ATENCIÓN PASTORAL A LOS JÓVENES SIN EMPLEO

Pedro José Gómez Serrano

Profesor de la Universidad Complutense de Madrid

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

El autor, en este artículo, constata la gravedad del desempleo juvenil, invita a los educadores a revisar algunas ideas educativas donde nos hemos podido mover en los últimos tiempos y propone claves para un acercamiento pastoral a este difícil problema.

Sin casa.

Sin curro.

Sin pensión.

Sin miedo.

Indignados del 15-M

Danos cada día

nuestro pan cotidiano

Lucas 11, 3

 

El día 14 de enero de este mismo año 2012, acudí a Santander para impartir un curso de voluntariado en cooperación internacional y me encontré con la sorpresa de que, entre la docena de participantes, había nada menos que cuatro o cinco doctores. Me impactó profundamente que, en el coloquio final que mantuvimos, alguno de ellos expresara su decepción ante el hecho de que con 30 años estaba apurando una beca de formación postdoctoral y que, debido a la crisis, no creía que pudiera conseguir ningún empleo en su campo de especialización. Con cierta amargura compartió con nosotros la extraña sensación que experimentaba por el hecho de que, habiendo sido el único de su quinta que había salido del pueblo para estudiar en la universidad, ahora observaba cómo sus amigos habían podido casarse, constituir una familia, encontrado una casa y trabajar, mientras él se enfrentaba a un horizonte incierto. Cuando sus conocidos le preguntaban por su futuro a corto plazo no podía contestar nada en concreto y, lo que es peor, se veía con cuarenta años sin saber que sería de su vida. El resto de los jóvenes asistentes al taller afirmaba estar en la misma situación, después de haber dedicado muchos años al estudio de su carrera, a aprender idiomas o a realizar viajes al extranjero para mejorar su formación. Esta misma semana, un reportaje de televisión señalaba que más de la mitad de los arquitectos egresados el pasado curso se hacían a la idea de que tendrían que trabajar fuera de nuestro país. Efectivamente, los ingenieros, sanitarios y otros muchos profesionales españoles son muy demandados fuera de nuestras fronteras.

En el otro extremo del abanico social, las estadísticas de la última Encuesta de la Población Activa muestran también datos desoladores. La tasa de paro en España es del 22,85%, pero la juvenil asciende a casi el 50% (48,9%). Con todo hay factores que agravan ese dato general ya de por sí muy negativo: entre los más jóvenes (de 16 a 19 años), entre los que tienen menor nivel de estudios y entre los que viven en ciertas regiones (como Extremadura, Canarias o Andalucía) las tasas de desempleo son sensiblemente superiores. Por no referirnos a los inmigrantes, cuyo colectivo soporta una tasa de desempleo casi un 50% superior a la nacional[1]. Vivo en el barrio de Pan Bendito en Madrid y conozco de primera mano los estragos que el paro está ocasionando en el conjunto de su población. Si el fracaso escolar es una lacra en nuestro país, en los colegios de mi barrio ese fenómeno resulta masivo, con lo que el futuro de tantos niños y jóvenes se presenta cargado de amenazas. Si la situación de los jóvenes más preparados resulta desmoralizante, la de aquellos que carecen de estudios es catastrófica y amenaza con generar una extendida exclusión social en el futuro próximo.

En este marco, Misión Joven me pidió que ofreciera algunas pistas para acompañar pastoralmente a los jóvenes que sufren el desempleo. No soy especialista en el asunto, ni me dedico a esta labor pastoral, pero acogí la invitación con agrado. Compartiré algunas reflexiones muy sencillas agrupadas en cuatro apartados. En el primero, describiré algunos rasgos del cambio en el entorno que estamos experimentando en las últimas décadas. En segundo lugar, me referiré a los educadores haciendo balance de nuestra actuación en este campo. En un tercer momento intentaré esbozar algunas acciones que podríamos realizar con los jóvenes que padecen una situación de desempleo. En cuarto lugar, intento imaginar qué les diría Jesús. Por último, ofreceré alguna conclusión que sitúe la cuestión en un contexto más amplio.

 

  1. El cambio de contexto laboral, educativo y cultural

Aunque en otros artículos se analice sociológica y económicamente el entorno del desempleo juvenil con mayor detenimiento, conviene describir someramente el profundo cambio que hemos experimentado en este terreno para contextualizar adecuadamente las propuestas de los siguientes apartados.

