EL «AÑO DE LA FE» DE PABLO VI

Santiago García Mourelo

«En un sentido más elevado que el meramente humano, toda edad, todo estado de la Palabra encarnada, es definitivamente automanifestación de Dios, en todas las edades está presente esta plenitud»[1]

H. U. vonBalthasar

Cuando nos sumergimos en la historia comprendemos más el presente y, a la luz de ambos, proyectamos esperanzados el futuro. Por ello, fijar la mirada en el «primer» Año de la fe (1967-1968), nos puede ayudar a descubrir las motivaciones, intenciones y frutos esperados del «segundo», que estamos viviendo en el presente curso. Esta es la invitación para las líneas que siguen.

Evocación de Benedicto XVI del primer Año de la fe

Benedicto XVI, en la Carta Apostólica Porta Fidei, con la que se nos convoca al presente Año de la fe, hace referencia a la primera celebración que la Iglesia tuvo bajo este leitmotiv. En los números 4 y 5 de su Carta, nos dice:

«[Pablo VI] Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese ‘una auténtica y sincera profesión de la misma fe’; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera ‘individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca’[2]. Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una ‘exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla[3]. […] En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una ‘consecuencia y exigencia postconciliar[4], consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación

Enmarcando la celebración del presente Año con tres acontecimientos eclesiales de relevancia, la conexión establecida con Pablo VI puede darnos pistas para ahondar en su significado[5]. Para ello nos acercaremos a su contexto social y eclesial.

El mundo al final de la década de los ‘60

Socialmente, el final de la década de los ‘60 fue convulso. En todas las latitudes y en todos los órdenes hubo acontecimientos que indicaban un deseo de romper con lo establecido o, por lo menos, de un cambio de orientación. En diversos ámbitos, sobre todo en el político-social, las tensiones llegaron a puntos álgidos, incluso violentos. Recordemos, de modo telegráfico, algunos acontecimientos.

  • Al final de esa década, la foto del revolucionario Ernesto Guevara (elChé), asesinado por la CIA, recorrió todo el mundo. Fue el mismo organismo estadounidense quien aseguró su publicidad.
  • El famoso «mayo francés» marcó el inicio del activismo político. Olas de estudiantes pusieron en jaque al gobierno del general De Gaulledurante meses. No hubo negociación posible: era la sociedad burguesa, sus valores y su estilo de vida lo que era cuestionado.
  • En Estados Unidos crecieron las concentraciones de movimientos por los derechos civiles (MartinLutherKing, Malcom-X) y las protestas contra la guerra de Vietnam. El movimiento hippie y su máxima expresión, el concierto en Woodstock, escandalizó a unos y sedujo a otros.
  • En Europa corría como la pólvora el slogan «prohibido prohibir». Había tanta confusión que incluso se emparentaban movimientos tan dispares como la Primavera de Praga o la Revolución Cultural China.
  • Sudamérica no se quedaba al margen de todo esto. La matanza deTlatelolco o la beligerante huelga de ANDES, en El Salvador, mostraban la cara más violenta de la revolución y de su intento de represión.

La Iglesia al final de la década de los ‘60

La Iglesia no fue ajena a este contexto y, en su propio interior, las tensiones se acumulaban. El concilio Vaticano II había concluido en 1965 y su deseo de aggiornamento ―puesta al día―, fue comprendido de manera diversa, dividiendo a diferentes sectores eclesiales[6]. Pablo VI, que ocuparía la Cátedra de Pedro hasta 1978, trató de nivelar posturas y apaciguar disensos. No siempre, por desgracia, lo logró.

Centrándonos en el final de esta década, nos acercamos a algunos de los avatares que el Papa Montini tuvo que sortear y que hacen comprender mejor su convocatoria a vivir un Año de la fe[7].

