ENTREVISTA A DON PASCUAL CHÁVEZ, RECTOR MAYOR DE LOS SALESIANOS.

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EL FUTURO DE LA PASTORAL JUVENIL

Pascual Chávez Villanueva

 

Pascual Chávez Villanueva, doctor en Teología, es desde abril de 2002 Rector Mayor de los Salesianos.

 

Síntesis

Misión Joven se dirigió a don Pascual Chávez con diez preguntas que abordan los retos principales de la pastoral juvenil actual. Su amable y pronta respuesta nos traza un mapa de ruta muy profundo y digno de tener en cuenta, creemos que no sólo para la Familia Salesiana.

 

  1. ¿Cómo ve Ud. la situación de la pastoral, en general, y de la pastoral juvenil, en este momento?

 

La veo muy diversificada, con grandes riquezas y posibilidades, pero también con grandes desafíos y lagunas.

 

El Jubileo del año 2000, con los tres años anteriores de preparación según el plan propuesto por el Papa Juan Pablo II, ha supuesto un estímulo muy fuerte de renovación de la pastoral en toda la Iglesia y de modo especial de la Pastoral Juvenil. Basta pensar en la experiencia creciente de las Jornadas Mundiales de la Juventud de estos años: París (1997), que sorprendió y sacudió la reticencia de la Iglesia francesa ante los jóvenes; Roma (2000) con el entusiasmo de los casi dos millones de jóvenes de todo el mundo ante las propuestas exigentes del Papa. Después del Jubileo las diversas Iglesias han asumido la propuesta pastoral del Papa en su carta NMI: un renovado empuje de vida cristiana centrada en la persona de Cristo (29), y han elaborado proyectos pastorales concretos siguiendo las indicaciones y prioridades señaladas por el Papa.

 

Otra realidad creciente en la Pastoral eclesial es el protagonismo de la comunidad cristiana y en ella en concreto de los laicos. Recuerdo el encuentro de los movimientos laicales universales convocado por el Papa en el Pentecostés del año 1998: una ingente multitud de movimientos, asociaciones y grupos laicales que en las diversas partes del mundo están asumiendo con nuevo dinamismo y una renovada creatividad la misión evangelizadora. Al interno nuestro, es indudable el desarrollo que, en estos últimos años, ha tenido la Familia Salesiana y, de modo especial, el Movimiento Juvenil Salesiano en todas las partes del mundo.

 

Con todo, la Pastoral de la Iglesia y en particular la Pastoral juvenil debe afrontar algunos enormes retos; uno de los más importantes es el de la evangelización de la nueva cultura posmoderna, con fenómenos tan influyentes y universales como la globalización en todos sus aspectos, el desarrollo de la electrónica y de los modernos medios de comunicación social, la emergencia de nuevos valores, concepciones de vida y estilos de conducta, el impacto de la secularización y al mismo tiempo de una nueva sensibilidad religiosa tipo “new age”… Como respuesta a este desafío el Papa en estos años ha planteado a toda la Iglesia como tarea pastoral prioritaria la “nueva evangelización” que permita rehacer el tejido cristiano de la sociedad humana (Cf. Chfl 34).

 

Centrándome ya, más en concreto, en la Pastoral Juvenil, diría que veo en todas partes una gran vitalidad con multitud de iniciativas y propuestas, un florecimiento de grupos, asociaciones y movimientos, mucha buena voluntad y esfuerzo por parte de una gran cantidad de adultos y animadores jóvenes. Pero al mismo tiempo me doy cuenta que nuestra pastoral juvenil es más una pastoral de actividades que una pastoral de procesos, una pastoral individual y poco coordinada más que una pastoral de comunidad que comparte un proyecto, una pastoral sectorial y fragmentada más que un camino unitario e integral.

