ESCUELA, EMERGENCIA EDUCATIVA Y ACCIÓN PASTORAL

PENSAMIENTO DE BENEDICTO XVI

Eugenio Alburquerque Frutos

Director del Boletín Salesiano

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

El autor propone una reflexión pastoral, en el marco de la emergencia educativa, en el ámbito educativo, en concreto en la escuela. Estas son algunas de las reflexiones del artículo: crisis educativa, emergencia educativa, pasión por la educación, relación entre evangelización y educación, lugar de encuentro con Dios.

 

En la mayoría de los países desarrollados, la educación se consideraba una cuestión resuelta. La expansión de los sistemas educativos ha hecho posible, a todos, el acceso a la educación, garantizando la igualdad de oportunidades. Sin embargo, hace algunas décadas empezó a cundir la alarma. Hoy no solo se habla de crisis, sino incluso de emergencia educativa. Con esta expresión se quiere indicar que la situación educativa es muy grave, que la educación se tambalea peligrosamente y está profundamente amenazada.

Esta situación de emergencia, que ha llegado a la escuela y a todas las instituciones educativas, también las eclesiales, condiciona y crea nuevas dificultades a la acción pastoral.

Este artículo se sitúa precisamente en este marco cultural de emergencia educativa, intentando una reflexión de carácter pastoral en torno a la misión de la Iglesia en el ámbito educativo, concretamente en la escuela. Su objetivo es señalar algunas orientaciones que fundamenten la acción pastoral respecto a la acción evangelizadora y a la educación en la fe. Difícilmente lograremos pensar, proyectar y construir una escuela en pastoral si no afrontamos decididamente las dificultades del momento presente. Implica recuperar en la acción pastoral de la Iglesia la pasión educativa, sintiendo “el debe educativo como parte integrante de la misión que la Iglesia tiene de proclamar la Buena Noticia”[1], y reconociendo que la acción educativa en la escuela constituye en sí misma un “excelente apostolado”.

En nuestra reflexión, seguimos de cerca el pensamiento de Benedicto XVI, cuyas intervenciones sobre este argumento son, desde el año 2005, muy numerosas[2].

 

Situación de emergencia

 

La expresión “emergencia educativa” no aparece de improviso. Se desarrolla en el marco de una prolongada reflexión en torno a los aspectos educativos fundamentales. Benedicto XVI habla por vez primera de emergencia educativa en el discurso pronunciado en la inauguración de la Asamblea diocesana de Roma en el año 2007. Dice: “En realidad, hoy cualquier labor de educación parece cada vez más ardua y precaria. Por eso, se habla de una gran emergencia educativa, de la creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento, dificultad que existe tanto en la escuela como en la familia, y se puede decir que en todos los demás organismos que tienen finalidades educativas”. El Papa se refiere expresamente a la actual situación educativa en clave de emergencia, aludiendo a la creciente dificultad de la transmisión de valores y de comportamientos dignos, tanto en el seno de la escuela como de la familia.

Aún constatando las dificultades que han existido en el pasado, no resulta difícil apreciar la novedad de la crisis actual de la educación. La novedad no proviene de la deficiente forma en que cumple con los objetivos sociales asignados, sino que, “más grave aún, no sabemos qué finalidades debe cumplir y hacia dónde efectivamente orientar sus acciones” (Juan Carlos Tedesco). Según Victoria Camps: “la educación ha perdido el norte; las finalidades están poco claras o hay una falta total de ideas”[3]. Hay que reconocer que existe una sensación de confusión y desorientación generalizada, de falta de criterios respecto a lo que hay que enseñar, transmitir y corregir. Palabras como esfuerzo, constancia, obediencia, sacrificio, responsabilidad, autoridad, que vertebraron durante mucho tiempo el edificio de la educación, parecen haber desaparecido del vocabulario educativo.

En el fondo, parece que la sociedad ha dejado de creer y confiar en la educación. Se han multiplicado las leyes educativas, sucediéndose unas a otras, quizá con más pena que gloria, pero sin lograr poner freno al deterioro educativo; más bien se tiene la impresión de que han ido alejando progresivamente la sociedad de la educación. Urge, pues, repensarla en profundidad, analizando tanto las manifestaciones de la crisis, como sus raíces. Es la tarea emprendida por Benedicto XVI.

El Papa se refiere de forma explícita y directa en sus intervenciones a muchas de estas manifestaciones negativas: fracasos formativos, ruptura entre las generaciones, renuncia por parte de padres y educadores al cumplimiento de su misión educativa, reducción de la educación a la transmisión de determinadas habilidades, debilidad de la misma instrucción, dificultades para transmitir la fe, violencia en las aulas, etc. Y reconoce también la dificultad de educar. Es una labor “cada vez más ardua y precaria”.

