ESPACIOS JUVENILES: UNA REFLEXIÓN SOBRE SU SENTIDO

Jesús Rojano Martínez es director del Centro Juvenil Paseo y profesor en el Instituto Superior de Pastoral y en el CES Don Bosco de Madrid.

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Jesús Rojano se acerca creativamente a la palabra “espacio” desde el diccionario de la RAE, desde intuiciones de algunos filósofos, desde el cine. Acaba este acercamiento afirmando que hay un espacio vital que entendemos como propio, este es el espacio del que estamos reflexionando. A continuación constata que hay espacios juveniles creados por los adultos para los jóvenes y espacios juveniles creados por los mismos jóvenes. En la última parte del artículo deja una pregunta y una propuesta. Se pregunta qué espacios ofrece hoy la comunidad cristiana a los jóvenes. La propuesta es hacer experiencias educativas entre jóvenes y adultos (por ejemplo: catequesis intergeneracional).

 

El presente número de Misión Joven está dedicado a estudiar los Espacios Juveniles: qué son, cómo son, por qué y cómo surgen y sus posibilidades educativas y pastorales. En los estudios que siguen a éste se describen concretamente los que juzgamos más importantes en la actualidad: noche, música, amigos. Sin embargo, antes de hablar de ellos, queremos contribuir a aclarar qué son dichos espacios y qué sentido tiene y deberían tener, alejando para ello un poco el zoom de nuestra cámara. Esta panorámica general nos dará un encuadre más amplio que nos puede aportar sugerencias pastorales importantes.

 

  1. Sentido antropológico del espacio

 

Antes de hablar de espacios juveniles, nos puede resultar muy clarificadora una introducción a la noción misma de “espacio”. Acudimos al Diccionario de la Real Academia Española (por ejemplo, en http://buscon.rae.es/draeI/), y allí encontramos pruebas de la enorme polisemia del término:

 

Espacio (Del lat. spatĭum).

  1. m. Extensión que contiene toda la materia existente.
  2. m. Parte que ocupa cada objeto sensible.
  3. m. Espacio exterior: Región del universo que se encuentra más allá de la atmósfera terrestre.
  4. m. Capacidad de terreno, sitio o lugar.
  5. m. Transcurso de tiempo entre dos sucesos.
  6. m. Tardanza, lentitud.
  7. m. Distancia entre dos cuerpos.
  8. m. Separación entre las líneas o entre letras o palabras de una misma línea de un texto impreso.
  9. m. Programa o parte de la programación de radio o televisión: Espacio informativo.
  10. m. Impr. Pieza de metal que sirve para separar las palabras o poner mayor distancia entre las letras.
  11. m. Impr. matriz (letra o espacio en blanco).
  12. m. Mat. Conjunto de entes entre los que se establecen ciertos postulados. Espacio vectorial.
  13. m. Mec. Distancia recorrida por un móvil en cierto tiempo.
  14. m. Mús. Separación que hay entre las rayas del pentagrama.
  15. m. ant. Recreo, diversión.

 

Hemos abusado de la paciencia del lector incluyendo hasta la acepción 15 (recreo, diversión) porque sospecho que es la predomina cuando hoy se habla de “espacios juveniles”. Luego volveremos sobre ello.

 

La mayoría de los grandes filósofos y científicos consideran que el espacio es una de las dimensiones fundamentales de la realidad, de cuanto existe, junto con el tiempo. Así, para Aristóteles, cada objeto, cada ser, también el ser humano, ocupa un espacio, un lugar que le corresponde, y es su “lugar natural”. Por eso defendía el pensador griego la imposibilidad del vacío. Aristóteles considera el espacio como equivalente al lugar que ocupan las cosas, y por lo mismo, no podría haber un “vacío”. No podía sospechar Aristóteles que una tecla del ordenador con el que escribo estas palabras se llamaría “espacio” o “espaciador”, y paradójicamente tiene la función de introducir un vacío en mi texto. Una pregunta surge en nuestra mente: ¿Quién introduce hoy vacíos y por qué en esta sociedad, entre nuestra juventud…? La respuesta podría dar lugar a un artículo distinto, y la dejaremos por ahora aparcada. Quedémonos con una aplicación antropológica de la hoy superada física aristotélica: también cada grupo humano, cada pueblo, cada sector de edad, necesita ocupar su lugar, su espacio natural donde vivir, crecer y madurar.

