Ecología y ética: cuidar de todos y de todo

Eugenio Alburquerque

 

Pie Autor

Eugenio Alburquerque es profesor en el Instituto Superior de Teología «Don Bosco» (Madrid) y miembro del Consejo de Redacción de Misión Joven.

 

Síntesis del Artículo

Tras describir el «desafío ecológico», comprobando la profunda crisis de civilización que esconde dentro –vinculada a un desmedido antropocentrismo–, el artículo se coloca en el horizonte de un nuevo paradigma ecológico –holístico– que implica el paso de la concepción del «hombre separado de la naturaleza» al «hombre como parte de la naturaleza» y preocupado por todas las formas de vida existentes en ella. Ahí se sitúa también la «ética ecológica» cuyos “principios básicos serían: la responsabilidad por todo lo que vive, la justicia social y ecológica, el desarrollo sostenible y la convivencia armoniosa y pacífica entre todos los seres de la creación”.

 

 

La ecología es «la ciencia de la casa». No tiene que ver simplemente con la naturaleza y el entorno; tiene que ver con la «casa» y sus gentes, con la sociedad, el desarrollo y la cultura, con la tecnología y la economía, con las condiciones de la calidad de vida, con la armonía entre los seres humanos y entre los humanos y la naturaleza, el cosmos, la madre Tierra, tan amenazada y degradada. Por eso, la ecología es relación y diálogo, interdependencia e interacción; y, por eso, como ha subrayado Boff, todo lo que existe, coexiste; todo lo que coexiste, preexiste; y todo lo que coexiste y preexiste, subsiste a través de una tela infinita de relaciones omnicomprensivas[1].

No es posible, por tanto, respecto a la ecología, ningún tipo de reduccionismos o de simplificaciones. No es sólo una disciplina científica o un movimiento social. Es también un programa de intervenciones económicas y políticas; es una mentalidad y una forma de filosofía, una opción ética, un horizonte educativo, una sensibilidad abierta a todo lo que es vida.

Situados en esta perspectiva, podemos comprender que la crisis ecológica constituye una profunda crisis de civilización; y que la solución al problema ecológico pasa por “un cambio radical de los principales fundamentos que inspiran y determinan el obrar de los hombres” (L. D. Meadows), que es absolutamente necesario una revisión de los fines, de las concepciones antropológicas y éticas (E. F. Schumacher), para llegar a una “nueva concepción normativa” (A. Peccei). En esta perspectiva ética nos situamos, convencidos de la necesidad de una verdadera «revolución moral», capaz de estimular convicciones profundas, adhesión a los valores y unas actitudes que hagan posible emerger una nueva civilización, una cultura reconciliada con la naturaleza, un auténtico humanismo.

 

 

1 El desafío ecológico

 

Parece innegable que una de las más graves preocupaciones sociales que tiene hoy la humanidad es la «cuestión ecológica». Desde hace varias décadas, emulando a los viejos profetas bíblicos, se suceden las denuncias: el deterioro de la tierra es tal que se está poniendo en peligro la supervivencia de la humanidad[2]. El hombre ha explotado la naturaleza, pensando quizás que era inagotable o incluso persuadido de que su acción, lejos de destruirla, la mejoraba. Pero, al actuar de espaldas a la naturaleza, ha acarreado unos perjuicios irreversibles a escala mundial. La extensión y profundidad de la degradación ecológica es tal que se ha llegado a afirmar que nuestro mundo es un mundo «de alto riesgo», que hemos llegado a un punto crítico, a una situación irreversible.

