Breve reflexión sobre la tarea profética en el momento presente

Julio Lois, teólogo. Profesor emérito del Instituto Superior de Pastoral de Madrid.

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

La vocación cristiana conlleva la vocación profética. Pero la profecía es también carisma especial que el Espíritu concede para hablar de Dios y en nombre de Dios. El profeta se encarna entre las víctimas y anuncia la salvación liberadora de Jesús. Hace presente hoy la memoria de los crucificados de nuestro mundo y el horizonte de esperanza que proporciona la memoria del Resucitado. Hoy como ayer, el profeta tiene unas tareas urgentes que cumplir en los distintos ámbitos (económico-social, ideológico-cultural, jurídico-político) que configuran la realidad actual tanto de la sociedad civil como de la Iglesia.

 

  1. ¿Qué es un profeta?

Comencemos por señalar algunos rasgos genéricos que configuran al profeta y también su tarea.

Conviene recordar, en primer término, que la profecía no debe concebirse como un ejercicio de adivinación o predicción del futuro –y eso aún sabiendo que en la misma Biblia, en ocasiones, la tarea profética se asocia con tal ejercicio[1]-, ya que esencialmente el profeta lo que hace es hablar en nombre de Dios para comunicar a quien quiera oírle lo que la divinidad le ha inspirado en orden a iluminar el sentido de la existencia.

En un sentido amplio es preciso decir que la vocación cristiana lleva consigo aparejada la vocación profética y por eso puede y debe decirse, con el Concilio Vaticano II, que todo “el Pueblo santo de Dios participa de la función profética de Cristo”[2]. Sin embargo, eso no impide hablar del don particular o carisma de la profecía que el Espíritu concede a algunos de los miembros de ese mismo Pueblo. A ese don, junto con otros, se refiere Pablo cuando señala que “en la comunidad Dios ha establecido a algunos en primer lugar como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como maestros; luego hay obras extraordinarias…”[3]. Los rasgos que configuran al profeta son fundamentalmente los siguientes:

– El profeta o la profetisa es un hombre o una mujer de Dios, es decir, personas profundamente relacionados con Él. Es precisamente tal relación la que les permite hablar en Su nombre.

– El profeta o la profetisa es, pues, una persona que habla en nombre de Dios. Pero es preciso añadir que lo hace en diálogo con su momento histórico o en conexión con los “signos propios de su tiempo”. Habla, pues, en nombre de Dios “hoy”, tras discernir el alcance de tales signos, es decir, su positividad –y entonces su voz tiene carácter de anuncio- o su negatividad, que le convierte en denunciante.

– Es fundamental subrayar que esa operación de discernir y valorar la realiza el profeta mediante una “mirada específica” que es la que le proporciona el mirar siempre “desde y hacia abajo”. Esto significa que ve el mundo y lo valora con la mirada propia de los sin-nombre, de los humillados y vencidos de la historia, de los pobres y excluidos, de las víctimas, en suma. De las víctimas de ayer y de las de hoy, de cuya causa se siente solidario. De esta forma el profeta, encarnado en el lugar social de las víctimas, se distancia de la mirada propia del espectador neutral, pues sabe que sólo la atención al sufrimiento de los otros permite entender la verdad de lo real. Con esta su “mirada específica” el profeta se convierte en un testigo que se alza contra el olvido, pues conserva la memoria de las víctimas de ayer, e incorpora además la valoración de la realidad actual, teniendo así siempre en cuenta todas las demandas pendientes de realización que brotan tanto del ayer como del hoy. Desde la incorporación de esa memoria y desde la solidaridad real con la causa justa de las víctimas de hoy, el profeta ve y desvela lo que la mirada de sus contemporáneos ni siquiera es capaz de sospechar. Lo que hace, en realidad, es conducir lo silenciado a su palabra[4] para así denunciar toda injusticia y anunciar las novedades posibles que descubre, no adivinando el futuro sino hurgando en el pasado y en el presente de las víctimas, que es el “lugar” en el que se pueden descubrir las posibilidades latentes de redención o salvación que deben abrirnos esperanzados a lo que está por venir

