INTELIGENCIA EMOCIONAL Y PASTORAL

Antonio Ávila Blanco

Profesor del Instituto Superior de Pastoral (Madrid).

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO:

El autor muestra cómo, a lo largo de la historia de la transmisión de la fe cristiana, se ha olvidado demasiado veces que la fe no se dirige solo a la dimensión intelectual del ser humano. Lo emocional, el corazón, los sentimientos, constituyen también una dimensión esencial de la persona, y la pastoral lo ha de tener en cuenta. Después, se nos dan unas pistas para lograr una acción pastoral que tenga en cuenta lo emocional. El autor, al final, nos advierte del peligro de pasar al extremo contrario y de hacer una pastoral que solo se base en lo emocional.

 

  1. Las razones del corazón

Ya afirmaba B. Pascal en sus Pensamientos que “el hombre tiene razones que la razón no puede entender”. Con ello Pascal señalaba, de una parte, que los seres humanos no somos seres unidimensionales, sino que somos una realidad muy compleja, hoy diríamos que no sólo psicológica sino biológicamente complejos; y de otra parte, nos hacía caer en la cuenta que en esa complejidad de nuestro ser seres humanos la afectividad, el corazón, da color a nuestra racionalidad, hasta el punto de llevarnos a otras “lógicas” más allá de la pura racionalidad.

Si la afirmación pascaliana nos hablaba de las razones del corazón, los avances de la neurociencia nos han permitido conocer la complejidad de nuestro sistema nervioso central y fundamentar esa complejidad. Una lectura de la obra de Antonio Damasio[1] nos abre al conocimiento del cerebro. Una realidad fascinante por su complejidad, por su perfección y por su versatilidad; y, en lo que aquí respecta, nos permite adentrarnos en el mundo de las emociones, y del papel que éstas juegan a la hora de situarnos en la realidad e interactuar con ella, y la capacidad que éstas nos dan de poder relacionarnos con los otros y con nosotros mismos de forma adecuada. Este autor nos hace caer en la cuenta de que la pérdida del mundo emocional a causa de determinadas lesiones cerebrales, si bien permiten un “conocimiento” de la realidad, lo hacen de una forma tan neutra y sin coloración emocional, que en el fondo es una experiencia incompleta y parcial que impide una vida mínimamente aceptable.

Otra obra, en este caso menos biológica, aunque tenga un soberbio capítulo dedicado a este tema, es el libro de Goleman La inteligencia emocional[2]. En esta obra, todo un “superventas”, analiza el papel de la inteligencia emocional como una forma intuitiva y global de reconocer e interactuar con la realidad. Este autor presenta dos formas de comprender la realidad, una primera más arcaica, global e intuitiva, debida a la inteligencia emocional, que tiene que ver con nuestra necesidad de dar respuestas inmediatas ante cualquier situación de peligro; y otra más analítica que, si bien trabaja de una forma más lenta al utilizar circuitos neuronales más complejos, nos permite analizar de forma más precisa la realidad y dar respuestas más adecuadas.

Finalmente, la obra del Gardner[3] se orienta hacia el campo de la psicología. En ella, al referirse a la inteligencia como el instrumento del que nos servimos para conocer e interactuar con la realidad que nos rodea y con la realidad que somos, ya no va a hablar de una inteligencia emocional, sino de la existencia de inteligencias múltiples, y abre incluso a la posibilidad de la existencia de una inteligencia espiritual, que nos permite abrirnos a esa dimensión profunda que somos y a esa realidad última que da sentido a nuestra existencia. A lo Totalmente Otro, a lo divino, tenga esta realidad última el nombre que tenga. Este tipo de inteligencia espiritual él no la incluye ni desarrolla en su pensamiento, aunque deja abierta la posibilidad de su existencia, guante que recogerán otros autores posteriormente[4].

En definitiva, y dicho de una forma muy sintética, las aportaciones de las ciencias neurológicas, de la psicología, etc. nos permiten afirmar que la realidad que somos y la realidad que nos rodea ni es simple ni es unidimensional. Cualquier intento de simplificación del ser humano y del mundo en el que se encuentra no puede ser entendido sino como un reduccionismo antropológico o filosófico.Reduccionismo al que, por desgracia, estamos tan acostumbrados. Y esa complejidad de la realidad se manifiesta en nuestra forma de acercarnos a ella, en la complejidad biológica de los órganos de los que nos servimos para comprenderla (nuestros sentidos y nuestro cerebro), y también en la necesidad de crear inteligencias y lenguajes múltiples con el fin de comprenderla y expresarla.