 

Los hechos y los datos son conocidos. Sabemos que el desastre ecológico alcanza a todo el planeta: tierra, aire, agua. Desertización, disminución alarmante de la biodiversidad, eclosión demográfica, desaparición de bosques, contaminación de mares y ríos, escasez de agua dulce, efecto invernadero, cambio climático, deterioro de la capa de ozono, constituyen algunos de los signos y amenazas del desastre. Toda esta degradación no es algo fortuito. Es, más bien, como denuncia Boff, la consecuencia de un asalto, de una agresión, de una matanza acelerada, perpetrada en beneficio exclusivo de la generación presente. El resultado es: hambre, enfermedad, muerte y violencia. Hay una violencia socioeconómica y política sobre pueblos, naciones y clases; y hay también una violencia de carácter estructural sobre la naturaleza que degrada ecosistemas, produce contaminación y afecta directamente al ser humano. Sufrimos, como diagnosticó Schumacher, una «enfermedad metafísica» que consiste en nos sentirnos parte de la naturaleza, sino “como una fuerza exterior destinada a dominarla y conquistarla”[3].

 

Detrás del problema y del desafío ecológico hay muchos factores que conducen a la encrucijada planetaria. Quizás, en la base, hay una tecnología agresiva y contaminadora, que lleva a la explotación sistemática de los recursos naturales, el envenenamiento del suelo, la deforestación, la contaminación atmosférica y química de los alimentos.

Pero la tecnología no existe en sí misma y por sí misma. Sirve siempre al desarrollo. Es, pues, el actual modelo de desarrollo el que debe ser cuestionado, porque él es el responsable de la crisis ecológica. Las sociedades actuales se rigen por el mito del progreso y del crecimiento ilimitado, que obedece a la lógica férrea de la maximización de los beneficios con la minimización de los costes y del tiempo empleado. En función de este objetivo se monta la máquina productivista para extraer de la Tierra todo cuanto pueda suministrar. Asistimos así al asalto planificado de las riquezas del suelo y del subsuelo, de los mares y los ríos, del aire y de la atmósfera.

 

A su vez, el modelo de desarrollo remite a un modelo de sociedad. Ella, la sociedad, piensa y planifica el tipo de desarrollo que desea. La sociedad moderna, tanto la capitalista como la marxista, ha vivido y vive del presupuesto que lo importante es crecer, tener, expandir los mercados. Pueden existir diferencias en los modos de producción y distribución; pero coinciden en las metas economicistas. Ambos modelos de sociedad han terminado por romper la Tierra, por reducirla a una reserva de materias primas. Incluso las personas son cosificadas y pasan a formar parte de la «reserva» que ha de ser explotada.

En el fondo, en las sociedades actuales el ser humano se ha colocado a sí mismo como centro de todo. Todo debe estar a su servicio. Todo puede ser, por tanto, objeto de conquista y dominación. La raíz del deterioro ecológico está, pues, en una civilización dominadora, centrada en el hombre. Con su poder, a través de la tecnología, domina y somete. Sólo un cambio profundo de actitudes puede alterar e invertir la orientación de la crisis.

 

 

            2 Un nuevo paradigma ecológico

 

No parece que resulte difícil aceptar que, realmente, es ese fuerte antropocentrismo el responsable más directo de la crisis ecológica. La convicción de que el género humano tiene por derecho el dominio sobre el mundo ha llevado a justificar la explotación indiscriminada de una naturaleza que simplemente era concebida como materia inerte en las manos del hombre. Desde una comprensión antropocéntrica la naturaleza es vista como objeto de dominio, de provecho e interés para el hombre. De modo que, cuando la ciencia y la técnica permiten soñar con un progreso sin límites, la naturaleza queda reducida a un material meramente pasivo en manos de un dueño arbitrario y despótico.

Pero cuando se comienza a ver que este antropocentrismo científico-técnico depredador está conduciendo a gravísimos problemas a la naturaleza y al ser humano, cuando empezamos a ser conscientes de que sus promesas se convierten en amenazas, empieza a sentirse también la necesidad de un cambio de paradigma, de una nueva dirección, de un desplazamiento o desbordamiento de esa centralidad del ser humano. El hombre no puede, en su relación con la naturaleza, seguir explotando y expoliando, sometiendo y conquistando, porque con semejantes pretensiones no hay esperanzas ni para la naturaleza, ni para el mismo hombre.