 

Inmanuel Kant describía el espacio como una “intuición sensible” de nuestra mente. Para el filósofo alemán, espacio y tiempo son como unas redes de nuestro entendimiento sin las cuales no podríamos percibir el mundo que nos rodea, ni relacionarnos, hablar, crear lenguaje y arte… Por su parte, el genial físico y matemático Isaac Newton habla del “espacio absoluto” como el receptáculo que contiene el universo entero y lo considera una huella directa del propio Dios. De hecho, según la revelación bíblica, el propio Dios ha elegido encarnarse en un espacio determinado y en un tiempo concreto.

 

Estas breves pinceladas nos muestran que el ser humano siempre ha intuido que el espacio que habita y que le rodea tiene un papel fundamental en su nivel de humanización. En casi todas las culturas la vinculación a un territorio concreto era un factor básico para la seguridad, estabilidad e identidad de los colectivos humanos. Es muy conocida la carta del jefe indio Seattle (1854) al presidente de EE.UU. Éste quiso ofrecerles dinero a cambio de su territorio, y la respuesta del jefe indio fue una hermosa expresión poética de esa vinculación humana con la propia tierra, es decir, con el espacio propio de un pueblo[1].También sabemos que es una creencia prácticamente universal el considerar que ha recaído algún tipo de maldición sobre los pueblos que son expulsados de su tierra, sobre los apátridas empujados a vagar por tierras extrañas, sobre los emigrantes que son obligados por la miseria o la persecución política a abandonar su país. La literatura está llena de relatos que simbolizan este hecho, como el mito del Holandés Errante o la misma Odisea. Tampoco parece causalidad que casi todas las naciones miren mal, además, a los pueblos nómadas, como los gitanos o judíos, tantas veces elegidos injustamente como chivos expiatorios en circunstancias diversas.

 

En una de sus obras más conocidas[2], el pensador inglés Anthony Giddens mostraba cómo la modernidad ha trastocado esa estabilidad de las sociedad humanas radicadas en un espacio y acostumbradas a un ritmo único de tiempo. El cambio en la división del trabajo, la mejora de los transportes y comunicaciones y la aceleración del ritmo de vida han revolucionado las sociedades modernas. Durante siglos, lo normal era que la mayoría de las personas vivieran y murieran sin haber salido de un territorio muy pequeño. Todo tenía su lugar y su momento, y estos eran prácticamente invariables. Hoy se puede trabajar de noche o en días de fiesta, y se puede viajar continuamente a grandes distancias por trabajo o simplemente por turismo. Giddens cree que esto, junto con las indudables ventajas asociadas al progreso, ha creado una fuerte sensación de desarraigo en muchas personas. Ahora se puede hacer algo a cualquier hora y casi en cualquier sitio, pero se han perdido las pautas estables que daban confianza y seguridad. También la vinculación a la tierra. De manera que el hombre posmoderno se ha vuelto nómada, continuo peregrinante, sin hogar fijo ni raíces, como ha descrito con gran agudeza el sociólogo francés Michel Maffesoli[3].

 

Esa sensación de no tener ninguna raíz en ningún sitio, el carecer de un espacio vital propio, es uno de los rasgos principales del nihilismo que rezuma la actual cultura posmoderna. En el mundo del cine se consideró como un manifiesto de dicha posmodernidad estética la película Elígeme (1984) de Alan Rudolph. Su misterioso protagonista se presenta así en un bar: “Vengo de Las Vegas y voy a Las Vegas”. Y obtiene esta respuesta: “¡Nadie viene de Las Vegas!”. Es una interesante y desenfadada metáfora de ese no tener lugar o espacio del hombre posmoderno. Una expresión equivalente más reciente podría ser la letra de la canción Copenhague, del grupo madrileño Vetusta Morla:

 

Él corría; nunca le enseñaron a andar…

Se fue tras luces pálidas.