  • La promoción del laicado. Siguiendo las indicaciones del Concilio, Pablo VI impulsó un nuevo lanzamiento del laicado, no tanto con la intención de dar concesiones o privilegios a esta vocación, cuanto para devolver el lugar y la tarea que le correspondía por derecho en la Iglesia universal. Así, creó el Consejo de Laicos, como organismo de expertos en la acción laical, que los pastores debían escuchar, y la Pontifica Comisión Iustitia et Pax, con el fin de «mantener abiertos los ojos de la Iglesia, el corazón sensible y la mano pronta a la obra de caridad que está llamada a realizar en el mundo»[8]. Acciones que supusieron alguna fricción con la Curia romana, de mentalidadclericalizante.
  • Una palabra contra la injusticia. En marzo de 1967 apareció la encíclica Populorum progressioEl desarrollo de los pueblos― que fue, junto con la encíclica Ecclesiam suam (1964) y la exhortación Evangeliinuntiandi (1975), uno de los documentos más celebrados del Papa. Era la primera encíclica de esta temática con alcance universal, con una visión planetaria de la justicia y de la solidaridad. En ella afirmaba las distancias crecientes entre norte y sur, decía un no rotundo al colonialismo, a la carrera armamentística y a la dependencia de los países pobres por parte de los ricos. Mensajes que aún hoy siguen siendo válidos y urgentes.
  • El celibato sacerdotal. Cuestión surgida en la última sesión del Concilio, Pablo VI se la reservó para dar él mismo una orientación, asumiendo toda la responsabilidad y evitando debates oficiales, con el «propósito de dar nuevo lustre y vigor al celibato sacerdotal en las circunstancias actuales»[9]. Continuando la tradición de la Iglesia latina y atendiendo a la práctica de la Iglesia oriental y de algunas excepciones relacionadas con otras confesiones, el celibato fue confirmado. La respuesta no se hizo esperar, sobre todo por parte del episcopado holandés, que criticaba fuertemente el documento y sus opciones de fondo. En el Sínodo de 1971 se volvería a plantear la cuestión.
  • La reconciliación con la Iglesia Ortodoxa. En julio de 1967, siguiendo la huella de San Pablo en sus viajes, el Papa Montini tuvo un gesto ecuménico sin igual ante la Iglesia Ortodoxa. Al llegar al templo de Santa Sofía, testigo en la historia de divisiones y excomuniones, cayó de rodillas para una breve pero profunda oración. Era el gesto de la reconciliación que abriría el camino de un auténtico diálogo ecuménico y al que sucederían reuniones, visitas y documentos firmados bilateralmente, que expresaban la hermandad de ambas Iglesias.
  • La reforma de la Curia romana. Siguiendo las intenciones marcadas en la penúltima sesión del Concilio, Pablo VI emprendió la reforma de la Curia romana, o mejor dicho, la «renovación», pues «resulta ser, en muchos aspectos la reforma más verdadera»[10]. El nuevo ordenamiento llegó con la Constitución Regimini Ecclesiae Universiae, en agosto de 1967, recibiendo algunos organismos una actualización en su estructura; otros, cesando en sus funciones y, otros, siendo creados para nuevas encomiendas. También se ponían los límites temporales de los cargos unipersonales, como la renuncia a los setenta y cinco años de edad o la disposición cada cinco años de los cargos, siendo únicamente renovables dos veces.
  • El primer Sínodo de los Obispos. Muestra de la colegialidad real impulsada tras el posconcilio, se celebró el primer Sínodo de los Obispos. Los temas a tratar fueron la revisión del Código de Derecho Canónico, los matrimonios mixtos, la reforma de los seminarios, la actualización de la reforma litúrgica y los informes sobre los peligros que amenazaban a la fe. Fruto posterior del Sínodo fue la creación de la Comisión Teológica Internacional, como organismo de apoyo a la Congregación para la Doctrina de la Fe.
  • Las rupturas con sus amistades: el Cardenal G. Lercaro y el Cardenal L. J. Suenens. En esos años, y por motivos diferentes, hubo un distanciamiento con dos de sus grandes amistades. Con Lercaro, debido a tensiones dentro la Curia y a algunas declaraciones difamatorias, Pablo VI, aun habiéndole defendido públicamente, acabó aceptando su renuncia, en lo que parecía una maniobra cortesana por luchas de poder o de interpretación posconciliar. Con Suenens, debido a cuestiones candentes como el control de la natalidad o la ordenación de hombres casados, las distancias entre Roma y Bélgica se acrecentaron. Parece ser que, por encima de la amistad, Montinivaloraba la unidad eclesial y trataba de evitar el disenso entre curiales y sinodales. No siempre lo logró, aun a costa de penas y muchas soledades.

