CLAVES DE LECTURA DEL SÍNODO SOBRE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

S. Yvonne Reungoat, FMA

Superiora General

Instituto Hijas de María Auxiliadora.

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO.-

La autora, actual Superiora general de las Hijas de Maria Auxiliadora, formó parte como oyente invitada del Sínodo de octubre. Ella nos da, desde la experiencia vivida, sus principales claves de lectura de dicho Sínodo: universalidad de la Iglesia, ‘nuevas oportunidades’ de evangelización, protagonismo del Espíritu, centralidad de Jesucristo, jóvenes evangelizadores de los jóvenes, contemplación del misterio y cercanía a los más pobres.

Han pasado varios meses desde la clausura de la XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización. Los acontecimientos eclesiales sucesivos han reforzado el carácter profético del evento. El testimonio de Benedicto XVI al dejar el pontificado ilumina con tonalidades nuevas su presencia y los mensajes por él pronunciados en el auditorio sinodal.

La elección del Papa Francisco ha abierto una nueva etapa en la historia de la Iglesia. Ha llegado el sucesor de Pedro desde el Sur de América Latina, trayendo en su corazón la herencia del ‘pobrecito’ de Asís y en sus gestos y palabras la misericordia y la audacia de Jesús de Nazaret, el profeta del Reino.

Al evocar cuanto hemos recibido y estamos recibiendo de estos dos testigos del Evangelio, suscitados por el Espíritu para escribir las primeras páginas de la vida de la Iglesia en este nuevo milenio, también nosotros, como pueblo de Dios, sentimos la responsabilidad de recorrer los  caminos que el Sínodo nos ha dejado abiertos.

Me propongo por tanto evidenciar algunas claves de lectura que he venido profundizando después de la experiencia realizada durante el Sínodo, en calidad de ‘oyente’. Las señalo con la certeza de que no son únicamente claves, sino también núcleos generadores, pues de cada uno de estos aspectos se desprenden otros que los completan y profundizan. Me detendré brevemente en algunas de estas claves, consciente de que hacer una opción implica descartar otras: universalidad de la Iglesia, ‘nuevas oportunidades’ de evangelización, protagonismo del Espíritu, centralidad de Jesucristo, jóvenes evangelizadores de los jóvenes, contemplación del misterio y cercanía a los más pobres.

  1. Universalidad de la Iglesia

El Sínodo ha mostrado el rostro de una Iglesia viva, caracterizada por la pluralidad de culturas, vocaciones y carismas. Una comunidad en camino, presente en todo el mundo, como levadura en la masa, capaz de dar testimonio de su fe, aún en circunstancias adversas.

El encuentro de los 262 Padres sinodales provenientes de los 5 continentes, la presencia de representantes de otras confesiones cristianas, la colaboración de los expertos/as (con formación y visiones diversas, pero unidos por el compromiso de ofrecer una válida aportación), la escucha de los ‘oyentes’, representantes de realidades eclesiales significativas… Todo esto ha sido expresión de la universalidad de la Iglesia y seguramente ha marcado a los participantes, con el signo de la unidad en la diversidad, de la comunión en la búsqueda de nuevas vías para anunciar a los hombres y mujeres de hoy que Cristo Resucitado está vivo y es el Señor de la historia.

Los informes sobre la situación de la fe en los diversos continentes han dado a conocer, junto a las dificultades y vacíos, numerosas experiencias positivas que reavivan la esperanza y sostienen el compromiso de orientar los esfuerzos hacia un renovado anuncio de Jesús en todas las regiones del mundo.

La metodología utilizada en el Sínodo ha corroborado también la universalidad de la Iglesia, en cuanto se basaba en la escucha de cada uno de los participantes, independientemente de su identidad y proveniencia. Durante las congregaciones generales se tenía la sensación de estar observando un gran mosaico en el que no puede faltar ninguna tesela, porque éstas, en su diversidad, constituyen la armonía del conjunto.

La escucha recíproca ha permitido recoger, en primer lugar, las instancias de todos los estamentos, sin hacer prevalecer una aportación sobre otra, para crear luego un consenso en torno a las reflexiones, prospectivas y experiencias compartidas. De ahí que este espacio de comunión sinodal se asemeje a una construcción colectiva bajo la guía del Espíritu y sea una verdadera fuerza en la Iglesia.

