Factores de riesgo “menores”

José Joaquín Gómez Palacios pertenece al Consejo de Redacción de MisionJoven. Es Delegado de Escuelas de la Provincia Salesiana de Valencia.

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Este artículo se sitúa explícitamente en una perspectiva de atención educativa preventiva. Detecta un amplio conjunto de factores de riesgo (individuales, familiares, sociales) que actualmente se ciernen ya sobre los adolescentes y preadolescentes. La opción del autor es fijarse casi exclusivamente en los que llama factores de riesgo “menores” y que, quizás por ello, se les presta menor atención, porque se trata de situaciones ordinarias y habituales, pero que, sin embargo, pueden ocasionar situaciones y conductas preocupantes. Pero la finalidad del artículo no es tanto detectar y describir los síntomas, cuanto proponer de manera pedagógica algunas orientaciones para padres y educadores.

 

La conducta social desajustada, las adicciones, la violencia, la depresión, la apatía, las crisis de ansiedad y angustia, los trastornos alimenticios graves… son situaciones no deseables que definen un cierto malestar individual y social. La mayoría de las situaciones citadas, en sus fases agudas, comportan graves prejuicios para quien las sufre, pudiendo llegar a ser causa de exclusión social. La infancia y la adolescencia son colectivos vulnerables.

La prevención aparece como una vía de mejora óptima y deseable. Educación y prevención forman actualmente un binomio educativo de primer orden. Ambos conceptos se dan la mano en un intento de atajar los problemas antes de que sucedan.

La prevención de estos trastornos implica el análisis de las variables que intervienen en su origen. Los factores de riesgo varían también en función de la persona y del contexto social. Una misma realidad negativa afecta a algunos niños y adolescentes, mientras que otros son capaces de enfrentarla sin sucumbir.

La mayor parte de los factores de riesgo que se citan en el presente artículo no son graves. Todos ellos pueden definirse como situaciones ordinarias y habituales, razón por la cual se les denomina con el título de “menores”. Pero cuando persisten en el tiempo, cuando no son objeto de atención por parte de padres y educadores y derivan a otras dimensiones de la persona… pueden convertirse en trampolines hacia situaciones preocupantes.

Se han clasificado en individuales, familiares y sociales. Junto a la descripción somera de cada uno de ellos se indican sencillas orientaciones para padres y educadores. Esta enumeración no queda cerrada. Una observación atenta ayudará al educador a detectar nuevos factores “menores”

 

  1. Factores de riesgo “menores”

    Área individual

 

1.1 Inseguridad personal

 

Las personas necesitan un mínimo de autoestima en todas las etapas de su existencia. La autoestima ayuda a potenciar las propias posibilidades y a realizar las tareas de la vida con interés y eficacia. Durante la adolescencia aumenta considerablemente su necesidad. Esta cualidad personal evita estados de inseguridad e inferioridad.

La seguridad en uno mismo es el convencimiento de que se posee la capacidad suficiente para resolver los problemas que se presentan y para ofrecer algo valioso a quienes nos rodean. La falta de autoestima, y la inseguridad personal derivada de su carencia, es un factor de riesgo. Convienen reforzar la identidad personal y la autoestima de niños y adolescentes como elemento para minimizar riesgos.

Padres y educadores deben desarrollar la autoestima “merecida”. Es decir, aquella que se fundamenta en logros reales, la que perdura, la que se sustenta en el esfuerzo diario por ser cada vez un poco mejor y alcanzar nuevas metas de forma autónoma. Todo ello se consigue formando el carácter, educando la voluntad, generando hábitos de esfuerzo, promoviendo el trabajo bien hecho, facilitando una visión positiva de la propia persona, desarrollando el autodominio y la disciplina y abriéndose progresivamente a los demás. Una persona servicial y generosa presenta cotas altas de autoestima.

Hay que evitar aquella concepción errónea de autoestima en la que se alaba a niños y adolescentes por sistema, independientemente de su comportamiento. Este falso concepto busca que los menores no sufran, no se sientan avergonzados y que no consideren que se critica lo que dicen o hacen, reduciendo la autoestima a una tolerancia total.

La autoestima auténtica es fuente de seguridad personal y contribuye a fortalecer la persona, haciéndola más resistente y menos vulnerable a los problemas.

 

1.2 Prejuicios y “etiquetas”

 

Las personas estamos en constante cambio y transformación. Nuestra capacidad de adaptación es muy grande. Para que las transformaciones lleguen a ser realidad y se dé un crecimiento en la madurez, debe existir un ambiente que lo posibilite.