– Los profetas, al desvelar y anunciar posibilidades nuevas ocultas a la mirada de tantos, cuestionan radicalmente el mito de la “inmutabilidad social” o del “fin de la historia” y nos proyectan hacia utopías intrahistóricas, que son como la concreción de la utopía cristiana universal de plenitud -ya anunciada y prometida por Jesús de Nazaret- en cada situación histórica concreta. Como indica el teólogo mártir I. Ellacuría “sin profetismo no hay posibilidad de hacer una concreción cristiana de la utopía y, consiguientemente, una realización histórica del reino de Dios. Sin un ejercicio intenso y auténtico del profetismo no se puede llegar teóricamente y, mucho menos, prácticamente, a la concreción de la utopía cristiana”[5].

– Los profetas cristianos, por ser portadores de la palabra del Dios que se nos ha revelado en Jesús, son siempre, al denunciar y al anunciar, portadores de una Buena Noticia de salvación liberadora para los seres humanos. “Larúah, el soplo de Dios, que pasa por las manos de los profetas, es un soplo de vida y de liberación. No puede entenderse el profetismo sin compromiso total en el proceso de liberación humana”[6].

Teniendo en cuenta lo dicho hasta aquí podrían señalarse como rasgos o momentos del ejercicio profético los que siguen:

* Momento de silencio para suplicar la fuerza del Espíritu y para contemplar agradecidos y fascinados, movidos por ese mismo Espíritu, la belleza y la fecundidad de la palabra de Dios que el profeta ha de transmitir.

* Momento de encarnación o inserción, traducido en presencia sencilla, atenta, paciente y cercana. Encarnación que, como se dijo, ha de realizarse en el mundo de las víctimas, de los pobres y excluidos de la tierra, y que sitúa al profeta en el “lugar” que le permite ser honrado con la realidad, captar su verdad y escuchar sus demandas. La única encarnación, en suma, que, evangélicamente hablando, capacita para ver y sentir la realidad con los ojos y el corazón de Dios.

* Momento de compromiso. La presencia encarnada en el mundo de todas las víctimas de la injusticia es un fin a su vez finalizado en el compromiso liberador, que lleva a la acción transformadora de la realidad orientada a realizar esas “posibilidades latentes de salvación” que están interesadamente ocultadas o silenciadas. Un compromiso que permite vivir la historia según el plan salvífico de Dios.

El silencio, la presencia encarnada en el sentido referido y el compromiso configuran al testigo-profeta, que, como ya se dijo, no puede ser mero espectador u observador neutral de la realidad. El amor del Padre Dios que es fuente de redención y salvación debe ser testimoniado a través de la vida encarnada y comprometida de los profetas si su voz quiere ser escuchada de forma significativa y creíble[7].

* Momento de la proclamación explícita de la palabra profética en forma de anuncio y de denuncia. Anuncio de posibilidades nuevas, de utopías intrahistóricas capaces de mediar la salvación de Dios en la historia y denuncia de todo lo que a esa novedad se opone y cierra la historia a toda transformación liberadora.

 

  1. ¿Qué tareas proféticas son hoy más urgentes y decisivas?

Esta es, tal vez, la pregunta fundamental que debemos plantear y responder en relación con el tema del profetismo. La pregunta adquiere para nosotros mayor interés si la reformulamos con mayor concreción: ¿qué tareas proféticas son más urgentes y decisivas hoy, en España, teniendo en cuenta la situación de la sociedad civil y de la Iglesia y a partir de lo dicho sobre los rasgos y momentos que configuran al profeta y a la acción profética? Es esta última pregunta la que vamos a intentar responder con la brevedad a que nos obliga el espacio de que disponemos.

La respuesta, sabiendo, como se dijo, que la profecía supone la contrastación crítica de la plenitud del reino de Dios con una situación histórica determinada, implica, como es obvio, la consideración de la situación histórica concreta de la realidad española actual, tanto de la sociedad civil como de la Iglesia.

