Comunicación: encuentro, relación y amistad

Maite Melendo es psicoterapeuta, autora del libro «Comunicación e integración personal».

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

En la «era de los medios de comunicación», ¿cómo es que existe tanta incomunica­ción?, ¿por qué nuestros «encuentros» son tan superficiales y es tan difícil la amistad? La autora responde con profundidad a estos y otros interrogantes. Partiendo de una comunicación entendida como «aceptación incondicional de los demás como son y como están», analiza la identidad de la misma cual «elemento clave en nuestro desarrollo personal» y sugiere cómo aprender a comunicarnos para. que, en definitiva, las relaciones interperso­nales permitan desarrollar el amor y la amistad que logren afirmar la vida. Laúltima parte del artículo ofrece unas «pautas concretas de reflexión y análisis» para revisar -personal­mente y en los grupos- el estado de nuestra comunicación.

  1. Un enfoque básico

La necesidad más profunda del ser hu­mano es la necesidad de amar y ser amado. ¿Cómo encontramos hoy -a las puertas del siglo XXI- la respuesta a esta necesidad, inhe­rente a la misma naturaleza humana?

Nos sentimos amados y a la vez amamos cuan­do tenemos relaciones interpersonales profundas, es decir, cuando nos sentimos conocidos y acep­tados como somos; aceptados, valorados y teni­dos en cuenta tal cual somos, sin pretensiones, sin máscaras, sin disimulos.

Y amamos, cuando nosotros vivimos esta misma aceptación con los demás. Aceptación incondicional de unos y otros tal cual somos y tal cual estamos en un momento dado.

¿Cómo se llega a este conocimiento profun­do y a esta aceptación incondicional? Por medio de la comunicación. La comunicación -co­mo yo la entiendo e intento vivir- es la acepta­ción incondicional de los demás como son y como están. Como la comunicación es un pro­ceso recíproco, a la vez que acepto, soy acep­tada como soy y como estoy.

Reitero: esta aceptación incondicional surge, brota como consecuencia de un conocimiento mu­tuo profundo, de total transparencia. Conocimiento que es fruto de la mutua comunicación.

Se impone hacer una revisión seria de nuestro estilo y patrones de comunicación. ¿Cómo me co­munico con los demás? ¿Cómo son mis relacio­nes interpersonales?

Este examen de consciencia, este caer en la cuenta de mi estilo de relacionarme con los de­más, desemboca necesariamente en la cons­cienciación de mi necesidad de amar y ser ama­do. Necesidad a la que intenta dar respuesta, por siglos, el mandamiento antiguo y nuevo del amor al más cercano como a mí mismo.

Por consiguiente, una evaluación o examen a nivel psicológico de mis estilos de comunica­ción resulta ser un replanteamiento muy cristia­no, muy amoroso de mis actitudes profundas conmigo mismo y hacia mis más próximos.

Creo que estaremos de acuerdo en que vivi­mos en la era de los grandes medios de comuni­cación: la TV, el fax, internet…, permiten mante­nemos informados acerca de lo que sucede a nuestros colegas de humanidad en la punta del globo más distante al nuestro. Esto nos permite vivir una forma particular de comunicación: la so­lidaridad. Los medios de comunicación interpla­netarios nos hacen interesarnos incluso por las posibles vidas extraterrestres. Todo esto me pa­rece interesantísimo, pero me surge un interro­gante algo inquietante, al que urge dar respuesta.

En la era de los grandes avances tecnológi­cos en el campo de las comunicaciones, la hu­manidad sufre más que nunca del gran mal de la incomunicación y su consecuencia más di­recta: la soledad.

Si estamos de acuerdo en que en esta era de las grandes comunicaciones uno de los mayo­res males que aquejan al mundo civilizado es la incomunicación, ¿qué está sucediendo?

La pobreza, el hambre son los males del tercer mundo. La guerra, el racismo, la intolerancia, el te­rrorismo son el mal de las grandes potencias y los países ricos del llamado primer mundo. ¿No son todas estas formas de desamor consecuen­cia inevitable de la incomunicación?

Se impone dar respuesta a estos interrogan­tes de dimensiones universales. Ante la magni­tud y extensión de estos planteamientos puede surgir impotencia y desánimo. Intento plantear, pues, una respuesta muy asequible y cercana, un compromiso muy personal y concreto.

No voy a consentirme estar sentado en un mismo sofá, viendo las noticias y solidarizándo­me, comunicándome con mis hermanos de Áfri­ca o Albania, y a la vez, desconocer o no inte­resarme por los sentimientos y vivencias de esa persona junto a la que me siento, como, estu­dio o trabajo y me codeo a diario.

Estoy plenamente convencida que muchos problemas mundiales son fruto de la incomu­nicación. Mi compromiso personal y al que in­tento invitar a aquellos que me escuchan o me leen es vivir la comunicación en profundidad con mis más próximos. Si todos y cada uno hiciéra­mos esto en nuestros pequeños mundos y ám­bitos cotidianos, el mundo sería distinto.

Mi convencimiento surge de que para mí la comunicación es sinónimo de amor. Vivir en co­municación es vivir en el amor. Os recuerdo tam­bién mi definición de comunicación como la aceptación incondicional de los demás como son y como están. Así vivida, la comunicación me lle­va a establecer relaciones interpersonales pro­fundas en las que encuentra satisfacción plena la necesidad más profunda del ser humano: la necesidad de amar y ser amado.

  1. Esbozo de definición 

2.1. Inmersos en la comunicación

Vivimos en constante comunicación. Nos comunicamos con nosotros mismos, con los de­más, con nuestro entorno. Estamos constantemente comunicándonos con nuestras palabras, nuestras acciones, y nuestros gestos; con nuestras posturas, nuestros modales, nuestro modo de andar…

Todo es comunicación, y todos nos comuni­camos o deseamos hacerlo. Todos deseamos ha­cemos comprender y comprender a los demás. Pero no siempre sabemos hacerlo, porque no nacemos sabiendo comunicamos. Tenemos que aprender y, corno en todo lo demás, apren­demos a base de intentos, errores, nuevos in­tentos, etc.

Normalmente entendemos por comunica­ción: a/ Establecer contacto con alguien; b/ Dar o recibir una información; c/ Expresar nuestros pensamientos y sentimientos; d/ Compartir al­go con alguien. En toda comunicación se dan cuatro, elementos básicos:

– Las personas que se comunican entre sí (2 elementos).

– Lo comunicado o compartido entre esas per­sonas.

– El medio por el que esas personas se co­munican.

La persona que inicia la comunicación es el emisor, esta persona emite o intenta transmitir al­go: sus pensamientos, opiniones, sentimientos, etc. La persona que escucha, acoge y recibe lo emitido por el emisor es el receptor. El contenido comunicado entre emisor y receptor lo denomi­namos el mensaje. Y el cuarto elemento, funda­mental a toda comunicación, es el medio que utilizan el emisor y el receptor para comunicarse. Se comunican por palabras, cara a cara; por los gestos y el movimiento; por escrito; por teléfo­no… Según la facilidad para expresarse y para comprender los diferentes medios que se utili­cen en la comunicación, así será esta. 

