EL CATEQUISTA NUEVO

Álvaro Ginel Vielva

Director de la revista CATEQUISTAS

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Álvaro Ginel, conocido catequeta, reconoce la oportunidad para hablar de la formación de los catequistas. En este estudio se inspira en el Directorio General de la Catequesis y subraya algunos de sus criterios orientadores.

Introducción

Parece pertinente hablar hoy de la formación de los catequistas y de los agentes de pastoral o educadores de la fe. La pertinencia se inscribe en la misma lógica con la que reflexionamos actualmente sobre la pastoral o la catequesis. Lo ilógico sería que emprendiéramos una reflexión pastoral que no incluyera a los agentes de la pastoral y de la catequesis.

Podemos tener hoy la sensación de estar construyendo una reflexión teórica sobre la pastoral y la catequesis y descubrir que, en la práctica, todo sigue igual, porque los que están bregando en la arena de las comunidades cristianas, por lo general, siguen haciendo lo mismo, siguen siendo los mismos y no se nota una especial preocupación por su formación. Es cierto que la reflexión teórica parte de la experiencia de la práctica, pero no siempre quienes reflexionan son los que están en la práctica. Más aún, los agentes de base con frecuencia aportan datos para una reflexión que ellos no hacen. Esto nos puede llevar a una perplejidad: ¿Cómo es posible que quienes están trabajando a pie de obra no se den cuenta de muchas cosas que están en la mesa de la reflexión?

Desde el campo específico de la catequesis, hoy disponemos de unas grandes líneas de formación de los catequistas bien definidas por los documentos catequéticos tanto de la Iglesia universal como de las Iglesias particulares; pero no se puede decir que estas hayan calado en el tejido de las comunidades eclesiales. Las escuelas de formación de catequistas han disminuido.

Cuando aquí hablamos del catequista nuevo, estamos apuntando a dos realidades íntimamente entrelazadas: la persona que tiene la misión de educar en la fe a otros en el corazón de la comunidad cristiana, y, también, la misma realidad de la formación que se le propone: qué formación y qué modo de formar.

La necesidad de abrir una reflexión sobre la formación de los educadores de la fe aparece en el terreno mismo de la acción, cuando nos vemos obligados a decir: “para hacer esto (transmisión de la fe, anuncio del Evangelio, hablar de Dios al hombre de hoy) hay que estar bien formados”. Por lo que se refiere a los catequistas, tenemos afirmaciones tajantes en el Magisterio de la Iglesia: “La pastoral catequética diocesana debe dar absoluta prioridad a la formación de los catequistas laicos” (DGC, 234). Sería señal de poca finura intelectual y pastoral no ver la necesidad de formación, y, además, sería una falta de sensibilidad hacia las personas y hacia el mismo Evangelio.

 

  1. Razones para una reflexión sobre la formación de los agentes de pastoral y de los catequistas

En un primer momento es bueno que tracemos una panorámica que nos permita discernir la pertinencia de la reflexión sobre la formación del catequista, o, dicho de otra manera, los focos de la realidad que nos piden una profundización sobre la formación del educador de la fe, del catequista nuevo en la Iglesia.

 

1.1. La reflexión actual sobre la catequesis

¿Qué vemos, qué está pasando en el mundo de la catequesis? Es un mundo “tensionado”. No es que no dispongamos en la actualidad de “buenas reflexiones y principios catequéticos” (bastaría tomar el Directorio General para la catequesis en la mano), es que no acertamos, a pesar de los intentos, a poner en práctica la reflexión catequética y pastoral que hacemos. La reflexión nos conduce a varias posibilidades de acción y, a las puertas de la acción, nos detenemos y todo se paraliza. Posiblemente intuimos que cambiar la praxis en pastoral y catequesis no es una cosa mecánica, sino algo que “compromete” a la persona, a la comunidad y a la acción en sí. Hay novedades pastorales que son solo posibles si detrás de ellas hay personas convertidas, es decir, personas que se creen lo que hacen y por qué lo hacen.

¿Qué está pasando en el mundo de los catequistas? Hay catequistas buscadores, inconformistas, que no se contentan con la realidad presente y reflexionan y abren caminos… Y hay catequistas cansados, sin ganas de formación y mirando más a repetir esquemas basados en lo mesurable cognitivamente que en otras opciones de iniciación cristiana. Esto nos lleva a preguntas importantes. ¿Cómo es posible que con lo que está pasando en el mundo, en la catequesis, en la educación… no haya más inquietud formativa en el colectivo dedicado a la educación en la fe? ¿Cómo es posible una novedad pastoral y catequética sin unos catequistas nuevos?

En el ámbito de reflexión catequética, la Asociación AECA mantiene vivo el repensar la catequesis[1]. Muchas Iglesias particulares han afrontado también el tema de la catequesis[2]. ¿Por qué estas reflexiones? Porque la Iglesia universal se dio un documento de referencia, el Directorio General para la Catequesis, y son necesarias adaptaciones a la realidad de cada Iglesia y contexto socio-cultural. La necesidad de reflexiones locales es impulsada por el mismo Directorio. Ya en el prefacio, el Prefecto de la Congregación para el Clero afirmaba: “Es competencia específica de los Episcopados la aplicación más concreta de estos principios y enunciados, mediante orientaciones y Directorios nacionales, regionales o diocesanos, Catecismos y demás medios que resulten idóneos para promover eficazmente la catequesis”[3].

No podemos obviar al catequista en la reflexión sobre la catequesis, de lo contrario correríamos el riesgo de construir una teoría sobre la catequesis sin los agentes concretos que la pongan en práctica. De hecho, el mismo Directorio se pronuncia claramente sobre este punto: “Todos estos quehaceres nacen de la convicción de que cualquier actividad pastoral que no cuente para su realización con personas verdaderamente formadas y preparadas, pone en peligro su calidad. Los instrumentos de trabajo no pueden ser verdaderamente eficaces si no son utilizados por catequistas bien formados. Por tanto, la adecuada formación de los catequistas no puede ser descuidada a favor de la renovación de los textos y de una mejor organización de la catequesis”[4].