Ella huía de espejismos y horas de mar.

Aeropuertos, unos vienen, otros se van,

igual que Alicia sin ciudad.

El valor para marcharse, el miedo a llegar.

Llueve en el canal, la corriente

enseña el camino hacia el mar.

Todos duermen ya.

Dejarse llevar suena demasiado bien,

jugar al azar.

Nunca saber dónde puedes terminar[4].

 

También se pueden encontrar testimonios de crítica hacia esa forma de pensar. La película Un lugar en el mundo (1992), de Adolfo Aristarain, defiende que todos podemos encontrar un espacio propio, el nuestro, nuestro lugar en el mundo, en el que luchar y comprometernos, aunque reconoce que hoy es especialmente difícil.

 

Podemos enumerar, sólo como muestra, unos cuantos testimonios más, del mundo del cine y del mundo “real”, que nos hablan de lo problemática que se ha vuelto en la actualidad esa vinculación de los grupos humanos con su espacio, o con su pérdida del espacio:

 

  • Espacios trastocados o confundidos.- La película “After hours” (1985) de Martin Scorsese, en español distribuida con el título “Jo, qué noche”, nos contaba con un ritmo muy ágil lo que pasa cuando el habitante de los espacios “normales” (el que vive y trabaja de día) se mezcla por accidente con los habitantes de la noche y de la transgresión. Scorsesenarraba admirablemente cómo la vida moderna se transforma en pesadilla en menos de lo que esperamos, que lo monstruoso inesperado nos acecha a la vuelta de cualquier esquina desde que los límites de espacios están difuminados.
  • Espacios para actividades dionisíacas que acaban siendo un boomerang que invade también los espacios ajenos.- Pongamos que hablamos de los botellódromos o de la mayor frecuencia de sucesos como los enfrentamientos entre jóvenes “de fiesta” y la policía en Pozuelo (Madrid, septiembre de 2009) o en tantos otros espacios.
  • Espacios insanos o lúgubres que nos anuncian un futuro de pesadilla, como la ciudad oscura y contaminada de Los Ángeles de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o el desierto de lo real de Matrix (Andy y Larry Wachowski, 1999), tan lúcidamente descrito por el filósofo esloveno Slavoj Zizek[5].
  • Espacios eternamente degradados en cementerios colectivos, como Hiroshima o Nagasaki, o como Auschwitz o laCartago borrada de la faz de la tierra de la antigüedad.
  • Espacios convertidos en fosas comunes en que se entierra a miles de asesinados a sangre fría por los diversos totalitarismos, y a la a vez se intenta enterrar con ellos la búsqueda de la verdad. Me refiero a la reciente Katyn (2007), de Andrzej Wajda, estrenada en 2009 en España.
  • Espacios que se han vuelto peligrosos como los mares de piratas en pleno siglo XXI, los laboratorios en que se realizan experimentos innombrables, las versiones reales de las casas encantadas y malditas de las películas… También los espacios virtuales de Internet, en que se camufla lo peor de la maldad humana: pederastas, psicópatas, ladrones, timadores…
  • Espacios conquistados o arrebatados heroicamente (o salvajemente según las versiones) a los que los habitan. “Esta tierra ya es mía, ya no es vuestra…”. Espacios sobre los que siguen planeando los efectos de aquella conocida cita: “Mata a un hombre y te llamarán asesino; mata a un millón y te llamarán héroe”.
  • Espacios echados de menos, añorados.- Cuántos refugiados, cuántos obligados hoy a dejar su tierra, su espacio. Lo expresó admirablemente en 1993 la cantante de origen cubano Gloria Stefan en su canción Mi tierra:

 

La tierra donde naciste

no la puedes olvidar

porque tiene tus raíces

y lo que dejas atrás.