Más allá de las dificultades concretas, el problema educativo constituye una verdadera emergencia porque concierne al sentido mismo del hombre y de nuestra civilización. Está en relación íntima con los grandes interrogantes que acosan al ser humano. Quizá, la gran aportación de la reflexión de Benedicto XVI en torno a la educación se sitúa precisamente en esta perspectiva. Por una parte, el Papa insiste en llegar a las raíces de la emergencia. Por otra, su reflexión ayuda a comprender que las raíces se encuentran en la quiebra de la persona, porque “la educación constituye uno de los puntos fundamentales de la cuestión antropológica actual”[4]. Difícilmente se podrá llegar a responder a los graves problemas que aquejan a la educación sin llegar a la raíz de la crisis antropológica.

Repensar la educación exige, pues, repensar al hombre: su naturaleza, su identidad y misterio, su dignidad, su racionalidad, autonomía y libertad, su necesidad de amar y ser amado, su trascendencia y referencia a Dios.

 

La emergencia educativa llega a la escuela

 

Durante mucho tiempo fue reconocida la validez de la escuela para la educación de las nuevas generaciones. Pero posiblemente nunca ha estado exenta de numerosas sospechas. En el siglo pasado se puso en tela de juicio, de manera especial, su capacidad para producir un cambio social. Se ha dudado también de su aptitud para desarrollar la originalidad de la persona, bajo la sospecha de que quisiera más bien, domesticar, adoctrinar, adaptar e incluso manipular a los individuos. Muchos la han considerado una correa de trasmisión del sistema socio-cultural y de su correspondiente ideología. Sin embargo, a pesar de todo, la escuela ha llegado a ser la depositaria de las más grandes esperanzas de progreso de la persona y de la sociedad. Es parte, según I. Enkvist, de la garantía de supervivencia de la sociedad, como lo es la familia, precisamente en la medida en que es agente de transmisión cultural[5]. En expresión de E. F. Schumacher, se ha llegado a considerar como “la llave de todas las cosas”, ”la destinataria residual de todos nuestros problemas”. Es decir, en ella se buscan las respuestas a todos los males: “Si la era nuclear acarrea nuevos peligros, si el avance de la ingeniería genética abre las puertas a nuevos abusos, si el consumismo trae consigo nuevas tentaciones, la respuesta debe ser más y mejor educación”[6].

La verdad es que si a la escuela se le pide solución y respuesta para todos los problemas, a ella se le achacan también casi todos los males, olvidando quizá que, inserta en la sociedad, no puede ser sino un reflejo de la misma sociedad. Y éste es probablemente el quicio de la cuestión. Nuestra época ha provocado un cambio muy profundo y ha desencadenado algunos procesos que hacen muy problemático el sentido mismo de la educación. Por ello, la actual emergencia educativa zarandea de manera especialmente violenta a la institución educativa por antonomasia: la escuela.

Aunque pueda parecer paradójico, la escuela se ha devaluado al ritmo creciente del proceso de su universalización y democratización. Especialmente, tras la Segunda Guerra Mundial, el proceso de masificación de la enseñanza se convierte en un mecanismo de supervivencia en las sociedades europeas, afectadas por un notable impacto demográfico. Pero una vez alcanzada la recuperación económica y demográfica, el problema se traslada a la masificación de la enseñanza que, de solución, se convierte en problema.

Según Michéa, la universalización de la enseñanza deja de ser simple tendencia o realidad alcanzada para convertirse en un dogma arraigado en las sociedades europeas en la segunda mitad del siglo XX, y llega a adquirir incluso una dimensión ideológica. Sin desdeñar los bienes sociales de la universalización de la enseñanza, una de sus consecuencias más negativas ha sido cabalmente la “universalización de la ignorancia”: “los actuales progresos de la ignorancia, lejos de ser el producto de una deplorable disfunción de nuestra sociedad, se han convertido en una condición necesaria para su propia expansión”[7].

La escuela masificada se convirtió en “escuela de la ignorancia”. En ello han influido múltiples factores: el sistema educativo, el debilitamiento de la familia, el aumento del influjo de los medios de comunicación social, las argumentaciones pseudocientíficas, psicologistas o pedagógicas, frecuentemente vacuas, pretendiendo justificar dogmas asumidos de antemano de forma superficial y acrítica. Es decir, nos encontramos ante el reino del relativismo, la ausencia de criterios objetivos de verdad, el nihilismo pedagógico. Nos encontramos, en realidad, con las raíces que señala Benedicto XVI en la entraña de la emergencia educativa.

Todos los informes sociológicos confirman que esta enseñanza masificada ha derivado en un verdadero vaciado no solo de formación y valores, sino también de cultura e instrucción, en un desplazamiento de los contenidos de la enseñanza. Según I. Enkvist, detrás hay una ideología pedagógica y un conjunto de pedagogos del siglo XX que no creyeron ni confiaron en la escuela, en la lectura o en los profesores y que, además, “tampoco tienen mucho que decir sobre qué se debe aprender o por qué. En lugar de esto, hablan de qué método se debe usar para aprender”. La pedagoga sueca compara la situación con el proceso de producción de una fábrica: “sería como proponer un determinado método de producción porque es agradable, sin preocuparnos de si el resultado final es confiable o eficaz”[8].

