El TESTIMONIO EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

Álvaro Ginel Vielva

Director de la revista CATEQUISTAS

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO.

El autor, experto conocedor de la catequesis, hace un recorrido por el tratamiento que los documentos del Magisterio de la Iglesia han dado a los conceptos de “testimonio” y de “testigo” desde el Concilio hasta nuestros días: los textos conciliares Lumen gentium,Gaudium et Spes y Ad gentes; la Evangelii nuntiandi de 1975 (para el autor, el texto más importante sobre el tema que nos ocupa); la Catechesi tradendae (1979); el Catecismo de la Iglesia Católica (1997, aprobación de la edición típica); el  Directorio General para la Catequesis (1997) y los Lineamenta del Sínodo de octubre de 2012 sobre La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. El artículo constituye, creemos, un excelente retrato de la vocación cristiana a ser testigos de la vida en Cristo, y resultará muy útil para contextualizar la recepción de un documento que muchos esperamos con ilusión, la próxima exhortación apostólica del papa Francisco sobre el Sínodo de 2012.

 

Testigo

Persona que da testimonio de algo o lo atestigua. Persona que presencia o adquiere directo y verdadero conocimiento de algo (Diccionario de la RAE).

Testigo de la fe

Esta expresión la emplea el CIC (Catecismo de la Iglesia Católica) para denominar a los creyentes que caminaron en la fe, no en la visión, como Abrahán, María y otros (cf. CIC 164-165).

Testigos de la resurrección

Los Apóstoles que convivieron con Jesús y que experimentaron su presencia resucitada y fueron enviados a anunciarla a todo el mundo. (cf. CIC 858-860).

Testigo de Cristo

El que da a conocer el verdadero rostro de Dios y su designio de amor y de salvación en favor de los hombres, tal como Jesús lo reveló (cf. DGC 23). Por extensión, el que se asocia a los testigos de la resurrección para ser también testigo de la resurrección de Jesús (CIC, n. 995).

Testimonio

– Las Tablas de la ley, las “diez palabras” o mandamientos que resumen y proclaman de ley de Dios. Son llamadas “testimonio” en Ex 25,16; 31,18; 32,15; 34,29.

– La acción de manifestar la propia fe en Jesucristo en la realidad social donde el creyente vive con obras y palabras. Es uno de los elementos de la evangelización (cf. DGC 46).

Martirio

Supremo testimonio de la verdad de la fe.

 

Acotando el tema

La dirección de la revista “Misión Joven” me ha pedido un trabajo sobre “El testigo en el Magisterio reciente”. Ya me tomo una licencia: el cambio de testigo por el término testimonio. La razón es que el testimonio es la comprobación de la verdad que da uno o una comunidad (los testigos) de la verdad de la fe. Y una segunda advertencia al lector: el Magisterio reciente lo he tenido que seleccionar nada más ponerme a trabajar. Las primeras lecturas personalesorientativas para hacer un esquema de trabajo me proporcionaron dos constataciones:

  1. a)La imposibilidad de abarcar todo el Magisterio reciente. No se trataba de una tesis doctoral (¡bien posible!), sino de una línea de acción que ayudara hoy a los agentes de pastoral a tener una comprensión más clara cuando emplean el vocablo
  2. b) La referencia continua al texto de Pablo VI, Evangelii nuntiandi (1975), que se percibe en los documentos posteriores.

El siguiente paso fue adoptar una metodología. Puse en el centro la Exhortación Apostólica que acabo de mencionar y elegí unos documentos que miraban al pasado y que posibilitó la doctrina contenida en Evangelii nuntiandi.Me encontré con el Concilio Vaticano II, especialmente con Lumen gentium, Gaudium et Spes y Ad gentes. Los años posteriores a 1975 están cargados de documentos. Es como entrar en un bosque tupido de árboles o documentos. Todos tienen un mismo río de riego: Evangelii nuntiandi. Tuve que seleccionar y elegí: Catechesi tradendae (1979), elCatecismo de la Iglesia Católica (1997, año de la aprobación de la edición típica), el  Directorio General para la Catequesis (1997).

La justificación de la elección es sencilla: estos documentos concentran la reflexión catequética y sirven de manantial al que acuden y del que beben otros documentos, tanto de la Iglesia Universal como de las Iglesias Particulares. En espera de lo que será la nueva fuente, es decir, la Exhortación Apostólica que sigue al último Sínodo (del 7 al 28 de octubre de 2012) sobre La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana, he utilizado también la reflexión contenida en el texto conocido como Lineamenta[1], a sabiendas de que no es un documento magisterial propiamente dicho; pero sí es un lugar de encuentro y concentración de reflexión del conjunto de la Iglesia, ya que se elabora con las aportaciones que llegan de todo el mundo a la Secretaría del Sínodo.

 

Actualidad de una reflexión sobre el testimonio

Hay palabras que se ponen de moda y que, con el uso, se pierde de vista de dónde vienen y cuál es su sentido nuclear. Este fenómeno lleva a que cada uno dé al término “su” sentido y este se convierta en una babel por la pluralidad de significados. Así se acaba vaciando el término de su contenido esencial.