Cuando yo era estudiante, la juventud era una etapa de la vida en la cual resultaba frecuente que alguien te preguntara: ¿qué vas a ser de mayor? Entonces, cada cual, indicaba -con bastante ilusión- lo que iba a estudiar y la profesión que configuraría de modo más claro tanto su identidad personal como el rol social –y, a veces, el estatus- que iba a desempeñar durante el resto de su vida. Hoy el adulto que temerariamente dirija tal pregunta a los más jóvenes se encontrará la respuesta que sirve de título a una famosa canción de Jarabe de palo: “Depende”. Y esta posición relativista afecta a dos cuestiones simultáneas: el “antes” y el “después”. En primer lugar, es un hecho que la desorientación afecta a muchos de nuestros jóvenes hasta el punto de que la mayoría de ellos no saben que profesión elegir. La casualidad, la imitación o las notas obtenidas anteriormente determinan opciones que no poseen un claro contenido vocacional. Mi experiencia como profesor de la Facultad de Economía de la UCM es que, más de la mitad de mis alumnos, no sabía si iba a estudiar esa carrera tres meses antes de hacer el examen de Selectividad. Pero, además, la mayoría de los jóvenes ve su futuro cargado de incertidumbre y suponen que, estudien lo que estudien, acabarán trabajando –en el mejor de los casos- en muchas cosas distintas que, por lo general, no serán profesional y económicamente muy satisfactorias. Resulta muy llamativo el hecho de que según el Informe Jóvenes españoles 2010, nos encontramos frente a la primera generación de jóvenes de nuestro país que cree que vivirá peor que sus padres[2].

Por lo que se refiere a la situación del mercado de trabajo juvenil cabe destacar que su proceso de precarización viene de lejos. Ya a mediados de los años ochenta del siglo pasado un dirigente sindical –contemplando los elevados índices de paro juvenil de la época- indicó que “teníamos los parados con más títulos de Europa”. Y, durante la crisis que golpeó a nuestra economía a mediados de los años noventa, el conocido anuncio automovilístico que tenía por slogan: “Jóvenes, aunque sobradamente preparados” (JASP)[3], fue parafraseado por la siempre aguda imaginación popular convirtiendo el lema en: “Jóvenes, aunque sobradamente pre-parados”. Posteriormente, pasamos a hablar de los jóvenes “ni” “ni” (ni estudian, ni trabajan) de acuerdo con un reportaje de El País[4] que hizo fortuna reseñando que el 54% de los jóvenes españoles no tenía proyectos ni ilusión. La situación actual queda fielmente retratada en las experiencias narradas al inicio del artículo.

Hay varios hechos que contribuyen a desmoralizar a los jóvenes. Uno, naturalmente, es la escasez de empleos pero, más aún, la baja calidad de los mismos que se percibe en su duración, tipo de actividad y remuneración. No olvidemos que, aún antes de la crisis actual, más del 60% de los asalariados españoles eran “mileuristas” y que, tal condición, se daba entre los jóvenes de modo predominante. Junto a ello, está el dato de que la inmensa mayoría de los jóvenes –en torno a un 90% según un estudio de la JOC (Juventud Obrera Cristiana) publicado hace varios años- obtenía su primer trabajo gracias a la red de contactos personales y conocidos (sin que ello implicara, necesariamente, el fenómeno del “enchufismo”) y no tanto gracias a sus méritos personales y académicos. Ni que decir tiene que la extracción social de los jóvenes condiciona decisivamente la cantidad y naturaleza de los contactos que poseen y que, en tantos casos, pueden abrir la puerta del mercado de trabajo.

La relación entre preparación y oportunidades de empleo –argumento tantas veces utilizado por los padres y educadores para motivar el esfuerzo de los alumnos- presenta unos resultados ambiguos. Partamos del hecho de que el fracaso escolar en España es uno de los más altos del mundo occidental alcanzando a más del 31% de los estudiantes, lo que duplica la media de la Unión Europea[5]. A ello añadamos que quienes progresan en sus estudios no necesariamente se hacen competentes en las habilidades y conocimientos correspondientes a tales certificaciones. Con todo, lo que deseo recordar ahora es que, si bien el desempleo juvenil se hace menor conforme aumenta el nivel de estudios, no es menos cierto que casi un tercio de los titulados superiores jóvenes de nuestro país están trabajando en un puesto inferior a su categoría profesional y cobrando muy por debajo de los que correspondería normalmente a ese tipo de cualificación. De tal modo que plazas que requieren poca preparación son ocupadas por quienes no encuentran empleos acordes con su nivel académico. Lo cual, a su vez, dificulta el acceso al trabajo a quienes poseen una baja preparación que ven como, los empleos que podrían obtener, acaban adjudicándose a quienes tienen estudios muy superiores a los necesarios para desempeñar esas tareas. Sólo cabe excluir de esta situación a los puestos de trabajo que reclaman una formación profesional de grado medio o superior: el segmento del mercado laboral en el que mejor adecuación existe entre la oferta y la demanda.