Para Laval, la evolución de esta escuela de la ignorancia, vaciada de contenidos y de formación intelectual, conduce a una deconstrucción de la acción pública concreta, a la fragmentación y a desigualdades crecientes en el territorio nacional, culmina en un proyecto puramente burocrático y tiende a disolverse en la lógica mercantil y tecnocrática, como si se tratara de una agencia de servicios de necesidades e intereses particulares y particularistas, reduciendo todo a la utilidad y rentabilidad[9].

Realmente, “la educación ha perdido el norte”; y la escuela ha sufrido un proceso de devaluación y degradación que la ha conducido a la pérdida de prestigio social. Aunque no sea posible medir su amplitud y profundidad, crecen el malestar, el desafecto y la desconfianza, que suelen tener un carácter recíproco: de la sociedad hacia la escuela y de la escuela hacia la sociedad (padres, administración pública, medios de comunicación, etc.), generando por ambas partes actitudes defensivas[10].

Son muchos los signos de la degradación actual, desde las pintadas que cubren las paredes de tantas escuelas y el deterioro de las instalaciones, hasta el fracaso escolar, la desmotivación de los alumnos, la falta de autoridad en los profesores, su soledad y desamparo en tantas ocasiones, la fragmentación de los programas, la pérdida de calidad, la carencia de métodos pedagógicos adecuados, la burocratización galopante, la insuficiente inversión estatal, etc. Realmente, la escuela está necesitando un apoyo real, no simplemente teórico o afectivo, por parte de la sociedad. Con mucha claridad Benedicto XVI se refiere a este apoyo a todas las instituciones escolares, sin exclusión ni discriminación: “En un Estado democrático, que se enorgullece de promover la libre iniciativa en todos los campos, no se justifica la exclusión de un apoyo adecuado al compromiso de las instituciones eclesiásticas en el campo escolar”.

Se trata, pues, de apoyo real a la escuela, y apoyo a todas las escuelas. La exigencia del Papa proviene de una profunda convicción: “Es legítimo preguntarse si no contribuiría a la calidad de la enseñanza la confrontación estimulante, respetando los programas ministeriales válidos para todos, entre diversos centros formativos creados por fuerzas populares múltiples con el fin de interpretar las opciones educativas de la familias. Todo hace pensar que semejante confrontación produciría efectos benéficos”[11]. Solo la unión de todas las fuerzas sociales puede hacer posible la superación de la grave situación de emergencia educativa sufrida hoy en la escuela.

 

Crisis educativa, misión de la Iglesia y educación en la fe

 

La actual crisis educativa llega también a la Iglesia con toda su fuerza y gravedad. Como reconoce Benedicto XVI, “el desafío educativo afecta a todos los sectores de la Iglesia y exige que se afronten con decisión las grandes cuestiones de nuestro tiempo: la relativa a la naturaleza del hombre y su dignidad y la cuestión de Dios”[12]. También las comunidades cristianas sufren las mismas dificultades que las demás instituciones educativas. Por ello, la crisis de la educación interesa a cuantos en la Iglesia trabajan educativamente entre los jóvenes, en el nuevo contexto social de pluralismo y fragmentación. También en la comunidad cristiana existe una emergencia educativa, que se manifiesta a través de algunos signos bastante evidentes[13].

El primer signo es la crisis de la relación educativa directa, personal, que el Papa define como “verdadero encuentro de dos libertades”[14]. En los últimos años, en la comunidad cristiana, especialmente en el ámbito de la pastoral de juventud, ha prevalecido la opción pastoral por el grupo. Para muchos, de manera particular la educación en la fe, pasa por la experiencia de grupo. Se trata, sin duda, de una opción motivada, que responde tanto a la sensibilidad juvenil como al sentido comunitario de la Iglesia. El grupo, efectivamente, responde a un conjunto de necesidades: de seguridad afectiva, de comunidad y comunicación, de valores y proyecto de vida, así como a la tendencia a vivir la vida y la fe en común. Pero no es infrecuente que el grupo se convierta en una especie de todo, que aporta todas las respuestas y todas las soluciones, impidiendo el cara a cara del diálogo personal. Siendo conveniente y, quizá, incluso necesario como lugar de experiencia comunitaria eclesial para la formación cristiana de los jóvenes, no es suficiente. No se puede olvidar nunca la dimensión íntima de la persona. La intimidad es el santuario original de la persona humana, donde vive en profundidad, penas y alegrías, fracasos y situaciones históricas que la condicionan y que no siempre puede ni debe hacer públicas.

Por otra parte, la crisis de la educación en la comunidad cristiana se manifiesta también en el tipo de propuesta que ofrece. Si, por su propia naturaleza, tendría que “interpelar a fondo la libertad, invitándola a la fe y a la conversión”[15], con frecuencia, sin embargo, es una propuesta alejada de la sensibilidad y cultura juvenil; otras veces, en cambio, queda reducida simplemente a la escucha, sin llegar a ningún tipo de compromiso o experiencias de responsabilidad. Es fácil constatar la tendencia a recluir el mensaje educativo en la abstracción y la lejanía de la vida real. Se dispone ordinariamente, por todas partes, de itinerarios pedagógicos y planes catequísticos, pero, sin embargo crece la sensación de no lograr entrar en comunicación con los jóvenes, ni suscitar su interés por la vida cristiana. Los jóvenes se alejan de la Iglesia y se llega a pensar “si la riqueza de la tradición educativa hubiese olvidado, al menos en parte, sus características más ricas y originales, perdiendo de vista la persona en la globalidad de su experiencia, de sus preguntas, de sus proyectos de vida”[16].

