INTERROGANTES DESDE LA PRAXIS PASTORAL.

PERSPECTIVAS PARA PENSAR Y ACTUAR

 

Álvaro GINEL es salesiano, doctor en Catequética y Director de la revista CATEQUISTAS.

 

Resumen del artículo:

El autor reelabora una charla-coloquio ofrecida a los Párrocos y Vicarios de la ciudad de Toledo en marzo de 2002, en que presenta las perplejidades actuales de los agenres de pastoral y las pistas de futuro de una necesaria pastoral misionera.


  1. LA PASTORAL FUENTE DE CANSANCIO Y DE INTERROGACIÓN

  • 1 Preocupación de fondo compartida

“Hay cansancio. No sabemos dónde apoyarnos. Es un momento de cierto desconcierto y esto crea una especie de malestar”. La acción pastoral hoy es lugar donde se denota cansancio[1] en muchos. Palpamos que hay algo que no funciona como nosotros desearíamos… Queremos que nuestra acción tenga resultados…, y muy frecuentemente no los vemos, y se repite la escena de Emaús: “¡Y nosotros que esperábamos que iba a ser él el liberador de Israel!” (Lc 24,21). La decepción puede provocar “vuelta a casa” o “postura de brazos cruzados, paralización por no saber qué y cómo hacer”. Esta constatación a unos les quema. A otros los intranquiliza y los moviliza para buscar siempre “otras cosas” sin saber bien qué. Éstos se ven sometidos a vivir una constante situación de “ensayo”, de imaginación, de provisionalidad.

 

No estamos hoy en pastoral como quien sabe bien cómo hacer, aunque se sepa muy bien qué hacer: anunciar. El problema nace, a mi juicio, no de una pérdida de saber qué tengo que anunciar sino de saber cómo lo tengo que hacer. Podemos encontrar una explicación a esta situación: Nos faltan referencias personales vividas de una praxis pastoral que no sea lo que hemos visto hacer y sabemos hacer por tradición. Nos hemos educado en la infancia y hemos recibido una formación para una pastoral que hoy detectamos que no es satisfactoria. Quizás ni el ambiente cultural y religioso en el que nos formamos ni las preguntas iniciales del hombre de ayer coinciden con las de las personas concretas que tratamos hoy. Es como un tiempo de desierto.

 

Afecta este tiempo a la persona al menos en dos dimensiones: como persona humana que necesita ver que es útil, eficaz, que su trabajo produce unos frutos; y afecta como creyentes, que tienen que reconocer que la misión para la que hemos sido llamados no es sólo obra de nuestras manos. El Espíritu no es manejable.

 

Este contexto y panorama, si no es uniforme[2], está muy generalizado. De todas formas, tenemos que reconocer que no todos viven la misma realidad de la misma manera ni como personas ni como creyentes. Aquí no se juzga ni se pretende decir qué es lo que está bien y qué es lo que está mal. El problema no es un juicio sobre los haceres (buenos o malos) de los pastores, sino que el hacer pastoral (sea bueno o malo), no parece interesante o importa muy poco a los destinatarios. Y en esa situación, ¿qué hacer?

 

Al mismo tiempo conviene subrayar que en esta situación Dios ni nos ha abandonado ni se ha olvidado de nosotros. Esta situación de “niebla” es una situación teologal. En la situación de “niebla”, cuando conducimos, no podemos ir a la misma velocidad que vamos con buena visibilidad. Es momento de ir más despacio y de encender luces de posición y luces antiniebla. En este hoy es donde Dios se nos revela y donde tenemos que anunciar a Dios. Pensar otra cosa es ponernos al margen de la historia de Salvación, de nuestra historia, de los hombres y mujeres a los que somos enviados para anunciar la Buena Nueva. Me parece importante acentuar que la actual situación, antes que buena o mala, es situación de gracia. Dios se nos está revelando y Dios nos está urgiendo a que reconozcamos y escuchemos su voz. Dios hoy tiene algo que decirnos en lo que vivimos. Si Dios andaba entre los pucheros, ¿cómo no andará también entre nuestros problemas pastorales?

 

1.2 Dos señales de humo

Me atrevo a señalar dos lugares en los que vemos “señales de humo” que nos indica que por allí algo “se está quemando”.

 

a) Los sacramentos

Permitidme una referencia a mis años de estudio en el Institut Catholique de París, por los años 73-76, cuando comenzaba la gran abundancia de los seglares en la catequesis. Los curas de París tenían que dejar una de sus tareas tradicionales en manos de los seglares. Fue entonces cuando un profesor, el “padre de la teología pastoral”, Liégé, op, nos dijo en clase: “Les advierto una cosa: El hecho que estamos viviendo de la entrada masiva de laicos en las tareas de la catequesis no es un hecho sin más. Los clérigos somos las personas de los sacramentos. Los catequistas laicos no tendrán las mismas insistencias que los clérigos, lo cual no quiere decir que no sean buenos y ortodoxos. Simplemente que la sensibilidad con que se viva la fe será otra”.