Las “etiquetas” son esos prejuicios y estereotipos que impiden el cambio positivo de quienes las soportan. Cuando los educadores resaltan con énfasis las facetas negativas de niños y adolescentes, están yendo contra varios principios fundamentales de la educación: comprensión, afecto, aliento y reconocimiento del esfuerzo realizado y de los logros.

Existen educadores que cuelgan “etiquetas” a niños y adolescentes ante errores repetidos. Estas “etiquetas” pueden limitar el desarrollo de los menores, impidiéndoles cualquier tipo de transformación. El educador debe animar y ofrecer siempre nuevas oportunidades de cambio, evitando que chicos y chicas queden anclados en sus facetas negativas.

Mayor atención se debe prestar a las “etiquetas” impuestas por amigos y compañeros. Estas catalogaciones negativas paralizan a quienes las reciben, evitando la evolución positiva. Quien soporta una “etiqueta” ha sido juzgado de antemano por los compañeros y compañeras y condenado a ser tal como se le ha catalogado previamente.

 

1.3 Baja tolerancia a la frustración

 

Uno de los objetivos fundamentales de la educación es el desarrollo de personas maduras, responsables y autónomas. La cercanía personal, el afecto y la comunicación son instrumentos esenciales para una buena educación.

Pero también es función esencial de la educación señalar límites claros y coherentes, aunque a veces resulte complicado e ingrato. Decir un “no” a tiempo es conveniente y necesario. Existe un cierto miedo a que el niño y el adolescente sufra la frustración de recibir un “no”. No obstante, el enseñar a interiorizar unas normas y trasmitir una disciplina, les hace más responsables, les ayuda a madurar y a tornarse resistentes antes los conflictos de la vida. Una persona adquiere mayor nivel de madurez cuando sabe integrar las dificultades y no se derrumba con el sufrimiento; cuando es resistente a la frustración y sabe gestionarla adecuadamente.

Resulta sencillo decir “no” a los niños pequeños. Es más difícil proponer límites a los adolescentes. El adolescente vive una etapa compleja y cuesta mostrarle que existen actitudes y comportamientos que no son convenientes para su desarrollo personal armónico.

Padres y educadores suelen tener miedo a poner límites. Sin embargo, es saludable enseñar a soportar el esfuerzo y el sufrimiento, siempre que éste sea proporcionado y que niños y adolescentes sientan a su lado la presencia de padres y educadores ayudándoles a superar estos momentos. Los chicos y chicas que desarrollan una adecuada capacidad de esfuerzo y resistencia al sufrimiento, presentan menor riesgo de ver alterada su persona y conducta por factores ambientales.

 

1.4 Mentalidad anoréxica

 

La anorexia y la bulimia nerviosa son dos enfermedades que se han instalado en nuestra sociedad y preocupan grandemente. Cuando la mentalidad anoréxica se desarrolla y se convierte en enfermedad, tiene una curación larga y costosa.

La mayoría de padres y educadores, aunque no se tengan que enfrentar directamente con esta enfermedad, sí deben prevenir las consecuencias de la llamada “cultura de la delgadez”. Esta cultura es un factor de riesgo. Se caracteriza por el deseo de pesar cada vez menos, por el miedo a convertirse en una persona obesa, y por una cierta presión psicológica y social que impulsa, a niños y adolescentes, a percibirse más gruesos de lo que en realidad son.

La mentalidad anoréxica se desarrolla progresivamente, pudiendo ser detectada en sus fases iniciales. Las personas afectadas por esta alteración comienzan con una intensa dieta alimenticia, un ejercicio físico excesivo y se someten a purgas, vómitos provocados, laxantes, diuréticos…

Esta perturbación se desencadena activada por factores tales como:

  • Los cambios físicos y emocionales de la adolescencia.
  • Insatisfacción general y falta de valores.
  • No integración de la propia imagen corporal.
  • Ausencia de hábitos bien estructurados y normas estables.
  • Sobrepeso y obesidad.
  • Baja capacidad para resolver los conflictos.
  • Pobre comunicación con los demás.
  • Estereotipos culturales femeninos como la delgadez extrema.
  • Pensamientos erróneos respecto al peso, la comida y la figura.

 

Para una detección precoz de este factor de riesgo, padres y educadores pueden fijarse en los siguientes indicadores:

  • Cambios en los hábitos alimenticios y en la forma de comer. Por ejemplo: evitar tomar alimentos como: dulces, carne, fritos, pan…
  • Atracones de comida de forma compulsiva.
  • Ir al baño sistemáticamente después de las comidas o durante las mismas.
  • Hacer ejercicio físico excesivo, inquietud general, desplazarse siempre andando.
  • Carácter irritable por motivos sin importancia. Cambios repentinos de un humor.
  • Desmedido interés por el aspecto físico e insatisfacción con su figura.

