Demonios…

Ignoro si tienen cuernos y si son colorados, si viven en infiernos de fuego y azufre o si son malévolas criaturillas dispuestas a envolvernos con sus tretas. No sé si son espíritus o humores intangibles, pero sí sé que son huéspedes incómodos que, cuando se adueñan de nosotros nos convierten en tristes sombras de lo que estamos llamados a ser.

 

Hay uno muy cruel. Se llama envidia, y si te muerde te incapacita para disfrutar con la alegría compartida.

Otro se llama vanidad, y hace que cuanto más alto estés, en lugar de ver mejor aprovechando la perspectiva, conviertas todo en un espejo donde únicamente ves tu propia imagen.

Rechazo hace que las personas nos volvamos inseguras, frágiles, y deja heridas difíciles de curar. Genera tanto dolor…

Y peor aún es su hermana burla. La muy bruja humilla a los débiles, a los heridos, a los más desprotegidos, aunque suele disfrazarse de humor y buen rollito. Se alimenta de lágrimas tristes y hace duros a quienes la acogen.

Intolerancia es muy marrullera, a veces viene pisando fuerte con discursos duros,

 

pero más a menudo se camufla tras justificaciones sutiles. Su obsesión es conseguir que al mirar al otro no veamos un hermano, sino una etiqueta.

¿Y qué decir de rencor? Si le acoges te desgasta hasta las entrañas, y te encierra en una prisión de memorias y agravios que parecen siempre presentes.

Soberbia es la reina del cotarro. Seduce a tipos débiles y los viste de reyes. Les escucha y lisonjea hasta que ya no saben hacer otra cosa que hablar, convencidos de poseer todas las verdades.

Luego está otro mal bicho que tiene cada vez más casas. Responde al nombre de egoísmo, y constantemente nos susurra al oído una canción pegadiza: “Sólo tú importas, chato”.

 

Son legión. Seguro que tú conoces otros muchos.

Juegan con nosotros y dejan muchas víctimas en las cunetas.

Pero llevan las de perder. Porque muy dentro nuestro está la semilla de un Dios que nos libera en cuanto le dejamos un resquicio.

Un Dios que pone Vida donde esas muertes mediocres parecen tener las de ganar.

Un Dios que nos invita a esperar contra toda esperanza.

Un Dios que llena los vacíos y puebla las soledades cuando su palabra se hace oír entre el barullo de nuestras vidas. Luz que disipa las tinieblas.

José María R. Olaizola
PastoralSJ, 5.2.08

 Para hacer

¿Cómo nos llevamos con estos demonios particulares? ¿A quiénes alimentamos?

En el blog se decía: “También está la hipocresía, la indolencia, y la tendencia a no complicarse la vida…” ¿Qué otros nombres podemos dar a nuestros demonio cotidianos?

Y alguien rezaba: “Señor, déjame oírte en medio de tantos demonios. Solo sabiendo que me acompañas podré superarlos cuando entren en mi corazón; que no haya odio ni rencor dentro de mi alma, que solo reines Tú dentro de mí.” Hacemos nuestra esta oración. O hacemos más oración a partir de todo esto.