Por otra parte, la consideración de los varios niveles de evangelización que se han de distinguir para dar una respuesta adecuada a las exigencias de los diversos contextos revela la atención a la universalidad del pueblo de Dios. La Nueva Evangelización (NE) se dirige ante todo a aquellos que no conocen a Cristo; luego, al cuidado pastoral de quienes han adherido ya al Evangelio; y, en tercer lugar, a quienes habiendo recibido el primer anuncio lo han dejado adormecer en la propia vida. No se trata de categorías ubicadas en zonas geográficas determinadas, sino de niveles que se entrecruzan en todo el mundo. Es por esto que la NE, tan anhelada en todos los contextos, requiere un impulso parangonable al que ha tomado la globalización en otros campos.

El Mensaje del Sínodo al pueblo de Dios concluye precisamente con una referencia a las Iglesias particulares por Continentes. De este modo ofrece una visión global de la “catolicidad” de la Iglesia (Cf. n. 13) y de la apertura de todas las culturas al Evangelio.

 

  1. ‘Nuevas oportunidades’ de evangelización

Desde el inicio de la reflexión presinodal se había dado mucha importancia a “las manifestaciones del cambio de época y a la fractura cultural que presenta el mundo” (Instrumentum Laboris, n. 47). Precedentemente los Lineamenta habían afrontado los “nuevos areópagos del mundo actual” (nn. 6-9).

El Mensaje del Sínodo, en el n.6, asume otra denominación para describir la realidad postmoderna en la que vivimos, en cuanto retoma los desafíos ya abordados por los documentos apenas citados, pero los enfoca desde una óptica positiva, es decir, como “nuevas oportunidades de evangelización”. Por esto afirma: “No nos sentimos atemorizados por las condiciones del tiempo en que vivimos. Nuestro mundo está lleno de contradicciones y de desafíos, pero sigue siendo creación de Dios, y aunque herido por el mal, siempre es objeto de su amor y terreno suyo, en el que puede ser resembrada la semilla de la Palabra para que vuelva a dar fruto”.

Y en el mismo número 6 se mencionan diversos aspectos de la realidad actual, haciendo una breve alusión a la posibilidad que estos ofrecen a la NE. Me parece interesante señalar a continuación algunos de ellos:

-Los fenómenos de globalización deben ser para nosotros oportunidad para extender la presencia del Evangelio.

– Las migraciones son ocasiones de difusión de la fe y de comunión en todas sus formas.

– La secularización y la crisis de la política y del Estado piden a la Iglesia repensar su propia presencia en la sociedad, sin renunciar a ella.

– Las muchas y siempre nuevas formas de pobreza abren espacios inéditos al servicio de la caridad: la proclamación del Evangelio compromete a la Iglesia a estar al lado de los pobres y compartir con ellos sus sufrimientos, como lo hacía Jesús.

– En las formas más ásperas de ateísmo y agnosticismo podemos reconocer, aún en modos contradictorios, no un vacío, sino una nostalgia, una espera que requiere una respuesta adecuada.

– Frente a los interrogantes que las culturas dominantes plantean a la fe y a la Iglesia, renovamos nuestra fe en el Señor, ciertos de que también en estos contextos el Evangelio es portador de luz y capaz de sanar la debilidad del hombre.

El número 10 señala otros aspectos relativos al dialogo del Evangelio con la cultura, la experiencia humana y las religiones:

– La nueva evangelización tiene necesidad de una renovada alianza entre fe y razón, porque “la fe cuenta con recursos suficientes para acoger los frutos de una sana razón abierta a la trascendencia y tiene, al mismo tiempo, la fuerza de sanar los límites de las contradicciones en las que la razón puede tropezar”.

– Además, cuando “la ciencia y la técnica no presumen de encerrar la concepción del hombre y del mundo en un árido materialismo, se convierten en un precioso aliado para el desarrollo de la humanización de la vida”.

– Por otra parte, el mundo de las comunicaciones y redes sociales ofrece “una oportunidad nueva para llegar al corazón de los hombres”.

– El arte y la belleza en sus varias formas, “son expresión de espiritualidad y una vía particularmente eficaz de NE”.

– Y más allá del arte, “toda obra del hombre es un espacio en el que, mediante el trabajo, él se hace cooperador de la creación divina”.

– El Evangelio ilumina también las situaciones de sufrimiento en la enfermedad y la cercanía de la Iglesia es fuente de consolación y fortaleza.

– “Un ámbito en el que la luz del Evangelio puede y debe iluminar los pasos de la humanidad es el de la vida política”, a la cual se le pide un compromiso de cuidado desinteresado y transparente del bien común, en el respeto total a la dignidad de la persona humana desde su concepción hasta su fin natural.

