Dios se me hace mujer en estos días

Jesús Herrero

EXPERIENCIA DE ACOMPAÑAMIENTO

Se recoge aquí una “experiencia de acompañamiento de excluidos en el sur de Chile” llevada a cabo por miembros de las Comunidades ADSIS. La figura central de la exclusión es la mujer. Con razón, por tanto, “Dios se hizo mujer” en esta experiencia.

Unas entrañas heridas
por violencias de siglos que se hacen cotidianas.
Sus manos amasan el pan nuestro de cada día
y abrazan la ausencia nuestra de cada noche.
Sufren demasiado dolor,
pero sus ternuras son renovadas en
cada Luna llena.
Sólo me quedan la presencia y el silencio.

  1. Entrañas heridas

No se cuál es el motivo. El caso es que las experiencias se van acumulando y van de­jando un poso que en estos momentos puedo ya distinguir y pronunciar: Dios se me hace mu­jer en estos días.

Se vienen sucediendo encuentros que ali­mentan esta certeza y surge entonces la ne­cesidad de expulsar esta vivencia, de sacar a la luz lo que va dentro y arde y me inquieta. Trato sólo de descargarme un tanto de este peso amargo y dulce que conllevo con Dios. Y es que, en realidad, lo que veo, lo que voy en­tendiendo, lo que sufro y experimento, son entrañas heridas en cada mujer que se va descubriendo ante mi corazón.

Ya van siendo muchas para ser casualida­des: un hijo no deseado, un intento de suici­dio, un aborto clandestino, un marido que gol­pea, un trabajo mal pagado, un abuso y un en­gaño, una violación de años, un abandono desde años y para siempre, una botella que interrumpe soledades, una plata por vender­se, una herida que no cesa y una entraña que no sana, un psiquiatra que adormece y que re­trasa, unos hijos que no entienden y no cre­cen, una madre que visita desde la tumba re­clamando y hostigando, una máscara y un vestido prestados, una casa vacía, unas calles azules y húmedas que conversan y refugian ca­da noche, niñas sin padres, hambres y fríos, so­ledades, menosprecios, insultos y miedos…, so­bre todo, el miedo.

Hay otras mujeres, lo sé, sin tantas trancas, pero en ésas no se ha disfrazado Dios aún pa­ra visitarme, no son presencia que me inquie­te. Hablaré de aquéllas sin sus nombres (por sus marcas le conocerán…).

Y me pregunto ahora aquel porqué que de antemano uno presiente en su silencio, pero que persiste en sumarse a la cuenta del miste­rio y cobrarme sentimiento: por qué tanta en­traña herida, por qué esas mujeres, por qué esos ojos muertos y esas bocas secas y esos cuerpos. Por qué, Dios mío, te encuentras den­tro, por qué no sanas y liberas y abres sus so­ledades al aire del encuentro. Y por qué me cargas a mí con ellas y me haces sufrir, por qué no inventas otro modo de hacerme humano.

  1. Violencias de siglos y cotidianas

Cuando esas mujeres me hablan de los golpes, de esos gritos acallados en azotes, cuando detallan gestos y palabras, me traslado con la imaginación hacia otros tiempos. Con sus palabras al fondo, navego y visto otras épo­cas de la historia que parecían tan lejanas y que en esos momentos se presentan por la puerta de regreso y cubren el aire con inciensos y aro­mas ancestrales y pueblan la habitación de ca­denas y correas, y despierto a la conciencia entre salvajes.

Veo entonces rostros rudos o sádicos o en­fermos que son miserias de los siglos, que se han ido concentrando y acumulando. Son pol­vo de rencor y menosprecio hacia la mujer que, con su sola presencia, les niega a los verdu­gos la exclusiva forma del crear, del sentir, del pensar. Contra la cual sólo pueden volcar su fuerza oscura y cobarde para desahogar la fu­ria de la impotencia.

Cualquier medio les sirvió y aún les sirve pa­ra hacer valer su predominio: los golpes, las leyes laborales, las normas morales, las doc­trinas de iglesias y estados, las costumbres, la cultura y la complicidad del miedo. Esto que parecería ser sólo un mal sueño, como especie de acto fallido de humanidad, se hace en tantas mujeres presencia cotidiana Y aunque mi cora­zón no quiere aceptarlo, las marcas en sus al­mas y en sus cuerpos son bien reales, como la sed y como el hambre.

