EL REGRESO A ÍTACA Y EL SUEÑO DE LA LIBERTAD

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Eugenio Alburquerque Frutos

Director del Boletín Salesiano

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

El autor, en este artículo, ayudándose de análisis antropológicos ofrece interesantes reflexiones pastorales para educar y evangelizar a los jóvenes.

 

Se dice que el profesor Ronald Gibson comenzó una célebre conferencia sobre el conflicto generacional con estas palabras:

– Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando entra una persona anciana. Responden a sus padres y son simplemente malos.

– Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país, si la juventud de hoy toma mañana el poder, porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible.

– Nuestro mundo llegó a su punto crítico. Los hijos ya no escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar muy lejos.

– Esta juventud esta malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura.

Después de enunciar estas cuatro frases, el doctor Gibson, observaba cómo gran parte de la concurrencia aprobaba cada una de ellas. Aguardó unos instantes a que se acallaran los murmullos de la gente comentando lo expresado y entonces reveló el origen de las frases, diciendo:

La primera frase es de Sócrates (entre los años 470 – 399 a. C.). La segunda es de Hesíodo (hacia el año 720 a. C.). La tercera es de un sacerdote (hacia el año 2.000 a. C.). La cuarta estaba escrita en un vaso de arcilla descubierto en las ruinas de Babilonia (actual Bagdad) y con más de 4.000 años de existencia. Y ante la perplejidad de los asistentes, concluyó diciéndoles: señoras madres y señores padres de familia: relájense, que la cosa siempre ha sido así.

Es cierto que a muchos padres y educadores les llena de consuelo, el escuchar o leer juicios extremadamente negativos sobre los jóvenes, pensar que siempre ha sido así; que lo que hoy sucede, ha sucedido siempre; que los jóvenes de hoy, al fin y al cabo, son como los jóvenes de ayer o de hace incluso miles y miles de años. A otros, en cambio, nos desasosiega el hecho y el pensamiento. Y espero que la mirada a los jóvenes, desde una perspectiva verdaderamente educativa y pastoral, sea muy diferente. Que no caiga ni en ese pesimismo apocalíptico ni tampoco en la tentación de la indiferencia; que abandone los tópicos, el catastrofismo y la desesperanza. Que sea desde el realismo, el discernimiento y la misericordia. Que sea una mirada de comprensión y empatía.

Realmente, ¿qué les está pasando a los jóvenes y a los adolescentes y por qué?, ¿por qué caminos transitan? ¿por qué los adultos –padres, educadores, profesores, agentes sociales…-están (y estamos) tan despistados a la hora de afrontar estos hechos?

Voy a intentar dar algunas pistas de respuesta sirviéndome no de la sociología o la psicología, ciencias a las que ordinariamente acudimos para conocer la realidad de los jóvenes, sino más bien de la antropología. Me fijo en algunos modelos antropológicos presentes hoy entre los jóvenes; pero lo hago mirando a algunos iconos que nos propone la mitología clásica en diversos relatos. En concreto, me referiré a Ulises, Narciso, Ícaro y Prometeo, encarnados –me parece- en la sociedad actual en la vida de tantos jóvenes. Los mitos constituyen el corazón de la sabiduría antigua y contienen una actualidad de la existencia humana que siempre nos conviene descubrir y vislumbrar para aprender a vivir humanamente.

 

  1. La odisea de Ulises

 

Fijamos la mirada, en primer lugar, en el relato homérico de la Odisea, que narra el viaje de regreso de Ulises hacia su isla de Ítaca, para volver a su patria, a su casa, a su amada esposa Penélope, tras la guerra de Troya. Después de los desastres de la guerra, el viaje parecía un mero trámite. Sin embargo, se convierte en una odisea porque las muchas dificultades y las propias equivocaciones del héroe le hacen demorar la llegada, llevándole de un lado para otro como un juguete del destino. Cuando Ulises, primer representante en la historia del pensamiento occidental de una “espiritualidad laica”, según Luc Ferry[1], se encuentra con Penélope, es un hombre muy distinto del que partió a la guerra años antes[2].

