JÓVENES APOCALÍPTICOS: CINE ACTUAL CON JÓVENES EN SITUACIONES LÍMITE

Jesús Villegas

Director pedagógico en el Colegio Salesiano de Vigo

 

SÍNTESIS

El autor analiza ocho películas que presentan desde diversas perspectivas jóvenes apocalípticos en un doble sentido: misterioso o crípticos, por un lado, y terrible y terrorífico, por otro. Concluye que, detrás de cada joven apocalíptico, suele haber casi siempre adultos perdidos y desbordados, ya sean los padres o la sociedad en general.

 

  1. Jóvenes apocalípticos: definiciones e indefiniciones

Aunque aborrezco comenzar cualquiera de mis escritos recurriendo al Diccionario de la RAE, en un artículo sobre personajes paradójicos y extremos nada mejor que empezar llevándome la contraria. Echemos mano, pues, de la lexicografía. En sentido figurado, la palabra apocalíptico admite dos acepciones: una vinculada con lo misterioso, oscuro y enigmático; otra que nos remite a lo terrorífico y espantoso, a todo aquello que presupone destrucción y exterminio. Sin necesidad de entrar en mayores profundidades, constatamos que la doble naturaleza del texto bíblico (por un lado, su lenguaje visionario y críptico; por otro, su prefiguración simbólica del fin de los tiempos) justifica estos dos significados.

Una vez asumida la licencia retórica de empezar este artículo de la forma menos imaginativa posible (algo muy poco coherente con la naturaleza profusamente creativa del  libro de San Juan) apuremos al máximo el juego. En el cine actual los jóvenes serán apocalípticos porque sintetizan en su construcción ambas definiciones: a la vez que desencadenan/padecenapocalipsis personales o globales, con todo su aparato de desorden y anarquía imaginable (acepción segunda del término), se nos suelen presentar como criaturas opacas, de interioridades escindidas y/o complejas a cuyo fondo resulta casi imposible acceder (acepción primera). Nos hallaremos, por tanto, ante jóvenes que se sitúan al borde o en el fondo de un doble abismo: aquel al que las circunstancias les condenan; aquel que su propia intimidad convulsa alberga.

 

  1. Jóvenes apocalípticos en el cine actual: primeras impresiones

Cuando uno mira a su alrededor acaba viendo en cualquier rincón lo que su voluntad, consciente o inconscientemente, va buscando. Por poner un ejemplo clarificador: cuando esperas un hijo, la calle se llena a tus ojos de carritos de bebé y mujeres embarazadas. En esta misma línea, en mi rastreo de películas con jóvenes a los que pudiera calificar deapocalípticos me ha resultado difícil encontrar a algunos que, de una u otra manera, no merecieran tal adjetivo. Durante un par de meses me ha parecido como si la actualidad cinematográfica se decantara por este argumento una y otra vez en estrenos, pases televisivos, ediciones en DVD…

Así, me he encontrado con jóvenes que padecen el infierno de las sectas (Martha Marcy May Marlene; Red State), jóvenes a punto de sufrir el fin violento del mundo en general (Attack the block, Monsters, Melancolía) o de ocasionarapocalipsis domésticos con la brutalidad o el arrebato violento de sus actos (Tenemos que hablar de Kevin, Chronicle,Confessions, Los niños salvajes); jóvenes inmersos en distopías aberrantes (Los juegos del hambre, Nunca me abandones), perdidos en laberintos psicológicos sin salida (Cisne negro), atrapados en el callejón de la enfermedad (Restless) o de las drogas (Afterschool). El nihilismo (El arte de pasar de todo, Twelve), la agresividad incontrolada (A tres metros sobre el cielo), ciertas actitudes de rebeldía o de idealismo equivocados (Blog), incluso formas de adultez inmaduras y desquiciadas (Young adult) aparecían en mi horizonte como otras tantas maneras de conjugar esa idea doble de jóvenes que deben vivir situaciones extremas bajo el dictado explosivo de personalidades enmarañadas.

