CÓMO SER TESTIGO EN LA EDAD DE LA INTERPRETACIÓN

Jesús Rojano Martínez

Director de Misión Joven

«El hombre contemporáneo escucha más a gusto

a los que dan testimonio que a los que enseñan,

o si escuchan a los que enseñan,

es porque dan testimonio» (EN 41)

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO.

El artículo, tras tomar nota de la importancia del testimonio vital y coherente en la transmisión del evangelio en los inicios del cristianismo, muestra cómo hoy en día, cuando las palabras se reinterpretan y se vacían de significado (“Edad de la Interpretación”), es casi más importante que en el siglo I que los evangelizadores sean, por su coherencia y por sus buenas obras, sal y luz en el mundo, a ejemplo de mártires modernos como Dietrich Bonhoeffer, y que, sobre todo, eviten convertir su vida en dramático “antitestimonio” que emborrone y anule la obra evangelizadora.

 

Estoy convencido desde hace años de que el consejo pastoral más lúcido pronunciado desde el Concilio hasta ahora es la frase de Pablo VI en Evangelii Nuntiandi (1975) que hemos puesto como encabezamiento de este artículo, una frase que Pablo VI recuperó de un discurso que había pronunciado en octubre de 1974[1]. Esa afirmación cobra especial importancia en Pastoral Juvenil, porque lo que menos toleran hoy los adolescentes y jóvenes es la incoherencia e inautenticidad en los adultos que les hablan de valores y modelos de vida.

Da la impresión de que el papa Francisco tiene esa misma convicción, pues hace continuas llamadas a la Iglesia para que sea coherente y transparente en su testimonio de vida. Ese sentido tiene, creo yo, su empeño en mostrarse sencillo y austero en sus gestos y ornamentos. Cuando el pasado 4 de octubre de 2013 visitó Asís, culminó la jornada en un encuentro con los jóvenes de la zona, donde pronunció estas significativas palabras: “¿Sabéis qué les dijo San Francisco a sus discípulos? Predicad el Evangelio, y si fuera necesario, con la palabra. ¿Pero se puede predicar el Evangelio sin la palabra? Sí, con el testimonio. Primero el testimonio, después la palabra”. ¡Cuántos papeles, documentos y discursos eclesiales caen en saco roto por no prestar atención a esa recomendación doblemente franciscana (por los dos Franciscos: el de Asís y el Papa que ha querido tomarle como modelo inspirador)!

 

  1. En el principio fue el testimonio

No podemos olvidar que esta dinámica de proponer la fe mediante el testimonio de testigos que viven lo que afirman no es una simple estrategia que puede resultar oportuna en ciertas etapas de la historia humana, sino que es la pedagogía divina que encontramos en el Nuevo Testamento. Jesús es el Testigo fiel y veraz (cf. Ap 1,5; 3,14), enviado por el Padre para dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18,37) y que, a su vez, envía a sus discípulos para ser sus testigos: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Así pues, podemos decir que la primacía del testimonio en la transmisión de la fe no es opcional, sino normativa para la comunidad cristina de cualquier época, por provenir del Dios revelado en Jesucristo.

En ese mismo libro, en Hechos, se nos narra en seguida en qué consiste el testimonio de vida de aquella primera comunidad cristiana: “Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo” (Hch 2,44-46). Es precisamente por vivir así, parece concluir Lucas, por lo que “el Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar” (Hch 2,47).

El testigo no transmite discursos, sino la experiencia que ha visto, oído y palpado, como se nos dice en el comienzo de la primera carta de San Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (1Jn 1,1-4).