Como en el relato homérico, la adolescencia y juventud, que hasta no hace mucho era también un breve tránsito entre la niñez y el mundo de los adultos, se está convirtiendo cada vez más en un viaje prolongado y problemático. Se ha ampliado y alargado en dos direcciones: la adolescencia empieza antes y la juventud acaba cada vez más tarde. Por eso, la misma sensación que le queda al lector de la Odisea (que Ulises decía solo de palabra, que tenía mucha prisa por regresar a Ítaca, que este era el objeto más querido de sus deseos), se tiene actualmente con la juventud: no parecen tener tanta prisa por salir de ella… Es verdad que, en su descargo, hemos de tener en cuenta que la meta está tan lejana –ser independiente a los veintimuchos años- que se desdibuja. Ítaca queda demasiado lejos. Por tanto, pasémoslo lo mejor posible en el camino, como proclamó Cavafis: “Cuando salgas de viaje para Ítaca, desea que el camino sea largo, colmado de aventuras, de experiencias colmado. /…/ Que sean muchas las mañanas estivales en que –y ¡con qué alegre placer!- entres en puertos que ves por vez primera. /…/ No tengas la menor prisa en tu viaje”[3].

El obstáculo que retrasó más tiempo –varios años- a Ulises fue su enredo amoroso con la ninfa Calipso, que le propone la inmortalidad y la eterna juventud, mientras en Ítaca los Pretendientes tratan de arrebatarle su palacio y su mujer. Ulises ama a Penélope y está decidido a volver con ella; sin embargo, pierde la cabeza y durante ¡años! se abandona en brazos de Calipso. Su deseo de experiencias placenteras inmediatas prevalece sobre sus propósitos. Tiene, además, una buena coartada: Calipso le retiene de modo mágico con sus poderes divinos. En realidad, él se siente más víctima que culpable.

Algo de eso les pasa a los jóvenes. Buscan calor afectivo, que alguien les acepte porque ellos mismos con frecuencia no lo hacen. Para ellos, lo emocional está por encima de lo sensato. Esa búsqueda de calor y cariño bloquea otras decisiones de tipo racional. ¿Quién les dice que tengan cuidado con sus amoríos, que no pueden jugar con sus sentimientos y con los de los demás…?

Pero, como dice Rojano, “seguir con Calipso” no significa simplemente relaciones amorosas con la ninfa. El tiempo que se dedica a estar con la panda de amigos de la misma edad se explica del mismo modo: buscar un poco de calor, de aceptación. Necesitan estar juntos, sentir el calor de la masa, saber que “no sé que quiero hacer con mi vida, pero estos que están aquí tampoco…”. Se trata de seguir mientras se pueda en brazos de los amores fugaces, de la panda de amigos… en definitiva, de Calipso.

Sin duda, el desbarajuste emocional es un rasgo distintivo especialmente de la adolescencia hoy, pero también de los que no son tan adolescentes. Ya hace años que en Estados Unidos y en Europa Occidental se habla del llamado “síndrome de Peter Pan”. Son muchos los adultos de entre 40 y 50 años que quieren vivir una segunda adolescencia y cambian de pareja inesperada y repetidamente, consumen coca, comienzan a descuidar sus responsabilidades y a mecerse en la ambigüedad y la indiferencia. También ellos quieren recuperar la adolescencia y abandonarse en los brazos de Calipso. Y, con frecuencia, como Ulises, solo podrán separarse de sus brazos, si Calipso los deja partir.

La odisea narra también el encuentro con Circe, la hechicera solitaria que, aburrida sola en su isla, busca compañía, ofrece bebidas a toda la tripulación de Ulises, y con una poción mágica los hechiza y convierte en animales, que olvidan sus objetivos y su viaje y se limitan a pastar y alimentarse despreocupados y felices. Aunque interiormente sigan siendo humanos, todos quedan convertidos en cerdos, a los que amablemente Circe conduce a la cochiquera, repartiéndoles agua y bellotas.