– Por último, el diálogo de la Iglesia tiene sus destinatarios en los seguidores de las diversas religiones. Los discípulos de Jesús se alegran de reconocer cuanto de bueno y verdadero existe en ellas.

Estas nuevas situaciones nos remiten al Concilio Vaticano II, que invita a toda la iglesia a “auscultar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio” (GS 4), “con la ayuda del Espíritu Santo” (GS 44), como nuevos paradigmas de la evangelización. La mirada positiva sobre la realidad mundial, iluminada por la esperanza, es fundamentalmente una profesión de fe en la acción del Espíritu del Señor, que continua ‘recreando’ todas las cosas, en particular, el corazón de quienes se disponen para acogerlo.

 

  1. Protagonismo del Espíritu

“La tarea de la nueva evangelización descansa sobre esta serena certeza. Nosotros confiamos en la inspiración y en la fuerza del Espíritu, que nos enseñará lo que debemos decir y lo que debemos hacer, aún en las circunstancias más difíciles. Es nuestro deber, por eso, vencer el miedo con la fe, el cansancio con la esperanza, la indiferencia con el amor”.  Esta afirmación del número 5 del Mensaje constituye una clave del lectura del Sínodo, en cuanto nos sitúa en calidad de discípulos/as convencidos/as de que “si esta renovación fuese confiada a nuestras fuerzas, habría serios motivos de duda, pero en la Iglesia la conversión y la evangelización no nos tienen como primeros actores a nosotros, pobres hombres, sino al mismo Espíritu del Señor. Aquí está nuestra fuerza y nuestra certeza, que el mal no tendrá jamás la última palabra, ni en la Iglesia ni en la historia: ‘No se turbe vuestro corazón y no tengáis miedo’ (Jn 14, 27), ha dicho Jesús”.

Es esta una convicción que se destaca en las intervenciones de los Padres Sinodales,  como afirma en su síntesis final el Card. Donald Wuerl, Relator general del Sínodo: “Muchos de ellos han hecho un llamamiento para un nuevo Pentecostés. Ven la acción de la Iglesia hoy, vivificada por el Espíritu Santo, como un reflejo de la energía de la Iglesia primitiva, cuando los apóstoles empezaron a traer los primeros discípulos al Señor. Muchos de los Padres hablaron de la similitud entre esos primeros días de la Iglesia y nuestro momento actual. En este contexto, se sugirió que debería haber una consagración formal del mundo al Espíritu Santo” (17.10.2012).

En efecto, me parece interesante entresacar a continuación algunas afirmaciones que arrojan luz sobre esta visión del Espíritu como actor decisivo de la NE.

“La Nueva Evangelización, como la Primera, debe depender del Espíritu Santo, gran protagonista de la misión de la Iglesia ad gentes y de todas las formas actuales de nueva evangelización. La evangelización del mundo ha levantado verdaderamente el vuelo con el kairós de Pentecostés, y sólo podemos empezar de nuevo desde aquí” (Card. Ouellet).

“También en nuestro tiempo el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia un nuevo impulso para anunciar la Buena Noticia, un dinamismo espiritual y pastoral que ha encontrado su expresión más universal y su impulso más autorizado en el Concilio Ecuménico Vaticano II” (Benedicto XVI).

“La NE parte siempre de la realidad, observada con el corazón compasivo de Jesús, porque de la permanente dialéctica entre el Espíritu y la realidad surgirá su novedad y las líneas-fuerza que la van a orientar” (P. Abella Battle). En este sentido, “la Nueva Evangelización no es un programa. Se trata de un modo de pensar, de ver, de actuar. Es como una lente a través de la cual vemos las oportunidades de proclamar de nuevo el Evangelio. Y es también un signo de que el Espíritu Santo sigue trabajando activamente en la Iglesia” (Card.Wuerl).

“Desde un punto de vista teológico, deseamos que se insista más en la acción del Espíritu Santo en la evangelización, con dos notas características: Después de Pentecostés, el Espíritu fue donado a la Iglesia para “caminar hasta la verdad completa” y para hacer frente a las situaciones nuevas; por obra del Espíritu Santo los discípulos de Cristo participan en su misterio pascual de muerte y resurrección” (Card. Dagens).

