FINALIDAD Y CARÁCTER DE LA ACCIÓN PASTORAL EN LAS ESCUELAS CATÓLICAS

Francesc Riu, sdb

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

A finales de los años 70 las escuelas de la Iglesia Católica en España se encontraban en unas circunstancias muy especiales, a causa de la situación vivida en las décadas anteriores. A partir de 1975 se inició un profundo y complejo cambio político y social que dio lugar a una nueva época. Desde entonces las escuelas católicas se han visto obligadas a definirse y renovarse continuamente, dejando atrás un pasado que nunca volverá. (1)

A partir de los 80, circunstancias muy diversas han influido en la oferta educativa de las escuelas católicas: la imparable evolución de la sociedad, con fenómenos de tanta trascendencia como la secularización, el aumento del pluralismo social y la inmigración; la constante renovación de la Iglesia y sus instituciones, sobre todo la de las congregaciones religiosas dedicadas a la educación; la rápida transformación de las comunidades educativas de las mismas escuelas católicas; las diversas reformas y modificaciones del sistema educativo español, etc. (2)

Estas circunstancias, junto a las necesidades propias de la sociedad multicultural y multireligiosa, y las nuevas exigencias de la labor confiada a los centros escolares, así como la urgencia de una nueva evangelización en las sociedades de antigua tradición cristiana, han hecho que nos planteemos algunas cuestiones que requieren respuestas creativas: ¿Qué finalidad y qué carácter debe tener hoy la acción pastoral en las escuelas católicas? ¿Qué recursos tienen a su alcance para garantizar su identidad y la calidad de la educación que ofrecen a las familias? (3)

 

INTRODUCCIÓN

Llama poderosamente la atención lo acaecido en las escuelas católicas de España a partir de la década de los 70. En aspectos relevantes de su acción pastoral, no hay parecido alguno entre las escuelas de 1975 y las del año 2012. Las causas de esta rápida transformación han sido múltiples: algunas han tenido relación con la composición de las comunidades educativas, mientras otras se han debido a la continua evolución del entorno social y cultural. El proceso de cambio que ha tenido lugar en el ámbito de la educación ha puesto en cuestión la finalidad de la misma escuela católica.

Hasta 1975, nadie ponía en duda que las escuelas católicas podían organizarse y diseñar y llevar a la práctica suacción pastoral dando por supuesto que sus comunidades educativas estaban formadas por personas católicas, es decir, niños, jóvenes y adultos que no sólo habían sido bautizados sino que, al menos formalmente, podían ser considerados católicos practicantes, sin precisar el posible alcance de esta expresión.

Hoy las opciones religiosas de las familias que han inscrito a sus hijos en las escuelas católicas son muy diversas, y oscilan entre la ausencia de toda creencia religiosa y la profesión de una religión concreta. El fenómeno de la inmigración ha provocado que haya familias que practican religiones distintas, y muchos alumnos no han recibido ningún tipo de formación religiosa en sus hogares. Por todo ello, en la actualidad los responsables de las escuelas católicas tienen serias dudas respecto a la orientación que deben dar a su acción pastoral, y a menudo se preguntan qué debe pretender y en qué puede consistir. Hoy las escuelas católicas no son, ciertamente, escuelas ‘para católicos’.

En estas circunstancias, es normal que nos planteemos una cuestión de importancia capital: ¿Qué finalidad y qué carácter debe tener la acción pastoral en una escuela católica?

Para responder a esta pregunta nos será útil echar la vista atrás y recordar qué ha sucedido en las escuelas católicas de España a partir del año 1975.

 

  1. Década de los 70: Dudas y propuestas en las escuelas de la Iglesia Católica

 

1.1. 1970: Las escuelas de la Iglesia Católica en nuestro país

Al iniciarse la década de los 70, no era habitual hablar de escuelas católicas. La razón era evidente y de fácil comprensión. En la España católica, todas las escuelas eran, por definición, católicas, aunque no recibieran este nombre.

Aparte las escuelas nacionales creadas por el Estado, la Iglesia tenía sus propias escuelas, muchas de las cuales habían sido creadas por congregaciones religiosas fundadas con esta finalidad. El origen de estas escuelas justificaba que recibieran el nombre genérico de colegios religiosos. En algunas diócesis, los obispos habían fundado colegios diocesanos, y también existían escuelas parroquiales y otras escuelas privadas de inspiración cristiana.

En aquella época, las enseñanzas propias de la religión católica se impartían en todos los cursos y a todos los alumnos, también en las escuelas nacionales. Además, las prácticas religiosas eran frecuentes en todas las escuelas creadas por la Iglesia. La cuestión de la pastoral en la escuela no preocupaba a casi nadie. Al parecer, no constituía ningún problema.

 

1.2. 1976: Una experiencia oportuna en un momento difícil

En Cataluña, las escuelas de la Iglesia vivieron una experiencia interesante que puede ayudar a comprender lo que sucedió años más tarde en el resto de España.

En el año 1975 ya era evidente que la presencia de la Iglesia en el ámbito escolar tendría que cambiar en un futuro inmediato, y que cambiaría con rapidez y profundamente. No era cuestión de esperar con los brazos cruzados. En algunas congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza cundieron dudas respecto a la oportunidad de mantener unas estructuras educativas que, según algunos, ya no respondían adecuadamente al carisma fundacional y a la renovación pedida por el Concilio Vaticano II. En aquellas circunstancias, la adopción de una actitud recelosa y de temor ante los cambios que se avecinaban no conduciría a ninguna parte. Las dudas abundaban más que las certezas. ¿Qué convenía hacer? ¿Qué dirección se debía tomar? ¿Quién tenía la responsabilidad de dar el primer paso?

Un pequeño grupo de religiosos y religiosas de diversas congregaciones se reunieron con los delegados diocesanos de enseñanza con la finalidad de compartir opiniones sobre algunas cuestiones de interés común: ¿Qué futuro van a tener las escuelas de la Iglesia en la España democrática y en el nuevo contexto político y social que ya apuntaba? ¿Quién y qué razones van a determinar este futuro? ¿Qué podemos y qué debemos hacer nosotros? El diálogo dio lugar a la convocatoria de unas Jornadas de reflexión sobre la escuela cristiana que queremos, que se realizarían en julio de 1976. Los obispos de Cataluña habían expresado su conformidad con la iniciativa.[1]

Las Jornadas programadas despertaron mucho interés. Como suele suceder en casos parecidos, la reflexión realizada dio lugar a un documento: La escuela cristiana que queremos. Escrito el documento, pareció oportuno someterlo a la aprobación de los obispos con el ruego de que fueran ellos los que lo presentasen a los responsables de todas las escuelas de inspiración cristiana, y en particular de los colegios religiosos, los colegios diocesanos y las escuelas parroquiales. El documento fue aprobado por unanimidad. En la presentación, firmada por todos los obispos de la Conferencia Episcopal Tarraconense, se decía:

“Al presentar estas páginas, queremos animar a todos los que, de una u otra forma, estáis en la escuela cristiana y a los padres que habéis confiado vuestros hijos a escuelas con un ideario educativo de inspiración cristiana, a trabajar unidos para conseguir que estas instituciones estén, de verdad, al servicio del pueblo y aseguren la presencia evangelizadora de la Iglesia en el campo de la cultura”.[2]

 

Conviene fijar la atención en la última frase: las escuelas cristianas deberían distinguirse porque asegurarían “lapresencia evangelizadora de la Iglesia en el campo de la cultura”.

Por definición, las escuelas cristianas serían escuelas abiertas a todas las familias que deseasen la educación que en ellas se ofreciese, dando por supuesto el respeto a su identidad. “Si por falta de otras escuelas los padres no pueden hacer uso de su libertad a la hora de escoger un centro, sabrán siempre que la escuela cristiana, por el hecho de serlo, respetará el pluralismo, manteniendo a la vez su identidad y siendo fiel a su ideario”.[3]

Se hacía mención expresa del proyecto educativo de las escuelas cristianas, un proyecto que debería comprometer a las familias que confiaran a estas escuelas la educación de sus hijos: “Aunque el ambiente familiar no pida a los hijos una vivencia de la fe, será preciso que los padres respeten el espíritu evangélico que ha de caracterizar a la escuela cristiana”, porque “son criterios evangélicos los que dan sentido a su proyecto educativo, centrado en el crecimiento integral de la persona del alumno, en la que la dimensión religiosa ocupa el lugar que le es propio”.[4]

 

1.3. 1977: La voz autorizada de la Congregación para la Educación Católica

En marzo de 1977 la Congregación para la Educación Católica (CEC)[5] publicó el primer documento que desarrollaba los principios proclamados en la Declaración Gravissimum educationis del Concilio Vaticano II (1965). Su título era La escuela católica.