También Circe, en cuyos brazos Ulises se queda un año entero, hace que el héroe se olvide de su casa y de su patria, de su padre, de su hijo y de su esposa; que posponga su gran deseo y relegue sus prisas. Y lo mismo que Ulises y sus compañeros, también muchos jóvenes caen bajo el domino de las modernas circes, como la comunicación por medio de las nuevas tecnologías: los mensajes y charlas con los móviles, los chats, los mundos paralelos vividos con la Play Station o juegos de simulación… Se trata a menudo de perderse, de olvidarse de los propios problemas o de una realidad insatisfactoria. Desde fuera, la vida de los hechizados por Circe era infrahumana (condenados a ser y vivir como cerdos); pero, ¡ellos se sentían muy felices!

Ulises y sus compañeros son apresados por el terrible y gigantesco cíclope, que los almacena en su cueva para comérselos poco a poco. Ulises tiene que poner en juego toda su astucia para poderse librar de las garras de Polifemo. Para engañarle, dice llamarse Nadie: “Nadie te ha herido, señor…” Pero, una vez que huye, recupera su nombre y su identidad. ¿Y si Ulises hubiera sido Nadie durante unos meses o años…? ¿Y si hubiera olvidado quién era…? Este es quizá el riesgo de una juventud prolongada: no se madura humanamente y no se alcanza la propia identidad.

El joven se siente a menudo a disgusto consigo mismo porque no sabe quién es, qué busca y que quiere. “Se siente permanentemente Nadie, no circunstancialmente, como Ulises en la cueva. Esto explica, al menos en parte, ciertos comportamientos en masa en que participan muchos adolescentes y jóvenes que sólo buscan dar la nota, hacerse notar, hacer ver que “intento ser alguien”: la masa de los conciertos de música rock, los aficionados deportivos fanáticos, las pintadas y grafittis, las bandas con sus símbolos de identidad, el diluirse en los disturbios de la kale borroka o de grupos racistas o neonazis… Sólo se inmunizarán contra estas tendencias asociales si van elaborando pronto una identidad personal madura y equilibrada, si dejan de sentirse nadie mediante caminos constructivos“[4].

Finalmente, quiero aludir al relato de las sirenas y al paso de Ulises por el hades. Ulises tiene que amarrarse al timón y taponarse los oídos para no dejarse llevar por el canto de las sirenas, canto tan seductor que se vuelve mortal. La incitación al consumo es una melodía que los adolescentes y jóvenes actuales perciben continuamente, porque socialmente seduce y atrae con una fuerza irresistible. Promueve una forma hedonista de vida, porque se trata de tener más para disfrutar más. Entre los jóvenes, se expresa, por ejemplo, en la obsesión por las marcas, por tener el último CD, por piratear el mejor juego de ordenador, por ser tan delgada como esa modelo semianoréxica… Todo eso son hoy, las sirenas de Ulises.

Pero el viaje más peligroso de Ulises es su paso por el Hades, el reino de los muertos, donde está a punto de dejarse de contar entre los vivos. Le asalta la angustia ante la vista de ese pueblo de sombras, pero logra salir airoso. Ulises salió de su Hades y, quizá, la mayoría de los adolescentes salen del suyo particular, pero siempre con heridas más o menos curadas y superadas. Y no todos lo consiguen. La búsqueda de experiencias nuevas y emocionantes, a veces acaban en la pesadilla de los infiernos de los comas etílicos o de las sobredosis con las pastillas de drogas de diseño; o de los contagios de SIDA y otras enfermedades; o en siendo víctima de la violencia entre bandas o tribus urbanas de diverso pelaje; o los embarazos de adolescentes, que año tras año suben de manera alarmante.

