¿Hasta cuándo tendré que soportaros?

¿QUÉ NOS PASA? ¿QUÉ SENTIDO TIENE EDUCAR EN LA FE HOY?

 

Más que experiencia, el autor reflexiona sobre una experiencia determinada y dolorosa: la de no pocos educadores que cada día sienten menos apasionamiento por su tarea. Muchos se preguntan hoy qué pasa con las tareas pastorales y, sobre todo, “¿qué sentido tiene mi vida de educador en la fe cuando «lo de la fe» ni lo entienden, ni les interesa, ni les cuestiona?”

 

 

¡Gente sin fe! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? (Mc 9,19).

 

El término pasión tiene varias acepciones: inclinación o preferencia muy vivas de una persona por otra. También pasión es una acción de padecersentir daño, pena, peso que nos viene de otros y lo tenemos que llevar.

Cuando hoy reflexionamos sobre las «pasiones» de los educadores y de los educadores en la fe creo que es oportuno abrir el abanico a las diversas acepciones del término y descubrir que los educadores hoy viven de diversas maneras el término pasión.

 

Me voy a referir, de manera especial a la segunda acepción del término pasión. Una de las «pasiones» de las que más hablan ahora los educadores y los educadores de la fe hoy es la pasión entendida como «padecer, aguantar y estar». Esta pasión no es ajena a la experiencia de Jesús de Nazaret: ¿Hasta cuándo tendré que soportaros?

¿Cómo silenciar o negar la alegría de muchos educadores cuando el calendario acerca las fechas de vacación? ¡Qué bien —dicen— por un tiempo no los tendré que soportar!

 

Aquel por quien vocacionalmente un día y hoy mismo se siente pasión-atracción, llega a ser, al mismo tiempo, pasión-cruz. No es infrecuente el hecho de educadores que viven tan fuertemente el aspecto de pasión-cruz que han llegado o están llegando, a olvidarse de aquello que les puso en marcha hacia los otros, la pasión-atracción-entrega. «¡Es imposible educar! ¡Que la vida les eduque!» es la conclusión a la que han llegado algunos educadores.

 

 

  1. ¿Qué es lo que «pesa» del otro?

 

En el relato de Marcos, Jesús pronuncia la expresión: «¡Hasta cuándo tendré que soportaros!». Se refiere a la «gente» que le sigue. «Uno de entre la gente» le dice que «discuten entre sí» porque los discípulos de Jesús no han podido hacer lo que él hace: echar demonios.

A Jesús le pesa el hecho de que la gente se queda en la superficie. Quieren ver milagros, quieren ver cambios externos más que interrogarse por el cambio interno, por la fuerzapresente entre ellos que hacen posible «las maravillas de Dios». ¡Qué bonitos son los milagros con tal de que los milagros no me planteen preguntas… personales! Esta «superficialidad» con la que la «gente» se posiciona ante el reino de Dios es la que a Jesús le «pesa» y le hace exclamar: ¡Hasta cuando os tengo que soportar!

 

No se trata de una situación exclusiva de la «gente». También entre los más cercanos, los discípulos de Emaús —por ejemplo—, tendrá que decir: «¡Qué torpes y lentos sois para creer!». (Lc 24 25). La constatación de la torpeza para creer es motivo de «pasión». El ritmo lento con el que los destinatarios del anuncio aceptan su novedad hace padecer al evangelizador.

Avanzando en el relato, descubrimos que a los discípulos Jesús les desvela la razón de no haber sido ellos capaces de expulsar al demonio: les faltaba oración.

 

 

  1. Las quejas de los educadores

 

Las quejas o «pasiones que sufren» los educadores, en general, y los educadores en la fe, en particular, se ponen casi siempre en otra parte, en los destinatarios y en la órbita que los destinatarios viven: la familia, los amigos, la sociedad. Es el otro el que «me hace sufrir» con sus actitudes o con su apertura a la propuesta educativa que le ofrezco.

 

Estas quejas están llenas de razón. Son muchos los signos de eclipse cultural de Dios que nos rodean. La forma concreta de «echar las culpas al destinatario» suelen ser: “Vienen mal preparados; no tienen fundamentos sólidos iniciales; no les interesa nada; no se quedan con nada; van sólo a lo fácil; en casa no les enseñan ni ven nada religioso…”.

Una precisión me parece sugerente aquí. No siempre que los destinatarios dicen «Dios no me interesa» están rechazando al Dios verdadero. Hay veces que lo que rechazan es la traducción o actualización de Dios que somos capaces de presentar en nuestras vidas. Desde luego que no se puede negar que no existan personas que se resistan a aceptar a un Dios escándalo, a un Dios crucificado.

