Cosas de los hombres, «cosas de Dios»

Natalia de la Parte

“ADVIENTO”: SILENCIO ACOGEDOR, ESPERANZA

Hemos recogido aquí un conjunto de materiales ya experimentados y enviados a Misión Joven. Han sido agrupados en torno al tema de la “preparación del Adviento”. En concreto, se ofrecen 6 propuestas concretas para el trabajo en grupos:

–         “Cómo se llama el Adviento”: Todos somos Lady Di.

–         “Herederos de Lardín”.

–         Futbolandia.

–         Pies de…

–         ¿Quieres escuchar mi sueño”: Silencio.

–         “Dios envió a su Hijo nacido de mujer” ( “Cosas de María”, Adviento…)

1. “COMO LLAMA EN EL VIENTO”: TODOS SOMOS LADY DI

Jesús Rojano

Quizás ya hayas escuchado la canción -muy bonita, por cierto- interpretada por Elton John en el funeral de la princesa Diana. En ella se dice: «Adiós, Rosa de Inglaterra, has vivido como llama en el viento…» No es difícil imagi­narse, al escuchar esas frases, la belleza, pe­ro también la fragilidad, de la llama de una ve­la encendida en medio de la oscuridad, que vacila y resiste el empuje del aire unos instan­tes, hasta que al fin es vencida y apagada. Al cabo de unos segundos sólo queda de ella un hilo de humo… y luego nada. En el fondo, ca­si todos hoy somos así, aunque no lo quera­mos reconocer: la inseguridad, los miedos, el no tener claro lo que queremos, la fragilidad de nuestros grandes proyectos, la insensibili­dad hacia los demás, etc.

A mi me parece que si los ingleses -y el resto del mundo- han celebrado con tanta emoción la despedida de Lady Di no es por ca­sualidad. En realidad, más que a una persona concreta, despedían a un símbolo, y un sím­bolo que les representaba a sí mismos, que nos representa a todas y a todos. Basta repa­sar sus 36 años de vida para darse cuenta de ello: padres ricos y separados, por lo tanto una infancia sin carencias materiales pero con falta de cariño estable; cuento de hadas vivido antes de los 20 años -casarse con un prínci­pe, ser princesa…-, y hecho añicos a las po­cas semanas, al descubrir que casi todo era mentira, que «había otra»; luego vinieron las depresiones, el hundimiento psicológico, las autoagresiones, la pérdida de sentido…; la lu­cha por la sinceridad y la libertad (el divorcio, la denuncia de la mentira y la hipocresía en que le habían obligado a vivir, la lucha por el derecho a ser feliz antes que «reina» o «prin­cesa»…); el intento de superar los propios pro­blemas volcándose en los más pobres (su participación en varias ONGS, las campañas, la famosa entrevista con Teresa de Calcuta, etc.); y, al final, la tragedia bajo el río Sena de París, lugar de nacimiento y frustración de tan­tos romances (¿recuerdas «Casablanca»?: «Siempre nos quedará París…»).

En el fondo, todos nos hemos preguntado al morir ella: ¿qué mundo es éste en el que hasta las princesas se deprimen, buscan la fe­licidad sin encontrarla, ayudan a los demás des­de su no saber ayudarse a sí mismas…? No importa que Lady Di no acertara en todo o tu­viera parte de responsabilidad en su tragedia. Ella es un símbolo. Y los símbolos están «más allá del bien y del mal», porque tienen la fun­ción de recordarnos quiénes somos hoy y có­mo vivimos. Más de uno preguntó esos días por qué el mundo despidió con tanta o más emoción a Lady Diana que a la madre Teresa de Calcuta, que es un ejemplo mucho más cla­ro de entrega a los demás. En realidad es muy sencillo. Teresa de Calcuta también es un sím­bolo, pero de lo que desearíamos ser y no so­mos (entrega sin límites, claridad en la motiva­ción, felicidad en la sencillez y trabajo cons­tante), mientras que Diana simboliza lo que so­mos (sueños rotos, búsqueda ansiosa de la fe­licidad, tener buen corazón a pesar de todo).