¿Qué relación tiene todo esto con lo religioso y con la tarea pastoral? Esa es la cuestión que ahora deberemos abordar.

 

  1. Remontándonos a las fuentes de la fe

A la hora de abordar el tema de lo que supone asumir la existencia de una inteligencia emocional en nuestro trabajo pastoral me gustaría partir en nuestra reflexión tomando el río de la fe, y por tanto del trabajo pastoral, entendido éste en sentido amplio, más arriba de lo que solemos hacer los que nos dedicamos a esta tarea. Me gustaría, como decían los obispos de la Conferencia Episcopal Canadiense[5], remontar el río hasta sus fuentes, e incluso más arriba, allá donde éstas parecen cegadas.

 

          2.1 Cuando el trabajo pastoral se refiere principalmente a los contenidos de la fe

Es relativamente frecuente tomar como punto de partida del trabajo pastoral la existencia de una comunidad y de unos creyentes que, de una forma o de otra, han accedido a la fe, dando por supuesta una tarea previa, la evangelización. Así entendida, la tarea pastoral es comprendida como el acompañar a la fe de los creyentes y de las comunidades con el fin de formar y cultivar esa fe de tal manera que sea más viva, más ilustrada, que pueda soportar un diálogo con un mundo científico-técnico, que sea formulada con precisión teológica de tal manera que corresponda con la fe de la Iglesia. Nosotros entenderemos el trabajo pastoral en sentido amplio, porque muchas veces subir hasta los orígenes de la fe nos permite ver con más claridad lo que ésta implica. El hecho es, y de ahí la razón de este artículo, que muchas veces el cuidado pastoral, más que propiamente tal, se ha convertido en un cuidado “doctrinal”. ¡Cuánta preocupación por la ortodoxia! ¡Cuánto miedo al error!

Aunque como en toda simplificación corra el riesgo de la caricatura, tengo que confesar mi malestar con muchas de las cosas que hoy denominamos actividades pastorales y solamente son actividades doctrinales. Se apela, en el mejor de los casos, a la necesidad de dar razón de nuestra esperanza, de entrar en diálogo racional con otros órdenes del saber: la ciencia, la filosofía y la cultura; pero en muchos casos esta formación solamente está preocupada por lo doctrinal y no es sino un burdo intento de indoctrinamiento que o bien desemboca en un fundamentalismo más o menos larvado, incapaz de diálogo con la cultura y el pensamiento actual; o bien lleva a un distanciamiento de lo aprendido en el proceso de socialización religiosa, al desengaño o a la mofa. “En el colegio los curas me enseñaban…”, “en las clases de religión me dijeron…”, “en las catequesis de primera comunión intentaron inculcarme…”. Y ahora cada uno de los lectores puede completar a estas frases y añadir las burlas, las ironías, las carcajadas o los desengaños que la acompañan.

Pero basta con subir hacia las fuentes de la fe, e incluso a los previos que la hacen posible, basta con poner rostro a alguna persona indiferente a lo religioso con la que convivamos y a la que intentemos abrir a la experiencia de Dios, para descubrir lo inútil de nuestros intentos de la demostración de Dios, de los argumentos sobre la futilidad de la vida, de lo razonable que es la existencia de Alguien que fundamente todo lo que existe o que oriente nuestras conductas para que sean realmente éticas y acordes con su voluntad.

Basta el intento de argumentar con todo tipo de razones y argumentos a aquellos que perdieron la fe para descubrir que o bien entramos en polémicas estériles, en discusiones bizantinas, o en charlas de café que no llevan a ningún sitio.