La tierra te duele, la tierra te da

en medio del alma cuando tú no estás…

 

También la recientemente fallecida (octubre de 2009) Mercedes Sosa supo expresar en su Todo cambia el dolor por la expulsión de su espacio vital:

 

Cambia, todo cambia…

Pero no cambia mi amor

por más lejos que me encuentre,

ni el recuerdo ni el dolor

de mi tierra y de mi gente.

 

  • Espacios separados y vallados, que marcan diferencias decisivas entre los de dentro y los de fuera, como el Muro deBerlín (1961-1989) y el actual de los territorios palestinos. Suelen ser espacios con una frontera que deslinda la salvación y la condena, el calor de la comunidad y las frías tinieblas exteriores. O esa especie de M-30 de París, elPeriférico, que hace de frontera entre el espacio seguro y rico y los suburbios (las banlieus), que reconocemos como nuevas y duras tinieblas exteriores. Esa frontera explica hechos como las quemas nocturnas de coches como venganza simbólica contra los del otro lado. Coches, por cierto, que constituyen uno de los espacios más diferenciadores o separadores en la actualidad. Véanse si no los anuncios de vehículos. ¿O qué decir de las fronteras de la Unión Europea o de Estado Unidos que hay que vallar y proteger contra los que llegan del Sur?
  • Espacios virtuales, espacios irreales, que modelan un nuevo y desarraigado tipo de persona. El slogan publicitario de la película Los sustitutos (Jonathan Mostow, 2009), que de entrada es sólo una sencilla película de entretenimiento, llama mucho la atención: ¿Cómo salvar la humanidad cuando lo único real eres tú? El argumento es sugerente si lo relacionamos con nuestro tema: unos robots son creados para sustituir a los humanos en el habitar los espacios más aburridos y desagradables.
  • Espacios protegidos o convertidos en burbuja para protegernos de los demás en tiempos de sida o de gripes varias… O las ricas urbanizaciones de grandes ciudades, aisladas como un Fort Apache posmoderno, con medidas extremas de seguridad, del resto de ciudadanos, considerados de entrada y globalmente potencialmente peligrosos. Zygmunt Bauman lo ha descrito brillantemente[6].
  • Y qué decir de las reservas indias, donde se encierra a los que se quiere expropiar o aislar, encima con la que excusa de protegerles. Por cierto, ¿hasta qué punto son también reservas indias los espacios juveniles? ¿Y las residencias de la tercera edad?

 

Podría parecer que hemos dado un largo rodeo. Sin embargo, la pregunta que me ronda como agente de pastoral juvenil es la siguiente: ¿cuántos de estos rasgos descritos se dan y en qué medida en los espacios juveniles que creamos y favorecemos? Merece la pena reflexionar sobre esa pregunta y responder sin precipitación, sin dar nada por supuesto.

 

  1. La necesidad de espacio propio

 

Volviendo al Diccionario de la Real Academia, nos encontramos también con esta acepción: Espacio vital: 1. m. Ámbito territorial que necesitan las colectividades y los pueblos para desarrollarse. Es evidente que lo dicho en el apartado anterior coincide con esta acepción. Y espero que haya quedado demostrado que el uso del verbo necesitar está plenamente justificado. De hecho, pocos espacios hay tan deshumanizantes como la cárcel, precisamente porque achica el espacio (reveladora expresión, por cierto, del mundo futbolístico, del argentino Menotti, si no estamos equivocados) hasta impedir circular libremente de unos espacios a otros. Hasta casi impedir ser persona, por tanto. Los campos de concentración o las conocidas torturas de Guantánamo llevan al extremo dicha privación del espacio vital. ¿Puede haber una metáfora más cruel y deshumanizadora de dicha eliminación del espacio propio que la tortura llamada privación sensorial: no dejar ni ver, ni oír, ni tocar, ni sentir…? Menos excepcionales, pero casi tan llamativos, son los pisos-nicho de Tokio o su famoso Metro, en que los clientes viajan apilados como sardinas, empujados convenientemente (¿condensados, comprimidos, empaquetados?) por eficientes empleados.

