Esperanza, te quiero

¿Quién salvará a este chiquillo

menor que un grano de avena?

¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

(M. Hernández en El niño yuntero)

  1. Aparenta poquita cosa, se expresa con dificultad, le cuesta incluso explicar bien el camino que hace de su casa a la escuela. Con frecuencia se descuelga del grupo (“está en su mundo”, como suele decirse).
  2. Grita, quiere llamar la atención, ser el centro, aunque sea faltando al respeto. No es capaz de “ejercer” el rol de persona tierna y amable (que lo es). Carencias familiares considerables.
  3. A veces utiliza un tono violento, porque quiere simplemente hacer lo que le da la gana. Padres ausentes (cárcel…)
  4. Es amable, agradece, se motiva. Aunque se le ve frágil. A los padres, tener tantos hijos les supera; les faltan recursos para educarlos.

¡Cuántos casos (¿demasiados?) podríamos poner de criaturas vulnerables! ¡Y cuántos motivos que causan esa vulnerabilidad! El contexto familiar y social no les es favorable; poco estímulo positivo, muchos referentes negativos, poca posibilidad de levantar la mirada hacia un futuro prometedor…

Y ahí estás tú, mirando las caras de esas criaturas, con el interrogante de qué será de ellas dentro de unos años. Y preguntando si estamos haciendo algo realmente (porque, a veces, has dudado). Y oyendo cómo alguien te responde que sí: estamos posibilitando que estas criaturas tengan una experiencia positiva durante una franja de su vida; que experimenten que se puede vivir de otra manera; estamos sembrando, en un presente frágil, semillas de un futuro diferente.

 

Cada gesto, cada mirada, cada palabra, cada conversación, cada “bronca” (que también las hay), cada esfuerzo y alegría, cada risa y sonrisa… todo eso, que tiene que ir impregnado de amor, hay que considerarlo una aportación a la construcción de un futuro con más sentido.

De vez en cuando me gusta tomar conciencia de esta confianza educativa, profunda y necesaria, sobre todo cuando el contexto es especialmente duro y poco facilitador. Y me gusta que en equipo se recuerde, y que se compartan éxitos -grandes o pequeños, es igual-, para reforzar el sentido de nuestra siembra, y para mantener vivo lo que nunca debemos perder.

Por todo esto, y para todo esto: Esperanza, te quiero. Te queremos.

Pepe Alamán, sdb.