La reflexión actual sobre la catequesis no se sustenta sólo en tener un documento eclesial específico de referencia que hay que adaptar a realidades concretas. Se fundamenta también en los datos de observación desde la misma catequesis en acto[5] al constatar determinados fenómenos que se producen. Lo podríamos resumir brevemente en esta expresión: Lo que estamos haciendo en la catequesis no alcanza los frutos que nos habíamos propuesto y se plantean nuevas e inéditas situaciones en la acción catequética ordinaria que tienen su origen en un cambio profundo en las sociedades, especialmente las de vieja cristiandad[6]. De ahí que surja la pregunta no solo por el cómo estamos haciendo las cosas, sino qué es la catequesis misma y, por añadidura, qué tipo de catequista necesitamos hoy. Desde lo que entendamos por catequesis abriremos las puertas a la identidad del catequista, lo que conlleva afrontar la formación de los nuevos catequistas en la Iglesia[7].

 

1.2 La vocación y puesto del catequista en la Iglesia

Un segundo aspecto de reflexión en el panorama sobre el catequista en la Iglesia es el puesto o “status” que se le concede en la Iglesia particular y local. Nos referimos en concreto a que en muchas comunidades cristianas, el llamado catequista parece más un “ayudante de segunda categoría” del presbítero, o un “voluntario obediente” cuya misión es ocuparse de niños y adolescentes en la preparación a un sacramento, que un verdadero vocacionado, con una misión específica y un perfil claro en el seno de la comunidad. Por decirlo con otras palabras: posiblemente estamos asistiendo a una “clericalización” de la comunidad cristiana que consistiría en dar tal importancia al presbítero que todos los demás ministerios comunitarios pasarían a segundo plano[8].

Es cierto que la catequesis es una responsabilidad de toda la comunidad cristiana (DGC 220) y que tanto el Obispo como el presbítero tienen reconocida un función bien precisa (DGC nn. 222-223.224-225). Es interesante detenerse y observar cómo el Directorio borda de manera fina la responsabilidad que proviene del sacramento del Orden, con la originalidad y participación propias de los laicos en la misión de la Iglesia que tiene su raíz en el sacramento del Bautismo.

Al hacer el Directorio distinción de diversos tipos de catequistas (DGC 231 y 232) menciona y distingue grados de dedicación, de temporalidad (periodo limitado de su vida o servicio ocasional) en el servicio de la catequesis. Y se insiste en que “la importancia del ministerio de la catequesis aconseja que en la diócesis exista, ordinariamente, un cierto número de religiosos y laicos, estable y generosamente dedicados a la catequesis reconocidos públicamente por la Iglesia, y que –en comunión con los sacerdotes y el Obispo- contribuyan a dar a este servicio diocesano la configuración eclesial que le es propia”[9].

Un reconocimiento explícito o estatus, de la mejor forma que cada Iglesia particular o comunidad cristiana crea oportuno, de la vocación de los catequistas sería necesario poner en marcha. Reconocer a los catequistas no es solo darles gracias o dirigirles bonitas palabras por su labor, sino que habría que caminar hacia un reconocimiento más institucional en la comunidad. Y esto no porque el reconocimiento explícito e institucional añada algo nuevo, sino para dar importancia a su trabajo y dedicación, para organizar una formación sistemática que finalice en algo visible, como formar parte de un colectivo que tiene un puesto reconocido en la comunidad.

1.3 Apertura a nuevas preguntas sobre la formación

La reflexión sobre la formación de catequistas y agentes de pastoral parte de la acción pastoral y de la catequesis e interroga, en primer lugar, a la Pastoral y a la Catequética. ¿Nos debemos quedar ahí? Adelanto que no tengo las cosas nada claras. Pero me inclino a pensar que es necesario abrir el horizonte e ir mucho más allá. Cuando escuchamos a los que están en la acción, descubrimos que hay “quejas” que se centran en: “No se quedan con nada, todo les resbala”. “No están preparados para la catequesis que les damos”. “No están interesados, no buscan conocer más a Jesús. Vienen porque toca, no porque buscan a Jesús”. “Luchamos contra los elementos: lo que en catequesis se les dice, en sus hogares no lo viven ni en la sociedad. Cae en el vacío. ¿Qué podemos hacer una hora a la semana contra el resto de horas de la semana?”.

Estas afirmaciones se convierten en interrogaciones: ¿Qué educación básica (o soporte humano previo) requiere la catequesis? ¿Qué acción educativa conlleva la catequesis?[10]. El Directorio consagra la expresión “evangelizar educando y educar evangelizando”, ¿cómo hacerlo realidad hoy? Podemos caer en la tentación de pretender hacer cristianos donde no hay un mínimo de persona cultivada, capaz de entablar un diálogo de salvación con Dios que lleva la iniciativa. La preocupación por el anuncio de Jesús no nos tiene que hacer olvidar la acción sencillamente educativa: ser personas[11].

La atención a la realidad de la persona es una constante en la doctrina del Directorio. Se pone en el mismo plano la fidelidad a Dios y la fidelidad a la persona (DGC 145). Ser fieles a la persona real dimana de la fidelidad a Dios y consiste en reconocer que el “destinatario del Evangelio es ‘el hombre concreto, histórico’, enraizado en una situación dada e influido por unas determinadas condiciones psicológicas, culturales y religiosas, sea consciente o no de ello” (DGC 167).

El carácter maternal de la Iglesia obliga a esta a acercarse a las personas con trato exquisito para cultivar en ellas, sobre todo, la esperanza. Se trata de la aplicación del principio de la encarnación al anuncio de la Palabra de Dios. “La predicación acomodada de la Palabra revelada debe mantenerse como ley de toda evangelización” (DGC 169). Y se explicita mejor lo que se entiende por adaptación: “La adaptación ha de tener siempre presente a la persona en su totalidad y en su unidad esencial, conforme a la visión que de ella tiene la Iglesia. Por eso, la catequesis no se queda solo en la consideración de los elementos exteriores de una situación concreta, sino que tiene presente también el mundo interior de las personas, la verdad sobre el ser humano, ‘camino primero y fundamental de la Iglesia’” (DGC 170).

  1. Sensibilidades que hay que potenciar en la formación de los educadores de la fe

Una palabra previa sobre el término formación. Existe una reflexión abierta sobre el término “formación”[12]. Podemos encontrar como elemento común a todas las definiciones de formación el acento que hoy se pone en los instrumentos necesarios para que la persona en formación alcance la madurez. No se trata de que la persona sepa para transmitir, sino que se apropie o adquiera identidad para que pueda transmitir. No se piensa primero en los destinatarios, sino en el sujeto en formación.

