De la «Operación Triunfo» al «Botellón»

Podríamos decir que a mediados del mes pasado terminó la «Operación Triunfo» y comenzó la «Operación Botellón». Ninguna de las dos cosas es del todo verdad, pero ahí están como fenómenos a los que aludimos en varias páginas de este CUADERNO JOVEN. La Operación Triunfo no terminó en su primera edición con el día de los enamorados, sino que continúa y se estira fuera de los recintos de la academia con derivaciones comerciales, compromisos según contratos y apariciones en público de sus miembros ganadores o expulsados (mesas redondas, galas…). Y la operación botellón viene de lejos. Nosotros mismos dimos cuenta de ese fenómeno ya hace años desde la páginas de estas revista [Cf.Alcohol y adolescentes, «Misión Joven» 207( 1994), 25-32/49-52]. Pero parece que todo se ha precipitado en los últimos tiempos.

En un congreso nacional sobre «Jóvenes, noche y alcohol» celebrado en Madrid a mediados del mes pasado, inaugurado por la Reina y que contó con la presencia de cuatro ministros y la participación de psiquiatras de renombre, médicos de primera línea, sociólogos sesudos y políticos de arriba y de abajo, se estudió este fenómeno, que afecta a millones de jóvenes en toda España, para descifrar por qué se hace botellón, contar hasta dónde llega el problema y proponer algunas alternativas. En él, el ministro del interior anunció que el Gobierno se propone prohibir el consumo de alcohol en la vía pública.

Al día siguiente los periódicos se hacían eco de la noticia: “Una ley prohibirá el consumo de alcohol en la vía pública y su venta a menores” de 18 años («El Mundo»); «Ley seca» en la calle («El Periódico»); “El Gobierno se fija en el modelo de EE UU para sancionar a los menores que beban alcohol” («El País»). Y aparecieron editoriales y comentarios y datos y propuestas, pues el fenómeno va causando alarma social: “Un estudio revela que el 76 % de los menores de entre 14 y 18 años ha bebido alguna vez” («El País»); “Un millón de escolares abusa del alcohol y se emborracha al menos una vez al mes” («La Vanguardia»); “Los expertos critican la permisividad social ante la bebida” («El Mundo»); “La industria del alcohol subraya que la solución es enseñar a beber” («El Mundo»).

Al dar noticia del congreso, un día antes Rafael J. Álvarez recordaba en «El Mundo»: “Los chicos beben y beben y vuelven a beber mientras los vecinos acumulan ojeras, la industria engorda y los políticos se rascan la cabeza. Botellón, dícese de la mezcla de calle, noche y alcohol, con acepciones de cristales rotos, ruidos de más, orines urbanos, luchas de libertades y conflicto social».

 

Nadie se atreve a dar una cifra oficial sobre el número de jóvenes que practican este fenómeno en España, (la «Comunidad de Madrid» llegó a hablar de 500.000 personas) pero el dato se mide en millones. Cada fin de semana, miles de plazas, esquinas, jardines y parques españoles se llenan de gente entre los 14 y los 26 años que se reúne en torno al alcohol y a algunas cosas más poco estudiadas hasta ahora. La onda expansiva de esa práctica provoca quejas vecinales, ciudades temporalmente sucias, negocios pingües, administraciones locales desbordadas y jóvenes más habituados con el alcohol, una sustancia legal, incorporada a la cultura y publicitada con imágenes y músicas lujosas.

La estatura del botellón ha subido tanto que algunas comunidades autónomas han cortado por lo legal. Aragón, Canarias, Cantabria, Castilla y León, Murcia y Valencia ya tienen leyes que prohíben el consumo de alcohol en la vía pública de forma expresa o autorizándolo a sus ayuntamientos. Otras tres, Madrid, Baleares y Extremadura podrían aprobar textos similares en la próxima primavera. En teoría, en esas comunidades, el botellón es un acto ilícito, un escenario donde la policía puede entrar, recoger y cerrar. Si se sigue practicando es por la dejación o el disimulo de algunos ayuntamientos.

En el Congreso faltó quizás la voz de los propios jóvenes, de la gente que hace botellón. Sabemos que toda solución que se busque sin la participación de los actores no será una solución, sino un parche. Y dado que la cuestión es delicada (el derecho a estar en la calle frente al derecho al descanso), a falta de soluciones más imaginativas, algunos lugares han usado a la policía para que gane lo segundo. Todos pudimos ver cómo algunos vecinos de Madrid regalaban flores a los policías municipales que habían acabado con el botellón en sus barrios.

Aquí estamos. Y desde aquí tendremos que seguir actuando como educadores (véanse también los Recortes e Imagen de este mismo número de CUADERNO JOVEN) para llevar a cabo una educación preventiva.

CUADERNO JOVEN