El evangelio de Marcos, manual de educación en la fe

Motivo, método y meta de la pedagogía de Jesús[1]

Juan José Bartolomé, teólogo biblista, trabaja actualmente en la Curia Generalicia Salesiana (Roma)

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

El artículo propone el evangelio de Marcos como vademecum para la formación del discípulo de Jesús, viendo en la relación de Jesús con sus discípulos el ejemplo y la norma de toda relación entre Cristo y los cristianos. Después de una aproximación somera al texto del evangelista, señala los datos esenciales de la pedagogía de Jesús, que concentra en: el Reino de Dios como único motivo, la convivencia permanente como opción metodológica fundamental, y la aceptación de su destino personal como meta final. Todo el trabajo pedagógico de Jesús se ve encaminado a ganar para el proyecto de Dios a cuantos lo acompañaban

 

El relato de Marcos que desde el mismo inicio se identifica como evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (Mc 1,1), puede ser tenido como vademécum para la formación de discípulo de Cristo. La razón es obvia: quién es Cristo para el creyente determina cómo ha de ser el cristiano; ha de vivir siempre quien le siga como ayer vivió él, y porque vive hoy. La presentación evangélica de Jesús sirve, pues, a la edificación de la vida cristiana.

La visión de Jesús de Nazaret que Marcos ofrece tiene como objetivo incidir en la vida de sus lectores; el mundo por él creado sustenta la biografía narrada de Jesús el Cristo lo mismo que la biografía pretendida de sus seguidores; cómo se ha imaginado el narrador a su personaje y su mundo tiene que ver directamente con el modo como quiere ver a sus oyentes en el suyo. Y aunque los discípulos de Jesús, salvo – ya es curioso – Judas, no intervengan de forma decisiva en la narración, es harto significativo que en el mundo recreado por Marcos – único caso entre los evangelios canónicos – Jesús está permanentemente acompañado de discípulos. Según Marcos, el discípulo de Jesús es definido no tanto por lo que hace o diga, sino, más bien, por pertenecer a su entorno por estarle próximo y seguirle de cerca.

Antes de pasar al análisis de la relación de Jesús con sus discípulos, ejemplo y norma de toda relación entre Cristo y los cristianos, conviene situarla dentro del marco narrativo en el que Marcos la dejó explicitada y descubrir la función que en él cubría. Sólo cuando quede de manifiesto el papel que el discipulado de Jesús desempeña en elmundo recreado por el evangelista, se estará en condiciones para apreciar la importancia del fenómeno y, más decisivo, dar con su razón de ser, inventariar las metas y comprender el método seguido por Jesús para conseguirlas.

 

1. Una aproximación al relato de Marcos

 

El mundo en el que Marcos sitúa la acción queda definido por los lugares y los tiempos en los que coloca a sus personajes (y a los lectores) y por las personas o grupos de personas que lo habitan y en él intervienen; cuanto de ellas dice y – no menos decisivo – lo que sobre ellas calla es su forma de identificarlos.

Ese mundo literario, creación del redactor, tiene un entramado narrativo y sigue un preciso guión; la trama es el modo en que se disponen los hechos narrados, que, en contra de la apariencia, no se producen de forma casual sino en secuencia cuidadosamente ordenada; el narrador se sirve de esa ordenación de los acontecimientos para, creando tensión dramática, suscitar en sus lectores una respuesta determinada, la que él juzga conveniente, lo mismo que para desautorizar juicios o actitudes equivocadas que presume en su audiencia.

 

  1. 1. Tiempo y espacio

 

En el mundo narrativo que crea Marcos no existen barreras entre lo sobrenatural y lo habitual: Dios, ángeles, demonios, hombres aparecen en la escena, y desaparecen, tomando postura siempre frente al personaje principal. A pesar de esta masiva presencia de lo divino, el mundo narrado queda en el ámbito de la cotidianeidad. La impresión global que causa el relato de Marcos es de absoluta normalidad. Es lo que pretende.

Espacialmente, el país de los judíos es el escenario dominante y casi exclusivo del relato. La localización más decisiva gira en torno a la secuencia Galilea-Jerusalén-Galilea; otros lugares, el desierto de Judea (Mc 1,2-6.12-13) o el templo de Jerusalén (Mc 11,27-12,34) tienen indudable importancia, como espacio de desvelación de la identidad de Jesús o lugar del conflicto con sus antagonistas, pero no modifican la disposición básica del relato.