La publicación de este documento se justificaba así:

“Al contemplar los graves problemas que afectan a la educación cristiana en la sociedad pluralista contemporánea, la Sagrada Congregación para la Educación Católica juzga necesario concentrar la atención, en primer lugar, sobre la naturaleza y las características de una escuela que quiera definirse y presentarse como católica.

Dada la heterogeneidad de situaciones en que se encuentra la escuela católica para realizar su obra en una variedad de países, de tradición cristiana o no cristiana, incluso sometida a legislaciones diversas, los problemas que la afectan deben ser afrontados y resueltos por cada una de las Iglesias locales, en el cuadro de los diferentes contextos socioculturales”.[6]

 

Un detalle importante a tener en cuenta: este documento de la CEC subrayaba el carácter específico de la escuela católica, dando a entender que su finalidad primera era la educación de la fe de los alumnos creyentes: “En el desempeño de su misión específica –que consiste en transmitir de modo sistemático y crítico la cultura a la luz de la fe y de educar el dinamismo de las virtudes cristianas, promoviendo la doble síntesis entre cultura y fe y entre fe y vida– la escuela católica es consciente de la importancia que tiene la enseñanza de la doctrina evangélica tal como es transmitida por la Iglesia Católica”.[7]

 

1.4. Una diferencia en absoluto irrelevante

Conviene subrayar una diferencia muy notable entre los dos documentos citados hasta ahora, el segundo pocos meses después del primero:

  • El documento La escuela cristiana que queremos (Barcelona, octubre de 1976) invitaba a las comunidades educativas de todas las escuelas de inspiración cristiana a prepararse para prestar su servicio en un nuevo contexto político y social que en un futuro inmediato presentaría unas características muy especiales.
  • En cambio, el documento La escuela católica (Roma, marzo de 1977) se proponía dar orientaciones generales a las escuelas católicas de la Iglesia universal, que entonces se encontraban en situaciones y contextos muy diversos.

 

Quizá por esta razón, el primer documento acentuaba el carácter evangelizador de la nueva escuela cristiana, mientras que el segundo subrayaba que lo específico de la escuela católica era la educación de la fe de sus alumnos, que se suponían bautizados y creyentes.

Por otra parte, la Congregación para la Educación Católica también afirmaba: “los problemas que afectan a la escuela católica deben ser afrontados y resueltos por cada una de las Iglesias locales, en el cuadro de los diferentes contextos socioculturales”.[8]

 

1.5. “Del colegio de religiosos a la escuela de la comunidad cristiana”

Después de una seria reflexión sobre las características que deberían tener los colegios religiosos en la nueva etapa democrática iniciada en España, y en el marco de una sociedad marcada por el pluralismo y la incipiente secularización, en el mismo año 1977 la Asamblea General de la Federación Española de Religiosos de la Enseñanza (FERE)[9] aprobó un documento que debería comportar una profunda ruptura respecto al pasado.

El título de este documento era sumamente expresivo: Del colegio de religiosos a la escuela de la comunidad cristiana. Nuevo rostro de la FERE. En él se abogaba por una escuela altamente participativa, plenamente identificada como cristiana y abierta a todas las clases sociales.[10] Era fácil observar notables coincidencias con el contenido del documento que los obispos de las diócesis de Cataluña habían presentado el año anterior, y ambos se proponían impulsar la necesaria transformación de las escuelas de la Iglesia con la finalidad de que pudieran ser reconocidas como una expresión de la comunidad eclesial en fidelidad a la renovación promovida por el Concilio Vaticano II. Para ello, sus proyectos educativosdeberían reunir unas características determinadas.

 

  1. 1980 – 2010: Algunos aspectos de la evolución de las escuelas católicas

Me limitaré a recordar algunas circunstancias que incidieron profundamente en el quehacer de las escuelas católicas y que, por motivos directos o indirectos, afectaron a su acción pastoral. Utilizaré la expresión escuelas católicas para referirme a todos los centros escolares dependientes de instituciones de la Iglesia Católica, sin más distinciones.

2.1. 1980-2000: Problemas con el ideario o carácter propio de las escuelas católicas

La Constitución de 1978 reconoció la libertad de enseñanza[11], y la primera ley que reguló su ejercicio fue la Ley Orgánica 5/1980, de 19 de junio, por la que se regula el Estatuto de Centros Escolares (LOECE). En ella se reconocía el derecho de los titulares de los centros privados a “establecer un ideario educativo propio dentro del respeto a los principios y declaraciones de la Constitución”.[12]

El Grupo Parlamentario Socialista presentó un recurso de inconstitucionalidad contra la LOECE porque, a su juicio, “reconocer el derecho de los propietarios de los centros a establecer un ideario (…) puede invadir y limitar la libertad ideológica y religiosa de los profesores (…); puede invadir y limitar también los derechos de los padres de los alumnos (…) y la libertad ideológica de los alumnos”.[13]

Los titulares de las escuelas católicas entendieron que la presentación de este recurso suponía un ataque directo a la identidad de sus centros y, naturalmente, al mantenimiento y a la eventual actualización de su acción pastoral. El futuro de sus centros era incierto. No obstante, el Tribunal Constitucional les tranquilizó: el reconocimiento del derecho de los centros privados a tener un ideario propio era plenamente constitucional.[14]

La tranquilidad duró poco. Las elecciones generales de 1982 cambiaron profundamente el mapa político. Se avecinaban tiempos difíciles para las escuelas católicas, y urgía prepararse para sortear las dificultades que pudiesen poner en peligro su continuidad.

La aprobación de la Ley Orgánica 5/1985, de 3 de julio, reguladora del Derecho a la Educación (LODE) confirmó los temores de los titulares de las escuelas católicas. La nueva ley ya no hablaba del ideario de los centros privados sino de sucarácter propio, que debería respetar los derechos que la LODE garantizaba a profesores, padres y alumnos; además, debía ser sometido a autorización reglada.[15] El Tribunal Constitucional insistió de nuevo en el reconocimiento del derecho de los centros escolares privados a tener un ‘ideario o carácter propio’, y declaró la nulidad de la obligación de someterlo a autorización reglada.[16]

Sin embargo, las exigencias legales relativas a la organización interna y la financiación de las escuelas católicas que accedieran al régimen de conciertos provocaron que sus equipos directivos se vieran forzados a dedicar buena parte de sus energías a proteger la identidad y a asegurar el normal funcionamiento de los centros respectivos. Debemos reconocerlo: en aquellas circunstancias la defensa del carácter propio de las escuelas católicas no fue acompañada del esfuerzo por adecuar su acción pastoral a los cambios que estaban teniendo lugar en su entorno social y cultural y, también, en el interior de los propios centros educativos.

Por otra parte, si era cierto que el acceso de las escuelas católicas a la financiación pública facilitaba su apertura a todas las clases sociales, también lo era que las condiciones que debían cumplir ponían en riesgo su identidad, porque se comprometían a adoptar los mismos criterios que las escuelas públicas en los procesos de admisión de alumnos.

 

2.2. Progresivo aumento del profesorado seglar en las escuelas católicas

En la década de los 80 otro fenómeno sacudió profundamente a las escuelas católicas, un fenómeno que ya había empezado en la década anterior y que se agudizaría a lo largo de la década de los 90. Durante años las congregaciones religiosas habían tenido recursos humanos suficientes para atender a la práctica totalidad de las necesidades de sus obras educativas. Es más, el gradual aumento de sus miembros les había permitido la ampliación de esas obras al mismo ritmo en que crecía la población en edad escolar. Algo parecido había sucedido en los colegios diocesanos.