En todos los casos que escucho y trato de acoger, hay un gusto a derrota que siempre me incomoda pero que no cuestiono, porque pien­so que ya es suficiente con las imposiciones que sufren de otras manos. Su derrota es siem­pre clandestina; nadie puede decir pública­mente que su hombre la maltrata, que su jefe la explota o la relega, que la familia la minus­valora o la desprecia. Esas cosas tan sólo se saben, pero no se dicen. Esos infiernos sólo los reflejan las miradas y estas solidaridades del tacto, como corrientes subterráneas que discurren en los adentros de la vida y de la cultura de cada pueblo.

Me apena no poder desnudar entera la ciu­dad y levantar paredes y colocar altavoces en todas las poblaciones, para que todos puedan ver y oír con claridad esos rituales cotidianos de violencia, pecado e injusticia.

Llueve ahora con esa fuerza y persistencia de los inviernos del sur. Esta lluvia también es violenta y, de tanto desprenderse, se ha vuel­to nuestra: ya no hay sur sin lluvia ni mujer sin violencia.

  1. Manos que amasan el pan nuestro de cada día

A pesar de todo, estas mismas mujeres son las que mantienen, con su vida, la vida en pie, de milagro: la casa, los hijos, las cocinas, los supermercados y las oficinas, las ferias, las iglesias, las trastiendas, los negocios y las es­cuelas, todas las comidas y calores que ali­mentan y recrean.

Me cuestiona su paciencia, me subleva su silencio, pero admiro el pan que van haciendo, y ese amor que van mostrando a quienes no son dignos de merecerlo. De dónde nace to­da esa fuerza, cómo es posible que sigan ali­mentando la mano que las golpea, por qué lim­pian y construyen y amasan esos escenarios del odio. Limpian y ordenan y no pueden sacar sus fantasmas.

A veces, siento que las han domesticado con correas de miedo y de violencia, y me atre­vo por fin a rebatir su cansancio y a sublevar sus derechos. Las más de las veces me miran y callan, y su silencio me dice: «Aún no entien­des de amores e infiernos, de vida y sufrimien­tos. Acoge con paciencia y aprende realidades que no encubren los sueños salvadores ni las normas éticas ni los conceptos». Y me ataca ese viras perverso del fatalismo y me hace en­fermar la desproporción que encuentro entre mi pequeña isla y su océano.

Siguen cada día trabajando, trabajos mal pagados, trabajo tan sólo y esfuerzo, trabajo y sufrimiento. Cuerpos que entregan sin agotar su existencia, sin quejas. A veces, pienso que es una dulce venganza esa de mantener un in­visible y cierto cordón umbilical entre toda vi­da y sus vidas y sus manos y su paciencia y su trabajo.

Miro y dependo, amo esas manos que ama­san el pan nuestro de cada día. Pero entre mi dependencia y mi impotencia no logro desqui­tarme una pregunta: «¿Dónde está, al menos, la justicia?» La justicia se escondió bajo unas botas militares, la han visto huyendo por entre toneladas de papeles y formularios, se agaza­pa tras los púlpitos y está disfrazada de vieja costumbre. Sólo quedan las manos de mujer para hacer su trabajo.

  1. Manos que abrazan la ausencia nuestra de cada noche

Y llega la noche y se encienden con cla­ridad las ausencias. El pasado enturbiado de recuerdos, el futuro remoto y vacilante y un pre­sente bien necesitado de tacto y de escucha, de esas gratuitas presencias que respiren a un tiempo con una y sepan decir sin palabras que te necesitan y que te echan de menos aún cuando no te hayas ido. Lo imaginan todo y les falta alguien que imagine con ellas.

Vuelvo a mirar esas manos de mujer atra­pando ahora en el aire un esquivo amor con­cebido en los sueños, regresos y reencuentros que nunca se harán realidad. Pese a todo y para todo, sueñan, ellas siempre quedan so­ñando y ellos siempre faltando.