Considerar la realidad de la sociedad civil española, para realizar esa contrastación crítica en que consiste la profecía, exige tener en cuenta los distintos subsistemas que la configuran: el económico-social, el ideológico-cultural y el jurídico-político. No pretendemos aquí, desde luego, hacer una consideración minuciosa de dichos subsistemas, sino indicar tan sólo algunos rasgos de los mismos, aquellos que, en forma de retos y sólo a título de ejemplo, puedan ser más significativos para precisar las tareas más urgentes y decisivas de la profecía hoy en España.

2.1. Nivel socio-económico.

En este nivel de la realidad el dato significativo que queremos destacar es el de la injusticia actualmente existente en España, con todas sus manifestaciones de desigualdad, pobreza, marginación y exclusión social y con todo el sufrimiento que engendra derivado de la imposibilidad real para muchos millones de nuestros conciudadanos de vivir con la dignidad que corresponde a toda persona humana.

Ya hemos dicho que no es posible realizar aquí análisis minuciosos. Nos limitamos a señalar como expresiones de esa injusticia a que nos referimos los datos siguientes:

-Según el Informe Foessa sobre la pobreza en España, en su última actualización de Diciembre de 2.005, existen en nuestro país 2.192.000 hogares en los que viven 8.509.000 personas (algo más del 19% de la población) que están bajo el llamado “umbral de la pobreza” (menos del 50% de la renta media disponible). Más en concreto: 316.000 hogares (con 1.739.800 personas) padecen “pobreza severa” (menos del 25% de la renta media disponible) y entre ellos un sector de 86.000 hogares (con 528.000 personas) padecen “pobreza extrema” (menos del 15 % de la renta media disponible).

– La Encuesta del Instituto Nacional de Estadística presentada en Diciembre de 2.005 indica que hay en España 30.000 personas sin hogar (“los sin techo”, que viven a la intemperie) y otras 250.000 que carecen de vivienda (y sobreviven en albergues o infraviviendas). La misma Encuesta dice que el 51% de los inmigrantes viven realquilados (habitación con derecho a baño y cocina).

– Hay un aumento acelerado del número de jóvenes que viven en la pobreza. Por otra parte, mientras que la especulación inmobiliaria adquiere unas proporciones intolerables y enriquece a unos cuantos los jóvenes tienen muchas dificultades para acceder a una vivienda que les permita formar una familia.

-La población pobre en España acapara la inmensa mayoría de los males, carencias y problemas sociales existentes en nuestro país como el paro, el analfabetismo, las toxicomanías, la delincuencia y la marginalidad en general.

-Estamos hacia la cola en Europa en gasto social por habitante.

No es necesario aducir más datos. Lo que sí interesa es destacar que este problema de la injusticia -que considerado a nivel mundial adquiere unas dimensiones enteramente intolerables- leído a la luz de la fe cristiana no se sitúa sólo en el campo de la ética, sino que adquiere además un “estatuto rigurosamente teologal”. El hecho de tal injusticia, la insolidaridad que la perpetúa, la mentira que la invisibiliza y la ideología que la justifica, oculta el rostro del Dios de Jesús y es incluso su negación más radical[8].

Parece cierto entonces que esa operación de contrastación crítica -entre la plenitud del reino de Dios con una situación histórica determinada- en que la profecía consiste, hoy en España tiene que conducir a asumir como un desafío insoslayable la realidad de la injusticia referida. Dicho de otra manera: hoy necesitamos en España profetas capaces, por una parte, de denunciar la injusticia reinante –que se expresa en los datos indicados y en muchos otros- y, por otra, de anunciar posibilidades de superarla haciendo referencia a utopías intrahistóricas viables. ¿Puede hoy en España ser creíble y significativo un profetismo que ignore el desafío de la injusticia y centre su atención preferentemente en cuestiones que sólo muy en segundo término preocupan a las víctimas de esa injusticia? ¿Y no es este profetismo “descafeínado” al que estamos acostumbrados, salvo en muy contadas ocasiones?

2.2. Nivel ideológico-cultural.

En este nivel el dato que queremos destacar como imprescindible para que el profetismo pueda hoy ser entre nosotros creíble y significativo es el de la crisis de la fe cristiana provocada por el ejercicio de la razón crítica moderna y posmoderna. Ejercicio y crisis consecuente que en España se han dado tardíamente, en relación con otros países europeos, pero que en las últimas décadas han adquirido una intensidad creciente.

