DERECHOS Y DEBERES: LA MISMA REALIDAD DE DOS MIRADAS

Marta Simón Gil

Trabajadora Social y terapeuta de familia.

Profesora de la Universidad del País Vasco.

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

La autora del artículo, releyendo su propia vida, presenta unas reflexiones sobre los derechos y deberes del menor, uniendo el ámbito profesional entre jóvenes excluidos y el ámbito pastoral. Son reflexiones escritas por una persona habituada a trabajar con jóvenes en espacios laicos que encuentra en la fe el manantial de la vida.

 

Con este artículo, o reflexión escrita, quiero compartir mis experiencias en el trabajo con jóvenes desde hace ya varios años. Por ello, lo que escribo a continuación, no es una exposición técnica, sino más bien, una recopilación de vivencias y experiencias que tratan de ser explicadas con cierto orden y de una manera reflexionada.

Todo lo que pretendo compartir, se ha gestado en dos ámbitos distintos: uno el profesional y otro el pastoral.

Para este propósito, trataré inicialmente de partir de mi propio recorrido, analizando mis comienzos con los jóvenes. Así reflexionaré sobre la confusión que se me presentaba en los ámbitos profesional y pastoral, que vivía como contrapuestos. Más adelante expondré cómo descubrí el paralelismo que existía entre ambos, explicando cuáles han sido los itinerarios que he seguido para cada uno de ellos. Finalmente, compartiré mis reflexiones acerca de las diferencias existentes, para concluir en la confluencia de los dos ámbitos, proponiendo un modo de entender el trabajo con jóvenes.

Destacar que toda esta reflexión se hará a la luz de los derechos y deberes del menor, siendo éste el marco de análisis del trabajo que aquí se presenta. Finalmente comunicar que este interés por compartir, nació de la invitación que me hizo un amigo, quien me animó a que escribiera sobre mi experiencia con los jóvenes (tanto varones como mujeres). Doy por supuesto que, cuando me lo han solicitado, han tenido en cuenta que mi opinión y experiencia sería muy similar a la de cualquiera que esté en contacto habitual con los jóvenes, y he accedido a ello porque esta persona se ha convertido en una referencia fundamental en mi recorrido de fe.

 

  1. Encrucijada: mis primeras dudas

Cuando era joven y me encontraba debatiendo entre la propuesta del mundo y la propuesta de la fe. Como si “dicotomizar” la cuestión, fuera a ofrecerme mayor grado de seguridad. Protagonicé una intensa discusión en un ambiente de convivencia y formación pastoral. Yo acababa de descubrir la fe y a Jesús como única fuente de sentido vital, y por eso, porque era reciente ese descubrimiento, necesitaba tanto que todos consideraran que “la propuesta de la fe en ÉL, fuera acogida por todos como única y Universal”. Yo, por mi falta de madurez y seguridad, lo necesitaba de manera imperiosa, antes de que se tambaleara toda mi estrenada confianza. Estaba convencida de que era absolutamente necesario que las personas de toda condición, abrazaran el amor de Dios, como fórmula de la felicidad y del sentido mismo de la existencia.

Sin embargo, cuando más énfasis le ponía en argumentar esta cuestión, una compañera contra-argumentó pidiendo explicaciones acerca de lo que ocurría con las personas que no tenían experiencia de fe. Ella me preguntaba si no existían otras fórmulas para sostener la paz, la igualdad, la defensa de la libertad o la solidaridad fuera de la premisa de la fe. Sobre todo teniendo en cuenta que la fe es un “don de Dios” y no todos tienen la suerte o la gracia de encontrarla. Esto, además de hacerme sentir mal, me hizo reflexionar hasta descubrir que en su experiencia vital, no resultaba tan sencilla la vivencia de la fe. Ante esta cuestión me quedé sin habla, pero sobre todo muy contrariada porque mi afirmación, partía de una fuerte vivencia de algo que se había instalado y gestado dentro de mí como un terremoto. Una sensación de certeza en el amor de Dios, capaz de socavar mi interior y no dejarme tranquila hasta que mi sentido y práctica de vida me llevaran a ofrecerme a los demás sin condiciones y siempre gracias a la fuerza de Jesús. Por ello estaba convencida de que Jesús, era el único camino válido para conseguir un mundo justo, humano y digno. Sin embargo tenía que admitir que la afirmación de ella, la de mi amiga, nacía de similar lugar que la mía, es decir, de su mismo interior y con la misma fuerza, pero en su caso desde la dificultad y ausencia de esa experiencia arrolladora de fe que yo experimentaba.