“Insistimos en el fundamento pneumatológico de la Nueva Evangelización, y éste, en estrecha relación con la cristología y la antropología. No es posible realizar la Nueva Evangelización sin abrirse a la acción del Espíritu Santo y a su gracia, pues Él es quien otorga los carismas para el anuncio de Jesucristo y el servicio a la sociedad como discípulos de Jesús. El Espíritu es quien hace realidad la alegría y el gozo con el que hay que evangelizar” (Mons. S.J. Silva Retamales).

“En El Magreb consideramos la escena de la Visitación como el paradigma de la misión. Adondequiera que vaya María, la precede el Espíritu Santo, que es siempre el maestro del encuentro […]. La Iglesia es testigo y sierva de la obra de Dios en la humanidad. El Espíritu le concede el don de maravillarse de la fe del otro y de los frutos que produce en su vida” (Mons. P. Desfarges).

Otras intervenciones, en fin, insisten en que el Espíritu de Dios es el autor de la pluralidad y de la diversidad; está actuando en todas las culturas y permite aceptar que el Evangelio no es patrimonio exclusivo de una cultura sino que puede y debe ser acogido por todas. De este modo es Él quien permite entablar un diálogo de vida y acción con las personas de otras creencias.

 

  1. Centralidad de Jesucristo, Palabra viviente

La experiencia de encontrar a Jesucristo se hace posible por el Espíritu, que nos introduce en la vida de la Trinidad (Cf. Propuesta n. 36).  Y ese encuentro con una Persona, con el ‘Hijo de Dios  vivo’, es el núcleo central de la evangelización. “Es el mismo Señor Jesucristo que, presente en su Iglesia, precede la obra de los evangelizadores, la acompaña y sigue, haciendo fructificar el trabajo: lo que acaeció al principio continúa durante todo el curso de la historia” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos sobre la Evangelización, Introducción).

La centralidad de Jesucristo, ‘la piedra angular’, ‘el primero y el último’, el ‘autor y perfeccionador de la fe’ (Hb 12,2), es una clave esencial para la lectura del Sínodo. Elkerigma, núcleo esencial de la fe se sintió resonar con insistencia en la Asamblea con expresiones diversas y complementarias. Cito una de esas intervenciones, que toma como punto de partida la experiencia de la paternidad de Dios:

“Un encuentro con Cristo y un proceso de discipulado con él, debe permitir la experiencia fundamental y originaria de Jesús: la filiación. Por tanto, convendría que volviéramos al kerigma inicial de Jesús: Dios está cerca, su paternidad está en acción, su reino está en medio de nosotros (Mc 1,15; Lc17,20). Quien, con la gracia del Espíritu Santo, llega a esta experiencia, encuentra para siempre el sentido de la vida y tiene fuerza para realizar el proyecto que Dios ha previsto para él”. (Mons. R. Tobón Restrepo).

En efecto, la fe se decide, sobre todo, en la relación con la persona de Jesús, que sale siempre a nuestro encuentro. La iniciativa es siempre suya. Por esto, elMensaje al pueblo de Dios se abre invitándonos a reconocernos como la Samaritana en el pozo: “No hay hombre o mujer que en su vida, como la mujer de Samaria, no se encuentre junto a un pozo con una vasija vacía, con la esperanza de saciar el deseo más profundo del corazón, aquel que solo puede dar significado pleno a la existencia” (Cf. Jn 4,5-42).  Experta en humanidad, la Iglesia siente la urgencia de llevar a Cristo a los desiertos de nuestra contemporaneidad; de conducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo hacia Jesús, al encuentro con Él, para reavivar una fe que corre el riesgo de apagarse (Cf. Mensaje, nn. 1-2).

La NE consiste en proponer de nuevo, al corazón y a la mente, la belleza y la novedad perenne del encuentro con Cristo: contemplar su rostro, entrar en el misterio de su existencia, entregada por nosotros hasta la cruz, derramada como don del Padre por su resurrección de entre los muertos y comunicada a nosotros mediante el Espíritu. En la persona de Jesús se revela el misterio de amor de Dios Padre por la entera familia humana. Él no ha querido dejarla a la deriva, sino que la ha unido a sí mismo por medio de una renovada alianza de amor (Cf. Mensaje n.3).

La misión de Cristo continúa en el espacio y en el tiempo, atraviesa los siglos y los continentes a través de la Iglesia, mediación que Él mismo ha introducido en la historia para poderlo encontrar. Esta certeza conlleva la responsabilidad de los creyentes de crear comunidades acogedoras, que irradien la fuerza del amor, celebraciones litúrgicas que expresen la belleza de la fe y posibiliten de este modo el encuentro con Jesús, ofreciendo oasis en los desiertos de la vida (Cf. ivi).