 

La dedicación y la cercanía personal de padres y educadores esfundamental para que los adolescentes encuentren soluciones. Para ello:

  • Dedicar tiempo y mostrarse interesados para que los adolescentes expliquen si tienen algún problema.
  • No conviene preguntar directamente si están padeciendo un trastornó alimentario. Lo más probable es que se encierren en sí mismos y no se resuelvan el problema. Quien sufre esta alteración no suele ser consciente de la misma.
  • Ofrecer valores profundos que ayuden a situar la corporalidad en su lugar.

 

La preocupación por el cuerpo no es en sí un índice de riesgo. Todos los adolescentes se enfrentan a su propio cuerpo en búsqueda de una imagen personal adecuada. La preocupación por la corporalidad y por la propia imagen personal y social, son actitudes normales durante la adolescencia.

 

1.5 El estrés mantenido

 

Muchos adultos consideran que el estrés es un problema propio de la etapa adulta. Sin embargo, algunos de niños y adolescentes también presentan cuadros de estrés. Muchos chicos y chicas llevan vidas agitadas y forman parte de esta sociedad anclada en la prisa, la exigencia y las constantes adaptaciones al medio cambiante.

El estrés es una respuesta de la persona ante una situación que requiere mayor tensión. Es algo habitual y positivo. Ayuda a mantenernos alerta ante situaciones de la vida que requieren máxima concentración. No obstante, estos estados de activación prolongados son negativos para nuestro organismo. Cuando el nivel de estrés es superior al que podemos resistir, y de excesiva duración, se convierte en algo problemático y en factor de riesgo.

Varios son los contextos que pueden conducir a los chicos y chicas a niveles de estrés no deseables:

  • Cualquier cambio que tenga lugar en su vida y en su entorno próximo y le exija una adaptación.
  • Experiencias traumáticas como accidentes de tráfico, fallecimiento de un familiar, separaciones de padres no bien asimiladas…
  • En los adolescentes son también origen y fuente de estrés: las tareas escolares de creciente dificultad, los cambios en el cuerpo, la no aceptación de la propia imagen, los problemas con los amigos y amigas, el hecho de vivir en un barrio poco seguro,…

 

Cuando el estrés es superior a la capacidad de reacción que tiene el adolescente puede llevar a situaciones de ansiedad, retraimiento, tristeza y soledad, conducta agresiva, alternativas equivocadas como las drogas y el alcohol, enfermedades físicas… Para conseguir que la situación de estrés no se enquiste y genere mayores problemas, padres y educadores deben procurar:

  • Escuchad con atención y afecto a niños y adolescentes para ayudarles a sobrellevar y dar respuestas positivas a la nueva situación.
  • Dialogar continuamente, facilitando la expresión de sus sentimientos.
  • Motivar a la participación en deportes, música, teatro y otras actividades sociales.
  • Favorecer el ejercicio físico y la regularidad en las comidas.
  • Enseñarles técnicas para enfrentarse a la situación que producen el estrés. Por ejemplo dividir trabajo grande en pequeñas tareas fáciles de realizar.
  • Tomar descanso de aquellas situaciones que provocan estrés.

 

  1. Factores de riesgo “menores”

    Área familiar

 

2.1 La sobreprotección

 

La protección en exceso trae más problemas que ventajas. Padres y educadores se esfuerzan por conseguir lo mejor para niños y adolescentes. Pero con una exagerada protección se está perjudicando el desarrollo de la personalidad. Es común ver padres y educadores que hacen todo lo posible para evitar a chicos y chicas situaciones que pueden resultar conflictivas o difíciles de resolver. Lo adecuado no es evitarlas, sino prepararles para que aprendan a dar respuestas positivas. La hiperprotección se da cuando la familia del menor procura:

  • Anticiparse a los caprichos y exigencias de los chicos y chicas, ofreciéndoles lo que pudieran desear antes de haberlo pedido.
  • Entender que el prestigio social requiere que los hijos estén dotados de todos medios posibles para facilitarles la vida, a fin de que no sea menos que sus compañeros.
  • Defender a ultranza al menor, culpabilizando al entorno de sus equivocaciones o circunstancias difíciles.
  • Inculcar temor y miedo ante cualquier situación que se desarrolle fuera del ambiente familiar.