Creo que es necesario tomar en consideración el momento presente que vivimos y que viene de lejos: nos encontramos en un tiempo eclesial de grandes desafíos por el cambio de época que atravesamos. Sin darnos cuenta, están aconteciendo (no solo pasando a nuestro lado) unas corrientes que sacuden todo el edificio pastoral que teníamos construido. Los Lineamenta, después de describir la historia en la que la Iglesia actúa y el periodo de fuertes cambios en nuestro mundo, concluyen así: “La tarea de la evangelización se encuentra así frente a nuevos desafíos que cuestionan prácticas hasta ahora consolidadas, que debilitan caminos que eran habituales y estandarizados; en una palabra, que obligan a la Iglesia a interrogarse nuevamente sobre el sentido de sus acciones de anuncio y de transmisión de la fe. La Iglesia no llega, sin embargo, sin preparación frente a tal desafío: se confrontó ya con él en las asambleas que el Sínodo de los Obispos ha dedicado de modo específico al tema del anuncio y de la transmisión de la fe, como las correspondientes exhortaciones apostólicas – Evangelii nuntiandi y Catechesi tradendae- lo atestiguan”[2]. Para decirlo con otras palabras: vivimos una etapa histórica de construcción lenta de pensamiento a base de profundización en el acervo teológico pastoral del que la comunidad cristiana es portadora. Nos abrimos poco a poco a la realidad eclesial y de la sociedad y llenamos de contenido términos cuyo sentido dábamos por supuesto. No se trata de una “nueva creación”, sino de una nueva reformulación que tiene en cuenta el patrimonio de la Iglesia, su autoconciencia en estos momentos y los desafíos del tiempo presente. En este marco histórico, ¿el uso del términotestimonio tiene connotaciones que en otras épocas no tuvo?

Finalmente, la actualidad de la reflexión sobre el testimonio se desprende del mismo deber de evangelizar que es propio de la Iglesia. Pablo VI terminaba su Exhortación apostólica así: “Él (el Señor) nos ha ordenado transmitir a los demás, con su autoridad, esta revelación. No sería inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero, ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza –lo que san Pablo llama avergonzarse del Evangelio (Rom 1,16)- o por ideas falsas omitimos anunciarlo? Porque eso significaría ser infieles a la llamada de Dios, que, a través de los ministros del Evangelio, quiere hacer germinar la semilla; y de nosotros depende el que esa semilla se convierta en árbol y produzca fruto”[3].

          Es decir, el testimonio, que es un elemento de la evangelización, no es opcional. Vamos a recorrer, aunque sea someramente, los matices que la palabra ha ido recibiendo en el Magisterio reciente.

 

  1. El Concilio Vaticano II

La primera mirada la tenemos que dirigir al Magisterio del Concilio Vaticano II. Nos centramos en el documento conciliar sobre la Iglesia.

  1. a) Lumen gentium

En la constitución dogmática Lumen gentium[4], el Concilio quiso proclamar “con toda precisión a sus fieles y a todo el mundo su naturaleza y su misión universal” (LG 1). Sin mencionar la palabra testimonio cuando se habla de la Iglesia y su naturaleza, sí se dice que “(la Iglesia) recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios, de establecerlo en medio de todas las gentes, y constituye en la tierra el germen y el principio de este reino” (LG 5). La misión de la Iglesia es anunciar, establecer y ser germen del Reino en el aquí y ahora: en medio de todas las gentes. Estar en medio, ser visible como luz y sal (Mt 5,13-16) es tarea primera eclesial que tendrá concreciones según tiempos y espacios.

Encontramos la palabra testigo explícitamente en el capítulo dedicado a los laicos: “El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, a cuyo apostolado todos están llamados por el mismo Señor en razón del bautismo y de la confirmación… Así pues, todo laico, por los mismos dones que le han sido conferidos, se convierte en testigo e instrumento vivo, a la vez, de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef 4,7)” (LG 33). La palabra testigo es empleada en referencia directa a los laicos y expresa su  participación en la misión de la Iglesia por razón del bautismo y de la confirmación. Podemos decir que el testimonio es la verificación práctica de la misión de la Iglesia. Cuando “la misión de la Iglesia” deja de ser una idea y deviene realidad, tenemos al testigo y con él, el testimonio. La raíz y la razón del testimonio de los laicos arrancan de los sacramentos recibidos, no de otra “delegación” recibida. En estos dos sacramentos está el origen de todo; el apostolado no es un añadido a la vida cristiana. Es la forma de ser Iglesia del laico. No es algo que se confiere, que se manda, que se da o añade a la identidad cristiana por una autoridad; es algo que se es.

Más adelante podemos leer: “Cristo, Profeta grande, que por el testimonio de su vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria no solo a través de la jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad,  sino también por medio de los laicos a quienes, por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana, familiar y social” (LG 35).

El testimonio de la Iglesia es la continuidad del testimonio de Cristo. Parece, según este texto, que hay varias formas de ser testigo en la Iglesia o de participar  en el testimonio que es Cristo: el jerárquico y el laical. El testimonio laical no es voluntarismo perfeccionista o exterioridad, sino don u obra de Cristo profeta que hace que el mensaje del Evangelio brille en la vida cotidiana, familiar y social.

No se impone uno a sí mismo la tarea de dar testimonio. El testimonio es acción de Dios en el bautizado. Ser testigo y dar testimonio no es ocurrencia personal: tiene un origen, que es el testimonio del mismo Cristo en la forma de anunciar el reino; tiene también un ámbito: el seno de la Iglesia. Cristo es el que constituye en testigos a todos los bautizados. En Cristo, Dios se ha hecho visible; en el bautizado, Cristo se hace visible y cercano entre los hombres y mujeres de hoy por la fuerza del Espíritu. De este modo podemos decir que el testimonio es la obra del Espíritu que se manifestaba en Jesús y que él entregó a su Iglesia[5].

 

Podemos sintetizar el pensamiento de Lumen gentium diciendo que el testimonio de los bautizados no arranca de un imperativo de acción pastoral, ni de la necesidad de hacer algo; sencillamente mana de lo que se es: bautizado, incorporado a la vida y misión de Jesús y de su Iglesia. Viviendo su bautismo, ya el bautizado da testimonio.