Benedicto XVI afirmaba en la Eucaristía de apertura del Sínodo: “La evangelización, en todo tiempo y lugar, tiene siempre como punto central y final a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios; el Crucificado es por excelencia el signo distintivo de quien anuncia el Evangelio: signo de amor y de paz, llamamiento a la conversión y a la reconciliación” (08.10.2012).

La misión de evangelizar se traduce en una llamada a la conversión, a ponerse a la escucha de Jesucristo, Palabra viviente del Padre que, a través de su Espíritu, renueva todas las cosas (Cfr. Mensaje n. 5). El testimonio de vida es insustituible para que el Evangelio pueda cruzarse con la existencia de tantas personas: “La nueva evangelización es el momento del despertar, de un entusiasmo renovado y de un nuevo testimonio de que Jesucristo es el centro de nuestra fe y de nuestra vida cotidiana” (Prop. n. 5).

 

  1. Jóvenes evangelizadores de los jóvenes

“Nos sentimos cercanos a los jóvenes de un modo muy especial, porque son parte relevante del presente y del futuro de la humanidad y de la Iglesia” (Mensaje n. 9). La mirada del Sínodo hacia ellos expresa preocupación pero no pesimismo. Los jóvenes son portadores de aspiraciones profundas de autenticidad, de verdad, de libertad, de generosidad, de las cuales solo Cristo puede ser respuesta capaz de saciarlos (Cf. ivi).

Considero prioritaria esta clave de lectura sobre la realidad juvenil, como lo han demostrado también la numerosas intervenciones que han hecho resonar en la Asamblea sinodal el interés, la atención por los jovenes de todos los contextos. ElMensaje recalca en forma explícita esta instancia: “Invitamos a nuestras comunidades a que, sin reservas, entren en una dinámica de escucha, de diálogo y de propuestas valientes ante la difícil condición juvenil. Para aprovechar y no apagar, la potencia de su entusiasmo. Y para sostener en su favor la justa batalla contra los lugares comunes y las especulaciones interesadas de las fuerzas de este mundo, esforzadas en disipar sus energías y a agotarlas en su propio interés, suprimiendo en ellos cualquier memoria agradecida por el pasado y cualquier planteamiento serio por el futuro” (Ivi).

Entre los aspectos positivos más citados respecto a los jóvenes se destacan: la capacidad de compromiso, la búsqueda de horizontes que respondan a sus intereses, la participación en convocaciones masivas, la habilidad para utilizar las nuevas tecnologías…

La Asamblea sinodal ha constatado también las necesidades y carencias de los jóvenes, la responsabilidad de las agencias educativas -familia, parroquia, escuela-colegio-universidad, para darles una respuesta a su sed de vida, de amor, de capacitación, de trabajo… De modo particular, el clamor por rescatar la familia, ‘Iglesia doméstica’, ambiente primero y esencial para la comunicación de la fe, se sintió resonar con fuerza en la Asamblea y luego en la síntesis de algunos Círculos Menores. Por esto el Mensaje reafirma su importancia: “Desde la primera evangelización la transmisión de la fe, en el transcurso de las generaciones, ha encontrado un lugar natural en la familia […]. A pesar de la diversidad de las situaciones geográficas, culturales y sociales, todos los obispos del Sínodo han confirmado este papel esencial de la familia en la transmisión de la fe. No se puede pensar en una nueva evangelización sin sentirnos responsables del anuncio del Evangelio a las familias y sin ayudarles en la tarea educativa” (n. 7).

No quisiera dejar de citar algunas de estas intervenciones sinodales que presentan con realismo la atención al mundo juvenil. El Relator general del Sínodo se expresaba así en su Informe inicial:

“Hoy, mientras examinamos las cuestiones que ofrecen una invitación a quienes se han alejado de la Iglesia, recuperamos el valor al ver en tantos jóvenes el deseo de entrar en el servicio pastoral. Para ellos, las enseñanzas de la Iglesia sobre la justicia social son, al mismo tiempo, una revelación y una invitación a una vida más plena en la Iglesia”.

Y agregaba luego un testimonio muy concreto:

“En el encuentro de septiembre de 2011 promovido por el Consejo Pontificio para la NE, se ha descubierto que hay un gran grupo de jóvenes con fe vibrante que ya están comprometidos en las tareas de la Nueva Evangelización, y que ya están organizados en grupos compuestos por una vasta gama de movimientos y centros espirituales” (Card. Donald Wuerl – 08.10.2012).