 

Niños y adolescentes tratados de esta forma, difícilmente alcanzarán la madurez. No aprenderán a resolver por sí mismos las dificultades diarias a las que deben enfrentarse, provocando una disminución en su seguridad personal y dejándose abatir cuando lleguen problemas y desengaños.

La superprotección es un factor de riesgo porque crea personalidades dependientes, niños insaciables que no saben valorar aquello que tienen y piden de forma compulsiva.

Los niños y adolescentes hiperprotegidos encuentran serias dificultades para relacionarse adecuadamente con sus amigos y amigas.

 

2.2 Niños tiranos

 

Es normal que los niños pequeños sean egocéntricos durante una etapa de su vida. Pero es importante evitar que esta conducta quede anclada y se convierta en un factor de riesgo. Los niños tiranos suelen mostrar las siguientes características:

  • Son propensos a los caprichos.
  • Molestan a los demás pero no soportan ninguna molestia.
  • Muestran muy baja tolerancia a la frustración.
  • Reaccionan de forma desmesurada ante dificultades y fracasos.
  • Precisan llamar continuamente la atención.
  • Desean ser el centro de la atención sin importarles los demás.
  • Cogen berrinches, enfadados y rabietas.
  • Manejan el chantaje afectivo y hacen sentirse culpables a padres y educadores utilizando la comparación con otros niños.

 

Este tipo de conducta, aunque molesta, es controlable cuando el niño es pequeño. Pero cuando el adolescente ha adquirido estos hábitos negativos, llegando a configurar su personalidad, el problema adquiere mayores proporciones. Niños y adolescentes “tiranos” consiguen que sus educadores se vayan transformando en sus servidores y sus padres en sus esclavos.

Salvador Minuchin, psicólogo familiar, afirma: “Cuando un tirano pequeño aterroriza a una familia entera, se debe suponer que tiene un cómplice. Para que un tirano, que no se eleva más de un metro del suelo, cause tales desacatos, es preciso que esté subido a los hombros de algún adulto. En todos los casos se supone con certeza que los padres se descalifican el uno al otro o están en desacuerdo con la manera de educar al niño, lo que le concede al tirano una posición de poder y control de la familia”.

Es fácil conseguir que un niño se convierta en un caprichoso absoluto. Para ello basta con consentirle todo, no decirle nunca “no” y doblegarse siempre a sus peticiones y caprichos. Para evitar que niños y adolescentes fijen su personalidad en estas facetas negativas es conveniente:

  • No claudicar continuamente ante sus peticiones y caprichos.
  • Endurecerse lo suficiente para aceptar que el niño también debe sufrir la parte correspondiente a su edad y capacidad.
  • Aprender a poner límites educativos.
  • Mantener una actitud educativa firme cuando sea necesaria.
  • Evitar dejar al niño pequeño excesivo tiempo en manos de los abuelos u otras personas que siempre presentan menor exigencia a la hora de imponer disciplina.
  • No considerar a los niños como únicos o especiales.

 

2.3 Actitudes agresivas

 

Este comportamiento suelen tener su raíz y origen en la infancia. Hay niños y niñas acostumbrados a coger rabietas ante sus padres cuando no consiguen lo que desean, a pegar a los compañeros de clase, a hacer caso omiso a sus maestros y profesores… Esta conducta, si no se ataja en el ámbito familiar, crece y termina por convertirse en un problema mayor. La agresividad suele ser aprendida y no hereditaria. De igual modo que se adquiere, puede ser evitada. Los comportamientos agresivos se aprenden a través de modelos vistos y observados en personas del entorno.

Padres y educadores refuerzan estas conductas agresivas cuando pierden los nervios ante una conducta negativa del niño y responden con gritos y malos modos. De esta forma el pequeño reproduce la conducta que observa en los adultos que ejercen de modelo para él.

El cine y la televisión, como plataformas de comunicación, pueden fomentar la conducta agresiva. Juegan también un papel importante en las conductas agresivas de los pequeños. Cuando la conducta agresiva se manifiesta en un niño pequeño, padres y educadores pueden iniciar una serie de estrategias sencillas para evitarla:

  • Mantener la serenidad.
  • No reforzar la conducta agresiva con gritos y poniéndose al nivel de ellos.
  • Mostrarse firmes y serenos, sin dejar llevarse por la presión del menor.
  • Hacer oídos sordos y no responder cuando las cosas se piden de forma agresiva.

Modificar las conductas agresivas no es tarea fácil pero no es imposible.