 

También existen, por supuesto, las personas que han humanizado y humanizan los espacios y los hacen más habitables a la vez que los cuidan, y que viven y prolongan el canto de Francisco de Asís:

 

Alabado seas, mi Señor,

por la hermana nuestra madre tierra,

la cual nos sostiene y gobierna

y produce diversos frutos

con coloridas flores y hierbas…

 

Pues bien, esa necesidad de espacio vital propio se hace especialmente urgente para los grupos humanos que no pueden asegurárselos por sí mismos, por incapacidad económica o cultural: infancia, tercera edad, incapacitados… El Estado del Bienestar ha procurado facilitárselos, unas veces con mayor éxito y otras con menos. También a los/as jóvenes.

 

  1. Espacios juveniles

 

Cualquier educador o padre/madre de familia sabe que algunas de las frases preferidas de su hijo o hija adolescente son: “¡No me agobies! ¡No me controles! ¡No entres en mi habitación sin llamar! ¡No espíes ni rebusques en los cajones donde tengo mis cosas!”. En realidad, detrás de la desconsideración o malos modos con que a veces son pronunciadas esas frases, en realidad vienen a equivaler al deseo de encontrar o reivindicar lo que hemos repasado en el apartado anterior: “¡Déjame espacio!”. O dicho de otro modo, la adolescencia-juventud es una etapa de la evolución personal especialmente necesitada de espacio. La falta de espacio, o el habitar sólo espacios trastocados o poco sanos como los arriba descritos, pone en peligro la maduración del joven como persona. Me parece importante, además, distinguir dos grandes tipos de espacios juveniles, que a continuación describimos.

 

3.1 Espacios creados por los adultos para los/as jóvenes

 

Las instituciones sociales actualmente reconocen la necesidad de reservar y promover espacios juveniles. No siempre fue así. Los primeros espacios juveniles (centros o clubs o círculos, u oratorios en Italia) no fueron de iniciativa pública, sino privada, casi siempre vinculados a la Iglesia, al menos en Europa. Hoy son fomentados, en ocasiones con importantes partidas presupuestarias, desde las instituciones públicas locales y estatales. Basta dar un paseo rápido por la Internet de la mano de Google para hacernos una idea de ese abanico de espacios juveniles ofrecidos por los adultos:

 

  • Asociaciones juveniles a diversos niveles: centros juveniles, casas de juventud… con sus reglamentos correspondientes y condiciones para ser subvencionados, por ejemplo:

http://www.santiagodelteide.org/pub/documentos/documentos_Reglamento_de_Espacios_Juveniles_7388f619.pdf;http://www.gipuzkoagazteria.net/gazteria/webdirulaguntzak/decreto1anexo8c.htm

  • Puntos u oficinas de información juvenil
  • Consejos de juventud también a diversos niveles administrativos (local, autonómico, estatal)
  • Preparación de monitores, mediadores, trabajadores y educadores sociales dedicados a estos espacios juveniles (incluida la calle).
  • Cursos de todo tipo para trabajar o dinamizar esos espacios, por ejemplo:

http://www.ayuntamientodemorata.org/vertical/morata/images/actualidad/anuncios/cursodinamizacion.pdf

  • Estudios sobre los espacios juveniles desde la sociología u otras ciencias sociales, por ejemplo:http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=19501006.

 

Sin embargo, la sensación predominante es que no se termina de acertar. Presentamos dos botones de muestra de esa insatisfacción, encontrados también en nuestro paseo por Internet:

 