Temporalmente, las anotaciones cronológicas que aparecen en los trece primeros capítulos son poco precisas; no reflejan el curso real de los sucesos; sirven, más bien, como nexo literario entre episodios, a los que confieren verosimilitud histórica. Marcos sitúa la narración, que comprende el final del ministerio del Bautista, el ministerio de Jesús y el inicio de la misión de los discípulos tras la Pascua, en el tiempo del cumplimiento, que es el tiempo del evangelio. De hecho, inicia su crónica propiamente en Mc 1,14-15, cuando, programáticamente, Jesús proclama el evangelio del reino de Dios, y la finaliza en Mc 16,8 dejando anunciada la buena nueva de la resurrección de Jesús.

 

1.2. Personajes

 

Los actores que, de forma habitual, pueblan el mundo narrativo de Marcos son Jesús, las autoridades religiosas, los discípulos y el pueblo. Junto a ellas aparecen otras figuras secundarias que o ejercen funciones importantes en un momento dado del relato (Juan Bautista: Mc 1,4-8; Herodes Antipas: Mc 6,14-29; Pilato: Mc15,1-15) o, esporádicamente, sirven para subrayar comportamientos que, por contraste, definen el de los personajes principales (fe de Jairo en Jesús: Mc 5,21-24.35-43; Simón de Cirene hace lo que deberían los discípulos: Mc 15,21; cfr. 8,34).

Jesús es el protagonista del relato, lo domina completamente (salvo en Mc 1,4-6; 6,17-29) y le da unidad. Su forma de enjuiciar acontecimientos y personas es aceptada por el narrador y por él propuesta como normativa a sus lectores. Por cuanto dice y hace Jesús deja ver su identidad personal, que radica en una relación única con Dios (Mc 1,11; 9,7; 12,6). Sólo el narrador (Mc 1,1) y los personajes sobrenaturales (Dios: Mc 1,11; demonios: Mc1,24.34; 3,11; 5,7) conocen la filiación divina de Jesús; los hombres, sean adeptos o antagonistas, reaccionan con perplejidad (Mc 1,24, cf. 1,27; Mc 1,34, cfr. 2,7; Mc 3,11, cfr. 4,41; Mc 5,7, cfr. 6,3); frente a él, la opinión pública se muestra dividida (Mc 6,14-16) y únicamente podrán atisbar su misterio personal al final del relato: para saber quién es se le debe contemplar en cruz (Mc 15,39). El lector, que conoce desde el inicio (Mc 1,1) el punto de vista del narrador, puede calibrar el error de todos y su causa.

Las autoridades, civiles o religiosas, son los antagonistas. Después de Jesús son los actores más influyentes en el relato. Marcos los ve como grupo en contraste permanente con Jesús y presenta una imagen de ellos muy hostil y negativa (Mc 3,4.6; 7,6-7): carecen de autoridad verdadera (Mc 1,22); no conocen el punto de vista de Dios ni saben las Escrituras (Mc 2,25-26; 7,10-13; 10,2-9; 12,10-11.26-27.35-37); acabarán con Jesús con traición y engaño (Mc 3,6; 1118; 12,12; 14,1.10-11.55-61; 15,1-10). Desde el inicio transmite a sus lectores la sensación de que el conflicto es inevitable y de que su final será trágico: el antagonismo se hace más intenso y directo (Mc 2,1-3,6.22-30; 7,1-13; 8,11-13; 11,15-18; 12,1-12; 14,56-58), los temas en debate más decisivos (Mc 2,7.15-17.18-20.23-28; 3,1-5.22-30; 7,1-13; 8,11-13; 10,2-12; 11,15-19.27-33; 12,1-12.13-27.34.38-40; 14,64), a medida que avanza el relato. Con los discípulos su actuación es, igualmente, de cerrada oposición (Mc 2,32-34; 7,1-5; 13,9-10); también con la gente la relación es negativa (Mc 6,34; 11,18; 12,12.38-40; 14,1-2; 15,9-13). El redactor no permite a sus lectores que se hagan una idea benévola de las autoridades: si en un primer momento, aunque piensen deshacerse de Jesús, discuten con él, cuando los calle, no pensarán más que en su muerte.

Los discípulos son presentados con menor nitidez y escaso protagonismo. Salvo Judas, no intervienen directamente en el curso de los acontecimientos. Seguidores de Jesús desde el inicio, parece que no hacen nada por acercársele durante el relato; el lector es inducido a enjuiciarlos cada vez más negativamente a medida que mejor los conoce. El conflicto con Jesús, inexistente al inicio, se va haciendo más profundo cuando va apareciendo las exigencias reales del seguimiento; de hecho, y el dato es significativo, el seguimiento pasa a ser de imperativo (Mc 1,16-20; 2,14; 3,13) a condicional (Mc 8,31-35; 9,31-34; 10,35-41), cuando aparece el tema de la cruz inevitable.