 

Es esta convicción de que la crisis de la naturaleza afecta al hombre integral, la que orienta el nuevo paradigma ecológico: la sensibilidad holista, que supone el paso de la concepción del «hombre separado de la naturaleza» a la del «hombre como parte de la naturaleza». La corriente holista piensa que el origen de la crisis ecológica se encuentra en la cosmología occidental, que concibe el universo como un agregado de seres independientes, hace a los seres humanos fuente de toda valoración y atribuye a las demás criaturas solamente valores instrumentales. Por ello, esta concepción lleva al abuso y a la explotación de la naturaleza. En contraposición, la ecología holista defiende una nueva cosmovisión: el universo no es el resultado de un conjunto de elementos independientes, sino de la unidad de relaciones del todo. Por lo tanto, el hombre no está fuera de la naturaleza o por encima de ella, sino que es parte de ella. Como escribió Teilhard de Chardin: “Nuestra pobre e insignificante existencia forma un bloque con la inmensidad de todo lo que existe y todo cuanto deviene”[4].

 

El paradigma holista implica una ecología que incluye y se preocupa por todas las formas de vida, que reconoce la interdependencia de todas ellas y que pretende superar las divisiones entre los seres humanos y entre éstos y los demás seres. El holismo significa, pues, el esfuerzo por interpretar el todo en las partes y las partes en el todo. Por ello, la clave de esta ecología holista es la relación: todo se encuentra relacionado y fuera de la relación no existe nada. Desde esta visión relacional no existe la ley del más fuerte. Todos los seres poseen su valor, su «derechos», su relativa autonomía; nada es superfluo y también «lo pequeño es hermoso» e importante.

Si para Haeckel, padre fundador, la ecología constituía una rama sectorial de la biología, en la visión holista adquiere un sentido global. No tiene que ver simplemente con el medio ambiente, sino que comprende toda la realidad existente y se ocupa y preocupa de aspectos biológicos, cosmológicos, éticos y teológicos. Por ello, hoy se habla de ecología natural, social, humana; y también de eco-tecnología, eco-política, eco-sofía, eco-ética, eco-teología. Todo esto significa una nueva forma de abordar las cuestiones ecológicas: una forma, cabalmente, más complexiva y globalizadora.

 

Este dinamismo de totalidad e interdependencia del universo apunta además no sólo la amplitud y complejidad de la cuestión ecológica, sino también un hondo sentido de complementariedad y reciprocidad. En el fondo, el paso de una concepción antropocéntrica a una dimensión holista implica el reconocimiento, como escribió Schweizer, de que “yo soy vida que quiere vivir en medio de vida que quiere vivir”[5]. La nueva conciencia ecológica se preocupa del ser humano; pero no sólo de él. Se preocupa de él, unido y vinculado con la naturaleza, y busca la paz y la armonía del hombre consigo mismo, con los otros hombres y con todos los seres creados.

 

Pero esta armonía cósmica, total, es, más bien, promesa, camino abierto al futuro. En realidad, ningún ser está acabado y ha llegado ya a la plenitud. Especialmente el cristiano acepta que Dios no ha concluido su obra, ni ha acabado de crear. Se abre el tiempo de la responsabilidad humana de proseguir la tarea creadora. Pero no es ya ésta, una llamada al dominio y a la conquista. El pensamiento holista vincula la responsabilidad creativa a todo el proceso evolutivo del cosmos. El ser humano no es, en modo alguno, un testigo pasivo; es administrador activo del proceso de la evolución sobre la Tierra. Y, al estar todos relacionados mutua y recíprocamente, al tener todos un origen común, la administración humana ha de ser consciente de que todos tenemos también un destino y un futuro común. Dentro de este futuro común se sitúa el destino personal de cada uno de los seres, ya que cada ser, aún siendo único y singular, no se entiende sólo por sí mismo sin los demás.

En definitiva, la ecología holista nos remite a una nueva dimensión de la conciencia: a la importancia de la Tierra como un todo, a la interdependencia entre todos los seres creados, al destino común de la naturaleza y del ser humano. Al mismo tiempo, denuncia con mayor firmeza las grandes amenazas que se ciernen sobre nuestro planeta, y señala la necesidad urgente de una reorientación ética.