Estos cuatro elementos se dan en toda co­municación. Funcionan en conjunto, no inde­pendientemente; de tal manera que un cam­bio en cualquiera de ellos afecta a los demás y a la comunicación en sí. Es claro que estos cuatro elementos no son separables, sino que forman un todo complejo y dinámico.

La comunicación o diálogo entre el yo (emi­sor) y el tú (receptor) es un proceso recíproco, en el que el yo y el tú, sucesiva y alternativa­mente, son el emisor y receptor de la comuni­cación entre ambos. Este proceso entre emisor y receptor lo estamos haciendo constantemen­te en nuestro vivir diario y es lo que constituye la comunicación interpersonal.

2.2. La comunicación, elemento clave en nuestro desarrollo personal

La comunicación es una de las necesidades emocionales más esenciales al ser humano. Es una necesidad y un deseo innato en nosotros. Todos sentimos la necesidad de autoexpresión. Todos necesitamos relacionamos, expresamos y damos a conocer a otros y ser conocidos por ellos. Existe una conexión estrecha entre la co­municación y las relaciones interpersonales.

La comunicación y las relaciones interperso­nales son elementos clave en nuestro desarro­llo personal, en la realización de quienes so­mos (en potencia) y de quienes estamos lla­mados a ser. De hecho, la existencia o la au­sencia de comunicación, así como nuestro es­tilo de comunicación, afecta y repercute enor­memente en nuestro modo de ser.

Recordad vuestra propia experiencia. Las experiencias negativas de comunicación nos cierran a la comunicación, nos hacen replegar­nos sobre nosotros mismos. Surgen actitudes negativas o agresivas: » No hay que fiarse de nadie», «te la juegan enseguida».

Cuando, por el contrario, hemos tenido una experiencia positiva de comunicación; cuando nos hemos sentido plenamente comprendidos y aceptados por otra persona, nos hemos sen­tido más dignos de amor y aprecio, más libres, más capaces. Surgen espontáneamente acti­tudes positivas ante la vida: actitudes optimis­tas, abiertas, confiadas, que llevan a una ma­yor plenitud de vida.

Cuando no nos hemos sentido aceptados ni comprendidos; cuando no nos hemos comunica­do, nos sentimos deprimidos, agresivos, tal vez culpables, e incluso incapaces. Nuestra calidad de vida se empobrece y, como consecuencia, tam­bién nosotros mismos nos empobrecemos.

Todo lo anterior, porque la comunicación in­fluye en nuestro bienestar general. La comuni­cación es para las relaciones interpersonales co­mo la respiración para la vida. La vida es comu­nicación; por tanto, comunicamos bien es tan necesario para nuestro desarrollo integral como el respirar aire puro, a pleno pulmón, es nece­sario para nuestro buen desarrollo físico.

2.3. Comunicación y relaciones interpersonales

Hay  muchas formas y modos de comu­nicación: la comunicación artística, la expre­sión corporal, el lenguaje no verbal, los medios de comunicación… Por otro lado, el tema de la comunicación puede tener enfoques diversos. Aquí enfocamos el tema desde las relaciones interpersonales: la comunicación que se da en­tre dos o más personas, es decir, el diálogo. Es­te diálogo puede ser de varias formas:

  • Comunicación verbal o diálogo propiamente dicho

Nos comunicamos a través del lenguaje ha­blado: preguntamos, respondemos, contamos, explicamos… Con frecuencia se considera que el lenguaje constituye la única forma de comu­nicación interpersonal. No es así, aunque, sin duda, el lenguaje es el medio de comunicación propio y exclusivo del ser humano.

La dificultad específica de la comunicación verbal es que puede llevarnos a muchos equí­vocos, ya que las palabras o vocablos pueden significar cosas muy distintas para cada interlo­cutor. Las palabras expresan conceptos e ide­as; con frecuencia el lenguaje hablado va acom­pañado de una gran carga afectiva que corres­ponde al pasado y a la historia de cada interlo­cutor, de tal manera que una misma palabra puede evocar sentimientos, recuerdos y hasta contenidos conceptuales muy distintos para cada dialogante.

Para evitar los posibles equívocos del lengua­je o comunicación verbal, es conveniente

definir términos, expresar el contenido o el significado que tienen las palabras que utilizamos. Esta de­finición de términos, que es un elemento muy favorecedor del diálogo entre dos, se hace ele­mento imprescindible, totalmente necesario pa­ra una buena comunicación de grupo. Es fácil caer en la cuenta del porqué. AI ser mayor el número de participantes en el diálogo o discu­sión de un tema, aumenta el número de proba­bilidades de distintos significados atribuidos a las palabras utilizadas.

  • Comunicación no verbal

Nos comunicamos a través de los gestos, de la expresión facial, de la actitud corporal. Por ejemplo: si vemos a alguien sentado aparte, con la cabeza y los hombros inclinados, las cejas caídas y un rictus de tristeza, sabemos que al­go anda mal, que esa persona seguramente está triste o preocupada por algo. Cuando al­guien querido nos mira con ternura, tampoco necesitamos palabras para saber que somos queridos y que queremos. La comunicación no verbal es muy amplia y puede tener muchas formas.

Una de las formas está en relación con la utilización que hacemos del espacio donde se va a dar el diálogo: las distancias que pone­mos entre nosotros y nuestro interlocutor, si hablamos desde detrás de una mesa de des­pacho, si nos reunimos en el lugar de trabajo,

en casa o en una cafetería… También puede ser otra forma de comunicación no verbal la elec­ción del medio a través del cual nos vamos a comunicar.

La persona que va a romper una comunica­ción y para comunicarlo escribe una carta, en lugar de hablar cara a cara con el otro, puede ser un ejemplo de ello. Al elegir este medio de comunicación puede estar expresando su de­seo definitivo e irreversible ruptura.

Los dos tipos de comunicación, la verbal y la no verbal, no se excluyen, sino que se com­plementan, y muchas veces se dan simultáne­amente; por ejemplo, cuando al explicarnos ha­cemos gestos. Con nuestro cuerpo siempre es­tamos comunicándonos, aunque estemos ca­llados. Con nuestros ojos siempre estamos re­cibiendo información de los demás: su expre­sión, sus gestos… Sin embargo podemos ha­blar o callar; muchas veces al callar también es­tamos comunicándonos.

Estos dos tipos de comunicación, verbal y no verbal, no siempre coinciden en el conteni­do. Por ejemplo, la señora congestionada, con el ceño fruncido y que con lágrimas en los ojos dice: «Pero, si yo no estoy enfadada…» Con las palabras podemos mentir, pero no con nuestro lenguaje no verbal. De aquí la importancia de saber escuchar el lenguaje no verbal de nues­tro interlocutor, ya que a través de sus expre­siones no verbales puede emitir mensajes que no está expresando verbalmente y que com­plementan su comunicación verbal. 

2.4. Aprender a comunicarnos: la escucha

La comunicación auténtica no es fácil. Con frecuencia hacemos uso de formas viciadas. La comunicación exige un aprendizaje. -Si queremos comunicarnos, lo primero que tenemos que hacer es saber escuchar. Escuchar puede parecer algo sencillo, que ya todos sabemos ha­cer, pero no es así; de hecho, pocos saben es­cuchar, ya que confunden escuchar con oír. Escuchar es distinto de oír. Oímos sonidos, ruidos o palabras. Los oímos, aún sin querer, cuando alguien o algo los emite.

