Escuela y «gramática de Dios»

Escuela y «gramática de Dios»

 

 

 

            Faltan estudios, pero los existentes confirman que, por muchas y complejas razones, la escuela cristiana no es capaz de transmitir y poner en práctica la «gramática de Dios». En general, no existen diferencias significativas en cuanto al alejamiento de la religión entre los jóvenes de la escuela pública y la privada; no resulta, en concreto, que persista más o tenga mayor profundidad la religiosidad por influencia de los colegios religiosos. En fin, no parece determinante ni para la experiencia ni para la fe religiosas la influencia del tipo de escuela elegido.

            Todavía hay algo más. Respecto a la «cultura religiosa», la eficacia de los colegios católicos es mínima, lo mismo que ocurre en la enseñanza estatal. Y si los enlaces entre creencias y colegio privado o público son muy débiles, más doloroso resulta comprobar cómo se igualan también las actitudes respecto a temas como la justicia, solidaridad, etc., con el trágico añadido de una conciencia y formas más burguesas –¡sirva la expresión!– en el ambiente de la enseñanza privada que en el de la pública.

Puede que datos como los anteriores respondan a un mal uso de la «gramática de Dios» y, por consiguiente, a una pastoral insostenible. Por ejemplo, a una gramática y pastoral que, por así decirlo, vienen a ser una especie de «códigos superpuestos» o añadidos al resto de los presentados en la escuela; o expresadas a través de «códigos confundidos» o mezclados, esto es, iguales a otros muchos de cuantos se sugieren en el ámbito escolar.

 

La pastoral en la escuela no puede entenderse sin dos supuestos fundamentales: hacer posible que la escuela sea escuela –no «medio» o instrumento para…– y que en ella resuene la «Buena Noticia» del Dios que confirma la vida y el sentido del hombre. Esto último, máxime dada la identidad secular y cultural de la escuela, debe asentarse y organizarse conforme al «paradigma encarnación». Así las cosas, la pastoral en la escuela cristiana nunca puede reducirse ni tan siquiera identificarse con un «conjunto de intervenciones» particulares –más o menos añadidas, intercaladas o entremezcladas con las escolares habituales–; más que acciones específicas, la pastoral vendría a constituir el «estilo» con el que se anda por la escuela o la cualidad que informa todas las intervenciones propias del centro de enseñanza.

Y es que, gracias a Jesús de Nazaret, no existe más «gramática de Dios» que las palabras y el rostro de los seres humanos. Por eso, para los cristianos, creer significa amar. Amar de tal modo el mundo, las personas, las cosas, que resulte imposible declararlas absurdas o un simple juguete del azar. De ahí que la pastoral, en la misma línea de cuanto trata de conseguir la escuela, deba perseguir la restitución de dignidad y seriedad a la vida de los adolescentes y jóvenes –por lo que se dejará orientar no tanto por el contenido y objeto de la propuesta cristiana, cuanto por la condición existencial de los destinatarios–. Lo hará, además, sobre la base de la «mutua implicación» entre educación y fe, es decir, afirmando el hecho educativo como «sacramento» que introduce en la experiencia cristiana, lo mismo que confirmando tal experiencia como realidad que implica necesariamente una maduración humana.

José Luis Moral

directormj@misionjoven.org