No hay auténtica transmisión hasta que el que recibe el testimonio no ve, oye y toca por sí mismo, como les sucede a los samaritanos que escucharon el testimonio de fe de aquella mujer que se había encontrado con el Mesías junto al pozo de Sicar: “Fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: Ya no creemos por tus palabras, pues nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn4,41-42). Por desgracia, en la actualidad falta esta última y decisiva etapa en muchos procesos pastorales. Los destinatarios se quedan a medio camino, y sólo creen por las palabras del catequista o agente de pastoral que les habla; pero ellos no comprueban ni experimentan por sí mismos el encuentro personal con Jesús. Cuánto daño ha hecho la frase (o mejor, la realidad que hay detrás de ella) “doctores tiene la santa madre Iglesia que sabrán explicar esto mejor que yo…”

Es cierto que, como dice el apóstol Pablo, “la fe llega por el oído, por la predicación”  (Rom 10,17). Pero Pablo nunca prescinde del testimonio de vida, sino que pone siempre por delante su propia vida, tomada por Cristo: “Teniendo aquel espíritu de fe conforme a lo que está escrito: Creí, por eso hablé[2], también nosotros creemos, y por eso hablamos” (2Cor 4,13). El testigo no habla por hablar, sino porque cree, porque tiene una experiencia vivida que comunicar. Si se nos permite la comparación, es algo similar, salvando las distancias, a lo que decía una canción del cantante chileno Víctor Jara, muerto violentamente hace ya 30 años: “Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón”. El “sentido y razón” del testigo cristiano es que él ha experimentado primero aquello que transmite. Sobre el papel y calidad del testimonio en las comunidades paulinas, remitimos al lector al artículo de Juan José Bartolomé de este mismo número de Misión Joven.

Así pues, la dinámica de predicar desde el testimonio de la propia vida, bien resumida en la expresión “Ven y verás” (cf. Jn 1,46), fue muy importante en la difusión del cristianismo de los orígenes. La labor de fraternidad, acogida y solidaridad concreta que se vivía en aquellas comunidades no fue precisamente secundaria ni meramente anecdótica en el éxito de aquella primera evangelización, como han descrito algunos autores[3].

 

  1. Dificultades para los testigos en la Edad de la Interpretación.

Si bien es verdad que el cristianismo de los orígenes se difundió mediante una “gran nube de testigos” (Heb12,1), y que estos nunca han faltado en la Iglesia, es bien conocido que a partir del siglo IV, tras convertirse en religión oficial del Imperio Romano con el emperador Teodosio, el cristianismo perdió en calidad lo que ganó en cantidad. No todos los bautizados eran personas previamente convertidas y dispuestas al seguimiento de Jesús.

A veces, a lo largo de los siglos posteriores, las palabras pronunciadas por los evangelizadores cristianos han sonado huecas o hipócritas por la incoherencia de vida, pues en no pocas ocasiones se ha dado un “antitestimonio” de los propios cristianos. Se puede encontrar una lista de dichas ocasiones en las palabras de perdón por los pecados de la Iglesia que pronunció Juan Pablo II en un acto del Jubileo del año 2000[4]. Las duras acusaciones de Jesús contra los fariseos se podrían aplicar a muchos cristianos, algunos con importantes funciones ministeriales, a lo largo de la historia: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen” (Mt 23,1-2). No hace casi falta decir que los jóvenes, que están elaborando su identidad y tienen un radar especial para detectar la incoherencia de los adultos, son particularmente sensibles a esta realidad.

La desconfianza hacia las afirmaciones cristianas creció cualitativamente en el siglo XIX con los pensadores quePaul Ricoeur denominó “Maestros de la sospecha”[5]. Las afirmaciones de fe de los cristianos, según ellos, son inventadas por las clases dominantes de la sociedad (Marx), por los débiles y resentidos contra la vida (Nietzsche), por personas maduras e infantilizadas (Freud). Con el tiempo, la Iglesia reconocería, en un texto valiente de Gaudium etspes que hoy se suele citar poco, que los creyentes a veces hemos contribuido a la crítica percepción de nuestra fe por parte de estos autores modernos:

 

Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión (GS 19).