Escuchar es un acto propio y exclusivo del ser humano. Es decir, que escuchar es un ac­to consciente, voluntario y libre. Supone una volición: hay que querer escuchar. Nadie nos puede forzar a que le escuchemos; sin em­bargo, esa misma persona sí puede forzarnos a que la oigamos.

Oímos sin querer, pero para escuchar hay que querer. Hay que querer captar o acoger el mensaje emitido por alguien. Escuchar no quie­re decir «no hablar’. No tenemos que confundir escuchar con estar callados. Hay personas muy calladas que no por ello escuchan a los demás. Para escuchar hay que querer escuchar. Hay que querer acoger y captar el mensaje emitido por aquel a quien escuchamos.

2.5. El buen «dialogador»

Saber escuchar es, sin duda, la primera ca­racterística de todo buen dialogador. De hecho, quien no sabe escuchar, no puede dialogar.

Otra actitud básica e imprescindible para la buena comunicación es el respeto y valora­ción debidos a nuestro interlocutor. El respeto auténtico conlleva la aceptación y acogida del otro. Acogida, se entiende, de la persona, no necesariamente de su mensaje. De hecho, po­demos estar en total desacuerdo con el men­saje, pero no por ello hemos de rechazar a la persona emisora.

Es necesario ofrecer una aceptación incon­dicional de la persona para facilitar así la emi­sión de su comunicación. Hay personas (emi­soras) que se sienten rechazadas cuando no se acepta su idea, aún cuando el receptor es­té en verdadera actitud de acogida de su per­sona. Este sentimiento de rechazo que expe­rimenta el emisor puede tener por causa su propia inseguridad, suponiendo que el recep­tor le haya ofrecido acogida y aceptación.

El respeto y la acogida suponen que expre­samos nuestro desacuerdo sin crítica del otro, sin querer condicionar ni quitar libertad de ex­presión a nuestro interlocutor. El respeto exclu­ye frases que fácilmente se nos escapan: «¡Qué aburrido eres!», «¡Menuda tontería acabas de decir!»; frases de este tipo y otras semejantes se refieren al emisor, a su propia persona, y no al contenido de su mensaje. Hay frases, sin em­bargo, que expresan nuestro desacuerdo con lo emitido y no hacen referencia alguna de rechazo o critica hacia la persona del emisor. Por ejem­plo: «No estoy de acuerdo con tu opinión»; «No comulgo con tu idea»; «Tengo una visión del asunto distinta de la tuya».

La acogida y aceptación de la persona no implica la aceptación de su idea; lo mismo que el desacuerdo con su idea no debería implicar rechazo alguno de la persona.

Otra actitud que necesita un buen dialoga­dor es un cierto olvido y vacío de sí mismo. La postura de apertura hacia el otro supone un vacío, un hacer espacio en nuestro interior pa­ra recibir y acoger la comunicación del otro. En vez de estar ocupados con nosotros mismos, pensando en nuestra respuesta, tendríamos que vaciamos y abrimos a acoger lo que el otro nos está diciendo.

Esta apertura lleva también consigo el no juzgar ni condenar; y algo que es bastante fre­cuente: el no contradecir porque sí o porque nos gusta discutir. Todo tan contrario a la ver­dadera comunicación.

2.6. ¿Qué significa ser «comprensivos» o «empáticos»?

Ser comprensivos o empáticos significa: entender los problemas del otro, captar sus sentimientos, ponerse en su lugar, confiar en su capacidad para salir adelante, respetar su

libertad, respetar su intimidad, no juzgarle, acep­tarle tal y como quiere llegar a ser, ver al otro y no nuestros problemas.

Todo esto significa ser comprensivo, y se da cuando somos capaces de comprender a los demás o cuando alguien nos ha comprendido a nosotros.

En Psicología hay otra palabra para decir comprensivo: «empático». Un ingrediente im­prescindible en toda comunicación es la em­patía. La empatía es algo connatural al dialo­gador nato. Es también una característica que puede adquirirse; de hecho, todo el que aspi­re a ser un buen dialogador debe cultivar su capacidad de empatía.

Un proverbio indio escrito en un póster que decoraba la secretaría del centro escolar don­de trabajé hace unos años decía: «Oh, gran Es­píritu, no permitas que opine del caminar ajeno hasta que haya caminado muchas leguas con sus mocasines». La petición de este sencillo piel roja expresa gráficamente lo que es la em­patía. Consiste en ver la realidad como si yo fue­ra la otra persona. Como si yo estuviera en su pellejo viviendo esa misma situación que está intentando comunicarme. La empatía es la ca­pacidad de ponerse en el lugar del otro.

Hay tres condiciones para que este «poner­se en el lugar del otro» pueda darse: 

– La congruencia

Consiste en estar en contacto con nosotros mismos, con lo que sentimos y pensamos. Es muy importante que yo sepa lo que realmente pienso y siento, y que sea capaz de actuar y ha­blar en consecuencia, con toda honradez.

La congruencia me sitúa en un plano de liber­tad y de individualidad frente al otro: al ser yo consciente de mí mismo, no seré arrastrado por la situación o por el otro a hacer o decir cosas que realmente no siento o pienso. La congruen­cia quiere decir ser sincero conmigo mismo, ser coherente, ser genuino, ser auténtico.

La congruencia no significa tener que decir todo lo que se me pasa por la cabeza, sino ser sensible a mí mismo y a la situación tal y co­mo la estoy viviendo.

– Aceptación incondicional del otro

Esto quiere decir que lo acepto como es, tra­to de aceptarle como es aquí y ahora; no más adelante, cuando sea mayor o cuando cambie, o cuando tenga más prestigio. Y trato de acep­tar todos los aspectos de su persona: sus ges­tos, su forma de hablar, su manera de enfocar la vida, su inteligencia, su cuerpo, sus actos… Esto hace que yo no trate de manipularlo, de cambiarlo. Favorece que el otro pueda expre­sarse libremente y con confianza. 

– Esfuerzo para captar el mundo interior del otro

Aceptarlo con sus sentimientos, sus posibi­lidades y sus limitaciones. Ponemos en el lu­gar del otro, pero sin dejar de ser uno mismo.

Si se cumplen estas tres condiciones, yo po­dré comunicarme con el otro, compartiendo algo con él y entendiéndole sin dejar de ser yo mismo; y sin manipularlo, puedo ofrecerle mi punto de vista.

Puedo ayudarle si lo necesita, ofreciéndole soluciones posibles para él y que no le alejen de sí mismo, porque le acepto y soy capaz de ponerme en su lugar; por esto mismo respeto su libertad y no creo dependencias que hagan disminuir su autonomía.

  1. La vida es comunicación

3.1. Comunicación interpersonal abierta

No podemos ser felices a solas porque somos seres sociales por naturaleza; por eso no podemos realizarnos a solas. Todos nos ne­cesitamos unos a otros para superar la propia soledad, para sentirnos dignos de ser queridos e, incluso, para descubrir nuestra propia identi­dad. Por estos y otros motivos nos comunica­mos con los demás o, al menos, lo intentamos. También, por estos mismos motivos, nos com­prometemos unos con otros, en relaciones más o menos estables: de amistad, pareja, etc.