Ante todo esto, tenían que existir unas garantías sociales para todas las personas, fueran o no creyentes, basadas en la igualdad, la dignidad y la justicia. Así, el énfasis de mi propuesta para todo el mundo, sería únicamente un  modelo de vida basado en el Evangelio, pero  también comprendí el valor  de los derechos humanos, me di cuenta de que son legítimos y válidos cuando son aceptados por todos y cuando nacen del consenso de la sociedad civil o laica. Esto nos lleva a afirmar que independientemente de que uno sea cristiano o no, han de existir unos valores individuales y colectivos que incluyan a todos.

 

  1. Cruce de caminos

Tras este debate y algunas decepciones más, resolví separando los dos espacios, el de la fe y el de los derechos humanos. Marcando para ello, dos caminos que consideraba distintos. Por un lado, trabajar con las personas desde planteamientos predominantemente laicos, es decir, utilizando únicamente criterios profesionales y lugares de encuentro social. Y por otro lado, trabajar con las personas desde la propuesta de la fe, es decir, evangelizando dentro de diferentes plataformas eclesiales y en el ámbito de pastoral.

Parecía que ésta era la mejor opción, dado que, a nivel profesional y de formación, los criterios imperantes en la sociedad tenían que ver con la ciencia y lo técnico como lo único aceptable. En las Universidades públicas era muy escasa la formación que hiciera referencia a argumentos que desarrollaran la necesidad de transcendencia del ser humano. Nadie se atrevía a realizar estas preguntas en alto o simplemente a expresar las inquietudes espirituales. Se consideraba poco objetivo y se relegaba a un plano subjetivo y por tanto exento de validez.

A veces la necesidad de trascendencia o experiencia de fe del ser humano, se valoraba como un fenómeno retrógrado, impositivo o cursi. Así, los intentos de ofrecer una educación integral basada en todos los aspectos de la persona, incluyendo el de la fe, eran fuertemente criticados por considerarse poco técnicos o científicos.

Por otro lado, el trabajo de Evangelización partía de otras premisas que básicamente consistían en la confianza en la persona y en Jesús. Se fundamentaba en que los cambios no los provocamos nosotros, sino Dios, quien se presenta de una u otra forma. Por eso la postura reflejaba humildad y abandono frente a los cambios en las personas, que de ningún modo son atribuibles en exclusiva a nuestra labor. Aquí no hay espacios para objetivarlo todo, medirlo todo y programar los procesos humanos con precisión.

 

  1. Punto de partida: consenso social o derechos humanos

Llevada por esta dicotomía, comencé a trabajar, en el espacio de mi ejercicio profesional como trabajadora social y terapeuta de familia. Mi campo de trabajo se centro en jóvenes delincuentes desde análisis del contexto social de éstos y a la luz de teorías psicológicas, sociológicas o antropológicas. Estudié algunos mecanismos estructurales y personales que generan las principales dificultades en la persona, para poder desarrollarse plenamente y ser sujetos de derechos.