Se podría pensar que la palabra formación es “dar forma” a alguien que carecería de ella. Así la formación sería modelar algo que no le es propio a la persona y que esta adquiere desde fuera por una acción ajena a ella misma. Formar sería socialización de un modelo de ser persona aun a costa de su libertad. Al hablar de formación no nos situamos en esta óptica. Aquí, cuando hablamos de formación, no la entendemos de manera impositiva, sino que formar es capacitar para que la persona pueda estar de manera original, cara a cara, como dialogante de Dios que le solicita. Formar no es imponer o dictar las palabras que la persona tiene que dirigir a Dios, sino ayudarle a que se haga sujeto de palabra personal para decirla y pronunciarla en presencia de Dios que es hablador y que se hace Palabra en su Hijo, Jesús de Nazaret, el Señor.

Partimos, pues, de una definición teológica de persona: capax Dei. Formar será ayudar a que el otro madure o adquiera la plenitud de la capacidad de Dios que todos llevamos dentro para poder responder al Dios que en lo escondido de la vida nos busca y nos nombra, como nombró a Adán en medio del paraíso, donde él se adentraba y escondía huyendo de la mirada de Dios (Gén. 3,9).

Me propongo ahora fundamentalmente suscitar y evocar aspectos que deben integrarse con nueva fuerza en los itinerarios de formación de los educadores de la fe[13]. Dentro de ese “Itinerario formativo”, creo que hoy se deben potenciar algunas “sensibilidades” de manera más significativa.

2.1. ¿De dónde vengo? ¿Dónde estoy?

Formar es ayudar a la persona a plantearse las preguntas básicas. Formar no consiste en que el otro acepte sin más respuestas dadas y hechas. Sin entrar en un juicio de valor sobre si las respuestas son buenas o pertinentes, lo que se sugiere es una actitud de interrogación, de pregunta, de búsqueda: “Rabí, ¿dónde resides?” (Jn 1,38).

¿Dónde estoy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Estas son preguntas fundamentales que la persona se suele hacer. El escenario en el que “representamos” nuestra vida es hoy de tal movilidad, las escenas se suceden con tanta velocidad que la persona llega a preguntarse: “Pero, bueno, ¿dónde estoy? ¿Qué escenario es este donde vivo?”. Sin una mínima comprensión no solo de lo que pasa, sino del escenario en el que vive la persona corremos el riesgo de vivir sin saber dónde vivimos, de estar representando algo sin saber qué representamos, sin entrar en la trama de la vida, sin entender “la obra de la que somos protagonistas”.

La imagen del teatro, inspirada en Calderón de la Barca, nos sirve sencillamente para destacar la urgencia de educar en la sensibilidad de “preguntar para comprender el mundo en que vivimos y para comprendernos, para tener palabra y dialogar con lo que nos rodea”.

En el fondo, no es nada más que decir que todo comienza por la ley de la Encarnación, de acampar conscientemente en la escena del mundo actual y asumirlo en toda su realidad. El concilio lo expuso de manera preciosa en el número 4 de la constitución Gaudium et spes: “Es necesario conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza”. El Señor Jesús, cuestiona a los discípulos: “Sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿y no sabéis interpretar la coyuntura presente? ¿Por qué no juzgáis por vuestra cuenta lo que es justo?” (Lc 12,56-57).

Cuando ponemos como primera sensibilidad de la formación de los catequistas la apertura consciente “a la pregunta por uno mismo, a la pregunta por lo que está pasando en el gran teatro del mundo” no estamos abogando los creyentes y los educadores de la fe por un estudio de la sociología, que está muy bien… El creyente no se contenta con saber la realidad, sino que escudriña en ella la presencia de Dios, el paso de Dios por nuestras vidas, la llamada de Dios, los signos de la presencia y del designio de Dios (GS 11), la profecía oculta de Dios en la realidad que nos envuelve y de la que formamos parte. Esto va más allá de la sociología. El cristiano, despierto a la presencia de Dios en el pálpito de los hombres y mujeres, es una persona abierta, despierta que como Samuel percibe en el susurro a Dios que pasa. El cristiano es una persona resucitada, incapaz de estancarse en volver hacia atrás para repetir los tiempos que se fueron. El Resucitado nos envía siempre a Galilea y nos espera allá donde nos envía previamente (Mc 16,7). No vamos donde no esté Dios esperándonos ya…

La respuesta a las preguntas iniciales se concretan en: Vengo de un Soplo de Dios y estoy en un escena con presencia de Dios y con promesa de Dios que estará con nosotros hasta el final del tiempo (Mt 28,20) siguiendo la historia de alianza y amor comenzada en el Antiguo Testamento.

Esta manera de estar “en escena” es fundamental; es un acto de confianza, de fe, de solidez que no tiene sus raíces en lo solo humano, sino que echa raíces en la fuerza y en el amor de Dios. Confiar es la base para poder caminar y emprender algo personal y comunitario. Confiar aún cuando las preguntas que nos formulamos sean tan consistentes, que no tengamos palabras para responderlas. No tener todas las respuestas aquí y ahora no es carecer de respuesta, sino confiar que hay una respuesta que está más allá de nuestra palabra. La respuesta reside en un acto de confianza, de fe en Aquel de quien me fío, el Verbo encarnado, la Palabra de Dios. Preguntar y quedarnos colgados de la pregunta es la manera de llegar a otra respuesta más allá de la razón: la fe.

 

  1. 2 ¿Quién soy?

Formar es ayudar a que la persona se pregunte por sí misma en medio de una atmósfera que le invita constantemente a vivir “fuera de casa”, “fuera de sí misma”. En al aire hay como una mentalidad que se puede resumir en estas expresiones: “Vive y no pienses”. “Si lo piensas mucho no te decidirás”. “Vive y ya está”. “Vive sin preguntarte; nosotros (un nosotros genérico que no se ve, que se esconde siempre en el anonimato) te damos las respuestas, te decimos lo que tienes que hacer sin pensar. Te facilitamos todo para que no tengas que pensar. Pensar es un trabajo que te podemos ahorrar”.

Primero acampamos en un lugar concreto y después nos preguntamos: ¿Quién soy yo? Primero existimos y después nos preguntamos por el sentido de nuestra existencia. Nacer en un aquí y ahora, en un contexto determinado entra también en la respuesta a la pregunta ¿Quién soy yo? Soy yo aquí y ahora, en estas coordenadas de espacio y de tiempo, en esta historia y circunstancias.