 

  1. b) Ad gentes

El decreto Ad gentes[6] habla sobre la Iglesia enviada por Dios “a las gentes” para ser “sacramento universal de salvación”. Dedica los números 11 y 12 al testimonio cristiano.

El horizonte desde el que se habla de la Iglesia es su aspecto misionero, es decir, una Iglesia enviada a lugares y personas donde el nombre de Dios no es conocido y debe anunciarse la salvación y vida traídas por Jesús.

Testimonio así se convierte en estar presentes, “en manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de la palabra el hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la virtud del Espíritu Santo, por quien han sido fortalecidos por la confirmación” (AG 11).

El testimonio es un “combinado” de presencia, de ejemplo de vida, de testificación de palabra de la fe que les anima.

 

Si se analizan las sugerencias que el decreto Ad gentes propone de cómo estar presente y dar testimonio, observamos concreciones como: sentirse pueblo, participar en la vida cultural y social, participación en tradiciones típicas reconociendo las semillas de la Palabra que en ellas hay e intentando llevarlas a una transformación, escuchar el corazón de los hombres, conversar con ellos… No se habla de una presencia “desde la barrera”, como observadores, sino de una presencia de encarnación, de meterse dentro de la realidad sin perder identidad (sacramentos de la iniciación) y sin perder la fuerza renovadora de todo (fermento en la masa, cf. Mt 13,33).

 

  1. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi

Damos un salto y nos situamos en la reflexión posconciliar, a los diez años de terminado el Vaticano II. La Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi[7] (EN) es la síntesis que el papa Pablo VI ofreció a la Iglesia tras el sínodo sobre La evangelización en el mundo moderno. Vamos a seguir la lógica interna de la Exhortación para ver cómo se llena de contenido el término testimonio. Estamos ante el documento que hoy sigue siendo referencia indiscutible a la hora de hablar de evangelización y de testimonio, entendido este como uno de los elementos de la evangelización.

Al plantearnos las preguntas “qué se entiende por testimonio” y “qué contenido le da la Exhortación” ahora analizada, destacamos estos elementos:

         

  1. a) El testimonio de Cristo: profecía y palabra de Dios realizada

– El punto de arranque de la reflexión sobre el testimonio en EN es la persona de Jesús, la conciencia que Jesús tiene de sí mismo: “Tengo que ir también a otras ciudades a llevarles la Buena Noticia del reino de Dios, pues para esto he sido enviado” (Lc 4,43). Y un poco antes, en la sinagoga de Nazaret, reconoce que en él se cumple la profecía de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha consagrado para llevar a los pobres la buena noticia de la salvación” (Lc 4,18.21; Is 61,1-2). Así pues, se siente con una misión y con la plenitud del Espíritu de Dios que está sobre él. Está unido al Padre. Toda su predicación y sus gestos proféticos no son una invención ni una ocurrencia personal: son misión, una revelación: el querer del Padre sobre él (cf. Jn 4,34); por tanto, son obediencia y cumplimiento de la promesa de alianza entre Dios y los hombres. Jesús tiene conciencia de que está enraizado en el Padre que le envía. Por eso puede testificar, y su testimonio será profecía y palabra de Dios realizada, palabra de Dios que convoca, palabra de Dios que provoca ya sea la conversión o el rechazo.

– De lo que Jesús hace y manda hacer a los Doce, nace la Iglesia. Esta es “un fruto normal, deseado, el más inmediato y el más visible: Id, pues, enseñad a todas las gentes” (EN 15). La Iglesia, por voluntad de Jesús, permanece en el mundo como signo, opaco y luminoso al mismo tiempo, de una nueva presencia de Jesucristo. En la Iglesia, nacida en el momento de su partida hacia el Padre, sigue su permanencia: “En ella (en la Iglesia, en la nueva comunidad nacida de la acogida de Jesús), la vida íntima –la vida de oración, la escucha de la palabra y de las enseñanzas de los Apóstoles, la caridad fraterna, el pan compartido- no tiene pleno sentido más que cuando se convierte en testimonio, provoca la admiración y la conversión, se hace predicación y anuncio de la buena nueva” (EN 15).

Testimonio es el reflejo exterior de la vida de comunión con el Padre. O, de otra manera, lo visible de lo íntimo, relacional y personal de cada bautizado y de la Iglesia con el Dios trinitario. Por eso tiene enorme sentido la afirmación de que el testimonio de la Iglesia depende de evangelizarse a sí misma; tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor (cf. EN 15).

 

  1. b) ¿Cómo evangeliza Jesús?

Jesús lleva a cabo el anuncio y la proclamación del Reino de Dios:

–               Con sus palabras, que desvelan el secreto de Dios  y sus designios y promesas (EN 11).

–               Con signos que provocan estupor: enfermos curados, agua convertida en vino, los pequeños son evangelizados, pan multiplicado y su propia resurrección (EN 12).

–               Con una comunidad formada por los que han acogido con sinceridad la buena nueva y se reúnen en nombre de Jesús para buscar juntos el reino, construirlo, vivirlo. Los evangelizados, se convierten en evangelizadores (EN 13).

 

  1. c) Importancia del testimonio

Desde este planteamiento cristológico, EN desarrolla la importancia del testimonio en la acción evangelizadora de la Iglesia:

–          El testimonio forma parte de la evangelización, no es un elemento aislado. Es constitutivo del complejo acto de evangelización, junto al anuncio explícito, a la adhesión de corazón, a la formación de la comunidad, a la renovación de la humanidad (EN 24).

–          No se anuncia a otros algo distinto de lo que se es. El testimonio es la asimilación e interiorización del mensaje de Jesús hecho vida visible: “Hoy, más que nunca, el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que proclamamos” (EN 76).

