Beautiful Girl

Si hay algún adjetivo que defina con precisión el efecto que esta comedia sobre el amor causa en su espectador, éste ha de pertenecer al campo se­mántico de lo entrañable. Sus personajes, dibuja­dos sin excesivos trazos, conectan de inmediato con el público: sus debilidades, sus pequeños dra­mas, sus sueños en estado constante de saludable disolución, resultan familiares al instante, porque pertenecen al estrato más profundo de nuestros sentimiento; ahí, creo yo, radica esa proximidad, esa simpatía que la película suscita.

Beautiful girls relata el regreso a su ciudad natal de Willie, un pianista a punto de cumplir los treinta, sumergido en una incipiente crisis existen­cial. Allí se reencuentra con sus amigos de toda la vida. La relación con ellos girará en torno a los pe­queños o grandes dilemas sentimentales que les afectan. Estos conflictos amorosos no son más que la traducción práctica y simbólica de un duro pro­ceso: los personajes están abandonando definiti­vamente lo más dorado de la juventud. Han de asumir que han crecido, que deben conciliar o/y rebajar sus sueños adolescentes a la siempre más mediocre vida adulta, que sólo aceptando com­promisos y obligaciones podrán adentrarse con pie seguro en la madurez.

Los tres personajes masculinos centrales evolu­cionan en esta misma dirección:

  • Paulse resiste a la ruptura con su novia, Jan, e intenta forzarla por todos los medios a que re­grese a su lado, negándose a reconocer el fin de su relación; en señal de protesta, tapona con nieve cada mañana la salida de su garaje. De forma sintomática, al tratarse de un personaje emocionalmente inmaduro, tiene toda su habi­tación empapelada con fotos de modelos, a las que ha convertido en símbolo de su ideal de vi­da y, cómo no, de pareja; bellezas perfectas y vacías, sobrehumanas, incapaces de generar problemas o discusiones desde su papel de pu­ras representaciones de los deseos inalcanza­bles, del optimismo, de lo imposible. Al final de la película, dejará de acosar a su excompañera; con un gesto tan sencillo como cargado de gran­deza, una mañana, en lugar de bloquear el gara­je, aparta la nieve, con lágrimas en los ojos; así se enfrenta al fracaso como única vía para su crecimiento.
  • Tommy,el rebelde, que en su época de estudian­te ansiaba comerse el mundo en dos bocados,

trabaja ahora como quitanieves y se ve envuelto en un triángulo amoroso: se debate entre su amor por Sharon, una chica encantadora pero convencional, y la relación adúltera que mantie­ne con Darian, la chica bombón de sus años de Instituto, encarnación de esos sueños de gloria que nunca se materializaron. Tras recibir una paliza catártica del marido de Darian, Tommy decide olvidar a ésta y reafirmar su relación con Sharon; emprenderá a su lado la tarea de cons­truir, con los deshechos de sus sueños, una rea­lidad habitable.

  • Por último,Wilieestá confuso porque, a pesar de la relación feliz que mantiene con su novia, considera que no es una mujer 10, sino sólo una chica 7. Al entrar en contacto con la adolescente Marty, un proyecto de mujer fascinante de tan sólo 14 años, siente cómo se tambalea su mundo afectivo y está a punto de sacrificarlo todo por una quimera: esperar a que Marty crezca para vivir a su lado el romance perfecto. Un vez más, el personaje evoluciona hasta encarar su propio destino: apuesta por cimentar su relación ac­tual, aunque imperfecta, pero posible y adulta.

Como vemos, los tres personajes centrales se ven obligados a domesticar sus sueños -algo dis­cutible y, sin embargo, rabiosamente necesario-, a buscar la felicidad en la realidad: en definitiva, a hacerse adultos.

En el contexto del cine actual, Beautiful girls sor­prende por postular una visión moral de las rela­ciones de pareja, en las que valores como la madu­rez, la fidelidad, el compromiso, el perdón y la confianza ocupen un lugar central. Frente a un ci­ne con mentalidad preadolescente -aún más agu­dizada al abordar temas amorosos- que apuesta por presentar la inmadurez como patrón afectivo deseable -sexo por principio, baile de parejas co­mo único aliciente vital, relaciones abocadas al cri­men o a una idílica y poco creíble perfección, be­lleza física como único y engañoso soporte de la atracción entre los amantes-, esta película se de­canta por una mirada frontal a la verdadera sus­tancia de la relación amorosa adulta: el debate, la tensión constante entre el sueño y la realidad, en­tre el yo y el otro, entre lo que deseo y lo que soy.

JESÚS VILLEGAS

 

Compartir
Artículo anteriorCalle Mayor
Artículo siguienteJuego para la paz