«En el principio era el sentido…»

De noche iremos de noche

sin luna iremos sin luna,

que para encontrar la fuente

sólo la sed nos alumbra.

LUIS ROSALES

 

 

         La utopía se hace carne

 

«Por el hecho de ser como es, el hombre tiene que esperar; no puede no esperar» (P. Laín Entralgo): esperanza y utopía están en lo más profundo del ser humano, forman parte de sus rasgos fundamentales. Para los cristianos, con Jesús de Nazaret la «utopía se hace carne». Como cualquier utopía no tiene su habitación definitiva —su lugar (outopos)— aquí y ahora, pero ya entrevemos en-por Él cuanto todavía no es el ser humano y, sobre todo, ya aparece tímidamente lo que será.

«En el principio era el sentido…», así traducía Goethe el inicio del Evangelio de Juan. Y el sentido se hizo carne humana unos 2000 años hace: se instauró así, definitivamente, el derecho del hombre a imaginarse o sobrepasarse, a soñar con ir más lejos de cuanto parece alcanzable, a osar trascenderse y trascender los límites impuestos por eso que llamamos «la realidad». La fe cristiana abre un boquete en lo infinito: claramente, desde ese instante, de seres insatisfechos empezamos a transformarnos en «seres de deseo».

 

 

         Humanización y «reinado de Dios»

 

Destinados a construir el Reino de Dios, por desgracia y en no pocos momentos de la historia, la Iglesia y los cristianos pervirtieron su misión buscándose a sí mismos. Fue de este modo como, poco a poco, los «intereses de Dios» se anunciaron como distintos de los del hombre. Feuerbach lo expresó dura y gráficamente: «Para enriquecer a Dios debe empobrecerse al hombre; para que Dios sea todo, debe el hombre ser nada».

Por fortuna, la historia de Dios con el hombre no es más que una paulatina profundización de la «encarnación», un progresivo abajamiento de la altura de Dios hasta acreditarse ante nosotros con una talla humana: Dios se hace humilde, se limita para que alcanzarlo no suponga una salida de lo humano, sino todo lo contrario, la plenitud y realización más profunda del propio hombre. Por eso, humanización y reinado de Dios vienen a ser una misma cosa, porque —en el fondo— Dios no tiene más intereses que los nuestros.

 

 

         «Palparse el alma»

 

No podemos encerrarnos en cuarteles doctrinales ni enjaular la Buena Noticia del Reino entre las cuatro paredes de las iglesias. Hay que hacerla carne junto a los hombres y mujeres de hoy. Así que, antes de nada, habrá que «palparse el alma» (M. de Unamuno) y recuperar encarnación, ese sonido de Dios que, sin duda, pertenece a la polifonía de la vida. Será cuestión de recobrar resonancia, de hacer que su música tenga eco en nosotros.

Ninguna escuela más apropiada para esta cacheo que la de abrirse a los otros, la de «ser tocados» por quienes reclaman nuestra responsabilidad. Compasión y solidaridad son los mejores guías para sintonizar con Dios. No de modo diferente entendía Jesús aquel «Reino» que hacía visible en su apasionamiento por la causa de los pobres y marginados, de los enfermos y más débiles. Por ahí se ponen los cimientos a la humanización de las relaciones, a la democratización de la polis y socialización de la economía, a la vinculación de cultura y naturaleza, en fin, a la conversión de la Iglesia al Reino de Dios.

 

 

         «La sed nos alumbra»

 

Esperanza y utopía son la mejor expresión de ese «ser de deseo» que no se resigna a la insatisfacción. «Habitados por Dios», nada es inexorable o irreversible, todo hombre puede y debe creer en lo imposible: la realidad no se reduce a cuanto vemos a simple vista o a lo que es, sino que se reconoce mejor en lo que podría o debería ser, en lo que no se ve de modo inmediato.

Este podría ser un buen resumen de la «declaración de intenciones» de Misión Joven para el 2000. Quisiéramos huir de toda manifestación piadosa o grandilocuente y aprovechar la fecha para apostar por un año jubilar en el que predomine el «espíritu de reforma» para recuperar encarnación y utopía, para tener los ojos fijos en el Reino. Entre las novedades de la revista, precisamente, hemos introducido las «NOTICIAS MJ2000» para que se aprecie más y mejor la apuesta.

¡Feliz 2000!: que esa mirada enjaulada —pero con entrada y salida semiabiertas— de la portada siga viva y perfore los barrotes de una existencia chata, recluida y reducida al horizonte de lo posible, sea esto o no virtual como ahora se lleva.

 

José Luis Moral