Podríamos concluir esta primera aproximación al tema afirmando que ser joven de cine, hoy, significa, sobre todo, verse sometido al apocalipsis nuestro de cada día.

 

  1. Un desmadre apocalíptico: Proyecto X

Thomas cumple 17 años. Sus padres lo dejan en casa solo un fin de semana. Es un buen chico, perteneciente en el instituto a la categoría de los pringados. Azuzado por su mejor amigo decide organizar una fiesta en su casa con el propósito de salir de la nómina de los impopulares. Aspiran a montar la fiesta de todas las fiestas, algo inolvidable que generaciones futuras rememoren con nostalgia: en sus propias palabras, una leyenda, un mito, una celebración épica. Cuando las verdaderas narraciones (los verdaderos mitos, las formas épicas y legendarias originales), hoy en día, parecen imposibles, el relato banal y anárquico del desenfreno ocupa el lugar de las historias fundadoras.

La fiesta que montan alcanza proporciones insospechadas. Cientos de invitados, litros y litros de alcohol, chicas desatadas, “yerba”, pastillas… Absoluto descontrol que culmina con el destrozo de la vivienda familiar, pasto de las llamas. Todos los emblemas del mundo burgués (casa y jardín, coche, orden y concierto) son pisoteados por esta bacanal adolescente. Como dicen las noticias, estos jóvenes han redefinido la palabra fiesta y, al mismo tiempo que el caos se enseñorea y la destrucción campa a sus anchas, Thomas cumple su sueño de volverse popular. Arruina su vida pero entra en el ámbito de los que tienen nombre. Por la vía de la destrucción orgiástica conquista su lugar en un difuso panteón… Y, consciente de que ha destrozado algo profundo, a pesar de todo se siente dichoso ante las dimensiones de su logro. Una palmada en el hombro, un aplauso, el reconocimiento y la sonrisa en los pasillos merece más la pena que aquello que la sociedad adulta defiende.

Las chicas son “tías”, “zorritas”, “putones”. Carne a la que beneficiarse, traseros que filmar, pechos al aire. La gran fiesta, al final, es solo un rodeo, un circunloquio, una fórmula química compleja que conduzca a lo más elemental, al “H2O” de los instintos. Se trata de perder la virginidad, de enrollarse con “la más buenorra”. Se trata de “comenzar a ser” por la vía más primitiva y simple, la de la satisfacción inmediata de los deseos. Si la historia del cine sobre adolescentes ha tratado una y otra vez del misterioso descubrimiento de la sexualidad (bien sea en tono delicado; bien sea con un lenguaje descarnado que camufla, en el fondo, idéntica perplejidad), estamos  una vez más en el mismo y pantanoso terreno: el sexo como algo bronco, agresivo, paroxístico, más banal que enigmático.

Y, como es habitual en estos casos, al final… triunfa el amor. Porque Thomas, que busca desesperadamente, a instancias de sus amigos, el orgasmo fácil, el revolcón, acaba descubriendo que en realidad ama a su amiga de toda la vida y que la fiesta del decimoctavo cumpleaños desearía pasarla, no en la inmensa compañía de una masa acéfala, sino al lado único y exclusivo de esa mujer. Se cumplen diecisiete años para probarlo todo, para dejarse ir en la corriente hedonista y, luego, a los dieciocho, volver posible la madurez, la reconquista del orden. De la sexualidad ecuménica al amor individual, del reconocimiento por parte de los otros a la propia aceptación, de la demolición del hogar familiar a la casa con enanito de escayola. Como es habitual, la aparente fuerza corrosiva de las películas en Estados Unidos nunca transgrede del todo los límites del tópico y la corrección. Parece que se destruye todo, que se rompen los límites. Pero el relato siempre, al final, regresa al cauce de lo sabido e impone la convención como desenlace. El desmadre a la americana es un apocalipsis con barbacoa en el jardín.