Sigue aflorando también la inconsistente confrontación entre contenido y método. Con frecuencia aparece un campo dividido entre los defensores del contenido y los promotores de la importancia del método, una polarización que refleja muchas veces la división eclesial entre teólogos y catequetas, entre dogmáticos y pedagogos, entre cúpula y base eclesial. Mientras unos insisten en la primacía de los contenidos y en las exigencias de integridad del mensaje a transmitir, otros enfatizan de tal manera los aspectos metodológicos, que llegan a comprometer incluso la identidad y fidelidad al mensaje[17]. Ya en los años ochenta, el entonces cardenal Ratzinger alertaba de este peligro: “Fue una falta inicial y grave suprimir el catecismo y declarar superado el mismo género del catecismo /…/ ¿Qué se escondía tras esta decisión errónea, precipitada y universal? Sus razones son varias y apenas examinadas hasta el presente. Habrá que relacionarlo con la evolución general de la enseñanza y de la pedagogía que se caracteriza por una hipertrofia del método a expensas del contenido de las diversas disciplinas. Los métodos se constituyen criterios del contenido y no son ya su vehículo”[18].

El tercer signo es la crisis de verdaderas vocaciones educativas. Con frecuencia se lamenta en la comunidad cristiana la carencia de instituciones y estructuras educativas (escuelas católicas, centros de juventud, movimientos y asociaciones juveniles, bibliotecas, lugares de ocio, etc). Pero no es infrecuente tampoco que, disponiendo de tales instituciones y posibilidades, éstas no cumplan su función. Existen, de hecho, en muchas parroquias, estructuras creadas con el esfuerzo de toda la comunidad, que podrían desarrollar una amplia labor educativa especialmente de los más jóvenes. Sin embargo, no es raro encontrarlas cerradas, desiertas o con muy pocos jóvenes en sus locales. Una de las causas radica en la escasez y fragilidad vocacional de las personas que en el pasado se hicieron cargo de la animación y de la propuesta educativa de las nuevas generaciones. Disminuye el asociacionismo católico, como disminuye en general todo tipo de asociacionismo juvenil. Pero es notable también la carencia de lideres, de animadores y educadores capaces de ofrecer propuestas de sentido y de esperanza. Es la crisis de la generación adulta en su creatividad educativa. Su sustitución forzada por jóvenes voluntariosos sin preparación ni formación adecuada, carentes incluso de madurez humana y cristiana, no solo no soluciona el problema, sino que con frecuencia lo agrava.

Por todo ello es muy sentido actualmente en la Iglesia el problema de la preparación y formación de educadores, animadores, profesores de religión, catequistas, que puedan estar en disposición de acoger a las nuevas generaciones y acompañarlas responsablemente en el camino de la madurez cristiana, viviendo una auténtica experiencia eclesial. En la comunidad cristiana, los jóvenes tienen el derecho de encontrar educadores con esta profundidad, con una intensa humanidad y con un estilo de gratuidad evangélica. Es necesario que las comunidades pongan en marcha toda la confianza en el hombre y en la educación que pertenece a la más honda tradición eclesial; y, sobre todo, es preciso poner al servicio de la educación las mejores energías. La Iglesia está obligada a hacerlo no solo por sí misma, sino también como servicio a toda la comunidad humana.

 

Recuperar la pasión por la educación

 

Los actuales desafíos educativos están dejando a muchos desorientados y perplejos en la acción pastoral. Vivimos, realmente, en un contexto social problemático, que induce a dudar del valor de la persona humana, así como del verdadero significado del bien y de la verdad y, en último término, de la bondad de la vida. Esto debilita el compromiso a “transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida”[19]. Sin embargo, estas dificultades no son insuperables: “Más bien, por decirlo así, son la otra cara de la moneda del don grande y valioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica”[20]. No hay, pues, que tener miedo; hay que abrirse a la esperanza, verdadera “alma de la educación”.

Arraigada en la esperanza, el Papa propone a la comunidad cristiana recuperar el gran potencial educativo de la Iglesia y redescubrir “la tarea educativa como una altísima vocación a la que, con diversas modalidades, están llamados todos los fieles”[21]. Según Benedicto XVI, en un tiempo que ofrece como criterios de valor y elección, el éxito y el pragmatismo inmediato, la referencia a la trascendencia, que caracteriza la concepción cristiana de la vida, estimula y motiva horizontes nuevos para la humanidad y para la educación. Su enseñanza es muy clara: “Todas las actividades de la Iglesia nacen de su conciencia de ser portadora de un mensaje que tiene su origen en Dios mismo; en su bondad y sabiduría, Dios ha elegido revelarse a sí mismo y dar a conocer el propósito escondido de su voluntad”[22]. Precisamente, el deseo de Dios de darse a conocer y el deseo innato de cada ser humano de conocer la verdad, “constituyen el contexto de la búsqueda humana sobre el significado de la vida”[23].