 

La práctica sacramental es, para muchos, sobre todo clérigos, el centro y el baremo de referencia para “medir” la eficacia pastoral. Además, los sacramentos y su celebración tienen algo de cuantitativo y de mensurable. Es fácil saber cuántos vienen a misa, cuántos se confirman y después no pisan la iglesia, cuántos se bautizan, cuántos se casan por la Iglesia…, y sabemos que son cada vez menos Y es fácil palpar en qué condiciones lo hacen, con qué preparación, etc.

 

b) La predicación

En los grupos de adultos que animo escucho con frecuencia: “No es que no queramos ir a misa, es que no queremos escuchar los rollos que nos echáis para no decir nada. No calentáis nuestra vida con la Palabra de Dios. Echáis broncas a los que vamos, ¡encima que vamos! No nos decís nada que nos alegre la vida. El cristianismo que nos predicáis es triste, negativo; no nos hace felices, no atrae. Oléis a viejo y encima nos decís que es la “buena nueva”. ¡Quedaos con ella! No nos interesa”.

 

Esto lo dicen los que vienen a grupos de reflexión cristiana (no es catequesis…); ignoro lo que dicen otros… Y lo manifiestan con confianza y, a veces, hay que reconocerlo, con pena. Buscan otra cosa. No cosas nuevas no oídas, sino palabras que les alegren la vida y les den sentido para vivir de manera nueva. Sienten que el cristianismo que viven los cristianos es un cristianismo cansado, viejo, poco atrayente. Muchos jóvenes[3] son todavía más mordaces y critican abiertamente un estilo de Iglesia, de anuncio y de vivencia del cristianismo.

 

  1. SEÑALES PARA HACER CAMINO

La problemática señalada más arriba es algo generalizado que está movilizando al mundo católico. Los diagnósticos y tratamientos son parecidos, pero hay variantes y acentuaciones. Yo creo que hay dos preguntas esenciales en lo que vivimos pastoralmente. Una es: ¿qué estamos haciendo? La otra es: ¿qué tenemos que hacer? Notemos que la pregunta inicial, la pregunta que nos lleva a otras preguntas, suele ser práctica. Posiblemente la respuesta nunca será sólo práctica. Lo que hoy nos inquieta nace, en gran medida, de la eficacia-ineficacia constatadas. No podemos tener respuesta sin comprender nuestra situación de católicos en la sociedad actual y sin acudir nosotros mismos a las fuentes de nuestra fe.

 

2.1 Situación histórica

Somos protagonistas de una situación histórica compleja “delicada y tal vez decisiva para la configuración concreta que puedan tener en el futuro nuestras comunidades cristianas” (PPCEE n.4). Es este nuestro tiempo y nuestra realidad. Es aquí donde se nos pide ser creyentes y pastores. Es aquí donde tenemos que anunciar con esperanza el Evangelio, sin situarnos en una postura victimal o a hacer una lectura sólo negativa de nuestro mundo. Con los Obispos Franceses hay que confesar abiertamente: “Pensamos que los tiempos actuales no son más desfavorables para el anuncio del Evangelio que los tiempos de nuestra historia pasada” (I Parte, n.1, p. 514 de “Ecclesia”).

 

Lo esencial de esta situación es que “la crisis por la que atraviesa hoy en día la Iglesia se debe en buena medida a la repercusión, en la Iglesia misma y en la vida de sus miembros, de un conjunto de cambios[4] sociales y culturales rápidos, profundos y que tienen una dimensión mundial. Estamos cambiando de mundo y de sociedad. Un mundo desaparece y otro está emergiendo, sin que exista ningún modelo preestablecido para su construcción” (I Parte, n. 2, p. 514 de “Ecclesia”). Entender esto es básico.

 

La situación nos reta, y la comunidad creyente y sus pastores se dejan retar. Nuestra situación no sólo es “historia presente”, es signo de los tiempos donde el Señor se manifiesta. Nos sitúa en búsqueda como creyentes en éxodo hacia una tierra prometida nunca alcanzada que nos obliga a ser siempre peregrinantes. No somos sedentarios en una fe y pastoral conquistadas, sino nómadas en una marcha hacia el Señor que nos espera en Galilea, donde le veremos (Mc 16,7). Este encuentro de los discípulos con el Señor resucitado Marcos no lo describe. Cada generación de creyentes lo tiene que escribir con su realidad y con la fuerza del Espíritu que nos lleva hacia el Señor que está esperándonos más allá de donde nosotros estamos. No es todo negro ni desierto.