Todos esos amores malogrados las visitan sus camas, y el deseo, siempre cobarde y siem­pre mentira, viene a probarse en el martillo del tiempo y no aguanta el envite de la ternura y les deja la sangre y la ausencia enfermas.

Entonces preguntan: «¿Qué será de mi tiem­po?, ¿dónde guardaré tanto amor necesitado sin que se me pudra?» Y siempre es lo mismo: el sexo secuestrado, toda la casa profanada y la puerta de aquel secreto cuarto, intacta. .Es­toy cierto que hay una alma de mujer en este Pueblo y que es una alma herida. No sé cuán­to tiempo más seguirá sangrando, pero así cual­quier alegría no llega a ser risa y canto y felici­dad, nunca.

Quedarán las ausencias como lo único pre­sente y palpable, quedarán con los hijos del miedo, quedarán, tal vez, deambulando de error en error, exponiendo su corazón al desamparo. Quedarán huérfanas de calor y amistad hasta que el diablo de la locura o la resignación las en­tierre.

Y pienso ahora en aquellos hombres ausen­tes en cada historia y no logro ver sus rostros claramente, pero presiento, sí, en cada uno el cosquilleo de la muerte.

Aquí es donde ya me desprendo, me desar­mo y he muerto a cualquier ingenuidad bienhe­chora. Soy mudo, soy ciego, soy cobarde. Tal vez, al fin quede tan sólo un resto de complici­dad solidaria entre pobres; por padecer ausen­cias, pobres ellas, empobrecido yo, por último las mismas soledades, las mismas necesida­des. En la apuesta suicida y fiada encuentro la diferencia, y con eso me basta al menos.

Me sobra decir que el Evangelio respirado en este tiempo es buena noticia, aún con to­do, misteriosa y también dolorosa por cierto. Pero es buena noticia, al fin, eso de que Dios me entregue su presencia de mujer sufriente y me enseñe a padecer por amor.

Y veo moverse esas manos atrapando el vacío y compruebo que el amor es la razón úl­tima de la vida. Por eso el desamor es su ma­yor infierno.

Ponen ahora en la radio una de esas can­ciones de amor que están de moda y sé ya que cualquier parecido con la realidad es pu­ra coincidencia. La radio distorsiona los ritmos y melodías de la vida real.

  1. Demasiado dolor

Todo aparente callejón sin salida tiene una puerta en uno mismo. Pero no siempre se escapa hacia afuera. Hay veces en las que la huida es una carrera frenética hacia los abis­mos de uno mismo, y el callejón es entonces pared de cementerio.

Aunque sólo buscaban la paz, la armonía, la quietud comprensiva, algunas mujeres encon­traron de pronto que era demasiado el dolor que vivían como para seguir viviendo y dejaron de pensar y de sentir y de luchar, y dejaron de vivir.

He presenciado antesalas y me han herido preguntas y quejas últimas: «Tengo tanto mie­do a volverme loca… Sólo así encontraré la paz. Sé que el suicidio es pecado, pero mayor pecado aún es el sufrimiento injusto. Dios sa­brá qué hacer conmigo».

¿Con qué puede uno negar estas verdades? ¿Cómo bucear en adentros de mujer sin violar sus secretos? ¿Cómo recuperarlas, de nuevo, para la vida? Le he gritado a Dios que me dije­ra cómo, cómo puede uno acompañar el ca­mino de un condenado a muerte y seguir son­riendo. Sólo él debe de saberlo, pero se empe­ña ahora en ser camino de estas mujeres, ¡sin hacer nada!

Me sumerjo en este dolor incomprensible y en mi incomprensión dolorosa y llego a des­nudarme de todo. Algunas veces me viste la fe, pero otras veces más me queda el frío de la duda. Y me retumban nombres y se encien­den rostros y pienso en cementerios y en manicomios y me sobresaltan temores y me es­tallan sentimientos que no puedo expresar.

Es mi guerra particular contra la desesperanza siempre agonizante. Una guerra extraña y desi­gual que nunca podré vencer del todo. Sigo lu­chándola cada día, recobrando fuerzas en el Je­sús paciente, joven, pobre y mujer ahora, vi­viente en los trances de la frontera de la muerte.