Así mismo, el Card. de Hong Kong dirigió esta invitación a la Asamblea sinodal:

“Dejemos que los jóvenes sean evangelizadores de los jóvenes” (Card. J. TongHon).

Llamada que volvió a resonar en el Aula con expresiones semejantes:

Considerar ‘nuevos agentes’ para la evangelización a los jóvenes: jóvenes que evangelizan a los jóvenes. Se han de preparar en la catequesis, mediante la participación en la vida de la Comunidad de fe y las experiencias misioneras, para poder actuar en la Comunidad y en la sociedad. Se deben tomar en consideración los nuevos areópagos de los jóvenes, como el mundo de la instrucción, los medios de comunicación, internet, el arte y otros. Espacios irrenunciables para la nueva evangelización” (L.U. Steiner, Obispo auxiliar de Brasilia).

“Vemos por todas partes la vitalidad de los jóvenes… una búsqueda sincera, y a veces dolorosa, de un significado y una espiritualidad que tienda un puente entre los valores culturales tradicionales y la exaltación de la era tecnológica con el afán de poseer un Ipad o un Smartphone” (J.A. Dew, Arz. de Wellington CEPAC- Oceanía).

Otras intervenciones señalan necesidades urgentes de los jóvenes:

“Es necesario recordar la urgente necesidad de formación, educación y acompañamiento de los jóvenes. En la perspectiva de una nueva evangelización, debemos poder desarrollar una catequesis susceptible de orientar a los jóvenes hacia el encuentro personal e íntimo con Cristo. Así formados y sobrecogidos por la fuerza del Evangelio, los jóvenes podrán contribuir generosamente al surgimiento de una África tranquilizada, justa, segura y próspera” (Mons. N. Djomo Lola, R.D. Congo).

“Nuestros jóvenes necesitan modelos en los que inspirarse. Necesitan héroes vivos que inflamen sus corazones y despierten su entusiasmo por conocer a Jesús y amarlo” (Mons. S.B. Villegas, Arz. de Lingayen -Dagupan – Filipinas).

“La evangelización de los jóvenes ha sido motivo de especial preocupación para este grupo, pues ellos son el futuro de la Iglesia. Es necesario apostar por la respuesta a la llamada ‘emergencia educativa’, de la que habla elInstrumentum Laboris en el n. 149. Es preciso escuchar a los jóvenes, concederles tiempo, hablarles de Dios y acogerlos en el respeto de su exigencia de libertad. Aquí se comprende lo decisivo que es el papel de la familia” (Mons. Bruno FORTE, Arzobispo de Chieti-Vasto – Italia).

Es también muy importante la llamada a dar fuerza a una “cultura vocacional”:

“Evangelización y vocación son dos elementos inseparables. Es más, el criterio de autenticidad de una buena evangelización es la capacidad de suscitar vocaciones, de madurar proyectos de vida evangélica, de hacer partícipes por completo a aquellos que son evangelizados hasta hacer de ellos discípulos, testigos y apóstoles. Sentimos hoy, más fuerte que nunca, el desafío de hacer que la pastoral eclesial se haga realmente vocacional, promoviendo una cultura vocacional, es decir, un modo de concebir y de enfrentarse a la vida como don recibido gratuitamente de Dios para un proyecto o una misión, según su plan (Pascual Chávez Villanueva, SDB, Rector Mayor de la Sociedad Salesiana).

El espacio de este artículo no me permite continuar citando intervenciones muy valiosas en torno al binomio Jóvenes – Evangelización. Seguramente la revista da espacio en otras páginas a la profundización de aspectos tan importantes como la educación, la catequesis, la cultura de la comunicación, la ciudadanía en las redes sociales, las relaciones familiares y demás urgencias de la Pastoral Juvenil. Por eso concluyo mi reflexión sobre esta clave de lectura con el último párrafo del número 9 del Mensaje: “La NE tiene un campo particularmente arduo pero al mismo tiempo apasionante en el mundo de los jóvenes, como muestran no pocas experiencias, desde las más multitudinarias como las Jornadas Mundiales de la Juventud, a aquellas más escondidas pero no menos importantes, como las numerosas y diversas experiencias de espiritualidad, servicio y misión. A los jóvenes les reconocemos un rol activo en la obra de la evangelización, sobre todo en su ambientes”.