 

El mundo joven ofrece hoy a la pastoral una gran variedad de recursos y de posibilidades, su búsqueda apasionada de espiritualidad, su apertura al lenguaje de la vida y del testimonio, su sensibilidad ante los valores humanos, la calidad de vida y la solidaridad, la paz y la justicia, un nuevo entusiasmo para encontrarse y expresar públicamente su fe.

 

Con frecuencia las comunidades cristianas y sus instituciones encuentran gran dificultad para renovarse y abrirse a los jóvenes; la escasez de educadores y agentes de pastoral en relación con el crecimiento continuo de las urgencias y de los frentes de trabajo les empuja a descuidar los momentos de reflexión personal y comunitaria, cediendo a un activismo que les impide profundizar en la realidad juvenil para comprender sus desafíos más profundos, encontrar nuevos recursos y posibilidades, adaptar las estructuras e iniciativas. Los jóvenes tienen sed de propuestas exigentes y del acompañamiento de adultos significativos; pero, muchas veces, éstos se encuentran tan absorbidos por las tareas y funciones administrativas y de gestión de las actividades que no encuentran el modo de establecer con ellos una presencia de calidad humana y espiritual, promoviendo relaciones interpersonales gratuitas, dedicando tiempo y energías al acompañamiento personal y de grupo, asegurando propuestas significativas de crecimiento humano y de madurez cristiana.

 

En algunas partes, sobre todo en los contextos de la sociedad secularizada, las comunidades cristianas presentan una imagen de cansancio y de desorientación; los jóvenes sienten que los adultos (la familia, la parroquia, los educadores en general) tienen como una especie de vergüenza a hablar de lo esencial; prefieren darles recetas, indicarles cosas a hacer, más que compartir con ellos una experiencia y un camino de fe; entonces la presencia y la propuesta pastoral tiene poca claridad y fuerza evangélica.

 

  1. En Europa occidental hay una crisis generalizada de transmisión de la fe y de irrelevancia del sentido de Dios y de la trascendencia, especialmente en el sector de población juvenil. ¿Qué opciones pastorales y evangelizadoras concretas pueden responder a esta crisis profunda?

 

En las últimas encuestas sobre los jóvenes en Europa aparece entre ellos una clara apertura al tema religioso y una creciente búsqueda de espiritualidad y de trascendencia. Es verdad que esto se vive sobre todo desde la subjetividad, según la lógica de la satisfacción de las necesidades individuales; una religiosidad relegada a la esfera de la vida privada, poco compartida e institucional, vivida a través de experiencias múltiples y heterogéneas y de un conjunto sincretista de creencias y prácticas. Por eso diría que entre los jóvenes más que irrelevancia del sentido de Dios y de la trascendencia parece que se va desarrollando como un nuevo paganismo en el que cada uno busca y se hace un “dios” a su medida y según sus necesidades.

 

En esta situación ciertamente se da una crisis profunda de los lugares, instituciones y momentos que constituían, hasta hace muy poco tiempo, los canales normales de transmisión de la fe a las jóvenes generaciones. ¿Cómo responder a esta crisis? Creo que la relación que se ha establecido entre el Papa Juan Pablo II y los jóvenes durante sus 25 años de Pontificado puede ofrecernos algunas indicaciones importantes.

 

Ante todo el Papa quiere estar con los jóvenes, les demuestra confianza y afecto, cree en las potencialidades de bien, de verdad y belleza que hay en su corazón y por eso les anima y les hace propuestas exigentes y radicales. La primera opción pastoral debe ser el caminar con los jóvenes, abrirse a un diálogo positivo y cordial con ellos, afrontando con decisión y sin concesiones los desafíos culturales y antropológicos que caracterizan nuestra época.