De esta manera, distinguí conscientemente, según el lugar en el que me encontraba (profesional o pastoral), la diferencia entre justicia social y justicia evangélica, la diferencia entre igualdad y fraternidad, lo mismo entre acción social y acción evangélica, la diferencia entre grupos sociales y comunidades de vida…

 

El camino: compartir derechos y deberes

Una persona joven es una fuente de cambio. Esto es una obviedad para todo el mundo. Pero los cambios que le van sucediendo, se producen desde su realidad interior y exterior. Por tanto hay que atender muy bien y tener en cuenta cuáles son las evoluciones que se dan dentro y fuera, para poder ofrecer un modelo de intervención eficaz, que conlleve la puesta en práctica de sus deberes y el ejercicio de sus derechos. En este sentido, hay que estar atentos a:

–          Los aspectos personales o psicológicos: teniendo presente sus cualidades y potencialidades, al igual que sus dificultades y pobrezas. He de destacar que  los jóvenes con los que yo he trabajado en estos últimos 25 años (viviesen o no en ambientes de exclusión social) han evolucionado desde una conciencia colectiva hacia el individualismo, con tintes de narcisismo. De la reflexividad, a la impulsividad. De una mayor sociabilidad, a respuestas de mayor conflictividad. De la empatía, a un desconocimiento de los deseos del otro.

–          Desde el aspecto social: La evolución ha ido desde un mayor conocimiento de las normas de convivencia social, a interacciones de carácter individualista.

De un interés por ideales de mejora social, a la desesperanza y apatía social. De mayores cotas de participación social, a prácticas de ocio impulsivo.

De preocupación e interés por la incorporación al mundo laboral, a la evitación o alargamiento de la emancipación social a través del trabajo.

De la búsqueda de formación y estudio a través del tiempo para conseguir el éxito social, a la búsqueda de actividades rápidas que aseguren el éxito social sin esfuerzo.

–          De la vivencia de la colectividad: Como una fuente de crecimiento, socialización y creación de lazos de amistad fuertes, a la percepción de la colectividad como un obstáculo para obtener los deseos individuales.

–          De la utilización del tiempo libre: Como elemento de diversión, crecimiento y realización, al aburrimiento.

–          Desde aspectos familiares: Ha evolucionado de un sentimiento de unidad familiar y vivencia de valores como referente educativo, al rechazo de los padres como modelos válidos de transmisión de referentes.

–          De la familia como lugar de autoridad, a vivirla como un proveedor de necesidades.

 

Esta evolución, aparentemente negativa, no es en absoluto solamente atribuible a los jóvenes.

Ellos son el reflejo de lo que han recibido y heredado. Tanto es así que, cuando muestran desinterés por lo colectivo y apatía sobre su futuro, nos están enviando un mensaje claro y contundente: ¿Cómo habéis protegido el espacio común?, ¿Hacia dónde habéis dirigido vuestros pasos? ¿Cómo nos estáis amando?

Mirad a un joven desolado y observad en su persona la enseñanza que ha recibido.

 

Hoja de ruta: pasos a dar

La lectura humana, mundana y antropológica a mi modo de ver nos lleva a señalar y realizar estos pasos:

 

  • En el interior: Descubrir los mecanismos psicológicos por los cuales los jóvenes en plena adolescencia han ido perdiendo su esencia revolucionaria. Por todos es sabido, que la juventud se caracteriza por el ímpetu, la fuerza, el cuestionamiento y la rebeldía. Una vez descubiertos esos condicionantes, podemos trabajar con eficacia a través de intervenciones sistematizadas, con el fin de mejorar las capacidades personales de los jóvenes.
  • En el exterior: Descubrir y analizar los contextos sociales y familiares de los jóvenes que impiden o favorecen que se produzca el crecimiento en libertad y, simultáneamente, el conocimiento y ejercicio de los derechos universales. Y por tanto, fomentar espacios de cultura colectiva, analizar los contextos influyentes en la educación de los jóvenes como son los medios de comunicación y la tecnología.

 

Hasta aquí llega una propuesta de análisis del contexto sociocultural y su realidad personal desde los derechos humanos, en lo referente a la garantía de las libertades individuales y colectivas, igualdad y dignidad de la persona. Con estas premisas se podría conseguir un buen trabajo con los jóvenes educándoles en el camino, en el cual la persona (es decir, cada uno de ellos) se descubriera como garante de derechos individuales y colectivos. De este modo, descubriendo su valía personal, su dignidad y su estima por el solo hecho de ser persona, serían capaces de defender los derechos humanos para todos los hombres y mujeres. Aquí el trabajo con ellos supone concienciar y promocionar al ser humano, y supone recuperar la idea de que el éxito reside en “existir y ser en una sociedad justa, igualitaria y pacífica”.