Aunque Marcos diferencia entre discípulos (Mc 2,15-16.18.23; 3,7.9) y los doce (Mc 3,16-20), o destaca entre ellos a cuatro (Mc 3,17; 10,35.41; 13,3), tres (Mc 5,37; 9,2; 14,33) y uno (Mc 1,30.36; 8,29.32.33; 9,5; 10,28; 11,21; 14,29.37.54.66-76; 16,7), habitualmente los considera como un solo grupo (Mc 6,7, cfr. 6,30-31.35;Mc 9,31, cfr. 9,33-35; Mc 11,11, cfr. 11,12-14; Mc 14,17, cfr. 14,32): son leales a Jesús (Mc 1,16-20; 3,13-16; 10,28), pero incapaces de comprenderle (Mc 4,13.40-41; 6,48-50; 7,17-18; 8,17-21). Cuanto más se acerca Jesús a su final, más alejados se le quedan (Mc 8,31-35; 14,10-11.31.43-46.50.66-72): su incomprensión les conducirá a la traición. Con todo, el relato no se cierra condenándolos; les dará una nueva oportunidad (Mc 16,7; cfr. 14,28).

Tampoco el pueblo judío está bien definido. Enfrentado a Jesús, no es su enemigo declarado; más aún, Jesús le dedica tiempo y desea ganárselo (Mc 2,2; 6,34); el pueblo lo busca (Mc 1,37.45; 2,13; 3,7-8.20; 6,31; 10,1), asombrado por un poder (Mc 1,27; 6,2) que experimenta en sus enfermos (Mc 1,34; 3,10-12; 6,6.53-56); se reúne en torno a él (Mc 2,2), le escucha con agrado (Mc 1,21-22; 6,2; 11,18; 12,37), pero no recibe los secretos del reino (Mc 4,10-11.33-34); y si le sigue momentáneamente (Mc 3,7; 5,24; 6,32-34; 10,46), no convierte en su seguidorpermenente (Mc 3,32-35; 4,10; 15,41); la admiración o estupor que Jesús le causa no lleva a la comprensión de su misión (Mc 6,51-52). Y cuando caiga Jesús en poder de la autoridad, se unirá a ella en sus propósitos homicidas (Mc 14,43.48-49; 15,15.29-30): la multitud está bien dispuesta con Jesús (Mc 2,6-7.12; 11,18), pero no termina por creer en él. Si inicialmente muestra cierta buena disposición hacia Jesús, terminará por comportarse como – y  con – sus antagonistas, las autoridades.

 

1.3. Trama

 

La narración supone una cuidada disposición de los acontecimientos relatados al servicio de una clara intención editorial. Nada de lo narrado es casual y todo es narrado para suscitar una reacción determinada en el lector. En el relato mismo, en su composición, están las claves de su correcta interpretación: lo que se inicia como la crónica de una predicación del reino de Dios termina trágicamente con el relato de la muerte y desaparición del predicador; un permanente conflicto entre los personajes y sus proyectos es el motor del relato. Jesús está en el centro del conflicto y es su motivo único: lucha contra las autoridades y por Israel y fracasa; lucha con sus discípulos y por ellos y la batalla queda abierta; la anunciada resurrección suspende el aparente fracaso y posibilita una segunda, y no narrada, oportunidad para los discípulos. El lector se siente invitado a hacer suya la tarea que no sabe – pues no se le narra – si realizaron los protagonistas.

Para llevar a cabo este proyecto editorial el redactor ordena su escrito de modo consciente: tras el título (Mc 1,1), elegido por el redactor y que desvela su personal comprensión de la obra (evangelio) y de su personaje (Jesús, mesías e hijo de Dios), viene un prólogo (Mc 1,2-13), que sirve como presentación de Jesús, quien irrumpe en la narración, predicando el evangelio de Dios (Mc 1,14-15). El relato lo es de su misión evangelizadora, primero en Galilea (Mc 1,16-8,26), encaminándose después a Jerusalén (Mc 8,27-10,52), para terminarla trágicamente en la ciudad santa (Mc 11,1-15,41). Un epílogo interrumpe la narración sin cerrarla del todo (Mc 15,42-16,8).

El relato marquiano se inicia y se cierra en lugares inhóspitos, en el desierto (Mc 1,2-13) y junto a el sepulcro (Mc 15,42-16,8), lugares de muerte… y de Dios. De hecho, en ambos extremos, interviene Dios, más directamente al inicio (Mc 1,11); al final, un mensajero divino habla del Señor por venir y de su camino (Mc 16,7).