La segunda sensibilidad que apuntamos como necesarias en la formación es aquella que nos lleva a la pregunta por laidentidad personal. Nos encontramos en escena con hombres y mujeres que son capaces de hacerse muchas preguntas “profesionales” pero rehúyen o les atemorizan las preguntas personales. Son hombres y mujeres muy “prácticos”, muy “eficaces”, acostumbrados a trabajar por objetivos de “productividad”, y valorados por lo que son capaces de “rendir”, por lo “beneficios” que obtienen… Están muy orientados a lo mesurable. Todo aparece muy programado y muy profesionalizado… Se es buen profesional, se “funciona profesionalmente” sin necesidad de desarrollar otras dimensiones de la persona. El comercio y el trabajo se encargan de inculcarnos lo que hay que hacer para ser “productivos”, también la escuela y la empresa. Pero todo esto no siempre concuerda con un “existir y ser humanamente”. No siempre “lo que hacemos para ser productivos y eficaces” nos ayuda a ser; antes al contrario, lo que hacemos puede arrastrarnos a una manera de ser “mecánica”, poco humanizadora (si no es abiertamente deshumanizadora).

En una sociedad plural, con muchos “actores” que intervienen en escena, es imprescindible “conocer el propio papel”, “identificarse con el personaje que uno es realmente” para no vivir despersonalizado y sin sentido.

La formación de la identidad personal es una asignatura que hoy recobra importancia porque es tal la variedad de identificaciones que se nos proponen como posibles, que hay que saber elegir y hay que construir la propia identidad, única manera de poder ser interlocutor con los múltiples actores, lenguajes, culturas que están sobre el escenario simultáneamente.

Tener identidad no es solo estar informado vagamente sobre algo… sino estar “adiestrado”, “educado” en la elección de unos valores. Es poder decir: “Yo me identifico con esto”. “Yo hago míos estos valores”. Se trata de una tarea que comienza en los mismos orígenes de la vida de cada ser.

El creyente no tiene dos identidades: la humana y, añadida, la religiosa. La educación integral consiste precisamente en que lo humano es “capax Dei”, en que en lo humano anida el “aliento de Dios” (Gén 2,7) que todo lo envuelve y le da sentido. La persona no es plenamente ella misma, mientras no es capaz de integrar “lo humano y lo divino”.

Es posible que hoy existan unas dificultades añadidas al “hecho de la integración personal” porque estamos solicitados desde el mundo exterior a vivir en dualidad: lo racional por una parte, lo afectivo por otra, la corporeidad por una parte, la espiritualidad por otra, lo laboral por otra… Y añadimos: “no hay que mezclar lo personal y lo profesional”. “Tus problemas personales, tu vida privada no me interesa. Me interesa que rindas”, nos dicen en el trabajo. Se prefiere vivir lo puntual, lo del momento, sin una preocupación por la línea continua de la integración. Como que unas cosas no tuvieran nada que ver con otras en la vida del individuo. Ahora haces esto; después de lo otro, y ya está, no hay que pensar más ni reflexionar más, ni buscar congruencia interna en lo que haces y vives. Y sin embargo, creemos que “la verdadera formación consiste en el desarrollo armonioso de todas las capacidades del hombre y de su vocación personal de acuerdo con los principios del Evangelio y en relación con el fin último, al mismo tiempo que con el bien del género humano, del que el hombre es miembro y en que está llamado a dar su propia aportación con cristiana responsabilidad”[14].

 

2.3. ¿Qué sentido tiene mi vida?

Formar es ayudar a que la persona se plantee con radicalidad la pregunta del sentido de la vida. Se oyen frases que apuntan directamente al sentido de la vida como: “No sé qué hacer con mi vida”. “Mi vida no tiene sentido”. “Me da miedo plantearme el sentido de la vida”, y otras. Existe un cierto miedo a preguntarse por el sentido de la vida, y hombres y mujeres hoy “van tirando” omitiendo en sus vidas la pregunta por el sentido. No quiere escuchar la respuesta por miedo a tener que cambiar y reorientar su modo de vivir.

Hacerse la pregunta por el sentido de la vida y estar dispuesto a llegar al final de la respuesta es una de las aventuras más exigentes que la persona puede afrontar.

¿Qué sentido tiene mi vida? es la pregunta que conduce a la respuesta vital, a encontrar la vocación, la llamada que está oculta en lo más íntimo de la mismidad de la persona. La pregunta del sentido de la vida en la persona es la escalera que le lleva a subir hacia arriba y descubrir que cada vida, que su vida, es un diálogo que le precede y una respuesta (vocación) que le empeña la vida.

¿Qué sentido tiene mi vida? es ponerme como interlocutor con otro, es escuchar la palabra oculta que no pronuncio yo para mí mismo, sino que admito que Otro la pronuncia en mí, la ha puesto en mí y yo la escucho. Cada persona es palabra para otra Palabra que le puso en marcha.

¿Qué sentido tiene mi vida? es, para no pocas personas, un camino largo que está salpicado de muchas curvas y acontecimientos vitales…

¿Qué sentido tiene mi vida? es una pregunta exigente que algunos temen plantearse o dilatan la respuesta hasta acostumbrarse a vivir sin respuesta. Y la respuesta es vivir sin respuesta a la pregunta.

De ahí la importancia de educar para que cada persona sea capaz del planteamiento de la pregunta y del itinerario que lleva al planteamiento de la pregunta y a la respuesta.

En el Evangelio de san Juan se nos describe el pasaje de la vocación de los primeros discípulos:

Al día siguiente estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:”Este es el cordero de Dios”.

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que lo seguían, les pregunta: “Qué buscáis”. Ellos le contestaron: Rabbí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Él les dijo: ‘Venid y veréis’. Entonces, fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima (Jn 1,35-39).

El centro del relato es la pregunta de Jesús: ¿Qué buscáis? Es significativo que Jesús les hace la pregunta que ellos mismos se están formulando, aunque no la pongan palabras. Estos discípulos son, en primer lugar, discípulos de Juan. Y es Juan el que les muestra al “Cordero de Dios”… Ellos deciden seguirle. No se nos dice por qué, pero le siguen “alertados” por la palabra de alguien que les da la pista de quién es Jesús. Sin alguien o algo que nos ponga en pista de aquel me merece la pena seguir, nos será difícil el seguimiento…

Jesús les interpela directamente al ver que lo siguen. Es una interpelación que no pregunta por qué le siguen, sino qué buscan, qué tienen en el corazón, qué les impulsa por dentro a hacer lo que están haciendo. Los nuevos discípulos presienten en aquel que siguen que en él están la respuesta a lo que buscan, a lo que tienen dentro de sí.

La respuesta, como tantas de nuestras respuestas esenciales, es no responder con palabras. Es hacer, ponerse en camino, ir con el “nuevo compañero”. Sólo intuyen algo: “¿Dónde vives?”. No se pregunta quién eres, sino dónde vives. Vivir con él es la intuición que les da futuro. Vivir con Jesús es la intuición que les parece ser el camino y la manera de responder a lo que buscan y de ser lo que les da sentido.