  • “Uno de los problemas de adaptación en las ciudades está en los requerimientos de la juventud para gozar de espacios libres de reunión y su compaginación con el descanso de los vecinos. Los urbanistas, pero sobre todo los políticos que administran el suelo, no han resuelto satisfactoriamente los espacios de expansión que la juventud requiere para desarrollar su propia convivencia. Un fenómeno urbano generado en las últimas décadas de los años 2000 en la zona mediterránea es la predilección de la juventud por salir y encontrarse en la noche; confluyendo al tiempo en otra situación propia del adolescente que es la de su limitación de recursos económicos para alternar en discotecas y salas de reunión. La consecuencia es que los jóvenes se reúnen en plazas y calles públicas, con la constante perturbación de la tranquilidad de quien a esas horas debería conciliar el sueño reparador. El recurso de las autoridades competentes se ha decantado o por prohibir la estancia de los muchachos o por dejar a los vecinos a su suerte. El planteamiento del urbanismo tiene que ser ágil y dar respuesta a las necesidades de cada generación. A las nuevas costumbres de los jóvenes habrá que dar respuestas sociales que asuman sus nuevos hábitos y no la simple represión […]. Prohibir muchas veces no produce sino el efecto de desplazamiento de la conducta que se quiere evitar. Dotar de medios y alternativas supone asumir la responsabilidad de facilitar la convivencia a todos los ciudadanos, convergiendo derechos que parecen antagónicos, con ofertas que el mismo tiempo contengan una dimensión de autoeducación de los hábitos de ocio”[7].
  • «Creemos que el de los espacios juveniles es un tema que preocupa a muchos jóvenes, no en vano, su demanda tiene ya muchos años de vigencia. Viendo que ahora se está optando por construir estos espacios, es el momento de valorar cómo deben ser, quién los debe gestionar… de lo contrario, nos vamos a encontrar con casas de la juventud para el consumo de actividades, sin cubrir necesidades». [Los jóvenes consultados] se decantaron «por un espacio donde sean los jóvenes los que gestionen el espacio por encima de empresas privadas o ayuntamientos», parece imprescindible que, siendo un espacio dedicado a ellos, sean los jóvenes quienes definan cómo debe ser según sus necesidades y, al mismo tiempo, sean ellos los que los gestionen, adecuándose a su modo de vida. Por ello, critican que desde las instituciones no ofrezcan más que casas de la juventud: «son simples casas donde la juventud sólo consume el ocio que la empresa gestora privada oferta, no permitiendo que los jóvenes puedan hacer otras actividades o participar de su organización»[8].

 

Por atraparte, ¿qué motivos encontramos para criticar o tener nuestras reservas sobre los espacios juveniles que la sociedad ofrece a los jóvenes? A mi parecer, los siguientes:

 

  • Existe el peligro de caer en una especie de despotismo ilustrado aplicado a los espacios juveniles: “Todo para los jóvenes pero sin los jóvenes”. El peligro de obviar o poner entre paréntesis el protagonismo juvenil al planear o llevar a cabo estos espacios es grande.
  • Con frecuencia acaban siendo una especie de reservas indias, un “tú métete ahí y no molestes más de la cuenta”. Por no hablar del gran fracaso de la mayoría de los espacios-cárcel planeados para adolescentes y jóvenes conflictivos, los centros de menores o de reforma, que tantos quebraderos de cabeza dan a las instituciones.
  • Los espacios juveniles no deberían aislar a los adolescentes y jóvenes de los adultos y personas de la tercera edad. Ciertas actividades que tienen su indudable valor educativo y preventivo, como las famosas noches jóvenes o alternativas, si son muy frecuentes y sin intervención educativa adulta pueden contribuir, sin querer, a dicho aislamiento.

 

  1. 2 Espacios creados por los propios jóvenes

 

Los jóvenes suelen preferir los espacios buscados o creados por ellos mismos. Es interesante ver cómo surgen y se van extendiendo. El uso que hacen de las redes sociales (Facebook, tuenti, myspace) es el más claro ejemplo. La generación actual puede pasar a la historia como la primera con la necesidad de estar permanentemente conectados. Hay ya estudios muy interesantes al respecto[9]. Que una de las redes más extendidas lleve precisamente el nombre de myspace (“Mi espacio”) es muy significativo. Otros de esos espacios son estudiados con detención en los estudios que siguen a éste. A ellos nos remitimos.