En definitiva, la calle, la pandilla, los escarceos amorosos, los botellones, Internet, la música… son los lugares de paso de ese viaje hacia Ítaca que es la búsqueda de la propia identidad y madurez. Ulises no podía volver atrás, hacia Troya, porque allí sólo había ya ruinas. Tiene que seguir hacia adelante. El joven tiene que recorrer su camino y enfrentarse personalmente con muchos obstáculos. Nadie lo puede hacer por él o por ella. Pero padres, pastores y educadores podemos hacer algo verdaderamente importante: acompañarle en ese camino, ayudarle a formularse preguntas, a poner nombre a Calipso, a Circe, a las sirenas, al cíclope, al Hades… y, quizá, prevenir también los golpes más peligrosos.

 

  1. Narciso enamorado de sí mismo

 

La odisea de Ulises se podría decir que es un relato globalizante. Es espejo de toda la vida humana y de su sentido. Existen en la literatura griega otros relatos y mitos que podríamos llamar más parciales. Expresan modelos antropológicos más definidos y determinados. Me refiero ahora al mito y fábula de Narciso, que se ha leído con frecuencia mirando a la juventud. Siguiendo a Ovidio[5], lo podemos comenzar en el momento en que la ninfa Eco le manifiesta su amor y Narciso responde con el despecho. La ninfa menospreciada y enfurecida se refugia en los bosques, clamando venganza hasta que la diosa Némesis escucha sus ruegos.

En un valle encantador había una fuente de agua extremadamente cristalina, que jamás había sido enturbiada ni por el cieno ni por los hocicos de los ganados. A esa fuente llegó Narciso, y mientras se encontraba tumbado sobre el césped para beber, Cupido le clavó, por la espalda, su flecha… Lo primero que vio Narciso fue su propia imagen, reflejada en el cristal. Insensatamente creyó que aquel rostro hermosísimo que contemplaba era de un ser real, ajeno a sí mismo. Y, al instante, se enamoró de aquellos ojos que relucían como luceros, de aquellos cabellos dignos de Apolo. El objeto de su amor era… él mismo… Pareció enloquecer… ¡No encontraba boca para besar! Una voz en su interior le reprochó: “¡insensato!” “¿cómo te has enamorado de un vano fantasma? Tu pasión es una quimera, retírate de esa fuente y verás como la imagen desaparece. Y, sin embargo, contigo está, contigo ha venido, se va contigo… ¡y no la poseerás jamás!”

Narciso alzó los brazos al cielo. Lloró, gritó, blasfemó… tornó a contemplarse en la misma fuente. Y lloró, ebrio de pasión, ante su propia imagen.

Narciso es el hombre enamorado de sí mismo. En el fondo, un terrible egoísta. Únicamente se apasiona por sí mismo, vive para sí mismo, encantado de sí mismo, preocupado pura y simplemente de sí mismo, de sus gustos, caprichos y necesidades, de su cuerpo y de su imagen, que contempla, enamorado, reflejada en el agua, intentando también hoy agarrarla, asirla, porque no la alcanza.

En realidad, nuestra época es una época narcisista. Narciso ha renacido. Libros, periódicos, transmisiones televisivas nos bombardean continuamente con la cantinela del Yourself, uno mismo, por sí mismo, desde sí mismo, para sí mismo. Un ruidoso coro no cesa de preocuparse de que exploremos el planeta YO, sus imágenes y representaciones, sus ansias y deseos, sus veleidades. La cultura del narcisismo confunde, entre otras cosas, nuestro pobre ombligo (que tantos jóvenes, siguiendo la moda, se ufanan en exhibir) con la cornucopia, esa mítica copa de la abundancia. Y, sin embargo, no es así. Podemos mirarlo y remirarlo, pero nunca aparecerá nada. Es inútil detenerse a escrutarlo; no mostrará nada más que su insignificancia.