De pronto, la dirección del cambio se invirtió: no sólo disminuyó el número de aspirantes a la vida religiosa sino que muchos religiosos y religiosas consideraron oportuno regresar al estado laical. Este fenómeno comportó que el número de maestros y profesores seglares de las escuelas católicas aumentase considerablemente, y que algunos de ellos asumieran responsabilidades que siempre habían sido ejercidas por miembros de las instituciones que ostentaban su titularidad. Además, en la incorporación de educadores laicos[17] a menudo se tuvo más en cuenta su competencia profesional que su vinculación a la Iglesia y su compromiso como personas que creen en Jesucristo y siguen sus enseñanzas, lo cual tuvo una incidencia extraordinaria en el diseño y la oferta de iniciativas de carácter pastoral en las escuelas católicas.

Ante este fenómeno, de tanta trascendencia para la presencia de la Iglesia en el campo de la educación escolar, en 1982 la Congregación para la Educación Católica publicó un segundo documento relativo a la educación cristiana, con este título: El laico católico, testigo de la fe en la escuela. En la Introducción de este documento leemos:

“Los laicos católicos, hombres y mujeres, dedicados a las escuelas de nivel elemental y nivel medio, han ido adquiriendo una importancia cada día más relevante con el paso del tiempo. Importancia merecida, que se extiende tanto a la escuela en general como a la escuela católica en particular. En la actualidad, de los laicos católicos, y de otros laicos, creyentes o no, depende fundamentalmente que la escuela pueda llevar a la práctica la realización de sus propósitos y sus iniciativas. (…) Últimamente este proceso ha coincidido con un considerable descenso del número de sacerdotes y de religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza, a causa de la escasez de vocaciones, la urgencia de atender a otras necesidades apostólicas y, a veces, también por el error de creer que la escuela no era un campo apropiado para la pastoral de la Iglesia”.[18]

 

Este nuevo documento romano, como el de 1977, seguía manifestando que la escuela católica tenía como “aspiración última” la educación de la fe de sus alumnos, y afirmaba que este objetivo sería más fácilmente alcanzable en la medida en que ella representase la riqueza de la comunidad eclesial: “La presencia simultánea de sacerdotes, religiosos o religiosas y laicos constituye para el alumno un reflejo viviente de esta riqueza, y le facilita una mejor comprensión de la realidad de la Iglesia”.[19]

 

2.3. Complejidad creciente de las comunidades educativas de las escuelas católicas

En paralelo con la incorporación del profesorado seglar a las escuelas católicas, la complejidad de estos centros aumentó considerablemente por dos motivos muy distintos:

  • por una parte, el carácter propio de las escuelas católicas exigía su apertura a todas las familias que desearan matricular en ellas a sus hijos, dando por supuesto que conocían y aceptaban su proyecto educativo;
  • por la otra, a menudo las normas que regulaban la admisión de los alumnos en los centros financiados con fondos públicos no respetaban adecuadamente la libertad de las familias para elegir la escuela en la que deseaban educar a sus hijos.

 

Este hecho propició que algunas administraciones educativas abusaran de su autoridad y forzaran a las escuelas católicas a ir más allá de lo que era razonable en su apertura a las familias inmigrantes. En efecto, algunas familias que profesaban otras religiones se vieron obligadas a escolarizar a sus hijos en escuelas católicas, en contra de su voluntad.

En pocos años el proceso migratorio cambió la imagen de barrios enteros de muchas poblaciones en las que las escuelas católicas habían ofrecido una educación en un contexto de cultura cristiana, aunque una parte de los miembros de la comunidad educativa no fueran creyentes y otros hubieran abandonado sus creencias religiosas. En la década de los 80 y siguientes, a la creciente secularización del conjunto de la sociedad se añadió el aumento del número de alumnos y familias que profesaban religiones distintas y que habían acudido a las escuelas católicas por razones ajenas a su proyecto educativo.

Estas circunstancias condicionaron extraordinariamente la acción pastoral de muchas escuelas católicas. Sin mediar el necesario proceso de reflexión, a menudo dejaron de lado algunas expresiones de su carácter propio que tenían razón de ser como ayuda a la educación de la fe de los miembros católicos de la comunidad educativa. Consideraron que, si no todos los alumnos eran católicos, las iniciativas pastorales que daban por supuesta la fe cristiana de los alumnos ya no tenían razón de ser.

Es curioso observar que un tercer documento de la Congregación para la Educación Católica, publicado en el año 1988, ya daba por supuesto que los alumnos de las escuelas católicas no eran necesariamente católicos, distanciándose así del carácter de los dos documentos anteriores. En él se afirma: “Las escuelas católicas también son frecuentadas por alumnos no católicos y no cristianos. En algunos países, estos alumnos constituyen la mayoría. El Concilio era consciente de ello. Por tanto, será preciso respetar la libertad religiosa y de conciencia de los alumnos y de sus familias, libertad firmemente tutelada por la Iglesia”.[20]

Conviene observar que los primeros documentos de la CEC no se distinguieron por su carácter profético, sino que se proponían responder a situaciones ya presentes en el ámbito educativo, con una actitud más bien defensiva. Al parecer, pretendían curar y frenar más que prevenir y proyectar.

 

2.4. Reforma del sistema educativo e incidencia en las escuelas católicas

En la década de los 90 el sistema educativo de nuestro país fue objeto de una profunda reforma que supuso no sólo el cambio de la estructura de sus diversos niveles y etapas sino también el establecimiento de los nuevos currículos escolares. La Ley Orgánica 1/1990, de 3 de octubre, de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE) estableció las finalidades y las características de esta reforma. Su gradual implantación hizo que muchas escuelas católicas se vieran obligadas a ampliar el número de aulas, laboratorios y demás dependencias para poder impartir la etapa de educación secundaria obligatoria, que les permitiría acoger a alumnos hasta la edad de dieciséis años.

Por otra parte, la reciente configuración territorial del Estado complicó el proceso de reforma del conjunto del sistema educativo, ya que el traspaso de competencias educativas a las Comunidades Autónomas comportó el establecimiento de una gran diversidad de currículos escolares y de normas que regulaban la aplicación de la LOGSE en los ámbitos territoriales respectivos.

Estas circunstancias motivaron que el interés de los equipos directivos de todas las escuelas se centrara en la preparación técnica del profesorado, la remodelación de las instalaciones escolares, y, en general, la mejora de la calidad de las enseñanzas impartidas a los alumnos.

En muchas escuelas católicas, esta preocupación dificultó que se prestara atención a la incidencia de su carácter propio en la orientación de las diversas enseñanzas, y en particular a la enseñanza de la religión católica, que hasta entonces había asegurado que todos los alumnos recibieran una cierta formación religiosa. La gran diversidad en el grado de vivencia de la fe cristiana por parte de los alumnos católicos, la presencia de alumnos que profesaban otras religiones, y la increencia del resto, hicieron que en algunos ambientes se pensara que lo más oportuno era ofrecer a todos unas enseñanzas religiosas de carácter aconfesional, para que los alumnos recibieran una mínima ilustración sobre las grandes religiones y su eventual incidencia en una sociedad caracterizada por el pluralismo y la secularización. En la práctica, dejaron de impartirse las enseñanzas propias de la religión católica.

A esta situación se añadía un hecho muy relevante: algunas escuelas católicas no tenían profesores con la preparación pedagógica y la sensibilidad religiosa adecuadas para asegurar que la identidad cristiana definida en su carácter propio repercutiera eficazmente en el conjunto de las enseñanzas que se impartían a los alumnos. A veces, esta deficiencia se procuraba compensar con la programación de iniciativas de carácter pastoral al margen del horario escolar, con ocasión de algunas fiestas o en circunstancias especiales que pudieran justificarlas.

No quisiera dar la impresión de que ésta era la realidad de todas las escuelas católicas en España, pero quiero subrayar un hecho importante: las circunstancias en las que se implantó la reforma del sistema educativo propiciaron que no se prestara la atención debida a la incidencia que el carácter propio de estas escuelas debía tener en la orientación del tipo de educación que el conjunto del profesorado impartía a sus alumnos a través de las enseñanzas curriculares. Estas mismas circunstancias provocaron que no se hiciera una reflexión serena y creativa sobre el cambio que debía darse a las enseñanzas e iniciativas de carácter religioso que, durante años, habían sido la expresión más clara de lo que se había dado en llamar lapastoral de la escuela católica.