Otro fenómeno que parece darse en nuestro país en mayor medida que en otros de nuestro entorno es la baja propensión al emprendimiento económico. En Estados Unidos y Europa Occidental existe un mayor grado de iniciativa empresarial. Esto tiene su importancia en un país que ha dotado de estudios superiores a buena parte de sus últimas generaciones, pero que posee una estructura productiva en la que predominan sectores como el turismo, el comercio, la hostelería o la construcción que son intensivos en empleos poco cualificados. Faltan en nuestro país empresas innovadoras y tecnológicamente avanzadas a pesar de disponer de jóvenes potencialmente capacitados para trabajar en ellas. De un modo crítico y, en ocasiones, algo demagógico los estudios subrayan la elevada propensión de los estudiantes españoles a ser funcionarios. Sin embargo, además de que tal pretensión es perfectamente legítima, los datos al respecto son demasiado heterogéneos como para llegar a resultados concluyentes. La misma crisis actual ha modificado esta tendencia. Así, en el año 2007, el 65% de los jóvenes españoles deseaba ser funcionario, mientras que al finalizar el año 2010 –en plena época de recortes del gasto público- ese porcentaje habría disminuido a la mitad.

Quiero terminar este apartado recordando que la combinación de factores como el empleo precario, el desmesurado encarecimiento de la vivienda al que hemos asistido en la pasada década y la asimilación del horizonte consumista de la existencia, ha conducido a que muchos jóvenes no se hayan emancipado pero sí hayan podido apuntarse a un tren de vida caracterizado por la abundancia de modos de entretenimiento y diversión. Lo contratos temporales y mal pagados no les permitían irse de la casa de sus padres, pero sí les posibilitaba disponer del dinero suficiente como para disfrutar de numerosas actividades de ocio. Finalmente, otro contraste a señalar en el itinerario vital de las generaciones más jóvenes, es el que se ha producido entre las expectativas asimiladas durante la etapa de formación y las oportunidades que finalmente se han producido para convertir tales expectativas en realidad. El sorprendente acontecimiento de los indignados, expresa con claridad ese conflicto entre preparación, expectativas y oportunidades.

 

  1. Una breve llamada de atención a los educadores

Antes de dedicar nuestra atención a los jóvenes desempleados me parece oportuno señalar que la crisis actual puede ser ocasión de hacer cierta autocrítica respecto a la labor educativa que hemos desarrollado los adultos en las últimas décadas. Probablemente no hemos preparado adecuadamente a las nuevas generaciones para enfrentarse a coyunturas difíciles. No soy de los que piensan que el modelo familiar español -muy distinto al anglosajón, por ejemplo- haya pecado de exceso de paternalismo, impidiendo que los jóvenes se independizaran tempranamente del hogar. Al contrario, personalmente valoro mucho que las familias españolas estén siendo un verdadero colchón de apoyo económico y afectivo para tantos jóvenes que, deseándolo, no pueden trabajar. Probablemente, sin ese apoyo decidido e incuestionable de las familias, el conflicto social juvenil habría estallado ya. Con todo, creo que varios comportamientos educativos generalizados deben ser cuestionados.

En primer lugar, considero nefasta la combinación de dos fenómenos: la generación de unas expectativas desmesuradas en el terreno del bienestar material y la relativa abdicación de la cultura del esfuerzo. Parece bastante claro que muchos niños de nuestro país han crecido convencidos de que podían tener todo lo que deseaban, de modo inmediato y sin apenas esfuerzo. Esto, como es lógico, les habituó a considerase con derecho a obtener un conjunto muy amplio de bienes y a disfrutar de todo tipo de experiencias gratificantes. Sin embargo, la conciencia clara de que tales bienes reclamaban un trabajo considerable no se producía en muchos jóvenes. “Como un campo, por muy fértil que sea, no puede ser productivo si no se cultiva, así ocurre al ser humano sin enseñanza” decía Cicerón[6] y cabría añadir que ese cultivo resulta humanamente costoso, aunque pueda ser, también, gratificante. Y el hecho de que la coyuntura actual obligue a los jóvenes a realizar un esfuerzo formativo cada vez mayor, para alcanzar unos empleos cuyos ingresos apenas les permitirán sobrevivir dignamente, está suponiendo un duro aprendizaje.

