad oculta y distante que no se percibe con ojos de superficialidad. Puedes reducir la vida a estética o a ideas… Pero la vida no es sólo estética ni ideas. La vida es vida: complejidad.

 

Al final, no sólo has tratado de hacer hablar todo cuanto rodea a los visitantes. Piedras y personas también hablan a los propios guías: te hacen preguntar por ti mismo, por los otros que son diferentes a ti con los que te encuentras…

 

 

         4. Un futuro abierto para la relación arte-fe

 

Sería falso mirar sólo al pasado. La fe sigue demandando el arte[10]. Y no sólo para expresar lo que creemos y cómo creemos, sino también para ser fieles a los hombres y mujeres que somos en este hoy y en esta cultura.

El creyente, hoy como ayer, necesita la ayuda del creador, del artista, del que plasme bellamente qué significa creer hoy, cómo relacionarse hoy con Dios.

Si comparamos un templo de otra época con un templo hoy veremos clarísimas diferencias: el templo ha dejado de ser lugar de devociones particulares (altares y santos por todas partes) y se ha convertido más en lugar de reunión, celebración, con los elementos esenciales: la cruz, la estatua de María, y alguna devoción particular.

Este espacio está estudiado en función de cómo se entiende a sí misma la comunidad cristiana que celebra: pueblo que se reúne para participar en la celebración de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía. ¿Qué es lo que los templos buscan como arte hoy? Expresar lo esencial, expresar y construir un espacio bello, traducción de una manera de sentirse como comunidad y como comunidad reunida por su Dios.

El templo, en la edad de la imagen y del libro, ha dejado de ser «libro en piedra» porque hay otros libros al alcance de la mano. Pero el templo no ha dejado de existir. Necesitamos hoy que la fe cale, sea profunda. Necesitamos artistas profundamente creyentes que sientan la necesidad de plasmar la fe de que se alimentan de manera bella. Si no hay fe profunda no puede haber expresión artística profunda y bella. El artista, como el místico, tiene que traspasar la superficialidad para presentar lo cautivador que se esconde en la fe. n

Álvaro Ginel

Estudios@misionjoven.org

 

[1] P.J. D’ORS, Las nupcias entre arte y religión. Hacia una estética teológica, «Sal Terrae» 2(1999), 99-108. La cita aparece en la p. 101.

[2] J.Mª LABOA, Los hechos fundamentales ocurridos en la vida de la Iglesia española en los últimos treinta años (pp. 115-147), en: O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL (ED.), La Iglesia en España. 1950-2000, PPC, Madrid 1999, 135.

[3] Ibíd., p. 136.

[4] PONTIFICIO CONSEJO PARA LA CULTURA, Para una pastoral de la cultura. Nuevas situaciones culturales, nuevos campos de evangelización, PPC, Madrid 1999, 17. El mismo Juan Pablo II escribía el 4 de abril de 1999 una Carta a los artistas abogando por una alianza fecunda entre el Evangelio y el arte cuyo resultado aportará “nuevas epifanías de la belleza, nacidas de la contemplación de Cristo”.

[5] “Una fe que no se convierte en cultura es una fe no acogida en plenitud, no pensada en su totalidad, no vivida con fidelidad” (JUAN PABLO II, Carta autógrafa por la que se instituye el Consejo Pontificio de la Cultura, 20 mayo 1982).

[6] La Carta de Angers se encuentra en el folleto citado en la nota  5.

[7] Conviene recordar que el 80 al 88% del patrimonio cultural español lo constituye el patrimonio cultural de la Iglesia, formado por templos y casas (70.000 aproximadamente, entre rectorales, parroquiales, episcopales, religiosas…), además de unos 200 museos, 20.000 archivos parroquiales, 130 bibliotecas, etc. “Pienso —afirma el Abad I. Anguita— en la importancia de nuestros monasterios de cara al futuro y saco la conclusión de que tenemos unas obras de arte extraordinarias de las que quizás no extraemos todo el fruto que debiéramos […]. En un momento como éste podemos hacer una gran catequesis a partir del arte, de forma que quienes nos visiten no nos contemplen sólo como algo arqueológico, sino que les ayude a interrogarse” [Podemos catequizar a partir del arte, «Vida Nueva» 2.166(1998), 58].

[8] Para apuntar los datos que siguen tengo muy presente la narración de la experiencia en «PARA» de Patricia Pino, tras un verano como guía en la Abadía de Westminster.

[9] Para más información: Ester Sevilla – «PARA» – Condado de Treviño, 35-16ºD. 28033 MADRID.

[10] “Por  medio de los artistas cristianos el Evangelio, fuente fecunda de inspiración, alcanza a multitud de personas privadas de contacto con el mensaje de Cristo” (Para una pastoral de la cultura, n. 17). Quienes quieran seguir la relación arte y fe pueden seguir la actualidad de este tema en la revista «Ars Sacra» cuyo propósito es dar a conocer la construcción del espacio religioso, la mirada del hombre a la transcendencia en la era de la tecnología, las comunicaciones y la imagen. La dirección postal de la revista es: Plaza Palacio Arzobispal, 1. 28801 ALCALÁ DE HENARES (Madrid) –  Fax: 91 888 62 94

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