El dolor de la mirada

«Los gozos y las esperanzas,

las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo,

sobre todo de los pobres y de cuantos sufren,

son a la vez gozos, esperanzas,

tristezas y angustias de los discípulos de Cristo»

 

CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, 1

 

 

            Vemos lo que «queremos»

 

La cultura dominante —ese particular modo con el que aprendemos a pensar, sentir y actuar— nos enseña a poner los ojos en el dinero, en el prestigio y en el poder, en el consumo y la ostentación…, visiones todas ellas que terminan por ocultar la realidad, por hacer invisible el dolor de los pobres y marginados. Así es como los más débiles quedan marginados, se tornan insignificantes: no cuentan, pierden dignidad y palabra, resultan casi inexistentes a la hora de organizar la sociedad.

Y, claro, nuestra visión queda cautiva. Por eso, antes de nada, hay que recuperar la vista a través de una seria «educación de la mirada»; proceso en el que resulta imprescindible dejarse afectar por la «realidad mayor», frotarse los ojos hasta que la misericordia y la compasión eliminen esas telarañas vidriosas del interés puramente egoísta.

 

 

            La «realidad mayor»

 

Querámoslo o no, la realidad mayor es la injusta pobreza, cuyo rostro inunda hoy en terrenos de la exclusión social y la marginación. De los 6.000 millones de personas que somos en el mundo, unos 4.500 habitan la pobreza. Las cifras no pueden ser más dramáticas en esas tres cuartas partes de la población: 1.300 millones viven en la miseria, que les conduce directamente a la muerte —más de 500 millones de seres humanos están condenados a no alcanzar tan siquiera los 40 años de edad—, 160 millones de niños menores de cinco años están malnutridos… Además, ya sabemos perfectamente que no podemos generalizar el modo de vida y desarrollo del pequeño grupo de las sociedades ricas, sino que es necesario repartir más justamente la desigual distribución actual.

Pues bien, si la injusta pobreza y la desigualdad son la realidad mayor, para no parecer o resultar irreales, es ahí donde hemos de clavar los ojos, ahí donde «tomar partido».

 

 

         Jóvenes excluidos y marginados

Indudablemente, las generaciones jóvenes están siendo las más explotadas para los caprichos de la modernidad. Cuando no se trata de la triste manía de los adultos de darles aquello que les faltó a ellos, sin preguntarse por lo que verdaderamente necesitan,  o del llamado «eclipse de la familia» que les deja desprotegidos y abandonados; nos encontramos con una sociedad —poco modélica y carente de maestros— que manipula sus sentimientos y proclama una tramposa apoteosis de los deseos. En fin, la «juvenilización» se expande en un permanente ascenso que, desde la cultura y los medios de comunicación, lo invade todo. Pero, paralela y burlescamente, se produce una injusta e impúdica devaluación de los jóvenes.

Por ceñirnos a nuestro entorno y amén de otras exclusiones, entre los jóvenes de 15 y 19 años existe un 26% de fracaso escolar, mientras que casi un 50% de los que superan los 20 años están condenados al paro. Vende «lo joven», pero los jóvenes no sólo no cuentan con espacio social propio sino que son arrastrados a los márgenes de la sociedad.

 

 

         Praxis cristiana con jóvenes

Así las cosas, la praxis cristiana con los jóvenes, sin descuidar el objeto específico de su propuesta, debe girar la vista y centrarse más en la condición y situación existencial de cada joven que en el contenido (doctrinal) de la fe. Esta sensibilidad propia de la pastoral juvenil —diversa de la propia de la catequesis— debe fundir educación liberadora y anuncio de la Buena Noticia.

Una praxis así exige que sean los jóvenes quienes nos presten su mirada. La nueva manera de ver resultante —desde abajo, desde ellos, desde fuera de los límites y sanciones sociales y religiosas al uso— será la que nos permita desarrollar una «educación samaritana» para, en última instancia, resultar que son los jóvenes quienes «nos salvan» al romper nuestra indiferencia y, venciendo el aislamiento egoísta, nos abren a la posibilidad de convertirnos en seres auténticos y solidarios.

Por otro lado, si el verdadero debate en torno a la pobreza se juega en los terrenos de la marginación, necesitamos un nuevo planteamiento que desplace la noción de pobre a la de «excluido» y especifique el amor como «alianza».

 

José Luis Moral