EL HAMBRE EN EL MUNDO

La  FAO estima que, en los países en desarrollo, 840 millones de personas pasan hambre en el mundo y unos 200 millones de niños sufren malnutrición. Cada año, casi 11 millones de menores de 5 años mueren como consecuencia directa o indirecta del hambre y la alimentación inadecuada o insuficiente. Millones de niños padecen enfermedades relacionadas con la falta de vitaminas y minerales, y con la contaminación de los alimentos y el agua.

Si estas cifras son inaceptables por sí mismas, lo son aún más porque “mundialmente hay alimentos suficientes para todos”. Así lo confirmaba el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) de 1999: “Pese al rápido crecimiento de la población, la producción de alimentos per cápita ha aumentado casi el 25%, la oferta de calorías ha aumentado de 2.500 a 2.750 y la de proteínas de 71 a 76 gramos. Pero unos 840 millones de personas están desnutridas”.

El hambre como fenómeno humano es evitable. Hasta la década de los 80 las causas últimas del hambre eran atribuidas a catástrofes climáticas, crecimiento demográfico alto y atraso en las técnicas agrícolas, especialmente en los países del Sur.

En 1981 el economista indio y premio Nobel Amartya Sen publica el libro Poverty and Famines (Hambruna y pobreza) en el que analiza varias de las hambrunas más importantes de este siglo y llega a la conclusión de que la hambruna no es causada generalmente por la falta de alimentos, sino por la incapacidad de algunos sectores sociales de acceder a ella, sea produciéndola o adquiriéndola. El enfoque de Sen concentra el problema del hambre en la incapacidad para conseguir comida mediante su compra, comercio o cambio de otros productos, del trabajo propio o los derechos concedidos por el Estado, por ejemplo subsidios. El problema del hambre se centra, pues, en la capacidad de acceso al alimento y no en la existencia del mismo.

La aportación más importante de la teoría de Amartya Sen ha sido demostrar que las grandes hambrunas de este siglo se produjeron sin una disminución de las existencias de comida, y subrayar el papel de las desigualdades sociales como causa del hambre.

Del mismo modo se pronuncia el Pontificio Consejo “Cor Unum” al afirmar que: “Hasta el siglo XIX las hambrunas procedían por lo general de causas naturales. Hoy son producto del comportamiento humano… El hambre nace, en primer lugar, de la pobreza”. En el mismo documento se afirma: “Es ilusorio esperar soluciones ya hechas; estamos en presencia de un fenómeno vinculado a las opciones económicas de los dirigentes y responsables, así como también de productores y consumidores; también es una invitación a todos y cada uno, con la esperanza de llegar a un progreso decisivo, gracias a unas relaciones humanas siempre más solidarias”.

Frente a este panorama sombrío, pero con posibilidades de arreglo si hubiese voluntad política para hacerlo, se pregunta Sylvie Brunel si es posible alimentar a 10.000 millones de personas y contesta: “El crecimiento de la producción agrícola mundial sigue siendo superior al crecimiento de la población”. Afirma que el problema alimentario no es mundial sino local, haciéndose especialmente grave en África Subsahariana y Asia meridional, donde la oferta de alimentos es insuficiente para cubrir sus necesidades y además “la población no cuenta con medios para adquirirlos ni siquiera cuando los tiene al alcance de la mano”.

El derecho a la alimentación ha sido proclamado públicamente de forma reiterada desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y se afirma de forma unánime que el hambre es evitable; en consecuencia: “¿cómo juzgará la historia a una generación que cuenta con todos los medios necesarios para alimentar a la población del planeta y que rechaza el hacerlo por una obcecación fratricida?” (Juan Pablo II).

Manos Unidas

 

Para hacer

Este texto está extractado de la Agenda Latinoamericana 2001(http://latinoamericana.org/2001/textos/index.html). Ver allí más datos, tomar conciencia de todo lo que dice y traducirlo a nuestro nivel. Responder también a la última pregunta.