La comunidad cristiana es hoy uno de los pocos contextos en los que adolescentes y jóvenes pueden hacer resonar sus demandas de sentido. Es difícil que las formulen en otros ámbitos o ambientes. Quizá, por esto, muchos adultos piensan que los jóvenes no tienen exigencias profundas, sospechando que la superficialidad de algunos de sus gestos agote toda su personalidad o bien que los jóvenes reales no son más que los clones de los jóvenes de las series televisivas. Sin embargo, no existe nadie sin los interrogantes profundos de la propia conciencia. ¿No encierran una verdadera búsqueda de sentido las afirmaciones provocadoras de los jóvenes cuando gritan: “la escuela no sirve para nada”, “la universidad es una pérdida de tiempo”, “no existe el amor”? Quizá no son capaces de expresar las preguntas sobre el sentido con mucho rigor y precisión, pero un educador sagaz puede entreverlas en medio de un lenguaje pobre y confuso.

El hombre es pregunta y nostalgia; pregunta sobre el sentido de la realidad y sobre sí mismo; nostalgia de una respuesta satisfactoria a la paradoja de su balbuceante reconocimiento e inquietante situación en el límite entre lo finito y lo infinito, lo divino y lo humano. La comunidad cristiana, con sus estructuras educativas, es un lugar en el que pueden expresarse las preguntas, no sólo por parte de los jóvenes creyentes, sino por todos, siempre que la comunidad cuente con educadores capaces, cercanos y acogedores, dispuestos al diálogo y a salir al encuentro de las personas.

Esta posibilidad de escucha y respuesta, de cercanía y diálogo en torno a las cuestiones más profundamente humanas, permite a la comunidad cristiana ofrecer también en sus estructuras educativas la posibilidad de hacer una experiencia de socialidad más rica y amplia de la que se puede vivir en la familia y menos estructurada de la mantenida en la escuela. La educación tiene mucho que ver con la relación entre las distintas generaciones. Y entre los recursos que forman parte de las estructuras educativas de la comunidad cristianas está precisamente la presencia de generaciones diversas: niños, adolescentes, jóvenes. Existe, pues, la posibilidad de crecer aprendiendo unos de otros, en una cadena generacional que transmite estilos de vida, valores y confianza en uno mismo.

En este sentido, la comunidad cristiana descubre su potencial educativo en la transmisión de valores humanos imprescindibles (amistad, responsabilidad, libertad, lealtad, respeto, solidaridad, etc.) y en la promoción de un nuevo humanismo. Contra las tendencias a considerar la religión y, en particular, el cristianismo como un hecho meramente privado, “en el marco de una laicidad sana y bien entendida, las perspectivas que surgen de nuestra fe pueden dar una contribución fundamental a la aclaración y solución de los mayores problemas sociales y morales de la Europa de hoy”[24]; “recurriendo a la sabiduría divina, proyecta luz sobre el fundamento de la moralidad y de la ética humana, y /…/ lejos de amenazar la tolerancia de la legítima diversidad, una contribución así ilumina la auténtica verdad que hace posible el consenso, y ayuda a que el debate público se mantenga razonable, honesto y responsable”[25].

Finalmente, la comunidad cristiana ha sido siempre lugar de acogida del muchacho difícil, del niño abandonado o cuya familia no le ayuda al crecimiento, del muchacho extranjero que necesita que alguien le acoja humanamente y le preste atención, del marginado y socialmente excluido. Realmente la comunidad cristiana quiere ser casa para todos. De manera particular en su dimensión parroquial puede convertirse en un importante interlocutor de las familias, sin olvidar tampoco las posibilidades de acogida que mantienen las instituciones escolares, incluso en el tiempo postescolar. Con frecuencia necesitarán otras ayudas, pues difícilmente pueden responder por sí solas al conjunto de problemas que actualmente se presentan. Tiene una importancia especial la apertura social de estas instituciones educativas para llegar a un trabajo en red, verdaderamente solidario.

 

Sin educación, no hay evangelización

 

A pesar de las dificultades, la evangelización ha de extenderse a todo el entramado social de las personas en la familia, la sociedad, las relaciones cívicas o profesionales, las expresiones culturales, los ordenamientos legales o políticos. Tiene que llegar a la cultura y a la sociedad. Porque evangelizar es hacer llegar el mensaje de Jesús a la vida real de los hombres. Y para ello, “hay que rehacer el entramado entero de la sociedad humana” (CL 34). En este sentido, la educación es uno de los ámbitos más significativos de la acción evangelizadora. La evangelización no puede menos de interpelar a la educación, porque en ella se trata del hombre, y “el hombre es el primer camino que la Iglesia ha de recorrer en el cumplimiento de su misión” (RH 13).