Sin embargo, también es cierto que muchas escuelas católicas hicieron un notable esfuerzo por mantener viva su identidad a pesar de las dificultades, con el fin de evidenciar que la educación que ofrecían a sus alumnos se inspiraba en los valores del Evangelio.

 

2.5. 1997: “La escuela católica en los umbrales del tercer milenio”

Al acercarse el cambio de milenio, la Congregación para la Educación Católica volvió a fijar su mirada en las escuelas católicas del llamado mundo occidental. En particular observó con atención la situación en que se encontraban los países de larga y fecunda tradición cristiana, España entre ellos. Fuertemente sacudidos por cambios profundos y rápidos, en pocos años estos países quedaron a la intemperie, sin creencias ni valores que dieran consistencia y solidez a un bienestar logrado gracias a los avances tecnológicos y a una riqueza rápidamente adquirida y no siempre correctamente administrada. ¿Qué futuro esperaba a las escuelas católicas en esos países? ¿Cómo manifestarían su especificidad?

La CEC se propuso responder a estas y otras preguntas semejantes con el documento La escuela católica en los umbrales del tercer milenio. He aquí los primeros párrafos:

“En los umbrales del tercer milenio la educación y la escuela católica se encuentran ante nuevos desafíos lanzados por los contextos socio-cultural y político. Se trata sobre todo de la crisis de valores, una crisis que, en las sociedades ricas y desarrolladas, asume las formas a menudo propaladas por los medios de comunicación: un difuso subjetivismo, el relativismo moral y el nihilismo. El profundo pluralismo que impregna la conciencia social da lugar a diversos comportamientos, en algunos casos tan antitéticos como para minar cualquier identidad comunitaria. Los rápidos cambios estructurales, las profundas innovaciones técnicas y la globalización de la economía repercuten en la vida del hombre de cualquier parte de la tierra. Así, contrariamente a las perspectivas de desarrollo para todos, se asiste a la acentuación de la diferencia entre pueblos ricos y pueblos pobres, y a masivas oleadas migratorias de los países subdesarrollados a los países desarrollados. Los fenómenos de la multiculturalidad, y de una sociedad cada día más multirracial, multiétnica y multirreligiosa, traen consigo enriquecimiento, pero también nuevos problemas. En los países de antigua evangelización,cabe añadir una creciente marginación de la fe cristiana como referencia y luz para la comprensión verdadera y convencida de la existencia.

En el campo específico de la educación, las funciones se han hecho más complejas y especializadas. Las ciencias de la educación, anteriormente centradas en el estudio del niño y en la preparación del maestro, han tenido que abrirse a las diversas etapas de la vida, y a los diferentes ambientes y situaciones más allá de la escuela. Nuevas necesidades han comportado la exigencia de nuevos contenidos, de nuevas competencias y de nuevas figuras educativas, además de las tradicionales. Así, educar resulta especialmente difícil en el contexto actual.

Frente a este panorama, la escuela católica está llamada a una renovación valiente. La herencia valiosa de una experiencia secular manifiesta la propia vitalidad cuando se muestra capaz de adecuarse sabiamente a las nuevas situaciones. Por ello, es necesario que, también hoy, la escuela católica se defina a sí misma de manera eficaz, convincente y actual. No se trata de una simple adaptación, sino de un renovado impulso misionero: es el deber fundamental de la evangelización, de ir allí donde el hombre está para poner a su alcance el don de la salvación”.[21]

 

Conviene observar el cambio de lenguaje respecto a los tres primeros documentos de la misma Congregación romana a los que me he referido en los apartados 1.3, 2.2 y 2.3. En este cuarto documento ya no se supone que la comunidad educativa de la escuela católica esté formada por católicos, ni se afirma que su finalidad primera sea la educación de la fe de los creyentes, sino que se habla de una escuela católica que necesita una profunda conversión y una “renovación valiente”, porque es necesario un “renovado impulso misionero” que se proponga una acción claramente evangelizadora: ir al encuentro de los no creyentes para poner a su alcance el don de la salvación. Veinte años después del primero, este cuarto documento de la CEC ya tiene un marcado carácter autocrítico y profético.

Antes de pasar a la tercera parte de esta reflexión, un último apunte sobre un fenómeno que está teniendo lugar en la actualidad y que está creando una profunda desorientación en muchas escuelas católicas.

 

2.6. 2006: Nuevas reformas, nuevos problemas y nuevas soluciones

En la primera década del siglo XXI el sistema educativo español ha sido objeto de una nueva sacudida, cuyos efectos iremos conociendo a lo largo de los próximos años. La aprobación de la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOE) ha supuesto un cambio importante en el mapa legislativo del ámbito de la educación escolar, ya que tres leyes anteriores han sido derogadas, y la LODE de 1985 ha sido modificada en aspectos importantes.

Observemos esta nueva ley desde el punto de vista de la incidencia que podrá tener en la acción pastoral de las escuelas católicas. Dos novedades reclaman nuestra atención: en primer lugar, la modificación de la concepción del currículo escolar de las enseñanzas obligatorias; en segundo lugar, la consideración del proyecto educativo como una obligación de todas las escuelas. La falta de la adecuada comprensión del alcance de estas dos novedades ha provocado una notable desorientación en todo tipo de escuelas.

En primer lugar, esta desorientación se ha manifestado en la aplicación de la nueva definición de currículo escolar. Me refiero a la incorporación de las competencias básicas a los currículos de las etapas obligatorias. En algunas escuelas católicas, la defectuosa comprensión del origen, la naturaleza y la finalidad de las competencias básicas, definidas por la OCDE y recomendadas por la Unión Europea, ha comportado serias irregularidades en el modo de concebir la educación integral que las escuelas católicas deben ofrecer a sus alumnos y en la forma de expresar su especificidad. A ello ha colaborado un hecho totalmente anómalo: los gobiernos de algunas Comunidades Autónomas no han respetado las normas básicas establecidas, y el gobierno del Estado no ha hecho nada para impedirlo. No hubiera sido problema si todas las Comunidades Autónomas hubiesen definido correctamente las competencias básicas y hubiesen respetado la autonomía pedagógica que corresponde a todos los centros escolares.

Esta misma desorientación ha incidido en el proceso de elaboración de los proyectos educativos. En las escuelas católicas, el proyecto educativo sigue teniendo la finalidad que justificaba su existencia mucho antes de que las leyes orgánicas relativas a la educación se preocuparan de regularlo.[22] Por ello, sus equipos directivos cometerían un grave error si creyeran que el proyecto educativo es, simplemente, una exigencia legal, y por esta razón se limitaran a cumplir formalmente lo que la ley ha establecido al respecto.

No podemos ignorar esta realidad al proponer unas líneas operativas relacionadas con la finalidad y el carácter de la acción pastoral en las escuelas católicas.

 

  1. Año 2012: Finalidad y carácter de la acción pastoral en las escuelas católicas

 

3.1. Las escuelas católicas ante el desafío de la nueva evangelización

Un buen colegio religioso o un buen colegio diocesano de la década de los 70 del siglo pasado no sería hoy una buenaescuela católica si no hubiese pasado por un serio y creativo proceso de actualización constante, gracias al cual hoy se pudiera afirmar que propone a las familias un tipo de educación que responde a sus necesidades reales teniendo en cuenta su diversidad. A lo largo de este serio y creativo proceso de actualización constante, esa escuela católica habría ido transformando profundamente el carácter de las iniciativas que conformaban lo que quizá años atrás había llamado su acción pastoral.

Pues bien, un aspecto en el que hoy debemos fijar la atención al preguntarnos si una escuela católica es fiel a su identidad es la calidad de su acción evangelizadora.

