Espigadores del siglo XX, faenadores del XXI

No se puede decir con exactitud que sean tres los tiempos: pasado, presente y futuro. Habría que decir con más propiedad que hay tres tiempos: un presente de las cosas pasadas, un presente de las cosas presentes y un presente de las cosas futuras. Estas tres cosas existen de algún modo en el alma, pero no veo que existan fuera de ella. El presente de las cosas idas es la memoria. El de las cosas presentes es la percepción o la visión. Y el presente de las cosas futuras es la espera.

SAN AGUSTÍN, Confesiones

 

 

 

       ¡A destiempo…!

 

Todos los intentos de medir el tiempo son quiméricos, cuando no ganas de aguar el momento presente con los remordimientos del pasado o la desazón del futuro. Al respecto, no le faltaba razón a Pascal: «El pasado no debe preocuparnos, porque de él no podemos más que lamentar nuestras faltas. Pero el porvenir nos debe afectar aún menos, porque nada tiene que ver con nosotros y quizá no lleguemos nunca hasta él. El presente es el único tiempo verdaderamente nuestro…»

Contra ésa u otras opiniones siempre encontraríamos reservas y hasta alternativas. Cierto es, en fin, que el presente constituye una zona temporal atravesada por los caminos del pasado y del futuro. ¡El tiempo del hombre se amasa a destiempo y a contratiempo!

Nada extraño, por tanto, que Misión Joven se dedique en esta ocasión a respigar por el siglo XX que se nos va, con el propósito de encarar mejor las faenas que encontraremos a la vuelta de la esquina en el XXI.

 

 

            Espigadores del XX

 

Nuestra relación con lo pasado es asimétrica respecto a la que guardamos con el futuro. Aquello que nos afecta del primero es lo más o menos conocido, que no podemos modificar; mientras que el segundo alberga lo más o menos desconocido, todavía modificable.

Precisamente por este modo opuesto de repercutir en nuestra existencia, del pasado nos importa extraer la savia que sin duda nos fecunda actualmente y debe seguir aportando vida al futuro.

Estamos para cerrar un siglo en el que todo se ha sucedido con una rapidez trepidante, por lo que se hace mucho más necesario el «oficio de espigadores», de buscadores que identifiquen la mies y desechen la cizaña. No en vano, terminamos la centuria con una innegable «apoteosis de la apariencia».

 

 

            Faeneros del XXI

 

Lejos de cualquier milenarismo y agrandamiento de las fechas, acogerse a las luces e integrar las sombras pretéritas, es el mejor modo de llenar de sentido la espera esperanzada del porvenir.

Obreros somos de un tiempo al que, si le robamos el futuro, se le asfixia la libertad, sin la que ni hombres ni Dios son más que puros monigotes.

Faeneros, pues, en un campo cargado de desafíos: el primero de todos, la pobreza y la obligación de conducir la globalización por sendas de solidaridad; la paz y una nueva organización del trabajo, después; igualmente, la cultura que corre por las autopistas de la información y la urgente necesidad de tornar a la palabra y el concepto; también una nueva educación para el encuentro, el respeto y la amistad; y, en fin, la recuperación del sentido y el papel de la religión.

 

 

            … En un verano «con» los jóvenes

 

¡Gracias a Dios! y al tiempo, el verano —para la actual praxis educativa cristiana— se pasa en buena parte con los jóvenes. La última faena que apuntábamos en el párrafo precedente encuentra en este terreno una oportunidad excepcional para aclarar el panorama.

Quizás lo más difícil de ver en el cristianismo actual es la propia figura y mensaje de Jesús de Nazaret. Ocultado bajo los escombros de dogmatismos extemporáneos, tiempos de charanga o imágenes y devociones de escayola, no pocos —y entre ellos una abrumadora mayoría de jóvenes— están terminando por figurarse la religión católica como un serio obstáculo para la libertad y autonomía, como una antigualla instrumentalizable conforme al interés de los «vientos eclesiásticos».

Pero nuestro Dios, ¡gracias a Dios!, sigue teniendo una fe descarada e incorregible en el hombre y, sobre todo, nos ama tan gratuita e incondicionalmente como para resultar eternamente creíble.

¡Que se note! Feliz verano.

José Luis Moral