Galilea (Mc 1,16-8,26) y Jerusalén (Mc 8,27-10,52), los dos partes más extensas, presentan una composición análoga, centrada en torno a un discurso, el parabólico (Mc 4,1-34) y el escatológico (Mc 13,3-37). El discurso en Galilea divide la narración en dos secciones; la primera se abre con la llamada de los discípulos (Mc1,16-20) y se cierra declarándolos familia de Jesús (Mc 3,31-35); en medio queda la crónica del hacer con autoridad de Jesús (Mc 1,21-3,30). La segunda sección se abre con la primera travesía sobre el mar (Mc 4,53-41) y se cierra con una segunda (Mc 8,13-21). El discurso en Jerusalén distingue asimismo dos secciones; la primera se abre llegando al templo Jesús (Mc 11,1-11) y se cierra observando Jesús en el templo a la gente (Mc 12,41-13,2); en medio queda la afirmación de la autoridad de Jesús (Mc 11,12-12,40); la segunda se abre preparando a Jesús para la sepultura por la unción (Mc 14,1-19) y se cierra narrando su enterramiento y desaparición (Mc 15,40-16,8); en medio queda la narración de la pasión (Mc 14,10-15,39).

Antes del discurso la narración está dominada por la cuestión de la autoridad de Jesús: en Galilea es reconocida por demonios, discípulos y gente y crea oposición en los enemigos; en Jerusalén, la autoridad viene cuestionada sólo por ellos, aunque no pueden negársela. Después del discurso, Jesús, en Galilea, es malinterpretado por sus discípulos y, en Jerusalén, será por ellos abandonado en manos de sus enemigos. Cuando Jesús opera en Galilea, sus antagonistas vienen de Jerusalén (Mc 3,22; 7,1; 10,32.33-34); cuando está en Jerusalén, sus discípulos son reconocidos como galileos (Mc 14,70). En Galilea Jesús es el protagonista de la acción; en Jerusalén los acontecimientos caen sobre él. Cerrando el camino de Galilea y antes de iniciar la estancia en Jerusalén, se repite la curación de un ciego, en Betsaida (Mc 8,22-26) y de camino hacia Jerusalén (Mc 10,32; 11,1) en Jericó (Mc 10,46-52).

El camino (Mc 8,27; 9,33-34; 10,32.52) es el espacio entre Galilea y Jerusalén y la cátedra para enseñar a cuantos le siguen su estilo de vida y ganarles para su programa: mediado el viaje, el seguimiento se convierte en opcional, cuando el discípulo conoce consecuencias; lo que se inició como ejercicio de obediencia apoyada en la promesa de Jesús (Mc 1,17-18) pasa a ser decisión consciente y responsable (Mc 8,34; 9,35; 10,44-45). A quien hace camino junto a él, Jesús le predice su final cruento, pues caminar con Jesús le obligar a volvérsele solidario hasta la muerte (Mc 8,31; 9,31; 10,33).

 

2. Datos esenciales de la pedagogía de Jesús

 

De este relato emergen tres elementos esenciales que conforman la pedagogía del discipulado de Jesús: el reino de Dios como único motivo, o la razón que llevó a Jesús a convertirse de predicador itinerante en educador de hombres; la convivencia permanente como opción metodológica fundamental que preside el itinerario formativo que hizo recorrer a sus educandos; la aceptación de su destino personal, como objetivo o meta final, que se propuso conseguir como maestro, y que propuso como ineludible a sus acompañantes si querían ser discípulos.

 

2.1. El reino de Dios como motivo

 

Que Jesús inicie su ministerio con la predicación del reino (Mc 1,14-15) y con la invitación a su seguimiento (Mc 1,16-20) no es simple casualidad: la primera actuación del evangelizador del reino inaugura el discipulado.

Durante toda su vida pública, Jesús no se ocupó más que de anunciar cercano el reinado de Dios (Mc 1,21-22) que sus obras proclamaban ya incipiente (Mc 1,32-34). Y siempre, salvo contadas excepciones (Mc 6,14-29; 14,53-15,40), estuvo rodeado de personas que, siguiéndole de cerca, convirtieron al Dios de Jesús en el Señor de sus vidas, al querer vivirlas poniendo por obra la voluntad soberana de Dios (Mc 3,31-35).