En el año 1988 la Congregación para la Educación Católica ya había dirigido a las escuelas católicas esta advertencia: “La escuela católica es un verdadero lugar de evangelización, de auténtico apostolado y de acción pastoral, no en virtud de actividades complementarias o extraescolares, sino por la naturaleza misma de su misión, directamente dirigida a formar la personalidad cristiana”.[23]

Este mismo documento subrayaba la importancia de la dimensión evangelizadora de la escuela católica, sobre todo cuando no todos los miembros de su comunidad educativa fueran católicos. En algunos casos, afirmaba, ni siquiera se podrá hablar estrictamente de evangelización, sino de pre-evangelización, es decir, “la apertura al sentido religioso de la vida”. Además, sugería unas pistas para el diseño de las líneas de actuación:

“Dada la situación que se ha creado en varias partes del mundo –la escuela católica recibe a un número de alumnos cada vez más numeroso de credos e ideologías diversos– se hace inaplazable la necesidad de aclarar la dialéctica que es preciso establecer entre el aspecto cultural propiamente dicho y el desarrollo de la dimensión religiosa. Esta dimensión religiosa es un aspecto imprescindible y sigue siendo la tarea específica de todos los cristianos que trabajan en las instituciones educativas.

Sin embargo, en tales situaciones no siempre será fácil o posible llevar a cabo el proceso de evangelización. Se deberá, entonces, atender a la pre-evangelización, esto es, a la apertura al sentido religioso de la vida. Esto conlleva la individuación y profundización de elementos positivos sobre el cómo y el qué del proceso formativo específico.

La transmisión de la cultura debe estar atenta, ante todo, a la consecución de los fines propios y a potenciar todas las dimensiones que hacen que el hombre sea verdaderamente humano, en particular la dimensión religiosa y el desarrollo de la exigencia ética.

Teniendo en cuenta la unidad en el pluralismo, es preciso realizar un discernimiento inteligente entre lo que es esencial y lo que es accidental. El punto justo del cómo y del qué permitirá el desarrollo completo del hombre en el proceso educativo, desarrollo que puede ser considerado una verdadera pre-evangelización. Sobre este fundamento, se podráconstruir”.[24]

 

El papa Benedicto XVI ha salido al encuentro de aquellos que han manifestado dudas respecto al papel que corresponde a las escuelas católicas en el ejercicio de la misión evangelizadora de la Iglesia en el mundo de hoy. Son muchos los motivos que exigen que la evangelización y la iniciación a la fe se acompañen de una acción educativa concebida como un servicio a las personas y a la sociedad en general, una acción educativa que debe ser realizada en unas circunstancias y en un contexto cultural que la hacen particularmente difícil. Por ello, el Papa ha hablado de “emergencia educativa”.[25] Se ha expresado en estos términos:

“Algunos cuestionan hoy el compromiso de la Iglesia en la educación, preguntándose si estos recursos no se podrían emplear mejor de otra manera. […] La misión primaria de la Iglesia es evangelizar, y en ella las instituciones educativas juegan un papel crucial, que está en consonancia con la aspiración fundamental de toda nación de construir una sociedad acorde con la dignidad de la persona humana. Sin embargo, a veces de pone en duda el valor de la contribución de la Iglesia al fórum público. Por ello, es importante recordar que la verdad de la fe y la verdad de la razón nunca se contradicen”.[26]

 

El Papa no ha dudado en referirse a la necesidad de una nueva evangelización cuando ha contemplado la realidad de los países de antigua cristiandad que, al parecer, han olvidado sus orígenes y han creído que el progreso y el bienestar les permiten prescindir de Dios. Se trata de una nueva atención de la Iglesia a su misión fundamental, a su identidad y a su razón de ser. Nueva evangelización es sinónimo de misión, y exige la capacidad de volver a empezar, de ir más allá de los límites habituales y ampliar horizontes. Es lo contrario de la autosuficiencia, del repliegue sobre uno mismo y de una concepción de la pastoral según la cual es suficiente continuar haciendo lo que siempre se ha hecho.

No nos sorprende que, en los últimos meses, la invitación a impulsar una nueva evangelización por parte de todas las instituciones eclesiales se haya convertido en una auténtica obsesión para Benedicto XVI. En efecto, aprovecha todas las circunstancias para insistir en su necesidad y su carácter. Lo manifiesta con toda claridad: nada debe distraernos de este compromiso eclesial; nada es más importante ni más urgente. Lo ha manifestado nuevamente al convocar el Año de la fe con el que quiere celebrar el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y el veinte aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. En este caso se ha referido a la nueva evangelización en estos términos:

“«Caritas Christi urget nos» (2Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, Él nos envía por las autopistas del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo momento convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato siempre nuevo. También hoy es necesario un compromiso eclesial más radical en la nueva evangelización, con el fin de redescubrir la alegría de creer y el entusiasmo de comunicar la propia fe. Al redescubrir el amor de Cristo día tras día, se acrecienta y fortalece el compromiso misionero de los creyentes, que nunca debe desaparecer. En efecto, la fe crece cuando es vivida como una experiencia de amor recibido y cuando es comunicada como una experiencia de gracia y de alegría”.[27]

 

Este es el gran desafío de las escuelas católicas hoy en el mundo occidental y de modo particular en España. Por fidelidad a la misión que les ha sido confiada, y para poder responder al reto de la nueva evangelización, todas las instituciones de la Iglesia, y en especial las escuelas católicas, deben proceder a una profunda conversión pastoral de sus estructuras y de sus actividades.[28]

 

3.2. Carácter evangelizador de las escuelas católicas

No hay educación sin una determinada idea de persona, como no hay cultura sin una cierta imagen del mundo y de las relaciones humanas. Los cristianos no seríamos fieles al mensaje evangélico si renunciásemos a proclamar lo que la fe en Jesucristo nos inspira sobre el modo de comprender la persona humana y su destino en el mundo. Por ello, nuestra presencia en el ámbito de la cultura y en el campo de la educación es expresión de nuestra fe en Jesucristo, porque aportamos a la formación de las personas una concepción del ser humano que emana del Evangelio. Ésta es la razón que justifica que las escuelas católicas propongan a las familias una educación fundamentada en una concepción cristiana del hombre, la vida y el mundo y, a la vez, favorezcan el testimonio evangélico de los creyentes de la comunidad educativa.

Y ésta es también la razón por la que toda escuela católica debe ser el resultado del trabajo conjunto de personas que creen en Jesucristo y, por ello,

  • sienten la necesidad de hacer presente el pensamiento cristiano en el seno del pluralismo cultural y religioso que caracteriza a nuestra sociedad;
  • ofrecen a todos los alumnos y alumnas una formación religiosa que les facilite la comprensión y la aceptación del mensaje del Evangelio; y a los que han recibido el don de la fe en Jesucristo, les ayude a vivir y celebrar su fe en comunidad;
  • inspiran su acción en los principios y criterios referentes a la educación que proclama y defiende la Iglesia Católica.

 

Un documento relativamente reciente de la Conferencia Episcopal Española[29] también ha destacado el carácter evangelizador de las escuelas católicas, recordando una vez más que “la escuela católica encuentra su verdadera justificación en la misión misma de la Iglesia, que justifica un proyecto educativo en el que se funden armónicamente fe, cultura y vida. Por medio de la escuela católica la Iglesia evangeliza, educa y colabora en la formación de un ambiente moralmente sano en la sociedad”.[30]

Los obispos españoles lo han manifestado en estos términos:

“La escuela católica posee todos los elementos que le permiten ser reconocida no sólo como medio privilegiado de hacer presente a la Iglesia en la sociedad, sino también como verdadero y particular sujeto eclesial, puesto que «evangelizar no es nunca un acto individual y aislado, sino profundamente eclesial», pues quien evangeliza hace presente a Cristo y a la Iglesia, su cuerpo visible, y «esto supone que lo haga no por una misión que él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre»”.[31]

 

Los cambios que han tenido lugar en nuestra sociedad secular y plural a lo largo de los últimos años suponen un desafío constante para la comunidad eclesial, que debe reorientar aspectos fundamentales de su acción evangelizadora. Por ello, los pontífices Juan Pablo II y Benedicto XVI nos han invitado con insistencia a participar activamente en una nueva evangelización, revisando el lenguaje y el estilo de nuestro testimonio como seguidores de Cristo Jesús, así como la finalidad y la forma de actuar de las instituciones eclesiales.[32] Hoy esta invitación se dirige de manera particular a las escuelas católicas.