Así como decía al principio que la comunica­ción es una de las necesidades esenciales del ser humano, digo ahora que es también esen­cial la necesidad de amor y amistad. Todo ser humano necesita ser apreciado y querido.

El amor…, la amistad…, la comunicación…, ¿se identifican? Es un hecho el que no puede darse una de ellas sin las otras dos. Sin comuni­cación no puede darse el amor, ni crecer la amis­tad. La comunicación genera afecto y amistad. Una supuesta relación de amistad, sin comuni­cación se derrumba.

El ser humano, decíamos, no sólo es un ser que se comunica, es un ser en comunicación. Ahora añado: el ser humano es un ser que vi­ve en relación. 

3.2. Comunicación y amistad

Hemos hablado del binomio comunica­ción-amor. Ahora propongo ver la amistad co­mo la forma suprema del amor. Por tanto, po­demos también hablar del binomio comunica­ción-amistad.

Aunque huelga insistir en la relación comu­nicación-amistad, vamos a subrayar la rela­ción entre comunicación-relaciones interperso­nales profundas-amistad. Para ello vamos a ex­poner seis niveles de comunicación, para exa­minar la profundidad de nuestra comunicación a la luz de estos seis niveles. Al hablar de nive­les de comunicación, me refiero al grado en que nos implicamos en esa relación, a la par­te de nosotros mismos que estamos ponien­do en el diálogo: la profundidad.

Hay un primer nivel: el de los diálogos cotidia­nos. Es un nivel muy superficial, es una comuni­cación a base de fórmulas: se repiten constan­temente los mismos contenidos. No se dice na­da sobre uno mismo; es el tipo de comunica­ción que se tiene con los que sólo son conoci­dos, e incluso con los desconocidos. Son las conversaciones acerca del tiempo con el con­ductor del autobús, con el que se sienta a nues­tro lado en el tren…

Un segundo nivel es la comunicación que se da sobre otras personas. Aunque la relación si­gue siendo superficial, nos «metemos un poco más». Siempre es más fácil meternos en la vi­da ajena que en la nuestra propia. Este nivel de comunicación suele darse con gente más conocida.

El tercer nivel se da cuando comunicamos parte de nuestras ideas, nuestra opinión sobre esto o aquello. Cuando expresamos nuestros juicios y cuando manifestamos nuestro acuerdo o desacuerdo con otras ideas u opiniones. En este nivel, hemos llegado a un grado de comu­nicación más personal. Aquí damos y recibi­mos conocimientos sobre nosotros mismos.

El cuarto nivel se da cuando contamos cosas que nos han sucedido en el pasado. Cuando con­tamos nuestros proyectos y hablamos sobre nuestro trabajo. En este nivel nos damos más a co­nocer comunicamos ilusiones, dificultades, triun­fos, parte de nuestra historia. Aunque nos siga­mos moviendo en un ambiente más bien infor­mativo, nos implicamos más que en los niveles anteriores. Lo que comunicamos a este nivel puede significar ya un cierto riesgo, según el con­tenido y la calidad de las confidencias.

Pasamos a un quinto nivel cuando comunica­mos nuestros sentimientos, tal y cromo los senti­mos, sin racionalizaciones. La comunicación de sentimientos puede implicar más o menos a la persona, según que los sentimientos pertenez­can al pasado o al presente y según si esos sen­timientos se refieren a otras personas o al que está hablando ahora conmigo. Este nivel se da ya en un terreno más íntimo. En general, sólo confia­mos nuestros sentimientos a personas muy cer­canas a nosotros.

Todavía se da un sexto nivel, cuando en la comunicación hay una completa aceptación

de uno mismo y del otro. Cuando además se da esta comunicación en un clima de amor y cuan­do la comunicación nos implica en toda nuestra intimidad, es decir, cuando supone un mostrarse y un darse íntegramente.

Este sexto nivel es más alto; se alcanza sólo de vez en cuando. Cuando se da, marca etapas decisivas en las vidas de los que se comunican, ya que este grado de comunicación nos lleva al cambio y nos abre nuevas posibilidades de au­torrealización, creatividad y felicidad. 

3.3. La confidencia

Todavía existe un nivel más profundo de comunicación, una forma más íntima: la confidencia, que es esencial a la amistad y su nota distintiva. «Sólo por obra de la confidencia llega a hacerse auténtica amistad…»[1] La confidencia es una parcial donación de su ser que el con­fiante(emisor) ofrece al confidente (receptor).

El confiante entrega lo que tiene como verda­deramente suyo: su propia intimidad; lo da a la persona del amigo, que amorosamente lo acoge y recibe. El ser de ambos se hace nuestro ser. «Es cosa propia de la amistad que el amigo re­vele al amigo sus secretos» (Tomás de Aquino).

En la confidencia, se da la auténtica recipro­cidad de la comunicación, verdadera sintonía: el emitir y recibir a niveles profundos. La ver­dadera confidencia no es, sin más, comunicar un secreto, no; es preciso que el confiante y el confidente convivan lo confidenciado; lo mío y lo tuyo se hace nuestro. Ambos comparten afecti­va y efectivamente la misma emoción. Esta ex­periencia es distinta de la empatía. En la empa­tía intentamos sentir como si fuéramos el otro. La finalidad de la confidencia es que el confidente sienta conmigo, conviva conmigo lo confiden­ciado y lo asuma vitalmente.

La confidencia no se da sólo y necesariamen­te a través de las palabras. El lenguaje hablado o escrito resulta muy limitado cuando queremos comunicar ciertos sentimientos y vivencias de nuestro mundo más íntimo. Ahí donde no llegan las palabras, puede llegar el lenguaje no verbal: con un gesto, un abrazo cordial, o con nuestro silencio elocuente podemos confidenciar nues­tro ser al amigo. Las confidencias más íntimas suceden con frecuencia en el silencio. En una mirada uno puede mostrarle a su amigo toda la amplitud y profundidad de su propia intimidad más profunda.

3.4. La amistad: intimidad que se abre a otra intimidad

Existe una relación directa entre confiden­cia, intimidad y amistad; la amistad es una in­timidad que se abre a otra intimidad. El amigo desea llegar a ese núcleo íntimo de la persona de su amigo. Para llegar a este núcleo íntimo de la persona de¡ amigo es preciso un cierto des­prendimiento, se exige una completa libertad en relación con todo lo que el otro tiene, para no buscar y no encontrar, en lo que el amigo tiene y es, más que lo que él mismo es, la verdad de lo que él es en sí, no de lo que le gus­taría al amigo que éste fuera.

Precisamente es este elemento de despren­dimiento en la búsqueda de la intimidad del amigo lo que distingue a la amistad de la ca­maradería o de otro tipo de relaciones que fácil­mente llamamos amistades. La amistad se dife­rencia de otras relaciones precisamente porque busca lo más íntimo del otro, estando dispues­to a sacrificarlo todo para conseguirlo. Sólo así podemos amar verdaderamente a nuestro amigo nos vemos con él, si nos encontramos él en el interior de su morada.