Con estas cuestiones de fondo, extra e intra eclesiales, y otras que exceden la extensión de estas páginas, Pablo VI convocó el Año de la fe. No hay que profundizar mucho más en el contexto para ver su motivación central: en esa época de crisis, divergencias y disensos, quería renovar la fidelidad al evangelio de Cristo mediante el punto, básico e irrenunciable, de comunión de la comunidad eclesial: la Profesión de Fe.

Inicio y desarrollo del Año de la fe

Fue en la Exhortación apostólica Petrum et Paulum apostolos, con motivo del decimonoveno centenario del martirio de los apóstoles  Pedro y Pablo, cuando Pablo VI anunció el Año de la fe. El acontecimiento brindaba la ocasión para proponer un objetivo de cara al Pueblo de Dios que venía reclamándose desde diversos contextos: «Retomar la conciencia exacta de su fe para reavivarla, para purificarla y confirmarla». Para ello proponía ofrecer una profesión de fe a Dios «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y sincera», con el deseo de «que esta profesión emerja de las profundidades del corazón de cada fiel y resuene idéntica y amorosa en toda la Iglesia»[11].

Con esta finalidad, las indicaciones en mensajes, homilías y audiencias fueron continuas durante ese curso. Muchas eran las perspectivas a tratar: la fe en el mundo moderno, la fidelidad a la Sede Apostólica como garante de la fe, la integridad del depósito de la fe, la toma de postura ante opiniones y teologías divergentes o contraproducentes, la explicitación del mensaje del Concilio Vaticano IIsobre la fe, la profundización en el acto de fe y sus consecuencias en la vida práctica, etc. A todas ellas el Papa Montini trató de dar respuesta y orientación.

En el fondo de todas las intervenciones que se produjeron en ese año, se pueden leer dos líneas de fondo. En primer término, la preocupación de cara a teólogos y sectores eclesiales por las controversias surgidas ―expuestas, en su mayoría, más arriba. Ante la dispersión y divergencia, proponía la conexión directa con el origen del depositum fidei.Frente a los excesos historicistas, decía:

«…Adhiriéndonos a la fe que la Iglesia nos propone, nos ponemos en comunicación directa con los Apóstoles, que queremos recordar, y, por ellos, con Jesucristo, nuestro primer y único Maestro; nos ponemos en su escuela, eliminamos la distancia de los siglos que nos separan de ellos y hacemos del momento presente una historia viva, la historia siempre igual propia de la Iglesia, mediante la puesta en práctica, idéntica y original para todos, de la misma fe en una inmutable y siempre irradiante verdad revelada»[12].

En segundo término, la preocupación era la calidad de la fe de la gran masa de cristianos, que, según Pablo VI, consistía en «una fe de costumbres, una fe convencional, una fe no comprendida y poco practicada. Una fe incoherente con el resto de la vida, y por ello enojosa y pesada. No está muerta del todo, pero no está viva para nada»[13].

Para ofrecer orientación propuso una serie de catequesis en las que profundizaba, en línea conciliar, en la comprensión de la fe, como «respuesta al diálogo con Dios, a su Palabra, a su revelación. Es el ‘sí’, que permite al pensamiento divino entrar en el nuestro»[14].