 

Por otra parte, son muchos los especialistas en educación que consideran que, en los últimos años, hemos intentado promover en los niños y adolescentes mucho más los valores finalistas, es decir, aquellos que de conseguirlos enriquecerían la vida (paz, riqueza medioambiental, progreso material, conocimiento, amistad, madurez, sensibilidad artística, etc.) que aquellos otros, de carácter instrumental, que pueden hacerlos posibles: planificación, paciencia, capacidad de concentración, habilidades sociales, tolerancia a la frustración, constancia en el trabajo, etc.[7] Semejante desequilibrio pasa su factura. De hecho, para conseguir la excelencia en cualquier ámbito o la simple competencia profesional, resulta imprescindible desarrollar unos hábitos o virtudes que no se improvisan, sino que son fruto de largos procesos. Para madurar, tan negativo resulta el super-proteccionismo, como el abandono afectivo que padecen tantos chavales.

Negativos también parecen los propósitos educativos centrados en la competencia con los demás –fuertemente exaltada en la cultura actual- o el objetivo único del éxito académico. Como señalaba Gilles Lipovetsky: “Cuando se pregunta a los jóvenes franceses de entre trece y diecisiete años acerca de lo que les han enseñado verdaderamente sus padres, la mayoría, es decir, las tres cuartas partes, hablan de la necesidad de esforzarse en los estudios para tener una buena profesión. Sin embargo, el respeto de los principios morales sólo se cita una de cada cuatro veces. Dicho de otro modo, la idea misma de educación moral ha perdido gran parte de su valor, de su legitimidad profunda. ¿Qué queda de ella exactamente en la actualidad? Ya no tenemos fe en el imperativo de vivir para el otro, en el ideal moral tradicional de la preferibilidad del prójimo” [8].

Esta obsesión por las calificaciones que caracteriza a tantos padres y que les lleva, incluso, a hacer causa común con sus hijos frente a los profesores cuando los resultados académicos no son los esperados, me resulta censurable por varios motivos. En primer lugar, porque pone el interés educativo en el éxito profesional, en lugar de en la configuración de una personalidad completa. En segundo término, porque incita a adoptar un talante competitivo y triunfador en lugar de a asumir un estilo de vida solidario y humilde, sensible a las necesidades de los demás seres humanos. En tercer lugar, porque, a la postre, dirige la atención de los alumnos hacia el reconocimiento externo, antes que hacia la satisfacción íntima vinculada al privilegio del saber. Como profesor soy el primero en valorar el esfuerzo de estudiar y no se me escapa que en el mundo del trabajo hay que ser competente. Pero no quiero dejar de señalar el peligro que supone adherirse al programa educativo que señalaba Lipovetsky. Poner nuestras expectativas y reconocimiento fuera de nosotros, coloca nuestra autoestima en situación muy vulnerable. De hecho, más adelante, no poder colocarse llegará a constituir no solo un problema económico objetivo, sino un verdadero drama psicológico.

Por último, querría poner de relieve que, una cosa es tener una adecuada formación profesional, y otra, muy distinta, pensar que eso automáticamente permitirá encontrar un trabajo. Hoy tener estudios es condición necesaria, pero no suficiente, para salir del paro. Al contrario, la proliferación de titulados hace que las posibilidades de encontrar una plaza dependan de un conjunto de cualidades, aptitudes y actitudes que van más allá de lo académico. Cualquier institución –también las empresas- buscan hoy, sobre todo, rasgos personales como la responsabilidad, la creatividad, el optimismo, la iniciativa, la capacidad para trabajar en equipo, la inteligencia emocional, la cordialidad, el altruismo, etc. Cualidades que habíamos postergado como poco “prácticas” se muestran ahora como fundamentales para que una empresa –que al fin y al cabo es un grupo humano- funcione bien. Cualidades, por otra parte, que sólo podrán cultivarse si los adultos nos empeñamos en ello.