 

 

            3 Hacia una ética ecológica

 

Durante muchos siglos ha dominado la concepción antropocéntrica, que ha orientado una ética centrada también en el valor absoluto de la persona, considerada como sujeto al que todo se ordena y de quien todo depende. Con Kant, se ha insistido en marcar una frontera radical entre quienes son fines en sí, sujetos de derechos y merecedores de respeto, los seres racionales, y quienes son medios, todos los demás seres. Si, por una parte, esta teoría tiene el mérito de subrayar la dignidad de todo ser humano y de fundamentar sus derechos, por otra, ha propiciado la negación del valor intrínseco y la aplicación de los derechos a los demás seres de la creación. Quizás el primer desafío ético que proviene del nuevo paradigma holista es precisamente llegar al reconocimiento de que, junto a un derecho humano y social, hay también un derecho ecológico y cósmico. Es decir, la ecología holista impulsa una ética que, superando el radicalismo antropocéntrico, avance hacia una sensibilidad ecocéntrica que reconozca un valor intrínseco a la naturaleza como tal y al hombre como miembro de ella[6].

 

Sin renunciar al valor y dignidad intrínsecos de la persona, es obligado aceptar que forma parte de la naturaleza, está relacionada con ella, y sólo en relación con ella se desarrolla y realiza. De manera que, rompiendo estas relaciones, la daña o destruye, y tarde o temprano experimenta las funestas consecuencias, teniendo que pagar un precio bien caro. Como explica N.M. Sosa, éticamente no se puede seguir pensando en términos de «hombre-y-naturaleza»; hay que pensar en términos «hombre-en-la-naturaleza», entendiendo la comunidad real de los seres humanos, la constituida por éstos más el resto de los seres (vivos o no) que constituyen el medio en que los humanos viven[7]. Por ello, la tarea ética se cifra en rehacer la alianza destruida entre los seres humanos y la naturaleza, en buscar de nuevo la armonía, el equilibrio y la paz. En esto consistiría realmente el bien común: no simplemente en el bien común humano, sino en el bien común cósmico. Y desde el bien común, así entendido, la ética ecológica proclama: “es bueno todo lo que conserva y promueve a todos los seres, especialmente a los vivos y, de entre los vivos, a los más débiles; malo es todo lo que perjudica, disminuye y hace desaparecer a los seres”[8]. Esta proclamación señala y proyecta un nuevo paradigma moral cuyos principios básicos son: la responsabilidad por todo lo que existe y vive, la justicia social y ecológica, el desarrollo sostenible y la convivencia armoniosa y pacífica entre todos los seres de la creación.

 

            3.1. Responsabilidad por todo lo que vive

 

El sometimiento de la naturaleza, esa «invasión violadora del orden cósmico» a la que el hombre se ha entregado, le sitúa ante el mayor reto que quizás nunca se le haya presentado. Como enseña H. Jonas, las grandes amenazas actuales ponen la responsabilidad en el centro de la ética. El hombre de la Modernidad ha de aprender a pasar de su «antropolatría» constitutiva a una visión más modesta: la de «administrador» de una tierra que no es suya; y tiene que comprometerse a evitar mediante «frenos voluntarios» que su poder y su desenfreno provoquen un desastre que resultaría irreparable. Desde el temor y el respeto, el «principio responsabilidad» mira no sólo a “preservar la permanente ambigüedad de la libertad del hombre”, sino, especialmente, a “preservar la integridad de su mundo y de su esencia frente a los abusos del poder”[9].

 

Mientras la moral tradicional era antropocéntrica y reducía su campo al aquí y al ahora, el «principio responsabilidad» tiene que abrirse hoy a las condiciones globales de la vida, al obrar colectivo, a un futuro remoto, a la existencia misma de la especie humana. Porque es esto lo que está en juego, es necesario llegar a una concepción nueva de derechos y de deberes. No podemos quedarnos sólo en la búsqueda del bien humano; hemos de buscar también el bien de los seres y de las cosas extrahumanas, ampliando el reconocimiento de valores y «fines en sí mismos» más allá de la esfera humana, e incorporando al concepto de bien común, su cuidado. Esta consideración conduce a un nuevo imperativo ético, más adecuado al nuevo tipo de acciones humanas y de sujetos de la acción. En la formulación que hace el mismo Jonas, reza así: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra”; o expresado negativamente: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción no sean destructivos para la futura posibilidad de esa vida”[10].