 

En ruta: puntos de interés

Para trabajar con cualquier joven, desde la lectura de los derechos humanos, había que seguir un itinerario que consistía en lo siguiente:

–          Toma de conciencia de la realidad personal de cada uno. A través del trabajo en grupo, siempre es posible contrastar con otros la realidad personal, diferenciando las cualidades y limitaciones.

–          Conocimiento de mis emociones y afectos, descubriendo la propia historia personal desde la familia, colegio,… Descubrir mis miedos y el valor que tengo en mí mismo para los que me quieren.

–          Experiencias prácticas de personas que han conseguido, partiendo de una realidad personal muy pobre, una evolución personal positiva en la sociedad.

–          Explicación e ilustración, de los valores que propone la carta de derechos humanos como son los binomios “libertad–responsabilidad”, “justicia–equidad”, “igualdad –tolerancia”.

–          Toma de conciencia de mi realidad social. Conocimiento de las normas que regulan la vida en sociedad. Comparación con otras culturas y sociedades.

–          Conocimiento de los derechos colectivos que tenemos, cuáles son sus orígenes, sus fundamentos e historia.

–          Experiencias prácticas de lucha por esos derechos colectivos desde diferentes culturas a través de la historia.

–          Distinguir la diferencia entre “solidaridad-egoísmo”, la construcción social mediante el “esfuerzo común–esfuerzo individual”, “reconocimiento social-fracaso social”, “interés individual–interés común”, “poder–sumisión” y “responsabilidad individual–responsabilidad social”.

 

Con este proceso de trabajo se puede descubrir que los derechos universales son, en sí, un marco perfecto para poder desarrollar y despertar conciencias.

Un pequeño desarrollo de la declaración de los derechos humanos, sirve de referencia suficiente para crear y formar buenas personas. Es más, esta declaración estaba pensada para ser universal y, por tanto, aplicable como denominador común de convivencia a ser posible a todos los países del mundo.

En mi trabajo diario con jóvenes he ido observando cómo la llama de la igualdad y la justicia han prendido en ellos. Y muchos de ellos, sin la gracia de fe, han llegado a ser grandes activistas o militantes de las causas comunes. Han luchado contra del hambre en el mundo, contra de las violaciones de los derechos humanos, otros incluso, pasaron por prisión reivindicando la objeción de conciencia. Y a todos ellos, sólo les bastaban estos principios, para caminar, ser personas, ciudadanos ecuánimes y responsables.

Su esperanza se quedaba en la comunidad humana, en encontrar un mundo justo, sin guerras y en paz. Una sociedad en la que las personas exigen a los gobiernos justicia en el reparto de los bienes.

 

Obstáculos en el camino

Es conveniente señalar que estos caminos no son fáciles y que las elecciones basadas en el consenso y la solidaridad son difíciles de sobrellevar. El mundo es injusto para todos y este tipo de coherencia en la vida, ha llevado también a los jóvenes a ser más libres a costa de grandes renuncias individuales. Hay momentos de debilidad, desesperanza y frustración. Este mundo injusto, nos muestra su cara más amarga, cuando los parámetros de éxito están en el individualismo, la agresividad y la competencia deshumanizante. Y cuando también, en la propia sociedad se pisotean una y otra vez los derechos humanos, que tanto cuestan a muchos defender y por los que muchos han dejado su vida.

En este camino, a mi juicio, resulta más difícil mantenerse cuando aparecen los conflictos entre los ideales que se persiguen y la realidad. Es decir que el hecho de no creer o experimentar una realidad espiritual o trascendente, hace que sea una carga muy pesada y razón de desesperanza.