–          El testimonio es una palabra sin palabras, una pregunta provocadora o una afirmación que corrobora la palabra: “Todos los cristianos están llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores” (EN 21).

–          Es un gesto inicial, es decir, insuficiente; necesita de la palabra, de la explicación; lo que Pedro llama “dar razón de vuestra esperanza” (1Pe 3,15). “No hay verdadera evangelización mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios” (EN 22).

–          Pablo VI, al señalar los medios de evangelización, reconoce que la pregunta de cómo evangelizar es siempre actual porque cambian las circunstancias de tiempo, lugar y cultura (EN 40). Dicho esto, afirma: “Para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana,entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites” (EN 41). El testimonio no depende del tiempo, ni de los lugares ni de las culturas. En todo contexto, es visible la conducta de las personas, la pobreza y el desprecio de los bienes materiales, la libertad frente a los poderes del mundo, la santidad de vida.

 

En resumen, Evangelii nuntiandi va trenzando poco a poco el concepto de testimonio comenzando por Jesús, que es el testimonio del Padre en medio de este mundo, especialmente entre los pobres. La relación que mantiene con el Padre, y cuanto de él nos revela, son el núcleo del testimonio. Jesús es testimonio del Padre. De la misma manera, la vida íntima de la comunidad de seguidores de Jesús es la prolongación y continuación del testimonio iniciado por Jesús. La novedad que refleja la comunidad de bautizados es la vida según el Evangelio. Una vida que manifiesta el cambio interior y que provoca en los otros un proceso de cambio interior hacia una vida íntima con Dios: la oración (relación con el Padre a través de Jesús y por la acción del Espíritu); la escucha de la Palabra y la fracción del pan, a ejemplo de la primera comunidad (cf. Hch 2,42); la caridad fraterna (cf. Hch 4,32-37).

 

  1. Catechesi tradendae

La Exhortación apostólica Catechesi tradendae (CT) creó expectativa y fue deseada y esperada en la Iglesia. Su lectura produjo un cierto desconcierto porque reflejaba una sensibilidad un poco distinta de lo que EN había significado.

Es llamativa la ausencia de términos como testigo y testimonio en la Exhortación apostólica[8] Catechesitradendae, fruto de la IV Asamblea General Ordinaria, o Sínodo de los Obispos, del 30 de septiembre al 29 de octubre de 1977, que trató el tema El catecismo de nuestro tiempo[9].

La Exhortación apostólica subraya la importancia de la catequesis en la Iglesia “como una tarea absolutamente primordial de su misión” (CT 15). El ángulo desde el que se ve la catequesis pone el acento en la dimensión cognitiva, en la enseñanza. Hay expresiones como “enseñanza catequética” (CT 17), “enseñar la fe” (CT 19), “la catequesis en cuanto educación de la fe de los niños, de los jóvenes y adultos, que comprende especialmente una enseñanza de la doctrina cristiana, dada generalmente de modo orgánico y sistemático, con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana” (CT 18). Sin olvidar otras dimensiones de la catequesis, “insisto en la necesidad de una enseñanza cristiana orgánica y sistemática, dado que desde distintos sitios se intenta minimizar su importancia” (CT 21).

Es cierto que la Exhortación no reduce la catequesis a enseñanza, aunque acentúa este aspecto. También la catequesis es relacionada con el primer anuncio “o predicación misional por medio del kerigma para suscitar la fe apologética o búsqueda de las razones de creer, experiencia de vida cristiana, celebración de los sacramentos, integración en la comunidad eclesial, testimonio apostólico y misional” (CT 18). “La catequesis es tan necesaria para la madurez de la fe de los cristianos como para su testimonio en el mundo” (CT 25).

 

Podemos advertir una preocupación latente en toda la Exhortación: del conocimiento mayor (que viene por la enseñanza de la doctrina cristiana) de los misterios de Cristo depende la verdadera conversión, la vida más coherente con el querer de Dios y el testimonio. Hay que formar al cristiano de hoy para vivir en un mundo que ignora ampliamente a Dios; de ahí que se apueste por formar a los jóvenes y adultos para permanecer “lúcidos y coherentes en su fe,  a afirmar serenamente su identidad cristiana y católica, a ‘ver lo invisible’ (Heb 11,27), y a adherirse de tal manera al absoluto de Dios que puedan dar testimonio de él en una civilización materialista que lo niega” (CT 57). Para resumir, se parte de la existencia de un contexto cultural adverso (civilización materialista) en la que el cristiano tiene que saber “manejarse”, “defenderse” y “dar razón de su fe”. Para ello se insiste en la necesidad de tener razones sobre la fe, de tener estructura orgánica de la fe, de estar capacitado para dialogar y confrontar la fe con quien la niega. El saber sobre la fe es esencial para la madurez de la fe y la vivencia de la fe, y, en consecuencia, para dar testimonio de la fe.

Este enfoque de fondo de la Exhortación, que no niega otras características de la formación religiosa sino que acentúa una, es posible que haya que vincularlo al contexto de pastoral y de realidad social de los que procedía el PapaWojtyla.

 

  1. Catecismo de la Iglesia católica

Nos asomamos al Catecismo de la Iglesia Católica[10] (CIC). Se trata de un documento magisterial bien distinto de los vistos hasta el momento. El catecismo es “una presentación auténtica y sistemática de la fe y de la doctrina católica”[11]. La catequesis encuentra en este libro el camino plenamente seguro para presentar con renovado impulso a los hombres de nuestro tiempo el mensaje cristiano en todas y cada una de sus partes.

