Igualdad y diversidad

Confluencia de culturas

El futuro viene por este camino y, por lo mismo, por él avanzan los retos educa­tivos: ahí está el creciente intercambio y circulación de personas e ideas, inmigra­ción incluida, o la realidad e implicaciones de las nuevas tecnologías de la informa­ción.

Igualdad en la diversidad, justicia frente a la desigualdad y derecho a la diferen­cia constituyen, en teoría, los principios fundamentales con los que la educación ha de recibir ese futuro.

El subrayado de la defensa de la igualdad caracteriza particularmente la alternati­va educativa intercultural; mientras que la perspectiva multicultural prima la salva­guarda de la diversidad.

 

Ciudadanos del mundo, pero no de igual forma

La «aldea global» es un hecho. No obstante y por desgracia, en ella, no todos somos ciudadanos de la misma clase. Cada día se hace más verdad la «sociedad dual», una parte de los hombres vive cada vez mejor a costa de la otra, y siguen pa­tentes racismos de las diversas calañas.

El mundo es de todos, pero no en igual medida. Además, solemos cargarnos de prejuicios xenófobos que nos predisponen negativamente contra no pocos grupos sociales. De este modo, no sólo los pobres y los marginados corren peligro de “vol­verse invisibles”, ante el olvido y ocultamiento propios de nuestra sociedad, sino que, por la propia dinámica de los estereotipos formados con los prejuicios, termi­namos no siendo conscientes de negar el derecho a la diferencia. En el fondo, la di­ferencia nos molesta e inquieta; los hay, incluso, que se sienten agredidos por ella.

Competencia educativa y cultural

La preocupación por la defensa de la igualdad y de la diversidad, la búsqueda de la integración social de todos, no pueden reducirse a simples declaraciones o a la afirmación de grandes principios. Es necesario desarrollar programas que sistemáticamente ayuden a hacer realidad una educación multicultural.

La dialéctica inherente a la integración personal y colectiva de la diversidad cultural e una empresa difícil. Antes de nada, a los educadores y educadoras les exige la específica competencia cultural de desarrollar la capacidad de interpretar las “comunicaciones intencionales” (idioma, signos, gestos), de saber leer los “índices inconscientes” (lenguaje de cuerpo, sentido del tiempo y del espacio) o las costumbres que se dan en ámbitos vitales y estilos diferentes del propio.

El pluralismo cultural está creando situaciones cada vez más complejas de cara a la formación de una personalidad autónoma, responsable y solidaria. Hoy, en concreto, la educación debe introducir en él respeto por la diversidad de formas de vida, sensibilizar para lograr un nivel de tolerancia y justicia capaces de fundar la convivencia y el reconocimiento de la dignidad de todas las personas y culturas.

 

Multiculturalidad y «avenidas del sentido»

 

El “hecho religioso” es un elemento que, al menos, forma parte de todas las culturas, cuando no el que las aglutina y configura. Por otro lado, en la fragmentada y compleja realidad social que nos acompaña, la religión tiene un papel fundamental tanto en la configuración de la identidad personal como en el mantenimiento de espacios por donde circule libremente el sentido.

Si las religiones adquieren una nueva significación en la “ciudad secular”, ahora se encuentran con la obligación de convivir unas junto a otras y en la necesidad de formar directamente para el respeto y la colaboración.

En particular, por cuanto toca a la praxis cristiana con jóvenes, animadores y agentes pastorales han de poseer las convicciones y actitudes positivas que permitan conformar el «hábito de mediar» entre el Evangelio y las culturas.

 

José Luis Moral