El carácter evangelizador de nuestras escuelas católicas deberá manifestarse de formas diversas, que se complementan:

  • revisando hasta qué punto la visión cristiana del mundo y de la vida y los valores del Evangelio influyen en la acción educativa realizada con los alumnos y en las relaciones que tienen lugar en el seno de la comunidad educativa;
  • adoptando una actitud serenamente crítica ante la falta de religiosidad de la sociedad actual, mostrando cómo esta falta de religiosidad incide en los contenidos de enseñanza y en los recursos didácticos utilizados en las aulas;
  • ayudando a los niños, adolescentes y jóvenes a descubrir la riqueza de su interior y a compartir las inquietudes más nobles que preparan a la persona humana para la comprensión y la aceptación del mensaje cristiano;
  • fomentando el conocimiento y la comprensión de la entraña humanista de la fe cristiana, en el respeto a las convicciones religiosas de los alumnos y de sus familias;
  • adoptando criterios de actuación claramente evangelizadores y de fácil comprensión para las personas no creyentes de la comunidad educativa;
  • atribuyendo a la enseñanza de la religión católica la importancia y el carácter que debe tener, asegurando a la vez que esta enseñanza sea impartida por profesores competentes y en las condiciones requeridas.[33]

La secularización y el pluralismo en el entorno de las escuelas católicas nunca podrán impedir ni obstaculizar las manifestaciones del carácter evangelizador de sus ofertas educativas, porque estas ofertas siempre respetarán las convicciones de quienes no comparten la fe en Jesucristo.

Acentuar el carácter evangelizador de la escuela católica no supone ni implica que la educación de la fe de los alumnos y familias que profesan la religión católica deje de ser un objetivo prioritario en su proyecto educativo. Todo lo contrario. La maduración de la fe en Jesucristo y el testimonio de esa misma fe por parte de los católicos de todas las edades que forman parte de la comunidad educativa también constituyen una exigencia del carácter propio de las escuelas católicas, que deben esforzarse por crear “un ambiente en el que educadores, padres y alumnos puedan madurar su fe y encuentren momentos y medios para dar testimonio de ella”.[34]

Además, una escuela católica evangelizadora constituirá un ambiente adecuado para la formación cristiana de los alumnos y de los educadores que han recibido el don de la fe en Cristo Jesús. Sólo así “podrá ser una experiencia verdadera de Iglesia y participará en la acción pastoral orgánica de la comunidad cristiana”.[35]

Fernando Sebastián Aguilar, religioso claretiano, había sido Rector de la Universidad Pontificia de Salamanca en años difíciles; más tarde, ya ordenado obispo, fue elegido Secretario General de la Conferencia Episcopal Española. Recientemente ha publicado un libro sumamente interesante con el propósito de hacer ver la importancia y la urgencia de la nueva evangelización a la que se han referido con insistencia Juan Pablo II y Benedicto XVI. En este libro no podía faltar un apartado sobre las escuelas católicas como agentes de evangelización. Entre otras muchas propuestas de evidente actualidad, nos ofrece la siguiente reflexión:

“Las escuelas católicas tienen que ser a la vez lugares de educación integral y de educación propiamente cristiana, que incluye la evangelización, la inculturación y el necesario aprendizaje para vivir cristianamente en un contexto pluricultural, plurireligioso y con frecuencia agresivo. Han de ser de manera especial lugares de preparación para una vida familiar cristiana que brille con la luz de la bondad de Dios en un mundo corroído por el egoísmo y el descreimiento. Ésta tiene que ser la manifestación de su verdadera eclesialidad. No podemos conformarnos con menos. Los silencios cobardes y las deformaciones escandalosas en estas materias tienen que desaparecer absolutamente. Objetivo indispensable de estos centros tiene que ser la síntesis y la coherencia entre fe cristiana, cultura y vida.

Los centros católicos estarán abiertos a quienes quieran y puedan ingresar en ellos. Pero esta apertura no puede entenderse como una renuncia a nuestra clara identidad. Sino precisamente una consecuencia de ella. Así es como los colegios católicos serán un verdadero servicio para el bien de la Iglesia y de la sociedad. Homologarlos en sus objetivos y métodos con los no católicos sería tanto como suprimir la enseñanza católica, perder la razón de su existencia.

Es lógico que los gobiernos o la sociedad no valoren la identidad católica de nuestros centros, pero nosotros sí tenemos que valorarla y defenderla por encima de todo. Es la justificación de su existencia y el origen profundo de su capacidad educativa. Nuestros gobiernos tienen que avanzar mucho en el reconocimiento de la libertad de enseñanza y de la libertad religiosa, en el reconocimiento efectivo de la verdadera pluralidad espiritual, cultural y religiosa de la sociedad real. Pero mientras tanto nosotros no debemos ceder en lo que es nuestro derecho y nuestra obligación a pesar de las dificultades”.[36]

 

El P. Pascual Chávez Villanueva, Rector Mayor de la Congregación Salesiana y Presidente de la Unión de Superiores Generales (USG), se ha dirigido recientemente a los religiosos de su Congregación y a sus obras apostólicas advirtiéndoles de los retos que deben afrontar en el proceso de diseño y realización del Proyecto Europa, en respuesta a la invitación que el papa Benedicto XVI ha hecho a todas las instituciones eclesiales. Bien podemos entender que sus palabras en torno al carácter de la pastoral juvenil en las obras salesianas son igualmente aplicables a todas las escuelas católicas, puesto que comparten la misma finalidad en el ámbito de la educación.

En relación con el carácter que debe tener la pastoral juvenil, el P. Pascual Chávez ha afirmado lo siguiente:

“La situación actual hace de la nueva evangelización no una opción voluntaria sino una obligación misionera”. (…)

“Seremos agentes eficaces de evangelización si, personal y comunitariamente, somos evangelizados. La misión apostólica es siempre comisión, misión compartida. Evangelizar no sólo no es fruto de una acción individual, al margen o libre del mandato comunitario, sino que nuestra vida en común de apóstoles es ya evangelización en acto, el primer testimonio que debemos a los que evangelizamos; en ella y desde ella podremos ofrecer esa acogida incondicional que expresa el gozo de creer y da lugar a la esperanza.

Animada por una clara finalidad de explícita evangelización, la pastoral juvenil salesiana debe ofrecer itinerarios realistas y probados que lleven a los jóvenes al encuentro personal con Cristo. Frente a la crisis de la socialización religiosa, la pastoral juvenil debe activar los medios y los cauces para la transmisión pedagógica del contenido de la fe según la tradición salesiana, con un esfuerzo catequístico permanente.

Nuestra pastoral juvenil tiene que caracterizarse por la relevancia que alcanza la dimensión educativa, que, atenta y respetuosa de la diversidad religiosa de nuestros jóvenes, no deja de proclamar el Evangelio a cristianos, post-cristianos y no cristianos. Para ser más eficaces, los salesianos deberemos esforzarnos más por implicar a los seglares en el Proyecto Europa y en la revitalización del carisma, especialmente en la visión y la práctica de la misión evangelizadora de la pastoral juvenil”.[37]

 

3.3. Dos recursos que las escuelas católicas tienen a su disposición

Las escuelas católicas tienen a su alcance dos recursos indispensables para asegurar que la acción evangelizadoralogre los objetivos que se esperan de ella: la cualificación del personal del centro y su proyecto educativo. Procuraré justificar esta afirmación.

 

  1. a) La cualificación del personal del centro.

La riqueza de una escuela católica no radica ni en las instalaciones físicas ni en sus recursos didácticos ni en la imagen de sus documentos y de su página web ni en su prestigio social, sino en la cualificación humana, profesional y religiosa de las personas que la dirigen, de las personas que programan, realizan y evalúan la acción educativa, y de las personas que garantizan el normal funcionamiento del centro en todas sus dimensiones. No será posible diseñar y llevar a la práctica una acción educativa que sea verdaderamente evangelizadora si la cualificación humana y profesional requerida en los directivos y los educadores no va acompañada de su vivencia de la fe cristiana y de su compromiso apostólico como miembros activos de la comunidad eclesial.