Al analizar el índice temático hay que destacar que se recogen los términos testigo y testimonio.

 

  1. a) Testigo

El término testigo va relacionado con dos grupos de miembros de la comunidad cristiana:

–          Los apóstoles: “testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo” (CIC 857), “testigos del Resucitado… piedras de la fundación de la Iglesia… La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos…” (CIC 642).

–          El bautizado: “A los  bautizados el sacramento de la confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma quedan obligados aún más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y obras” (n. 1285).

La definición de testigo que el Catecismo proporciona es: “Ser testigo de Cristo es ser ‘testigo de la resurrección’ (Hch 1,22), ‘haber comido y bebido con él (Cristo) después de su resurrección de entre los muertos’ (Hch10,41)”. Los Apóstoles son testigos por contacto directo con el Señor Jesús; el bautizado lo es por la fe y la gracia recibida en el bautismo. En el fondo, se trata de un conocimiento y una aceptación del Resucitado que cambia la vida al poner en el centro de la persona, por un acto de fe, al Enviado de Dios, Jesucristo.

 

  1. b) Testimonio

El testimonio es la manera visible y constatable de vida nueva con palabras y con obras de los que han sido testigos de la Resurrección del Señor y han aceptado el bautismo en el nombre del Resucitado.

El testimonio de los creyentes tiene varias manifestaciones o exigencias intrínsecas y de anuncio:

–          Para enseñar a otros a buscar a Dios (CIC 30).

–          Como fidelidad de los bautizados a la nueva vida asumida; el testimonio es condición primordial para el anuncio del Evangelio y para la misión de la Iglesia en el mundo: “El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios” (CIC 2044).

–          Es un deber que se desprende de la misma fe: guardarla, vivirla, testimoniarla (CIC 1816; 2087). El cristiano no debe avergonzarse “del testimonio del Señor” (2Tim 1,8); en las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad (CIC 2471). “El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad: “Todos los fieles cristianos, donde quiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo del que se revistieron en el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación” (AG 11)” (CIC 2472).

–          El servicio y el testimonio de la fe son requisitos para la salvación: “Todo aquel que se declare por mí antes los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10,32) (CIC 1816).

 

Lo que el CIC acentúa lo podemos resumir en tres puntos:

– El testimonio tiene como punto de arranque la confesión en la resurrección de Jesús, es decir, el bautismo y la confirmación.

– El testimonio, por pequeño se sea, es la manera de vivir en la realidad la vida cristiana. No puede no existir testimonio cristiano si hay vivencia de la vida bautismal.

– El testimonio de los bautizados es necesario para el anuncio y para el cumplimiento de la misión de la Iglesia. Gracias a él, otros hombres y mujeres se pueden abrir al mensaje de Jesús y buscar a Dios.

 

  1. El Directorio General para la Catequesis

El día 15 de agosto de 1997 firmaba Juan Pablo II el Directorio General para la Catequesis[12] (DGC). La fecha de firma del Directorio coincide con la de la Carta Apostólica Laetemur magnopere  con la que se aprobaba la edición típica del Catecismo de la Iglesia Católica. No obstante, primero se presentó en público el Catecismo (8 de septiembre de 1997), y posteriormente el Directorio (18 de septiembre de 1997).

Es interesante observar que hay una diferencia de 10 días en la presentación de estos dos textos. Se hace coincidir en el tiempo tanto el Directorio, instrumento de orientación de la catequesis  para la Iglesia católica, como el instrumento o referencia de los contenidos de la catequesis, el Catecismo.

Nos importa rastrear en el DGC qué se dice del testimonio, ya que su finalidad es orientar y regir la acción la acción pastoral, más en concreto, la catequesis.

 

  1. a) Dónde se sitúa el testimonio

El testimonio arranca de la misión primordial de la Iglesia, que es anunciar y ser testimonio de Dios ante el mundo[13], y es un elemento de la evangelización[14] junto al anuncio, la palabra, los sacramentos. La importancia del testimonio en la evangelización es fundamental para la catequesis porque manifiesta que el testigo ha asumido una nueva manera de ser  y de vivir propia de los cristianos[15]. Lo específico del testimonio, tanto de la Iglesia como del bautizado, es el encuentro personal con Dios y la permanente unión con él[16] que transforma toda la existencia.

 

  1. b) Testimonio y catequesis

El testimonio es un elemento de la evangelización, como acabamos de ver. Al hablar de él desde el ángulo específico de la catequesis podemos señalar alguna peculiaridad, no tanto en lo que es esencial al testimonio (manifestación de la comunión e intimidad con Jesucristo que la persona mantiene), sino en cuanto a lo que es propio de la catequesis. La finalidad de la catequesis es justamente “poner a uno no solo en contacto, sino en comunión, en intimidad con Jesucristo”[17]. ¿Qué aporta la catequesis para alcanzar el objetivo?

–          Una comunidad que es para el bautizando o catecúmeno “fuente, lugar y meta… lugar visible del testimonio de la fe…”[18]. En algún momento se define a la comunidad cristiana como “catequesis viviente”[19].

–          Un catequista formado de tal manera que “su acción brote, en verdad, del testimonio de su vida”[20]. El testimonio de los catequistas es considerado de tal manera que se le denomina “patrimonio de pedagogía de la fe”[21]. Si todos los miembros de la comunidad han de dar testimonio de la fe, no todos reciben la misión de ser catequistas[22].

 

Resumiendo, podemos decir que el DGC sintetiza la reflexión sobre la evangelización del momento eclesial en que aparece. El Directorio entiende el testimonio como un elemento de la evangelización, que unas veces precede al anuncio[23] y otras sigue al anuncio, pero siempre es elemento verificador de la fe de la persona. El testimonio de la comunidad y del catequista son imprescindibles (catequesis viviente) en la acción catequética.

