Fotografiando hadas

El punto de partida argumental de Fotografiando hadas invita, o bien a la expectación, o bien a la más franca sonrisa: un fotógrafo, atormentado por la trágica muerte de su esposa al día siguiente de su boda, entra paulatinamente en contacto, gracias a su cámara, con un mundo paralelo al suyo, pobla­do, al parecer, por extrañas criaturas de naturaleza indefinible: las hadas… No nos llamemos a engaño; estas hadas no tienen nada que ver con la entraña­ble Campanilla, ni la película se limita a dibujar un amable divertimiento sobre deseos que se cumplen al compás de una varita mágica. Fotografiando ha­das, bajo su superficie de cuento ingenuo, esconde un subyugador discurso cargado de resonancias temáticas (el amor, como sentimiento capaz de trascendentalizar la vida, el milagro del cine y el cine como maquinaria predispuesta a atrapar el milagro, la infranqueabilidad del tiempo, las deli­cadas fronteras entre realidad y deseo), entre las que destaca una lúcida reflexión sobre la muerte.

Tras la pérdida de su mujer, Charles Castle entra en contacto con diferentes testimonios sobre la existencia de un universo mágico desde el más puro escepticismo hasta la constatación gráfica y la consiguiente convicción absoluta en la existencia de esos seres mitológicos (las hadas), el fotógrafo recorre un camino de ascesis que le lleva del mundo material a las fronteras de una realidad esencial. Su itinerario, más que a intereses aventu­reros, responde a un propósito de índole escatoló­gica: acercarse, comprender y, si es posible, encon­trar respuesta al gran misterio de la muerte. En ese sentido, el quimérico mundo de las hadas aparece­rá como materialización de una posible alternativa al absurdo de la aniquilación, como réplica a ese interrogante abisal que se abre ante el fin de la vida: frente a la desaparición absoluta (creencia que abruma al protagonista a raíz de la muerte de su esposa), frente al cielo espiritual de las religio­nes, el mundo de las hadas simboliza una especie de vía intermedia de salvación, una forma de resu­rrección telúrica y paranormal, situada a medio camino entre el suelo y el cielo: este milagroso rin­cón se manifiesta como un edén profano y naturis­ta, un cosmos presente en nuestro propio mundo, a nuestro lado, de una naturaleza física inaprensi­ble para los seres humanos por sus especiales características infrasensoriales. Aparte de esta geo­

grafía de lo invisible, en la película se define tam­bién el sentido de esta nueva realidad: un territorio que permanece en la frontera entre el aquí y el más allá, un aperitivo de cielo «donde se cicatrizan las heridas, donde las personas se completan», donde el ser humano alcanza su realización definitiva.

Resulta llamativo que una obra cinematográfica apueste por abordar un tema tan espinoso como el de la muerte con cierta seriedad, aunque para ello recurra a los moldes genéricos que le proporciona el cine fantástico. Le película de Nick Willing se atreve, sin ningún prejuicio, a postular con sensibi­lidad y firmeza por una teleología de corte new age bastante sugerente. Que su obra pertenezca al terreno de la fantasía no es obstáculo para que sus tesis adquieran relevancia como interesantes refle­jos de toda una corriente del pensamiento contem­poráneo asentada en principios como la necesidad del reencuentro equilibrado entre individuo y orden natural, o la recurrencia a la autorrealización personal y la paz interior como caminos capitales para la felicidad humana. Es en este marco donde debe situarse esta insólita apuesta por una paradó­jica «espiritualidad materialista», opuesta y/o complementaria (no me decanto por ninguno de los adjetivos) a la espiritualidad cristiana. En esta línea, a lo largo de toda la obra su director plantea una curiosa dialéctica entre los símbolos del cris­tianismo y los de este nuevo «idealismo físico»: por ejemplo, para visualizar el reino de las hadas se requiere un trasunto de «eucaristía ecológica» en la que el iniciado ha de comulgar con cierto tipo de flor; el templo para el encuentro con estos ánge­les con cuerpo se halla ubicado en un árbol; serán precisamente los niños quienes actúen como sacer­dotes en estos ritos… Por si fuera poco, el antago­nista del fotógrafo es un pastor protestante que concibe la fe como único baluarte sólido ante la mortalidad. Las señales y maravillas del mundo de las hadas, latentes a nuestro alrededor, entran así en contraposición con el mundo de la religión, apoyado, en el film, en una credulidad ciega y absoluta, ajena a cualquier signo… A modo de con­clusión, podríamos aventurar que Fotografiando hadas nos propone un inhabitual y agradecible ejer­cicio de metafísica cinematográfica.

JESÚS VILLEGAS