 

Ahora, al comenzar la segunda década del siglo XXI, estamos en un momento distinto. También los mencionados maestros de la sospecha han quedado obsoletos. Sus afirmaciones parecen “demasiado fuertes”. Estamos en la época posmoderna, en que los discursos se consideran, como decía aquella famosa canción italiana, parole, parole, parole… Es decir, mera palabrería. Todo es interpretable. El filósofo italiano Gianni Vattimo ha hecho famoso aquel dicho deNietzsche: “Ya no hay hechos, solo interpretaciones”[6].

Y es que, según este filósofo de Turín, “estamos en la edad de la interpretación espiritual y ya no en la literal dela Sagrada Escritura”[7]. Un discípulo filosófico de Vattimo, Santiago Zabala, afirma que hemos entrado en la Edad de la Interpretación en la introducción a un libro con textos del filósofo norteamericano Richard Rorty y del propio Vattimo. Los tres autores coinciden en que actualmente hemos dejado atrás la Edad de la Fe (Edad Media) y la Edad de la Razón(Modernidad)[8], y estamos de lleno en la Edad de la Interpretación. Todo es mil veces reinterpretable y nuestra afirmaciones se pierden en una maraña interminable de “juegos de lenguaje” (Wittgenstein).

Si todo es interpretable y las palabras se pueden pronunciar de modo hueco y sin que haya nada serio detrás (“el papel soporta todo”, suelen decir los periodistas), esto significa que tenemos un serio problema cuando enviamos mensajes creyentes a los jóvenes de hoy y, en general, a toda la sociedad. Según han pasado los años, se ha vuelto más verdadero el diagnóstico de Pablo VI: el ser humano actual apenas escucha ya a los que habla y enseñan. Y si escucha, no se lo toma demasiado en serio. ¡Ha escuchado ya tantas cosas y ha visto desvanecerse tantas promesas…!

 

  1. Ser sal y luz en la Edad de la Interpretación

¿Quién puede ser verdadero testigo en esta época de desconfianza en las palabras y discursos? Como decía el papa Francisco citando a San Francisco de Asís, alguien que primero dé testimonio y luego le dé sentido (si es preciso) con una palabra auténtica y coherente.

En Mt 5,14-16, Jesús dice a sus discípulos y a los testigos cristianos de todos los tiempos que han de ser sal (dar sabor desde dentro) y luz (iluminar con su vida y su palabra). Nadie ha explicado mejor esto que Dietrich Bonhoeffer, el pastor luterano alemán que se opuso, desde su fe cristiana, a los crímenes del nazismo. Ejecutado en la horca el 9 de abril de 1945, Bonhoeffer, que el día anterior había dirigido un servicio religioso a petición de los demás presos, pronunció estas últimas palabras: “Este es el fin; para mí el principio de la vida”[9]. El doctor del campo -testigo de la ejecución- anotó en su diario: “Se arrodilló a rezar antes de subir los escalones del cadalso, valiente y sereno. En los cincuenta años que he trabajado como doctor, nunca vi morir un hombre tan entregado a la voluntad de Dios”.

Pues bien, precisamente este hombre, unos ocho años antes, había escrito unas palabras muy exigentes sobre el texto mencionado de Mateo; exigentes, sí, pero que marcan la ruta para la autenticidad del testimonio cristiano en nuestro presente y en el inmediato futuro. Su comentario pertenece al libro El precio de la gracia. En él, Bonhoefferdistingue entre gracia cara y barata, que vienen a equivaler a vivencia cristiana auténtica y comodona. Un siglo antes, el filósofo cristiano Kierkegaard había hablado de “no montarse un cristianismo cómodo y tranquilo sobre la base de que a alguien le crucificaron en un monte hace dos mil años por ser auténtico”. Quiero citar extensamente el texto deBonhoeffer para no rebajar su fuerza:

 