Se puede hablar, como se sabe, de una primera crisis cuando la razón moderna ilustrada, emancipada de la tutela de la fe cristiana y declarándose autónoma, introduce la sospecha sobre la posibilidad de afirmar razonablemente la existencia de Dios y llega incluso a proclamar su muerte. Una crisis que se expresa en un crecimiento importante del agnosticismo y hasta del ateísmo. Este último cobra formas muy diversas, desde el vinculado a consideraciones humanistas –que reclama la muerte de Dios como condición indispensable para defender la libertad, la felicidad, la adultez y la dignidad del ser humano-, hasta el derivado de esa mentalidad positivista que, informada por una racionalidad estrictamente científico-técnica, no concede posibilidad de existencia a realidad alguna que no sea verificable empírica e intersubjetivamente.

La segunda crisis sería la provocada por algunos de los rasgos de lo que solemos llamar cultura posmoderna. Me refiero a aquellos que, cuestionando algunas de las aportaciones de la modernidad y radicalizando otras, generan una situación en la que Dios y la fe cristiana aparecen con más dificultad en el horizonte de la existencia de los seres humanos. Una indiferencia creciente, en el seno de tal cultura, parece envolver a buena parte de nuestros contemporáneos[9].

La palabra profética tiene que situarse ante estas crisis y contrastarse críticamente con ellas, lo cual, a mi entender, reclama una estrategia de diálogo honesto y crítico[10]. Esto equivale a decir que necesitamos hoy en España profetas que, ante la crisis de fe que padecemos, sepan “ponerse a la escucha de los hechos, acoger lo mucho que puedan enseñarnos sobre nuestros propios fallos y fracasos, y descubrir en ellos los retos, los signos a través de los cuales el Espíritu nos revela la voluntad de Dios y sus designios para nuestra generación”[11]. Necesitamos, en suma, profetas que nos liberen tanto de los “atrincheramientos cognitivos” -que sólo conducen a la irrelevancia significativa- como de fáciles y rápidas adaptaciones, que llevan a la pérdida de la propia e irrenunciable identidad.

¿Puede hoy en España ser creíble y significativo un profetismo que ignore o no tenga muy en cuenta el desafío que supone la crisis de fe en la que estamos envueltos? ¿No estamos dolorosamente acostumbrados a voces pretendidamente proféticas cargadas de “triunfalismo atrincherado” o también, en otras ocasiones, de falsas adaptaciones que revelan inquietantes complejos de inferioridad?

2.3. Nivel jurídico-político.

El único dato que en este nivel vamos a considerar en orden a configurar la tarea profética hoy en España de forma más creíble y significativa es el de que España en este momento es –y todo parece indicar que lo seguirá siendo por mucho tiempo- un país plural, democrático y no confesional[12]. Esto significa que la presencia de la fe cristiana en la vida pública española tiene que ser comprendida y realizada hoy superando antiguas etapas caducadas de cristiandad.

La cristiandad puede entenderse como“esa forma de presencia del cristianismo que consistía en el sometimiento de las distintas esferas de la vida humana: política, social, cultural y personal al control de la Iglesia. En ella el poder político se ejercía de alguna forma en subordinación al poder eclesiástico; la sociedad se organizaba y regía desde principios cristianos que determinaban la forma de organización del tiempo, las costumbres, los valores y el discurrir de la vida colectiva; la cultura surgía de principios cristianos y estaba determinada en la mayor parte de sus realizaciones: símbolos, valores, obras de arte, desde el cristianismo”[13].

En la sociedad española actual –plural, democrática y no confesional- la presencia pública de la fe cristiana ha de respetar la consistencia autónoma de la realidad y de los distintos saberes, la legítima autonomía de la vida pública y las reglas de juego de la verdadera democracia.

Me refiero, en primer término a esa autonomía de la realidad ya reconocida por el Concilio Vaticano II como “absolutamente legítima”: “Por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, bondad y verdad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte”[14].