Primera institución que nace de la predicación del reino, el discipulado de Jesús tiene su origen y causa en la obligación que siente Jesús de proclamar la voluntad de cercanía a los hombres que Dios mantiene y está por realizar en un futuro inmediato. Su conciencia de apóstol del Dios próximo le impone la cercanía con los hombres; a ellos se dirigirá si están alejados y con ellos convivirá, si son sus elegidos. No es, pues, discípulo quien quiere y se lo propone, sino quien es querido por Jesús y recibe la invitación. Pero el querer del predicador y la llamada al seguimiento son consecuencia ineludible de su propia vocación: el discípulo, al igual que su señor y a través de él, está al servicio del reino de Dios. Dios por venir, su soberanía por implantarse, son la razón de ser del discipulado, como lo son de la misión personal de Jesús (Mc 2,15-17).

 

2.2. La convivencia permanente como método

 

En el relato de Marcos la vida y la obra de Jesús queda definida por la presencia/ausencia de sus seguidores: aparece públicamente en Cafarnaún (Mc 1,21) inmediatamente después de lograr los primeros adeptos (Mc 1,16-20); se apresta a morir en Jerusalén, cuando le fallan todos sus discípulos (Mc 14,50-52). Quien solo murió (Mc 15,34), no pudo vivir sin compañeros.

En todo momento, Jesús, que por acercar el reino de Dios a los hombres no tuvo él morada estable, impuso a quien le seguía domiciliarse en los caminos: la ocupación habitual del grupo de Jesús fue vagar de un lugar para otro; y su lógica consecuencia, la marginación social y el desarraigo familiar.

En este continuo desplazamiento, pueden señalarse tres etapas dentro de su ministerio que se caracterizan, también, por una diversificación en las metas que Jesús perseguía y en los procesos que alentaba en la educación de sus discípulos.

 

  • Galilea, lugar para ‘estar con él’

 

En Galilea (Mc 1,21-8,26), los discípulos de Jesús son invitados, primero, a estar con él (Mc 1,17a; 3,14a) y, en un segundo momento, serán enviados a predicar en su lugar (Mc 1,17b; 3,14b; 6,7). En ambos casos, los seguidores de Jesús, los primeros lo mismo que los doce, se perfilan como sus compañeros de vida y de tareas apostólicas.

Ser discípulo de Jesús consiste básicamente en convivir siguiéndole de forma estable (Mc 1,18.20; 2,14; 8,34; 10,21.28; 15,41). De ahí que no cualquiera que le sigue ha de ser considerado tal (Mc 3,7; 5,24; 10,52; 11,9). La compañía de Jesús no siempre es la mejor, pero siempre es fruto de una elección suya (Mc 2,17). Durante un largo período, aprenderán de Jesús mientras éste ejerce su poder de curar y predica el evangelio a la muchedumbre (Mc 1,21-3,7), serán eventualmente defendidos de críticas de sus antagonistas (Mc 2,18-27) o presentados  públicamente  como su familia (Mc 3,31-35). Oirán junto a la gente las parábolas de reino (Mc 4,1-19) y recibirán en privado una mejor explicación (Mc 4,10-34): los secretos del reino se les abren. Tras contemplar una serie de prodigios (Mc 4,35-5,43) y asistir al rechazo de Jesús por parte de sus conciudadanos (Mc 6,1-6a), serán enviados por él en su nombre y con sus poderes (Mc 6,6b-13.30), multiplicando así la eficacia de la actividad mesiánica de su maestro.

Ejercitados ya en la misión, vuelven a la convivencia con Jesús: contemplan increíbles portentos (Mc 6,30-53) y son, de nuevo, defendidos públicamente (Mc 7,1-15) e instruidos en privado (Mc 7,16-23). La repetición de prodigios (Mc 7,24-8,10) prepara la seria advertencia de Jesús contra el deseo de signos y señala un punto culminante en el cúmulo de malentendidos que ha sido hasta ahora el seguimiento de Jesús (Mc 8,11-21). El período galileo, significativamente, se cerrará con la curación de un ciego que no se convirtió en discípulo (Mc8,22-26): ver no basta para creer, ser sanado no es preámbulo para ser seguidor.

En Galilea los discípulos son compañeros constantes de Jesús, de que cuya decisión siempre dependen: son elegidos (Mc 1,16-20) y seleccionados (Mc 3,13-14), enviados (Mc 6,7) y acogidos (Mc 6,30-32), instruidos (Mc4,10-11.34) y mandados (Mc 6,8-11). Por estar con Jesús permanentemente, ven sus prodigios y oyen sus enseñanzas, se convierten en sus representantes legales que misionan en su nombre y con su autoridad (Mc 3,14-16; 6,7.12-13), expulsan demonios (Mc 6,13, cfr. 1,34.39), llaman a la conversión (Mc 6,12, cfr. 1,14-15), repiten enseñanza (Mc 3,15; 6,30, cfr. 1,21-22) y milagros (Mc 3,15; 6,7.13, cfr. 1,34; 3,10), para terminar, como apóstoles, retornando a la convivencia (Mc 6,30).