 

  1. Factores de riesgo “menores”

    Área social

 

3.1 Violencia escolar

 

La violencia escolar es aquella que tiene lugar en el ámbito de la escuela. Engloba a toda aquella acción en la que se produce un ataque a la dignidad e integridad personal, bien sea psicológica, verbal o física. Muchas de estas situaciones, aunque no trasciendan, tienen consecuencias negativas para la persona y son un importante factor de riesgo. Es necesaria su detección y tratamiento.

Tanto el agresor como el agredido poseen unos patrones de conducta en los que se da baja autoestima. El agresor desarrolla la conducta violenta con la intención inconsciente de fortalecer su identidad. El agredido no posee los recursos suficientes para defenderse de las agresiones. Ese tipo de comportamientos tiene su punto más álgido en los inicios de la adolescencia.

 

Perfil de los agresores:

  • Los agresores suelen formar parte de un grupo de chicos que presentan idénticos comportamientos violentos hacia los demás.
  • Con ese tipo de actitudes negativas pretenden fortalecerse frente al resto de compañeros. Es decir, el maltrato es un mecanismo de defensa ante la propia inseguridad.
  • Muchos agresores presentan problemas familiares.
  • Suelen tener carencias afectivas e inmadurez emocional.
  • Su carácter es inestable y colérico.
  • Presentan baja tolerancia a la frustración.
  • Tienen nula capacidad de esfuerzo y una actitud negativa ante la escuela.

 

Perfil de las víctimas:

. Tienen, por lo general, un rendimiento académico suficiente o superior a la media.

  • Son más tímidos que el resto de compañeros.
  • Presentan vulnerabilidad psicológica y física.
  • Poseen pocas habilidades sociales, y escasos recursos para relacionarse de forma satisfactoria con sus compañeros y compañeras.
  • El silencio, el aislamiento y la resignación les priva de obtener ayudas para enfrentar su problema.
  • A medida crece la violencia escolar, se muestran más inseguros y desciende su autoestima, pudiendo llegar a niveles preocupantes.

 

Una primera terapia consistirá en ayudarles a fortalecer la imagen de sí mismo, la responsabilidad de sus actos y la posibilidad de mejorar. Los chicos y chicas emocionalmente maduros se responsabilizan de su propia vida, actúan de forma autónoma y corren menos peligro de ser influenciados negativamente.

Padres y educadores disponen de un resorte fundamental para prevenir y atajar el maltrato entre escolares: el diálogo. Mediante esta herramienta educativa los educadores conocen los problemas, el tipo de relaciones entre compañeros, los valores que defienden, los lugares que frecuentan, los sentimientos experimentados… Ese problema no solamente tiene lugar en el colegio o en la escuela. Se trata de un problema amplio que hunde sus raíces en distintos ámbitos de la vida.

 

Sugerencias para prevenir y hacer frente a la violencia escolar:

  • Reforzar la asertividad. Los niños y adolescentes con capacidad para afirmarse, dotados de autoestima y bien integrados en el grupo, tendrán menos problemas. Para favorecer la asertividad hay que comenzar desde pequeños, fomentando su independencia, reforzando lo positivo de su persona y favoreciendo la responsabilidad en la toma de decisiones.
  • Procurar que niños y adolescentes pasen tiempo jugando con sus compañeros, relacionándose con sus amigos. Los video-juegos y el ordenador potencian otros valores, pero no las habilidades sociales.
  • Enseñar a desactivar los sentimientos de pesimismo. Los insultos no son realidad y aunque duelen y molestan, se deben superar.
  • Detectar los síntomas de tensión o estrés. Cuando el adolescente maltratando llega a casa, no suele hablar, no quiere ir al colegio, presenta objetos personales rotos, destrozos injustificados en los libros o en el material escolar.

 

Muchos chicos y chicas no son ni agresores ni agredidos. El grupo de los “espectadores” calla habitualmente y tolera el maltrato con actitud inhibida. También es importante desarrollar determinadas habilidades educativas para este colectivo:

  • Trabajar el desarrollo moral.
  • Enseñarles qué es lo justo y lo injusto y qué posición tomar ante un compañero agredido.
  • Mostrarles que “callarse” es legitimar la injusticia y apoyar al agresor.
  • Inculcarles que una persona de bien no puede quedar indiferente ante el sufrimiento de algunos compañeros y compañeras.

 

3.2 La desobediencia.

 

El hábito de la obediencia debe adquirirse en edades tempranas. Cuando no se le presta atención, se corre el riesgo de que los pequeños lleguen a la adolescencia sin haber conseguido la costumbre de obedecer razonablemente.