En la segunda parte de esta reflexión he expuesto cómo las múltiples y absorbentes preocupaciones de las instituciones titulares de las escuelas católicas a lo largo de los últimos años no han facilitado que la continua cualificación cristiana del personal del centro haya sido considerada una opción preferente. Sin embargo, si los miembros del equipo directivo y los maestros y profesores no asumen cordialmente que la identidad de una escuela católica debe expresarse a través de la acción docente, la organización y la gestión del centro, su carácter evangelizador será una entelequia, y su futuro como escuela católica estará en riesgo, aunque desde otras perspectivas pueda ser considerada una buena escuela y sea merecedora del correspondiente prestigio social.

Por ello, la vivencia de la fe cristiana de los candidatos a incorporarse como educadores en una escuela católica deberá ser tomada en consideración cuando ésta tenga que modificar la composición del claustro de profesores. Pero no sólo esto. Esa misma escuela católica también deberá asegurar la formación continua de todo el personal del centro, tanto en la dimensión profesional como en su dimensión religiosa. No hacerlo así equivaldría a renunciar a su propia identidad como escuela católica.

En el contexto de emergencia educativa en el que nos encontramos, es útil recordar lo que afirmó el papa Pablo VI en 1975: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros; y, si escucha a los maestros, es porque son testigos”.[38] Ningún proyecto de nueva evangelización puede prescindir de hombres y mujeres que avalen con la propia conducta lo que anuncian con la palabra. La credibilidad de la propuesta educativa de la escuela católica está anclada en lo que sus educadores son, creen y viven. Por ello, las escuelas católicas necesitan educadores que sepan ser testigos creíbles de aquellas realidades y de aquellos valores sobre los cuales es posible fundar tanto la existencia personal de cada ser humano como los proyectos compartidos de convivencia social.[39]

Por fidelidad a su identidad, toda escuela católica debería proponerse seriamente que el ambiente en el que se realiza la acción docente y las iniciativas formativas puestas al alcance de todos favorecieran que los creyentes de la comunidad educativa llevaran a la práctica el consejo que el papa Benedicto xvi dio a los jóvenes que participaron en la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Madrid el pasado mes de agosto de 2011. Les dijo con mucha claridad que la fe personal no se puede sostener si no se manifiesta de algún modo. Es decir, que los creyentes debemos “comunicar a los demás la alegría de nuestra fe” y “sentirnos discípulos y misioneros de Cristo” en todos los ambientes. He aquí sus palabras:

“De la amistad con Cristo, nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’ (Mc 16, 15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios”.[40]

Los alumnos creyentes se sentirán estimulados a dar testimonio de su fe en Cristo Jesús si se sienten acompañados por sus educadores. Y al revés: la falta de religiosidad de los educadores pondría en peligro la fe de sus alumnos, con lo que la acción evangelizadora de la escuela católica se haría imposible.

 

  1. b) El proyecto educativo de las escuelas católicas

El segundo recurso en manos de los equipos directivos de las escuelas católicas es el proyecto educativo. La legislación vigente no sólo no impide que el carácter propio de la escuela católica dé lugar a proyectos educativos que expresen y garanticen que una de sus opciones preferentes es la acción evangelizadora, sino que lo facilita. Pero desgraciadamente no todos los centros escolares están aprovechando al máximo las posibilidades que ofrece el proyecto educativo. Es tan lamentable como sorprendente que los quipos directivos de muchas escuelas, católicas y no católicas, hayan considerado que la elaboración del proyecto educativo es, simplemente, una exigencia legal. Seamos realistas y coherentes: en todas y en cada una de las escuelas católicas, un buen proyecto educativo es una necesidad ineludible. Siempre ha sido así, pero lo es mucho más en las circunstancias en que nos encontramos.

La mejor acción pastoral que puede programar y llevar a cabo el equipo directivo de una escuela católica es lograr que la dimensión cristiana de la educación esté presente en la adaptación de los currículos a las exigencias de la identidad de la escuela, manifestada sobre todo en el tipo de educación descrito en su carácter propio. Esta adaptación no sólo es posible sino que es absolutamente indispensable. En efecto, la escuela católica debe “hacer que la visión cristiana del mundo y de la vida, de la cultura y de la historia, emerja de las enseñanzas impartidas en el centro”, porque “en el proyecto educativo de la escuela católica no existe separación entre momentos de aprendizaje y momentos de educación, entre la adquisición de conceptos y el crecimiento en sabiduría. Todas y cada una de las áreas y materias escolares presentan no sólo saberes que deben ser aprendidos, sino también valores que han de ser asumidos y verdades que deben ser descubiertas”.[41]

La legislación vigente llama concreción de los currículos al resultado de la operación de adaptar los currículos establecidos al carácter propio de un centro escolar privado, y establece que constituya uno de los componentes esenciales de su proyecto educativo.[42]

En las escuelas católicas, uno de los aspectos del currículo escolar que deberá ser atendido en particular es el relativo a las enseñanzas de carácter religioso, que en todo caso tendrán en cuenta la situación personal de los alumnos, creyentes y no creyentes. La doctrina de la Iglesia es clara a este respecto:

“Aunque la enseñanza de la religión en las escuelas católicas tiene una misión distinta de la que ejerce en otras escuelas, mantiene la finalidad de ayudar a los alumnos a comprender la experiencia histórica del cristianismo y orientarles hacia el conocimiento de Jesucristo y del contenido de su Evangelio. En este sentido, la enseñanza de la religión constituye es una propuesta de carácter cultural que puede ser ofrecida a todos los alumnos, sean las que sean sus opciones personales de fe. En muchos contextos, el cristianismo ya constituye el horizonte espiritual de la cultura de pertenencia.

En la escuela católica la enseñanza de la religión tiene por finalidad ayudar a los alumnos a madurar una actitud personal respecto a las cuestiones religiosas, una actitud coherente y a la vez respetuosa de las opciones personales de los demás, contribuyendo así a su crecimiento y a una más cabal comprensión de la realidad. Es importante que toda la comunidad educativa reconozca el valor y la finalidad de la enseñanza de la religión y ayude a los alumnos a valorarla. El profesor de religión está llamado a estimular a los alumnos al estudio de las grandes cuestiones sobre el sentido de la vida, el significado de la realidad y el compromiso responsable de transformarla de acuerdo con los valores evangélicos, fomentando la confrontación constructiva entre los contenidos y valores de la religión católica y la cultura contemporánea”.[43]

Para lograr que esta acción pastoral sea eficaz, no cabe duda de que los contenidos de las enseñanzas de carácter religioso y los métodos pedagógicos utilizados deben ser objeto de una profunda revisión, y será indispensable que los profesores hayan adquirido la cualificación adecuada, no sólo en el ámbito profesional sino también en su dimensión religiosa. Nadie podrá en duda de que la enseñanza de la religión, así concebida, podrá tener un carácter claramente evangelizador.

Además, nada impide que, en el mismo proyecto educativo, los equipos directivos de las escuelas católicas prevean la programación, la realización y la evaluación de otras iniciativas que tengan por finalidad el primer anuncio del Evangelio a los alumnos y familias no creyentes, y también propuestas de diversos itinerarios de educación de la fe de los católicos, unos itinerarios que igualmente expresarán la identidad del propio centro, siempre en el respeto a las convicciones de todos los miembros de la comunidad educativa. En efecto, debe darse por supuesto que “junto a la enseñanza de la religión, la comunidad educativa de la escuela católica ofrece otras oportunidades, otros momentos y otros caminos que faciliten la síntesis entre fe y cultura, entre fe y vida”.[44]

 

CONCLUSIÓN

El rápido análisis de los cambios que han tenido lugar en el entorno social, cultural y religioso de las escuelas católicas de España y en sus comunidades educativas desde 1970 hasta nuestros días, así como el recuerdo de la evolución del conjunto del sistema educativo y de las orientaciones emanadas de la Congregación para la Educación Católica, nos han ayudado a comprender las dificultades que las escuelas católicas han tenido que superar para poder para diseñar y llevar a la práctica el tipo de educación exigido por su identidad y así dar respuesta a las necesidades de los diversos sectores de las comunidades educativas desde la perspectiva de la acción pastoral.