 

Pero sobre todo el Papa propone a los jóvenes la persona de Jesús. Sólo el encuentro con una persona es capaz de transformar una vida, no las reglas ni las doctrinas. Por eso la acción pastoral debe conducir a los jóvenes al encuentro con la persona de Jesús; esto es lo que ellos esperan y anhelan, no moralismo o discursos socio-culturales o una acogida genérica. La pastoral, sobre todo en los ambientes de secularización, debe orientarse a facilitar a los jóvenes el conocimiento, el encuentro y la relación personal con Jesucristo de modo que en él descubran el sentido de su existencia y puedan realizar una opción de vida plena y feliz.

 

Junto a esta presentación directa de la persona de Jesús es necesario también desarrollar la dimensión educativa de un verdadero proceso de transformación de la mentalidad y de la vida. Hay que fortalecer una verdadera pedagogía de la iniciación cristiana, es decir, proponer a los jóvenes procesos sistemáticos y profundos de personalización, comunicación y socialización de la fe, yendo más allá de experiencias totalizantes, muy ligadas a la emotividad y subjetividad; educar a la oración, a la escucha de la Palabra, a descubrir los signos de la presencia y de la acción de Dios en la historia, a traducir en compromiso de vida lo experimentado en la oración, etc.

 

El Papa además invita a los jóvenes a ser “luz y sal” entre sus compañeros, en sus ambientes de vida, en la sociedad en general, dando a la propuesta pastoral un claro empuje misionero. Nuestra pastoral debe superar su complejo de culpa y su timidez para recuperar el coraje apostólico que no puede callar lo que ha vivido y ha experimentado. No contentarse con los que vienen a nuestros grupos, o centros juveniles, o escuelas, sino ir al encuentro de los indiferentes, de los alejados, del gran grupo de jóvenes de la calle. Más aún, ante la tendencia de reducir la fe a lo privado, estamos invitados a hacer presente el evangelio en la vida y la cultura, con una presencia clara, activa y crítica de los cristianos en todos los ámbitos de la sociedad, ofreciendo modelos de pensamiento y de vida alternativos y coherentes con el evangelio.

 

  1. ¿Qué caminos de acción pastoral cree Ud. que nos han servido en el pasado y ya no sirven? ¿Por qué? ¿Qué caminos están sirviendo en otras partes del mundo y pueden aportar pautas de actuación?

 

Muchos caminos de acción pastoral del pasado hoy pueden seguir siendo válidos si se insertan en el nuevo proyecto y asumen el nuevo estilo y metodología pastoral que he apuntado en la respuesta anterior.

 

Cuando uno analiza los nuevos movimientos que están apareciendo en la Iglesia durante estos años y que atraen a muchos jóvenes, se da cuenta que todos ellos tienen tres características básicas, vividas en formas y grados diversos: una profunda espiritualidad centrada en la oración, la Palabra y los sacramentos; una fuerte experiencia de comunión, atención a las personas, relaciones interpersonales, comunicación profunda de vida; y un radical compromiso por los más pobres y los últimos. Me parece que en estas tres características tenemos tres pautas de actuación pastoral que deben caracterizar todos las formas de pastoral juvenil en el futuro: la espiritualidad, la comunidad y el compromiso. Y además, me parece que hoy hay que desarrollarlas en este orden, superando la tentación de caer en un compromiso voluntarista que no nazca de una experiencia personalizada de Jesucristo y de su Evangelio y no sea sostenido por una comunidad cercana y abierta.

 

  1. Da la sensación de que la crisis no es sólo de destinatarios, sino también de pastores. Ante unos sujetos pastorales desmotivados y desorientados, ¿cuál sería el perfil del sujeto pastoral (personal y comunitario) que necesitamos hoy para animar los proyectos y estructuras educativo-pastorales? ¿Cómo deben formarse?

 

Aunque existen, gracias a Dios, muchos educadores y pastores generosos y entregados, hay también un buen grupo que, ante la complejidad de las situaciones y las dificultades encontradas, se ha refugiado muchas veces en la organización y gestión de las instituciones o en un genérico compromiso educativo y promocional o intenta repetir experiencias pasadas, pensando que siguen siendo válidas para los jóvenes de hoy.