En algunas ocasiones la desobediencia de los pequeños es clara y rotunda: se niegan a cumplir las órdenes de profesores y padres, desafiando claramente la autoridad. Este tipo de desobediencia se constata fácilmente.

En otras ocasiones la desobediencia se expresa de forma más útil: hacen como si no hubieran oído, se amparan en excusas, recurren a comportamientos exagerados y a chantajes afectivos.

Para garantizar la obediencia es imprescindible que padres y educadores mantengan  sobre hijos y alumnos una autoridad positiva. Muchos educadores no consiguen este objetivo porque han dilapidado su autoridad moral. La autoridad se puede perder por varios motivos:

  • La permisividad. Es imposible educar sin intervenir. Los educadores deben orientar en lo que está bien o está mal. Niños y adolescentes necesitan referentes y límites para sentirse seguros, felices y tener orientada su conducta. El educador que nunca ha señalado un límite, difícilmente será tenido en cuenta cuando quiera hacerlo de pronto.
  • Ceder después de decir “no”. Una vez que un educador ha decidido poner un límite, la primera regla de oro a respetarlo. Muchos padres y educadores se atreven a poner normas pero ceden fácilmente ante el chantaje afectivo de los pequeños.
  • El autoritarismo. Se halla en el otro extremo de la permisividad. El autoritarismo es la postura que persigue la obediencia por la obediencia. El objetivo del autoritarismo no es conseguir que el niño o el adolescente llegue a ser una persona equilibrada y con capacidad de autodominio, sino que se convierta en un esclavo sumiso. El autoritarismo es tan pernicioso como la permisividad.
  • Gritar y perder la compostura. Muchos educadores pierden los nervios y gritan y tratan a los niños de malos modos. Este abuso de la fuerza supone una humillación y un deterioro en la autoestima del niño o adolescente. Y lo que es más grave: niños y adolescentes se acostumbran a los gritos y a los malos modos y cada vez hacen menos caso. Gritar conlleva un peligro: cuando las voces ya no dan resultado, del enfado se pasa fácilmente al insulto, a la humillación y a los malos tratos psíquicos… en deterioro de la educación.
  • No escuchar. Muchos padres y educadores se quejan de que niños y adolescentes no les escuchan. Para exigir una actitud de escucha en niños y adolescentes es necesario que previamente el educador les haya escuchado. Con frecuencia los educadores juzgan, evalúan, proponen que se debe hacer… pero sin escuchar nunca.
  • Rigidez e inflexibilidad. Cuando el autoritarismo y el abuso del poder se han convertido en elementos habituales, se cierra el camino al diálogo, a la comunicación y a la negociación. En la adolescencia es especialmente grave porque se rompen los vínculos comunicativos entre educadores y adolescentes.

 

La obediencia, la disciplina, el orden y la actuación responsable son metas a largo plazo. No suelen existir los éxitos inmediatos. Es necesaria mucha paciencia y dar tiempo al aprendizaje.

Niños y adolescentes suelen obedecer a quien goza de ascendente personal y de una autoridad moral nacida de: la cercanía personal, la valoración positiva de los logros realizados por niños y adolescentes, la coherencia y el ejemplo, el reconocimiento de los propios errores, el afecto y el sentido común.

 

3.3 La mentira

 

Decir mentiras forma parte del mundo de la infancia y de la adolescencia. Puede tratarse de situaciones coyunturales. No obstante el educador y los padres deben descubrir los motivos y las causas de las mentiras para evitar que se conviertan en conducta de riesgo y en un problema a largo plazo. La mentira tiene un proceso evolutivo:

  • Los niños pequeños suelen mentir de forma inocente. Habitualmente no quieren engañar, sino hacer participar al adulto de su mundo de fantasía.
  • Cuando crecen, descubren que alterando la realidad pueden conseguir ciertos beneficios. Intentan engañar. Y la mentira comienza a ser un peligro.
  • Los niños mayores ya elaboran mentiras interesadas para evitar responsabilidades derivadas de sus acciones.
  • En la adolescencia se miente para proteger la privacidad, para esconder conductas negativas o para sentirse más libres e independientes.