Probablemente la mejor forma de comprender lo que digo es mirar la paja en el ojo ajeno. Seguro que alguna vez en tu vida, querido lector, te has sentido acosado por alguna persona que te ha intentado convencer de lo buena que era su religión, su confesión religiosa o su movimiento eclesial. Seguro que te has encontrado con personas que de forma admirable por su constancia y entrega a la captación de adeptos te han abordado en casa, en la calle, en el trabajo… la mayoría de las veces de forma inoportuna, no respetando el descanso, la intimidad… para ofrecerte su doctrina, “la única verdadera”. Seguro que pones nombre y cara a lo que estamos hablando. Seguro que en algún momento te hizo exclamar: ¡Qué pesados! ¡Qué inoportunos! ¡Qué pesadilla! Estaban seguros de su verdad, necesitados de salvarte a toda costa o de tener más adeptos, y te/nos vacunaron contra todo lo que representan. Es fácil reconocer esta paja de la reducción de la fe y del trabajo pastoral a la sola doctrina en el ojo ajeno.

 

          2.2 ¿Hay un solo camino de acceso a Dios?

Para los que hemos hechos el camino de la fe, aunque algunos parecen empeñarse en lo contrario, no existe un único camino de encuentro con Dios. Los caminos de Dios no son nuestros caminos y sus planes no son nuestros planes; pero, desde luego, el camino de la sola razón no parece el más indicado. Parece que el acercamiento de Dios nuestras vidas no se refiere solamente a la razón sino también a la vida emocional y afectiva: “¿No ardía nuestro corazón mientras caminaba con nosotros y nos explicaba las Escrituras?”

Una lectura de El error de Descartes, de Antonio Damasio, nos permite clarificar lo que estoy señalando. En esta obra Damasio parte del caso de un paciente con una lesión cerebral que por sus características es paradigmático en la historia de la neurociencia. Es el caso de un barrenero que, por causa de un accidente de trabajo, se lesiona el área prefrontal en la que residen las emociones. Este paciente no pierde en ningún momento su conciencia. Reconoce perfectamente quién es, quiénes son los que le rodean, su esposa, sus hijos… Se sitúa perfectamente en la realidad y razona de una forma adecuada, pero carece de todo tipo de emociones. Todo lo percibe adecuadamente en lo referido al área cognitiva y al razonamiento, pero todo carece de coloración afectiva. Su vida se convierte en una vida sin coloración. En blanco y negro. El amor a su esposa y a sus hijos desaparece, aunque sabe quiénes son.

Y es que hay veces en que algunos de nuestros planes pastorales se parecen al caso recogido por Damasio. Están perfectamente planificados: objetivos, contenidos, etapas, materiales. Todo para que salga el producto perfecto. Pero no se deja espacio alguno a que Dios nos enamore. No hay espacio para que pueda arder el corazón de ninguno de sus receptores, porque carecen de toda coloración afectiva. Parece que estuvieran hechos en blanco y negro.

Hay obispos, sacerdotes, religiosos/as, agentes de pastoral… que creen que con la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica ya queda resuelto el problema de la indiferencia y de la increencia. Y no hemos dado ni un solo paso en la evangelización. Hay quienes consideran que la publicación del Youcat ya soluciona el problema de la pastoral con jóvenes. Hay teólogos que escriben y escriben libros de teología, muy eruditos y profundos, pero que no mueven ni un solo milímetro hacia Dios…

En definitiva, los caminos que nos llevan hacia Dios son muchos y distintos, probablemente tantos y distintos como personas somos, pero si la fe no consiste únicamente en las verdades que creemos, sino en el fiarnos de un Dios que nos ama, que Él mismo es Amor; si ese fiarnos procede de un sentimiento, la confianza, la amistad con Él…, cualquier proyecto pastoral, cualquier palabra dirigida a Dios o referida a Él, necesariamente tiene que reflejar e incluir la dimensión emocional y afectiva con la que acogemos al otro y le expresamos lo que sentimos. “Todo el que ama ha conocido a Dios, porque Dios es Amor”, dirá con toda verdad Juan.

 

  1. Los caminos clásicos de acceso a Dios

Continuemos nuestra reflexión con algo que habíamos iniciado más arriba: Las fuentes que posibilitan el acceso a la experiencia de Dios y por tanto a la fe.