Todo está siendo registrado. La película juega a ser la grabación de un vídeo casero: es el documental del cumpleaños de Thomas, filmado por uno de sus amigos. La cámara indiscreta vigila, detalla, rubrica. Estamos ante el testigo imparcial y nervioso que sanciona como altamente verosímil todo lo narrado. La anarquía absoluta sucede ante notario. El ojo que todo lo ve, el nuevo Gran Hermano, nos acecha. Los móviles graban en todo momento, la bacanal se fragua para ser reproducida una y otra vez en un dispositivo electrónico. Es más: la fiesta se vuelve un acontecimiento social vía internet. Los móviles transmiten la convocatoria. Imágenes que circulan sin freno, omnipresencia que todo lo fecunda. En Proyecto X todo lo magnifica, amplifica y expande la red. El apocalipsis, hoy en día, se propaga de forma virtual y puede ser, por fin, fijado en imágenes: eso sí, fijas, pero perecederas, vulgares, volátiles.

 

  1. Sobrevivir al apocalipsis: Los juegos del hambre

Los juegos del hambre adapta la primera novela de una popular trilogía de relatos de ciencia ficción. En un futuro indefinido todos los años veinticuatro jóvenes, dos por cada uno de los doce distritos que componen el mundo de Panem, deben enfrentarse en una salvaje lucha por la supervivencia en lo que se conoce con el nombre de los Juegos del Hambre. De los veinticuatro solo sobrevivirá uno, que gozará de fama, riqueza y reconocimiento. Los otros veintitrés han de morir-matarse, mientras semejante espectáculo es retransmitido para solaz de una colectividad decadente, sedienta de emociones fuertes.

El origen de tan bárbaro espectáculo tiene razones políticas: hace décadas los distritos se rebelaron contra el poder central. Una vez sofocada la revuelta y tras instaurar una paz autárquica, el Capitolio (el gobierno de Panem) decidió perdonar a los subversivos e instaurar los juegos como recordatorio preventivo del pasado y salvaguardia opresiva del futuro. Sacrificando veintitrés jóvenes se mantiene una política de miedo y represión que garantiza el orden; salvando uno, además, se insufla entre los oprimidos el aliento de una tibia esperanza.

La saga juega con elementos de indudable atractivo, que la película solo acierta parcialmente a expresar. Los Juegos, por ejemplo, son en realidad un gran espectáculo mediático, retransmitido a todo el mundo mediante cámaras ocultas. Antes del inicio de la prueba, los “tributos” (los jóvenes sacrificados) deben lograr patrocinadores que sufraguen en parte sus necesidades. Son entrevistados en galas televisivas donde deben buscar el apoyo popular; participan en desfiles, cuentan con un equipo de asesores y viven en un entorno paradisiaco ficticio, antes de enfrentarse a la cruda realidad de su mutua destrucción…: todo ello evoca de forma evidente el funcionamiento del medio televisivo y la ética/estética de los reality show.Como en otras distopías (en la película resuenan ecos de 1984 y se reconocen deudas con El señor de las moscas o con películas como la brillante El show de Truman o la japonesa Battle Royale) la proyección en el futuro de ciertas constantes del presente nos permite evidenciar los excesos y las paradójicas desmesuras de nuestra propia realidad próxima. El apocalipsises, quizás, la elevación hasta el estado de pesadilla de lo que ya forma parte de nuestro día a día.

Si la película se articula como fábula sobre los peligros y las perversiones de los medios de comunicación y de la sociedad de la imagen (algo latente/presente también en la primera obra que hemos comentado a través del mecanismo de la cámara/testigo), sus pretensiones como invectiva política están también fuera de toda duda. El mundo cortesano creado alrededor de Capitolio guarda indudables conexiones con la Roma imperial en decadencia, sugeridas a través de la onomástica y las formas de expresión, la estética, la alusión indirecta a mitos clásicos como el del laberinto… Amen del poder coercitivo de los juegos para los doce distritos, las clases pudientes (retratadas colateralmente como insensibles al sufrimiento, superficiales y obscenamente vacías) se someten al orden establecido y encuentran en esta actualización del panen et circenses su propio espejismo manipulador.