Una autonomía así entendida se debe extender además a la vida política con la exigencia de respetar las reglas de juego de la democracia, lo cual supone, según creo, la aceptación consecuente de la no confesionalidad del Estado y la renuncia a pretensiones hegemónicas y, por supuesto, a toda forma de coacción impositiva, directa o indirecta, al intentar extender las convicciones creyentes en la sociedad, por muy verdaderas y fecundas que se consideren. Esta renuncia indispensable no supone en forma alguna postular que el campo de incidencia de la fe debe reducirse al ámbito de la vida privada. Supone, sí, que la dimensión pública irrenunciable de la fe debe hacerse presente en la sociedad solamente con ofertas dirigidas a la libertad de las personas, utilizando mediaciones que sean en todo caso respetuosas con las normas que configuran el orden democrático[15].

Necesitamos hoy en España voces proféticas que sean capaces de reinvindicar la presencia pública de la fe cristiana sin pretensión alguna de volver a etapas pretéritas de cristiandad. Voces que, asumiendo sin resentimiento o falsas añoranzas la nueva condición de la sociedad española plural, democrática y no confesional, sean fieles a la “memoria subversiva y liberadora” (Metz) de aquél que fue crucificado precisamente por las indudables repercusiones públicas de su vida y de su mensaje y que, desde tal fidelidad, la ofrezcan sin imposición alguna a quien quiera oírla con el convencimiento profundo de que puede prestar una contribución positiva a la marcha de la sociedad.

Hasta aquí nos hemos limitado a indicar algunos datos, que por ser característicos de la sociedad civil española actual, estimamos que han de ser tenidos en cuenta para que la profecía pueda ser más creíble y significativa en nuestro país. Pero la profecía tiene también que contrastar críticamente el anuncio de la plenitud del reino de Dios con la situación concreta de la Iglesia española actual.

Si hemos hablado ya de la situación de crisis de la fe cristiana en la sociedad española, tendríamos ahora que referirnos a una crisis de significación de nuestra Iglesia, que parece inequívoca si tenemos en cuenta los últimos estudios con que contamos de sociología religiosa. Tener en cuenta esa crisis parece indispensable para configurar la tarea profética en nuestro país.

¿Qué datos, en forma de obstáculos, están en la raíz de esta crisis eclesial que conduce incluso a no pocos creyentes que se sienten vinculados a Jesús de Nazaret, a su vida y a su mensaje, a sentirse al margen de la Iglesia? Podríamos señalar, entre otros, los siguientes:

  • La excesiva jerarquización existente, que no facilita la participación activa y responsable de todo el pueblo creyente en las decisiones eclesiales.
  • La discriminación que margina a la mujer.
  • La falta de libertad que se observaen su propio seno y que se traduce en numerosos miedos: a repensar críticamente la fe en diálogo con la cultura secular moderna; a la investigación histórico-crítica de la Biblia; al pluralismo de interpretaciones; a los procesos de inserción o encarnación del Evangelio en las diversas culturas; al avance ecuménico y al diálogo interreligioso.
  • Algunas posiciones morales mantenidas de forma muy rotunda y con escasa atención a las aportaciones procedentes de saberes autónomos con respecto a la fe.
  • La dificultad que tiene para acreditarse a sí misma prácticamente como Institución crítica y liberadora al servicio de la causa del Reino.
  • La dificultad que tiene para ser lo que evangélicamente está llamada a ser: una Iglesia pobre y de los pobres.
  • La utilización de lenguajes muy intemporales, poco conectados con las preocupaciones, preguntas, anhelos, problemas reales de la gente; demasiado rotundos y dogmáticos, incluso arrogantes, vinculados a la pretensión de “poseer” la verdad; muy conceptuales, excesivamente orientados al adoctrinamiento, poco sapienciales o fundamentados en la experiencia de la fe, poco aptos para los medios de comunicación; lenguajes celebrativosmuy orales, poco imaginativos, con escaso nivel de participación; poco ágiles, en ocasiones muy crípticos y frecuentemente trasnochados…
  • Escasez de comunidades referenciales de convicción.