 

La responsabilidad se extiende, pues, al porvenir de la naturaleza y al porvenir de la humanidad, en la convicción de que ambos van juntos. Pero la responsabilidad hacia la naturaleza no es simplemente condición para un porvenir adecuado del hombre. Incluso si pudiéramos disociar ambas cosas, la vida de la Tierra exigiría nuestra protección y cuidado. Ahora bien, “dado que de hecho no es posible separarlas y dado que en lo más decisivo –esto es, en la alternativa conservación o destrucción– el interés del hombre coincide con el del resto de lo vivo en cuanto es su morada terrena en el más sublime de los sentidos, podemos contemplar ambos deberes como uno solo bajo la idea del deber para con el hombre, sin por ello caer en el reduccionismo antropocentrista”[11].

Desde esta perspectiva ética, la naturaleza mantiene su propia dignidad. Esta dignidad se opone al uso arbitrario del poder humano y demanda una ética de responsabilidad que exige: conservación, custodia, protección y respeto; y que rechaza todo lo que es violación y destrucción. Pero, sobre todo, desde el «no» al no ser, la ética de la responsabilidad quiere proclamar el «sí» al ser, a todo lo que existe y vive.

 

            3.2. Justicia social ante el grito de los pobres y de la Tierra

 

La responsabilidad por todo lo que vive tiene que expresarse en el compromiso por la justicia social. Si la ética ecológica quiere afirmar la vida de todos, tiene que promover el derecho de todos, especialmente de los excluidos del banquete de la vida, de los pobres de hoy y de las generaciones futuras. Este es el camino de la justicia. Si no existe la justicia, la dignidad de la persona y de la naturaleza es mera palabrería.

 

Toda la ética social gira en torno a la justicia; y desde la justicia hay que expresar la ética ecológica, porque, como ha mostrado E. Dussell, la destrucción ecológica y la pobreza son dos fenómenos correlacionados que tienen una misma causa[12]. Según L. Boff, la teología de la liberación y la ecología tienen en común que parten de dos heridas sangrantes: la herida de la pobreza, que rompe el tejido social de millones de seres humanos, y la agresión sistemática a la Tierra, que rompe el equilibrio del planeta. Ambas parten de un clamor: el grito de los pobres por la vida y el grito de la Tierra que gime bajo la opresión. Por ello, si inicialmente la teología de la liberación no nace de la preocupación ecológica sino de la situación de explotación de los hijos e hijas de la Tierra, hoy no puede menos de sentirse interpelada por ese doble grito angustioso y reconocer que el pobre y el oprimido son miembros de una naturaleza sangrante, y su situación supone objetivamente una agresión ecológica. Como dijo Indira Gandhi, “el más grande desastre ecológico es la pobreza”[13]. En realidad, la misma lógica del sistema dominante que lleva a explotar a los trabajadores, lleva también a expoliar naciones enteras y a depredar la naturaleza.

 

La superación de esa lógica de explotación y opresión precisa la acción y el compromiso por la justicia social; y para garantizar la vida y la dignidad de todos, la justicia social ha de convertirse en justicia ecológica. Defender la naturaleza tiene que estar indefectiblemente unido a la causa de los pobres, que son quienes más sufren la degradación ecológica. Ante los atropellos a los que está sometida la naturaleza y ante las condiciones de hambre y miseria de tantos seres humanos, ese compromiso fundamental se expresa tanto en la lucha y la acción por la justicia como en la denuncia de la injusticia.