 

  1. La atención pastoral a los jóvenes en paro

No resulta nada fácil acompañar a quien tiene una dificultad seria en la vida, sobre todo si uno no padece la misma situación. Sin embargo, constituye una obligación pastoral de primer orden. Por eso voy a proponer de modo muy escueto siete tareas que, en mi modesta opinión, se encuentran a nuestro alcance:

 

a) En primer lugar, debemos comprenderles a fondo y prestarles todo nuestro apoyo anímico. Los jóvenes son una parte numerosa de las víctimas de la crisis económica actual y corren el peligro de acabar atribuyéndose la responsabilidad del fracaso laboral, asumiendo sentimientos de culpa que refuerzan el dolor primero originado por no encontrar trabajo. Hay que ayudarles a analizar la realidad para que comprendan que el problema no está en ellos –por regla general-, sino en un cambio radical de contexto económico del que no son en modo alguno responsables. Cuando yo comencé a ser profesor en mi departamento, prácticamente cualquiera que terminaba la tesis se incorporaba a la plantilla. Hoy, magníficos estudiantes tardan muchos años en abrirse un hueco mínimo en la docencia superior. Esta tarea contextualizadora ha de hacerse evitando, por otra parte, alimentar el victimismo que constituye un cáncer psicológico y una actitud paralizante para lograr un trabajo.

b) Va siendo hora también de contribuir a cambiar el imaginario según el cual todos los jóvenes están desmotivados. Es injusto y doloroso para muchos de ellos que se esfuerzan mucho. Digamos, de entrada, que no resulta fácil orientarse en un mundo tan plural en sus ofertas, tan cambiante en su configuración y en el que el futuro resulta tan amenazante. Por eso, los jóvenes necesitan personas con las que poder compartir sus búsquedas y perplejidades, no que refuercen los tópicos negativos que se corresponden con una parte del colectivo pero no, desde luego, con todos ellos. Muchos se han preparado más y mejor que la mayoría de sus padres y, como señalaba antes, ahora se encuentran abocados a emigrar para poder desarrollar su profesión.

c) Por otra parte, resulta conveniente no pararse. El acompañante del joven parado ha de animarle a no “tirar la toalla”; a seguir en la brecha. La situación de desempleo tiene que convertirse en tiempo oportuno para ampliar conocimientos y completar lagunas del curriculum, para realizar proyectos que estaban postergados, para cultivar otras dimensiones de la vida que, quizá, se habían descuidado en momentos anteriores, para abrirse a nuevas experiencias vitales. En particular, es momento oportuno de proyectar en clave de servicio voluntario, los conocimientos y capacidades adquiridos en las anteriores etapas de formación. Por desgracia, debido al desajuste entre oferta y demanda que hemos señalado, muchos jóvenes no van a poder trabajar “en lo suyo”, sino “en lo que salga”, al menos durante un tiempo, y el voluntariado ofrece una posibilidad de aprovechar mucho de lo aprendido. Nunca la formación ha de considerarse tarea desperdiciada porque no proporcione empleo; siempre nos habrá enriquecido.

d) Me parece, así mismo, muy necesario compartir en grupo las situaciones de desempleo. No es bueno “sufrir en silencio” estas dificultades que se pueden tornar obsesivas. La dimensión comunitaria de la fe muestra aquí sus enormes potencialidades. En las “matemáticas” de la fraternidad cuando las alegrías se comparten, “se multiplican” y cuando se comparten las penas, “se dividen”. Mi propia experiencia comunitaria me convence del efecto muy estimulante que tiene comunicar nuestras situaciones laborales: uno se desahoga, recibe cariño, ayuda práctica, ideas creativas, etc. Muchas veces en nuestros grupos juveniles se habla de “temas” y “teorías” abstractas, mientras la vida concreta de sus miembros pasa desapercibida, sin que reciba la iluminación y el ánimo que brotan de la fe.

e) La crisis actual también puede ser ocasión de profundizar en el componente vocacional de nuestra profesión para reorientarla de acuerdo a nuestros valores más profundos. Muchas veces la elección de un oficio se realiza sin fundamento alguno o a partir de motivos y expectativas poco sólidos. Revisarlos a fondo cuando la situación del mercado de trabajo está bloqueada puede ser ocasión de descubrir llamadas más profundas de Dios y de la vida. Recupera la dimensión vocacional del acompañamiento en su sentido más genuino, discerniendo capacidades personales y necesidades sociales a satisfacer, es una necesidad pastoral del momento. Lo que implica, también, no absolutizar el trabajo como si el resto de la vida no contara. Es muy importante, pero no lo es todo.