¿Qué podemos sacar de todo esto (particularmente los animadores/as)? Bastante: saber lo que está viviendo la gente hoy -sobre todo, los jóvenes- y trabajar por en­cauzar en los centros y grupos juveniles, etc., las carencias más urgentes: dar senti­do a las cosas y a la vida, encontrar la felicidad con serenidad, reforzar la autoesti­ma, la entrega motivada a los demás… Reflexionad sobre todo ello. Para concluir, le­ed detenidamente la historia que nos narra Julio Medina. 

2. “HEREDEROS DE LARDÍN”

Julio Medina

Manuel Lardín tenía los pulmones deshechos. La mina no perdona a quien le perfora las entra­ñas para ganarse la vida. Debido a la enfermedad lo habían jubilado. Así que llenó con nuevas ocu­paciones el día. Por las tardes tras recoger a su nieto Francisco de la escuela, daban un paseo. El pequeño le preguntaba las cosas más inverosímiles; y ante sus respuestas fantásticas, el nieto lo mi­raba como desconcertado. Se producía entonces un instante de silencio que acababa rompiéndo­se con las risas de ambos: «No me gastes esas bromas, abuelo». Terminaban el paseo comprando un globo. El abuelo lo hinchaba a cambio del silencio del niño; pues por su enfermedad tenía prohi­bido forzar los pulmones. Pero si a la mina entregó su salud cómo iba a negarse con el nieto.

Cuando María, la mujer de Manuel, los veía entrar con el globo, se desesperaba: «No tienes arreglo Manuel, cualquier día te quedas en el sitio». «Lo he hinchado yo», saltaba Francisco en de­fensa de su abuelo. Marta no hablaba por hablar, sabía bien lo que podía ocurrir si continuaba obs­tinadamente hinchando globos al nieto. Y una tarde ocurrió. Después de vaciar el último aire de sus pulmones en el globo, no le quedó aliento para subir las escaleras. María al abrir la puerta y ver so­lo y asustado al niño, no necesitó mayores explicaciones.

Francisco no quiso ningún globo más. A partir de entonces, siempre salía de paseo con el úl­timo globo hinchado por su abuelo. Mientras fue pequeño esta costumbre levantaba la compasión de la gente. Pero se convirtió en burla al llegar Francisco a la juventud; así que fue alejando sus pa­seos hasta un río de las afueras.

Mientras paseaba por el río, una tarde oyó gritos de auxilio. Corrió y vio cómo una cabeza se hundía bajo el agua. Sin pensarlo se lanzó y buceando encontró en el fondo a la persona. Quitó en­tonces el nudo al globo que siempre le acompañaba y lo introdujo en la boca del moribundo. Apre­tando con fuerza le llenó los pulmones con el último aire del abuelo Lardín.

Cuando corrió la noticia muchos se sumaron a la costumbre de comprarse un globo y pasear con él. Incluso crearon una industria para la fabricación de globos a la que denominaron «Herede­ros de Lardín».

3. FUTBOLANDIA

José Sorando

– Una noticia

¡Fútbol casi todos los días del año!

Lo comentaba la radio como gran novedad: » No hay fútbol este fin de semana». Y es que este año vamos a tener fútbol todos los días del año, menos los viernes. «Servimos cenas a domicilio los días de fútbol», era el anuncio que hacía el bar de un pueblo (!).

 – Un comentario

El comentario es del obispo de Solsona, Antoni Deig, en la carta semanal que escribe

a sus diocesanos en la Hoja dominical (tanto la noticia como el comentario se refieren a la temporada futbolística pasada, esto es, a la de 1996-1997. ¡Qué no se podría decir de la actual!). Tal vez, no todos sepan, ya lo señala él mismo en su carta, que el señor obispo es muy aficionado al fútbol, que sigue muy de cerca a un equipo de la tierra y que él mismo había hecho sus pinitos de joven en este de­porte, hasta sentir la llamada vocacional al sa­cerdocio.

