HISTORIAS QUE DAN VIDA

ZAQUEO

Fernando García

Cuando llegaron los romanos a su pueblo, Zaqueo descubrió la oportunidad de su vida. Él era de los pocos del poblado que sabían leer y escribir. Incluso se defendía con el griego y sabía bastante bien que los nuevos invasores necesitarían gente culta para organizar la vida, para recoger los impuestos, e incluso, quién sabe, para gobernar el territorio.

No es que le gustasen los romanos. Él era judío y el hecho de que unos extranjeros venidos de lejos, asumieran por la fuerza el poder, no le resultaba agradable. Pero a Zaqueo le gustaba aún menos el color rojo brillante de la sangre. Rezaba en silencio para que el grupo de fanáticos que intentaban movilizar a la población contra los invasores, no acabase triunfando. ¡Resultaba tan irracional pretender vencer a pedradas al ejército más moderno y sofisticado del mundo! Las cosas estaban como estaban y había que intentar vivir de la mejor forma posible.

Zaqueo sabía bien que los romanos no tenían el más mínimo aprecio por su pueblo. Aún guardaba en la retina la escena de aquella mañana en que un centurión romano salpicó su traje de gala con la sangre de un testarudo aldeano que no quiso apartarse de su camino. Pero a pesar de todo había que vivir. Por eso aquella mañana Zaqueo había acudido a la llamada del gobernador que buscaba judíos dispuestos a trabajar en la recaudación de los impuestos. Desde aquel día Zaqueo se había convertido en un funcionario al servicio de Roma.

Para él la situación era privilegiada. Por un lado en el poblado nadie ponía su puesto en peligro porque no había ninguno que supiera y quisiera hacer lo que él hacía. Por otro, en el campamento romano, se conformaban con que entregase puntualmente las sumas de dinero estipuladas. Si quería cobrar de más o de menos a la gente, era algo que a ellos les traía sin cuidado.

La ambición de Zaqueo había ido creciendo y creciendo sin límites. Nadie sabía cuanto tiempo podía durar la situación actual. Los romanos podían marcharse, cansados de un pueblo que no hacía más que planificar rebeliones… por eso, él estaba decidido a sacar el máximo provecho en el menor tiempo posible. Si los romanos pedían un impuesto de tres monedas por familia, él exigía cinco. Así, su bolsillo crecía y crecía sin parar. En pocos años, Zaqueo vivía en la abundancia en una bonita casa con todas las comodidades que los invasores habían traído de la lejana Roma.

Pero la opción de Zaqueo había tenido sus consecuencias. Los amigos con los que había crecido desde niño, se apartaban de su camino al encontrarlo por la calle. Nadie en el pueblo le saludaba. Nadie le hablaba, nadie le miraba. Para ellos es como si no existiera. Zaqueo había muerto para sus paisanos.

Un día, mientras estaba sentado en el mostrador cobrando los dineros, un niño de unos diez años se le quedó mirando con ojos vidriosos: «Mi mamá dice que eres un traidor y Dios castiga a los traidores…» El niño no pudo seguir su lección de teología, porque la madre se dio prisa para cogerle por el brazo y hacerle desaparecer en medio de la fila que esperaba pacientemente su turno.

Esa noche Zaqueo durmió con dificultad. No era nuevo que le llamasen traidor y no temía demasiado a un posible castigo de Dios, pero esas palabras en boca de un niño, le habían sonado de una forma diferente. Los niños eran distintos, hablaban de otra manera. Había oído hablar de un nuevo profeta galileo que una vez había colocado a un chavalito en medio de una multitud en la que había algunos maestros de la ley y les había dicho: «Si no os volvéis como niños, jamás entenderéis en qué consiste el amor de Dios». A lo mejor aquel hombre tenía razón. Un niño jamás se comportaría como él lo hacía… Tal vez por esto, él se sentía tan lejos del amor de Dios.

Por primera vez en mucho tiempo, Zaqueo pensó que tal vez, se había equivocado aquel día en que aceptó la propuesta del gobernador romano. Había pagado un precio muy alto por su preciosa casa y sus riquezas: la soledad, el desprecio, el rechazo… Zaqueo estaba triste. Por un lado, no quería dejar su nivel de vida, sus riquezas, su amistad provechosa con los invasores. Por otro, vivir de espaldas a su pueblo no era plato de buen gusto.

Una mañana escuchó un rumor entre la gente que hacía fila delante del mostrador. Jesús, el profeta galileo, iba a pasar por el poblado. No era un bulo. Uno de sus discípulos lo había confirmado personalmente. Jesús estaba en un poblado cercano y llegaría al pueblo de Zaqueo después del mediodía.

Una sensación misteriosa nació en el interior de Zaqueo. ¡Quería ver a ese profeta que decía a los sabios que debían ser como niños! Tal vez, tuviera también una palabra para él… ¡Qué estupidez! ¿Qué maestro judío querría hablar con un recaudador de impuestos? De todas formas, quería ver a Jesús, necesitaba ver a Jesús.