En Galilea la cercanía a su maestro los distingue de las autoridades y su permanencia junto a él, de la muchedumbre. Pero en su falta de fe, los discípulos les son parejos (Mc 4,13.41; 6,51-52; 7,18; 8,21). Y de Galilea saldrán los discípulos cuando vayan a salir de su incredulidad (Mc 8,29).

El tiempo de la estancia con Jesús coincide, pues, con el tiempo de la incomprensión: elegidos personalmente y dotados de su poder (Mc 1,16-20; 3,13-15), testigos presenciales de cuanto Jesús hace y dice (Mc1,21-22.23-28.32-34.38-39; 2,8-12; 3,10-12), no logran entender lo que predica (Mc 4,13; 7,18) ni cuanto ven (Mc4,41; 6,51-52; 8,14-21). No comprenden las parábolas de Jesús, el origen de su autoridad, ni su identidad personal. Jesús, que hubiera esperado de ellos otra reacción, no deja de contar con ellos (Mc 6,7-12); trata de que la incapacidad de los suyos para entenderle no mine su lealtad, ni rompa la vida común.

 

  • Camino de Jerusalén, tiempo de formación

 

El camino hacia Jerusalén (Mc 8,27-10,52) queda enmarcado por un doble acto de fe: es un trayecto que se abre en la confesión de fe del discípulo Pedro (Mc 8,29) y se cierra con la del ciego Bartimeo, convertido en vidente y seguidor de Jesús (Mc 10,52).

Con todo, la de sus discípulos no será una fe completa (Mc 8,27, cf. 1,1), como Jesús se hubiera deseado (Mc8,32-33). Lógicamente, el esfuerzo educador de Jesús se concentra en sus discípulos; convierte su viaje en escuela y, subiendo a Jerusalén, se pone como tarea el ganar a los suyos para el seguimiento. El problema en ellos no gira ya en torno al misterio de su persona, se centra en la comprensión del destino del maestro y la necesaria solidaridad de los discípulos. Creyentes a medias, Jesús quiere conducirlos a la aceptación del plan de Dios, que se realizará en su pasión, muerte y resurrección. Por tres veces, y cada vez con mayor claridad, anuncia su fin cruento y su inmediata resurrección (Mc 8,31; 9,31; 10,33-34); invariablemente, los discípulos reaccionan oponiéndose frontalmente (Mc 8,32), amparándose en el silencio (Mc 9,32), o, lo que es aún más grave, soñando dignidades por venir (Mc 10,35-40): dar con la auténtica identidad de Jesús incluye la aceptación sin ambages de su destino personal.

Jesús aprovecha la incapacidad de sus discípulos para, mediante una catequesis basada casimonotemáticamente en la entrega de la propia vida y en el servicio a los demás (Mc 8,34-38; 9,33-37; 10,41-45): tal es el proyecto de Dios. El seguimiento es ahora opcional y universal (Mc 8,34). Pero la resistencia crece en sus discípulos y el conflicto se radicaliza: el primer creyente se convierte en un endiablado tentador (Mc 8,33), por no pensar en Jesús como Dios lo quería.

El tacto pedagógico de Jesús es, ello no obstante, evidente: tras el primer anuncio de su muerte y la primera instrucción sobre las condiciones del seguimiento (Mc 8,34-9,1), se deja ver, como en realidad es, encantador: se muestra divino (Mc 9,2-13) y vencedor del mal allí donde el discípulo es vencido (Mc 9,14-29); pero la orden de callar que, al bajar del monte, da a los que le vieron transfigurado (Mc 9,9) delata la convicción de narrador de que sólo tras la resurrección se comprende destino e identidad de Jesús.

Ligada a la segunda predicción (Mc 9,30-32), va una larga instrucción sobre la vida del discípulo: el servicio (Mc9,33-37), la tolerancia (Mc 9,38-41), la vida ejemplar (Mc 9,42-50), la indisolubilidad matrimonial (Mc 10,1-12) y el valor de los bienes (Mc 10,17-31). El esfuerzo de Jesús es inútil: apenas ha repetido el anuncio de su entrega, cuando sus seguidores se enzarzan en una discusión sobre el mayor de todos. Siguen pensando según categorías humanas y no siguiendo el proyecto divino (Mc 9,35.37.39; 10,26). El tercer anuncio de su muerte (Mc 10,32-34), aunque sea el más claro y extenso, suscita, de nuevo, una disputa interna entre los discípulos y provoca la última catequesis sobre la autoridad cristiana y el modo de ejercerla (Mc 10,35-41): la búsqueda del poder no pertenece al camino de Jesús. Su meta, y la vía, es servir a todos sin servirse de ninguno.