¿Qué sentido tiene mi vida? lo podrán responder en la convivencia, en ver con los ojos y en ver lo que no van a entender, pero les va a interrogar y les abrirá los ojos a una manera nueva de existir: confiar y creer en alguien. Algo así como si se les dijera: Venid y ved, para que viendo no entendáis y no entendiendo os abráis a una manera nueva de existencia: vivir confiando, vivir creyendo, vivir colgados de Dios.

La respuesta al sentido de mi vida que se formulan los buscadores de “el algo más” en su vida, como en el episodio del evangelio de san Juan, consiste en que tiene sentido emprender un camino sin tener segura la meta final, como se le dijo al padre de los creyentes: “Camina hacia la tierra que te mostraré” (Gén 12,1). El sentido de la vida no es dónde llego, sino hacia dónde camino. Pero no camino por caminar, camino porque caminar es ya respuesta: uno me puso en camino y va conmigo por el camino.

 

  1. La formación del catequista: hacer competente al catequista

Explicitadas unas sensibilidades que tienen que se umbral previo y contenido siempre explicito de la formación, enumero algunos ejes esenciales que tienen que dar consistencia a los llamados para ser catqeuistas. La formación del catequista nuevo apunta a que el llamado pueda decir: soy catequista, tengo identidad de catequista. Esto es mucho más exacto que el simple decir “me he preparado para hacer de catequista, para dar catequesis”.

La importancia de la formación de los catequistas está consignada en el Directorio de manera explícita: “La adecuada formación de los catequistas no puede ser descuidada en favor de la renovación de los textos o de una mejor oraganización de la catequesis” (DGC, n. 234). Más adelante, se concreta que la formación del catequista está íntimamente relacionada con con “el concepto de catequesis que hoy propugna la Iglesia” (DGC 237). Se trata, pues, de evitar un tipo de formación “genérica” que esté disociada de la catequesis, cosa que puede pasar en la práctica y que hace sentir al catequista un “difuso” malestar entre lo que tiene que hacer y la formación que recibe.

La preocupación de la formación de los catequistas, a niveles de reflexión, ha sido tratada en nuestro ámbito religioso cultural desde muchos puntos de vista y nivel de profundidad[15]. En este apartado me circunscribo a hacer una lectura de lo que el Directorio de 1997 propone.

 

► El eje cristocéntrico

Puesto que la catequesis es comunicación del mensaje evangélico, lo que la formación del catequista persigue es que el catequista pueda “animar eficazmente un itinerario catequético en el que, mediante las necesarias etapas: anuncie a Jesucristo, dé a conocer su vida, encarnándola en el conjunto de la Historia de la salvación; explique su misterio de Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros; y ayude, finalmente al catecúmeno o al catequizando a identificarse con Jesucristo en los sacramentos de iniciación” (DGC 235).

La dimensión cristocéntrica de la catequesis tiene una relación directa con la vida cristiana del catequista. El catequista tiene que ser formado en aquello que deberá ofrecer a los otros: el misterio de Jesucristo. De ahí que la naturaleza de la formación de catequistas esté basada sobre un pilar cristológico: “Esta perspectiva cristológica incide directamente en la identidad del catequista y en su preparación. “La unidad y armonía del catequista se deben leer desde esta perspectiva cristológica y han de construirse en base a una familiaridad profunda con Cristo y con el Padre en el Espíritu” (DGC 235).

 

► El eje eclesial

Pertenece también a la naturaleza de la formación del catequista el sentido eclesial: “La formación de los catequistas no es otra cosa que un ayudar a éstos a sumergirse en la conciencia viva que la Iglesia tiene hoy del Evangelio, capacitándoles así para transmitirlo en su nombre”… “Esta eclesialidad de la transmisión del Evangelio impregna toda la formación de los catequistas, confiriéndole su verdadera naturaleza” (DGC 236).

La conciencia viva del Evangelio que tiene la Iglesia de la que el catequista es miembro configura el Evangelio que el catequista vive y propone. El Evangelio lo vive el catequista en un Iglesia histórica, concreta, y, este hecho configura la formación de los catequistas. La vivencia del Evangelio debe estar “situada” en el aquí y ahora de una comunidad cristiana concreta. Si se sitúa a la catequesis en el corazón de la Iglesia local, se sigue con lógica que la Formación del catequista tenga como elemento característico de su naturaleza la eclesialidad. La eclesialidad no se puede entender como una característica de orden jurídico o disciplinario, para regular y controlar, sino de orden vivencial, comunitario; como sensibilidad espiritual con la que una Iglesia particular vive y asume el Evangelio y engendra creyentes nuevos en su seno maternal (DGC 79).

 

El eje de la realidad histórica

Formamos catequistas para las necesidades evangelizadoras de este momento histórico con sus valores, sus desafíos y sus sombras. El punto de partida de la formación es que el catequista sea persona de nuestro hoy y en sintonía con nuestro hoy, con la realidad, porque a la realidad del presente es enviada la Iglesia a predicar. Esto exige: fe profunda, identidad cristiana y eclesial, sensibilidad social. Para entender lo que aquí se pretende, hay que mirar a otras partes del Directorio, como los números de la exposición introductoria (DGC nn. 16-23). Un catequista “reñido” con la realidad de nuestro mundo difícilmente pueda anunciar a Jesucristo. Esta sensibilidad a la realidad de nuestro hoy es el eslabón de la encarnación para poder hablar de Dios. Encontramos una síntesis ajustada cuando se dice en el Directorio: “Esta exposición introductoria pretende estimular a los pastores y a los agentes de la catequesis a tomar conciencia de la necesidad de mirar siempre el campo de la siembra[16] y hacerlo desde la fe y la misericordia” (DGC 14). “El cristiano sabe que en toda realidad y acontecimiento humano subyacen al mismo tiempo:

– la acción creadora de Dios, que comunica a todo su bondad;

– la fuerza que proviene del pecado, que limita e entorpece al hombre;

– el dinamismo que brota de la Pascua de Cristo, como germen de renovación, que confiere al creyente la esperanza de una ‘consumación’ definitiva.

Una mirada al mundo que prescindiese de alguno de estos tres aspectos no sería auténticamente cristiana. Es importante, por eso, que la catequesis sepa iniciar a los catecúmenos y a los catequizandos en una lectura teológica de los problemas modernos” (DGC 16).