No podemos acostumbrarnos a convivir con la injusticia; por ello se necesita socialmente la audacia para denunciar la especulación, el fraude, la explotación, la discriminación, la exclusión. Pero el compromiso por la justicia se concentra especialmente en el reconocimiento del valor, dignidad y derechos de los seres humanos y de los demás seres creados, en el esfuerzo de una búsqueda permanente de la igualdad, y en la realización de la solidaridad, entendida como compromiso por el bien común y adhesión a la causa de los otros, especialmente de los más débiles y vulnerables.

 

            3.3. Desarrollo sostenible

 

Cada vez aparece más evidente que el subdesarrollo del 80% de la población está relacionado con la explotación de la naturaleza por parte del 20% rico. Por ello, la acción de la justicia social tiene que concentrarse especialmente en la promoción del desarrollo.

En 1983, la Comisión Mundial sobre el Ambiente y el Desarrollo, presidida por la noruega Gro Harlem Brundtland pone de manifiesto, precisamente, la deteriorada situación del planeta y la pobreza en el mundo y propone trabajar en la dirección de un «desarrollo sostenible», que supone el intento de afrontar de manera integrada el doble desafío de la situación de pobreza en que vive una gran mayoría de la población del planeta y de la galopante explotación de la naturaleza[14]. Hoy, el concepto de desarrollo sostenible entra a formar parte del entramado ético de nuestra sociedad, especialmente de la ética ecológica. Conlleva la lucha contra la pobreza, el equilibrio entre la mejora de los medios de subsistencia, la protección del medio ambiente y la creación de mayores oportunidades de empleo. Pretende, sobre todo, que el desarrollo de todos sea verdaderamente «sostenible»; es decir, que pueda mantenerse indefinidamente y sea compatible con el necesario equilibrio medioambiental y demográfico. Ha de ir unido no sólo a la soledad sincrónica respecto a nuestros contemporáneos, sino también a una solidaridad diacrónica, esto es, a través del tiempo, pensando y mirando también a las generaciones venideras[15].

 

Desde una perspectiva ética, la búsqueda del desarrollo sostenible implica la atención a las personas y a los ecosistemas, la preocupación no sólo por un mayor nivel de vida, sino también por mejorar la calidad de la vida, la promoción del «ser más» antes que del simple «tener más», la reducción de los intereses productivistas, consumistas y hedonistas que orientan hoy muchas de nuestras sociedades, la tutela del patrimonio natural y cultural, la estima por una vida más sobria, la recuperación del gusto por la contemplación, la belleza, la creatividad.

 

            3.4. Convivencia armoniosa

 

El verdadero desarrollo debe ser con la naturaleza, no contra la naturaleza. Tiene que llevarnos a los humanos a vivir y convivir en paz con la naturaleza, a superar la siniestra etapa de dominación y a verla y sentirla como «amiga». En realidad, hacer las paces con la naturaleza equivale a hacer la paz con nosotros mismos, recuperar un espacio de humanidad y de esperanza. De dominado, el hombre se volvió dominador de la naturaleza. Es tiempo de aprender a sentirse cohabitante del planeta, porque de esta convivencia y equilibrio, de esta nueva alianza entre hombre y naturaleza, la humanidad será la más beneficiada[16].

 

Esta convivencia pacífica y armoniosa es escucha del mensaje que cada ser vivo lanza en su existencia, es relación con todo el entorno ambiental, es capacidad para apreciar su complejidad, grandeza y belleza. Exige e implica crecer en solidaridad con todos los seres, empezando por los más débiles; e implica también la disposición y la pasión por contemplar, cultivar y humanizar el entorno, tareas, sin duda, arduas y difíciles para los hombres y mujeres de hoy que, casi siempre, no tenemos tiempo para nada, especialmente para lo importante. Es, quizás, necesario un cambio profundo de estilo de vida y de relaciones. La civilización industrial, impulsada por la racionalidad científico-técnica, ha propiciado la producción y la eficacia; pero ha deshumanizado al hombre, convirtiéndolo en simple productor/consumidor. La nueva alianza postula nuevas raíces y nueva dirección. Panikkar ha hablado de una intuición cosmoteándrica, Boff de una «mística cósmica». Se trata de una religación espiritual: de llegar a unir estos tres elementos: ecología, ética y espiritualidad (en el sentido más originario de «espíritu»: todo ser que alienta). Este trinomio proyecta la ética ecológica al amor a seres humanos, animales y plantas, a la comunión, a pensar y vivir la Tierra y el universo como portadores de espíritu, a promover y defender todos los signos de vida contra los mecanismos de destrucción y de muerte.