 

2.2 Ir a las fuentes

 

Los Obispos Españoles, al describir la realidad interna de la Iglesia española, son muy explícitos al señalar que “el problema de fondo, al que una pastoral de futuro tiene que prestar la máxima atención, es la secularización interna. La cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiente como en su propio interior; es un problema de casa y no sólo de fuera” (PPCEE, n. 10)[5].

 

De esta constatación nace que se proponga como primera opción pastoral “el encuentro con el misterio de Cristo y la llamada a la santidad”. Los Obispos Franceses con otro lenguaje dicen lo mismo: “Este llamamiento a ir decididamente al corazón de la fe lo ha escuchado la Iglesia muchas veces en el curso de la historia. Se trata de una ley constante del crecimiento en la fe. En períodos críticos, las grandes reformas religiosas y espirituales, los movimientos de renovación teológica y apostólica siempre han surgido de una profundización en la fe… La Iglesia está más viva cuando más escucha la llamada a ir al corazón de la fe… (I Parte, n. 3, p. 519 de “Ecclesia”).

 

Es imposible una buena pastoral que no brote como fruto de una vida cristiana profunda de encuentro con el Señor Jesús y con la comunidad de los convocados por el misterio de la muerte y resurrección. Hay que confesar que se ha podido confundir y reducir el hacer pastoral a algo meramente metodológico, a buenos proyectos, a buenas programaciones, a buenas técnicas, en una palabra, a un saber hacer que relegaba a segundo plano el ser y el saber eclesiales. Redescubrimos hoy las palabras del Maestro: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Sin intimidad con la Palabra del Señor Jesús y con el mismo Señor resucitado no es posible novedad alguna en pastoral. Todo serán miedos y cerrojos (Jn 20,19).

 

Los Obispos Españoles ponen como premisa de la acción pastoral la santidad: “La santidad ha de ser la perspectiva de nuestro camino pastoral y el fundamento de toda programación” (PPCEE, n. 17). El inconveniente radica en que la santidad no es fácilmente ni directamente programable ni evaluable… La santidad es, sencillamente, el presupuesto.

 

Ir al corazón del misterio de la fe[6] no es reductible a un simplón “ser buenos”, acompañado de unas cuantas devociones o de un mero cumplimiento sacramental. Ir al corazón del misterio de la fe pide un conocimiento del Dios de Jesucristo. La experiencia de fe será pobre en la medida que sea pobre nuestro “adentrarnos en Dios”.

 

Una fe que no nos pone en relación y trato íntimo con el Dios de Jesucristo no es una fe fácilmente comunicable que pueda decir “venid y veréis” (Jn 1,39). Una fe que no nos humaniza tampoco nos diviniza, pues Jesús es el rostro misericordioso del Padre. Una fe que no nos hace más libres, más felices, más hermanos de los hombres y mujeres de nuestro hoy, tampoco nos hace más ciudadanos de la Patria celestial. Los grandes testigos de la fe, los Santos, fueron, a la vez, personas de su tiempo y signos y portadores del amor de Dios.

 

2.3 De lo heredado a lo propuesto

 

No estamos en una situación en la que funcionen automáticamente los canales de transmisión de la fe. “Uno de los hechos más graves acontecidos en Europa durante el último medio siglo ha sido la interrupción de la transmisión de la fe cristiana en amplios sectores de la sociedad. Perdidos, olvidados o desgastados los cauces tradicionales (familia, escuela, sociedad, cultura pública), las nuevas generaciones ya no tienen noticia ni reconocen signos del Dios viviente y verdadero o de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo por nosotros. Comprobamos que en proporciones altas no estamos logrando transmitir la fe a las jóvenes generaciones” (PPCEE, n.27).

 

La Iglesia no se identifica con el mundo. La transmisión de la fe no coincide con los canales de transmisión que la sociedad utiliza. “Son nuevas las condiciones en las que debemos vivir y anunciar el Evangelio. En estas nuevas condiciones, sin dejar de ser los beneficiarios de la herencia recibida, hemos de transformarnos en unos ‘proponedores’ de la fe. Para alcanzar este objetivo, estamos llamados a vivir nosotros mismos bajo el signo de la novedad del don de Dios, tal y como se manifiesta en Jesucristo, con la fuerza del Espíritu Santo” (Obispos Franceses, I Parte, n. 3, pp. 519-150 de “Ecclesia”).