ESTAS SON LAS PALABRAS DEL OBISPO DE SOLSONA

Parece que nuestra tierra ha cambiado de nombre. Ahora se llama Futbolandia. O si no, fijaos bien. Tenemos fútbol seis días a la semana. Sólo nos queda la abstinencia del viernes, que debe de ser el precio que debe pagar nuestra sociedad. Los jugadores ya valen miles de millones, igual que las retransmisiones por televisión, sean públicas o privadas. Y no sé como se las arreglarán las ra­dios y los periódicos para poder estar al corriente, y no armarse un lío con los partidos, confun­diendo resultados, jugadores, árbitros y etc. Total, Futbolandia, S.A.

 No escribo con una intención malévola ni tampoco satírica o de buen o mal humor. No. La co­sa es más seria y conviene dar un toque de alerta sobre la provocación en que se convertirá este curso futbolístico.

 Ya sabéis que me gusta mucho el fútbol. Que es un deporte que toda la vida me ha fascina­do, por decirlo con un término más adecuado. Pero, actualmente, ¿qué deporte es el fútbol? Ya sé que se trabaja con los chicos, los adolescentes y los jóvenes y que es admirable el esfuerzo, el interés  y la valentía que unos y otros ponen en el aprendizaje y en el juego, que ayuda a su desarro­llo corporal. Y esto es bueno.

 Pero llega un momento en que la economía entra en el deporte y entonces parece que todo deba cambiar. Y si se llega a la cumbre, bien lo sabemos, nacen los ídolos, una especie de semi­dioses adorados por las multitudes y con los bolsillos repletos de millones.

No, no voy contra el fútbol. No voy contra el deporte. Y admito de verdad esta universalización, aunque sólo sea por la machacona difusión que de ella han hecho los medios de comunicación so­cial. Pero detrás de todo esto, ¿qué hay? Una vez más, ¿interesa a alguien «hipnotizar» a las multi­tudes para que no piensen? Y, como ha recordado alguien, ¿cómo valorar este derroche de millo­nes ante el hambre en el mundo?

 No hace mucho escribí sobre fútbol. Decía: “¿El fútbol es hoy un deporte? ¿O es más bien un espectáculo o un negocio? ¿O una batalla campal? Los clubes, los grandes clubes, ¿son unas aso­ciaciones deportivas o más bien unas sociedades anónimas de carácter mercantil?» Y seguía: «El deporte se convierte en una finalidad económica, y se venden y compran jugadores de un club a otro, en un mercado que cada día se encarece más».

Veo que di en el clavo. ¿No puede pararse esta carrera de millones, esos tejemanejes nada de­portivos? A lo mejor estoy fuera de juego. Pues, que venga un árbitro y señale las oportunas faltas para conseguir un deporte, un fútbol, que no sea Futbolandia.

–  Podríamos organizar una reunión sobre el tema. Colocamos un balón Y sugerimos «hablar de fútbol». Leemos la noticia Y el comentario. ¿Qué impresiones nos producen? ¿Se trata de exageraciones o de un fenómeno a tener en cuenta?

¿Cómo está afectando la “fiebre del fútbol” a los niños/as, familias, educación, etc.? ¿Cuál es la respuesta que estamos dando?

– La «obligación» de estar constantemente ante el «fútbol de la tele», ¿está impidiendo encontrarnos con las personas o asumir responsablemente el trabajo, etc.?

PIES DE… 

José Sorando

Son los pies de dos famosos futbolistas, tal como aparecieron en un amplio reportaje dedicado por «La revista» al tema.

–  Dejar que hable la imagen. ¿Qué sugiere?: Aguantar peso, pisar tierra, importancia -pero discre­ción-, dejar huella, libertad para escoger camino, supeditados a la cabeza que piensa y escoge, de quién pueden ser esos pies -por qué-, recorrer caminos muy diversos, parte de un todo, hu­mildad, fundamento o cimiento, dominio o aplastamiento, pareja o necesidad el uno del otro.