 

  1. Lineamenta

La XIII Asamblea General Ordinaria o Sínodo de los Obispos de 2012, sobre La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana, tuvo como documento previo para suscitar la reflexión y preparación los Lineamenta[24].Advertimos desde el inicio que no se trata de un documento magisterial. De todas formas, me ha parecido importante asomarme a él puesto que recoge “el sentir” (no un cuerpo doctrinal) de la Iglesia en el momento de abordar la reflexión sinodal sobre la nueva evangelización y la transmisión de la fe. El tema del Sínodo de 2012 se sitúa en la línea de los dos Sínodos precedentes: el del 1974 y el de 1977, agrupando en una única temática lo que la Iglesia reflexionó en dos sínodos: evangelización (1974), catequesis (1977).

 

  1. a) Nueva evangelización

Lo primero que hay que destacar es la novedad de vocabulario respecto a los Sínodos mencionados del final del siglo XX. Nueva evangelización  es una terminología nueva. De hecho, Lineamenta se encarga de precisar el significado de la expresión. Hay muchas definiciones de nueva evangelización a lo largo del documento[25].  Destacamos una que puede englobar a todas las demás: “La nueva evangelización es una acción sobre todo espiritual, es la capacidad de hacer nuestros, en el presente, el coraje y la fuerza de los primeros cristianos, de los primeros misioneros… es una acción que exige un proceso de discernimiento acerca del estado de salud del cristianismo, la evaluación de los pasos realizados y de las dificultades encontradas”[26] . Ya vemos en la definición una orientación que estará muy presente en todo el documento: subrayar que se trata de una acción sobre todo espiritual.

 

  1. b) Realizar experiencia de Dios

Lo que en definitiva se pregunta la comunidad eclesial en la presente realidad que vive es cómo posibilitar la realización de la experiencia de Dios a los hombres y mujeres de nuestro mundo. Al hacerse la pregunta, parece que la respuesta incluye un principio básico: imposible posibilitar la experiencia de Dios sin manifestar primero (o a la vez) una experiencia de Dios vivida y visible. La interrogación mira al presente y al futuro, y cuenta con la riqueza de la historia de la Iglesia. Por otra parte, si hablamos de nueva evangelización no es por retórica, sino por celo misionero para poder cumplir hoy el mandato del Señor: “Id y haced discípulos” (Mt 28,19-20). La nueva evangelización ha sido siempre presentada, cada vez con mayor claridad, como el instrumento gracias al cual es posible hacer frente a los desafíos de un mundo en acelerada transformación y como camino para vivir el don de ser congregados por el Espíritu Santo para realizar la experiencia de Dios, que es para nosotros Padre, dando testimonio y proclamando a todos la buena noticia –el Evangelio- de Jesucristo[27] .

 

  1. c) Acentuaciones

A la hora de responder a la pregunta de cómo facilitar la experiencia de Dios y la transmisión de la fe, advertimos algunas claras acentuaciones en relación con el tema del testimonio que a nosotros nos interesa:

–          La presencia y acción del Espíritu. La evangelización no es solo esfuerzo de creyentes, sino acción de Dios por su Espíritu: “La Iglesia no asume solo el papel de actor, de sujeto de proclamación, sino también el rol reflexivo de la escucha y del discipulado…La Iglesia es fruto visible de esa ininterrumpida obra de evangelización que el Espíritu guía a través de la historia, para que el pueblo de los redimidos dé testimonio de la memoria viva del Dios de Jesucristo”[28].  La Iglesia es consciente de que la dirección de la acción evangelizadora corresponde al Espíritu: en él confía para reconocer los instrumentos, los tiempos y los espacios de aquel anuncio que ella está llamada a emprender[29].

–           La conversión de la Iglesia. Ya Pablo VI había dicho: “La Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio” (EN 15). En esta misma línea podemos leer expresiones como: “La pregunta acerca de la transmisión de la fe, que no es una empresa individualista y solitaria, sino más bien una acontecimiento comunitario, eclesial, no debe orientar las respuestas en el sentido de la búsqueda de estrategias comunicativas eficaces y ni siquiera debe centrar la atención analíticamente en los destinatarios, por ejemplo los jóvenes, sino que debe ser formulada como una pregunta que se refiere al sujeto encargado de esta operación espiritual. Debe transformarse en una pregunta de la Iglesia sobre sí misma. Esto permite encuadrar el problema de manera no extrínseca, sino correctamente, porque cuestiona a toda la Iglesia en su ser y en su vivir”[30]. Y otro: “La nueva evangelización es el nombre dado a esta nueva atención de la Iglesia a su misión fundamental, a su identidad y razón de ser”[31]. La transmisión de la fe es una experiencia que impulsa a la Iglesia y a cada bautizado a descubrir continuamente la propia identidad, la presencia de Cristo entre nosotros, el rostro de Dios que es nuestro Padre[32].

–          Presencia consciente y responsable en el mundo. “La nueva evangelización es una actitud, un estilo audaz. Es la capacidad de parte del cristianismo de saber leer y descifrar los nuevos escenarios que en estas últimas décadas han surgido dentro de la historia humana, para habitarlos y transformarlos en lugares de testimonio y de anuncio del Evangelio”[33] . “Nueva evangelización es sinónimo de renovación espiritual de la vida de fe de las Iglesias locales, de puesta en marcha de caminos de discernimiento de los cambios que están afectando la vida cristiana en varios contextos culturales y sociales, de relectura de la memoria de la fe, de asunción de nuevas responsabilidades y energías en vista de una proclamación gozosa y contagiosa del Evangelio de Jesús”[34].