Para poder afrontar la pastoral que exige la nueva evangelización, el educador–pastor debe vivir una fuerte espiritualidad apostólica, una sólida relación personal con Jesucristo, vivida en el cada día, una actitud y práctica del discernimiento pastoral que desarrolle una visión de fe sobre la vida, las personas y los acontecimientos, superar tanto el activismo que superficializa y dispersa, como el espiritualismo que no se traduce en opciones radicales de vida.

 

Además hoy el educador–pastor de jóvenes debe poseer una sólida estructura personal, humana y cristiana, para poder ser ante todo un testigo significativo y creíble para los jóvenes de hoy, capaz de ofrecerles propuestas estimulantes y válidas y de acompañarlos en su camino de realización. Esto supone poseer un esquema mental sólido y bien estructurado que le permita tener una serena confianza en sí mismo y, al mismo tiempo, estar abierto y disponible al diálogo y comunicación con los que piensan diversamente; cultivar una actitud de formación permanente evitando refugiarse en un ritmo de vida demasiado agitado, superficial y rutinario.

 

Se requiere, en fin, un educador–pastor disponible y capaz de compartir su vida con los jóvenes, de escucharles cordialmente, de valorarles y acompañarles gratuitamente; un educador–pastor enraizado en la comunidad, compartiendo con ella el proyecto pastoral, trabajando en equipo, con mentalidad proyectual.

 

Su formación es un proceso delicado que no termina nunca y que exige una actitud continua de reflexión sobre la propia experiencia y la de los demás, para aprender de ella; disponibilidad para compartir con los demás, dejarse acompañar y corregir; confianza en las personas y en sí mismo, sostenida por una profunda vida de fe.

 

  1. La dimensión comunitaria de la fe parece especialmente difícil de transmitir en una cultura individualista y fragmentaria como la actual. ¿Cómo formar verdaderas comunidades cristianas juveniles? ¿No pierde la pastoral juvenil salesiana actual a los jóvenes a partir de una cierta edad – pongamos 24 ó 25 años? ¿Cómo evitar el riesgo de intimismo, egocentrismo y falta de compromiso socio-político de dichas comunidades?

 

La pregunta toca una de las preocupaciones y de los desafíos más importantes que tiene hoy la pastoral juvenil en general y, en particular, la salesiana. Con la sensibilidad y metodología preventiva de don Bosco sabemos que los grandes valores educativos se deben sembrar durante la preadolescencia y estimular un primer desarrollo en la adolescencia y primera juventud, pero este camino debe proseguirse con un acompañamiento preciso y sistemático hasta conducir al joven a un proyecto de vida, a una opción vocacional madura, que hoy se retrasa cada vez más.

 

Para las dos primeras etapas tenemos una rica experiencia y abundantes estructuras educativas, escuelas, oratorios, grupos, etc., pero nos encontramos con pocos recursos y menos experiencia en el acompañamiento de los jóvenes adultos que aún no han madurado su opción vocacional en la vida, jóvenes de 20 a 30 años que ya no frecuentan nuestras obras de educación formal, pero que aún necesitan y buscan plataformas adecuadas a ellos que les permitan completar el camino educativo y de fe iniciado en las etapas anteriores.

 

En estos últimos años ha aumentado en la Congregación la atención a esta franja de edad con diversas iniciativas: la formación de los animadores del MJS (grupos, asociaciones, Centros Juveniles), todos ellos jóvenes mayores que a través de su servicio de animación continúan su proceso formativo y de educación en la fe; asociaciones y movimientos que sin descuidar las etapas anteriores, ofrecen una especial atención a estos jóvenes mayores a través de procesos de catecumenado juvenil; el mismo voluntariado salesiano, tanto el social como el misionero, es una plataforma que permite a muchos jóvenes mayores desarrollar sus posibilidades de formación hacia una opción vocacional adulta.