No obstante, al mismo tiempo he visto personas que sólo con la fuerza de una utopía, en un ideal de justicia y solidaridad, han llevado a cabo proyectos preciosos de concienciación a la sociedad, sobre la importancia de defender la dignidad humana y el derecho a la vida, en cualquiera de sus formas por encima del poder y el interés individual.

 

  1. Manantial de vida: la fe

Una vez expuesto el itinerario del crecimiento de la persona utilizando como base la Declaración de los Derechos Humanos, trataré de exponer el escaso conocimiento que he adquirido, en el desarrollo de la persona desde la fe.

Ya era evidente para mí, que el trabajo con personas jóvenes no nacía solamente de los ideales mundanos por muy necesarios y acertados que fueren. Cuando trabajaba con ellas, estaba educando en valores, estaba explicando unos conocimientos y estaba dando a conocer una experiencia personal. En este compartir, se producía un cambio en mí, que iba más allá de mi misma y de las personas con las que yo trabajaba. Si mi objetivo era formar ciudadanos, allí no había forma de conseguirlo sin experimentar el amor con el otro. La solidaridad, la responsabilidad, la libertad y la justicia no eran acicates suficientes para conseguir el camino del cambio en el otro. Eran ideales elevados, pero no nacían de una experiencia común, si no se producía un encuentro vital con el otro.

Cuando trabajaba desde las parroquias con grupos juveniles, me resultaba más fácil seguir el curso, evidentemente, había miles de procesos “catecumenales” como referencia, había miles de metodologías que utilizar. Todo ello para un objetivo diferente: formar cristianos. No sólo ciudadanos, sino creyentes felices y responsables de hacer ver el proyecto de Dios en el mundo.

 

El cauce de la fe

La realidad de la fe como experiencia en los jóvenes, se basaba en la creencia en los valores humanos, que bien podrían ser los desarrollados en la carta de derechos humanos. Pero en cuanto a la experiencia de fe, iban mucho más allá, superando a los anteriores, dado que se llega a profundizar en el sentido de la vida. Tanto a nivel individual para uno mismo como a nivel social, para los demás. Así pues, los jóvenes se preguntaban quiénes eran, cuál era su vocación (personal y colectiva) y cuál era la llamada de Dios en ellos.

Para llegar a este proceso ellos experimentaban la necesidad de conocerse a sí mismos en función del reconocimiento de Dios como padre, de Jesús como hermano y Señor, y acompañado por la fuerza del Espíritu. Ahí se entendía perfectamente la experiencia de fraternidad entre sus iguales, los hombres.

Para llegar a estas reflexiones los medios que han logrado movilizarles han sido: la oración, el compartir experiencias interiores trasformadoras con otros jóvenes, el reconocimiento de la Palabra de Dios. En el caso de la fe, el conocimiento interior de cada joven va mas allá de su psicología. Añade el conocimiento del alma y, por tanto, del sentido de la vida propia.

El análisis exterior o del entorno social del joven se lleva a cabo a través del reconocimiento de las experiencias de fe en su vida, familia, amigos, sociedad. Re-leyendo, en clave de Jesús los pasos dados, se puede avanzar e iluminar al joven en su responsabilidad con la sociedad como cristiano (deberes) y en el cómo alcanzar la felicidad desde el proyecto de Dios en él (derechos).

 

En el curso del agua: pasos a dar

Para despertar a la fe, había muchos factores a tener en cuenta, pero los más importantes eran los siguientes:

–          Descubrir qué nombre me puso Dios, qué identidad me dio, qué dones me regaló a nivel individual. Hacer esto a través del grupo, compartiendo experiencias de la acción de Dios en cada uno y sobre todo, siendo el grupo, espejo de la realidad individual de cada uno de sus miembros.

–          Proponer el evangelio, la oración individual y de grupo, conociendo las experiencias de fe de otras personas, momentos de encuentro, tiempo libre en común, salidas y celebraciones litúrgicas.