Esta cultura narcisista confunde especialmente a adolescentes y jóvenes. Los modelos sociales inspirados en la apariencia, en la seducción, en el esteticismo del cuerpo, les impiden muchas veces encontrar soluciones creíbles a la relación consigo mismos y con la propia imagen. Como Narciso, el joven instaura hoy una relación muy intensa con su cuerpo, y a menudo la manifiesta a través de manipulaciones violentas a las que lo somete para transformarlo y embellecerlo, hasta el extremo de ser capaz de reducirlo a un esqueleto. Se hace incisiones, se ensarta adornos, pendientes, collares, se llena de tatuajes. Adelgaza, se dopa, se droga, expone al cuerpo a riesgos terribles, peligrosos, audaces, pero llenos de emoción.

Ciertamente, es un deber señalar que existen jóvenes que han puesto en el centro de su vida una constelación de valores que pueden definirse como de la alteridad solidaria y que están formados por la igualdad, la justicia social, la disponibilidad a ayudar a los más pobres, la responsabilidad, la armonía interior, el respeto de sí mismo y de los demás. Pero es muy cierto también que los criterios egocéntricos, los estilos narcisistas se extienden y crecen entre los jóvenes.

Sin duda, la confusión que hoy rodea la relación con el cuerpo representa un gran reto educativo: explotación, envilecimiento, exhibición, manipulación, idolatría, son formas en las que queda falseado el significado fundamental de la corporeidad. Todas las instancias comprometidas en la formación de los jóvenes deberían reflexionar sobre la inconsistencia de un proyecto de persona impregnado de narcisismo y que, en el fondo, pretende que perdure siempre la imagen del adolescente.

 

  1. Ícaro, la pasión por volar

 

Uno de los mitos humanamente más apasionantes es el de Ícaro. En la mitología griega, Ícaro es hijo de Dédalo, constructor del laberinto de Creta, y de una esclava. Fue encarcelado junto a su padre en una torre de Creta por Minos, rey de la isla[6].

Consiguieron escapar de la prisión, pero no podían abandonar la isla por mar, ya que el rey mantenía una estrecha vigilancia sobre todos los barcos, y no permitía que navegasen sin ser cuidadosamente registrados. Entonces Dédalo se puso a trabajar para fabricar alas para él y para su joven hijo Ícaro. Enlazó plumas entre sí empezando por las más pequeñas y añadiendo otras cada vez más largas, para formar así una superficie mayor. Aseguró las más grandes con hilo y las más pequeñas con cera, y le dio al conjunto la curvatura de las alas de un pájaro. Cuando al fin terminó el trabajo, Dédalo batió sus alas y se halló subiendo y suspendido en el aire. Equipó entonces a su hijo de la misma manera, y le enseñó a volar. Cuando ambos estuvieron preparados, Dédalo advirtió a Ícaro que no volase demasiado alto porque el calor del sol derretiría la cera, ni demasiado bajo porque la espuma del mar mojaría las alas y no podría volar.

Por fin, padre e hijo echaron a volar. Pasaron Samos, Delos y entonces el muchacho comenzó a ascender como si quisiese llegar al cielo. El ardiente sol ablandó la cera que mantenía unidas las plumas y éstas se despegaron. Ícaro agitó sus brazos, pero no quedaban suficientes plumas para sostenerlo en el aire y cayó al mar. Su padre lloró amargamente y llamó al lugar en el que Ícaro había caído, Icaria.

Ícaro es uno de los símbolos de los jóvenes de todos los tiempos. Sueñan con volar, despegarse del suelo, desafiar a las águilas, agitar las alas y elevarse hacia el sol y las estrellas. Sueñan con un brío invencible y, desoyendo las advertencias de los mayores, siguen quemándose y precipitándose en el mar. Soñando con volar, son tragados por el mar de la vida.