“El evangelio dice: Vosotros sois la sal. No dice: Vosotros debéis ser la sal. No se deja a elección de los discípulos el que quieran o no ser sal. Tampoco se les hace un llamamiento para que se conviertan en sal de la tierra. Lo son, quiéranlo o no, por la fuerza de la llamada que se les ha dirigido. Vosotros sois la sal. No dice:Vosotros tenéis la sal. Sería erróneo querer equiparar la sal con el mensaje de los apóstoles, como hacen los reformadores. Estas palabras se refieren a toda su existencia, en cuanto se halla fundada por la llamada de Cristo al seguimiento, a esta existencia de la que hablaban las bienaventuranzas. Quien sigue a Cristo, captado por su llamada, queda plenamente convertido en sal de la tierra. La otra posibilidad consiste en que la sal se vuelva insípida, deje de ser sal. Deja de actuar. Entonces sólo sirve para ser arrojada. El honor de la sal consiste en que debe salar todas las cosas. Pero la sal que se vuelve insípida no puede adquirir de nuevo su antiguo poder. Todo, incluso el alimento más estropeado, puede ser salvado con la sal; sólo la sal que se ha vuelto insípida se pierde sin esperanza. Es el otro aspecto. El juicio que amenaza a la comunidad de los discípulos. La tierra debe ser salvada por la comunidad; sólo la comunidad que deja de ser lo que es se pierde sin salvación. La llamada de Jesucristo le obliga a ser sal o quedar aniquilada, a seguirle o ser destruida por el mismo llamamiento. No existe una nueva posibilidad de salvación. No puede existir.

No sólo la actividad invisible de sal, sino el resplandor visible de la luz se ha prometido a la comunidad de los discípulos por el llamamiento de Jesús: Vosotros sois la luz. No dice: Debéis serlo. La vocación los ha convertido en luz. Ahora están obligados a ser una luz visible; de lo contrario, la llamada no estaría con ellos. ¡Qué imposible, qué fin tan absurdo sería para los discípulos de Jesús, para estos discípulos, querer convertirse en luz del mundo! Esto ya lo ha hecho la llamada al seguimiento. Insistamos en que no es: Vosotros tenéis la luz, sino: Vosotros sois la luz. La luz no es algo que se os ha dado, por ejemplo vuestra predicación, sino vosotros mismos. El mismo que dice de sí: Yo soy la luz, dice a sus discípulos: Vosotros sois la luz en toda vuestra vida, con tal de que permanezcáis fieles a la llamada. Siendo esto así, no podéis permanecer ocultos, aunque queráis.

La luz brilla, y la ciudad sobre el monte no puede estar oculta. Imposible. Resulta visible desde lejos, bien como una ciudad firme o un castillo fortificado, bien como unas ruinas destrozadas. Esta ciudad sobre el monte -¿qué israelita no pensaría en Jerusalén, la ciudad edificada en lo alto?- es la comunidad de los discípulos. A los que siguen a Cristo no se les propone una nueva decisión; la única decisión posible para ellos se ha producido ya. Ahora deben ser lo que son, o dejar de ser seguidores de Jesús. Los seguidores forman la comunidad visible, su seguimiento es una acción visible por la que se apartan del mundo, o no es un auténtico seguimiento. En realidad, el seguimiento es tan visible como la luz en la noche, como un monte en la llanura. Huir a la invisibilidad es negar el llamamiento. La comunidad de Jesús que quiere ser invisible deja de seguirle.«No se enciende una lámpara para colocarla bajo el celemín, sino sobre el candelero». Existe también la posibilidad de que se oculte la luz caprichosamente, de que brille bajo el celemín, de que se niegue el llamamiento. El celemín bajo el que la comunidad visible oculta su luz puede ser el miedo a los hombres o una configuración consciente al mundo para conseguir ciertos fines, que pueden ser de tipo misionero o brotar de un falso amor a los hombres […].

