Cristo ha resucitado… ¡Premio seguro!

¡Amigos!, ¿por qué buscáis entre los muertos al que vive? ¿Por qué os seguís conformando con pequeños reintegros o míseras pedreas cuando tenéis a vuestro alcance al Premio por excelencia…?

No os lo penséis más: adquirid “el décimo del Resucitado.” Un décimo que, en lugar de números, contiene las señales que deben llevar los discípulos del Resucitado. Ah, y no olvidéis repartir tantas participaciones como podáis entre vuestros hermanos. No os preocupéis por “las arcas del Reino”. Son inagotables, es más, cuantas más personas se hagan con este boleto, mayor recaudación habrá y mayores serán los dones para todos.

Buena Noticia

No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.

Id y proclamad con palabras y sobre todo con obras la Buena Noticia. A la familia, a los compañeros del colegio, a los colegas del botellón, al presidente de la comunidad de vecinos, a la cajera del supermercado… Que se entere todo el mundo: ¡Cristo ha resucitado!

Fe

¿De qué os asustáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Ved mis manos y mis pies; soy yo en persona.

No os preocupéis si se ríen de vosotros, incluso si ponen en duda vuestro estado mental. Mostradles las llagas de los resucitados: la alegría, la generosidad, la amabilidad… Y si todavía se lo siguen sin creer, enseñadles la cicatriz que surge en las personas en las que Jesús resucita: la felicidad. Ya veréis, no falla, les contagiaréis de inmediato.

Misión

Dios me ha dado autoridad plena sobre cielo y tierra. Poneos, pues, en camino, haciendo discípulos a todos los pueblos…

La resurrección de Cristo no va a cambiar el mundo, pero sí cambiará vuestras vidas para que seáis vosotros los que transforméis el mundo. No hay tiempo que perder. ¡Poneos en camino!

Amor

Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo.

Memorizad estas palabras, llevadlas a vuestras vidas, sed consecuentes con ellas…

¿El resultado? Vosotros apostad por Él, que el premio corre de su cuenta.

Y os aseguro que no tendréis suficiente corazón para albergar tanta dicha.

J. M. de Palazuelo