 

El eje de la naturaleza la catequesis

La formación de los catequistas brota de la identidad de catequesis. Qué es catequesis, qué entiende la Iglesia por catequesis influye en la formación de catequistas. El catequista tiene derecho a una formación específica, a estar formado para una catequesis concreta. Tres palabras, muy ambicionas, resumen lo que el catequista tiene que llegar a ser: maestro, educador, testigo (DGC 237).

Hoy tenemos que hablar de formar catequistas capaces de llevar adelante una catequesis de iniciación. Así entiende hoy la Iglesia la catequesis, como catequesis de iniciación, “como eslabón necesario entre la acción misionera, que llama a la fe, y la acción pastoral, que alimenta constantemente a la comunidad cristiana” (DGC 64), “como elemento fundamental de la iniciación cristiana” (DGC 66).

 

► El eje de la originalidad laica de los catequistas[17]

Se da por hecho que los catequistas son cuantitativamente laicos más que clérigos o religiosos. La formación de los catequistas no es una mini “formación clerical”. No se puede perder de vista la originalidad laical. “Los laicos ejercen la catequesis desde su inserción en el mundo, compartiendo todo tipo de tareas con los demás hombres y mujeres, aportando a la transmisión del Evangelio una sensibilidad y unas connotaciones específicas: ‘esta evangelización… adquiere una nota específica por el hecho de que se realiza dentro de las comunes condiciones de la vida en el mundo’” (DGC 230).

 

El eje de la originalidad de la formación de los catequistas

El Directorio cuida mucho este aspecto de la forma cómo se forma a los catequistas.

“Debe existir una coherencia entre la pedagogía global de la formación del catequista y la pedagogía propia de un proceso catequético. Al catequista le sería muy difícil improvisar, en su acción catequética, un estilo y una sensibilidad en los que no hubiera sido iniciado durante su formación” (DGC 237).

Da la impresión de que se recoge aquí la insistencia que el DCG daba a las prácticas y a la experiencia reflexionada como metodología de formación de los catequistas (cfr. n 113). Este criterio de pedagogía de la formación de catequistas sitúa la formación en un camino distinto de la formación de otros agentes de pastoral de la comunidad cristiana y exige creatividad para estructurar los planes de formación “teniendo como referencia metodológica” lo que el catequista debe hacer en su grupo o con las personas que anime, aunque no formen grupo (pensemos en catequistas que animan a una persona sola).

 

  1. Dificultades para la implantación del catequista nuevo en nuestras Iglesias

El Directorio nos proporciona semillas que deben ser desarrolladas, profundizadas y asumidas por las comunidades eclesiales a su realidad.

Necesitamos un primer momento llegar al descubrimiento de lo que el documento contiene, y, después, un desarrollo tanto teórico como práctico. Es aquí donde las dificultades pueden surgir.

A lo largo de la exposición ya han aparecido diferentes aproximaciones que señalan aspectos candentes en la actual praxis eclesial tanto de acción como de formación de catequistas. Ahora quiero destacar de manera más concisa determinados “temas” que habría que cuidar para potenciar el surgimiento del catequista nuevo en las comunidades cristianas.

 

►Descubrimiento de la identidad del catequista

Quizá se funciona en las comunidades cristianas con una identidad del catequista elaborada a lo largo de una tradición práctica de un pasado próximo más que con una renovada identidad extraída de los documentos eclesiales recientes que son referencia para la renovación de la catequesis en nuestro hoy.

En la práctica, esta identidad práctica de fondo que subyace en muchas maneras de “funcionar” se traduce en unapastoral de catequistas inmediata y repetitiva (para cubrir una necesidad tangible: adultos que se responsabilicen o lleven un grupo de catequesis, de niños, principalmente). Basta gente “buena” que quiera acompañar a un grupo con los materiales de catequesis elegidos; para eso se le proporcionan nociones básicas de cómo preparar la reunión, ya es suficiente.

No existe una pastoral de catequesis más amplia ni se cae siempre en la cuenta de potenciar la vocación de catequistas en los términos que más arriba hemos explicitado y su específica formación.

Quizá las comunidades cristianas tienen que retomar con más consistencia las dimensiones lo que significa la expresión: “la Iglesia existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar” (EN 14), y la dimensión misionera: “la tarea de evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia” (EN 14). Mientras no tengamos reflexionadas y asumidas las tareas de la Iglesia nos faltará la necesidad de repensar la vocación de los creyentes vocacionados para atenderlas.

►Modo de entender la responsabilidad eclesial de la catequesis: comunión, no delegación.

El Directorio dice: “la catequesis es una responsabilidad común pero diferenciada. Los obispos, presbíteros, diáconos religiosos y fieles laicos actúan en ella según su respectiva responsabilidad”[18]. Y todos los actores están al servicio de un único ministerio diocesano de catequesis, aunque cada uno lo “ejerza según su particular condición en la Iglesia” (DGC 219.

La responsabilidad de la catequesis, como se puede percibir, es común, no es delegada. Se tiene responsabilidad catequética en la Iglesia particular porque se es parte de la comunidad. No se es catequista porque unos (pongamos la cadena del sacramento del Orden) van delegando en los eslabones inferiores responsabilidades hasta llegar a los laicos para que algo se haga por delegación. No. La responsabilidad es común. Esta responsabilidad se ejerce “en comunión” y en “misión”, y no por delegación. El Directorio es claro en varios artículos, por ejemplo: “En la Diócesis la catequesis es un servicio único, realizado de modo conjunto por presbíteros, diáconos, religiosos y laicos, en comunión con el obispo. Todo la comunidad cristiana debe sentirse responsable de este servicio… aunque cada uno según su particular condición en la Iglesia” (DGC 219, a).

El Directorio se entretiene en describir de dónde mana la responsabilidad que cada miembro de la Iglesia tiene en la catequesis y perfilar las tareas propias de esa responsabilidad.

El obispo, por serlo, asume la “alta dirección de la catequesis” en la Iglesia particular (n. 223), los presbíteros reciben del sacramento de Orden la tarea catequizadora (nn. 224-225), los padres de familia reciben en la sacramento del Matrimonio la gracia y la responsabilidad de la educación cristiana de los hijos (nn. 226-227); los religiosos y religiosascuya contribución original brota del testimonio público de su consagración (n. 228). En cuanto a las catequistas laicos la raíz de su vocación para la catequesis arranca en el Bautismo y en la Confirmación (n. 231). La gracia bautismal se despliega en carismas, es decir, en los dones recibidos del Espíritu de Jesús para el bien y la edificación de todo el Cuerpo. Los laicos reciben dones del Espíritu para que la comunidad eclesial realicen su misión. Ejercen la catequesis desde su inserción en el mundo, “al vivir la misma forma de vida que aquellos a quienes catequizan, los catequistas laicos tienen una especial sensibilidad para encarnar el Evangelio en la vida concreta de los seres humanos”[19] (DGC 230). En función de las necesidades de la Iglesia los laicos son llamados por Dios y enviados por la comunidad para acoger y testimoniar el Evangelio. La tarea de catequista tiene su origen en una llamada de Dios al servicio de las necesidades de la comunidad.