Necesitamos hoy en España profetas que, con la libertad y audacia de los primeros testigos, nos animen, por una parte, a realizar un vigoroso esfuerzo de reinterpretación de la fe orientado a una recomposición de nuestras creencias y, por otra, a ir hacia una reconversión de la institución eclesial, con la finalidad de caminar hacia una Iglesia más pobre y de los pobres, más crítica y liberadora y con un mayor grado de comunicación y participación, para superar así la discriminación de la mujer y otras muchas discriminaciones que se observan en su seno.

Necesitamos profetas que generen el convencimiento de que la apuesta por superar los obstáculos mencionados representa hoy la postura más prudente y sensata y la que incluso más garantías ofrece de conservar la verdadera identidad de la fe, que no puede nunca confundirse con la terca repetición de lo heredado. Profetas, en fin, que nos hagan ver que en otro caso la Iglesia puede entrar en una imprudente “dinámica sectaria”, que la puede alejar irremisiblemente del pulso de la historia[16].

 

  1. ¿Dónde están y quiénes son?

El cantautor Ricardo Cantalapiedra en una de sus conocidas canciones se preguntaba: ¿en dónde están los profetas que en otros tiempos nos dieron las esperanzas y fuerzas para andar? Y él mismo respondía: “en las ciudades, en los campos, entre nosotros están”.

No busquemos, pues, en lugares excepcionales o extraños, mirando hacia “lo alto” o hacia la lejanía. No estemos pendientes del encuentro especial con héroes o heroínas singulares. No. Entre nosotros están. Están entre nosotros esos profetas y profetisas que necesitamos para liberarnos de ese cristianismo convencional que nos envuelve. Tal vez entre nuestros vecinos, compañeros de trabajo o en el seno de nuestra propia familia.

Lo importante es descubrir su presencia con mirada atenta. Teniendo en cuenta lo anteriormente dicho, podríamos decir que nos encontramos con profetas o profetisas cuando nos encontramos con personas:

  • Que aportan a este mundo nuestro la memoria de la cruz y de la resurrección de Jesús, lo cual significa que hacen presente hoy la memoria de los crucificados de este mundo nuestro mediante la solidaridad con su causa y, al mismo tiempo, el horizonte de esperanza que proporciona la memoria del Resucitado y que estimula la libertad para vivir tal solidaridad y vivirla con gozo.
  • Que son capaces de seguir apostando con realismo por utopías intrahistóricas viables, sin caer en las garras del mito de la inmutabilidad social, hoy tan interesadamente proclamado.
  • Que son libres de todos los miedos paralizantes, tienen la audacia de ser inconformistas ante las injusticias que configuran nuestra sociedad -conscientes de que siguen a Aquél inconformista que murió en la cruz- y son capaces de asumir la conflictividad que puedan generar en virtud de su fidelidad .
  • Que están informados por la sabiduría no convencional de Jesús de Nazaret, por la dimensión “contracultural” de sus Bienaventuranzas, y que tienen, en consecuencia, un corazón inquieto que les abre al futuro de un mundo más razonablemente habitable.

Es escuchando las “voces proféticas” que brotan de la vida y mensaje de tales personas como podremos conseguir que el cristianismo ofrezca a nuestra sociedad española la contribución positiva que puede y debe ofrecer.

JULIO LOIS FERNÁNDEZ

estudios@misionjoven.org

 

[1] Cf., por ejemplo, 1 Sam 9, 6-7. 20; 1 Re 14, 1-16; 2 Re 1, 16-17; 2 Re 5, 20-27; 2 Re 6, 8s; 2 Re 6, 30s…

[2] Cf. Lumen gentium, nº 12.

[3] Cf. 1 Cor 12, 28-31; cf. También Rom 12, 4-8.

[4] El profeta es como “el ángel de la historia” del que nos habla W Benjamín en su Tesis IX “sobre el concepto de historia”, que “conoce lo que yace oculto a nuestros pies” (cf. R. Mate, Medianoche en la historia. Comentarios a las tesis de W. Benjamín sobre el concepto de historia, Ed. Trotta, Madrid, 2006, págs. 155-167).