Educar y evangelizar son, ciertamente, dos acciones en sí mismas diferentes; cada una tiene su finalidad y sus contenidos propios. Pueden desconectarse y separarse. La educación se sitúa en el ámbito de la cultura; se refiere al proceso de asimilación de un conjunto de valores humanos en evolución; y su finalidad es promover al hombre, es decir, hacer que el joven aprenda a ser persona. De suyo, la tarea educativa no es, sin más, acción evangelizadora. La evangelización es anuncio y testimonio de fe; pertenece al orden de la salvación; su objetivo no es simplemente la instrucción religiosa, sino la formación de una persona que vive de la fe en Jesucristo. Lo que ocurre es que ambas actúan en la unidad de la persona; ambas se ocupan del hombre y colaboran en su crecimiento. Y existe, de hecho, un nexo orgánico muy profundo entre educación y evangelización: “La fe está hecha para vivir en el hombre y el hombre está hecho para vivir de fe”[26].

Si existe realmente este vínculo, la acción evangelizadora entre los jóvenes, se dirige preferentemente a los más necesitados, y se enmarca en el área de la cultura, concretamente en el campo de la educación. Y entonces la praxis pedagógica ha de llegar a unir indisolublemente la educación a la evangelización para formar “honrados ciudadanos y buenos cristianos”. Este binomio educativo-evangelizador, propio del postconcilio de Trento, que orienta los afanes de los educadores cristianos de los siglos XVIII y XIX, está en los orígenes incluso de la acción educativa y pastoral de muchos de los grandes fundadores de institutos religiosos (Juan Bautista de la Salle, Marcelino Champagnat, Ludovico Pavoni, Juan Bosco, María Mazzarello, etc.)[27]. Señala el horizonte de un trabajo que ha de ser simultáneamente pedagógico y pastoral. Es decir, expresa que la acción pastoral se realiza en el área de la educación; y la actividad educadora tiene que abrirse al evangelio de Cristo y tiene que llegar a la propuesta de la fe. En este sentido, se entiende el “evangelizar educando y educar evangelizando”.

En su mensaje a los salesianos participantes en el XXVI Capítulo General, Benedicto XVI dijo: “En las situaciones plurirreligiosas y en las secularizadas es preciso encontrar caminos inéditos para dar a conocer, especialmente a los jóvenes, la figura de Jesús, a fin de que perciban su perenne fascinación. Por tanto, en su acción apostólica debe ocupar un lugar central el anuncio de Jesucristo y de su Evangelio, juntamente con la invitación a la conversión, a la acogida de la fe y a la inserción en la Iglesia. De aquí nacen luego los caminos de fe y de catequesis, la vida litúrgica y el testimonio de la caridad activa. Su carisma los sitúa en la condición privilegiada de poder valorar la aportación de la educación en el campo de la evangelización de los jóvenes. En efecto, sin educación, no hay evangelización duradera y profunda, no hay crecimiento y maduración, no se da cambio de mentalidad y de cultura”[28]. Especialmente en estas últimas palabras, el Papa expresa, de forma muy clara, que el desafío fundamental planteado a la misión evangelizadora de la Iglesia es la educación.

Se trata, pues, en los distintos ambientes educativos y, de modo particular, en la escuela, de ser capaces de especificar la labor evangelizadora en procesos de educación a la fe. Actualmente no parece que existan dudas sobre la estrecha relación existente entre educación y fe. Sin embargo, es patente en la pastoral de la juventud el descuido de las actitudes educativas. Con frecuencia, en la acción evangelizadora lo que está en juego es la competencia o incompetencia pedagógica[29]. La pastoral juvenil enlaza educación y evangelización, hasta fundirlas en procesos de implicación mutua, que llevan a madurar como personas y a crecer como cristianos. De manera que el hecho educativo contiene la posibilidad de la experiencia cristiana, y esta comporta la maduración que persigue la educación.

La respuesta a la situación actual de emergencia educativa resulta cada vez más difícil en una sociedad que sostiene una visión reductora e instrumental de la persona humana, según la cual no es posible llevar adelante un proyecto educativo integral, capaz de integrar libertad y responsabilidad, subjetividad y verdad, intereses individuales y solidaridad, que asuma y desarrolle la dimensión religiosa de la vida como dimensión central de la persona, se comprometa a profundizarla y llegue a conformar la mentalidad, las opciones y los criterios de valoración según una visión integral de persona y de sociedad, iluminada por el Evangelio de Jesús.

Ante esta dificultad, se puede caer fácilmente en el peligro de reducir la pastoral a la sola evangelización y catequesis, considerando el momento educativo como mera preparación o condición previa; o, al contrario, centrar de tal modo la acción pastoral en la promoción humana y social, que se deja la evangelización y el anuncio de Jesús para un después que no llega o reduciéndola a una mera formación religiosa y en los valores cristianos[30]. El criterio que vincula educación y evangelización, exige mantener firmemente la unión entre ambos dinamismos, cuidando no reducir o relegar ninguno de ellos. Implica también no olvidar la unidad sustancial de la persona del joven que crece y desarrolla los gérmenes de vida y de fe. Y, sobre todo, pide preparar con atención una programación educativa y pastoral claramente evangelizadora.