 

  1. d) Testimonio

–          Es difícil desgajar en un apartado específico el concepto de testimonio en Lineamenta. El testimonio es un todo, un conjunto, una manera de ser, vivir, estar en el mundo como bautizados y creyentes, como comunidad nacida de la Resurrección. Esta es la originalidad que presenta Lineamenta. Quien ama la propia fe se preocupará también de transmitirla, de llevarla a otros y  permitir a los otros participar en ella. “La falta de celo misionero es carencia de celo por la fe”[35]. Nueva evangelización “es el esfuerzo de renovación que la Iglesia está llamada a hacer para estar a la altura de los desafíos que el contexto sociocultural pone a la fe cristiana, a su anuncio y a su testimonio, en correspondencia con los fuertes cambios que están teniendo lugar”[36].

–          El término testimonio va muy unido a la expresión de san Pedro “dar explicación a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1Pe 3,15). Se habla de un “nuevo estilo” de responder con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia (1Pe 3,16), con fuerza humilde que proviene de la unión con Cristo en el Espíritu. El “nuevo estilo” es descrito así: “El nuevo estilo debe ser global, es decir, debe abrazar el pensamiento y la acción, los comportamientos personales y el testimonio público, la vida interna de nuestras comunidades y su impulso misionero, la atención educativa y la entrega cuidadosa a los pobres, la capacidad de cada cristiano para tomar la palabra en los contexto en los cuales vive y trabaja con el fin de comunicar el don cristiano de la esperanza”[37].

–          Será posible el testimonio si somos capaces de cuestionar[38] lo que hacemos y el rostro de Dios que anunciamos…, de repensar su acción…, aunque esté consolidada y estandarizada. La nueva evangelización es lo contrario a la autosuficiencia y al repliegue sobre sí mismo, a la mentalidad del status quo y a una concepción pastoral que considera suficiente seguir haciendo las cosas como siempre han sido hechas[39].

 

A manera de resumen, tenemos que decir que Lineamenta mira muy de cerca a Evangelii nuntiandi. En esa Exhortación encuentra la fuente de su reflexión, la profundiza y la actualiza para nuestro hoy. Como ejes de fondo que recorren todo su pensamiento, en lo que se refiere a nuestro tema de estudio, podemos destacar:

– El protagonismo del Espíritu en la misión evangelizadora de la Iglesia, lo que hace irreductible la tarea evangelizadora a acciones y a métodos puramente humanos o técnicos.

– La dimensión de conversión al Evangelio y vivencia de este por parte de la Iglesia, lo cual es una invitación a permanecer constantemente en actitud de discipulado, de continua evangelización para conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio.

– La conciencia de ser una Iglesia inmersa en el mundo sin miedo ni repliegues sobre sí misma, en continuo ejercicio de discernimiento y confrontación entre lo que cree, la forma de vivirlo y las realidades terrenas en las que está implantada.

– El nuevo estilo de testimonio global, es decir, que abarque el pensamiento, la acción, los comportamientos, la vida interna de la misma comunidad.

 

Conclusiones

 

– El magisterio reciente de la Iglesia está atravesado a lo largo del tiempo y de los diversos documentos por una continua referencia a los testigos y a la acción de estos: el testimonio.

– Ser testigo y dar testimonio pertenece a la esencia del bautizado, del incorporado al misterio de Dios, a través de su Hijo y por la acción del Espíritu y la mediación de la Iglesia. En este sentido, el testimonio no es algo exigido desde fuera, por una imposición o mandato, por un voluntarismo (“¡Hay que dar testimonio! ¡Hay que ser buenos! ¡Hay que dar ejemplo!”), sino que es sencillamente una consecuencia inherente a la vivencia bautismal.

– El testimonio es una presencia humilde, como fermento, pero al mismo tiempo una presencia muy enraizada en la realidad donde vive el bautizado; el testimonio es una prueba visible de la acción del Espíritu en la persona que es capaz de cambiar el corazón hasta transformarlo según el modelo de vida de Jesucristo.

– Existe una continuidad de reflexión sobre el testimonio que nace de la profundización en las fuentes y raíces que sustentan el testimonio: la vida de Jesús, el mandato de Jesús a los suyos de que la Iglesia anuncie a todos la Buena Nueva, la incorporación a la Iglesia por el bautismo y la confirmación, la vivencia personal y comunitaria de alianza y relación con el Padre, a través de Jesús y por la fuerza del Espíritu.

– Sí se percibe en algunos documentos (EN y Lineamenta) una acentuación del testimonio de la Iglesia y de cada bautizado en el momento presente. Así, en el capítulo titulado medios de evangelización, EN pone como primer medioel testimonio de vida de la Iglesia. Martín Velasco hace una interesante reflexión sobre la prioridad del testimonio en el momento actual: “La eficacia del testimonio –en el caso del testimonio religioso– me parece que reside en el hecho de que, al poner la propia vida como garantía de la fidelidad a la persona de la que se da testimonio, se pone ante los destinatarios del mismo un acto en el que el sujeto realiza el reconocimiento de Dios como Dios y transparenta el descentramiento absoluto, el trascendimiento absoluto de sí que caracteriza a la actitud creyente. De esta forma, el testimonio no transmite la fe, ni la suscita de forma automática; tal transmisión eliminaría la fe, que solo puede existir como el acto más libre de la persona. Pero la eficacia del testimonio reside en que refleja el absoluto de Dios como no podría reflejarlo ninguna otra realidad humana; transparenta la Presencia originante, a la que el creyente-testigo consiente como ninguna otra acción podría hacerlo. De esa forma, el testimonio constituye la más adecuada y eficaz invitación a la fe, la más perfecta propuesta de la fe que pueda darse. En el testimonio, la “huella de la Presencia, presentida en la realidad de la existencia del testigo, transparenta esa Presencia y constituye su más cercana señal y la más eficaz invitación a su reconocimiento”[40]. Por decirlo con palabras de la EN, el testimonio es exigido hoy de una manera más fuerte porque: a) “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio”[41]; b) el testimonio es la prueba de “fidelidad a Jesucristo, de pobreza y despego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra: de santidad”[42].