 

Padres y educadores deben estar atentos a las causas de se esconden tras el hecho de mentir, para dar pronta solución y evitar que se conviertan en un mal mayor. Algunas causas comunes son:

  • Exigencia. Muchos niños mienten para no defraudar las exigencias y expectativas que padres y educadores han puesto en ellos.
  • Imitación. A veces mienten adoptando el modelo observado en casa o en sus educadores más cercanos.
  • Miedo. También se miente para evitar un castigo o una reprimenda. Ésta suele ser la causa más frecuente.
  • Llamar la atención. Algunos niños relatan historias inventadas con gran verosimilitud para recibir atención mientras cuenta la mentira, en un intento de reforzar su autoestima.
  • Problemas. En la adolescencia se miente para ocultar otros problemas más serios.

 

Cuando el adolescente, que ya va teniendo una vida propia y privada, se instala en la mentira, suele generar no pocos problemas. El educador debe determinar por qué se miente y qué motiva la mentira. La mejor manera de combatir este factor de riesgo es crear ambientes de comunicación positiva en los que niños y adolescentes se sientan cómodos expresando lo que hicieron. Conviene:

  • Ofrecer modelos claros de responsabilidad y sinceridad.
  • Inculcar el valor de la honestidad.
  • No ridiculizar a nadie por el hecho de hallarle en mentira.
  • Felicitar por la valentía cuando se cuenta la verdad aunque traiga consecuencias duras y difíciles.

 

3.4 El robo

 

Es normal que los pequeños tomen algún objeto que llama su atención. Esa actitud no puede considerarse como robo hasta que el niño es suficientemente mayor. Los robos realizados por niños mayores y adolescentes son un indicador de problemas y un factor de riesgo.

Padres y educadores deben preguntarse si el niño roba porque necesita recibir una mayor atención. En este caso el objeto robado sustituye al afecto y al cariño que los padres no proporcionan. Para solucionar este problema será suficiente con prestar atención al menor que se halla en esta situación.

Cuando un adolescente roba y no existen problemas emocionales o familiares, se debe intervenir con energía y comprensión al mismo tiempo:

  • Indicar claramente que la actitud a robar es mala y negativa.
  • Ayudar al adolescente a pagar o devolver el objeto robado.
  • Asegurarse de que el adolescente que ha robado no se beneficia del robo.
  • Evitar colocarle la etiqueta de “ladrón”.
  • Dejar claro que su comportamiento es inaceptable dentro de las costumbres familiares y del entorno social.
  • No volver a recordar el caso, de manera que el adolescente pueda reiniciar su vida sin ninguna mancha sobre ella.

 

Si los robos de niños se produce en con una cierta frecuencia pueden existir causas y motivos de mayor calado: el niño tiene un problema en su desarrollo emocional, tiene dificultad para confiar en los demás o no sabe relacionarse adecuadamente con los otros.

Mención especial hay que hacer a los adolescentes que se inician en el robo para poder pagar la droga que consumen o el alcohol que toman en las fiestas en las que participan a escondidas con sus amigos… La propensión a tomar objetos o dinero ajeno suele ser el indicador de problemas más graves.

 

3.5 La vagancia y la pereza.

 

Las conductas egoístas, perezosas, pasivas y poco colaboradoras de algunos niños y adolescentes pueden ser la consecuencia de haber tenido de todo sin haber trabajado por conseguirlo. Este tipo de comportamiento se refuerza en la adolescencia. Muchos adolescentes disponen de un elevado número de bienes de consumo sin haber hecho lo mínimo para poseerlos. La consecuencia de esta situación es una actitud ante la vida que se rige por “me gusta”, “no me gustan”.

Es normal que los pequeños se comporten en sus edades tempranas como seres egocéntricos. Se mueven por instintos poco racionalizados. Sin embargo esta actitud es inadmisible en la adolescencia. Algunas de las características de este tipo de conducta perezosa son las siguientes:

  • Intentan salirse con la suya y viven en una queja continua.
  • Sólo comen aquellas cosas que les apetece, tomándolas sin medida.
  • Les cuesta respetar las normas de convivencia y educación.
  • Tan sólo obedecen por temor a males mayores.
  • No realizan las tareas escolares, y si pueden hacen trampa para eludirlas.
  • Muestran descuido y desorden en sus cosas.
  • Su conducta se rige por la atracción y el placer inmediato.
  • No presentan capacidad de esfuerzo ni resistencia al cansancio.