Las buenas obras de los discípulos deben brillar con esta luz. Lo que los hombres han de ver no son vuestras personas, sino vuestras buenas obras, dice Jesús. ¿Cuáles son las buenas obras que pueden ser vistas a esta luz? Únicamente las que Jesús produjo en ellos cuando los llamó, cuando los convirtió bajo su cruz en luz del mundo: pobreza, separación del mundo, mansedumbre, edificación de la paz y, por último, la gracia de ser perseguidos y rechazados, sintetizándose todo en esta sola cosa: llevar la cruz de Cristo. La cruz es la luz extraña que resplandece, la única en que pueden ser vistas todas estas buenas obras de los discípulos. No se dice que Dios se hará visible, sino que se verán las «buenas obras» y los hombres alabarán a Dios por ellas”[10].

 

Me parece que se pueden aplicar perfectamente a Bonhoeffer las mismas palabras con las que la directora de cine italiana Liliana Cavani definía a San Francisco de Asís cuando rodó una película sobre él: “Francisco no es un hombre del pasado; Francisco es del futuro”. En efecto, las palabras sobre la sal y la luz de Bonhoeffer son más actuales que nuca, y pienso que lo serán aún más en el futuro de la praxis cristiana. Demasiadas veces hablamos de que “tenemos” un mensaje cristiano para los jóvenes y que “deberíamos” ser sal y luz. El comentario de Bonhoeffer cae como un jarro de agua fría sobre nuestros cálculos y estrategias: como seguidores de Jesús, ¡ya sois sal, ya sois luz! ¡Sedlo con autenticidad!  Los demasiados “tendríamos que” o “deberíamos” minan nuestro ser testigos.

 

Ser sal y luz hoy

Seguramente estamos hablando de la principal razón por la que el papa Francisco ha cautivado en sus primeros meses de pontificado a tantas personas. No ha dicho: “Creo que debería vivir con más sencillez”, “quizá debería dejar el anillo y la cruz de oro”, “quizá podría celebrar algún año el Jueves Santo con jóvenes encarcelados”… No, sencillamente lo ha hecho. Y luego lo ha explicado sin demasiada palabrería.

He aquí, pues, el gran reto del testigo cristiano en este siglo XXI. Se trata de “ser” lo que decimos que somos. Y “estar” donde nos quiere Jesús. Ser y estar, más que (solo) proyectar, decir, pensar, planear… Eso es ser sal y ser luz con autenticidad. Sólo las personas cristianas que sean así son los testigos que necesita hoy la Iglesia, en general, y la pastoral juvenil en particular. Lo nuevo hoy respecto al tiempo en que vivió el pastor Bonhoeffer es precisamente la mayor desconfianza hacia las palabras no acompañadas de experiencias de vida. Por eso su enfoque ha ganado, según mi opinión, relevancia.

No debemos olvidar, por otra parte, que la llamada de Bonhoeffer (y la que queremos hacer en este artículo) no es una invitación al rigorismo, sino a la radicalidad evangélica. Ya hace años que Johann Baptist Metz explicó con brillantez la diferencia entre radicalidad y rigorismo[11]: vivir con autenticidad y exigencia el evangelio (radicalidad) no consiste en ser ultraconservador en normas y costumbres (rigorismo).

 

  1. El peligro de unas comunidades cristianas tipo “Breaking bad”             

Una de las series de televisión que causan furor a ambos lados del Atlántico es Breaking bad. Un respetable padre de familia, entrado en la cincuentena, profesor muy convencional de química en un instituto, se entera de que le quedan unos meses de vida a causa del cáncer. Entonces descubre su lado oscuro y decide hacer dinero fabricando drogas sintéticas, en principio con un buen fin: pagarse su tratamiento y evitar arruinar a su familia (esposa y un hijo discapacitado). De nuevo el viejo dilema de si el fin justifica los medios. En ese momento decisivo, cambia su personalidad y sus valores morales, y se va “volviendo malo”, que sería la traducción aproximada de Breaking bad. Lo que hace (fabricar y distribuir droga) va cambiando para mal lo que piensa y lo que es.