f) El paradigma pascual de la fe cristiana consiste en saber integrar los momentos de dificultad y de cruz en la búsqueda de formas de amar y comprometerse. Por eso, la condición de parado debería permitir el cultivo de una espiritualidad de la resistencia, la lucha y la fidelidad. Fortalecer la consistencia interior y el carácter de los jóvenes para que sepan enfrentarse con empuje y creatividad a las adversidades de la vida parece necesario en este momento[9]. Quizá una educación permisiva y consumista haya debilitado su personalidad. Se enfrentan a un futuro difícil y no deben partir derrotados de antemano. Vuelvo a recordar la importancia de cultivar capacidades instrumentales que el Evangelio considera también esenciales par trabajar por el Reino de Dios.

g) Incentivar la búsqueda de soluciones laborales que sean justas, creativas y solidarias. No podemos alimentar desde la Iglesia el “sálvese quien pueda” o la competencia despiadada por el escaso trabajo existente. Éste es el mayor peligro que acecha detrás de cualquier crisis económica. Por el contrario, es preciso juntarse para crear iniciativas colectivas, crear empresas, impulsar cooperativas, fomentar el autoempleo y cualquier modo de apoyo mutuo que se nos ocurra. Es el momento oportuno para exigir derechos laborales y protestar por las medidas que degradan el trabajo. “Con la que está cayendo” es la ocasión propicia para redescubrir las vocaciones sindical y política.

 

 

  1. ¿Qué les diría Jesús hoy a estos jóvenes?

Resulta, naturalmente, un ejercicio de teología-ficción imaginar lo que diría hoy Jesús a los jóvenes en paro. No obstante, a partir de unos cuantos textos evangélicos nucleares, sí podemos sospechar cuales podrían ser su actitud y sus palabras. Para aquellos jóvenes creyentes que nos rodean, la lectura, la meditación y la oración de ciertos pasajes de los evangelios pueden ser hoy una verdadera buena noticia. Entre muchos posibles, voy a detenerme en cuatro:

El primero, expresa la empatía y comprensión de Jesús: “Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y yo os daré descanso” (Mt 11, 28). Creo que son muchos los jóvenes que después de buscar sin éxito un puesto de trabajo, tras haber dedicado muchas jornadas al estudio y ampliación de sus conocimientos necesitan, en primer lugar, experimentar que no están afectivamente solos. Que su carga de agobio puede ser misteriosamente compartida por Jesús, que nos comprende desde dentro como un buen amigo. Que hay alguien que nos valora y ama por lo que somos y no por nuestros logros profesionales y académicos. Que él comprende que es perfectamente humano sentirnos en ocasiones tristes y abatidos, especialmente si habíamos puesto mucho de nuestra parte en una meta o hemos sido tratados injustamente. Que compartir las alegrías y las tristezas, aunque sea de un modo oracional –mejor aún si es de una forma compartida- tiene un efecto terapéutico y alentador.

Obsérvese que la cita que estamos comentando identifica dos tipos de problemas. El que podríamos llamar “objetivo” –estar cansados- y el “subjetivo” –estar agobiados- que puede llegar a ser mucho más grave. Efectivamente, cuando nuestros problemas no se solucionan, la angustia y el estrés que aparecen en nosotros acaban convirtiéndose en nuestro peor enemigo. Dejamos de confiar en nuestras capacidades y posibilidades y, eso mismo, hace cada vez más difícil que alcancemos el éxito. Por eso tiene una enorme importancia que podamos descansar en el Señor. Él puede proporcionarnos una paz psicológica que no es fácil encontrar en la sociedad actual, tan cargada de preocupación por la competitividad y que deja en la cuneta a quienes tienen menos habilidades para salir adelante en el mercado de trabajo o son menos implacables en la persecución de sus objetivos laborales.

En segundo lugar, y como complemento dialéctico de la cita anterior, creo que Jesús les contaría la parábola de los talentos: “Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad…”. (Mt 25, 14-30). Esta narración subraya, frente a toda tentación de vaguear o de caer en la autocompasión, la exigencia de trabajar por el bien común sacando partido de las cualidades que Dios nos ha dado. El texto pone de relieve que no todos tenemos las mismas cualidades y que, por consiguiente, no tenemos que compararnos con nadie sino, en todo caso, con nosotros mismos y nuestras potencialidades. El hecho de que seamos diferentes es una riqueza para la sociedad, siempre y cuando cultivemos los dones originales que nos han sido dados. Me parece que hoy andamos bastante lejos de la delicada sensibilidad religiosa del genial pintor, escultor e inventor renacentista, Leonardo da Vinci, quien -al final de sus días y tras haber producido una ingente obra artística y científica de un valor extraordinario- declaraba: “He ofendido a Dios y a la humanidad, porque mi trabajo no tuvo la calidad que debía haber tenido”[10].