– El testimonio es propio de todo bautizado y es un elemento del complejo proceso de evangelización. Pueden darse acentuaciones, matices, pero es necesario un equilibrio sin exclusivismos, como podría ser: “Tal colectivo eclesial es el que tiene que dar testimonio, nosotros no”. Argumentos de este tipo olvidan algo esencial: el testimonio tiene como fuente el bautismo común a todo bautizado, no la función que se realiza en la Iglesia. Es la Iglesia entera, y cada uno de sus miembros, la que está llamada a dar testimonio de vida auténticamente cristiana, “entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites”[43].

 

ÁLVARO GINEL VIELVA

 

 

[1] http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20110202_lineamenta-xiii-assembly_sp.html. Yo utilizaré, para citar en este trabajo, la edición  española hecha por la BAC, Madrid 2012.

[2] Sínodo de los Obispos. XIII Asamblea General Ordinaria, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Lineamenta, Edición BAC, Madrid 2012, p. 24.

[3] EN 80.

[4] http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html

[5] JOSÉ M. ÁBREGO DE LACY, “Testimonio”, en Nuevo Diccionario de Catequética, Ed. San Pablo, Madrid 1999, p. 2208.

[6] http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decree_19651207_ad-gentes_sp.html

[7]  PABLO VI, Evangelii nuntiandi (La evangelización del mundo contemporáneo), PPC, Madrid 1975.

http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/apost_exhortations/documents/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi_sp.html

III Asamblea General Ordinaria del Sínodo: 27 de septiembre al 26 de octubre de 1974. La Exhortación Apostólica aparece el 18 de diciembre de 1975. En ese momento confluían en la Iglesia varios acontecimientos: clausura del Año Santo, que desbordó las mejores previsiones; la celebración de los diez años de clausura del Vaticano II; el primer aniversario de la clausura del Sínodo de la evangelización, el que más interés había suscitado en la Iglesia hasta ese momento.

 

[8] JUAN PABLO II, Catechesi tradendae. Exhortación apostólica sobre la catequesis hoy. http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_16101979_catechesi-tradendae_sp.html

[9] El sínodo de 1977 quería ser una continuación y concreción en su aspecto catequético del de 1974. Después del Sínodo, varios acontecimientos hicieron que la reflexión post sinodal sufriera variaciones. En primer lugar, Pablo VI, el Papa que había convocado el Sínodo y firmado la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, muere el 6 de agosto de 1978. Le sucede Juan Pablo I el 26 de agosto de 1978, pero muere el 28 de septiembre, un mes después, sin poder ofrecer a la Iglesia la reflexión sinodal. El 16 de septiembre de 1978 es elegido Juan Pablo II, que publicará Catechesi tradendae el 16 de octubre de 1979. Tres Pontífices tuvieron sobre la mesa esta Exhortación fruto del Sínodo de 1977.

[10] http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html. Edición en papel: Catecismo de la Iglesia Católica, Asociación de Editores del Catecismo, Bilbao, edición 2006.

[11] Carta apostólica Laetamur magnopere por la que se aprueba la edición típica latina del Catecismo de la Iglesia Católica, p. IX, edición de papel.

[12] http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cclergy/documents/rc_con_ccatheduc_doc_ 17041998_directory-for-catechesis_sp.html

Edición en papel, CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio General para la Catequesis, Librería Editrice Vaticana, Madrid 1997. El sentido y oportunidad de la aparición delDirectorio se encuentra en el Prefacio (DGC 1-13) que firma el Pro-Prefecto de la Congregación para el Clero.

[13] DGC 23.

[14] Cf. DGC 39, 46, 50

[15] Cf. DGC 48, 87.

[16] Cf. DGC 26.

[17] Cf. DGC 80.

[18] Cf. DGC 158.

[19] Cf. DGC 141.

[20] Cf. DGC 239.

[21] Cf. DGC 141.

[22] Cf. DGC 221.

[23] Cf. DGC 46.

[24] http://www.vatican.va/roman_curia/synod/documents/rc_synod_doc_20110202_lineamenta-xiii-assembly_sp.html

Edición en papel: cfr. Lineamenta, BAC-documentos, Madrid 2011.

[25] Cf. pp. 18, 31, 32, 50…

[26] Ibídem, p. 31.

[27] Cf. ibídem, p. 18.

[28] Cf. ibídem, p. 22. Pablo VI, escribió: No habrá evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo… El Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización (EN 75).

[29] Cf. ibídem, pp. 22-23.

[30] Cf. ibídem, p. 20.

[31] Cf. ibídem, p. 50.

[32] Cf. ibídem, p. 58.

[33] Cf. ibídem, p. 36.

[34] Cf. ibídem, p. 32.

[35] Cf. ibídem, p. 50.

[36] Cf. ibídem, p. 32.

[37] Cf. ibídem, p. 70.

[38] Cf. ibídem, p. 24.

[39] Cf. ibídem, p. 51.

[40] JUAN MARTÍN VELASCO, La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea, Sal Terrae, Santander 2002, pp. 98-99.

[41] EN  41.

[42] EN 41.

[43] EN 41.

Misión Joven. Número 443. Diciembre 2013