Pues bien, de un tiempo a esta parte, las noticias sobre pederastia en el clero, sobre obispos con hijos naturales reconocidos sólo cuando no hay remedio o que se construyen viviendas lujosas, los escándalos económicos, el descubrimiento de la doble vida de fundadores de nuevos movimientos e instituciones católicas que no vivían lo que a otros exigían, el espionaje y las conspiraciones en las instancias eclesiales más altas, etc., han sacudido el mundo católico. Todos lo sabemos, y también conocemos cómo los medios de comunicación ponen el foco en estos tristes hechos y casi no hablan de los cristianos y cristianas que hacen el bien y viven heroicamente fieles al evangelio. Concediendo esto último, no podemos dejar de llamar la atención sobre el daño que hacen estos “antitestigos” (que por sus cargos deberían ser cristianos ejemplares pero “se vuelven malos” e imitan al protagonista de “Breaking bad”) a la credibilidad del testimonio evangélico, muy especialmente cuando se trata de pastoral juvenil. Los últimos estudios sociológicos nos dicen que los jóvenes de hoy son más desconfiados que antes con respecto a las grandes instituciones, especialmente religiosas y políticas. Se debería estudiar con seriedad y serenidad por qué se dan estas incoherencias y cómo prevenirlas, porque no son meras anécdotas, sino que están destrozando la credibilidad de la fe cristiana en países enteros.

Como comenta Juan Martín Velasco en una de sus obras, lo primero para dar testimonio del evangelio es estar nosotros suficientemente evangelizados[12]. Por ahí va la solución al problema apuntado. Nos haría bien tenerlo en cuenta, así como estas palabras de Benedicto XVI, con las que concluyo: “Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se comunica. Se puede decir que el testimonio es el medio como la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical. En el testimonio Dios, por así decir, se expone al riesgo de la libertad del hombre. Jesús mismo es el testigo fiel y veraz (cf. Ap 1,5; 3,14); vino para dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18,37” (Sacramentum Caritatis, nº 85).

 

JESÚS ROJANO MARTÍNEZ

 

[1] Pablo VI, Discurso a los miembros del Consilium de Laicis (2 octubre 1974), en AAS 66 (1974), p. 568.

[2] Salmo 116,10.

[3] Cf., por ejemplo,  E. R. DODD, Paganos y cristianos en una época de angustia, Madrid, Cristiandad, 1975.

[4] Cf. http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/homilies/documents/hf_jp-ii_hom_20000312_pardon_sp.html

[5] Cf. P. RICOEUR, Freud: una interpretación de la cultura, Mèxico, Fondo de Cultura Económica, 1970 (original francés de 1965), p. 32.

[6] F. NIETZSCHE, El nihilismo: escritos póstumos, Barcelona, Península, 1998, p. 60.

[7] G. VATTIMO, Después de la cristiandad. Por un cristianismo no religioso, Barcelona, Paidós, 2003, p. 41.

[8] S. ZABALA, Introducción, en G. VATTIMO – R. RORTY – S. ZABALA (Comp.), El futuro de la religión. Solidaridad, caridad, ironía, Barcelona, Paidós, 2006, p. 19.

[9] Cf. E. BETHGE, Dietrich Bonhoeffer. Teólogo-Cristiano-Hombre actual, Bilbao, DDB, 1970.

[10] D. BONHOEFFER, El precio de la gracia. El seguimiento, Salamanca, Sígueme, 2004, 6ª ed., pp. 77-81.

[11] Cf. J. B. METZ, Más allá de la religión burguesa, Salamanca, Sígueme, 1982.

[12] J. MARTÍN VELASCO, La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea, Santander, Sal Terrae, 2002.

Misión Joven. Número 443. Diciembre 2013