 

Creo que este es un campo en el que la Pastoral Juvenil Salesiana debe colaborar estrechamente con la Familia Salesiana, sobre todo con aquellos grupos laicales que ofrecen a los jóvenes posibilidades de vida cristiana adulta, como son los Cooperadores y los Exalumnos. Juntos debemos buscar aquellas plataformas y servicios más convenientes para acompañar a estos jóvenes y para facilitar, a los que lo deseen, seguir viviendo su fe cristiana como adultos según el estilo salesiano en las diversas asociaciones de la FS, o en las comunidades cristianas de nuestras parroquias, o en otros movimientos eclesiales, etc.

 

Todo ello exige adultos significativos cercanos, capaces de acompañar y estimular a estos jóvenes, tanto personalmente como en grupo, experiencias de espiritualidad y de servicio sistemáticas y exigentes, un plan de formación muy personalizado, pero a la vez bien estructurado e integral, una metodología que los inicie a la iluminación cristiana de la vida de cada día en sus ambientes de estudio o de trabajo. En esto creo que los salesianos hemos de dedicar más personas y más esfuerzos, comprometiendo, como decía, a los grupos laicales de la Familia Salesiana. El lograr que estos grupos o comunidades de jóvenes adultos superen el riesgo de intimismo y de falta de compromiso socio-político debe ser uno de los objetivos de esta etapa del camino de fe para llevar al joven a encarnar su fe y su espiritualidad en el campo de sus responsabilidades familiares, sociales y políticas concretas.

 

  1. Muchos piensan que nuestras estructuras pastorales tradicionales (escuelas, parroquias), nacidas para humanizar y evangelizar, apenas lo hacen ya y, lo que es más grave, desgastan a muchas personas en su mero mantenimiento. ¿Qué hacer? ¿Hay que inventar nuevas estructuras? ¿Son aprovechables pastoralmente las que hay? ¿Con qué condiciones mínimas?

 

A las estructuras educativas y pastorales tradicionales les pasa lo mismo que a las otras estructuras sociales; nacidas y desarrolladas en una sociedad estable y unitaria, encuentran dificultad para adaptarse a una sociedad compleja y en continuo cambio. Hemos pasado de un modelo fuertemente unitario y monolítico, a otro claramente fragmentado y muchas veces contrastante; los educadores, comenzando por las familias, no saben cómo afrontar su misión educativa y corren el riesgo de renunciar al verdadero diálogo educativo, limitándose a un superficial “dejar hacer”. Aparecen nuevos contextos y realidades educativas, a veces en contraste con las instituciones tradicionales, como el grupo de iguales, la calle, el mundo de la comunicación social y de internet, etc.; tienen una gran capacidad de modelar mentalidades y conductas, pero al mismo tiempo se manifiestan débiles en personalizar valores y sostener opciones de vida radicales.

 

Hay que afrontar con decisión esta nueva situación y sus desafíos. Nuestra sociedad necesita más que nunca estructuras educativas y pastorales capaces de establecer un diálogo dinámico y profundo con el mundo juvenil, con su sensibilidad y sus necesidades, pero sin renunciar a la misión educativa de testimoniar y proponer valores y criterios de conducta, y suscitar y sostener proyectos de vida y búsqueda de sentido. Las estructuras tradicionales de educación y de pastoral tienen aún mucho que ofrecer a nuestra sociedad con tal que sepan renovarse en profundidad.

 

Estas estructuras deben resistir la dinámica burocratizadora y masificadora a la que las empuja la sociedad actual para promover la atención prioritaria a las personas y a las relaciones interpersonales, el diálogo y encuentro intergeneracional, la participación y el trabajo en grupo, etc., de forma que se conviertan en verdaderos ambientes de vida y de cultura juvenil. Don Bosco ya lo había intuido en su tiempo cuando quería que todas sus instituciones fueran verdaderas casas en las que los jóvenes se sintieran a gusto, como en familia.