 

►La clericalización de los catequistas

En el Directorio, es curioso cómo se detalla la actividad catequética del obispo, del presbítero, de los padres, de los religiosos y religiosas. De los laicos, que “ejercen la catequesis desde su inserción en el mundo, compartiendo todo tipo de tareas con los demás hombres y mujeres, aportando a la transmisión del Evangelio una sensibilidad y unas connotaciones específicas”[20], se acentúa su originalidad laical, su sentido de la presencia en medio de las realidades temporales. En los criterios inspiradores de la formación de catequistas se subrayará que la formación de los catequistas laicos “no debe ser concebida como mera síntesis de la formación propia de los sacerdotes o de los religiosos” (DGC 237. Ninguno de los miembros que forman la comunidad cristiana agota en sí las formas de catequesis; ninguno puede excluir al otro. Es la totalidad de los miembros que forman la comunidad cristiana la que completa el ministerio de la catequesis.

Cualquier intento de eliminación de alguno de los agentes mencionados o desposeimiento de su originalidad propia iría en detrimento del mismo ministerio de la catequesis en la Diócesis. Así, por ejemplo, una clericalización de los catequistas a lo largo de su proceso de formación es un empobrecimiento. El catequista no es “un clérigo” de segundo grado. Sencillamente tiene que ser un catequista laico bien formado. Su formación específica difiere de la formación para el sacramento del Orden.

Otra forma de clericalización puede consistir en desposeer al catequista de su identidad y convertirlo, como más arriba hemos mencionado, en “ayudante” del presbítero, sin reconocer su identidad propia de catequista.

 

►¿Catequista o misionero?

Hablamos de la dimensión misionera de la catequesis[21]. La realidad nos ofrece situaciones de catequizandos que no tienen suficiente base ni humana ni de apertura a la experiencia religiosa ni han hecho una opción personal de seguimiento de Jesús.

El Directorio, al hablar del primer anuncio, explicita: “El primer anuncio, que todo cristiano está llamado a realizar, participa del “id” que Jesús propuso a sus discípulos: implica, por tanto, salir, adelantarse, proponer. La catequesis, en cambio, parte de la condición que el mismo Jesús indicó, “el que crea”, el que se convierta, el que se decida. Las dos acciones son esenciales y se reclaman mutuamente: ir y acoger, anunciar y educar, llamar e incorporar[22].

Ahora bien, las fronteras entre ambas acciones no son fácilmente delimitables (DGC 62). De aquí surge una dificultad en la comprensión que el catequista tiene de sí mismo y en la acción que realiza. Con frecuencia el catequista se pregunta en el desarrollo de su tarea de cada día: ¿Qué tengo que hacer, misión o catequesis; primer anuncio o catequesis? Otros dicen: Se me forma para hacer catequesis y es lo que no puedo hacer con los que me llegan porque no está preparado el terreno de la persona. El catequista se ve sometido a una dialéctica intrínseca al mismo proceso de evangelización en la que a veces no sabe desenvolverse, sobre todo si ha recibido una formación muy específica para la acción catequética estricta. Hay catequistas que echan de menos una “figura previa a su acción”, figura de la que las comunidades cristianas no tienen referencia histórica y que todavía no se trabaja en la creación de creyentes más específicamente dedicados al primer anuncio[23]. No tenemos tradición de “misioneros” en el seno de las comunidades de una tradición cristiana. Lo normal es que hoy los catequistas se las “apañen” como puedan. Y tenemos que reconocer que esta situación a muchos les desconcierta un poco.

 

Conclusión

La figura del catequista en las Iglesias de vieja cristiandad requiere un tratamiento cercano y detenido. Quizá tendremos que mirar más y con más cariño a lo que la Iglesia realiaza en los lugares de misión. Allí el catequista es traductor y transmisor del mensaje de Jesús que es proclamado para muchos en lengua no vernácula. Él es la mediación más próxima al pueblo fiel.

Muchas cosas tenemos que analizar y reflexionar sobre la formación de los catequistas hoy. La misma vida de las comunidades nos irá obligando a hacerlo. Algunos esquemas “del catequista de toda la vida” que se nos han grabado en el imaginario colectivo tienen que ser revisados. Hay problemas eclesiológicos sobre cómo se presencializa la Iglesia universal en la comunidad de barrio, o rural, o urbana que iremos afrontando teniendo en cuenta la realidad de no cristiandad cada vez más tangible. El campo de la catequesis es un campo muy plural. Los contextos religiosos y socioculturales varían de una parroquia a otra. En la catequesis de pie de calle se acaban las teorías y topamos con la realidad desnuda,con la persona concreta a la que hay que acoger y anunciar el Evangelio de Jesús.

Sin grandes teorías, los catequistas son lo que a diario están haciendo una inculturación del mensaje de Jesús: tienen que entablar relación con el catecúmeno o el catequizando, tienen que acompañar la vida de fe de los suyos, tienen que apañárselas para hacer comprensible el mensaje… Todo eso está ahí. Es el reto que nos desafía y nos obliga reflexionar. De antemano admitimos que la reflexión sea plural, como plurales son las situaciones en las que la Iglesia vive y testifica al Señor resucitado. La pluralidad no es el problema ni lo será en el futuro como no lo fue en el pasado de la historia de los creyentes. La comunión en lo esencial es la respuesta. Y esto sí que exige reflexión.

 

Álvaro Ginel

 

 

[1] ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE CATEQUETAS (AECA), Hacia un nuevo paradigma de la iniciación cristiana hoy, PPC, Madrid 2008.