 

En cualquier caso, hemos pasado en 25 años de los jóvenes de Mecano, que se encontraban a veces “perdidos en su habitación sin saber qué hacer”, pero que en general pasaban la mayoría del tiempo con sus iguales, a los de hoy, que son más tipo IKEA: muy de la “república independiente de su casa”. El individualismo e incluso un cierto solipsismo narcisista son un peligro nada desdeñable. Seguramente porque ahora en su habitación, y con su móvil y ordenador, no están ya sin saber qué hacer, porque las posibilidades son múltiples.

 

Hablando de otro tipo de joven, los educadores sociales que tratan con menores conflictivos suelen observar que en su relación con otros chicos o con los adultos son muy celosos de su espacio inmediato físico. Hay una especie de estribillo con el que comienzan muchas peleas entre ellos: “¡A mí no me toques! ¡A mí no me empujes!”. Es un hecho significativo.

 

  1. Espacios juveniles en la comunidad cristiana

 

Hay otro aspecto que, por falta precisamente de espacio, sólo vamos a apuntar, y que merece la pena estudiarse con más detalle. ¿Qué espacios ofrecen a los/as jóvenes las parroquias y comunidades cristianas? Normalmente muy poco, fuera de las franjas de catequesis por edades. ¿Son atractivas dichas comunidades parroquiales para los jóvenes? ¿Las comunidades cristianas son hoy día espacio para jóvenes? ¿Se plantean responder a sus inquietudes? Hace muchos años que hablamos de “pastoral de, para o con los alejados”, pero el mutuo alejamiento es cada vez mayor. Especialmente con los jóvenes.

 

Sin embargo, ¿no es verdad también que muchas experiencias de pastoral con jóvenes caen a su vez de lleno en la acusación de “reserva india”? Hay grupos y centros juveniles que nunca se plantean la inserción en la comunidad cristiana completa, la que abarca todas las edades. Da la sensación que los agentes de pastoral juvenil no queremos mezclar a los pocos jóvenes que “tenemos” con las personas mayores de la parroquia o unidad pastoral de que se trate. Pensamos que si lo hacemos, se asustarán o “contaminarán”. ¿Y si es justamente al revés, que ese trato con todas las edades es cristianamente más enriquecedor para todos? Algunas propuestas de los mejores catequetas actuales van por ahí. Por ejemplo, la llamada catequesis intergeneracional puede cuestionar ese aislamiento del resto de la comunidad de ciertos espacios juveniles de algunos ambientes pastorales[10].

 

JESÚS ROJANO

 

 

[1] Cf. el texto en: www.ciudadseva.com/textos/otros/seattle.htm. Hay una versión con imagen y sonido en:

http://www.youtube.com/watch?v=bWwJ_-f6VxE.

[2] Cf. ANTHONY GIDDENS, Consecuencias de la modernidad, Madrid, Alianza Editorial, 1993.

[3] MICHEL MAFFESOLI, El nomadismo. Vagabundeos iniciáticos, México, Fondo de Cultura Económica, 2004.

[4] Cf. Cuaderno Joven de Misión Joven de marzo de 2009.

[5] Cf. SLAVOJ ZIZEK, Lacrimae rerum. Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio, Barcelona, Debate, 2006, pp. 175-206.

[6] Cf. ZYGMUNT BAUMAN, Miedo líquido: la sociedad contemporánea y sus temores, Barcelona, Paidós, 2007.

[7] http://www.papelesparaelprogreso.com/numero6/609.html

[8] http://siis.net/documentos/hemeroteca/804076.pdf

[9] Cf. ANGEL J. GORDO LÓPEZ (Coord.), Jóvenes y cultura messenger: Tecnología de la información y la comunicación interactiva, Madrid, FAD-INJUVE, 2006 (accesible la obra completa en http://www.fad.es/sala_lectura/Messenger.pdf.

[10] ALLAN HARKNESS, Una catequesis intergeneracional, en HENRI DERROITE (dir.), 15 nuevos caminos para la catequesis, Santander, Sal Terrae, 2008, pp. 59-78.