–          Descubrir a Jesús en el contexto de la familia y la escuela. Identificar qué importancia ha tenido y tiene en casa la fe aunque sólo sea a través de las celebraciones religiosas como la Navidad, ritos de tránsito (bodas y comuniones). Encontrar la identidad de Dios en mi familia.

–          Testimonios de familias, conocimiento de experiencias de fe en familia.

–          Descubrir la acción de Dios en el mundo. Reconocer la historia de su alianza con nosotros, las manifestaciones de su amor a través de conocer la realidad de los hombres y mujeres creyentes que hay en el mundo. Su labor social y su labor espiritual.

–          Contacto con comunidades de vida y fe, órdenes religiosas, de clausura, de acción por la justicia, conocimiento y experiencias de organizaciones caritativas y de acción social cristiana.

–          Descubrir el bien del mundo y en el mundo, reconocer los dones a través de la creación y la naturaleza, descubrir la vida en Dios, siendo reflejo del amor y la bondad.

–          Salidas y convivencias en la naturaleza, celebraciones al aire libre, compartir juegos, campamentos y ocio.

–          Discernimiento vocacional, descubrir quién soy yo para Dios. Dónde servir más y mejor, dónde está la fuente de mi felicidad, mi especificidad para los demás. Y también dónde me ha colocado Dios en mi vida y al lado de quién me ha puesto.

–          Experiencias de campos de trabajo desde diferentes carismas, laico, religioso o presbiteral.

 

Éste es un esbozo del itinerario de fe que he trabajado desde los ambientes pastorales en los que me he desenvuelto.

 

Bebiendo el agua

Para beber del agua de la fe, es necesaria la experiencia de un grupo de grupos que comparten oración y vida. Todos estos grupos son llevados de la mano por una persona o varias personas que acompañen, desde el Evangelio, a reinterpretar, sentir e iluminar la vida desde Jesús y su propuesta para el mundo.

Esto se traduce en formar grupos, en los que no solamente se trabajarían valores humanos (derechos humanos) como eje del planteamiento teórico, e incluso, partir de estos principios para dar inicio a procesos de carácter estrictamente personales y, paralelamente, introducir la fe como elemento clave de la persona.

En este sentido, desde mi punto de vista, es urgente que, en la animación de grupos de jóvenes, se dé un salto de calidad, que contemple y se atreva a introducir el aspecto de la fe como lo que es: una realidad más de la persona y la sociedad.

Para ello habrá que partir de las motivaciones, realidades personales y sociales anteriormente expuestas para dar un salto a la verdadera evangelización. Desde la formación de grupos pequeños en los que vivir la fe y no sólo capaces de acudir y organizar un tiempo libre divertido y atrayente, sino capaces de formar personas responsables y personas ciudadanas.

La propuesta de la fe añade la dificultad de introducir esta experiencia dentro del grupo. También desde los espacios de ocio y tiempo libre, pero como propuesta integral para todos los aspectos de la persona. No es cuestión de pasar solamente un rato divertido, sino proponer a Jesús como el centro mismo de la vida, como el sentido, como la respuesta a la angustia vital de los jóvenes, como revolución y camino, como esperanza y ruptura con la apatía, como fuente de alegría y sobre todo como fuente inagotable de amor.

Hasta aquí, estoy proponiendo que haya en los procesos formativos de nuestros jóvenes una motivación evangélica como referencia dado que las dificultades que encontramos en su existencia mundana les llevan a la desesperanza y despersonalización.

 

Agua amarga, agua limpia

La dificultad para trabajar desde lo pastoral siguiendo el cauce de la fe, provenía de lo humano, de la parte en la que psicológicamente los jóvenes se sienten incompletos, débiles y pobres u omnipotentes. El proceso y evolución en el trabajo pastoral de estos años ha sido la siguiente:

–          De sentir a Jesús como un camino de esfuerzo y renuncia, a no tolerar el esfuerzo a nivel individual que supone seguirle.

–          De experimentar la oración como fuente de vida, a presentar mayores dificultades para encontrar el silencio y la reflexión.