Mostraba la fe, como respuesta al cientificismo, como «una forma nueva de conocimiento; un conocimiento fundado no en la evidencia directa, sino en el testimonio de quien merece ser creído. […] Se trata de una fuerza nueva, de una luz intelectual nueva, de una capacidad de creer que sólo la gracia de Dios, el Espíritu Santo, puede engendrar en nosotros»[15]. Y trataba de hacerla vivible y comprensible en la experiencia cotidiana. Este bello fragmento es signo de ello:

«Que la fe sea la luz que brille en vuestros ojos, el consuelo de vuestra jornada, el motor secreto que mueve a la generosidad y al heroísmo. Se acostumbra a hablar a veces de lo ‘gris’ de la vida diaria, y muchas expresiones de la narrativa moderna o de los espectáculos parecen exasperar y ennegrecer sus tintas. Pero para el hombre que tiene fe, la vida no es gris, aunque a veces sea monótona, dura, acuciante, llena de responsabilidad ¿Por qué? Precisamente porque hay fe, porque se ha puesto a Dios como centro de los pensamientos y de los juicios, de las decisiones y de las costumbres, y por ello se vive en la luz, en el gozo de la paz, que nadie puede turbar»[16].

Expectativas eclesiales

Ante tamaña empresa ―pues, por diversas motivaciones, movilizaba a todos los sectores y niveles eclesiales―, algunas voces se hicieron eco.

La Conferencia Episcopal Española tras su V Asamblea Plenaria, cuyo presidente (1966-1969) era el Rvdmo. Fernando Quiroga Palacios, hizo público un Documento en el que analizaba la situación de la Iglesia en España y marcaba cuatro prioridades para ese Año: el conocimiento de la Escritura, la formación del Pueblo de Dios, la fidelidad al Magisterio y la proyección de la fe en la vida cotidiana[17].

A otro nivel, la revista Sal Terrae, en aquellos años dedicada a la formación del clero, recogía las reflexiones del Rvdmo. José Germán JáñezNúñez, Vicario General de Guadix[18]. En sus páginas indicaba la imperiosa necesidad de abrir un cauce firme y definitivo a la renovación iniciada en el Concilio y auguraba la frustración, en parte, de las esperanzas puestas en él, si el Año de la fe no lograba realizarlo. Con una sinceridad estremecedora ―con grandes paralelismos actuales―, dibujaba el débil perfil de la fe en España, la escasa actualización de los sacerdotes, las predicaciones desconectadas de la vida del Pueblo de Dios, la necesidad de escuelas de formación para los agentes de pastoral que mediasen entre los centros teológicos y la catequesis en acto y, por último, la corresponsabilidad ―entre obispos, sacerdotes y seglares―, y la organización ―nacional, diocesana y local―, en el anuncio del Evangelio.

Sin duda fue bien recibido este Año de la fe de 1967. Se constataban las carencias, se sentía la necesidad de reanimación, consolidación y propuesta de la fe, el celo pastoral disparaba los proyectos e iniciativas… ¿Se logró el efecto deseado?

La clausura del Año de la fe: el Credo del Pueblo de Dios

El Año de la fe fue oficialmente clausurado el 30 de junio de 1968, en la Celebración que tuvo lugar en la Plaza de San Pedro, con motivo del decimonoveno centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo.

En la homilía, Pablo VI hizo personalmente la solemne Profesión de fe que había invitado a realizar durante el Año a todas las comunidades eclesiales. Sin presentarse como una definición dogmática, sí que adquiría su tono y requería su obediencia pues, aunque la hacía él, lo hacía «en nombre de todo el pueblo de Dios»[19], «no sólo con la intención de testimoniar nuestra inquebrantable voluntad de conservar íntegramente el depósito de la fe […], sino también con la de robustecer nuestro propósito de llevar la misma fe a la vida en este tiempo en que la Iglesia tiene que peregrinar en medio del mundo».[20]

Hoy día es conocida su génesis. Las amistadas entrelazadas del Papa Montini, el Cardenal suizo Charles Journet y el filósofo francés Jacques Maritain, dieron un fruto, inesperado por todos, en la profesión del Credo del Pueblo de Dios[21].