 

 

            4 Cuidar de todos y de todo

 

Este paradigma ético, cimentado en los cuatro grandes principios descritos, desemboca en un mandamiento capital: cuidar de todos y de todo. Es la clave y el quicio de la ética ecológica. Como advirtió proféticamente Teilhard de Chardin: “La cuestión vital del cristianismo hoy, está en saber qué actitud adoptarán los creyentes ante la preocupación por el Todo. ¿Le abrirán su corazón o lo rechazarán como un espíritu malo?”[17]

La preocupación por el Todo es cabalmente la expresión de una ética de la compasión universal, construida sobre la responsabilidad ilimitada hacia todos y la solidaridad con todos; es el resultado de un corazón abierto y reconciliado, en paz con todo. Desde estos «hábitos del corazón», la ética ecológica busca la conversión de la persona y el cambio de las estructuras de pecado y de muerte, que explotan al hombre y expolian la Tierra. Alcanzarlo es posible desde un horizonte ético que, de manera sintética y conclusiva, esbozamos en el siguiente decálogo.

 

  • La ética ecológica comienza tomando conciencia de las graves amenazas que se ciernen sobre el planeta y, consiguientemente, de que si no se quiebra la lógica del actual desarrollo económico, la supervivencia de la humanidad corre serios peligros en el siglo XXI. Juzga que es posible alterar las actuales tendencias del crecimiento, de la producción y del consumo, y que las posibilidades de éxito serán tanto mayores cuanto antes se inicien los esfuerzos.

 

  • Mientras las actuales tendencias desarrollistas no cambien de dirección, la ética tiene que proyectar una mirada y un análisis críticos ante la sociedad industrial, su tecnología, su economía, sus instituciones y estructuras. Son las raíces de la degradación ecológica.

 

  • La crisis ecológica alerta, ante todo, a un cambio de paradigma: de un antropocentrismo radical, dominador, instrumentalista y utilitarista, hay que pasar a una visión más global y complexiva, a ver el mundo como una red de relaciones, en mutua interdependencia; y a vernos, en cuanto seres humanos, como seres en la naturaleza.

 

  • La ética ecológica sitúa en el centro a la vida, defiende y promueve toda vida. Y desde la defensa integral de la vida, hay que llegar a un respeto sagrado, a la preocupación por la mejora global de las condiciones de vida, a una mayor atención a la calidad de vida. El gran compromiso moral es el compromiso por una cultura de la vida en todos los niveles.

 

  • La vida que necesita especial solicitud y cuidado es la vida de los pequeños, de los débiles, de los pobres. La ética ecológica encuentra en la gran multitud de los seres humanos que malviven y malmueren, en los millones de pobres de la Tierra, el gran desafío. Ellos constituyen las mayores víctimas de un sistema de explotación y alienación.

 

  • La ética occidental se ha centrado especialmente en la reivindicación de los derechos humanos. Desde la centralidad de la dignidad de la persona hay que llegar al reconocimiento de la dignidad de la Tierra que, de enemiga, tiene que llegar a convertirse en amiga y hermana. Si la dignidad de la persona funda los derechos humanos, el reconocimiento de la dignidad de la Tierra ha de llegar a fundar también los derechos ecológicos.

