Desde la delegación diocesana de Madrid de Infancia y Juventud.

Gregorio Roldán Collado

 

Juan Pablo II estuvo con nosotros el pasado mes de mayo. Hemos visto como los jóvenes congregados en la Vigilia de oración experimentaron un profundo sentido de eclesialidad. Vamos, que lo católico joven se puso de moda durante un par de horas.

 

Adentrémonos en aquella gigantesca asamblea de jóvenes. Fueron porque alguien les informó, les motivó y, en el mejor de los casos, hasta fueron acompañados por sus respectivos responsables de pastoral. No estaban todos los jóvenes de la Iglesia en España, pero fue muestra del rostro joven de la Iglesia.

 

¿Qué vieron? En primer lugar un mogollón de jóvenes que les estimuló al descubrir que no están solos en sus reducidos grupos parroquiales, o de movimientos, o de lo que sea… da igual. No se sintieron bichos raros si no gente normal con un gran proyecto. Tampoco eran todos los que asistieron miembros de grupos llamados por la prensa “neoconservadores”. Estaba el joven, cada joven perteneciendo a un grupo de referencia diferente, manifestando la riqueza de la Iglesia: unidad en la diversidad. Vieron a un hombre anciano al que los jóvenes le dijeron “tú eres joven”. Y se lo decían porque fue capaz de hacer de un discurso de dos folios escasos, un encuentro dialogado entre el Papa y los jóvenes. Un diálogo en el que Juan Pablo II presentó a Cristo contemplado en la escuela de la Virgen María. Les retó para que fueron cristianos también en este siglo XXI, comprometidos con el mundo, por la paz, y haciéndolo desde el cultivo de la interioridad. Los jóvenes tienen un gran compañero que les muestra el rostro de Cristo y les ofrece algunas pistas de como ha de ser el joven en la Iglesia y para el mundo.

 

Querámoslo o no, el Pontificado de Juan Pablo II ha impulsado la Pastoral de los jóvenes en toda la Iglesia. Es por ello que tenemos que dejarnos ayudar por la fuerza del Espíritu para saber comunicar a las generaciones jóvenes la fe de Jesucristo.

 

Las Delegaciones diocesanas de juventud han vivido muy de cerca, desde la primera Jornada mundial de la Juventud en mil novecientos ochenta y cinco, como en la Iglesia ha ido creciendo el cuidado pastoral para con los jóvenes. Las Delegaciones son depositarias de esta atención pastoral y pueden y han de ofrecer un servicio de animación pastoral al conjunto de las realidades institucionales que tienen presencia en la comunidad diocesana. Es servidora y para esto la constituye el Obispo diocesano dotándola de un proyecto, de personas y de medios necesarios para llevar a cabo su tarea evangelizadora.

 

Los destinatarios principales son los jóvenes. Y éstos han de ser protagonistas eclesiales en la elaboración de objetivos y acciones pastorales a desarrollar. No podemos hacer una pastoral de jóvenes pero sin ellos. Si creemos en los procesos que los jóvenes hacen en su Iniciación Cristiana, no podemos, al final, secuestrar su responsabilidad de bautizados, dejándoles como espectadores de un “tinglao” que hacemos los adultos. Ellos son laicos jóvenes en la Iglesia y también son cristianos en el siglo XXI.

El primer servicio será transmitir y realizar la experiencia fundamental: que el joven se sienta llamado por Jesucristo, a su seguimiento, y a la misión de anunciar a sus coetáneos con palabras y hechos la Buena Noticia. Un segundo servicio ha de ser, desde la diversidad mostrar al joven que sólo dentro de la iglesia como misterio de comunión se revela su propia identidad, de fiel laico. Desde aquí, el puede descubrir su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo. Otro servicio, es orientar el compromiso de los jóvenes desde la exigencia evangélica, la solidaridad con jóvenes en situaciones de marginación, pobreza, discapacidad, y conocer las nuevas realidades juveniles provenientes del campo de la inmigración. Pensando en los animadores de la pastoral de juventud se han de crear ámbitos de relación ya sean celebrativos o/y formativos. Y, sobre todo que las delegaciones sirvan para crear espacios y tiempos para la comunión eclesial.

 

Ser joven de las Bienaventuranzas es manifestar en la vida privada y pública que toda su existencia se inspira en el seguimiento de Cristo. Ser contemplativo significa escuchar la Palabra de Dios, hacer lectura crítica de la realidad en la que está inmerso, dejarse interpelar por ella, actuar como sujeto social activo y como testigo de su pertenencia a la iglesia asumiendo una actitud profética. La acción del joven católico pasa por ser artífice de la cultura y la promoción de la dignidad humana y el trabajo por el bien común, construyendo el clima de amor en las relaciones familiares.

 

Siendo el joven corresponsable y protagonista de la vida de la iglesia y de su misión, se ha de evitar que el joven se sienta sólo “como oveja sin pastor”. Por ello es necesario que se creen grupos de referencia y/o comunidades eclesiales de jóvenes donde el acompañamiento personalizado y la puesta en común de las propias experiencias de vida ayuden a sus miembros a vivir la fe de la iglesia en espacios y tiempos concretos, a asumir progresivamente el compromiso por construir una civilización del amor y el trabajo por la justicia y la paz que dignifican al hombre, a discernir el estado de vida, su vocación para servicio de la iglesia y el mundo.

 

El animador de pastoral de juventud, al que se le ha encomendado la aventura de acompañar al joven, es persona con un claro compromiso de misión y servicio, integrado en la vida de la Iglesia. Por ello, los rasgos de este testigo y apóstol que han de destacar en él son su eclesialidad, su espiritualidad cristocéntrica, su madurez personal, capaz de caminar al lado del joven.

 

Nuestro reto está en ser ante los jóvenes testigos de Jesucristo, teniendo un encuentro personal con él que nos permita comunicar nuestra experiencia como anuncio lleno de alegría para la salvación de los hombres.

 

Gregorio Roldán Collado

Delegado diocesano de infancia y juventud.

Arzobispado de Madrid.