 

  1. Contemplación del misterio y cercanía a los más pobres

Me ha llamado la atención el título del número 12 del Mensaje: “Contemplando el misterio y cercanos a los pobres”. Me parece que expresa una asociación de corte evangélico entre la contemplación y los pobres, una síntesis que indica la integración fe-vida, fe-compromiso social, fe-obras…  como fruto de la evangelización de las personas, las comunidades  y las instituciones.

Nos lo dice Jesucristo con su vida totalmente consagrada al Padre, en diálogo con Él en sus noches de oración, y por ese mismo motivo completamente dedicada al servicio de la gente pobre, enferma, despreciada, esclava del pecado… Jesucristo, el verdadero y perenne protagonista de la evangelización, inicia su misión declarando el cumplimiento de la profecía de Isaías (Cf. 61,1): «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4,18). Precisamente este texto, proclamado en la Eucaristía de inauguración del Año de la Fe y en el contexto del Sínodo, fue comentado por  Benedicto XVI en su homilía: “Esta misión de Cristo, es un movimiento que parte del Padre y, con la fuerza del Espíritu, lleva la buena noticia a los pobres en sentido material y espiritual […]. Dios por medio de Jesucristo es el principal artífice de la evangelización del mundo; pero Cristo mismo ha querido transmitir a la Iglesia su misión […] dándole la fuerza de «proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista»; de «poner en libertad a los oprimidos» y de «proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19) (11.10.2012).

Se conjugan, por tanto, de modo armónico en la NE oración-contemplación y cercanía a los más pobres como una clave de lectura del Sínodo. “Solo desde una mirada adorante al misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, solo desde la profundidad de un silencio que se pone como seno que acoge la única Palabra que salva, puede desarrollarse un testimonio creíble para el mundo. Solo este silencio orante puede impedir que la palabra de la salvación se confunda en el mundo con los ruidos que lo invaden” (Mensaje, n.12).

Varias intervenciones, sobre todo de religiosos/as presentes en el Sínodo han subrayado la relación fe-oración-evangelización. Cito algunos testimonios.

“Si ‘la trasmisión de la fe es el fin de la evangelización’” (IL 31), entonces, lo que es imprescindible en un evangelizador es la fe; una fe hecha experiencia, vivida, celebrada y confesada. Esta fe ha de alimentarse y manifestarse en una intensa vida de oración. […]. Es la oración la que permitirá al evangelizador responder con sabiduría evangélica a los grandes interrogantes que brotan de la inquietud del corazón humano y de sus necesidades más urgentes, entre ellas la necesidad de Dios. La pasión por el Señor va acompañada de la pasión por la humanidad, particularmente por los más pobres, llegando a hacerse, incluso, menor entre los menores de la tierra” (P. J. Rodríguez Carballo, OFM Ministro General de la Orden de los Frailes Menores).

El compromiso para la evangelización encuentra su alegría y su fuerza en la contemplación […]. Las comunidades religiosas quieren ser lugares donde la fraternidad edificada sobre la diversidad aspire a ser transformada por el Espíritu de comunión en “sacramento” de la amistad de Dios con el mundo. Y, a causa de esta esperanza, se las reta a ampliar esta esperanza de comunión, uniendo su destino a los olvidados del mundo, haciendo suya la convicción del sínodo de 1971: ‘El trabajo por la justicia y la participación en la transformación del mundo aparecen claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio’ (P. Cadoré, O.P., Maestro General Orden Frailes Predicadores Dominicos).

 

Las intervenciones citadas se reflejan claramente en las afirmaciones delMensaje cuando hace referencia a la palabra de Jesús. En efecto, el Maestro itinerante, que recorrió los caminos de Palestina “haciendo el bien a todos” (Hch10,38), confía a sus discípulos el ministerio de “hacerse cargo” de los heridos por la corrupción del sistema económico y/o de la globalización cultural con frecuencia ambivalente, caídos en las cunetas de las periferias de las grandes ciudades o abandonados a su propio destino en las más alejadas aldeas del planeta. El número 12 afirma: “El otro símbolo de autenticidad de la nueva evangelización tiene el rostro del pobre. Estar cercano a quien está al borde del camino de la vida no es solo ejercicio de solidaridad, sino ante todo un hecho espiritual. Porque en el rostro del pobre resplandece el mismo rostro de Cristo: “Todo aquello que habéis hecho por uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

Algunos Padres Sinodales denuncian la situación de pobreza en que vive el pueblo de Dios en sus diócesis y auspician que la NE llegue a la conciencia de los gobernantes y de aquellos en quienes se concentran las riquezas materiales. Por otro lado, no dejan de reconocer que también los pobres nos evangelizan. Cito, entre otros, este testimonio:

“La NE es muy significativa en nuestro contexto cuando la consideramos como solicitud por los pobres, como lo fue para Jesús. El sentido negativo de la pobreza que viven nuestras poblaciones en Asia se debe, principalmente a la avidez insaciable de unos pocos, ricos y poderosos. Como verdaderos creyentes […] apreciar la simplicidad y humildad de los pobres, su felicidad, con lo poco que tienen, su solicitud por los demás. Los líderes de la Iglesia deben, además, abrir sus corazones para ser evangelizados por los valores evangélicos de los pobres. Sin lugar a dudas, dicha cultura de solidaridad con los pobres, nos mostrará el camino para afrontar la justicia ambiental y el hambre en el mundo” (Mons. G. Rozario Obispo de Rajshahi – Bangladesh).

A ello anima el Mensaje, con una insinuación tácita, pero muy elocuente, tanto a abrir las puertas de nuestras casas para acoger a los más desfavorecidos, como también a salir de nuestros recintos para acercarnos como Jesús a los indigentes y llevarles la buena noticia de que su situación puede cambiar: “A los pobres les reconocemos un lugar privilegiado en nuestras comunidades, un puesto que no excluye a nadie, pero que quiere ser un reflejo de cómo Jesús se ha unido a ellos. La presencia de los pobres en nuestras comunidades es misteriosamente potente: cambia a las personas más que un discurso, enseña fidelidad, hace entender la fragilidad de la vida, exige oración; en definitiva, conduce a Cristo” (n.12).

En otras intervenciones se destaca con mayor fuerza la necesidad de trabajar por la justicia, vía privilegiada para lograr la paz en el mundo. Recojo una de ellas:

No puede haber una auténtica opción por los pobres sin un compromiso firme por la justicia y el cambio de las estructuras de pecado. Nuestra cercanía con los pobres no sólo es necesaria para que nuestra predicación sea creíble sino también para que ella sea cristiana y no “una campana que resuena o un platillo que retiñe” (1 Cor 13,1). Cualquier olvido o postergación de los pequeños y humildes hace que el mensaje deje de ser Buena Noticia para devenir en palabras vacías y melancólicas, carentes de vitalidad y esperanza. Hace falta mirar a los pobres, convertimos a ellos para servir al Señor, a quien amamos” (Mons. J.E. Lozano, Obispo de Gualeguaychú (Argentina).

En esta misma línea se sitúa el Mensaje: “El gesto de la caridad, al mismo tiempo, debe ser acompañado por el compromiso con la justicia, con una llamada que se realiza a todos, ricos y pobres. Por eso es necesaria la introducción de la Doctrina social de la Iglesia en los itinerarios de la nueva evangelización y cuidar la formación de los cristianos que trabajan al servicio de la convivencia humana desde la vida social y política” (n.12).

 

CONCLUSIÓN

Las claves de lectura del Sínodo que he señalado nos permiten acercarnos más a la riqueza de la experiencia vivida que a los contenidos presentados. He preferido pasar por alto lo que tal vez algunos hubiesen deseado encontrar sobre la preparación y desarrollo de esta Asamblea. Lo más importante para quienes tuvimos la gracia de escuchar, compartir, orar, celebrar, en una palabra, de participar activamente en esas tres semanas, es el compromiso adquirido de dejarnos evangelizar por el Espíritu, personal y comunitariamente, para poder colaborar con Él en la evangelización de las personas que el Señor nos confía.

Termino citando algunos apartes de mi intervención en el Sínodo:

“La evangelización es tal si entra con humildad y amor en los pliegues de lo humano e intenta habitarlo en la cotidianidad, suscitando el deseo de Dios y abriendo así la puerta de la fe.

La evangelización necesita canales de transmisión, una mediación cultural y educativa capaz de entrar en los escenarios del mundo contemporáneo para encontrar a los jóvenes y a los más pobres, y ofrecerles unas propuestas de crecimiento humano y cristiano.

Como Consagradas Salesianas Evangelizamos educando, transformándonos así en misioneras del amor, especialmente hacia los jóvenes y los más necesitados. En nuestra misión sentimos el apoyo de María, Madre y Maestra, Estrella de la Evangelización, Esperanza de la Iglesia y del mundo” (26.10.2012).

 

S. IVONNE REUNGOAT

Misión Joven. Número 438_439. Julio-Agosto 2013