Si, como hoy parece evidente, el hilo de la trasmisión de la fe en nuestro contexto cultural se ha roto, y si los cauces en los que muchas veces por ósmosis, por imitación o por simpe “contagio”, se realizaba esta trasmisión (la familia, la escuela, la iglesia, o el contexto cultural) se manifiestan como impotentes, si no contrarios a esta trasmisión, parece evidente que una tarea prioritaria de la acción pastoral en sentido amplio sea la de la evangelización. El anuncio del Evangelio y el engendramiento de nuevos creyentes. Parece, por tanto, que una reflexión sobre lo que hace posible la acogida de ese Evangelio vivido y proclamado, y su relación con la inteligencia emocional, no es una digresión sino una entrada en un tema nuclear.

Los que reflexionaron sobre esto propusieron un triple camino para el encuentro con Dios: la belleza, la verdad y la bondad. Un triple camino que RudolfOtto, en su libro Lo santo[6], lo fundamenta en la capacidad de asombro. Necesitamos ojos no sólo capaces de ver, sino capaces de asombrarse con lo que es inusual, pero también capaces de asombrarse ante lo cotidiano, porque sean capaces de ver no sólo lo que emerge a la superficie, sino la hondura de la realidad. Necesitamos una mirada no simplemente analítica de lo que nos rodea, capaz de entender la realidad para transformarla, sino una mirada capaz de asombrarse de lo que esa realidad nos comunica, de lo que ella misma es y está llamada a ser, y de lo que nosotros realmente somos en toda nuestra profundidad.

Y para que esta capacidad de asombro pueda darse, sobre todo para los que estamos contaminados de una mirada excesivamente analítica, científico-técnica, y de una mirada excesivamente pragmática y utilitarista, necesitamos recuperar y educar a las nuevas generaciones en una hondura existencial que permita una mirada más gratuita y contemplativa.

No es casual que nuestras librerías se llenen de libros que hacen referencia a este tipo de mirada y de crecimiento en lo espiritual; que se busquen momentos de huida hacia la naturaleza, que surjan sustitutivos de evasión…

El acceso a la fuente va más allá de un ir a los caminos clásicos de acceso a Dios, para dar un paso más y caminar hacia los presupuestos que hacen posible ese acceso. La recuperación de una humanidad no unidimensional, alienada en su mismo ser como persona, para recuperar una humanidad más rica, compleja y multicolor, capaz de asombro, de enamoramiento, de pasión, de amor en plenitud.

¿Significa esto que tenemos que centrarnos únicamente en los presupuestos, y que hasta que estos no se den plenamente, hasta que no tengamos un hombre/una mujer plena y total, no podamos avanzar y hacer una propuesta del Evangelio, sea ésta en la forma que sea? Nada más lejos mi intención. Creo que la vida y su camino son mucho menos rectos y programados. La vida de los seres humanos está llena de vericuetos y de sorpresas, y cada una de sus circunstancias es un momento privilegiado y único cuando es vivido en plenitud. Lo que quiero aquí sostener es que si construimos edificios sin cimentarlos adecuadamente, bajando a ese terreno firme de la profundidad personal que nos permite compararla con la firmeza de la roca del Evangelio, aunque sea un fundamento de sensibilidad y de ternura propia de nuestra naturaleza humana, correremos el riesgo de que el primer viento o avatar de la vida derribe todo lo construido, por muy sólido que pueda parecernos. Considero que todo lo que sea razón y razonabilidad de la fe, si no tiene el sustento de lo humano, con todas sus dimensiones, si no da razón de lo que amamos, vivimos y esperamos, corre el riesgo de no llegar a ningún sitio, de secarse por falta de raíz, como la semilla de la parábola. Cada momento y cada circunstancia son una ocasión en la que toda nuestra acción pastoral debe estar dirigida a todas y cada una de las dimensiones de nuestra persona, pero especialmente a la dimensión afectiva, aunque, como más tarde señalaré, no de forma exclusiva ni excluyente.

 

  1. Los lenguajes sobre Dios

Esto nos abre a otro tema en el que me gustaría detenerme brevemente. Es el de los lenguajes de la fe. Esos lenguajes que nos permiten acercarnos, con temor y temblor, a esa realidad última que es Dios. Que nos permiten decirlo y comprenderlo, y que nos permiten decirle con sencillez lo que sentimos y esperamos de Él.