Es en este contexto apocalíptico en el que la protagonista, la joven Katniss Everdeent, debe forjarse. La película apunta sin demasiadas sutilezas pero con eficacia el conflicto que se produce en nuestra protagonista: por una parte, es consciente de la sordidez ética de todo lo que la rodea y de la imposibilidad de escapar a esa maquinaria de control; por otra, percibe e incluso se somete al poder hipnótico y subyugador que la popularidad a pesar de todo ejerce. En Katniss se tensionan la voluntad de supervivencia y los anhelos de rebeldía con el atractivo de sentirse dueña de una imagen pública admirada. Se mueve entre el compromiso de ser una heroína ética y el deseo de gustar a las masas: algo que de forma mucho más pedestre (ser lo que esperan mis padres versus ser lo que esperan mis iguales) también le sucedía al Thomas de Proyecto X.

 

  1. Adolescentes al desnudo: Blog

Catorce muchachas de quince años, compañeras de clase, deciden fundar una especie de sociedad secreta con un único propósito que la película va desvelando de forma paulatina: quedarse todas a la vez embarazadas. Semejante plan, promovido por una de ellas, Marta, responde a razones difusas: las mueve cierto afán de vivir emociones fuertes y de escapar del aburrimiento y la monotonía; se adivina una tentativa de autoafirmación femenina frente al poder secular masculino; también se apunta como posible justificación de ese comportamiento el misterioso anhelo de despertar una energía interior atávica y latente (¿el poder de crear vida, de la libertad, de la autonomía personal, de la existencia sin restricciones?), y de reescribir en cierta manera la historia (como en Proyecto X, también aquí la megalomanía de unos actos de alcance muy restringido apunta hacia lo legendario, lo mítico, lo épico). Quieren recuperar, además, una supuesta y no definida escala de valores clásicos que se ha perdido… En medio de esas pretensiones imprecisas, aunque sólidas para ellas como una piedra, destaca ante todo la complicidad de todas y la fidelidad del grupo a un proyecto, por descabellado que parezca. Es la amistad y la poderosísima sensación de formar parte de algo lo que impulsa a todas las chicas de un mismo curso a emprender la más inimaginable de las iniciativas. En ese contexto, la presión de grupo se confunde con camaradería y viceversa; la afectividad desbocada busca amarrarse a un código de valores inquebrantable con el fin de desarmar complejos y conquistar personalidades propias e independientes. Y, en definitiva, se vuelve posible lo inimaginable, en un acto que tiene mucho de fe, de ceremonia de iniciación, de auténtica ofrenda inmolatoria a una divinidad sin rostro sostenida sobre vínculos indisolubles.

La película apuesta por la verosimilitud radical ya en su propio formato. Las muchachas hablan con sinceridad pasmosa en sus propias habitaciones a las cámaras web de sus ordenadores,  filman cámara en mano sus actividades, sus fiestas y conversaciones; chatean, se divierten juntas en la intimidad femenina de una noche de pijamas o comparten con naturalidad sus miedos y complejos, con una autenticidad y un desparpajo alejado de cualquier impostura. Quizás por eso resulta aún más impactante la desmesura de su plan. Todos los excesos del alma adolescente cristalizan en ese propósito casi ritual  de dejarse fecundar. Las confesiones desenfadas, frescas, casi a bocajarro de las siete protagonistas provocan que lo sorprendente de su decisión refulja con luz hiriente. Si hubieran apostado  por cometer un crimen, suicidarse o quemar la ciudad el impacto en el espectador no habría sido menor. Niñas normales y corrientes embarcadas en una demencial iniciativa nos animan a pensar que en el alma de todas ellas, de las reales también, quizás se dibujen similares  laberintos.