[2] UFFICIO CATECHISTICO NAZIONALE, L’iniziazione cristiana. Documenti e orientamenti della Conferenza Episcopale Italiana, Elledici, Torino 2004. CONFERÊNCIA NACIONAL DOS BISPOS DO BRASIL, Diretório nacional de catequese, Paulinas, Sâo Paulo 2005. DONACIANO MARTÍNEZ, PELAYO GONZÁLEZ, JOSÉ LUIS SABORIDO (ed), Proponer la fe hoy. De lo heredado a lo propuesto, Sal Terrae, Santander 2005. CONFERENCIA DE LOS OBISPOS DE FRANCIA, Texto nacional para la orientación de la catequesis en Francia y Principios de organización, Editorial CCS, Madrid 2008. CONFERENCIA EPISCOPAL DE BÉLGICA, Hacerse adulto en la fe. Catequesis y signos de los tiempos, Sal Terrae, Santander 2010. COMMISSIONE EPISCOPALE PER LA DOTTRINA DELLA FEDE, L’ANNUNCIO E LA CATECHESI, Annuncio e catechesi per la vita cristiana, Roma, aprile 2010.

[3] Directorio General para la Catequesis, Prefacio, n. 9.

[4] DGC, n. 234.

[5] Á. GINEL, Repensar la catequesis, Editorial CCS, Madrid 2009, pp. 21-44.

[6] Basta cotejar los diferentes análisis de la realidad comenzando por el Directorio (nn. 14-30) y siguiendo por los que nos ofrecen los documentos catequéticos de los epicopados que han publicado recientes documentos sobre la transmisión de la fe.

[7] Las cosas no son tan simples como parece. Creo que tenemos que admitir que en nuestros días coexisten varias corrientes eclesiológicas (fenómeno que no es en absoluto nuevo) en el seno de las Iglesias particulares. Unas corrientes tienen en cuenta la realidad conciliar expresada en documentos como la Gaudium et spes, Dei verbum, Luemn gentium… Otras corrientes, de una u otra manera, tratan de saltar por encima estos documentos eclesiales y se inspsiran en otras fuentes que no son el Vaticano II. En la formación de los catequistas no podemos taparnos los ojos y no ser conscientes de esta pluralidad.

[8] Como dato de experiencia personal que ilustra mejor lo que aquí se quiere decir: Asistí a una reunión de presbíteros responsables de la catequesis en un arciprestazgo. Interviene diciendo que a lo mejor era buena la presencia de algunos catequistas significativos en las reuniones en las que se tratara el tema de la catequesis, pues quienes llevaban los grupos en la práctica eran ellos. Se me respondió por uno de los moderadores, sin que los demás dijeran nada: “Lo referente a la catequesis en la Iglesia es siempre piramidal: catecismo del Papa, del Obispo, del párroco. Todo piramidal. No vamos a cambiar ahora la estructura de la Iglesia”. Y todo siguió… programando los clérigos todo lo que los demás tenían que hacer… Por esta forma piramidal, se puede llegar a olvidar cuál es la real base en la que todo se apoya: sus problemas, sus preguntas, sus inquietudes, sus dificultades…

[9] DGC, n. 231.

[10] DGC, n. 147.

[11] Cfr. Discurso del Papa Benedicto XVI a las Conferencia Episcopal Italiana, 27 de mayo de 2010. EDUCARE ALLA VITA BUONA DEL VANGELO – Orientamenti pastorali dell’Episcopato italiano per il decennio 2010-2020. Roma 4 de ottobre 2010.

[12] LUCIANO MEDDI, Misión y práctica de la formación. Cuestiones logradas y aspectos para profundizar”, en H. DERROITTE-D. PALMYRE, “Los nuecos catequistas”, Editorial CCS, Madrid

2008, pp. 127-160.

[13] Como telón de fondo de estos apuntes que siguen tengo: Directorio General para la catequesis (nn. 233-251); COMISIÓN EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS, El catequista y su formación; UFFICIO CATECHISTICO NAZIONALE, La formazione dei catechisti; CONFERENZE EPISCOPALE ITALIANA, Educare alla vita bueno del vangelo; HENRI DERROITTE-DANIELE PALMYRE, Los nuevos catequistas; ÁLVARO GINEL, Repensar la formación de catequistas.

[14] Pablo VI, Discurso a la Federación Europea para la Educación Católica de los adultos, 3 de mayo de 1971.

[15] Desde el más inmediato postconcilio, la Iglesia española tuvo en cuenta esta realidad: COMISIÓN EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS, El catequista y su formación, Edice, Madrid 1985. Después de la salida del Directroio General para la Catequesis apareción COMISIÓN EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS, Proyecto marco de formación de catequistas, Madrid 1998. La Iglesia italiana también sentido la necesidad de ocuparse de este aspecto, Cf. y publicó varios documentos recogidos en el volumen citado más arriba La formazione dei catechisti. OFFICE DE CATÉCHÈSE DU QUEBEC,Professión: catéchète. Dire sa foi avec les mots d’aujourd’hui, Fides-Mediaspaul, Montréal 2005. Á. GINEL, Repensar la formación de catequistas, Editorial CCS, Madrid 2009. H. DERROITTE- D. PALMYRE, Los nuevos catequistas, Editorial CCS, Madrid 2010. Cfr. “Sinite” 154-155(2010), pp. 468-471: extensa bibliografía sobre El educador-Profesor cristiano-Catquista. Pra un nivel sencillo, divulgativo, práctico: E. ALBERICH, Formación de catequistas, en “Catequistas” nn. 198-205 (octubre 2009- mayo 2010) en las páginas 5-9 de cada número.

[16] “Como madre de los hombres, lo primero que ve la Iglesia, con profundo dolor, es una multitud ingente de hombres y mujeres: niños, adultos y ancianos, en una palabra, de personas humanas concretas e irrepetibles, que sufren el peso intolerable de la miseria. Ella, por medio de una catequesis en la que la enseñanza social de la Iglesia ocupe su puesto, desea suscitar en el corazón de los cristianos el compromiso por la justicia y la opción o amor preferencial por los pobres, de forma que su presencia sea realmente luz que ilumine y sal que transforme” (DGC 17).

[17] El documento El catequista y su formación (cfr. nota 2) dedica los números 96-97 a la teología del laicado. Al comparar lo que allí se dice con el Directorio de 1997 llama la atención el “olvido” de la denominación de la Iglesia como “Pueblo de Dios”.

[18] DGC, n. 216.

[19] DGC, n. 230.

[20] DGC, n. 230.

[21] EQUIPO EUROPEO DE CATEQUESIS, La conversión misionera de la catequesis. Relación entre fe y primer anuncio, Cuadernos AECA, PPC, Madrid 2009.

[22] DGC, n. 61.

[23] Á. GINEL, Evangelización misionera previa. Pistas para institucionalizar la etapa misionera en las comunidades cristianas, en “Misión Joven” 387(2009), pp. 5-14.