Recogió el mostrador y se encaminó apresuradamente hasta su casa. Dejó las cosas más o menos ordenadas y dio un beso a su mujer. –Voy a intentar ver a Jesús. –¿Qué Jesús?, –Ya te contaré… Y Zaqueo salió de su magnífica casa.

La mayor parte del poblado se había congregado junto al camino. Zaqueo se acercó con miedo. No era muy alto y desde aquel puesto no podía ver nada.

– Hombre, esta aquí el amiguito de los romanos, escuchó decir a sus espaldas. Un grupo de unos diez hombres se cerraron en círculo a su alrededor.

– Zaqueo, el traidor, en medio de su pueblo. ¿Qué ha venido a buscar aquí?

– Quiero ver al profeta galileo…

– ¡Pues lárgate y pídeles a tus amigos los romanos que te consigan una audiencia! ¡Ladrón!

Zaqueo sintió un fuerte empujón que le hizo caer sobre sus rodillas. Se levantó con agilidad y entre las risas de aquellos hombres se escabulló a unos metros de distancia de la gente. Allí, sólo, lloró lágrimas de rabia. Con esfuerzo consiguió subirse a un árbol cercano. Unos treinta metros le separaban del bullicio de la gente, pero no estaba dispuesto a moverse de allí. Cualquier exaltado podría tirar la primera piedra contra él.

Desde su atalaya pudo ver la llegada de Jesús. Todos se arremolinaban en torno a él, querían tocarlo. Jesús estaba diciendo algo, pero… ¡maldita sea!, no podía escucharlo.

La multitud iba retrocediendo hacia el árbol en el que él estaba. Habían hecho pasillo a Jesús que entraba con sus discípulos en el poblado.

– Maestro, ¿hay que pagar tributo al César?, preguntó con mala intención un escriba a pocos metros del árbol.

– La pregunta es complicada, respondió Jesús, pero tal vez podamos salir de dudas si me enseñas una moneda.

Todo el mundo esperaba en silencio mientras Jesús daba la vuelta una y otra vez a la moneda que el escriba había puesto entre sus manos.

– ¿De quién es esta imagen y esta inscripción?

– Del César, dijeron varias voces al unísono

– Entonces ya tenemos la respuesta. Dad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios.

El silencio dio paso al murmullo general. Había quienes estaban de acuerdo con la respuesta y quienes no. Jesús, mientras tanto, se había detenido a los pies del árbol donde estaba Zaqueo. Alzó la vista y los ojos de Jesús se encontraron con los suyos. Su mirada reflejaba cariño y comprensión.

– Maestro, sigamos, es el recaudador de impuestos.

– Lo sé, contestó.

– Este además es un ladrón. Nos explota, cobra más de lo que piden los romanos, se aprovecha de la situación y vive a costa nuestra.

– También lo sé, contestó con una sonrisa, pero… tal vez se haya dado cuenta de que las cosas pueden cambiar…

Jesús, continuó parado mirando con cariño a Zaqueo. Por fin, haciendo caso omiso a los consejos de los que le rodeaban, dijo con voz fuerte para que todos pudieran oírle:

– Zaqueo, baja del árbol, me gustaría comer en tu casa.

– ¿Cómo?, ¿El maestro en casa de ese desgraciado? murmuraron los discípulos entre ellos. No sabe lo que dice, si sigue actuando así, pronto no habrá nadie que le escuche.

Jesús hizo como que no los oía y continuó.

– Sí, Zaqueo, por muchas que hayan sido tus malas acciones, nada hace que las cosas no puedan cambiar. ¡Baja del árbol! ¿Supongo que no habrás olvidado los deberes de un buen anfitrión?

Zaqueo no sabía que decir. Tenía los ojos fijos en Jesús. Apartó un poco la mirada y echó un vistazo a su alrededor. Con la voz entrecortada comenzó a hablar:

– Jesús, soy un ladrón. Me he aprovechado de los demás. La casa a la que tú quieres venir la he construido con el dinero injusto que he cobrado a mis paisanos. Hace ya algunos días que algo había empezado a cambiar en mí, pero lo que tú has hecho invitándote a mi casa, no me lo esperaba en absoluto.

Aquí nadie me habla, y no les culpo, tienen buenas razones para ello. Pero tú, Jesús, has creído en mí… ¿Sabéis lo que os digo?, dijo levantando la voz y mirando alrededor, ¡esto se acabo! Me da igual lo que pueda pasarme pero no quiero seguir llevando esta vida ni un minuto más. No soporto cruzarme contigo, Jonás, y verte dar la vuelta para no cruzarte conmigo, cuando nuestras madres nos criaron juntos y hemos jugado con los mismo juguetes desde niños. ¡No hay dinero que compense esto!

Guardo en mi casa todas las listas del dinero recaudado, y me comprometo aquí y ahora, a devolver cinco veces más de todo lo que he cobrado injustamente, aunque tenga que vender mi casa para poder hacerlo… Pero, por favor os pido, dame otra oportunidad…

A este punto, Zaqueo lloraba como un niño. Una lágrima escurridiza resbalaba también por la mejilla de Jesús. La gente callaba estupefacta. Jesús tragó saliva y dijo con voz recia y fuerte:

– ¡Zaqueo, baja, hoy quiero alojarme en tu casa!

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