De nuevo el sexo como misterio al que enfrentarse sin demasiadas armas. En Proyecto X sus protagonistas se zambullían en la procacidad como forma de conjurar su abismo; aquí se opta por desarmar al sexo de todo su significado para convertirlo en un medio al servicio de un propósito colectivo mayor, tan impreciso en su sentido como trascendente. Como dicen en su juramento, la cuestión es llegar a ser, todas a una, un solo corazón, una sola mente, un solo pensamiento: ese es el objetivo final, que despoja el encuentro sexual  con el hombre de cualquier componente afectivo. Los chicos son solo una mediación necesaria, chicos cleenex, inocentes de formar parte de un plan supremo al que solo prestan sus cuerpos.

No obstante, antes de enfrentarse al trámite de dejarse penetrar, estas muchachas deben asomarse a la mecánica, a las instrucciones de uso de la sexualidad. Y, delante de una película pornográfica, entre risas nerviosas y cojines con los que cubrirse ante las escenas de más escabrosa explicitud, alguna expresa su desagrado, su asco, el trauma vivido ante la conversión de los misterios de la carne y el afecto en mera fisiología despojada de sentido.

Makamat se llama su sociedad secreta: una palabra que no significa nada pero que, para ellas, lo significa todo. Como su incomprensible odisea, como la adolescencia vista desde fuera, como el sexo, como cualquier locura, cualquier pasión, cualquier ceremonial: sin significado para el testigo, pero pleno de él para sus oficiantes. Makamat: “somos conscientes de llenar un vacío para siempre. Si nosotras decidimos despertar un poder, el poder es nuestro”. A veces el apocalipsis del sinsentido se camufla en un presunto exceso de sentido y la aventura del idealismo puede desembocar en los deltas de la anomalía y la ofuscación.

 

  1. Apocalipsis interiores: Cisne negro

Si en Proyecto X el caos nacía del desmadre y en Los juegos del hambre eran las circunstancias históricas las que obligaban a los jóvenes a enfrentarse a situaciones límite, tanto en Blog como en Cisne negro se nos invita a internarnos en otras formas de derrumbe, las que se producen en las galerías más secretas del alma humana. Nos movemos, por tanto, entre el caos externo que evocaban las dos primeras películas comentadas y el desorden interior sobre el que versan estas dos últimas. De estos cuatro itinerarios podemos deducir que cuando el joven se enfrenta a un mundo en quiebra a menudo fortalece su personalidad, como le va a ocurrir a Katniss, la heroína de Los juegos del hambre; sin embargo, tal y como se intuía en Blog y se corroborará en la cinta que ahora estudiamos, cuando debe moverse a la deriva en el tumulto de su intimidad, la amenaza de la autodestrucción o del extravío se vuelve acuciante. Parecen, en conclusión, mucho más peligrosos los apocalipsis interiores que cualquier amenaza exterior.

La historia de Nina, la bailarina que protagoniza Cisne negro, como la de las niñas de Blog, se precipita en el abismo de nuevo por exceso de idealismo. Mientras aquellas pretendían someterse a un sistema de valores presidido por la fidelidad, la entrega unánime a una causa y la libre elección de un destino único, en esta la obsesiva búsqueda de la perfección acaba por condenarla a las simas de la enfermedad mental.

Nina pretende alcanzar el ideal absoluto en su arte, la danza clásica, y, para ello, trabaja con rigor espartano el control, el dominio del cuerpo, la precisión técnica. Pero cuando le proponen encarnar en El lago de los cisnes a sus dos protagonistas, el Cisne Blanco (puro, virgen, dulce) y el Cisne Negro (perverso, lujurioso, pasional), su afán por asumir esta segunda personalidad sin renunciar a la primera acabará por destruirla. Su triunfo rotundo sobre el escenario, al combinar magistralmente ambas facetas (pureza y sensualidad, dominio y espontaneidad, espiritualidad y fisicidad) coincide con su ruina personal y su muerte, pues la tensión entre ambos extremos la fractura sin remedio. El cisne blanco y el cisne negro, es decir, la propensión al bien y la inclinación al mal, la pureza y la degradación, el alma espiritual y el cuerpo sensitivo-deseante, la norma y su vulneración, el control y la pasión pueden darse la mano en el escenario, pero en la vida encontrar su punto exacto de equilibrio en la balanza de la conciencia resulta mucho más problemático.