Pero no resulta fácil llegar a vivir en la práctica cotidiana este principio unificador. Con frecuencia, la acción educativa y la praxis pastoral se viven en paralelo o como procesos sucesivos o yuxtapuestos: la educación como promoción humana y social que prepara a un posible anuncio evangélico que viene después, y la evangelización focalizada exclusivamente en el anuncio explícito del Evangelio y la construcción de la comunidad cristiana. Para vivirlos de forma integradora en un proyecto educativo-pastoral es necesario que educadores y pastores sean conscientes de ello, se lo propongan explícitamente y sean capaces de discernir el tipo de educación y de cultura que desarrollan en sus instituciones educativas, así como el tipo de evangelización y catequesis que se ofrece en la comunidad cristiana. No cualquier educación es camino abierto al Evangelio, ni cualquier evangelización o catequesis colabora a la formación integral de la persona y de la sociedad.

Situado concretamente en la actividad educativa, el criterio evangelizar educando y educar evangelizando sugiere y estimula un conjunto de tareas que van, desde el esfuerzo por una auténtica calidad educativa, a la audacia de la propuesta misionera. Se trata de buscar, pues, una educación que personalice, que sea capaz de reforzar los procesos de interiorización y asimilación crítica de los valores; que consolide los fundamentos humanos y éticos, robusteciendo el sentido de la vida, el comportamiento moral y la convivencia social; que ayude al joven a salir del individualismo y de la búsqueda del propio interés para abrirse solidariamente a las necesidades de los demás; que abra a la trascendencia; que lleve al descubrimiento y encuentro con Cristo, a la conversión y al seguimiento; que llegue a un hondo sentido de pertenencia eclesial y al compromiso por el Reino. En el fondo, se trata de una educación motivada y guiada por una visión antropológica inspirada en Jesucristo y en el misterio de la encarnación; una educación integral, que contempla la persona humana en todas sus dimensiones, capaz entonces de cultivar y desarrollar también la dimensión religiosa y espiritual; y, en realidad, una educación que promueve una cultura alternativa, es decir, una forma de pensar y de vivir centrada en el respeto incondicional a la dignidad de toda persona humana.

 

Lugar de encuentro con Dios

 

En el encuentro con los educadores católicos, mantenido por el papa Benedicto XVI en la Universidad Católica de América, en Washington, quizá las palabras más comprometedoras que pronunció, fueron estas: “cada institución educativa católica es un lugar para encontrar a Dios vivo”[31]. Es el desafío más importante abierto a la acción educativa en la Iglesia. Mira al reconocimiento público de la propia identidad de las instituciones educativas católicas.

En realidad, Dios no tiene lugar ni tiempo. Tiempo y lugar son parámetros humanos, ligados a la extensión y duración, connotaciones a las que no podemos escapar como criaturas finitas. Pero de Dios solo podemos hablar con fundamento del lugar y tiempo, si Él se ha confinado a sí mismo en ellos. Y de manera verdaderamente asombrosa y magnánima, Dios se ha introducido en el mundo para habitar con los hombres. Por la encarnación, Dios fue Jesucristo. Y de él podemos decir, con verdad, que es el lugar personal de Dios, el templo vivo de Dios, la presencia real de Dios. Cualquier otro lugar y tiempo solo son sagrados en la medida de su relación y dependencia a ese lugar y tiempo de Dios que es Cristo[32].

Desde la encarnación, Dios está donde está el hombre. Está donde el hombre lo busca y lo piensa, donde escucha su palabra y celebra su manifestación. Si una institución educativa (escuela, universidad, centro de juventud, plataforma de voluntariado, asociación o agrupación de tiempo libre, etc.) analiza y enseña a analizar la realidad, se pregunta por el sentido de la vida, piensa lo que los hombres han dicho, pensado y creído, se preocupa por percibir y descifrar las huellas y los signos de Dios en la historia, analiza la cultura, el arte, el pensamiento y el humanismo nacidos de la fe en Dios, busca y guía a la verdad, entonces realmente tal institución es lugar, presencia y templo del Dios de la historia, que revela en Jesucristo la fuerza transformadora de su amor y su verdad. Y entonces, no solo suscita el deseo de encontrar a Dios, sino también “de crecer en el conocimiento y en la comprensión de Cristo y de su enseñanza” y, al mismo tiempo, de llevar una nueva vida, marcada por lo bello, bueno y verdadero.

Esta es la verdadera identidad de una institución educativa católica. Refiriéndose expresamente a la universidad y a la escuela católica, el Papa declara que no es simplemente una cuestión del número de estudiantes católicos que la frecuentan, sino cuestión de convicción: “¿Creemos realmente que solo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece verdaderamente el misterio del hombre? ¿Estamos realmente dispuestos a confiar todo nuestro yo, inteligencia y voluntad, mente y corazón, a Dios? ¿Aceptamos la verdad que Cristo revela? En nuestras universidades y escuelas, ¿es tangible la fe? ¡Se expresa férvidamente en la liturgia, en los sacramentos, por medio de la oración, los actos de caridad, la solicitud por la justicia y el respeto por la creación de Dios? Solamente de este modo damos realmente testimonio sobre el sentido de quienes somos y de lo que sostenemos”[33]. Es decir, la identidad católica de las instituciones educativas no depende de las estadísticas, ni puede equipararse simplemente con la ortodoxia del contenido de los cursos que se imparten. Exige e inspira mucho más, a saber, “que cualquier aspecto de nuestras comunidades de estudio se refleje en una vida eclesial de fe”[34].