Por más que, camino de Jerusalén, Jesús se haya volcado en la educación de sus discípulos, ya medio creyentes, no logrará ganarlos para el proyecto de Dios, al que sólo él sirve. Y es que para que se le entreguen en cuerpo y alma, tendrá él que entregarse antes en cuerpo y alma por ellos. La fe del discípulo dejará de ser barrunto o simple sospecha sólo cuando se consume la muerte de su Señor.

 

  • Jerusalén, tumba del maestro y de la fidelidad del discípulo

 

Jerusalén (Mc 11,1-15,47), ciudad de Dios, será tumba de Jesús y sepulcro de la fidelidad de los suyos. Jesús dedica los días de su estancia en la ciudad de Dios a la enseñanza pública del pueblo (Mc 11,27-12,12.35-40), a mantener mayores distancias con las autoridades (Mc 12,13-34), a quienes logra reducir al silencio (Mc 12,34), y a abrir su intimidad a sus discípulos y anunciarles el inmediato porvenir (Mc 11,20-23; 12,41-13,37). Todo en vano.

Hechos tan clamorosos como la entrada en Jerusalén (Mc 11,1-11), la maldición de la higuera (Mc 11,12-14) o la purificación del templo (Mc 11,15-19) no logran hacer creer a cuantos le siguen (Mc 11,22-25), ya avisados de lo va a  suceder (Mc 13,1-37). El elogio de la viuda que entregó a Dios todo lo que tenía para vivir es la última enseñanza a los suyos (Mc 12,41-44): en neto contraste con los escribas, que se sirven de Dios para vivir (Mc12,38-40), y con los discípulos, que por salvarse perderán a su maestro, esa mujer se ha puesto en manos de Dios, poniendo en sus manos cuanto tenía para sobrevivir.

Cuanto más se acerque la pascua, más difícil se hace la fidelidad al discípulo y más inevitable la muerte al maestro. Con la muerte, trágico final del conflicto de Jesús con las autoridades de Israel (Mc 3,6; 11,18; 12,12; 14,1-2), se interrumpe violentamente su ministerio público y la posibilidad de que se comprenda su misterio personal. Pero, al mismo tiempo, es el hecho que resuelve definitivamente el enigma de Jesús, desencadenando el acto reivindicatorio de Dios y la revelación de su identidad (Mc 15,39).

En el transcurso de una cena, la última (Mc 14,12-16.22-24), Jesús anuncia su entrega, la interpreta como nueva alianza y predice la traición – ya planeada – de un discípulo (Mc 14,10-17.21.43-49), la negación repetida de otro (Mc 14,26-31) y la huída de todos (Mc 14,27.50-52): su voluntad de darse no ha doblegado la debilidad del grupo. Preguntándose uno a uno si no será él el traidor, queda en evidencia la inseguridad de todos: todos son capaces de ello, aunque sólo uno lo consume (Mc 14,31.43-46).

Y abandonado por los suyos, lucha por no verse abandonado de su Dios (Mc 14,32-42). La lealtad de los discípulos se quiebra y la soledad de Jesús no puede ser más dramática. La noche de su entrega es la noche de la traición (14,43-46) y huída de sus discípulos (Mc 14,50) y del desamparo de Dios (Mc 15,34): Dios y los suyos coinciden en el abandono, aunque por bien distintas razones. Y mientras Jesús dé testimonio de su misión mesiánica (Mc 14,53-65; 15,1-15), Pedro estará renegando de él, como estaba previsto (Mc 14,66-72). Condenado y ultrajado, morirá gritando su abandono (Mc 15,29-32.35-36). Sólo entonces, ante la cruz, podrá nacer la fe verdadera: aquella que no encontró en un discípulo, surgió en un pagano (Mc 15,39; cfr. 1,1); por vez primera, y última, alguien que no es Jesús (Mc 14,63, cfr. 12,6) desvela sin reservas quién es. Lo que no lograron sus seguidores ni aceptaron sus antagonistas, lo alcanzó el centurión romano. ¡Mayor fracaso no podría soñarse para un programa de educación en la fe!.