 

 

  1. La fuente de la queja que no se ve

 

Siendo una realidad estas quejas —bastante generalizadas—, cuyo valor principal es la constatación de hechos, me parece que detrás hay otra queja más profunda e invisible que es raíz de todo lo que se ve. La formularía como la queja de la «identidad del educador».

El educador, lógicamente, proyecta unos objetivos en su tarea y acción educadora. Desea que la acción produzca unos efectos y sea visible una determinada conducta. El efecto último de su acción es la construcción de una persona. Cuando de la fe se trata, nos topamos ante una dificultad añadida a toda acción educativa. La fe es don. La fe no es la resultante de una suma de acciones, por muy programadas y planificadas que éstas estén.

 

Detrás de las quejas de los educadores de la fe —a ellos me refiero especialmente—, lo que posiblemente haya de fondo es una queja de insatisfacción o de identidad personal. ¿Qué sentido tiene mi vida de educador en la fe cuando «lo de la fe» ni lo entienden, ni les interesa, ni les cuestiona?

Quien sí queda cuestionado y desafiado por esta «indiferencia» es el mismo educador que quizá no vea sentido a su vida.

 

La multiplicación de acciones y el ensayo de métodos no han cambiado muchos las cosas. Los destinatarios siguen poniendo resistencias a la propuesta religiosa. Sienten que no hace falta ser religioso para vivir bien, para ser ciudadano de la sociedad del bienestar. Sienten que no hay mucha diferencia entre el que se llama creyente y el no creyente. Entonces, para vivir lo mismo, ¿qué necesidad tengo de ser creyente? La libertad que el educador ha de conceder al educando le lleva a respetar las decisiones que el otro toma, bien a su pesar. Y de ahí nace una situación de insatisfacción o su cuestionamiento vocacional. ¿Cómo permanecer siendo educadores y educadores de la fe sembrando en el desierto? ¿Qué significa ser educador y creyente?

Una «pasión», un «padecer» del educador radica en este distanciamiento entre el deseo y la realidad.

 

 

  1. La encrucijada

 

Cuando un educador en la fe llega a verbalizar su sufrimiento en el ejercicio de la educación de la fe tiene dos opciones:

 

¡ Padecer y morir en el intento, y descubrir que no hay salida, que no merece la pena gastar la vida en una tarea que lleva a ningún sitio.

¡ Padecer y morir para abrirse a un nuevo horizonte.

 

La primera opción es similar a la de aquellos que ante el discurso que siguió a la multiplicación de los panes, abandonaron la compañía de Jesús diciendo: «Esto es intolerable» (Jn 6,60). No tiene sentido perder la vida para nada.

La segunda opción nos sitúa en otra órbita: la novedad de la educación en la fe no está en formas, sino en la evangelización del evangelizador, en la calidad de vida que lleve el educador en la fe, es decir, en su experiencia de Dios. Si el evangelio predicado merece nuestra vida ¾toda ella y sólo él¾ nuestra predicación será fidedigna. La evangelización nueva necesita nuevos creyentes, hombres y mujeres apasionados por Dios.

 

Es urgente redescubrir que cualquier educación auténtica de la fe viene dada por la propia experiencia de fe, o sea, por el hecho de que la existencia personal está alcanzada por la fe. “Testigos seremos de Dios no por saber hablar de Él, sino por haber hablado con Él: saberse de Dios, no saberes sobre Él, convivencia y no habladurías son lo que esperan de nosotros nuestro pueblo, mejor, el pueblo de Dios. Es Él quien nos necesita como intérpretes del kairós, lectores de la situación histórica desde la perspectiva de Dios. Para no perderse entre tanto rumor, ni perder la esperanza ante la presencia del mal, hay que fijar la mirada en Dios”[1].

Quizá el peligro más grande que amenaza a la Iglesia hoy es la pérdida de credibilidad, es decir, la coherencia entre la palabra pronunciada y la vida vivida. “El peligro para la Iglesia pocas veces vino de las dificultades exteriores o de las persecuciones de sus enemigos, y muchas veces, en cambio, de la degradación interna de su fe dogmática y de su fidelidad moral”[2].

 

Cuando decimos que los destinatarios nos evangelizan estamos afirmando que la acción educativa y evangelizadora no son mecanismos de fabricación en serie, sino una vías de maduración y apertura a Dios en serio. La acción educadora y evangelizadora nos devuelve a nosotros mismos, los educadores, la pregunta por la madurez y la fe antes de planteársela a los destinatarios. La educación y la fe nunca serán reductibles a bonitas teorías, a compendios de saber. La educación y la fe serán siempre una teoría hecha vida, una teoría que posibilite vivir de manera nueva y plenificante, más allá de las cuestiones que nosotros mismos nos planteemos.