Deben promover un programa educativo verdaderamente integral, que tenga en cuenta todas las dimensiones de la persona humana y no solo aquellas inmediatamente útiles y rentables para la producción y el consumo; que desarrolle con especial cuidado aquellos aspectos a los que los jóvenes de hoy son más sensibles y abiertos: como la afectividad, el cuerpo, la naturaleza; valores como la paz, la solidaridad, la libertad; la participación, la creatividad, el diálogo; la búsqueda de sentido, la interioridad, la calidad de vida…

 

Las instituciones educativas y pastorales deben transformarse en verdaderas comunidades educativas en las que todos los participantes a la obra educativa, los mismos jóvenes, los educadores, las familias, se sientan identificados con un cuadro de valores compartido, asuman solidariamente un mismo proyecto educativo y colaboren activamente a su realización, favorezcan una red de relaciones interpersonales positiva y dinámica, promuevan metodologías de trabajo y de acción realmente participativas y corresponsables.

 

  1. ¿Cuál debe ser la orientación del colegio católico confesional, sabiendo que muchos de los que llegan a él no buscan una formación religiosa, sino una calidad o control disciplinario en la enseñanza? ¿Qué pastoral se debe hacer en un centro escolar confesional con destinatarios desinteresados por “lo religioso”?

 

La pastoral en un colegio católico no debe ser como un añadido religioso a una cultura, a un ambiente y a una estructura neutra o indiferente al modelo de vida inspirado en el Evangelio. La pastoral es la cualidad que queremos dar a todo el conjunto de la vida escolar, sobre todo a aquellos elementos que le son más propios, como es la cultura, la metodología, la disciplina, etc. Queremos que todos estos elementos estén inspirados y promuevan una visión de la vida y de la realidad abierta a los valores del Evangelio de Jesús, favorezcan una actitud de búsqueda y de profundización de un sentido de la vida integral y trascendente, ofrezcan a los creyentes la oportunidad de un diálogo crítico y positivo entre la cultura y su fe.

 

El colegio católico debe traducir a la práctica las condiciones apuntadas en la respuesta anterior y resistir con decisión a la presión ambiental que le empuja a centrar su calidad en los éxitos académicos, en la eficacia de su disciplina, en la promoción de los “mejores”. En este sentido el colegio católico debe asumir una actitud verdaderamente contracultural, ofreciendo a todos, con respeto, pero también con decisión y claridad, una cultura de la vida y de la solidaridad, una educación integral y abierta a la dimensión religiosa de la persona, un compromiso decidido por los más pobres y los más débiles.

 

  1. Dada la dialéctica entre estructuras pastorales tradicionales y las nuevas pobrezas juveniles, ¿en qué consistiría en estos momentos la actitud profética de la Familia Salesiana? ¿Cómo formularla en el ámbito práctico?

 

Hace ya seis años D. Vecchi había escrito, en su carta sobre las nuevas pobrezas, que la educación es la aportación más específica y original que, como salesianos, podemos ofrecer para la prevención y lucha contra las nuevas pobrezas. Cada vez me doy más cuenta de la verdad de esta afirmación. Hoy las nuevas pobrezas de los jóvenes son consecuencia en una gran medida de ciertas concepciones de la vida que privilegian el provecho individual sobre el bien común, un progreso rápido y fácil más que un desarrollo sostenible y accesible para todos, la prioridad de los intereses económicos por encima de todo, y, muchas veces, contra los valores sociales y culturales. No basta pues la búsqueda de soluciones inmediatas, es necesario un trabajo de educación que promueva nuevos modelos de conducta y de vida que traduzcan a lo concreto la cultura del otro frente al individualismo posesivo, la cultura de la sobriedad frente al consumo, la globalización de la solidaridad frente a la exclusión de los débiles.