La fidelidad del discípulo, por más favorecida que estuviera durante el período de convivencia y la instrucción privada, no será posible hasta que Jesús fuera fiel a Dios y a los suyos hasta el extremo. Ensayar fe o prometer fidelidad, sin aceptar en el crucificado al hijo de Dios, es inútil esfuerzo; mala pedagogía cristiana es educar para una vida de discipulado que no cuente con Cristo y éste crucificado (cfr. 1 Cor 2,2).

 

  • De nuevo, Galilea…: la (posible) resurrección del discipulado

 

Que el relato de Marcos culmine en la cruz no significa que en ella termine. Más aún, su relato ha quedado inacabado; en ello reside uno de sus rasgos más característicos. El fracaso de Jesús, que fue el de sus discípulos, no duró ni tres días: su tumba vacía vació de contenido trágico su muerte en cruz y la muerte de la fe de los suyos.

Aquel día madrugó Dios más que las presurosas sepultureras (Mc 16,1-6), quienes no encontraron al crucificado en la tumba, porque estaba vivo en Galilea (Mc 16,7), tal y como lo había predicho (Mc 10,33-34; 14,28). Galilea, de nuevo, es el hogar del discípulo recuperado para el seguimiento, porque allí está, precediéndole, el Señor…

Marcos deja sin narrar el encuentro del Resucitado con sus discípulos en Galilea, aunque la existencia del relato (y de la comunidad lectora) lo dé por supuesto. No describe, pues, la solución final del conflicto entre Jesús y los suyos. Con ello invita al lector a crear – rehaciéndolo – el final no narrado. Mientras Jesús viva ‑ y vive ya para siempre – y nos esté esperando, siempre podrá contar el discípulo con una oportunidad de rehacer el camino y volver al seguimiento. El discipulado desaparecerá como institución del reino cuando retorne el hijo del hombre a imponerlo (Mc 8,38; 13,26-27; 14,62).

La historia de los primeros discípulos, sus pocas luces y su inveterada incapacidad, es advertencia y promesa, aviso y estímulo, mientras uno ensaya su propia historia de discípulo, ahora ya algo más precavido y mucho más responsable. Porque, y a diferencia de los primeros, el discípulo hoy sí que sabee que el final de la historia no es una tumba vacía en Jerusalén sino los caminos abiertos de Galilea… Mientras Él allí nos preceda, puede uno aventurarse a seguir sus huellas.

 

  1. Asumir el destino de Jesús como meta

 

Si el reino de Dios fue el motivo de la actuación pública de Jesús y, por tanto, la razón del esfuerzo por educar a sus seguidores, todo su trabajo pedagógico tenía por objetivo el ganar para ese proyecto de Dios a cuantos le acompañaban mientras lo ofrecía al pueblo. La tarea debió parecer fácil al inicio, tanto a él como a sus discípulos. Pero cuando éstos se percataron de que el plan de Dios no coincidía con sus planes, ni sus caminos con el vía crucis que lo cumplía, rompieron con el maestro y dejaron la convivencia. El fracaso de los discípulos fue un revés para su educador, tan rotundo, si no más, como la muerte.

Jesús sacó a unos hombres de su trabajo y de su hogar para, a través de una vida y una misión compartidas, llegaran a asumir su destino personal. Para lograrlo Jesús los hizo compañeros de caminos y testigos de su evangelización; los discípulos que siguieron a Jesús vieron su actuación taumatúrgica, conocieron su empeño en librar al hombre del mal, oyeron sus parábolas del reino y le observaron orando a Dios; serle compañeros no fue suficiente para serle fieles.

La cruz de Cristo, sólo presentada a quien creía ya en él.., aunque fuera a medias, fue -y sigue siendo- la reválida del discípulo. Pero, a diferencia de los primeros, los que venimos tras ellos sabemos que Dios espera a quien acepta la cruz de Cristo como destino personal para, antes de que amanezca el tercer día, mostrarle vencida la muerte y enviarle a las Galileas donde le está esperando el Resucitado. En la cruz de Jesús se encuentran los hombres con Dios y en su sepulcro abierto se recuperan de sus fallos recuperando como misión el testimonio ante sus hermanos. Ir a los hermanos y decirles que Él vive es la tarea de quien sabe de cruces y se ha encontrado con la tumba vacía.

 

          JUAN JOSÉ BARTOLOMÉ

 

[1] Una mejor, más pormenorizada, exposición del esfuerzo educativo de Jesús puede verse en el libro, Jesús de Nazaret, formador de discípulos. Motivo, método y metas de su pedagogía según el evangelio de Marcos. Madrid, Editorial CCS, de próxima aparición.