–          De vivir el grupo como lugar de fe, a vivir una fe más interiorista y aislada.

–          De buscar exigencias y experiencias de vida con fuerte coherencia evangélica, a rebajar el nivel de exigencia y centrarse en aspectos lúdicos de la evangelización con jóvenes.

–          De tener una experiencia integral de Jesús en sus vidas, a compartimentar la actividad evangélica separada de otras áreas de la vida.

 

De nuevo, la juventud no es la única responsable de esta situación, sino que viene dada por el enfriamiento y la falta de fe que nos asola. Igual que en la sociedad predomina el estado placentero, a través del alimento del instinto y la emoción como forma de evasión de la realidad, como forma de evitar la construcción personal madura, la fe no tiene cabida en estos espacios sociales. La ridiculización de todo lo que hable de Dios, empapa el discurso de los jóvenes y adultos llegando a rechazar y denostar todo lo que venga de Dios. La supremacía del ser humano frente a Dios y frente a los demás. Es la máxima de la infelicidad.

 

  1. Agua, fuente y vida: la misma realidad

Durante mi exposición he tratado de distinguir los dos trayectos diferenciados entre la fe y la sociedad, dejando claro que mi dificultad a lo largo de mi experiencia, ha sido siempre no caer en la falta de profesionalidad en el ámbito laboral, al introducir factores no medibles ni cuantificables como la fe. Por considerar que introducir en el trabajo con los jóvenes este don podía rayar el proselitismo o suscitar la falta de libertad en ellos, debido a la influencia del educador frente al educando.

He tratado de señalar a su vez, lo fácil que me ha resultado trabajar en las parroquias o movimientos juveniles, en los que el discurso de la fe era inherente al medio, en los que lo profesional era valorado como una mejora para el servicio a los demás.

Y bien, mis confusiones como imagináis era continuas, debido a que en mi interior estaba respondiendo a una exigencia que no era mía, tanto en el camino de la evangelización como en el profesional.

Siempre que se han producido cambios profundos en los jóvenes con los que he trabajado (aún aplicando las mejores técnicas teorías y metodologías) siempre, ha estado presente un componente de calidad que iba más allá (como he señalado anteriormente) del joven y de mí.

Era una experiencia que acababa no perteneciéndonos a ninguno de los dos, era una experiencia de amor, donde nuestras vidas se encontraban fuera de nuestras realidades individuales para formar parte de un todo en el que aportar la suma de nuestras cualidades y debilidades. Llevados por ÉL, atrapados por ÉL y sólo posible cuando nos centrábamos en ÉL. En todos los procesos educativos exitosos, el AMOR con mayúsculas es lo que ha generado la diferencia entre el éxito o el fracaso. Y no hablo de solidaridad, ni de justicia, ni de igualdad. Hablo de fraternidad, justicia evangélica y de perdón.

Por mucho que me esforzara en luchar frente a la tozudez, la rebeldía, el desafío de los jóvenes, su inconstancia, su infidelidad, su falta de empatía, etc… acababa yo volviéndome más tozuda, rebelde, miedosa, desafiante, infiel y prepotente.

La sensación de omnipotencia, me nace de la incapacidad para poder cambiar las cosas. De querer llegar más allá que los demás, de pensar que soy necesaria para los jóvenes, inteligente, dinámica o especial. Estas dos caras de la misma historia, este encuentro de dos realidades personales, el joven y yo. Este encuentro, se hace inútil, vago y destructivo cuando el educador se considera por encima, superior o más sabio.

¡Qué gran equivocación!, ¡qué fuente de sufrimiento me ha traído esta visión tan corta!

Al contrario, el ensanchamiento de mi persona, más allá de lo que imaginaba se ha producido sólo y a través de Jesús. Sólo y exclusivamente cuando le he dejado hacer a Él, y cuando me he dejado llevar, me ha regalado la dicha de ser su instrumento.