Como Familia Salesiana, extendida por todo el mundo, con multiplicidad de recursos y con un rico patrimonio espiritual, tenemos grandes posibilidades y al mismo tiempo una enorme responsabilidad para promover, en un esfuerzo colectivo, proyectos concretos en los que, además de responder a las necesidades inmediatas de los jóvenes, se promueva un estilo de vida más solidario y generoso.

 

En algunos países de América Latina, por ejemplo, la acción conjunta de diversos grupos de la Familia Salesiana, en colaboración con otras personas e instituciones, ha creado todo un movimiento social que ha promovido leyes y consejos para la defensa de los derechos de los menores; en otros países de Europa, diversas organizaciones de voluntariado social y misionero van creando todo un amplio movimiento de solidaridad y de colaboración con países y pueblos en vías de desarrollo; el trabajo a favor de los muchachos de la calle, las iniciativas para ayudar a los muchachos y muchachas que están fuera del sistema escolar oficial, están suscitando una nueva sensibilidad y una concreta voluntad de colaboración en muchas inspectorías, grupos y asociaciones.

 

Posibilidades existen, pero se debe trabajar en red, con proyectos concretos y compartidos, con constancia y sistematicidad, aprovechando todos los recursos y posibilidades que hoy nos ofrecen la enorme variedad de obras y presencias que animan los diversos grupos de la Familia Salesiana en todo el mundo. ¿Por qué en vez de oponer obras y estructuras en una dialéctica estéril y destructiva no nos comprometemos a aportar cada uno la propia originalidad y colaborar entre todos a la promoción integral de los jóvenes, sobre todo los más pobres? ¿Por qué no comprometer a todos los componentes de las comunidades educativas de nuestra escuelas, centros de formación profesional, parroquias, Oratorios, en proyectos concretos de atención a los más pobres?

 

  1. ¿Cuáles le parece que deben ser los principales rasgos de una pastoral que responda al fenómeno de las migraciones? ¿Cómo debe afrontar la pastoral la situación de pluralismo cultural y religioso que empezamos a sentir en Europa y va a ir creciendo?

 

Hace pocos meses tuvo lugar en Barcelona un encuentro europeo para afrontar concretamente este tema; fue el punto de llegada de muchos esfuerzos, iniciativas y reflexiones que se han ido realizando en estos últimos años en las diversas inspectorías de la Europa salesiana. Al mismo tiempo, en él se pretendía señalar algunas líneas y criterios de acción que orientasen y relanzasen el compromiso salesiano entre los inmigrantes.

 

Considero que en documento final se han expresado muy bien los rasgos de una pastoral salesiana ante el fenómeno de las migraciones: una pastoral juvenil que “promueva el aprendizaje intercultural, abierta a la inserción, con un comportamiento ético universal basado en la cultura de la solidaridad, de la autenticidad, del diálogo interreligioso, de la construcción de relaciones de paz y de respeto entre hombre y mujer, a partir de la propia identidad”.

 

Hay que ser conscientes que vivimos en un mundo que si, de una parte, está más globalizado, de otra aparece cada vez más dividido por diversidades culturales, sociales, económicas, políticas, religiosas. Ello presenta nuevos desafíos a la formación, el principal de ellos es la educación a la interculturalidad. Ésta es a mi parecer la clave de solución del difícil problema de llegar a armonizar la unidad de la humanidad en la diversidad de los pueblos que la componen. Implica una pedagogía de la acogida de las diferencias, de la cultura del diálogo y de la reciprocidad, de la solidaridad y de la paz. Esto solo es posible en la medida que descubramos que hay valores trasnculturales, validos siempre y en todas partes, y que viviéndolos en nuestras comunidades religiosas y educativas llegáramos a ser personas de comunión. Como nos recordaba el Papa en la Exhortación apostólica Vita consecrata (51), las comunidades multiculturales e internacionales se revelan en muchas partes testimonios significativos y ámbitos de adiestramiento al sentido de la comunión entre los pueblos, razas y culturas.