En el fondo último, la fe es una relación de amor con Él y no un simple conocimiento aséptico sobre Él. Esto significa que los lenguajes de la fe no se pueden reducir a uno, el lenguaje del razonamiento filosófico-teológico, o de las preguntas-respuestas de los catecismos de otros tiempos. El lenguaje de la relación interpersonal, de la amistad, del amor… está formado por lenguajes múltiples llenos de imprecisiones en su formulación, pero de profundidad en sus expresiones. Es un lenguaje que, al proceder de experiencias personales profundas, se manifiesta por medio de imágenes, símbolos, gestos, comparaciones, narraciones, recuerdos, deseos… Es el lenguaje de la oración, entendida ésta como un diálogo de amistad y no como un recitado mecánico de formulas aprendidas. Es el lenguaje de la liturgia, entendida como la celebración, la memoria y la expresión de una comunidad, en comunión con el resto de la Gran Iglesia, que vive lo que celebra, y no como un cumplimiento preciso de formulas rituales, una multiplicación casi mágica de gestos incomprensibles y ajenos para la comunidad que celebra. Es el lenguaje profético de los gestos y de las palabras que denuncian lo que es injusto y violento, y que no solamente anuncian sino que acercan en tanto que les es posible la justicia y la paz ansiada. Es el lenguaje de la fraternidad, de la amistad compartida, que casi sin palabras, porque tiene mucho más de clima (palabra harto difícil de explicar en dinámica de grupos, pero tan fácil de percibir cuando existe realmente en un grupo). Un clima de fraternidad que permite que los ajenos reconozcan: “mirad cómo se aman”. El lenguaje de los gestos de solidaridad, de cuidado del otro, que expresan no solamente un sentimiento de humanidad, sino una actitud que últimamente hemos venido a denominar “samaritana” porque probablemente no tenemos palabras para expresarla. El lenguaje de la tolerancia, del perdón, de ponernos en lugar del otro y comprender sus debilidades o sus diferencias porque nosotros reconocemos también las nuestras y nos alegramos de la pluralidad, de las diferencias, y de la libertad que somos, libertad que a veces nos permite cometer errores y reconociéndolos poder cambiar. El lenguaje de la narración de nuestra propia historia que nos lleva a dar gracias por todo lo vivido, porque reconocemos que junto a nosotros caminaba Él, y el lenguaje de la memoria histórica de lo que Dios ha hecho y hace con su pueblo al convertir nuestra historia en Historia de Salvación. El lenguaje del lamento por el dolor vivido tantas veces expresado en los Salmos; de la queja convertida en interpelación y petición de cuentas a un Dios al que no se entiende en la desesperación tan maravillosamente expresada en el libro de Job, una imprecación a Dios que raya la blasfemia, porque la confianza con los auténticos amigos nos permite discrepar de ellos, incluso aunque ese amigo sea Dios.

Los lenguajes de la fe, de la relación con Dios, son múltiples, como lo son los de cualquier relación humana, pero todos ellos están llenos de emoción, y tienen un mismo objetivo: ser cauce de expresión de esa relación, mantenerla viva, y darnos razones a nosotros mismos, seres racionales, de la razonabilidad de lo que vivimos.

 

  1. Una pastoral que tenga en cuenta la inteligencia emocional

Todo esto se vive y se cuida en una autentica tarea pastoral en la que debe darse espacio a estos y a otros muchos lenguajes, primando los fundamentales y necesarios en cada momento, pero sin excluir ninguno para que pueda darse un desarrollo armónico en la vida de cada uno de los creyentes y en la comunidad cristiana puesta a nuestro cargo.

Es necesario que en cada momento se dé un equilibrio entre el silencio, que es una forma de lenguaje, y la palabra; entre la escucha y la expresión; entre la reflexión y la acción; entre la espera confiada y el compromiso transformador; entre la expresión simbólica y litúrgica, y las razones que justifican y mantienen nuestro creer; entre el hacer memoria, y el soñar y realizar caminos nuevos… En el fondo el buen pastor, el buen agente de pastoral, sabe sacar cosas nuevas y cosas viejas del arcón de la propia experiencia, sabe llevar a buenos pastos y acompañar momentos de oscuridad.