 

No es fácil enmendar estos hábitos si se vienen reiterando desde la infancia, pero convienen que no se enquisten para no generar males mayores. Para intentar una mejora se pueden desarrollar las siguientes estrategias educativas:

  • Enseñar a los adolescentes a resistir y esforzarse.
  • No privarles de las experiencias desagradables se les presente la vida por azar o como consecuencia de sus acciones. La excesiva compasión y el deseo de eliminarles todo sufrimiento no es el mejor camino para favorecer personas activas y emprendedoras.
  • Hacer que “se ganen las cosas”, acostumbrándoles a realizar un esfuerzo antes de conseguir cualquier petición.
  • La cercanía y el acompañamiento de padres y educadores es una buena terapia.
  • Mostrarles metas interesantes relacionadas con sus valores y cualidades personales.
  • Invitarles a trabajar para alcanzar lo propuesto.
  • Ayudarles con la exigencia. Exigir no supone dejarles solos. La cercanía debe ser total y constante para que aprendan a madurar y no se conviertan en personas esclavas de sus caprichos.

 

3.6 Los suspensos.

 

Cuando llegan las notas a casa y las calificaciones no son buenas, se produce una serie de situaciones tensas y poco reflexivas. La obtención de unas notas positivas es indicador de aprovechamiento del tiempo. Cuando las notas no responden a los parámetros exigibles, indican que algo no va bien.

El factor de riesgo no son las notas en sí. El problema radica en que el mal llamado “fracaso escolar”, llegue a convertirse en “fracaso personal”. Para que esto no ocurra, cuando las notas llegan con un elevado número de suspensos, padres y educadores deberán procurar:

  • Evitar gritos y castigos. No es la mejor forma de actuar. Frecuentemente después del desahogo todo vuelve a la calma y nadie se acuerda de las notas hasta la próxima evaluación. Si esta actitud se repite con excesiva frecuencia, el chico o la chica aguanta los gritos de los padres y al día siguiente, ya nadie se acuerda. Las notas seguirán yendo mal y la comunicación familiar se deteriorará.
  • Facilitar que asuman la responsabilidad y las consecuencias de las notas obtenidas, sin dramatizaciones y con visión positiva de futuro.
  • Evitar humillaciones. El insulto y la descalificación personal no conducen a nada. La humillación sólo lleva a la incomunicación.
  • Evitar la vuelta a la soledad. Algunos padres y madres, una vez han superado el enfado de ver las calificaciones negativas, regresan a sus tareas y asuntos habituales y olvidan hacer un seguimiento educativo a sus hijos. Idéntica actitud suelen tener algunos profesores. De esa forma los muchachos y muchachas van hundiéndose en su soledad, rebajando su autoestima y deteriorando su persona.

 

A fin que esta situación no degenere en un “fracaso personal”, conviene poner en marcha algunos recursos educativos:

  • Mantener una actitud de comunicación. Padres y educadores deben escuchar al niño o adolescente que ha sacado malas notas. No es el momento de valorar las manifestaciones, sino de leer entre líneas los mensajes que emite y los motivos que subyace bajo los suspensos.
  • Proporcionar técnicas de estudio. Tras algunos fracasos escolares tan sólo se esconde la carencia de destrezas adecuadas para realizar las tareas. Hay que enseñar a estudiar.
  • Dar responsabilidades. Los chicos y chicas acostumbrados a colaborar en casa y en el colegio de forma responsable, tienen más éxito en los estudios que aquellos chicos y chicas que no se implican en nada. Tan importante como llamar la atención por unas malas notas es ofrecer tareas y experiencias extraescolares que les ayuden a responsabilizarse.
  • Ayuda y cercanía personal. Muchos chicos y chicas, al verse fracasados en lo escolar, experimentan sensación de soledad, frustración y buscan sobresalir en otras facetas, frecuentemente negativas. De esta forma, el problema escolar puede convertirse en problema personal.

 

Conclusión

 

Los padres y educadores poseen habitualmente recursos y soluciones para los problemas educativos de cada día. Los factores de riesgo “menores” enumerados en este artículo se incluyen entre esas preocupaciones diarias. Detectados a tiempo no deben ser motivo de alarma. Sin embargo, no conviene dejarlos de lado. La persistencia en el tiempo de algunos de ellos los eleva a categoría de “graves”. Y lo que apareció como algo sin importancia, genera una alteración seria de la conducta.

Para atajar estos “riesgos menores” hay un factor común, escaso en nuestros días, pero esencial en cualquier proceso educativo que se precie de tal: La cercanía personal, el seguimiento sereno de los procesos educativos de niños y adolescentes, el diálogo y el tiempo compartido desde la cordialidad incondicional. Los padres y educadores que dedican tiempo a niños y adolescentes, detectan los problemas antes que éstos se inicien, encuentran soluciones personalizadas… y gozan de esa autoridad moral que no proviene del poder sino del afecto.

 

JOSÉ JOAQUÍN GÓMEZ PALACIOS