Película sugerente e hipnótica, tan excesiva como milimétrica en su construcción, se abre a innumerables lecturas gracias a ese simbolismo primordial de partida, el que se articula alrededor del blanco y el negro. Tras las ideas de la perfección como condena o de los límites de la expresión artística se despliegan otros temas como el doloroso despertar de una sexualidad reprimida, los múltiples niveles de la identidad humana, el paso de la infancia a la madurez, los riesgos de una educación poco liberadora, la frontera entre lo real y lo mental… La peripecia extrema de Nina, su cuadro esquizoide, es solo una de las facetas de una obra que, más allá de la excepcionalidad aparente (el retrato de una muchacha enferma), apunta hacia formas de conflicto interno larvadas en cualquier joven. Como sucedía en Blog, el caso límite interpela por lo que tiene de particular, pero también por su poder para insinuar principios generales: ¿Cómo vivir en equilibrio las tensiones entre alma y cuerpo, entre valores y pulsiones, entre razón y sentimiento? ¿Cómo ejercer todo el potencial de la libertad sin autodestruirse? ¿Cómo dar rienda suelta a la energía de las fuerzas oscuras que nos habitan y a la vez sublimar ese poder? Nina fracasa porque en un determinado momento los límites entre vida y arte y, lo que es peor, entre realidad y subconsciente se difuminan. Pero también porque no logra conciliar armónicamente las demandas de la carne con las exigencias de un espíritu hambriento de belleza.

El idealismo de las adolescentes de Blog les llevaba a cometer un acto incomprensible, cuyas consecuencias prácticas sobrepasaban la dimensión romántica del gesto; otra forma de idealismo peligroso anula a Nina, la que la exhorta a la conquista de la perfección. Ser joven significa vivir en hipérboles, creer todavía en ideales y apostar por imposibles; pero esa necesaria apertura a lo que trasciende debe volverse compatible con los principios de la realidad. Cuando el blanco y el negro, las fantasías y la realidad no se contrapesan, entramos en el reino inextricable de lo apocalíptico.

 

  1. 7. Nunca me abandones: Apocalipsis existenciales

Basada en la novela de Ishiguro del mismo título, Nunca me abandones, como Los juegos del hambre, es un relato de ciencia ficción distópico, es decir, anti-utópico. En un porvenir situado paradójicamente en el pasado (estamos en los años 70) la ciencia ha roto todas las barreras éticas: algunos seres humanos son clonados y sus dobles viven en exclusiva para donar sus órganos una y otra vez al resto de la especie hasta que mueren. En este contexto la película nos relata la vida de tres de estos donantes, Tommy, Kathy y Ruth. Desde que coinciden en un internado, Hailsham, hasta que sus existencias se ven abocadas a ese destino terrible para el que han sido concebidas, seguiremos la triste peripecia de unos seres marcados desde su nacimiento por la falta de horizontes. Saben que en un plazo breve, después de dos o tres donaciones, en plena juventud, dejarán este mundo, sin que ningún proyecto, ilusión o perspectiva vital pueda cumplirse.