 

En este sentido las líneas de acción del encuentro de Barcelona hablan de educar a los valores de la multiculturalidad, a partir de una base ética compartida, de una educación en la honradez y en la ciudadanía, con una atención especial al diálogo interreligioso, favoreciendo una acogida incondicional de las personas, promoviendo su protagonismo, favoreciendo entre ellos la presencia de mediadores culturales que faciliten el diálogo entre las diversas culturas. Se pide también que la atención a la inmigración se inserte en el proyecto educativo-pastoral de cada inspectoría, de modo que llegue a ser una realidad presente en toda obra trabajando siempre más en red.

 

Todo esto supone un cambio de mentalidad tanto entre los salesianos como entre los miembros de nuestras comunidades educativas; promover una formación a la interculturalidad y a la diversidad como riqueza, mediante experiencias de trabajo intercultural convenientemente reflexionadas y evaluadas, la inserción en las comunidades educativas de los mismos inmigrantes como colaboradores. Gracias a Dios todas estas líneas ya han empezado a ser realidad en muchas de nuestras inspectorías; se trata de extenderlas y de lograr que sean patrimonio y realidad en todas nuestras presencias.

 

  1. Desde nuestra cercanía al mundo juvenil y sus lenguajes… ¿qué pueden decir y aportar los salesianos con respecto al lenguaje, ritos, imagen pública, testimonio social… de la llamada “iglesia oficial o institucional”? ¿Cómo acercar la Iglesia a los/las jóvenes y viceversa?

 

Para acercar la Iglesia a los/as jóvenes ante todo debemos amarla profundamente, también la Iglesia oficial o institucional, y este amor hacerlo sentir a los jóvenes, ayudándoles a descubrir los valores y las realidades positivas que hay en ella, los signos de la presencia y de la acción de Dios. Es lo que hizo don Bosco en su tiempo ante la avalancha de propaganda protestante que desorientaba y turbaba la fe sencilla de la gente y de los jóvenes. Don Bosco, con un lenguaje sencillo, ameno y asequible a todos, da a conocer la historia de la Iglesia, y del Papado, las vidas de santos y de personas buenas, propaga devociones y prácticas piadosas populares y adaptadas a los jóvenes. Con todo ello fortalece su amor a la Iglesia y robustece su fe.

 

Hoy los jóvenes han demostrado que son muy sensible y abiertos a estos valores de la fe y de la Iglesia. La persona del Papa y sus encuentros multitudinarios con los jóvenes, las Jornadas Mundiales de la Juventud, el florecimiento de movimientos juveniles, son algunos de estos signos que, como educadores, hemos de valorar y aprovechar.

 

También hemos de acompañar a los jóvenes para que puedan vivir y expresar la fe de la Iglesia, su liturgia y su oración con su lenguaje y estilo joven, sin desnaturalizarla o superficializarla. Es una tarea educativa importante que nos exige ser auténticos maestros de espiritualidad juvenil, que, a través de los signos y de los lenguajes juveniles, somos capaces de vehicular y hacer vivir una verdadera experiencia de fe y de Dios. En esto deberían jugar un papel importante nuestras comunidades y los grupos de la Familia Salesiana, que deberían ser para los jóvenes imágenes significativas de una Iglesia cercana a ellos, abierta y dialogante, apasionada por Jesús y por su misión de vida plena, comunidades felices, profundas y sensibles al mundo de los jóvenes de modo que fueran verdaderas experiencias de iglesia y escuelas de oración eclesial.

 

Hoy no basta el compromiso por los demás para acercar la Iglesia a los jóvenes, es necesario que este compromiso sin perder nada en su radicalidad manifieste claramente su fuente y sus motivaciones más profundas, el Dios de Jesús, su amor y su proyecto de salvación que se realiza a través de la comunidad de los creyentes, presidida por sus pastores.

 

   Pascual Chávez V.

Rector Mayor de los Salesianos

Roma, 24 de mayo del 2003

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