Pero la parábola es muy crítica no sólo con quienes no trabajan, sino también con quienes no se arriesgan. Tengamos en cuenta que el mundo bancario y financiero –hoy como ayer- se ubica en un entorno de incertidumbre. Como he destacado anteriormente, también hoy tendríamos que rescatar las virtudes de la iniciativa, la creatividad, el conocimiento y el emprendimiento, cualidades relativamente escasas en nuestro país y que no necesariamente tienen que ir asociadas a actitudes como la explotación o la especulación, que si son socialmente negativas. No está de más comentar que el conocido como “principio Mateo”, según el cual “al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará” (Mt 25, 29), que tanto escandaliza en una primera lectura a cualquier persona de buena voluntad, puede entenderse en una clave netamente evangélica: la sabiduría de la vida nos enseña que los que se emplean a fondo, invierten arriesgan y se entregan, reciben más de la vida que los que, con falta de generosidad, exceso de cálculo, y tendencia a la comodidad, se reservan, adoptan la ley del mínimo esfuerzo o no realizan acciones que conlleven arriesgarse.

Otra parábola escandalosa para la mentalidad capitalista -la de los trabajadores de la viña- ofrece perspectivas que pueden iluminar y animar a los jóvenes parados: ”El Reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña… (Mt 20, 1-16). En este magnífico relato se ponen patas arriba los presupuestos de la economía actual y se sugieren los principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia. Detengámonos en algunos detalles. En primer lugar se afirma que todo ser humano tiene derecho al trabajo y a un sueldo suficiente para vivir. Tengamos en cuenta que un denario equivalía a lo que una familia necesitaba para subsistir una jornada. Por eso, el jornal es abonado a todos, más allá de su productividad o rendimiento. Pero, por otra parte, el texto no avala a quienes no quieren trabajar y quieren “vivir del cuento”. De hecho, el dueño de la viña pregunta con tono de exigencia a los que ve a última hora: “¿Cómo es que estáis ahí, el día entero sin trabajar?” y los interrogados contestan: “Nadie nos ha contratado”. Con lo que queda clara la diferencia moral entre no buscar trabajo y no encontrarlo.

Y es que, lejos de pensar que vivir subvencionados es lo deseable y que los más “listos” son los que pueden vivir del esfuerzo ajeno –siguiendo la humorística sentencia “vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos”-, la Biblia considera un drama no poder trabajar y no poder contribuir, por ello, al mantenimiento propio y a la creación de riqueza social. Aún recuerdo un día en el que mi antiguo párroco, el salesiano Julio Yagüe, entró indignado a los locales de la parroquia de San Benito, en el barrio de Pan Bendito (Carabanchel). Yo le pregunté por el motivo de su alteración y me dijo que acababa de ver a un numeroso grupo de jóvenes practicando el botellón al mediodía. Esto, por habitual, no me parecía razón suficiente para su enfado, pero pronto me aclaró su verdadera causa: había oído una conversación en la que un chaval de unos 18 años alardeaba ante sus compañeros diciendo en tono triunfal: “Ya he conseguido la incapacidad”. Sin comentarios.

Por último, creo que Jesús situaría el problema de los parados en una perspectiva que sin eliminarlo, lo relativizaría a través de dos principios. Primero, somos mucho más que nuestro trabajo remunerado. Segundo, el trabajo no lo es todo, ni siquiera lo más importante, en la vida. Por eso Jesús les diría: “No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?… (Mt 6, 25-34). Y, para no pecar de espiritualistas ilusos, bueno es constatar que el texto no dice que esas cosas carezcan de importancia. De hecho, reconoce con un sano realismo: “pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso”. Con todo, la conclusión no deja lugar a dudas: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio afán”.

En definitiva, lo más importante desde una perspectiva cristiana no es alcanzar la seguridad y bienestar económicos, sino poder contribuir con nuestra vida a mejorar el mundo en que vivimos a base de solidaridad y justicia. Si eso se hace desde un trabajo remunerado –al que todos podemos aspirar legítimamente-, estupendo; si tiene que hacerse desde una acción voluntaria –que tiene la ventaja de depender sólo de nuestra voluntad y no de otro que nos contrate-, fenomenal. Lo verdaderamente triste, el verdadero fracaso existencial, consiste en que nuestra vida permanezca estéril por falta de entrega.