 

Cuando se habla de proponer la fe más que de transmitir la fe lo que se está acentuando es una vida según el Evangelio que propone un modo de existencia visible previo o simultáneo a la acción de transmisión[7]. Esta afirmación y postura plantean la pregunta de si basta el testimonio de la fe sin la preocupación por acciones concretas de propuesta de la fe; lo opuesto es la afirmación de quienes insisten tanto en las acciones (pudiendo llegar éstas a ser casi proselitismo) que no mencionan o no dan importancia a la vida según el Evangelio[8].

 

Afirmamos con la experiencia multisecular de la Iglesia, que la proposición de la fe incluye también propuestas concretas. Los Obispos Españoles, en esta línea, señalan la “comunicación del Evangelio de Cristo” como segunda prioridad pastoral. Y la justifican de esta manera: “En las actuales circunstancias se siente especialmente urgida a anunciar el Evangelio, pues algunos exponentes básicos de la cultura moderna se oponen activamente a él, las nuevas generaciones simplemente lo desconocen en número creciente y amplios sectores del pueblo –que sigue expresando una arraigada religiosidad popular– necesitan purificar y revitalizar sus referencias evangélicas” (PPCEE, n.27)[9].

 

2.4 Elegir una base de partida de la acción pastoral

 

Los Obispos Franceses mencionan diferentes enfoques de la evangelización: a) directamente teológico, como es el que propone la Evangelii nuntiandi, de Pablo VI (1975), en el que se trata los fundamentos cristológicos del acto de la evangelización, las etapas y los métodos, sus contenidos y destinatarios; b) el directamente pastoral, que se centra en los lugares y contextos históricos donde vive la persona y donde el evangelio tiene que ser vivido y anunciado de manera totalmente nueva (contextos de pobreza, marginación, riqueza…); c) enfoque histórico y sociológico, que analiza distintos modos de evangelización a través de la historia (desde los que evocan proyectos de conquista hasta los que recomiendan el escondimiento). Estos enfoques son complementarios Y no tienen por qué ser excluyentes.

 

Ellos mismos eligen un enfoque que podemos llamar de experiencia o constatación: “La experiencia de Iglesia que evangeliza, es decir, de los actos y prácticas que se transforman en actos efectivos de propuesta de la fe y que pueden ser reconocidos como tales por todos los agentes de la pastoral y de la misión cristianas” (III Parte, n. 1, p. 528 de “Ecclesia”).

 

La opción de los Obispos Españoles sigue más de cerca el enfoque teológico. Destacan la importancia de la “iniciación cristiana” y remiten al documento publicado hace unos años[10]. Situados en este enfoque pastoral, es lógico que la insistencia caiga en el catecumenado como referencia de los programas pastorales de las comunidades cristianas. “La vida de la Iglesia primitiva y los resultados positivos que se están viendo en las nuevas experiencias actuales avalan su oportunidad. En las reflexiones y orientaciones sobre La iniciación cristiana (1998) expusimos su motivación y fundamento, así como sus destinatarios (para no bautizados y para bautizados no catequizados) y las características y condiciones que ha de reunir para que dé los frutos deseados” (PPCEE, n.33).

Sobre la catequesis se aprovecha para decir que ocupa abundante personal y energías, “necesita recuperar vitalidad y energías”. Se logrará, sobre todo, si las Parroquias disponen de catequistas que se hayan encontrado personalmente con Jesucristo, lo hayan descubierto como el Salvador y den testimonio de él sin ambages ante niños, jóvenes y adultos (PPCEE, n.34).

 

Estamos ante una propuesta de transmisión de la fe lineal que tiene de fondo una apertura progresiva a la fe. Esta orientación es perfectamente válida para unos destinatarios y ambientes. Pero quizás cada vez sea más minoritaria. Basta ver las interrupciones de quienes inician procesos catequéticos en las parroquias, la disminución de los que eligen esta vía, y la posibilidad o no de que la persona, sobre todo niños, adolescentes y jóvenes, logren hacer la síntesis de vida y fe progresiva que está en el trasfondo de la propuesta.

 

2.5 Una pastoral misionera

 

Después de hablar del catecumenado, los Obispos Españoles dicen: “Hemos de potenciar con creatividad y ánimo una pastoral misionera, que llegue a los cristianos que se han alejado de la Iglesia y también a los que se acercan ocasionalmente. Hoy, más que nunca, no nos podemos contentar con una pastoral de mantenimiento y de oferta de servicios a los que vienen a nuestras iglesias o despachos. Hemos de recuperar la pedagogía del acompañamiento personalizado, conforme a la tradición cristiana desde el principio, tal como el mismo San Pablo confiesa: “Tratamos con cada uno de vosotros personalmente, como un padre con sus hijos” (1 Tes 1,11). Un acompañamiento en camino, que supone respeto a los procesos y que va a lo profundo de las personas, respondiendo a sus interrogantes y expectativas más fundamentales, al estilo de Jesús (cfr. Lc 24,13-35). Conscientes de la crisis de fe o de sentido por la que están atravesando muchos cristianos en el contexto de una cultura de increencia y escepticismo, hemos de aprovechar las ocasiones de la pastoral ordinaria, como son las homilías, las conversaciones personales y las publicaciones, para dar razón de nuestra esperanza (Cf 1 Pe 3,15), y ofrecer, como humilde “diaconía de la verdad”, una sana apología de la fe que proporcione certidumbre a los cristianos” (PPCEE, n.35).