Sin embargo, quizá hoy ha cambiado radicalmente el símbolo y el paradigma. Porque hoy son muchos los jóvenes que no sueñan. Y los que sueñan, no sueñan ya con volar. Sus sueños son mucho más a ras de mar, a ras de tierra. Realmente, la calidad de los sueños de nuestra civilización catódica es preocupante. Los construye la televisión. No son creativos, ni audaces, ni originales; son banales y superficiales. El empobrecimiento cultural en el que viven los jóvenes está hecho y amasado por el espectáculo, por la pura apariencia, por el éxito y el goce del momento. Y los modelos culturales que lanza la televisión no son personajes que sueñan y vuelan por las alturas, sino más bien personajillos de medio pelo que rastrean enfangados en los lodos del brillo de oropel, del consumo hedonista, del placer y disfrute fácil.

Vivimos en el reino del hastío y del desencanto; y “un malestar difuso que lo invade todo, un sentimiento de vacío interior y de absurdidad, una incapacidad para sentir las cosas y lo seres[7]” penetra también en la entraña de los jóvenes. Ícaro parece definitivamente sepultado en el mar. En todo caso, surge un nuevo Ícaro, sin alas y sin sueños, que no osa levantar el vuelo, porque está prendido en las redes asfixiantes de una vida sin peso, sin sentido y sin anclajes.

Les sucede a los jóvenes lo que al personaje de Kundera: la vida se les queda sin peso, porque nada deja memoria de nada, ni es referible a nada; porque no existe anclaje posible desde el que dar sentido y valor a la vida cotidiana; porque entonces el ser tiene una levedad que se hace repetitiva e insoportable[8]. Más que nunca, los jóvenes se mueven en un laberinto de experiencias, en un ir y venir, hacer y pasar, sin sentido y sin salida. Crece el desconcierto y la desconfianza; se desvanecen las utopías, los ideales, los horizontes; y aflora una actitud de desencanto que marca toda la existencia. Tienen la experiencia de un mundo duro que no aceptan, pero que tampoco esperan cambiar. Por eso no sueñan un mañana distinto; buscan solo prolongar el hoy.

 

  1. Prometeo de nuevo encadenado

 

Finalmente, me refiero al modelo antropológico que señala el mito de Prometeo[9]. En la mitología griega, Prometeo es un titán, amigo de los mortales, que robó a los dioses el fuego, las artes y las técnicas, para entregarlos a los humanos. A espaldas de Zeus, dota a los hombres de un poder nuevo, de un poder de creación casi divino, con el peligro incluso de inducir un día a los humanos a creerse dioses. Porque, al igual que los dioses, Prometeo convierte a los humanos en creadores. Y este es el verdadero envite del mito: Prometeo busca igualar los mortales a los dioses.

Para vengarse de esta ofensa, Zeus lo hizo llevar al Cáucaso donde fue encadenado, y envió un águila para que le comiera el hígado. Como Prometeo era inmortal, su hígado volvía a crecerle cada noche y el águila volvía a comérselo cada día. Este castigo debería durar para siempre. Pero Heracles pasó por el lugar del cautiverio de Prometeo y lo liberó, disparando una flecha al águila.

Prometeo liberado es el símbolo del hombre osado, capaz de enfrentarse a todo, incluso a Dios, para adueñarse de los bienes divinos. Prometeo es el hombre del fuego y de la técnica, el que puede crear, inventar, fabricar máquinas y artilugios, capaces incluso de librarse algún día de todas las leyes del cosmos.

Quizá ninguna otra sociedad como la nuestra ha exaltado el poder de la ciencia y de la técnica. Vinculadas profundamente a la autonomía y a la libertad, permiten dominar la materia, reducir riesgos, avanzar y progresar en el crecimiento y desarrollo sin tener que preocuparse de límites ni de controles. Y así, la sociedad tecnológica alienta la idea de la autosuficiencia del hombre y de la técnica.