La verdadera amistad o la verdadera relación de amor consis­te en comprometerse con alguien hasta la intimidad. Comprometerse en­tregándose a la intimidad del otro: la profundi­dad de la intimidad en la que uno se compro­mete también determina la profundidad del amor.

El amor armonioso es aquel en que el nivel de intimidad en la que uno se compromete es idéntico en las dos personas. El ideal del amor no es la armonía perfecta a cualquier nivel, sino el alcanzar el nivel más profundo de intimidad.

Tal vez pensemos que nuestra intimidad no es muy rica, tal vez la experimentamos pobre; no importa; lo que sí importa es el entregarla por completo, hasta el último resquicio, hasta el punto incluso de casi parecernos que ya no te­nemos intimidad propia, porque de tal manera nuestra intimidad se ha hecho una con la del amigo, que pierde sus límites propios en la in­timidad del amigo. «Yo le confié todas mis pre­ocupaciones y me olvidé» (Juan de la Cruz).

¿Tiene límites la mutua transparencia en la amistad? No, no los tiene; el amigo siempre se adentra más profundamente en la intimidad de su amigo, ya que éste siempre se ofrece por anticipado. El hecho de que algunas cosas no puedan ser dichas no representa un atentado contra la esencia misma de la transparencia; si no pueden ser dichas, se deberá a alguna ra­zón exterior, no al hecho de que conduzcan a una excesiva transparencia.

La transparencia nunca es excesiva en la amistad. Identifico la transparencia y la confi­dencia con el grado más profundo de comu­nicación entre dos personas; este grado de comunicación interpersonal es el grado propio de la amistad íntima. La amistad íntima es la mayor y la más sublime forma de comunica­ción interpersonal. 

3.5. Construir amistad: una aventura de gozo y de dolor

La confidencia es necesaria para que se dé la amistad; y la amistad, como el amor, es

imprescindible para la plenitud y realización de la persona. Sin un amigo/a, la persona será profundamente desgraciada al vivir aislada dentro de sí.

Es vital salir del egocentrismo y del aisla­miento hacia la amistad. La amistad es un parto doloroso. Construir la amistad es una aventura ­entretejida de dolor y gozo, de tristezas y alegrías. Vivir la vida en plenitud es fruto de la dinámica interna de la amistad verdadera. Sin amistad verdadera, no puede darse plenitud de vida.

La amistad reclama compartir lo más profundo de mi s­er, confidenciar lo más hondo: el sentido ultimo de mi vida, mi preocupación por mi ser, mi propio destino, en resumen: todo acerca de ­mí. «Amigo es el que sabe todo de mí y me quiere», decía San Agustín después de ha­ber buscado amistad durante largos años.

La amistad auténtica es difícil de conseguir porque, como el auténtico amor, exige renuncia intereses propios. Además, la amistad se vive en gratuidad. La gratuidad es la misma esen­cia del amor y de la amistad. Por eso es hoy tan difícil el auténtico amor de amistad; porque la gratuidad es un ingrediente que al hombre de hoy -tan pragmático- le cuesta mucho captar; tal vez esta es la razón por la que el hombre de hoy se encuentra más sólo que sus antepasa­dos.

La amistad se encuentra, se hace y se vive en la gratuidad. Generalmente, todos comenzam­os pidiendo amistad, cuando tendríamos que comenzar ofreciendo amistad.

Todos queremos tener amigos y que nos consideren amigos, pero todos olvidamos con gran facilidad el ingrediente indispensable a la amistad: la gratuidad. El amor, como la amistad auténtica, sólo comienza a desarrollarse cuando amam­os a quienes no necesitamos para nuestros fines personales.

El amor infantil sigue el principio: «Amo por­que me aman»,. ¡Cuántos adultos no han madurad­o en su capacidad de amar! Por eso sólo saben amar y ser amigos de aquellos que les ofrecen amistad y que les aman a ellos prime­ro. El adulto inmaduro no sabe ofrecer amistad, no sabe adelantarse a amar él primero.

El amor maduro obedece al principio: «Me aman porque amo». El adulto maduro en su capacidad de amar sí entiende de la gratuidad del amor y sí que sabe ofrecer su amistad y adelantarse a amar. El amor que recibe es res­puesta al que él le ha ofrecido primero. Le aman porque ama. El amor inmaduro dice: «Te amo porque te necesito» El amor maduro di­ce: «Te necesito porque te amo».

Si eres de los que te quejas de soledad, de no encontrar amigos fácilmente, te diré que fá­cilmente no se hacen amigos, porque la amis­tad no es fácil. Te sugiero que examines en pro­fundidad y en total sinceridad contigo mismo. Eres de los que al conocer a alguien te plante­as: «¿Qué me puede dar?». «¿Qué puedo con­seguir de esta persona?». «¿Cómo entra dentro de mis planes?». Seguro que a todos os sor­prenden esas preguntas tan directas, tan duras. Seguramente, ninguno os las planteáis así de abiertamente; son posturas inconscientes que, sólo en una comunicación íntima y brutalmente sincera con vosotros mismos, lograréis descu­brir. Mirad a vuestras acciones, solamente por los frutos conoceremos estas posturas o acti­tudes enterradas en nuestro inconsciente.

Si vuestra postura al encontraros con al­guien respondiera a las preguntas: ¿Qué pue­do hacer por esa persona?; ¿en qué puedo sede útil?; y ¿de qué manera me puede nece­sitar?, ¿cómo puedo ayudarle?, sin duda algu­na que la soledad, el aislamiento y la falta de amigos no sería vuestro problema. Entonces sí que habéis entendido la gratuidad del amor y de la amistad. Entonces sí que amáis a quien no necesitáis para vuestros fines personales. Só­lo entonces podéis decir con ese amor maduro: «Te necesito porque te amo».

Cuando comenzamos ofreciendo un nivel de comunicación profundo, invitamos al otro a que entre en la misma profundidad. Alguien tiene que dar el primer paso; a todos nos cuesta ser pioneros; seguir las huellas de otro es más fácil, no supone tanto riesgo.

3.6. Un extraño regalo: la vulnerabilidad

Al comunicarnos, nos hacemos vulnera­bles, porque nos hacemos posible blanco pa­ra el ridículo, o el rechazo, o para la acepta­ción o la alabanza de los demás.

Si no abrimos nuestra intimidad, si no nos damos a conocer, no corremos riesgo. Per­manecemos intactos e intocables. No nos ha­cemos blanco de la posible crítica o rechazo de los demás. Al no darnos a conocer, al no abrir y ofrecer nuestra intimidad, estamos tam­bién renunciando a la posibilidad de la amis­tad, de esa intimidad que se abre en respues­ta a la intimidad que nos hemos adelantado a ofrecer.

La vulnerabilidad es entregarse incond¡cio­nalmente a los demás, a través de una aper­tura total, aunque se tenga la sospecha de que los demás penetrarán con torpeza y bru­talidad en la intimidad que les ofrecemos.

¡Qué poco frecuente y qué difícil es tener confianza en los demás de una manera com­pleta! Saber que podemos recibir golpes y es­perar que no los vamos a recibir es hacerse vul­nerable. El secreto de la vulnerabilidad está en entender visceralmente que aquello que se ama se convierte, de repente, en inofensivo.