– Si relacionas todo con la vida social, familiar, eclesial, de pareja y amigos, ¿en qué te hace pensar?

– Realizar alguna de estas experiencias:

Caminar con los pies atados a los pies de otros compañeros. Ir en silla de ruedas, como un pa­ralítico. Hacer huellas, ponerlas y seguirlas. Caminar sin zapatos, sintiendo la tierra. Caminar con una china en los zapatos. Caminar hacia atrás. Simular que se tienen los pies pegados a tierra. Verse impedido de todo, tener que dibujar o escribir con el pie. Todos sentados en círculo: pa­sarse un balón cogiéndolo con los pies.

– ¿Cómo te has sentido en la experiencia? ¿Qué y a quiénes te hace recordar?

Hay pies y pies:

Pies que dejan huellas. Pies cansados de recorrer mil caminos. Pies que abren caminos nuevos. Pies heridos por las minas. Pies que andan por caminos trillados. Pies descalzos. Pies bien protegidos. Pies que caminan sobre…. Pies que se hunden. Pies que, a los primeros pasos, se can­san y abandonan. Pies que no han ido a ninguna parte. Pies que conocen el terreno que pisan. Pies que están aprendiendo a caminar. Pies atados con cadenas. Pies que zancadillean para que el otro caiga. Pies que tropiezan. Pies libres. Pies que tienen que andar por terrenos desconoci­dos. Pies que aguantan más peso del que pueden. Pies que hacen maravillas («Mi pie izquier­do»). Pies que pisotean; Pies que están de vuelta. Pies calzados y pies descalzos. Pies de mon­tañero, niño, anciano, bailarina, futbolista, montañero, inválido.

– ¿Qué pies tengo, o soy? ¿Cuáles me gustaría tener? ¿Hacia dónde, hacia qué y hacia quiénes van mis pies? (Comparar, por ejemplo, nuestros pies con los de Cristo).

– Pies de millones y… ¡otros pies!: ¿por qué valen tantos millones los pies de los futbolistas…? Po­déis ver la película «Mi pie izquierdo» y comparar ese pie de una persona impedida (pero capaz de «hacer milagros») con otros pies.

LOS PIES DEL EVANGELIO

– Cae a sus pies y le suplica con insistencia (Mc 5,22-23).Se postró a los pies de Jesús (Mc 7, 25).

Detrás, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies (Lc 7, 38).

«No ha cesado de besarme los pies y me los ha ungido con perfume» (Lc 7, 45-46).

«Atadlo de pies y manos y echadlo fuera» (Mt 22,13).

Se agarraron n sLAs pies y lo adoraron (Mt 28,9). Los pies… de Emaús (Lc 24).

– Los pies de los apóstoles en el lavatorio (Jn 13).

LOS PIES DEL HIJO PRÓDIGO

– Buscar en grupo calzado adecuado y actualizado a los personajes de esta escena

evangélica. Escenificarla haciendo hablar a los Zapatos, en lugar de los correspon­dientes personajes.

– En la escena del hijo pródigo aparecerán los zapatos del Padre, del hijo mayor, las sandalias desgastadas y rotas del pequeño y el callado nuevo que le da el Padre, los zapatos de las mujeres de vida alegre­

– Los pies de Dios

El pescador solitario era un hombre de Dios. Un día tuvo la audacia de pedir al Señor un signo de su presencia y de su compañía. «Señor, hazme ver que tú siempre estás con­migo. Dame el don de experimentar que me amas. Y el gozo de saber que caminas con­migo».

Cuando reemprendía el camino que le con­ducía nuevamente a su casa, observó con asombro que, junto a las huellas de sus pies descalzos, había otras cercanas y visibles.

«Mira, le dijo el Señor, ahí tienes la prueba de que camino a tu lado. Esas pisadas tan cercanas a las tuyas son las de mis pies. Tú no me has visto, pero yo caminaba a tu lado.

La alegría del pescador fue inmensa». 