De este modo, manteniendo la propia identidad, las instituciones educativas católicas ofrecen una aportación vital a la misión de la Iglesia y sirven eficazmente a la sociedad. En este sentido, siguiendo a Juan Pablo II, recuerda también Benedicto XVI, de forma concreta, que “la universidad católica ha de garantizar institucionalmente una presencia cristiana en el mundo académico”. Lo hará, actuando en la compleja realidad social y cultural “con la inspiración cristiana de los individuos y de la comunidad universitaria como tal, con la incesante reflexión sapiencial, iluminada por la fe, y con la investigación científica; con la fidelidad al mensaje cristiano tal como lo presenta la Iglesia, y con el testimonio institucional al servicio del pueblo de Dios y de la familia humana”[35].

 

Eugenio Alburquerque Frutos

 

[1] BENEDICTO XVI, Discurso a los educadores católicos, 17 de abril de 2008.

[2] Hemos estudiado con detención y amplitud el pensamiento de Benedicto XVI sobre la educación en: Emergencia y urgencia educativa. El pensamiento de Benedicto XVI sobre la educación, Editorial CCS, Madrid 2011.

[3] V. CAMPS, Creer en la educación, Península, Barcelona 2008, 26.

[4] Mensaje al Rector Mayor de los Salesianos con motivo del XXVI Capítulo General de la Sociedad Salesiana, 1 de marzo de 2008.

[5] Cf. I. ENKVIST, Repensar la educación, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid 2006, 29.

[6] E. F. SCHUMACHER, Lo pequeño es hermoso, Blume, Barcelona 2001, 68.

[7] J. C. MICHÉA, La escuela de la ignorancia y sus condiciones modernas, Ediciones Acuarela, Madrid 2009, 14.

[8] I. ENKVIST, La educación en peligro, Eunsa, Pamplona 2010, 25.

[9] Cf. Ch. LAVAL, La escuela no es una empresa. El ataque neoliberal a la enseñanza pública, Paidós, Barcelona 2004.

[10] Cf. S. CARDÚS, El desconcierto de la escuela, Paidós, Barcelona 2007, 31-35.

[11] Discurso a la LVIII Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 29 de mayo de 2008.

[12] Mensaje a la LX Asamblea de la Conferencia Episcopal Italiana, 4 de noviembre de 2009.

[13] Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA, La sfida educativa, Laterza, Roma 2010, 77-79.

[14] Mensaje a la diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, 21 de enero de 2008.

[15] Discurso en la inauguración de los trabajos de la Asamblea diocesana de Roma, 11 de junio de 2007.

[16] Sfida educativa, 79.

[17] Cf. E. ALBERICH, Catequesis evangelizadora. Manual de catequética fundamental, Editorial CCS, Madrid 2009, 263-269.

[18] J. RATZINGER, “Transmisión de la fe y fuentes de la fe”, Actualidad catequética 112/113(1983) 399.

[19] Mensaje a la diócesis de Roma, 21 de enero de 2008.

[20] Ibidem.

[21] Discurso a la Conferencia Episcopal Italiana, 28 de mayo de 2009.

[22] Discurso 17 de abril de 2008.

[23] Ibidem.

[24] Discurso a la LVIII Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 29 de mayo de 2008.

[25] Discurso del 17 de abril de 2008.

[26] E. VIGANÓ, Nueva educación, Editorial CCS, Madrid 1991, 15.

[27] Cf. P. BRAIDO, “Una formula dell’ umanesimo educativo di Don Bosco: Buon cristiano e onesto cittadino”, Ricerche Storiche Salesiane 24 (1994)7-75; también J. J. GÓMEZ PALACIOS, “Educación para la ciudadanía”, Misión Joven 380 (2008)19-30.

[28] Mensaje 1 de marzo de 2007.

[29] Cf. J. L. MORAL, ¿Jóvenes sin fe? Manual de primeros auxilios para reconstruir con los jóvenes la fe y la religión, PPC, Madrid 2007, 141-150.

[30] Cf. A. DOMENECH, “La urgencia de evangelizar educando”, en Cuadernos de Formación Permanente 15 (2009) 57-84.

[31] Discurso a los educadores católicos, 17 de abril de 2008.

[32] Cf. O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Educación y educadores. El primer problema moral de Europa, PPC, Madrid 2004, 151-168.

[33] Discurso del 17 de abril de 2008.

[34] Ibidem.

[35] Discurso a los profesores y alumnos de la universidad libre “María Asunta”, 12 de noviembre de 2009.