«El amigo es como una morada hecha de diamantes: en el interior brilla una luz resplan­deciente de una gran belleza, pero no se pue­de llegar hasta ella sin romper el muro exterior. Esta operación es penosa también para el que la realiza, ya que al hacerlo se hiere. Pero una vez roto el muro, la luz interior brilla con nue­vo resplandor.

El amigo romperá sucesivamente varios muros y en cada ocasión se hará heridas más profun­das. Sin embargo, no actúa como el que rompe impunemente un recipiente hermoso y luego se aleja sin preocuparse de nada. Sus heridas son cada vez más profundas hasta el momen­to en que se encuentra frente al último muro; a través de él ya percibe la luz directamente, y le parece que si rompe este tabique la luz se apa­gará. No obstante, es preciso que también rom­pa esta separación, ya que únicamente enton­ces encontrará la intimidad más profunda del amigo»[2].

Esta vulnerabilidad, este exponernos a ser heridos y a herir sólo se entiende cuando se ama de verdad. «Una herida de amor sólo pue­de ser curada por aquel que la ha causado» (Juan de la Cruz). Toda relación madura de amor encuentra en esta vulnerabilidad su fun­damento: el que ama se ofrece, se entrega y se compromete hasta el extremo de estar dis­puesto a ser herido en ese núcleo más íntimo de sí mismo.

Tal vez esta vulnerabilidad sea nuestro rega­lo más auténtico para los demás, ya que lo más humano que podemos hacer en nuestras vidas es hablar, comunicar y manifestar nues­tras convicciones, creencias y sentimientos. Y aceptar y vivir con las consecuencias. 

 ABRIRSE O CERRARSE A LA COMUNICACIÓN:

PAUTAS PARA LA REFLEXIÓN Y EL ANÁLISIS

TALLER DE REFLEXIÓN PERSONAL Y GRUPAL

Para que la lectura de este artículo sirva de verdadera reflexión y a la vez de examen práctico de nuestros estilos de comunicación y revisión de nuestras relaciones interpersonales, sugiero el si­guiente ejercicio que ayude a plasmar la teoría expuesta.

Seis niveles de la comunicación

Al hablar de niveles en la comunicación, me refiero al grado en que nos implicamos en esa rela­ción, a la parte que de nosotros mismos estamos poniendo en el diálogo, a la profundidad.

  • De los seis niveles expuestos, ¿en qué nivel me comunico con más frecuencia? Segura­mente la respuesta depende de: a/ Cuando; b/ Con qué personas; c/ En qué circunstancias.
  • Piensa en dificultades concretas que encuentres para ir profundizando de un nivel al si­guiente. Recuerda ejemplos y casos concretos.
  • ¿Qué características buscas en tu receptor para ir profundizando de nivel, en tu comuni­cación?
  • Dibuja seis círculos concéntricos que representen los seis niveles de comunicación. Este ejercicio lo puedes hacer en dos partes: a/ La historia de mis relaciones personales (per­sonas o “tús” significantes en tu vida; los vas poniendo en los distintos niveles o círculos); b/ La historia de mis amistades (vas escribiendo el nombre de las personas que son o han sido tus amigos).
  • Pregúntate, en concreto y una vez situados los “tús” en los seis círculos:

– ¿A qué personas —“tús” significantes en mi vida- sitúo en cada uno de los seis nive­les?.

–   ¿Estoy satisfecho/a con el número de personas que tengo en cada nivel? -¿Cuántos “tús” tengo en el quinto y sexto?

– Si no tengo a nadie en el sexto, ¿qué dice esto de mí y de mis relaciones, o de mi au­sencia de relaciones?.

– ¿Qué puedo hacer yo para ir pasando de nivel en mi relación con las personas que ten­go en el tercero y cuarto nivel? ¿Podría yo hacer algo para entrarlas en mi quinto o sexto nivel?

  • Llegar a conclusiones concretas, personales y grupales.
  • Programar varias puestas en común, en pequeños grupos, o todos juntos, según sea el tamaño de los grupos.

CERRARSE O ABRIRSE A LA COMUNICACIÓN

  1. Cerrarse a la comunicación: elegir el no ser

Cerrarnos a la comunicación equivaldría, respecto a nosotros mismos, a negarnos a ser quienes realmente somos; preferir llevar una careta puesta; es ser el personaje y no la per­sona que somos. Sería negarnos a crecer, pre­ferir quedarnos raquíticos y canijos. Cerrarnos a la comunicación con los demás supondría elegir el aislamiento, el quedamos solos. 

1.1. La opción por la comunicación

Somos libres para elegir abrirnos a la co­municación o cerrarnos a ella y para decidir el nivel de profundidad al que queremos llegar en nuestra comunicación.

Optar por la comunicación es elegir vivir en la verdad y en la libertad, es elegir la paz y la alegría del ser y de la vida. Por el contrario, op­tar por la no-comunicación, cerrarnos a ella, es elegir el no-ser, la muerte en vida; ya que se puede llamar muerte a la incomunicación, y a la falta de libertad, fruto del vivir en la oscuri­dad de la mentira.

¡Claro que nadie opta por la no-comunica­ción así tan obviamente, sobre todo cuando se ven así de claras las consecuencias! Lo que sucede es que las cosas no resultan siempre tan sencillas en la vida como sobre el papel. ¿Cómo sabemos en un caso específico y en momentos concretos si estamos optando por la comunicación abierta y sincera o si nos es­tamos cerrando y negando a la comunica­ción?.

Nuestros sentimientos enseguida «acusan recibo» de nuestra conducta. Ellos son como esa lucecita que se enciende cuando nuestra radio sintoniza con la estación que buscába­mos. 

1.2. ¿Por qué el riesgo?

Es más cómodo no comunicarse porque siempre que nos comunicamos, al nivel que sea, corremos un riesgo. Cuanto más profunda es la comunicación que hacemos de nosotros mismos, mayor es el riesgo.

El riesgo tiene que ver con el temor a que nos rechacen; o a que no encajemos con la imagen que tenemos de nosotros mismos o a que esta imagen se rompa. Miedo también de que no en­cajemos con la imagen que queremos dar al otro. Miedo a que mis ideas, mis sentimientos o mi conducta se pongan en cuestión. Miedo a perder el prestigio ante nosotros mismos y an­te los demás: que se den cuenta de que no soy como ellos creían y, por último, miedo al cam­bio.

La lista de temores podría continuar. Resu­miendo: tenemos miedo de todo lo menciona­do, por la inseguridad que produce en noso­tros correr el riesgo.

El riesgo a que nos exponemos en la comu­nicación no siempre es el mismo. Éste depen­de en gran parte del contenido y profundidad de nuestra comunicación. Es menos arriesga­do hablar del tiempo que expresar a alguien los sentimientos que anidan en nosotros.

El riesgo depende también de la importancia de esa persona en mi vida. No es lo mismo dis­cutir con mis amigos que con un desconocido en el autobús. Igualmente depende de si he­mos acertado o no con el momento oportuno para la comunicación. Si la persona tiene prisa, está agobiada o cansada, corremos el riesgo de que no nos escuche. No es el momento oportuno.

