Huellas del pasado y esperanza del presente

“La Iglesia es, por su esencia, una sociedad desigual, es decir, una sociedad desigual que incluye dos categorías de personas: los pastores y el rebaño, los que ocupan el rango de los diferentes grados de la jerarquía y la multitud de los fieles. Y estas categorías son de tal forma distintas entre sí, que únicamente en el cuerpo pastoral reside el derecho y la autoridad necesarios para promover y dirigir todos los miembros hacia el fin de la sociedad. Por lo que se refiere a la multitud, no tiene otro derecho sino elde dejarse guiar y, como rebaño fiel, seguir a los pastores” (SAN Pío X, Vehementer Nos).

“[Todos] los bautizados son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo…” (Lumen  gentium, 10). “Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción…” (Canon 208). “Sólo dentro de la Iglesia como mis­terio de comunión se revela la «identidad» de los fieles laicos, su original dignidad. Y sólo dentro de esta dignidad se pueden definir su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo”(JUAN PABLO II, Christifideles laici, 8).

El primer texto es del año 1906. Así se marcaba el paso. El concilio Vaticano II, el Código de Derecho Canónico y las palabras del papa actual apuntan otra forma de caminar. Sin embargo, si hiciéramos una encuesta sobre la Iglesia, no sería difícil constatar cómo una gran mayoría coincide en identificarla con los curas, los religio­sos o la jerarquía.

Proyecto y… «huellas. del futuro»

J.A. MARINA en El laberinto sentimental se refiere a las «huellas del futuro» para explicar el significado que el proyecto confía a las cosas. Tras el concilio Vaticano II, el proyecto de una Iglesia como Pueblo de Dios y la correspondiente eclesiología de comunión, que considera a todos los miembros como corresponsables de su misión, ya constituyen sin duda las huellas del futuro, por más que algunos recalci­trantes sigan empeñados en mantener una estructura eclesial vertical, jerárquica y piramidal.

No podernos olvidar que el primer rasgo que- caracteriza la tarea de la Iglesia es, precisamente, el hecho de que ella no existe para si misma, sino que está al servicio del Reino, como plan de liberación y salvación: este Reino de justicia, de paz y de libertad definitivas, esta «utopía del corazón humano» (L. Boff) constituye el anhelo supremo y el punto de refe­rencia de toda actividad en la Iglesia.

¡Paso a los laicos!

La eclesiología de comunión encierra una línea de teología peligrosa” que no es fácil asumir. La misma Lumen gentium, al anteponer el bautismo y la vocación cristiana a todo mi­nisterio o tarea eclesial, dejaba claro el reto: “El criterio matriz y referencial de la eclesiología es el laico. No sólo existe una común dignidad de todos, sino también la prioridad exis­tencial y teologal del laico sobre el ministro y el religioso. La vocación laical es el prototipo y la referencia de toda la vida cristiana” (J.A. Estrada).

El cambio paradigmático de eclesiologías -aquel paso de la «sociedad perfecta y desi­gual» a la «comunión como Pueblo de Dios»- introduce al laicado como criterio matriz y re­ferencial. Por tanto, no es el laico el que se define en función del clérigo, sino viceversa: la vocación laical es el prototipo y la referencia de toda la vida cristiana. Para entendernos más concretamente, por así decir, lo que está claro en principio es la identidad del laico, del bautizado sin más; mientras que será necesario clarificar posteriormente qué aporta de nue­vo el sacramento del orden o la consagración religiosa a la común vocación cristiana. 

«Sacerdocio del discernimiento»

Dar paso a los laicos no es sólo un imperativo teológico y, por supuesto, no debería ser un simple recurso a la suplencia cuando no queda otro remedio. Como los más auténti­cos «sacerdotes en el mundo», los laicos son quienes mejor pueden ejercer ese «sacerdocio de discernimiento» para interpretar los «signos de los tiempos», dada su inmersión y sinto­nía cultural con las realidades familiares, sociales, políticas, etc.

Admitir y promover la «mayoría de edad del laicado» tiene, sin duda, unas inevitables consecuencias eclesiológiras, con repercusiones directas en la vida interna de la Iglesia por las que no siempre estamos dispuestos a pasar. Rahner, poco antes de morir, apuntaba cómo la madurez del laico comportaba una capacidad crítica y reflexiva, respecto de las normas sociales y de la misma enseñanza jerárquica, situada en las antípodas del acostum­brado paternalismo eclesial bajo cuyo amparo los clérigos, religiosos, etc., solicitaban a los laicos la también acostumbrada «colaboración obediente». 

José Luis Moral

 

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