Si esto es necesario en todos los momentos, lo es desde luego con mayor razón en la etapa de la juventud. La pastoral con jóvenes no puede reducirse a una pastoral sacramental, entendida ésta como la preparación para la recepción del sacramento de la confirmación, que no implica en la práctica nada en la vida del joven sino un mero rito, muchas veces de despedida, o un puro acto social. Tampoco puede ser concebida ésta como una serie de actividades de diversión, deportivas, dinámicas de comunicación, actividades culturales o recreativas con el fin último de tener a nuestros jóvenes en espacios protegidos y controlados por los adultos para que no corran riesgos indebidos. Puede que en algunos casos esto pueda ser considerado como algo necesario, pero la pastoral con jóvenes no puede reducirse a esto.

Necesitamos articular una pastoral con jóvenes en la que éstos se sientan sujetos activos y no simples receptores. En la que puedan hacerse conscientes del momento que viven y se apasionen por su propio futuro. En la que esta toma de conciencia de sí mismos no sea el resultado de un análisis exclusivamente racional (lo que no ocurre nunca en la práctica), ni que aboque a un puro voluntarismo, sino que suponga un proceso de autoestima personal, de integración de la totalidad de su personalidad en la que siempre, pero especialmente en estas edades, juega un papel tan importante la dimensión emocional, afectiva y sexual. Es el tiempo de enseñorearse de las propias pulsiones, de articular una identidad sexual, de la amistad y la camaradería íntima, de los primeros flirteos, del enamoramiento, de los ideales… Es un tiempo en el que la inteligencia emocional nos ha jugado a todos muy buenas y muy malas pasadas.

Y necesitamos articular una pastoral con jóvenes en el que Dios no sea un ausente, o un extraño. En el que no se convierta en un concepto a descartar por caduco o infantil, o un fantasma al que no merezca la pena buscar porque hasta ahora haya sido un absoluto desaparecido. Es necesaria una pastoral con jóvenes en la que se pueda sentir su presencia; en la que pueda mantenerse con Él, porque se le conoce, una relación de amistad; en la que pueda sentirse su llamada como una llamada a ser, sacando y poniendo en juego todas nuestras potencialidades.

– Es un tiempo en el que la búsqueda interior (pensemos en el éxito de algunos lugares como Taizé, o de algunas experiencias iniciáticas como el Camino de Santiago) responde a una necesidad experimentada por muchos de nuestros jóvenes, que necesitan evadirse de la realidad para encontrarse con ellos mismos.

– Es el tiempo de los grandes ideales y de los modelos de referencia, que nos hacen caer en la cuenta de que no todos los sueños son quimeras.

– Es el tiempo de la pedagogía del héroe y de los modelos de referencia. Es el tiempo de los primeros compromisos, de las primeras responsabilidades…

– Es el tiempo de los primeros voluntariados, del encuentro con otras realidades que están más allá de los espacios protegidos de sus familias y de su entorno.

– Es el tiempo de descubrir y de palpar las llagas de la pobreza y la exclusión.

– Es el tiempo de la cuadrilla, de la panda de amigos, de la conversación íntima, y, por tanto, es el tiempo del grupo, de la iniciación a la comunidad juvenil, de los primeros acercamientos a la comunidad adulta, como alguien que tiene algo que decir y que por lo tanto puede y debe ser escuchado.

– Es el tiempo del primer proyecto personal, de las primeras elecciones, de las primeras decisiones.

Es, en definitiva, un tiempo de vivir. ¿Quién puede poner en duda que en todo ello la inteligencia emocional juega un papel importante?

 

  1. Cuando todo se reduce a lo emocional

Pero si es verdad que hasta ahora he defendido la necesidad de tener en cuenta la inteligencia emocional y he hecho una crítica tanto implícita como explícita a la reducción de la tarea pastoral a una trasmisión de verdades y conocimientos sobre Dios y a una adhesión a esas verdades, por el peligro de convertir la fe en una ideología o en una simple ética; y si es verdad que también he criticado los voluntarismos que tanto han gustado y gustan a determinados sectores de nuestra Iglesia, defendiendo la necesidad de una acción pastoral que integre todas las dimensiones de la persona humana, y muy especialmente la inteligencia emocional en todos sus aspectos, creo que ha llegado el momento de reflexionar sobre las consecuencias, a mi modo de ver perversas, que tiene una acción pastoral cuando subraya de tal modo lo emocional que prácticamente ignora las otras dimensiones de la persona.

