Begoña tiene médula y… ¡un corazón de oro!

  1. Una noticia que no trajeron los periódicos

 

Hoy, 27 junio de 1997, a Jesús de Na­zaret le han donado médula ósea. Esta noche para un Jesús chiquitín de sólo tres años ha brillado la esperanza de una feliz resurrección veinte siglos después de la primera, de la úni­ca Resurrección.

El progreso increíble de la ciencia aplicado a la medicina v al servicio de un corazón de oro o latir de nuevo un frágil e ignorado cuerpecillo infantil.

Supongo que tus padres lucharon a muer­te contra la muerte que se te acerca, chiquitina. Has pasado tus tres años no cumplidos, presa y a punto de ser víctima de la leucemia.

“Médula sana para nuestra hija”.

El deseo es más fuerte que la muerte. Y el reno científico hace posible la solución deseada. Pero el deseo es quebrado por la angustia.

 

“¿Habrá médula ósea compatible con la de nuestra niña? Y, sobre todo, ¿ habrá donante?”

Ellos están dispuestos a pagar. Vale mucho la vida de una hija. Pero no. La médula viva tiene precio de amor solidario. Y esa moneda no la acuñan los bancos.

«¡Oh Dios! ¡Médula, médula!…»

Hoy, 27 de junio de 1997, la ciencia y la bondad trabajaron juntas. Un corazón de oro se durmió durante tres horas y media con la anestesia total. El quirófano estaba lleno de oxígeno coherente: vacío y estéril de egoísmo.

 

  1. Un cheque en blanco

Begoña lo tenía claro: “Ya soy mayor de edad. Puedo donar mi médula. Me hacen pruebas. ¿Por qué insisten los médicos una y otra vez en que puedo volverme atrás? Me da­ría vergüenza de mí misma. ¡Es muy gordo que alguien pueda seguir viviendo si tu quieres! Di­cen que quizás no me llamen, que es una po­sibilidad entre millares… Por fin una llamada:

– “Hacia mayo ¿podrías?

–  Claro. Están los exámenes, pero…

–  A eso podernos esperar. ¿Cuándo terminas?

Begoña echa la cuenta: su brillantísimo ex­pediente, el temido calendario de junio… – En junio, el 21 de junio acabo.

– Bien. Muy bien. La paciente (¿o el paciente?) pueden esperar un poco, ¿Qué tal el 27? Es el primer viernes del verano. El ciruja­no opera los viernes… ¿Vale?

– Claro. ¡Estupendo!.

 

Claro ya lo tenía cuando se apuntó. No hay más hermoso que donar algo vivo cuando solo es proyecto. Firmar en blanco el cheque del amor coherente por si Jesús vinie­ra… Por si necesitara leucocitos, plaquetas… Todo eso y mucho más que una médula sana y un corazón de oro pueden ofrecer.

Firmó y siguió su vida. Como los grandes gestos que cambiaron la historia, el gesto de Begoña fue sencillo. Luego, a clase, a los deportes, la movida, su familia, la comunidad, el voluntariado, etc. Y alerta cada día por sí hay que echar una mano.

¿Una mano? La alargó, cogió el teléfono, fi­jaron la fecha…

¡Chapeau, Begoña, chapeau! Pocas ve­ces me he sentido tan contenta, tan ingenua­mente orgullosa de haber pertenecido al mismo colegio que tú, las Esclavas de Madrid, de Mar­tínez Campos, Y mira que son veces las que me siento contenta por esos maravillosos años!

 

  1. Recuerdos y vivencias

Te recuerdo discretamente alerta, vivara­cha, profundísima, con tu chispilla de sentido del humor, bien centrada en el sentido de tu vida, haciendo de todo como quien no hace nada, disfrutando. (¿Lo heredaste de tu madre, de tu ­padre, de los dos? También ellos apoyaron tu donación; la financiaron con la tarjeta de crédito del amor cristiano).

 

Te recuerdo con una canción a María en ca­da Adviento. Seria, muy seria el día del Ayuno Voluntario, algo tensa por empujar hacia la co­herencia tu sensibilidad y la de tu equipo, el grupo aquel tan variopinto. Te recuerdo bate­ría en el coro de Maristas: aparcaste de mo­mento tu guitarra y era sorprendente verte y oírte, alzada en energía y ritmo sobre tanto sincrónico metal.

No temas. Ya no voy a seguir con los re­cuerdos: tu oración, tu vida sentimental… Son recuerdos muy hondos que en la Eucaristía perviven en Presencia.Pero me callo ya. Pre­fiero verte hoy despertando del sueño de dar­le médula sana y viva al mismo Jesucristo.

 

  1. «Sólo un vaso de agua»

La gente flipa cuando te pregunta: —¿Para quién es tu médula, Begoña?». —No sé…» «¿iQuééé!?_­

Flipan. Flipamos todos. Algunos rezamos suavemente confiándote al buen Dios; dando gracias por ti, por el desconocido Jesucristo al que llega tu médula. ¡Ojalá, ojalá salga ade­lante esa pequeña de tres años, ganándole tú y ella un pulso a la leucemia (¡Dios mío, termi­na Tú de hacerlo! Tú que suscitas la generosi­dad en el corazón de oro de Begoña, llévala a término).

«Qué pena que no sepa más gente que se puede hacer esto. Palabra que son sólo unos pinchazos. Bueno, si te dan miedo los pincha­zos…

– Mejor cuelgo el teléfono. ¿Vale? Porque aca­bará diciéndome convencida que esto de donar médula viva es coser y cantar.

– Sí sólo he dado un vaso de agua. ¡Bah!»

¡Adiós al hospital de la Princesa! ¡Bien­venida a casa, Bego! ¡Gracias! Cuídate. Noso­tros intentaremos contarlo. Palabra.

Mercedes Colubi