Por último, el riesgo depende de la probabi­lidad que tengo de que el otro me comprenda y me acepte. Con alguien que me conoce bien y me quiere, tengo, en principio, más probabili­dades de que me comprenda y me acepte; por tanto, el riesgo es menor. Sin embargo, con una persona con la que no me llevo bien o estoy te­niendo dificultades de trato, tengo menos pro­babilidades de que acepte mi comunicación; el riesgo que corro al intentar comunicarme con esta persona es mayor.

Estos cuatro factores influyen en el mayor o menor riesgo que corremos al comunicarnos; son subjetivos, varían según las personas. 

1.3. «Defensas» contra el riesgo

Como a todos nos impone el riesgo, aun­que a unos más que a otros, es natural que lo intentemos disminuir o atenuar. Nos protege­mos del riesgo levantando barreras que pue­den afectar negativamente a la comunicación. Estas barreras son mecanismos que se ponen en marcha en nosotros -ante el riesgo- de forma automática; son mecanismos bastante comple­jos y pueden ser más o menos inconscientes. En primer lugar, consideraremos las defensas que levanta el que habla (el emisor). 

1.3.1. «Defensas» del emisor

  • Formación reactiva

Al hablar de sus ideas, el emisor puede apa­recer como una persona rígida y dogmática, ex­cesivamente segura de sus juicios; en el fondo está tratando de ocultar su gran inseguridad.

La formación reactiva incluye muchas con­ductas que se exageran para tratar de compen­sar las inclinaciones no reconocidas o mal repri­midas hacia el extremo opuesto. Es el caso, por ejemplo, de personas extremadamente tímidas y que, en ocasiones, se comportan hasta exce­sivamente comunicativas y expresivas.

  • El desplazamiento

Sucede con bastante frecuencia. Consiste en descargar en casa, un problema que he te­nido fuera en el trabajo. Aquí me he controla­

do y dominado la manifestación de mi enfado. Al llegar a casa, el más mínimo fallo o desor­den me da pie para descargar mi enfado des­plazado, ya que aquello que ha desencadena­do mi enfado no es la verdadera razón, sino el enfado previo que tenía antes de llegar a ca­sa.

  • La racionalización

Si alguien me comenta: «¿No crees que has exagerado un poco con tu reacción?» Segura­mente que con este comentario no caería en la cuenta. He racionalizado mi conducta anterior. He tratado de buscar razones diferentes a la auténtica, que disculpen y justifiquen mi com­portamiento posterior. Es proporcionado al es­tímulo y sólo justificado cuando pienso en la verdadera causa de mi reacción desproporcio­nada al aparente estímulo.

  • La proyección

Consiste en achacar a otro (proyectar en otro) sentimientos que descubro en mí. Al achacár­selo al otro, se supone que yo estoy libre de cul­pa. Por ejemplo, tratando de ayudar a otro, le decimos: «Creo que te preocupa demasiado lo que los demás puedan pensar de ti». En re­alidad, esto es lo que me sucede a mí y estoy tratando, de una manera inconsciente, de ocul­tarme a mí mismo este mismo fallo y de disi­mularlo ante los demás.

Otras barreras que puede adoptar el emisor es pensar que el otro no es tan importante pa­ra él como en realidad es; está «trivializando la relación».

También es frecuente el emitir la comunica­ción de forma que le quitamos la intensidad o profundidad que en realidad tiene para noso­tros. Un ejemplo es la broma y el chiste. A ve­ces, medio en broma, medio en serio, comu­nicamos cosas muy serias de nosotros mis­mos, pero la broma dificulta la comunicación, pues logra lo que el emisor pretende, que es disimular y despistar la atención lejos de lo que realmente quiere decir.

1.3.2. «Defensas» del receptor

El que escucha (el receptor) también le­vanta barreras a la comunicación. Las levanta cuando encasilla al otro y sólo percibe aquello que reafirma el encasillamiento del emisor. Es­ta barrera se llama escucha selectiva; como su nombre indica, el receptor no acoge la to­talidad del mensaje, sino que va seleccionan­do lo que a él le conviene, que suele ser lo que confirma sus teorías u opiniones o aquello que reafirma su encasillamiento del emisor. Es de­cir, escucha seleccionando sólo aquellos da­tos que a él le interesan.

Cuando el receptor escucha selectivamente no tiene esa actitud de desprendimiento de la que hablábamos como una de las cualidades del que sabe escuchar. El que escucha selec­tivamente, no hace ese vacío de sí para acoger en su totalidad la comunicación del emisor, ya que acoge sólo aquello que a él le interesa.

Dicho así nos resulta muy duro y, tal vez nos parece que nosotros (receptores) seríamos in­capaces de cometer semejante injusticia con el emisor. De nuevo os invito al examen perso­nal, ya que esta barrera es mucho más co­rriente de lo que parece a primera vista. Tal vez sea la barrera más frecuentemente utilizada y la que lleva a más malentendidos en la comu­nicación.

Cuando tenemos formada una opinión de una persona solemos escuchar selectivamente todo lo que dice, para confirmarnos en la opi­nión que tenemos de ella. Al encasillar al emi­sor estamos obstaculizando enormemente la comunicación ya que, de nuevo, no estamos acogiendo el mensaje limpiamente, como el emisor lo está emitiendo, sino como a noso­tros nos apetece o interesa acogerlo. Además de obstaculizar la comunicación, estamos im­pidiendo el conocer al emisor como realmente es. Cuando tenemos una opinión tan hecha de los demás, existe un riesgo: si no nos abrimos totalmente a su comunicación, seguiremos to­da la vida con la misma opinión que en una ocasión formamos de aquella persona. Nos estamos cerrando a la posibilidad de creci­miento y de cambio de nuestro interlocutor. És­te, independientemente de que su receptor le capte o no, ha cambiado y, lógicamente, nota que el receptor sigue catalogándole en las mismas categorías de antes. Después de va­rios intentos de darse a conocer, si ve que el receptor está cerrado al nuevo intercambio de comunicación, el emisor terminará por can­sarse y dejará de emitir. Como emisor se ha visto forzado, por la actitud tan poco recepti­va del receptor, a cortar la emisión; la comuni­cación se ha roto.

Otra barrera por parte del receptor es cuan­do éste no acoge limpiamente, es decir, cuan­do en vez de acoger y comprender, juzga y eva­lúa al emisor. Como veis, las barreras por parte del receptor, tienen lógicamente mucho que ver con la calidad de su acogida. La función del re­ceptor en la comunicación es, obviamente, la recepción o acogida del mensaje. Por ello, todo tamiz personal por parte del receptor está obs­taculizando la comunicación. Una vez que el receptor ha acogido la comunicación tal y co­mo ha sido emitida, es claro que puede y de­be evaluar el mensaje; entonces, y sólo enton­ces, puede emitir su respuesta.

¡Cuántas veces, en vez de recibir el mensaje limpiamente, estamos obstaculizando la aco­gida porque ya, en nuestro interior, mientras el emisor se comunica, nosotros estamos pen­sando y formulando nuestra respuesta! ¿Cre­éis que ésta es forma de escuchar? ¡Sin duda que no!