Y un último detalle crítico. El evangelio indica que, muchas veces, el trabajo –que debemos considerar un bien en sí mismo- o la preocupación por conseguirlo puede acabar constituyendo un obstáculo para el seguimiento. No olvidemos que algunos de los que rechazaron asistir al convite de bodas se excusaron con este motivo: “uno se fue a su labranza y otro a sus negocios” (Mt. 22, 5). También actualmente “las preocupaciones del mundo y la riqueza” (Mt, 13, 22) -el trabajo y sus frutos- pueden constituir un obstáculo formidable para entrar en la dinámica del Reino de Dios. Entonces como hoy, la obsesión con el trabajo –o con prepararnos para buscarlo- puede absorber de tal manera nuestras energías y nuestro tiempo que la dedicación a construir un mundo mejor –verdadera misión de los cristianos- quede completamente postergada. En ese sentido, no todo trabajo es un don evangélico.

 

5 Para terminar: la búsqueda de alternativas sociales

Sin duda, una situación como la actual requiere de todas las instancias eclesiales una actitud de empatía y apoyo hacia los jóvenes, así como una labor de servicio orientada a potenciar sus capacidades profesionales y sus energías psicológicas.

Sin embargo, la respuesta cristiana a esta situación no puede conformarse con favorecer una reacción adaptativa a un contexto que hemos de calificar con claridad de injusto y no deseable. Por eso, necesitamos también hoy desarrollar la fibra profética de nuestra fe para denunciar la situación que padecen los jóvenes y para proponer reformas estructurales del mercado de trabajo que lo conviertan en verdaderamente inclusivo. No el tipo de reformas, que permitan, precisamente, explotarles más fácilmente sin ofrecerles la estabilidad económica que todos necesitamos y que debemos exigir por justicia.

La tarea de presentar “protestas” con “propuestas” que realizan movimientos especializados de la Acción Católica como la JEC (Juventud Estudiante Católica) o la JOC (Juventud Obrera Cristiana) desde hace décadas, puede ser un referente par muchos jóvenes cristianos desempleados. El contacto directo con militantes de estos movimientos, que son también jóvenes y que están habituados a denunciar las injusticias económicas y laborales desde dentro y que, al mismo tiempo, se encuentran empeñados en buscar un modo de vivir el estudio y el trabajo desde la vocación cristiana, puede ser enormemente enriquecedor para quienes no conozcan aún estas estimulantes realidades eclesiales.

Participar en la justificada protesta de los Indignados y reflexionar sobre sus propuestas, puede ser un primer paso para transformar una situación que clama al cielo. Ya va siendo hora de poner en el centro del debate político cuestiones como la redistribución del trabajo disponible, la búsqueda de fórmulas más creativas para trabajar parcialmente, la aceptación de la necesidad de tener una economía que no crezca indefinidamente, la adopción de un estilo de vida más austero, la articulación personal del voluntariado y del trabajo remunerado, la conciliación de la vida familiar y laboral, las posibilidades de la economía social, la redefinición del pacto social entre jóvenes y mayores para hacer viable el trabajo y la pensiones, etc.

En definitiva, alguien tiene que recordar que también hoy Dios viendo la situación de tantos jóvenes puede decir “He visto la aflicción de mi pueblo…” (Ex 3, 7).

 

Pedro José Gómez

 

[1] INE: Encuesta de la población activa, Cuarto trimestre de 2011. (27 de enero de 2012)

[2] AAVV: jóvenes españoles 2010, Fundación SM, Madrid 2011.

[3] Dicho lema apareció en un anuncio de la campaña publicitaria del Renault Clio dirigido especialmente a los más jóvenes.

[4] BARBERÍA, José Luis: “Generación “ni” “ni”: ni estudia ni trabaja, El País 22-06-2009

[5] OLIVERAS, Eliseo: “Bruselas alerta por el altísimo fracaso escolar español” el Periódico. Com. 31-1-2011.

[6] Citado en SARMIENTO, Ramón: “La cultura del esfuerzo”, La Razón, 30 de enero de 2012, p.64.

[7] MARINA, José Antonio: La educación del talento, Biblioteca UP, Barcelona, Ariel. URBIETA, José Ramón: Exigencia y ternura, PPC, Madrid, 2010.

[8] LIPOVETSKY, Gilles: Metamorfosis de la cultura liberal, Anagrama, Barcelona, 2003, p. 43.

[9] GRUHL, Monika: El arte de rehacerse: la resiliencia, Sal Terrae, Santander, 2009.

[10] Citado en el diario gratuito 20 minutos, martes 16 de mayo de 2006, p. 23.