Increencia y nuevas creencias

Hoy ni siquiera podemos entender el grito de Nietzsche, “¡Dios ha muerto!”, porque si así fuera, ¿cómo podríamos saberlo? No, el problema ahora consiste en que la palabra “Dios” está muerta (P. M. Van Buren).

 

Vivimos tiempos de increencia.  Nos encontramos en una situación social y cultural verdaderamente inédita. Quizás, por primera vez en la historia, nuestro mundo se está estructurando fuera de toda religión, sin referencia a Dios. Todas las encuestas y estudios sociológicos lo corroboran.

 

Es el dato que arrojan especialmente las encuestas realizadas sobre los jóvenes españoles: la increencia juvenil aumenta de forma progresiva desde las últimas décadas del siglo pasado. Nos encontramos, pues, ante una generación de jóvenes que no ha sido socializada religiosamente, que sufre no sólo una gran ignorancia religiosa, sino que no siente tampoco su necesidad. En realidad, la cuestión religiosa parece como si estuviera desapareciendo del horizonte de su vida. Con hondura y competencia, Antonio Jiménez Ortiz entra en las raíces de este inquietante fenómeno: crisis de socialización religiosa, irrelevancia social de la religión, narcisismo ambiental en la sociedad de la inmediatez y de la diversión, banalidad existencial, ausencia de pasión, representan el caldo de cultivo que modela y estructura la personalidad de las nuevas generaciones, mutilando, negando o velando valores y capacidad de trascendencia.

 

Pero, mientras amplias mayoría de jóvenes en España y en Europa dan la espalda a la religión, proliferan también los buscadores de experiencias de lo sagrado, poniendo de moda el regusto por lo mágico, la recuperación de mitos, los ritos iniciáticos, el neo-budismo o los rituales laicos. Se trata de un conjunto muy difuso de manifestaciones religiosas o pararreligiosas desvinculadas de las iglesias y de las religiones tradicionales que llegan a crear un clima ampliamente presente también en la sociedad actual. Jesús Rojano lo describe con perspicacia y sutileza, haciendo ver cómo, en definitiva, el verdadero problema está en la desecación de los manantiales de sentido a que nos está llevando la vida moderna consumista y funcionalista; y cómo, ante tan compleja situación, asistimos a dos tipos de reacciones muy problemáticas: el fundamentalismo o atrincheramiento cognoscitivo que genera enfrentamiento y conflicto, y la pretensión de rellenar el vacío de Dios “empezando a creer en cualquier cosa”.

 

No resulta en modo alguno fácil situarse lúcidamente en esta situación de crisis y mucho menos lo es el querer responder pastoralmente a los problemas planteados. Juan Martín Velasco presenta algunas claves para intentarlo. Si hay algo que de forma clara pone de manifiesto esta crisis es precisamente que la respuesta a la misma no puede consistir en mantener a toda costa o en pretender recuperar mediaciones culturales, institucionales y doctrinales tan fuertemente sacudidos por la modernidad. No basta tampoco con el esfuerzo generoso por mejorar aspectos envejecidos. Se requiere por parte de la Iglesia un cambio de modelo en la comprensión de la misma y en la realización de su presencia en el mundo, como expresó con clarividencia el Concilio Vaticano II.

 

Pero, pensando en la acción pastoral con jóvenes, especialmente con los alejados y los no creyentes, la actual situación de increencia, agnosticismo e indiferencia religiosa nos urgen a proponer con vigor y audacia la fe. Urge, realmente, un giro en la pastoral que ponga en el centro las acciones orientadas a la recuperación y al ejercicio de la fe por parte de los que nos consideramos cristianos. Creyentes y comunidades cristianas tenemos en esta hora el reto de ser efectivamente creyentes y testigos, de ser sal y luz. Sólo en torno a nuestra propia experiencia de fe podrá articularse coherentemente la acción pastoral. Se trata de recuperar y cuidar una fe cristiana de calidad, que vuelva a ser atractiva a los ojos de tantos jóvenes que, en medio del mar de la increencia y de los piélagos variopintos de las nuevas creencias, navegan entre la perplejidad y la zozobra.

 

EUGENIO ALBURQUERQUE

directormj@misionjoven.org