 

  • El cuidado de la Tierra, el respeto a la naturaleza marca las actitudes éticas ante la destrucción de la biodiversidad y ante el sufrimiento y muerte de los animales, Especialmente desde un paradigma holista es posible comprender el principio de la «igual consideración de los intereses» que P. Singer contrapone al antiguo principio utilitarista «el mayor bien para el mayor número», porque según el filósofo australiano, para que una acción sea moral debe tenerse en cuenta a todos, no sólo al mayor número. Y en ese «todos» hay que incluir a los seres que tienen capacidad de sentir bienestar y malestar. Si la preocupación por los demás no debe depender de cómo sean; si no debe depender del hecho de que sean más o menos inteligentes o de que sean o no sean miembros de nuestra raza, tampoco debería depender de ser o no ser miembros de nuestra especie. Por ello, “si un ser sufre, no puede haber justificación moral alguna para la negativa a tener en cuenta su sufrimiento”[18].

 

  • El imperativo ético de cuidar de todos impulsa a pensar en todos, a tener en cuenta a todos, a preocuparse de todos. Promueve, pues, una responsabilidad solidaria que no se detiene en las obligaciones hacia los seres vivos presentes, sino que mira también a los de las generaciones futuras. A ellas se extiende el derecho a la vida, a la salud, al desarrollo integral. Éste es, como hemos indicado, el sentido del concepto de «desarrollo sostenible» acuñado por el Informe Brundtland: responder a las necesidades del presente sin comprometer las de las generaciones futuras.

 

  • Este desarrollo sostenible hace absolutamente necesario la implantación de un uso razonable de los recursos naturales y la renuncia a una técnica agresiva y devastadora. Y pide, además, un cambio profundo en las costumbres humanas, para llegar a asumir nuevos modos de vida. Porque el modo actual de satisfacer necesidades y deseos no coincide con una lógica ecológica. Urge un nuevo ascetismo que promueva una forma moderada de actuar en el mundo, tanto en el uso de los bienes materiales como en las aplicaciones tecnológicas.

 

  • Finalmente, ese atento cuidado de todos y de todo constituye hoy el camino ético hacia la paz. La paz está amenazada por el subdesarrollo y la injusticia; y también por la explotación desordenada de la naturaleza. Justicia, paz y ecología son inseparables, porque, como de manera tan estremecedora proclamó del Gran Jefe Seattle en su discurso ante el Gran Jefe de Washington, «lo que hiere a la Tierra, hiere a los hijos e hijas de la Tierra». n

Eugenio Alburquerque

estudios@misionjoven.org

 

 

[1] L. Boff, Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres, Trotta, Madrid 1996; La dignidad de la tierra, Trotta, Madrid 2000.

[2] Cf. D.H. Meadows-D.L. Meadows, Los límites del crecimiento, FCE, México 1972; Más allá de los límites del crecimiento, El País-Aguilar, Madrid 1992.

[3] E. F. Schumacher, Lo pequeño es hermoso, Blume, Madrid 1990, 14.

[4] T. de Chardin, Escritos del tiempo de guerra, Taurus, Madrid 1966, 37.

[5] Citado por J. Gafo, «Ecoética», en: 10 palabras clave en ecología, Verbo Divino, Estella 1999, 375.

[6] Cf. X. Etxeberria, La ética ante la crisis ecológica, Universidad de Deusto, Bilbao 1995.

[7] N.M. Sosa, Ética ecológica, «Iglesia viva» 155(1991)477-490.

[8] L. Boff, La dignidad de la tierra, 40.

[9] H. Jonas, El principio responsabilidad, Herder, Barcelona 1995, 17.

[10] H. Jonas, o.c., 40.

[11] Ibíd., 227.

[12] E. Dussell, «Principios para una ética ecológica material de liberación», en Ecología y cristianismo, XV Congreso de Teología, Madrid 1995, 49-61.

[13] Citado por V. Pérez Prieto, Ecologismo y cristianismo, Cuadernos Fe y Secularidad, Santander 1999, 25.

[14] Cf. Nuestro futuro común, Alianza, Madrid 1988.

[15] Cf. J. Morillas, «Desarrollo sostenible», en 10 palabras clave en Ecología, 239-270.

[16] Cf. M.A. la Torre, Ecología y moral, Desclée de Brouwer, Bilbao 1993, 133-147.

[17] T. de Chardin, Como yo creo, Taurus, Madrid 1970, 73.

[18] P. Singer, Ética práctica, Ariel, Barcelona 1991, 71.

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