Lejos de cualquier novedad, resultó ser una paráfrasis del Símbolo de Nicea-Constantinopla. Los añadidos se debían fundamentalmente a un conjunto de dogmas y cuestiones debatidas en su contexto, a saber, los dogmas marianos, los relativos al pecado original, otros de doctrinaeclesiológica, el reconocimiento de los elementos de santificación fuera de la Iglesia de Cristo, los dogmas eucarísticos y los límites y el sentido del progreso humano y del Reino de Dios. Por estos motivos se comprende la complejidad en algunos momentos de su lectura.

Las primeras reacciones, a niveles clericales, pastorales y ecuménicos no tardaron en llegar. No se entendía, si no era una definición dogmática, el plural «creemos»; se la sentía como un inmenso bloque de doctrina fijo en su estructura dogmática; su lenguaje era tradicional y, en ocasiones, oscuro; se pedía verter el vino nuevo en odres nuevos, más allá de la estructura y formulación de los primeros Símbolos de fe; agrandaba, se decía, el foso con otras confesiones cristianas; etc.[22]

Pese a estas críticas, hay que interrogarse si Pablo VI no logró realmente lo que pretendía. Siendo un hombre sensible a la actualización del mensaje cristiano y a la inculturación de la fe ―lo dejó claro en laEvangelii nuntiandi―, estaba realizando su oficio de confirmar en la fe, de recordar, desde la voluntad del testimonio, el conjunto de verdades que expresaban la Verdad la revelación. Sin duda, hoy como ayer, un equilibrio nada sencillo. Como el mismo expresó:

«La fe exige una aplicación a la vida, a nuestra experiencia de vida, hoy extremadamente mudable. Las necesidades de los tiempos son nuevas y complejas, y por eso la dirección pastoral de la Iglesia debe velar incesantemente y proveer al doble oficio de mantener intacto el tesoro de las divinas verdades y de las tradiciones que lo han integrado o que le son legítima e históricamente derivadas. Y al mismo tiempo, acercar este siempre vivo y operante tesoro a la vida de las generaciones humanas, con el lenguaje y con fórmulas que lo hagan siempre más grato y fecundo. Este continuo esfuerzo de fidelidad doctrinal y de condescendencia pastoral es el drama espiritual de aquellos que en la Iglesia tienen el mandato y la responsabilidad de orientar hacia la salvación común»[23].

Posibles lecciones del Año de la fe de Pablo VI

Al término de este breve sumario surgen espontáneas y obligadas algunas conclusiones que, para bien, puedan ayudarnos a seguir caminando en la inexcusable tarea de testimoniar al que es origen, fundamento y meta de nuestra fe. Lanzados con esperanza hacia la corona que no se marchita, tratemos de reavivar, de la mano de Pablo VI, el don recibido.

  • «La fe es la adhesión al Señor, que hace posible la expansión de su poder operante y salvador en el creyente»[24].
  • «Sin una propia, íntima y continua vida interior de oración, de fe, de caridad, no podemos mantenernos cristianos, no se puede de una manera útil y provechosa participar en el brillante renacimiento litúrgico, no se pude dar testimonio de aquella autenticidad cristiana de que tanto se habla, no se puede pensar, respirar, actuar, sufrir y esperar plenamente con la Iglesia peregrina: es necesario orar»[25].
  • «[La caridad] es principio constitutivo y vital de la santa Iglesia, que no la une internamente ni la sangre, ni el territorio, ni la cultura, ni la política, ni el interés, sino el amor»[26].
  • «La renovación, de la que tanto se habla, no ha tenido ni tiene otra finalidad, sino la de presentar al mundo, en una imagen lo más fiel posible, la misma figura del Salvador»[27].
  • «En la labor pastoral, no se puede ir a ciegas; el apostolado no es correr sin objetivo ni dar golpes en el aire (1 Cor 9,26); hay que evitar la comodidad y el peligro del empirismo. Por tanto, una sabia planificación puede ofrecer a la Iglesia un eficaz medio y un incentivo de trabajo»[28].