Pero no siempre fue así. Vinieron días de tormenta y de frío. El pescador caminaba taci­turno por la playa. Volvió sobre sus pasos y observó que, esta vez, en la arena sólo había la huella de dos pies descalzos. «Señor, has caminado conmigo cuando estaba alegre. Ahora que el cansancio y el desánimo hacen mella en mi vida, me has dejado solo. ¿Dónde estás ahora?»

«Amigo, cuando estabas bien, yo caminaba a tu lado. Pudiste ver mis huellas en la arena. Ahora que estás cansado y abatido, he prefe­rido llevarte en mis brazos. Las pisadas que ves en la arena son las mías marcadas por el peso de tu propio cansancio».

– ¿Son así los pies de 3est~s en el Evangelio? ¿Siento así a Dios?

– Orar a los pies de Jesús

Esta oración podría hacerse ante Una imagen de Jesucristo resucitado, que lleva en sus manos y en sus pies las heridas de los clavos:

* Orar sintiéndose a los pies de Jesús, escuchándole (Lc 10,39).

* Orar mirando las manos y los pies de Jesús (Lc 24,39).

* Orar Sintiendo que Jesús te lava los pies (Jn 13,5).

* Orar que Jesús me envía a lugares, personas, responsabilidades.

– “Haced vosotros lo mismo» (3n 13,14): ¿Qué pies podemos lavar y cómo?

Organizar, por ejemplo, alguna campaña de recogida de ropa y calzado para cuer­pos y pies desnudos; hacer alguna visita a personas enfermas, ancianas y pasar unas lloras con ellas.

5. QUIERES ESUCHAR MI SUEÑO

Esteban Díaz Merchán

– Realidades y Sueños

Las últimas votaciones del pequeño país de Jaime dieron la victoria al «Partido de las Realida­des», frente al «Partido de los Sueños». No piensen ustedes que eran dos partidos opuestos, por lo menos no demasiado opuestos. Sí es cierto que pensaban que la vida del país se solucionaba de manera distinta: unos condicionaban la existencia a «datos reales», científicamente demostrados; otros, en cambio y sin negar que todos podemos utilizar los datos de los análisis científicos de la vida, entienden que no se puede vivir sin soñar («Es tan necesario soñar como el respirar», lle­gan a decir éstos).

Jaime, desde hacía tiempo, pensaba como el Partido de los Sueños, aunque hay que decir que no era afiliado y no tenía carné. Una práctica muy común entre todas las personas que opinaban a favor de los sueños era, precisamente, compartir sus sueños. Jaime nada más levantarse de la cama tomaba lápiz y papel y anotaba los que recordaba de la noche. Y así, con el tiempo, fue des­cubriendo que dentro de él bullía gran cantidad de ideas, de personas conocidas, de lugares reco­rridos, de colores nuevos que nunca creía haber visto.

El paso siguiente, entre las personas que anotaban los sueños, era comunicar sus experiencias con otras gentes. «¿Te importa que te cuente mi sueño?» Unos, por sorprendidos y otros por acos­tumbrados, solían decir que sí. Entonces Jaime mostraba su mejor sonrisa, extraía de su mente los recuerdos y las palabras más entonadas y hacía de ese trozo de conversación un regalo.

Aquella mañana, en el autobús, Jaime se quedó mirando a una chica que le resultó familiar. «Sí, es Margarita», pensó.

Eran conocidos del barrio desde pequeños, pero simplemente eso, conocidos. Margarita, sólo por su aspecto, parecía pertenecer, carné incluido, al Partido de las Realidades. Su vestido, más que prenda, parecía uniforme; su cara, si bien era bonita, nada risueña, embebida de periódicos matinales y páginas de bolsa; sus oídos, además, no escuchaban porque iban conectados a un ra­diocasete.

Y aquella mañana…: «Hola, Margarita. ¿Me harías el favor de escuch…» Margarita desenfundo sus auriculares.

