EL ÁNGEL DE DIOS

Dios recordaba todavía con nostalgia cómo hacía bien poco todos sus ángeles estaban deseosos de que llegara la Navidad para bajar a la tierra y cumplir con una misión sumamente hermosa: comunicar al mundo entero el nacimiento de Jesús. Sin embargo con el tiempo toda la corte celestial de ángeles había entrado en un estado de pesimismo y desesperanza, por mucho que Dios les había intentado levantar el ánimo…

Y es que el problema cada año se acrecentaba más. Los ángeles regresaban, después de cumplir su misión, alicaídos, tristes, cabizbajos, pues en la tierra apenas les escuchaban y mucho menos se alegraban con la noticia del nacimiento del Salvador de los hombres. Año tras año constataban que los hombres estaban demasiado ocupados en “sus cosas” y apenas un puñado de personas les prestaba atención. Dios, para no desanimarles, les intentaba convencer de que la situación no era tan grave; sin embargo él mismo sabía que el problema aumentaba cada vez más y, lo peor de todo, no encontraba solución alguna…

Es cierto que al principio Dios pensó que las calles engalanadas, las reuniones familiares, los cotillones… eran una forma excelente de festejar el nacimiento de su Hijo, pero con el tiempo comprobó, desgraciadamente, que todo había cambiado y las reuniones familiares se habían convertido en simples comilonas, las calles en escaparates que sólo invitaban a consumir compulsivamente y los cotillones en competiciones a ver quién bebía más o quién iba mejor vestido… Lo cierto es que nadie, o muy pocos, ponían al Niño Jesús como el motivo principal de las fiestas.

Este hecho había dejado a Dios muchas noches desvelado, pensando en la forma de comunicar a sus queridos hijos la Noticia más importante en la historia de la humanidad: que Él mismo se hacía hombre, se hacía niño, se hacía uno de los suyos…

Y cuando todo parecía perdido, cuando la salida del túnel parecía cada vez más lejana, Dios, más contento que nunca, convocó a sus ángeles, a sus seguidores más fieles, a los grandes santos de la Iglesia y, por supuesto, a la persona encargada de llevar a cabo estas Navidades la misión encomendada…

Sí, amigo, no hagas más cábalas sobre la persona escogida; pasa dentro, acomódate, haz silencio en tu corazón y escucha lo que Dios tiene que decirte:

“Hijo mío, este año, no van a ser los ángeles quienes comuniquen la noticia… Este año vas a ser tú. Quiero, y sé que lo vas a conseguir, que a través de tus palabras y, sobre todo, a través de tus obras, transmitas a tu familia, a tus hermanos, a tus amigos, a tu gente, el nacimiento del Salvador del mundo… Ah, y quiero que lo hagas en tus ambientes, en tu hogar, en tu barrio, en las calles de tu ciudad, en los centros de fiesta a los que acudas…

Sí, hijo mío, este año te he escogido a ti para comunicar la gran Noticia; y confío tantísimo en ti que estoy convencido de que en esta ocasión serán muchos lo que se alegren de tu alegría, de nuestra alegría y, juntos, en el hogar, en los salones de la parroquia o, incluso, en la discoteca, podáis entonar a dos voces (desde los labios y desde el corazón): “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que gozan de mi amor.”

 

 J. M. de Palazuelo

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