Cultura del voluntariado

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«Hay una solidaridad entre los hombres como tales

que hace a cada uno responsable

de todo el agravio y de toda la injusticia del mundo […].

Si no hago lo que puedo para impedirlos, soy también culpable»

KARL JASPERS

 

 

 

 

 

       Vigilar el horizonte: paisaje del voluntariado

 

Iniciamos el siglo XXI con un «Año Internacional del Voluntariado». Ojalá sea síntoma de buenos presagios. El tema, sin duda, dará para los más variados comentarios e iniciativas. En cualquier caso, Misión Joven quiere convertir el pretexto convencional del 2001 en «oportunidad educativa» para impulsar la «cultura del voluntariado». Por lo demás, quizá resida ahí una de las principales debilidades tanto de la sociedad como del propio voluntariado.

El actual paisaje del voluntariado muestra una gran riqueza, sobre todo, con el progresivo fortalecimiento de sus raíces en el tejido y dinamismos sociales: por doquier caminan personas con nuevas y solidarias formas de pensar, sentir y actuar. Sin embargo, tampoco pueden esconderse sus debilidades, estrechamente vinculadas al llamado «voluntariado light», fruto tanto de la débil identidad del «hombre postmoderno» como de la confusión y fragilidad reflexiva que habita ese paisaje.

 

 

       Sentirse afectado: entre solidaridad y mordazas

 

Solidaridad y gratuidad vendrían a ser los dos pilares básicos del voluntariado. En la primera, en la compasión de la que se nutre, en ese dejarse afectar y sentirse afectado por el dolor que provoca la injusticia y el sufrimiento concreto de quienes la padecen, se encuentra la espoleta que activa la segunda. El voluntario o la voluntaria se sienten de ese modo obligados a neutralizar la violencia fundamental de nuestro tiempo: la sinrazón y la indiferencia con la que nos tratamos los seres humanos unos a otros —no lo olvidemos: de los 6.000 millones de personas que somos en el mundo, por ejemplo, más de cuatro mil millones habitan la pobreza, cuando no la miseria que les conduce irremediablemente a la muerte—.

Solidaridad y gratuidad, no obstante, están siempre amenazadas por el mercantilismo, la institucionalización o la lógica individualista de nuestros días, por las que la solidaridad se transforma en búsqueda de seguridad o la gratuidad se entrampa en mecanismos de laboralización. Al fin y a la postre, entonces, el voluntariado corre serio peligro de transformase en una simple «empresa de servicios».

 

 

       Hacerse cargo: cultura y educación

 

La verdadera compasión solidaria permite el reconocimiento de la realidad y, sobre todo, hacerse cargo de ella: mirarla de frente, ponerle nombre y encararla, esto es, reconocida esa injusta realidad, los voluntarios se organizan en busca de la transformación del (des)orden social imperante.

Sentir el clamor de los excluidos y hacerse cargo de la vida indigna a la que se ven condenados, para dignificarla, remiten a la convicción y competencia con las que recorrer hoy los parajes del voluntariado. Nos señalan también dos de sus necesidades más urgentes: la construcción de una «cultura del voluntariado» —con contenidos, narraciones, símbolos, etc. específicos— y su vinculación a procesos educativos —praxis pedagógica e itinerarios para la formación de las personas voluntarias—.

En España —pese a la estima que a la mayoría le merecen las organizaciones de voluntarios o a las numerosas muestras puntuales de generosidad—, cultura participativa y solidaria, por un lado, junto a la relación entre educación y voluntariado, por otro, conforman otras tantas y graves asignaturas pendientes.

 

 

       Abrir camino: ¿voluntariado católico?

 

La praxis cristiana con jóvenes tiene en el voluntariado —y la «cultura de la solidaridad» que lo sostiene— una plataforma inmejorable para articular proyectos educativos que les conduzcan a ser ciudadanos responsables y, en su caso, discípulos —seguidores explícitos— de Jesús de Nazaret.

Bien entendido que partimos de una «pastoral juvenil» pensada no como «catequesis de jóvenes» sino como «educación a la fe» situada en el terreno común de la «humanización». No hemos de engañarnos: existe un evidente peligro de instrumentalizar y pervertir el voluntariado. Algo de ello se esconde tras tantas adjetivaciones —voluntariado católico, misionero, cristiano…— que interesada y dócilmente no sólo olvidan, con frecuencia, el sustantivo sino que incluso terminan por negarlo. Mucho se refleja, igualmente, en alguna de las actuales estrategias de identidad cristiana —primordialmente vinculada a seguridades doctrinales—, de (re)agrupamiento o de confesionalidad ligada más a «signos de Iglesia» que a «signos del Reino».

El voluntariado, indudablemente, es un buen camino para decir «sí» a la realidad humana más íntima y radical. El misterio de la Encarnación nos descubre que ese «sí» lo es a Dios: para Él —valgan las expresiones— cuenta más el amor y llevar a cabo su proyecto salvador que el reconocimiento mismo del Autor de tales planes. Por ahí discurriría la praxis cristiana con jóvenes.

¡Feliz 2001 para, como esos pies de portada, transitar por la geografía del voluntariado!

 

 

José Luis Moral

director@misionjoven.org