 

Tenemos que reconocer lo tímida que es esta “pastoral misionera” que comienza nombrando como destinatarios “a los cristianos que se han alejado de la Iglesia y también a los que se acercan ocasionalmente”. Parece una pastoral que está pensando sólo en creyentes (si bien alejados) y en cómo los creyentes se podrán defender en un mundo adverso. No se habla explícitamente de los que nunca estuvieron en la Iglesia. El templo sigue siendo la referencia primera de encuentro. Quizás pensamos todavía más en los de dentro (o que alguna vez estuvieron dentro), que en los de fuera[11].

 

Pero por muy tímida que sea la alusión a la pastoral misionera, creo que es una pastoral de presente y de futuro. Sin olvidar a los de dentro, a quienes habrá que seguir alimentando, nos tenemos que abrir a todos. Si confesamos que Dios es Padre de todos, que hace salir el sol sobre justos e injustos (Mt 5,45), tenemos que creer que Dios nos está esperando en todo hombre y mujer para que descubran lo que ya son, “hijos”, y lo que Dios ya es para ellos, “Padre”, aunque sea una realidad misteriosa que exige un largo camino en el que abrir los ojos, de alguna manera, y reconocer que marcha con nosotros, a nuestro lado.

 

Tomo las palabras de Juan Martín Velasco que me parecen iluminadoras para agrandar el abanico de significación de la expresión pastoral misionera: “Lo que llamamos ‘transmisión de la fe’ consiste, más bien, en ayudar al sujeto a prestar atención, a tomar conciencia y a consentir una Presencia con la que ese sujeto ha sido ya agraciado: esa presencia originante de Dios y de su gracia que hace de él un sujeto creado a imagen de Dios y dotado de una fuerza divina de atracción que le inscribe en el horizonte sobrenatural de la gracia… La transmisión de la fe no consiste en la donación a otro de una gracia o una fe que le fueran ajenas y que él podría reducirse a recibir como algo aportado por el agente de la transmisión. De la misma manera que las más nobles comprensiones de la pedagogía la entienden como un proceso por el que el educador hace que aflore en el educando lo mejor de sí mismo para que lo asuma y lo realice, así, con más razón, la mistagogía es la relación, delicada como ninguna otra, por la que el iniciador facilita la toma de conciencia por el sujeto de la presencia originante del Misterio en su interior y le ayuda a consentir a la llamada a una existencia divinizada que esa Presencia le está dirigiendo permanentemente. Transmitir la fe es, fundamentalmente, educar a la persona en la experiencia de Dios presente en su interior, provocando en ella la adhesión de la fe y la experiencia de esa adhesión”[12].

 

Esta óptica exige un situarnos ante el otro de manera reverencial, como adorando un misterio que está ahí, por muy impenetrable que nos parezca. No se trata tanto de aceptar al otro como el que no sabe o no cree y nosotros como los que sabemos, creemos y tenemos la verdad. La misma Verdad habita en el agente y en el destinatario, aunque no igualmente reconocida, asumida y, por eso mismo, con una relación personal con ella.

 

3. ALGUNAS CONSECUENCIAS DE LA PASTORAL MISIONERA

3.1 Nos precede y nos lanza a salir

 

La afirmación de que el Resucitado nos precede es justamente la que nos pone en marcha y nos lanza a salir hacia los que no conocen al Señor. Si vamos a los otros es porque Dios ya está allí donde vamos, porque nos está esperando, y confiados en él y en el encuentro con él, salimos hacia los otros, que son el lugar donde Dios nos espera.

 

La acción misionera hacia los otros es una exigencia pascual y precede a cualquier paso de “despertar religioso”. El encuentro con el otro comienza por aceptar la presencia de Dios fuera de nosotros y valorar el patrimonio que el otro lleva en sí. Jesús se nos presenta, en el relato de la samaritana, como necesitado, valorando y dando a la mujer la oportunidad de hacer algo por él. Después descubriría que la necesitada de “agua viva” era ella.