—Perdona…, pero, ¿te conozco?» Jaime debió ponerse de todos los colores. Daba por sentado que sí, que eran del mismo barrio y habían asistido al mismo colegio, aunque ella le sacaba un cur­so.

—Soy Jaime. Vivo dos calles más abajo de tu casa, y en el colegio estuv…» —¿Qué quieres?», le espetó bruscamente Margarita.

—Sólo si tienes tiempo para pod…»

– «¡Tiempo! Tiempo es precisamente lo que no tengo. Debo mirar las cotizaciones ahora en el bus, para llegar bien al trabajo. Pero, si es algo breve lo que tú quieres…}}

– «La verdad es que es muy corto lo que te quiero decir. Es sólo si te import…»

– «¡Trr, trr, trr!» En ese preciso momento, el ya famoso artilugio que también poseía Margarita so­nó en el fondo de su bolso.

—Perdona un instante». Aquel instante duró casi diez minutos. Mientras Jaime se recomía los labios. «¿Debo seguir insistiendo? ¿Desisto mejor, para no incordiarla más? ¿Quizás otro día pue­da escucharme? ¿Busco otra persona?» Cabizbajo, no se percató de que Margarita de nuevo le miraba.

– «¿Y ..?»

– «Bien, sólo era… ¿Te importaría escucharme sólo dos minutos para contarte…? ¡He tenido un sueño!» Y Jaime sonrió abierta e inocentemente. Se puso algo nervioso porque Margarita arquea­ba sus cejas con gesto indeciso y expectante. Margarita añadió:

– «Algo parecido dijo Martín Luther King una vez ante su gente, ¿no?»

—Sí, pero yo, aunque quisiera cambiar el mundo, no podría. Sólo aspiro a cambiar mi vida, po­quito a poco, y con mucho esfuerzo. Bueno, también podría ayudar a cambiar de la mano de la gente que tengo a mi alrededor. Quizás podría empezar el día de otra manera junto con la gente que va en este autobús. No sé, es complicado lo de soñar. Y más si lo quieres compartir. Soñar no sólo es dejar tu imaginación libre. Es también proyectar el presente de otra manera. Hacer lo de ca­da día como si fuera el último o el primer día que haces algo, que hablas con alguien, o que haces una tortilla de patatas». Jaime iba haciendo su tono cada vez más cálido y profundo. Y saltarín. Pensaba que era ya buen momento:

– «Lo que te quiero pedir es que escuches mi sueño. ¿Puedo?» Margarita, a todo esto, había des­conectado. Alzada de puntillas, miraba sobre los hombros de Jaime a la lejanía, sorteando los co­gotes de los que estaban de pie, delante de las ventanillas.

– «Perdona, ¿qué es o que decías? ¡Ah!, pero si es mi parada. Bueno…. Jaime, verdad que… Discul­pa. Mañana, si coincidimos, me terminas de explicar lo que quieras. ¿O eres vendedor de algo? Por­que los vendedores ya no saben qué inventar para vender, aunque sea en el autobús. Hasta luego».

Jaime atinó a decir un breve y flojo «adiós». Absorto, aquella mañana, casi se despista y salta su parada. «Creo que es la primera vez que no puedo contar mi sueño a una persona», se decía a sí mismo.

Sonó estridentemente el despertador. Jaime se rascaba la espalda, sentado en la cama, respira­ba rítmicamente. «¿Qué he soñado hoy? ¡No puede ser! Será posible… ¡He soñado que no podía contar mi sueño a aquella chica! Qué sueño tan raro: ¡no poder contar un sueño! ¡Ja, ja, ja!» Jaime se aseó, desayunó. Iba dando vueltas a aquel extraño sueño, ¿o no era sueño? Y allí, de pie, en fi­la, subiendo al autobús y embebida en su periódico matutino, estaba Margarita.

– Silencio

Silencio.

Silencio. Graba en tu memoria

este susurro.

Y nada, y nadie

te impediría llegar hasta el fondo de ti mismo.

Silencio.

Silencio.