Este análisis nos ha conducido a una evidencia: en la actualidad, las escuelas católicas deben renovarse con el fin de participar activamente en la nueva evangelización que todas las instituciones eclesiales y todos los seguidores de Jesús debemos llevar a cabo en nuestra sociedad, de acuerdo con la insistente invitación que nos ha hecho el papa Benedicto XVI.Esta acción pastoral será la expresión más clara de la especificidad de las escuelas católicas.

Para ello, estas escuelas deberán aprovechar al máximo las posibilidades que les ofrece la autonomía de que gozan para elaborar y llevar a la práctica un proyecto educativo adaptado a las características propias de cada escuela, teniendo en cuenta la diversidad de situaciones y de opciones religiosas de los alumnos y sus familias.

De todos modos, el proyecto educativo de una escuela católica sólo será eficaz desde el punto de vista pastoral si los equipos de profesores comparten cordialmente que una de sus opciones preferentes deberá ser la realización de una acción evangelizadora adaptada a la situación en que se encuentre la comunidad educativa. Para lograr que esta opción preferente del proyecto educativo sea eficaz, el equipo directivo recordará que la inversión más rentable será la que se haga en el ámbito de la formación del conjunto del personal docente y no docente, una formación que incluirá necesariamente la atención preferente a la dimensión religiosa de la persona y a su vivencia de la fe cristiana.[45]

 

FRANCESC RIU ROVIRA DE VILLAR, SDB

 

[1] En el programa de las Jornadas no se hablaba de colegios religiosos ni de colegios diocesanos ni de escuelas parroquiales ni de escuelas católicas, sino de escuelas cristianas. El motivo era claramente estratégico. Para todos era evidente que en esas Jornadas íbamos a tratar de los centros escolares de la Iglesia Católica, pero el entorno social y político aconsejaba no poner el acento en su catolicidad, que podía tener connotaciones poco oportunas, sino en el espíritu evangélico y cristiano que debería caracterizar a la oferta educativa de las futuras escuelas de la Iglesia, que iban a ser distintas de las que teníamos entonces: todas, sin distinción, serían escuelas cristianas por razón del carácter cristiano de su proyecto educativo. La historia ha demostrado que la estrategia adoptada fue oportuna.

[2] DELEGACIONES DIOCESANAS DE ENSEÑANZA DE CATALUÑA, FERE DE BARCELONA, ESCUELA DE FORMACIÓN DEL PROFESORADO BLANQUERNA, La escuela cristiana que queremos, Barcelona, 1976.

[3] Ibid., 5.2.3 y 5.4.3.

[4] Ibid., 5.4.4 y 6.1.2. Este documento, redactado en 1976, se refiere al proyecto educativo de las escuelas cristianas en varias ocasiones. Las leyes orgánicas que regularon la aplicación del artículo 27 de la Constitución no hicieron alusión al proyecto educativo de los centros escolares hasta el año 1995(Ley Orgánica 9/1995, de 20 de noviembre, de la participación, la evaluación y el gobierno de los centros docentes), veinte años más tarde. No obstante, elproyecto educativo en todo tipo de centros docentes, tanto públicos como privados, no se ha generalizado hasta que la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOE) ha establecido su obligatoriedad para todos los centros docentes, –¡treinta años más tarde!–.

[5] La Congregación para la Educación Católica es el departamento de la Santa Sede responsable de orientar la acción pastoral que se realiza en todas las instituciones de la Iglesia Católica en el ámbito de la educación (universidades católicas y centros superiores de estudios, seminarios, escuelas católicas, etc.). Esta Congregación consta de 31 miembros –Cardenales, Arzobispos y Obispos–, un equipo de 25 expertos y 31 consultores.

[6] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, La escuela católica, Roma, 19 de marzo de 1977, 2.

[7] Cf. Ibid. 33-63.

[8] Ibid., 2.

[9] En aquel momento la FERE representaba únicamente a las escuelas creadas y dirigidas por congregaciones religiosas, es decir, a los llamados colegios religiosos.

[10] Cf. FERE, Del colegio de religiosos a la escuela de la comunidad cristiana. Nuevo rostro de la FERE, Madrid, 1977.

[11] Constitución Española 27.1: “Todos tienen derecho a la educación. Se reconoce la libertad de enseñanza”.

[12] LOECE, 34.1.

[13] Sentencia del Tribunal Constitucional 5/1981, de 13 de febrero, relativa a la LOECE, FJ 5.

[14] Cf. STC 5/1981, FFJJ 5-12.

[15] Cf. LODE, 22.

[16] Cf. Sentencia del Tribunal Constitucional 77/1985, de 27 de junio, relativa a la LODE.

[17] Las expresiones educadores laicos y educadores seglares son utilizadas indistintamente.

[18] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, El laico católico, testigo de la fe en la escuela, Roma, 1982, 1 y 3.

[19] Ibid., 43.

[20] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Dimensión religiosa de la educación en la escuela católica, Roma, 1988, 6.

[21] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, La escuela católica en los umbrales del tercer milenio, Roma, 1997, 1-3. Las expresiones en letra cursiva no figuran de este modo en el texto original.

[22] Ver la nota 4.

[23] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Dimensión religiosa de la educación en la escuela católica, 33.

[24] Ibid., 108.

[25] Cf. BENEDICTO XVI, Discurso en la inauguración de los trabajos de la Asamblea Diocesana de Roma (Roma, 11 de junio de 2007).

[26] BENEDICTO XVI, Discurso en la Universidad Católica de América (Washington, 17 de abril de 2008).

[27] BENEDICTO XVI, Carta Apostólica “Porta Fidei”, Ciudad del Vaticano, 11 de octubre de 2011, número 7.

[28] Cf. La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana –Lineamenta para la XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos–, 10.

[29] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La escuela católica. Oferta de la Iglesia en España para la educación en el siglo XXI, Madrid, 2007, 48

[30] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Dimensión religiosa de la educación en la escuela católica, 34.

[31] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La escuela católica. Oferta de la Iglesia en España para la educación en el siglo XXI, 48. En este apartado cita a PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, Roma, 1975, 60.

[32] Cf. BENEDICTO XVI, Carta Apostólica “Ubicumque et semper”, Castelgandolfo, 21 de septiembre de 2010.

[33] BRUNO FORTE, Arzobispo de Chieti-Vasto: “La misma enseñanza de la religión católica en las escuelas –aunque tenga una finalidad claramente cultural e informativa– puede constituir un valioso instrumento de evangelización si va acompañada por el testimonio elocuente de la vida de los maestros y de su compromiso personal”. En La «nueva evangelización»: un reto y una promesa, reflexiones propuestas el día 14 de junio de 2011 a los sacerdotes de la diócesis en el Santuario de la Virgen de los Milagros, en Casalbordino (Chieti).

[34] DELEGACIONES DIOCESANAS…, La escuela cristiana que queremos, Barcelona, 1976, 6.1.2.

[35] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, La escuela católica en los umbrales del tercer milenio, Roma, 1997, 12.

[36] FERNANDO SEBASTIÁN, Evangelizar, Encuentro, Madrid, 2010, pág. 338-339.

[37] PASCUAL CHÁVEZ VILLANUEVA, Discurso de clausura de la Visita de Conjunto a las Provincias Salesianas de la Región Europa Oeste, 11 de agosto de 2011.

[38] PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 41.

[39] Cf. La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana ‒Lineamenta para la XIII Asamblea General del Sínodo de los Obispos‒, 22.

[40] Homilía en la Eucaristía de clausura de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, Madrid, 21 de agosto de 2011.

[41] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, La escuela católica en los umbrales del tercer milenio, Roma, 1997, 14.

[42] Cf. LOE, 121.1.

[43] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Las personas consagradas y su misión en la escuela. Reflexiones y orientaciones, Roma, 2002, 54.

[44] Ibid., 54.

[45] Cf. CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Dimensión religiosa de la educación en la escuela católica, 97.