Una vez más, no hablo de una hipótesis posible, sino de una realidad que se ha dado desde siempre en la historia de las religiones y en el cristianismo de todas las épocas, pero que hoy se hace presente de una forma arrolladora en algunos países y en algunas de nuestras iglesias.

Volvamos la mirada hacia atrás. Ya en los orígenes de la comunidad naciente los discípulos son acusados de estar “llenos de mosto”, pero el Espíritu que se ha derramado sobre ellos no les invita solamente a las emociones desbordantes y desbordadas. Comienza una etapa de anuncio del Resucitado, de discusiones con los maestros de la ley, de organización de la comunidad, de atención a los necesitados, de coherencia en el estilo de vida, e incluso de entrega de ésta.

Es verdad que los primeros momentos, tal como nos los trasmite Lucas, parecen de una exaltación emocional fuerte, pero una lectura continuada nos permite descubrir cómo las cosas progresivamente se serenan y lo emocional ocupa su lugar, pero no se reduce la experiencia de la fe a sola emocionalidad.

Posteriormente, a lo largo de los siglos, han aparecido grupos y movimientos dentro de la Iglesia que, de una forma o de otra, en muchos de los casos apelando a la experiencia de Pentecostés, consideran que el núcleo de la fe es fundamental y casi exclusivamente emocional. Han sido los iluminados, los revivalistas, los pietistas… Algunas veces una Iglesia muy centrada en lo doctrinal ha sospechado de todo lo que se movía, pero otras, no pocas, no le faltaba razón a la hora de sospechar que había exageraciones y más que exageraciones.

Hoy, entre nosotros, vuelven a florecer estos fenómenos de una forma desaforada. Movimientos carismáticos, ritos de sanación, exorcismos, asambleas y cultos de alabanza, glosolalias,…  En sus encuentros y celebraciones se entretejen los cantos rítmicos, las palmas, las danzas, los gritos ¡aleluya! ¡hosanna!… que crean un clima emocional desbordante y contagioso hasta llegar al paroxismo. Sus miembros consideran que ésta es la prueba de la presencia del Espíritu, mientras que los que los intentamos observar con una cierta distancia crítica nos preguntamos si hay algo más que contagio emocional.

La pregunta que cabe hacernos es: ¿Por qué estos fenómenos hoy tienen tanta presencia en algunos sectores de la población? ¿Por qué en un mundo aparentemente tan positivista como el actual estos grupos crecen y se multiplican? ¿Por qué en algunos países europeos de tradición católica, muy tocados por la increencia, estos grupos tienen una presencia significativa? La respuesta a esta cuestión es compleja y desborda este artículo, pero si bien no hay que descartar intereses ajenos a la fe (políticos, económicos, personalidades carismáticas como algunos telepredicadores, etc.), no hay que descartar una que nos debería hacer reflexionar, que una vez más se esté dando una reacción pendular que denuncia los dos extremos del péndulo como formas insuficientes de vida cristiana.

Pero, más allá de las causas que lo originan, la pregunta más importante que dejo abierta para que cada uno nos podamos contestar es: ¿A dónde lleva un tipo de pastoral en la que, por las causas que sean, solamente exista emocionalidad y nada más que emocionalidad?

 

ANTONIO ÁVILA BLANCO

 

[1] Especialmente sus obras: El error de Descartes, Crítica, Barcelona 2006; Y el cerebro creó al hombre. ¿Cómo pudo el cerebro generar emociones, sentimientos, ideas y el yo?, Destino, Barcelona 2010; En busca de Spinoza, Destino 2013.

[2] D. Goleman, La inteligencia emocional, Kairós, Barcelona 1997.

[3] H. Gardner, Inteligencias múltiples, Paidós, Barcelona 1998; La nueva ciencia de la mente, Paidós, Barcelona 2000.

[4] Por ejemplo F. Torralba, Inteligencia emocional, Plataforma editorial, Barcelona 2010.

[5] Editado en: D. Martínez, P. González, J.L. Saborido, Proponer la fe hoy. De lo heredado a lo propuesto, Sal Terrae, Santander 2006.

[6] R. Otto, Lo Santo: Lo racional y lo irracional en la idea de Dios, Alanza Editorial, Madrid 2005.

Misión Joven. Número 442. Noviembre 2013

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