Brisa que te acoge

por completo

y

por completo

te devuelve,

en esencia,

lo que eres, tu alma más desnuda.

Silencio.

Silencio.

Y querrá el ruido

y mil variantes de su corte

quitarte el regalo más preciado

del sendero

del silencio.

Pero tú,

que más vales

que esos mil estruendos vacíos,

lucha desde lo hondo,

lo breve,

lo cálido

y lo sincero.

Y te encontrarás,

de la mano del silencio sembrado en tu regazo,

contigo.

Silencio.

Silencio. Porque

en silencio

se hablan palabras verdaderas,

las que duran más que el cielo.

En silencio.

Sólo en silencio.

6. “DIOS ENVIÓ A SU HIJO NACIDO DE MUJER”

 Fco. Javier Granel – José Sorando

Cosas de María

«Como llama en el viento» buscamos y bus­camos «mitos» en los que apoyarnos, perso­najes en los que descubrir nuevos valores. Vi­vimos un tanto «desmemoriados», por eso se nos escapan los ejemplos que están ahí. Uno de ellos: María, la mujer creyente.

«Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo nacido de mujer» (Gál 4,4). Y ahí están «las cosas de esta mujer»: oyente de la Palabra que «guardaba en su corazón» y siempre atenta para visitar a quienes la nece­sitan. Dos actitudes fundamentales para vivir hoy.

 -Adviento y las «cosas de Dios»

Ahí está María al comienzo del Adviento. Nosotros, como ella, también sentimos las lla­madas de Dios. El problema quizás esté en cómo saber que lo que siento, por ejemplo, en la oración, es «cosa de Dios». ¿Cómo puedo saberlo? He aquí algunos elementos para sa­ber si es o no «cosa de Dios».

  1. Si eso me despierta y saca de la mediocridad, si me compromete y complica mi vida, pero la llena de sentido, es voz de Dios.
  2. Si me hace salir de mi tierra, de mi pequeña isla o mar, y me lanza al mundo entero, es voz de Dios.
  3. Si llama al corazón, al amor, a la generosidad, a la ilusión, y no al miedo ni al temor, es voz de Dios.
  4. Si me invita a ser profundamente feliz y a hacer felices a los demás, si habla el lenguaje de la confianza, del padre a su hijo, es voz de Dios.
  5. Si me hace descubrir la propia realidad de pobreza («soy un niño, no soy capaz»), pero tam­bién lo que puedo hacer con su ayuda, es voz de Dios.
  6. Si me va liberando de cosas, de mi egoísmo, de mí mismo: si rompe mis planes, como se los cambió a María de Nazaret, es voz de Dios.
  7. Si no me saca de este mundo, pero me hace estar en él como levadura, sal, luz, es voz de Dios.
  8. Si me invita a acercarme, a estar y a sentir a los más pobres, a dar vida, alegría, esperanza, plenitud, sentido, es voz de Dios.
  9. Si no tiene nada que ver con los anuncios televisivos, si no es para hacerme más famoso ni me va a dar más dinero ni poder, ni lo que me ofrece lo pueden robar los ladrones ni carcomer la polilla ni devaluar las caídas de la bolsa, es voz de Dios.
  10. Si no me llena de palabras para avasallarme, sino que en ocasiones calla y hace silencio invi­tándome a la reflexión, a la búsqueda humilde y a la oración paciente, es voz de Dios.
  11. Si esa voz va germinando en mí lentamente, como la semilla en el surco, si me invita a cen­trarme en Cristo, a seguirle, a convivir con él, a ser su amigo, es voz de Dios.
  12.  Si es como un eco evangélico, si en la oración no puedo sacármelo del pensamiento, es voz de
  13. Si es para extender su Reino, mejorar el mundo, hacerlo más humano, anunciar a Cristo y su Buena Nueva y no para anunciarme a mí mismo, es voz de Dios.
  14. Si así también lo sienten y lo ven mi comunidad y mi grupa; si cada vez soy más feliz siguien­do su llamada, es voz de Dios.

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