«Y, ¿qué diré a la Iglesia a la que debo todo y que fue mía? Las bendiciones de Dios vengan sobre ti; ten conciencia de tu naturaleza y de tu misión; ten sentido de las necesidades verdaderas y profundas de la humanidad; y camina pobre, es decir, libre, fuerte y amorosa hacia Cristo. Amén. El Señor viene. Amén»[29].

Pablo VI

 

 

[1] H. U. VON BALTHASAR, El todo en el fragmento, Encuentro, Madrid 2008, 256.

[2] PABLO VI, Exhort. ap. Petrum et Paulum Apostolos, en el XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo (22 febrero 1967): AAS 59 (1967) 196.

[3] Ibíd., 198.

[4] PABLO VI, Audiencia General (14 junio 1967): Insegnamenti V (1967) 801.

[5] 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el 20 aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica y el Sínodo de las Obispos con el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe(octubre de 2012).

[6] Cf. H. DE LUBAC, Diálogo sobre el Vaticano II, B.A.C., Madrid 1985; S. MADRIGAL, Karl Rahner y JosephRatzinguer. Tras las huellas del Concilio, Sal Terrae, Santander 2006.

[7] Cf. E. DE LA HERA, La noche transfigurada. Biografía de Pablo VI, B.A.C., Madrid 2002, 646-694.

[8] PABLO VI, Discours aux membres et consulteurs de «Iustitia et Pax» (20/4/1967). Esta y otras referencias a Discursos, Audiencias y Homilías están extraídas de la web: www.vatican.va, del apartado dedicado a Pablo VI. En adelante, cuando sean de su autoría, omitiremos el nombre.

[9] Homilía en el Sacro rito per il Giubileo straordinario (23/4/1966).

[10] Encíclica Sacerdotalis caelibatus, n. 1.

[11] Petrum et Paulum Apostolos (22/2/1967).

[12] Udienza Generale, «Dovrà essere operoso e meritorio l’«anno della Fede» (1/3/1967).

[13] Udienza Generale, «La realtà splendente di tutto il nostro ‘credo’» (19/4/1967).

[14] Idem.

[15] Udienza Generale, «Tu solo hai parole di vita eterna» (24/5/1967).

[16] Udienza Generale (27/9/1967).

[17] Cf. «Voz preocupada de los Obispos Españoles»: ABC (24/6/1967) 69-72.

[18] Cf. J. G. JÁÑEZ, «¿El Año de la Fe, principio de la renovación?»: Sal Terrae 52 (abril 1968) nº 4, 243-262.

[19] Homilía y profesión de fe, n. 7 (30/6/1968).

[20] Ibid., n. 1.

[21] Cf. G. VALENTE, «Paolo VI, Maritain e la fede degli apostoli. Intervista con il cardinale Georges Cottier»,30Giorni 4 (2008) 11-17; CH. JOURNET- J. MARITAIN, Correspondance.1965-1973, Vol. VI, Saint-Augustin, Saint-Maurice 2008.

[22] Cf. J. LOSADA, «La profesión de fe de Pablo VI. El mensaje a los sacerdotes»: Sal Terrae 56 (agosto-septiembre, 1968) nos 8-9, 629-637.

[23] Udienza Generale, «La funzione della Gerarchia» (6/11/1971).

[24] Udienza Generale, «La Fede e l’adesione al Signore»( 20/4/1966).

[25] Udienza Generale, «L’oraison illumine la vie, tient en éveil la vigilance, stimule la conscience»(20/8/1969).

[26] «Discurso en la apertura del Sínodo de los obispos»: ABC (30/9/1967) 53.

[27] Discorso alle madri generali  dell’Unione Internazionale Superiore Generali (22/11/1969).

[28] Discorso nel X anniversario del C.E.L.AM. (23/11/1965).

[29] «Meditación ante la muerte»: L’Osservatore Romano, 32 (12/8/1979) 12.

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