[5] Cf. Utopía y profetismo, en I. Ellacuría y J. Sobrino (eds.), Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de teología de la liberación, T.I, Ed. Trotta, Madrid, 1990, pág. 396. Para Ellacuría la utopía y la profecía están dialécticamente relacionadas y por eso el profetismo es “la contrastación crítica del anuncio de la plenitud del reino de Dios con una situación histórica determinada” de tal forma que si la utopía “no fuera de algún modo realizable, correría el peligro casi insuperable de convertirse en opio evasivo”. En realidad, “lo que recoge y expresa el profetismo es esa interpelación histórico-trascendente del Espíritu que hace presente la utopía ya ofrecida y la contrasta con los signos de los tiempos” (cf. Ibid., págs. 396. 397. 399.

[6] Cf. J. Mª González Ruiz, Profetismo, en C. Floristán Y J. J. Tamayo (eds.), Conceptos fundamentales de pastoral, Ed. Cristiandad, Madrid, 1983, págs. 839-840.

[7] Como indica Pablo VI en la Exhortación Apostólica Evangelio nuntiandi “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio” (cf. nº 41).

[8] “Lo que más oculta hoy el rostro de Dios es la profunda injusticia que reina en el mundo. Si no luchamos contra ella y no nos ponemos del lado de las víctimas, colaboramos al actual ocultamiento de Dios” (cf. Creer en tiempos de increencia, Carta Pastoral de los obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, nº 74).

[9] Cf., por ejemplo, J. Martín Velasco, Ser cristiano en una cultura posmoderna, Ed. PPC, Madrid, especialmente págs. 41-65.

[10] La estrategia de diálogo propuesta supone la superación de otras dos estrategias a las que se refiere el mismo J. Martín Velasco en la obra citada en la nota anterior. La primera de ellas la describe así: “Durante mucho, demasiado tiempo, la Iglesia ha reaccionado a los cuestionamientos de la Modernidad con una postura ‘intransigentista’ que podría situarse en lo que los sociólogos denominan estrategias de ‘atrincheramiento cognoscitivo’ y que lleva al aislamiento de los movimientos tenidos por peligrosos o a la militancia activa contra ellos”. Frente a esta primera estrategia cabe otra de sentido contrario representada por “una postura de ‘negociación cognitiva’ de la propia identidad que, cuando toma como criterio la adaptación a la nueva situación, puede terminar en una rendición a ella que reduce la propia identidad a las exigencias del exterior y termina en una disolución de la misma” (cf. Ibid., págs. 99-100).

[11] Cf. Ibid., pág. 100. Junto al hecho de la crisis de fe, único que aquí hemos considerado, habría también que tener en cuenta, para configurar la tarea profética hoy, hechos como el pluralismo religioso y cultural, con sus exigencias de diálogo e inculturación. Pero no es posible considerarlos aquí.

[12] En efecto, la Constitución española vigente afirma en su artículo 16 que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Esta no confesionalidad no implica, en principio, rechazo del hecho religioso. En realidad, en el mismo artículo la Constitución “garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y de las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público”.

[13] Cf. J. Martín Velasco, El malestar religioso de nuestra cultura, Ed. Paulinas, Madrid, 1993, págs. 309-310.

[14] Cf. Gaudium et spes, nº 36.

[15] La superación de etapas caducadas de cristiandad y particularmente la renuncia a toda intervención per modum auctoritatisparece que debe urgirse muy especialmente hoy en España a las intervenciones en la vida pública de las más altas instancias jerárquicas de la Iglesia. Se evitarían así muchas confrontaciones innecesarias que están dañando la imagen de la Iglesia en amplios sectores de la población española. Para un desarrollo de este punto, cf. J. Lois, Reivindicación de la dimensión pública de la fe en una sociedad plural, democrática y no confesional, en “Frontera-Pastoral Misionera”, nº 35 (Julio-Septiembre, 2005), págs. 37-62.

[16] Cf. J. Lois, Miedos en la Iglesia. Alegato a favor de la libertad, en “Frontera-Pastoral Misionera”, nº 18 (Abril-Junio 2001) págs.49-61.

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