Aquí caminamos permanentemente en los límites de la tierra y de lo humano. Dicen los indígenas que Chile es palabra mapuche que significa «donde la tierra termina». Vivo ahora en la certeza de acompañar el camino de al­gunas mujeres hasta el límite de sí mismas y no saber cómo ayudarlas a regresar.

En estos casos de mujeres fronterizas no suelo preguntar ni decir nada, me da pánico saber más. Temo que me pasen ese dolor y que me aplaste. Tan sólo escucho, tan sólo callo y trato de acoger sus voces con mis manos y sentir su peso. Callado ante el dolor, callado an­te el misterio. En sus lágrimas me lavo de deli­tos y pecados, y hay momentos en los que me siento más humano y más vacío, y encuentro que, cuando se van, su carga también es más liviana. En la estela de, su partida se distinguen preguntas que lastiman mis últimas certezas.

El ambiente de la habitación se ha vuelto ahora denso e irrespirable por el humo y debo abrir rápidamente la puerta al aire nuevo para poder seguir respirando.

  1. Ternuras renovadas en cada Luna llena

Permanezco inmóvil en mí mismo y re­cuerdo el sueño repetido de cada noche: me veo caminando por la ciudad acompañando gentes hasta su casa. Se acercan y me dicen su direc­ción y me piden que las lleve. Así durante todo el día. De pronto, llega la noche y me encuentro en mitad de la calle en plena lluvia, sin ninguna compañía, sin saber volver a mi casa. Ahora se ha hecho ya de noche y hay luna llena.

Siempre he creído que la Luna es un espec­táculo del misterio. Tal vez sea su particular luz, tal vez sus ocultamientos, sus formas cambian­tes o sus secretas relaciones casi la Tierra. Se­guimos sin saber qué tiene su cara oculta que tanta atracción nos despierta Lo que sí sé es que la Luna es definitivamente mujer. Bajo la forma de una batería inmensa de esperanza, mis hermanas pueden en ella recargar de ter­nura sus heridas y sanarlas. En muchos rostros pude ver asomarse misteriosamente, por entre las lágrimas, una sonrisa recién estrenada. Y he recobrado el aliento de mis ojos al ver su alegría acariciando mi alma, esta vez sin arañazos.

Me siento ahora más amado por Dios des­pués de luchar, y me rehace amamantándome de consuelo y de esperanza. Con esa gratuita paz de anocheceres, después de la lenta ago­nía de la tarde, la Luna se ha presentado con presagios de otra vida. Y las mujeres tiernas y doloridas, volcanes apaciguados por el llanto, me han mostrado esa trastienda de la vida, dispuesta sólo para humanos.

Recuerdo que de su mano bajé al fondo de sus miserias, tuve presentimientos sudorosos y, a veces, me quebraron los tímpanos del al­ma. Pero también aprendí a hacer del silencio un buen ungüento, a permanecer sintiendo hasta entrañar el corazón en la mirada, en el respeto, y sospeché a Dios mismo en cada pliegue de sus lamentos. Acogí sin más y has­ta lo impropio, y todo eso se ha hecho ya vi­vencia imborrable. Si no fuera por esas reno­vaciones misteriosas que el buen Dios de la Vida aproxima en cada Luna, tal vez mis her­manas y yo mismo, hubiéramos sucumbido ya ante aquel miedo. Hoy recibo una flor y unos choritos enlatados, y descubro en ellos la luz de la mañana.

  1. Una presencia y un silencio

No me queda mucho que decir, pero tam­poco quiero callar estas palabras: sólo una pre­sencia y un silencio bastan para acercar un poco de futuro a tanto pasado amargo y a es­tos presentes muertos, con tal de que no te engañe tu propio miedo.

Las preguntas sin respuesta quedaron ahí sin más urgencia. Volverán seguro a rebotar un día golpeando mi conciencia, pero ya estoy más listo para darles la batalla, porque descu­bro que la fuerza está en cada mujer, en cada niño, en cada joven, en la vida que sostienen y en su terca esperanza de Pascua.

Creo que mi tarea ahora se camina más por esta senda del ministerio de frontera, mi­nisterio del silencio, la escucha y la presencia. Porque Dios me ayudó a creer en este Pueblo y en sus mujeres. Y a creer que él mismo se hace mujer en estos días.

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