El mito de Prometeo ha estado siempre arraigado en la misma condición juvenil. Los jóvenes parecieron los herederos más naturales del fuego, de la técnica, de la titánica libertad y osadía prometeica. Pero el sentido de la libertad, su origen, su destino, sus formas de ejercicio, ha sido siempre algo controvertido, nebuloso, ambiguo. Hoy son muchos los jóvenes que la identifican con la pura autodeterminación, la pura autonomía, poder y dominio. Así, libre es el que no tiene vínculos; el que dispone y domina su tiempo, su ambiente, sus relaciones, su cuerpo, e incluso domina a los demás. Sueñan una libertad desvinculada y dominadora.

Y el sueño de una libertad sin límites lo viven con frecuencia los jóvenes en la propensión al riesgo y al exceso. Con frecuencia lo perciben como agente de cambio que permite superar los viejos límites y descubrir otros nuevos, como introducción de nuevas normas, nuevas pautas de vida, nuevos modos de estar en el mundo, o como liberación de situaciones constrictivas y opresivas. De manera particular, en la cultura actual, los jóvenes sitúan frecuentemente esta tendencia al exceso en la esfera de las dependencias y en el modo de configurar su estilo de vida, especialmente las dependencias del alcohol y las drogas, la comunicación telemática, el fanatismo deportivo, la velocidad, el coche, los videojuegos. Otros excesos se refieren más bien a los estilos de vida: pérdida del sentido del propio trabajo, reducido a pura mercancía que permite el consumo, el ocio y la diversión, la disolución de los ritmos sociotemporales, el exceso de gastos, la dificultad de vivir la dimensión de la gratuidad. Todo ello conduce, en definitiva, a que Prometeo liberado termine convirtiéndose en Prometeo encadenado. Una libertad desvinculada y dominadora ata a los seres humanos a rocas más recias que las del Cáucaso.

 

Conclusión

 

Prometeo, Ícaro, Narciso, Ulises constituyen, realmente, modelos de vivir hoy. Están encarnados en los jóvenes de este umbral del siglo XXI. Como lo están también: Edipo y Antígona, Teseo y Fedra, Sísifo, Jasón, Pandora… Y lo están de ese modo misterioso en que tantos seres humanos están presentes en el corazón y en la idiosincrasia de cada uno de nosotros. Porque este es el misterio del adolescente y del joven, como es el misterio de la persona: un hombre es muchos hombres. Es necesario ver en el joven, a los jóvenes; y en los jóvenes, al joven, real y concreto. A lo mejor no le sabremos mostrar el mejor y el más corto camino para llegar a Ítaca; no le podremos proporcionar las alas para volar, ni el fuego de la libertad, ni la imagen buscada del amor. Pero siempre podremos escucharles, compartir su búsqueda y acompañar su camino, mirándoles con la misma ternura con la que miró Jesús al joven que le salió al paso en su camino.

Para cuantos nos dedicamos a la educación y evangelización de los jóvenes, los jóvenes son, sobre todo, un don, el don que Dios nos hace, aunque a veces puedan resultarnos una carga pesada. Si los recibimos y aceptamos así, como don del amor de Dios, quizá también ellos puedan atisbar en nosotros el amor con que Dios los ama. Esta sería la mirada más propia y original de la acción pastoral entre los jóvenes.

 

Eugenio Alburquerque Frutos

[1] L. FERRY, La sabiduría de los mitos, Taurus, Madrid 2009, 176.

[2] Sigo de cerca en este apartado el artículo de Jesús ROJANO, “La odisea adolescente: ¿qué les está pasando y por qué?”, Misión Joven 336-337 (2005) 5-10.

[3] C. P. CAVAFIS, Poemas, Seix Barral, Barcelona 1994, 70-71.

[4] J. ROJANO, a. c., 9.

[5] Cf. Metamorfosis III, 3.

[6] Cf. Metamorfosis, VIII, 2.

[7] G. LIPOVETSKY, La era del vacío, Anagrama, Barcelona 1986, 76.

[8] Cf. M. KUNDERA, La insoportable levedad del ser, Tusquets, Barcelona 1985.

[9] Cf. L. FERRY, o. c., 144-164.

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