 

 

  1. La «pasión» por Dios hace posible las «pasiones» del camino

 

En el relato de Marcos, Jesús termina diciendo a los discípulos que hay «demonios», situaciones concretas difíciles, que sólo tienen solución con la oración, con la intimidad con el Padre.

La «pasión», la preferencia viva por el Padre, es la que hará posible a los educadores de la fe llevar las «pasiones» del camino, los sufrimientos de la evangelización, sin perder el rumbo y sin sentir que se pierde el sentido de la propia existencia.

 

“La nueva situación espiritual de los destinatarios no impone por sí misma una nueva evangelización; que los posibles oyentes del evangelio hayan cambiado, se hayan vuelto más sordos o inmunes, no cambia el mensaje. La evangelización, hoy como ayer, depende de los evangelizadores… Para ser fehacientes evangelistas hoy hay que ser buen creyente; y para convertirse en creyente bueno hay que ejercer de buen orante; no es posible dialogar con un Dios invisible siempre, y hoy menos evidente todavía, si no se vive de la contemplación; la actitud contemplativa es hoy elemento constitutivo de la identidad cristiana”[3].

 

La insistencia que estamos poniendo al afirmar que la educación y evangelización dependen en gran parte de la pasión de los educadores y de los evangelizadores por Dios y por la persona tiene que ser también matizada.

La fe adulta se apoya sólo secundariamente en la ejemplaridad de quienes viven de fe. La vivencia de la fe de un hombre o mujer puede provocar curiosidad, pregunta, deseos de imitar, ganas de recorrer un camino parecido… Pero la fe es personal y se apoya en la aceptación última de Dios. El «creo» y «me fío» no se pronuncian porque otros los han pronunciado, sino porque yo acepto fiarme de Dios en la medida de la entrega que Jesús, el Cristo, nos ha revelado sobre todo en la cruz. Por lo menos este es el horizonte hacia el que todo educador y evangelizador tiene que mirar como un proceso irrenunciable que la persona deberá asumir.

 

Esta misma lógica nos lleva a afirmar que el escándalo nacido de la vida de los evangelizadores o la infidelidad de la Iglesia a su Señor tampoco son razones últimas para eludir una respuesta personal ante la fe. Aquí topamos con un misterio: las mediaciones. Ni la Iglesia puede esperar a ser santa para anunciar el evangelio, ni el evangelizador puede esperar a anunciar a su Señor cuando sea santo. ¿Quién podría decir el momento oportuno, el grado de santidad suficiente para anunciar?

La dinámica de la mediación es que la realización del anuncio impulse a la Iglesia y al evangelizador a una fidelidad siempre renovada y siempre mayor hacia el Señor. El que hace de mediación puede condicionar la relación entre Cristo y el destinatario, pero no impedirla recluyéndose en el silencio bajo excusa de imperfección.

 

La tentación de perder de vista nuestro «sitio» y usurpar lo que es específico de Dios es constate en el educador de la fe. Hay maneras de entender hoy la acción educadora como «empeño por darlo todo y darlo todo hecho». Algunos llevan a sentirse actores y protagonistas de la fe de los otros, les orientan tanto, les dicen tanto qué tienen que hacer y cómo, qué tienen que creer y cómo… que evitan el verdadero encuentro de la persona con Dios. Una de las tareas irrenunciables del creyente es descubrir el querer de Dios sobre la propia vida. El creyente tiene que hacer experiencia de Dios inmerso en la vida. Con esto quedan descalificadas mediaciones que no llevan a la persona a dialogar cara a cara con el Señor Dios. La primera lección que conoce el que es «maestro de la fe» es que sólo hay un maestro, el Señor. El maestro de la fe sabe que las mejores lecciones de fe las imparten no los evangelizadores, sino el Espíritu del Señor. Hay secretos y palabras que Dios quiere comunicar a cada persona que no están escritos en ningún manual. Sólo serán audibles en la medida en que la persona se ponga a la escucha del Señor.

 

Apasionados por Dios nos pondremos a la escucha de Dios. Apasionados por Dios buscaremos su intimidad, el silencio donde Él habla, el silencio donde el creyente se hace obediente.

Apasionados por Dios seremos capaces de conectar con las pasiones de los hombres y mujeres de hoy y sufrir y soportar las «pasiones» que nos causen porque el fondo de la cuestión no es que yo o que tú les convirtamos, sino que yo y tú estemos apasionados por Dios, vivamos a Dios con pasión. n

 

[1] J.J. BARTOLOMÉ,  La contemplación de Dios, tarea apostólica. Motivo, método e itinerario, PPC, Madrid 1999 ,27.

[2] O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL (Dir.),  La Iglesia en España 1950-2000, PPC, Madrid 1999, 373.

[3] J.J. BARTOLOMÉ, o.c., p. 21.