 

El éxodo hacia el otro no es un éxodo de conquista, ni de simple acogida amplia y desinteresada, sino de vigilancia activa: “Se trata de percibir las señales de lo imprevisto de Dios”[13]. No se trata de llevarles algo, según la ley de oferta y demanda, sino de percibir que esos hombres y mujeres en búsqueda “dan fe de la libertad de Dios y de la obra del Espíritu Santo, que puede despertar en todo ser humano el deseo de ir más allá de cuanto vive de inmediato. A su manera, a veces desconcertante, estas personas nos recuerdan que el terreno fundamental de la evangelización es el de la existencia humana, y que no existe evangelización auténtica sin esta confrontación efectiva entre el Evangelio de Cristo, la Revelación de Dios y las expectativas profundas de las que todo ser humano es portados. Pero, a su vez, al comprender estas expectativas humanas y responder a ellas, la Iglesia tiene la responsabilidad de mostrar que no se conforma con responder a unas demandas inmediatas, sino que ejerce una misión que ha recibido de Cristo, y que consiste en mostrar y abrir caminos que conducen a Él” (Obispos Franceses, III Parte, n.1. pp.528-529).

 

3.2 Del libro a la vida como libro

 

Quizás es fácil decir expresiones como la “importancia que tiene la vida”, o que el “terreno fundamental de la evangelización es el de la existencia humana”, o “tener en cuenta la realidad del destinatario”. Esto plantea no pocos problemas: tener en cuenta la cultura del otro, no hay dos destinatarios iguales, la realidad pastoral está formada por una enorme variedad de posturas ante lo religioso y cristiano…

 

Un manual, un libro de catequesis tienen un principio, un desarrollo lógico y cronológico… Pero si tenemos en cuenta al destinatario y su realidad, nos damos cuenta de que la vida brota sin la lógica del despacho… Pasan las cosas cuando pasan y hacen nacer las preguntas cuando nacen. Muchas veces nos vemos obligados a decir: “Esto no está en el tema”, “Esto no toca hoy, es del tema siguiente…”. La realidad de la persona es tozuda, imprevisible. Las vida se convierte en libro y nos hace tomar otro esquema. No es que no haya que “dar el libro”, pero para darlo tendremos que saber empezar, cuando sea necesario, por el final o por la página 34, o ir a un libro del “año anterior” porque vemos que no hay base…

 

Tratando este tema J. Martín Velasco afirma: “Llama poderosamente la atención que a esta enorme variedad de situaciones la pastoral de la Iglesia responda con un repertorio verdaderamente “monótono” de respuestas que se reducen en muchos casos al ofrecimiento de unos servicios religiosos para los católicos practicantes, la preparación casi siempre predominantemente teórica para los mismos, y unos pocos cauces de formación para los grupos muy reducidos de los más próximos a la Iglesia… La atención a la variedad de situaciones de los destinatarios impone la correspondiente variedad de modulaciones en la propuesta de la fe para su transmisión.”[14].

 

3.3 Del grupo a la persona concreta

 

Creo que el mundo de la catequesis nunca ha relegado el empleo de la palabra “acompañamiento”. Nosotros lo enmarcamos en este contexto de “respuesta a la realidad del destinatario”. Creo que estamos ya, o vamos a entrar rápidamente, en una etapa de menos grupos y de más acompañamiento personal, sobre todo con jóvenes y adultos, para poder dar respuesta a la realidad plural de los destinatarios tanto en lo cultural, como en la expectativa y ritmo personal de evolución o maduración de las preguntas planteadas.

 

Esto trae una repercusión urgente sobre las comunidades cristianas en la organización de la pastoral y en la preparación de otro tipo de catequista o acompañante de jóvenes y adultos. No sólo valdrá buena voluntad y saber, sino que será preciso en buen saber hacer… Ser acompañantes es una tarea que se vislumbra ya urgente e imprescindible.

 

3.4 Espiritualidad misionera

 

Hablo de espiritualidad y no de metodología porque estoy profundamente convencido de que hay cosas que para poder ser practicadas tienen que ser vividas, nacer de dentro, formar parte de la manera de ser de la persona. Así situados, creo que es de destacar la espiritualidad de la pastoral misionera que tiene como idea de fondo la parábola del sembrador y el lento germinar de la semilla (Mt 13,1-9; 13,24-32). Tanto las prisas y secretos deseos del sembrador, como la manipulación de la tierra donde la semilla es arrojada, interrumpen, de alguna manera, el proceso normal de germinación. De aquí se sigue que el agente de pastoral, clérigo o laico, debe profesar una confianza ilimitada en el destinatario. Jesús de Nazaret, ante las prisas de los discípulos, dice: “Dejad que crezcan juntas” (Mt 13,30). Y no menos confianza en la Palabra proclamada, que no es de su propiedad y que tiene fuerza en sí misma: “Como baja la lluvia… así será mi palabra, que sale de mi boca; no volverá a mí vacía” (Is 55, 10-11). En una pastoral misionera, el pastor o acompañante tendrá que aprender la lección de la espera confiada y convivir con la cizaña hasta el final.