Una forma más de escucha selectiva apare­ce cuando el receptor sólo presta atención al lenguaje verbal sin tener en cuenta el lenguaje no verbal del emisor. Gran parte de nuestra co­municación la hacemos no verbalmente. El buen receptor escucha el lenguaje corporal del emisor. Ya que, sin duda alguna las expresio­nes de su rostro, el movimiento de sus manos,

toda la postura en general del emisor, están emitiendo. Si el receptor sólo escucha pala­bras, su captación del mensaje habrá sido, casi seguro, muy pobre y limitada.

El receptor también levanta barreras cuando cree que él sólo tiene razón y que las cosas son sólo de la manera en que él las ve. Con esta ac­titud es indudable que va a escuchar selectiva­mente todo lo que el emisor le está diciendo; es­cuchará sólo aquello que confirme su opinión. Al estar tan aferrado a su propio juicio, tiene ya sus respuestas hechas, prefabricadas. Esto le incapacita totalmente para escuchar de verdad al emisor. Cuando alguien piensa que las cosas son sólo de la manera como él las ve, es muy difícil que, por sí sólo, se abra a la posibilidad que le ofrecen los demás con su comunicación de ver que las cosas pueden ser de otra forma distinta. Sólo tendremos una actitud abierta, ca­paz de ver las cosas desde distintos enfoques, cuando estemos abiertos a la comunicación in­terpersonal, abiertos a nosotros mismos y a nuestro entorno.

Otra manera de levantar barreras, semejante al encasillar al emisor, es el no admitir lo origi­nal y único del emisor. Lo interesante de la co­municación interpersonal es escuchar lo que tienen que aportar de nuevo y original nuestros interlocutores. El que sabe escuchar aprende siempre algo nuevo de los demás. Sin duda que no aprende nada de los demás el receptor que se empeña en que todos piensen y sientan como él; en este esfuerzo inútil malgasta toda la energía que debía emplear en escuchar y acoger. Escuchar de verdad es todo lo contra­rio a querer manipular o lavar el cerebro a los demás.

Hay otros emisores que se empeñan en que a todos les interesen los mismos temas que a ellos les interesan; invariablemente consiguen llevar toda conversación al tema de interés suyo. De tal manera que siempre se termina hablando de lo que a ellos les interesa; seguramente porque es de lo único que saben y, por lo tanto, es en la

única conversación donde ellos se sienten ca­paces de participar. No se dan cuenta de que hay dos maneras de participar en una conver­sación. Una es hablando (emitiendo) y otra es escuchando. Con frecuencia, estas personas se niegan rotundamente a ser receptores y sólo les gusta el papel de emisores.

Para que exista comunicación es imprescin­dible que haya emisores y receptores. Si to­dos queremos emitir y nadie está dispuesto a recibir, estamos dando ocasión a que surja el monólogo. Al no haber diálogo, no hay comu­nicación. ¿Cabe mayor barrera a la comunica­ción que hacer que ésta desaparezca? Así lo hacemos cuando nos resistimos a ser recep­tores, forzamos a los demás a callarse y nos constituimos en monologantes.

El receptor tiene un gran poder en su mano respecto al emisor, ya que con su actitud, pue­de aumentar o disminuir la sensación de ries­go que siente el emisor. Si el receptor ofrece respeto, acogida y apertura, puede hacer que desaparezca toda sensación de riesgo y temor que el emisor pueda sentir, hasta tal punto que éste pierda completamente todo el temor de abrirse ante el receptor. Así, el receptor favo­rece y facilita la comunicación.

Ahora bien, si, por el contrario, como hemos visto, el receptor se muestra rígido, autoritario y distante, puede aumentar los temores del emi­sor y su sensación de riesgo de tal forma que inhiba totalmente su comunicación. 

1.3.3. «Defensas» del emisor y receptor

Se dan defensas comunes al emisor y al re­ceptor. Ambos pueden simultáneamente levan­tar el mismo tipo de barrera. Así lo hacen cuan­do los dos se comunican desde su rol. El rol es el papel social de cada uno en diferentes circunstancias. La comunicación de rol a rol se da cuando se comunican, no desde quienes son, sino desde el papel o función social que cada uno desempeña. Todos desempeñamos distintos roles y todos nos comunicamos desde nuestro rol cuando no comunicamos nuestros verdaderos problemas y dificultades personales, ni nuestros sentimientos reales sino los que se derivan del rol. Este es el caso, por ejemplo, de un profesor ante sus alumnos o de un médico ante sus pacientes. Hay circunstancias que exigen la comunicación desde el rol y no permiten la comunicación de sentimientos demasiados personales. El obstáculo a la comunicación se da cuando en la vida personal seguimos comunicándonos desde el rol. Por ejemplo, el profesor que, fuera de la situación escolar, se mantuviera en actitud de enseñar. Su comunicación y relaciones interpersonales no serían de igual a igual ya que, desde su rol de profesor, asume una posición en cierta manera superior.

O es caso del padre incapaz de dialogar con sus hijos poniéndose a su misma altura. Habla desde su rol si intenta mantener siempre su postura autoritaria y si nunca adopta una actitud cercana y comprensiva. Es difícil que logre una comunicación auténtica con sus hijos si se mantiene rígidamente en su rol el corazón cercano y acogedor del padre.

Todos estos obstáculos, sean por parte del emisor o el receptor, tienen otras consecuencias, además de la obvia de dificultar la comunicación. Al dificultarme la comunicación con mi yo, me alejan de mí mismo y así resulto un desconocido para mi propio yo, al no poder ser quien realmente soy en paz y armonía. Respecto a los demás, me dan una visión deformada de ellos y de la realidad. En todo caso, siempre obstaculizan la buena marcha de la comunicación.

Tenemos que ser conscientes de las barre­ras que utilizamos cada uno, para bajar las de­fensas y acometer el reto fascinante de la co­municación. 

  1. Aceptar el reto de la comunicación: elegir el ser

No quisiera que, a la vista de estos obs­táculos o barreras pensarais que es imposible la comunicación. Sí que es verdad, y lo hemos dicho con frecuencia, que la comunicación es difícil; sobre todo es verdad que ante la co­municación estamos ante un reto: abrazar o rechazar el riesgo y sus consecuencias; detrás de toda barrera levantada a la comunicación se esconde el miedo al riesgo: es el reto de la comunicación.

Nos necesitarnos los unos a los otros; a tra­vés de la comunicación con los demás nos en­contramos a nosotros mismos; en la comuni­cación auténtica con nosotros mismos nos encontramos con los demás.

En todo esto de la comunicación nos va nues­tra propia realización. La calidad de nuestra co­municación condiciona la calidad de nuestro ser y nuestra vida. Hay quien describe la vida como un caminar hacia la muerte. Yo prefiero enfocada como un camino de la muerte a la vida, del no ­ser al ser. Yo veo la vida hecha de muertes pro­gresivas que nos llevan hacia una mejor y mayor plenitud de vida; a una mayor humanización. La vida así es un constante renacer

Vale la pena vivir, elegir el ser, vencer el temor, arriesgarse y salir al encuentro del reto que su­pone ser artistas que dominen el arte difícil de una buena comunicación.

 

Maite Melendo

[1] P. LAIN ENTRALGO: Sobre la amistad, Rev. Occidente, Madrid 1972, 367.

[2] E. VAN BROECKHOVEN, Diario de la amistad, Narcea, Madrid 1972, 26.