Me pedían que hablara de mi experiencia en todo lo que he vivido, sentido y experimentado y que a mi juicio es útil. Sería:

–          Dejar que Dios me lleve: Cuando soy yo la que considero que he conseguido algún cambio en otro, el orgullo me ciega y lo avanzado se va al traste.

–          Ir por delante de los jóvenes: Adivinando sus necesidades y anhelos, ofreciéndote tú mismo como encuentro de amor y no como experiencia profesional o como maestro, sino como amigo, mostrando tu debilidad y compartiéndola desde la autoridad que da el amor a Jesús.

–          Perdonar desde el amor, el perdón como exceso de amor. Esta experiencia es la más difícil, pero la que mayor felicidad aporta: pedir que sea Dios quien nos inunde de su amor para poder trasformar nuestros sentimientos.

–          Estar atento a lo que ocurre en el mundo, ser responsable con los acontecimientos sociales, trabajando en los grupos con ello para despertar la conciencia y sobre todo el mensaje de esperanza que es el Evangelio.

–          Interpretar los acontecimientos del mundo a la luz de la Palabra y ser valientes proponiéndolo como ideal humano a conseguir.

 

  1. Agua: para los sedientos y no sedientos

La necesidad del amor universal,

como premisa para el cumplimiento de los derechos humanos

La respuesta del AMOR como medio de cambio personal, y social no sólo es la propuesta de Jesús, sino que empapa los discursos técnicos e incluso políticos. A mi modesto entender cuando los expertos y profesionales de la psicología hablan de procesos “resilientes” (capacidad de algunas personas para sobreponerse a traumas vitales que provocan un intenso dolor emocional y lesión de la propia identidad) están hablando del proceso de amor gratuito que apunta Jesús.

Los cambios personales sólo se dan a través del amor insistente y libre. Que exige un trabajo responsable y exigente hacia los demás. Hasta hoy, se podría decir que nadie ha sido capaz de desmontar este argumento. Ningún técnico o ciudadano responsable cuestiona esta realidad del ser humano. Los derechos se consiguen y ejercitan desde el amor. Durante la revolución francesa, se proclamaba la fraternidad como valor universal a pesar de gestarse esta idea dentro del escenario político-social.

 

La necesidad de los derechos humanos vista desde la fe.

Para que exista fraternidad, es necesario reconocernos como hermanos, por tanto hijos de un mismo PADRE.

Para AMAR con mayúsculas, siempre he visto, tanto en creyentes como en no creyentes, la acción de Dios. Jesús es el mejor maestro en esto. Sólo Él cambió el curso de la historia con su “propuesta revolucionaria”: amar al enemigo, perdonar siempre, la preferencia por los pobres, las bienaventuranzas. Y en el AMOR, se encuentran incluidos todos los derechos humanos, porque en él descansa la igualdad, la dignidad, la justicia y sobre todo la esperanza.

Da igual si construimos desde las propuestas sociales o desde las propuestas de fe; yo todo lo veo como un único camino, que habla del “exceso de amor en el perdón”. Sólo somos capaces de movilizarnos y perdonar a quien nos hace daño, cuando podemos amarle. Sólo podemos perdonar de verdad cuando amamos. Visto así, el perdón a través del amor es revolucionario. De este modo se pueden construir procesos sociales basados en justicia, libertad e igualdad que garanticen unos mínimos derechos y deberes para todos.

Me gustaría concluir con la idea de que, apelando al cumplimento de los derechos humanos, estamos refiriéndonos al proyecto de amor en el mundo que propone el Evangelio. Estaría bien por tanto que las dos propuestas convergieran en el reconocimiento de la espiritualidad como realidad humana de primer orden y por tanto debería considerarse como una llave para construir un mundo en el que los derechos y deberes sean una práctica real entre nosotros.

Dios nos brinda una oportunidad. Cuando la secularización o la falta de valores es una constante en la sociedad, la ausencia de amor también se hace notar y esos vacíos los podemos llenar con esperanza y a su vez, transmitírsela a nuestros jóvenes.

 

Marta Simón Gil