 

A este respecto es iluminador lo que los Obispos del Québec escriben: “Para los jóvenes y para un gran número de creyentes adultos, la fe no se presenta ya como un camino seguro, bien trazado, con sus etapas y sus cruces obligados. No. La fe es descubierta más bien bajo la forma de “tramos de camino” recorridos en compañía de otros creyentes que conocen el nombre de Jesús o lo buscan, lo descubren presente en lo concreto de sus vidas, a partir de problemas del momento, de una página de la Escritura, de imprevistos, de dramas cotidianos, de las atrocidades y de las bellezas del mundo. Todo esto ofrece, cada vez con más frecuencia, trazos de fe discontinuos, desconcertantes, imprevisibles… pero más abiertos al viento y a la sorpresa del Espíritu. Cierto, existe el peligro de una fe fragmentada, ocasional, que no llega inmediatamente a unificar la vida. Existe el peligro de una pertenencia parcial, que no lleva de repente a la experiencia cristiana integral. Pero se comprende, sin embargo, que esta fe, aunque incompleta, aún poco coherente, representa, para muchos jóvenes, en las condiciones actuales en que viven, el máximo de adhesión posible”[15].

 

Lejos de ser un tranquilizante la asunción de la realidad aquí descrita de los procesos de fe de jóvenes y adultos, es un reto a la propia fe y al respeto a la libertad del otro. Y no impedirá el que el pastor siga esperando el momento de proponer itinerarios más sistemáticos si llegara el momento.

 

4. Una palabra final

El camino no está hecho. Somos invitados a hacerlo. Y no todo de un golpe, sino paso a paso, como paso a paso hacemos la conversión personal. A mi juicio, no es hora de defender nada, sobre todo no es hora de defender estructuras o formas. Estas han sido y son siempre, con mirada evangélica, un medio para proclamar el Evangelio, y no todas “son inocentes”. Cada “andamiaje” es traducción de una sensibilidad ante el Evangelio, la persona humana y la sociedad. Dicho esto, creo que lo que está en juego es cómo hoy el Evangelio es proclamado para los que tengan ojos para ver y oídos para oír. Y esta es la responsabilidad pastoral que tenemos. Con toda humildad, tendremos que hacer camino estando en disposición de rectificar, de rehacer, de reiniciar.

 

Cuando Jesús manda a los suyos “de prácticas” les da normas muy generales. La Iglesia, a lo largo de su recorrido, se ha encontrado con pluralidad de situaciones y ha sabido hacer el anuncio. Nosotros también seremos capaces de anunciar hoy. Y esto no porque “seamos chicos listos”, sino porque la presencia del Espíritu nos guiará. El problema de fondo será nuestra docilidad al Espíritu para tener la sabiduría que viene de Dios y defender poco lo nuestro y abrirnos mucho a la verdad. Es la que nos hará libres y nos dará felicidad.

 

[1] Juan MARTÍN VELASCO, La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea, Sal Terrae, Santander 2002. “La falta continuada de respuestas eficaces a las carencias y dificultades experimentadas en este terreno se está convirtiendo en una de las causas principales de la falta de entusiasmo y la perplejidad en que se encuentra la mayor parte de las comunidades cristianas del llamado Primer Mundo”, p. 7. J.-M. TILLARD, Sommes-nous les derniers chretiens?, Fides, Paris 1997. El autor se pregunta si no estamos ante la última generación de cristianos.

[2] Cfr. Descripción que hacen los Obispos Españoles en Una Iglesia esperanzada. Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española. 2002-2005. Madrid, 31 de enero de 2002, nn. 7-11. Évêques du Québec, Proposer aujourd’hui la foi aux jeunes, Éditions Fides, 2000. La introducción . (Trad. italiana, Proporre la fede ai giovani oggi. Una forza per vivere, LDC, Leumann (Torino) 2001. Les Évêques de France, Proposer la foi dans la société actuelle. Lettre aux Chatoliques de France, Ed. Cerf, Paris 1996 (Trad. española, en “Ecclesia” 2.835-36 (1997). Primera Parte: “Comprender nuestra situación de católicos en la sociedad actual”.

[3] J. ELZO, “Actitudes de los jóvenes frente al tema religioso”, en Jóvenes españoles ’89, Fundación Santa María, Madrid 1989, p. 295: “Digámoslo claramente: la Iglesia suena a viejo, a pasado, a otra época para la gran mayoría de los jóvenes”. Y una reciente encuesta en la Complutense de Madrid ponía a la Iglesia en el penúltimo lugar de confianza de los jóvenes. Sólo el ejército estaba peor valorado que la Iglesia.

[4] Es la realización de lo que el Vaticano II dijo: “El género humano se halla hoy en un período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero. Los provoca el hombre con su inteligencia y su actividad creadora, pero recaen luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales y colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento para con las realidades y los hombres con quienes convive” (GS 4). Los cambios los percibimos en “las desigualdades sociales, en una crisis de transmisión generalizada, un contexto de pluralismo”.

[5] Se citan síntomas de esta crisis interna: “la débil transmisión de la fe a las generaciones jóvenes; la disminución de vocaciones para el sacerdocio y para los institutos de vida consagrada; el cansancio e incluso desorientación que afecta a un buen número de sacerdotes, religiosos y laicos; la pobreza de vida litúrgica y sacramental de no pocas comunidades cristianas” (PPCEE, n.11).

[6] Los Obispos Franceses dedican la II Parte de su documento a este punto en el que tratan de manera especial de “abandonarse al Dios de Jesucristo” (no a otro dios inventado o rebajado), “afrontar la prueba del mal”, “vivir y obrar según el Espíritu”.

[7] Juan MARTÍN VELASCO, en el libro más arriba citado, explicita lo que aquí se quiere decir con palabras bien inteligibles: “Hay cristianos tan ocupados por la preocupación (de transmisión de la fe y su problemática) que no tienen tiempo ni energías para seguir buenamente transmitiendo la fe que sigue dando sentido a sus vidas. Se nos ha dicho que no debemos estar agobiados por el mañana. Tampoco hay que estarlo, pienso, por lo que excede nuestras fuerzas y capacidades. Además, tales preocupaciones suelen proceder, más que del interés desinteresado por el cristianismo, de ese otro interés, sumamente interesado, que provoca en nosotros la preocupación por el número, el prestigio, el futuro de los nuestros, de nuestros grupos. Por último, la preocupación excesiva nos hace estar tan pendientes de los resultados de la transmisión que podemos olvidarnos de lo esencial, que es ser de verdad cristianos que ponen sus cuidados, incluidos sus cuidados por la causa del Reino, en las manos de Dios” (p. 138).

[8] Esta perspectiva no es mía, sino de los Obispos Franceses, cfr. III Parte, n. 1, p. 528 de “Ecclesia”.

[9] Dividen la comunicación del Evangelio en dos aspectos: la transmisión de la fe y la formación cristiana.

[10] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA. LXX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La iniciación Cristiana. Reflexiones y Orientaciones., Edice, Madrid 1999.

[11] Me parece que es mucho más amplia la perspectiva de los Obispos franceses: “Queremos hablar en primer lugar de los catecúmenos, pero también de los que vuelven a acercarse a la fe, y –más ampliamente– de todos quienes, jóvenes y adultos, están o van estando progresivamente en expectativa de algo, algo que no siempre saben definir de manera explícita, pero que puede llevarlos al descubrimiento de Cristo, de su Palabra, de sus sacramentos y de su Cuerpo eclesial… Existe actualmente en nuestra sociedad un cierto número de personas que esperan algo de la Iglesia y que tiene la posibilidad de manifestar su expectativa cuando –de una u otra manera– entran en relación con la Iglesia misma: ya sea para demandas sacramentales de bautismo o de matrimonio, ya con ocasión de particulares acontecimientos, alegres o tristes, que marcan su existencia, ya gracias a encuentros ocasionales con una comunidad cristiana, con un grupo más o menos informal, o incluso con un movimiento organizado que les propone un camino de iniciación al Evangelio, en función de su situación humana. ¿No debemos quizá admitir que encuentros de este tipo interrogan e incluso trastocan la lógica misionera que llevábamos en nuestro interior? Porque, de hecho, hemos podido imaginarnos –conforme a una lógica más o menos comercial, o por lo menos exclusivamente funcional– que la Iglesia, para evangelizar, debería hacer intervenir una especie de ley de oferta y la demanda, situándose ella en el lado de la oferta y los demás, las personas en espera, del lado de la demanda. En la realidad concreta, en la experiencia efectiva que la Iglesia está llamada a hacer encontrándose con estas personas, ¿qué sucede verdaderamente y cómo se presenta el camino que conduce a la propuesta de fe? (III Parte,n.1, p. 528 de “Ecclesia”)

[12] La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea, pp. 85-86.

[13] Obispos Franceses, III Parte, n.1, p. 529 de “Ecclesia”.

[14] O. c., p. 116-117

[15] Obispos del Québec, o. c., pp. 20-21 (de la traducción italiana).