Sin embargo, los donantes son personas. Aman, desean, anhelan, siempre resignados al fin para el que han venido al mundo. En sus mentes no cabe la rebeldía, solo un cúmulo de leyendas, mitos y esperanzas que les permite albergar vagas ilusiones de esquivar su destino. Ninguna de esas historias  (donantes que, en nombre del amor, han logrado un aplazamiento perpetuo, o que han sobrevivido a cuatro o cinco donaciones…) son ciertas en realidad: las dudas éticas que quizás al principio de este proceso existieron han desaparecido y, en bien de una humanidad sana, la sociedad acepta como un mal menor el sacrificio de aquellos que han recibido la vida con el único propósito de entregársela en forma de órganos al resto. El mundo no llega a plantearse en ningún momento si esos seres engendrados con fines médicos tienen alma, sienten o padecen. Admitir la duda ética supone echar el freno al progreso y, ante el bien de muchos, nada importa el sufrimiento de unos cuantos…

La película, de una melancolía subyugadora, solo atemperada por cierta frialdad expositiva que le impide alcanzar mayor hondura, escuece no solo por abordar cuestiones vinculadas con la bioética, sino sobre todo por su desgarrador aliento existencial. Como Kathy, la narradora, explica al final, tanto los donantes como el resto del género humano estamos condenados a “cumplir” (morir, en el lenguaje eufemístico con que se pretende camuflar la crudeza de los sucesos en ese mundo ficticio que la película imagina) y, sometidos a nuestra finitud, vivimos siempre con la sensación de que nos va a faltar tiempo para entender el sentido de nuestras experiencias. En los donantes, entregados a unas existencias programadas, se intensifican los interrogantes, los miedos y las angustias que el resto del género humano tolera gracias a lo inescrutable de su porvenir. Ellos saben de dónde vienen y adónde van, mientras los demás nos movemos entre brumas que nos interpelan y a la vez nos alivian de nuestra finitud. Por ello en la vida de estos tres personajes, como en la de un enfermo terminal o en la de alguien condenado a muerte, cada uno de sus actos adquiere una densidad y una trascendencia a veces insoportable.

Nunca me abandones se atreve a plantear, en el contexto de unos protagonistas jóvenes, algo inhabitual en el cine moderno, a saber, la presencia cercana y siempre inquietante de la muerte. Frente a la juventud como plétora vital, como momento en el que debe darse la espalda a cualquier viso de tragedia (Proyecto X, por ejemplo), estos muchachos asumen a la fuerza, desde el principio y hasta la médula, su condición mortal. Van a vivir poco, van a morir en una mesa de operaciones, nunca podrán tener hijos ni desarrollar un proyecto vital. Su tutora en Hailsham, el único personaje en quien reconocemos un prurito ético, les anima a que asuman lo que son, con el único fin de llevar, desde esa conciencia, una vida digna. Y esa invitación a contemplar las dimensiones exactas de la existencia y a aceptar su verdad también va dirigida a cualquier espectador, un poco más dueño así de su propia y siempre apocalíptica semilla de porvenir.

 

  1. Chronicle: Superpoderes desbocados

Como en Blog, como en Proyecto X, las cámaras de nuevo se tornan protagonistas del relato. Desde que Andrew, el protagonista trágico de esta singular narración, decide colocar entre el mundo y él una cámara y filmarlo todo (escena con la que arranca la película) hasta el plano final, con esa misma cámara plantada delante de una imagen maravillosa del Tibet, con Andrew ya muerto, Chronicle se construye como la filmación casera de las semanas más increíbles en la vida de este adolescente taciturno, sensible, marginal y obsesivo. De nuevo el formato de falsa grabación doméstica se pone al servicio de la verosimilitud. Aquí, además, el contraste entre la temática fantástica (una historia de seres superpoderosos) y el procedimiento verista de que sean cámaras que forman parte del relato (la del protagonista; la de una muchacha que filma suciberbitácora; las cámaras de vídeo dispersas por la ciudad; cámaras web, móviles, etc.) las que desarrollen la trama consigue un eficaz efecto que convierte esta obra en una especie de reverso malsano pero veraz de cualquier película de superhéroes. Parece que asistamos a lo que ocurre entre bastidores antes de que estas criaturas fantásticas se echen a volar…

La cámara como elemento crucial en la trama cumple múltiples funciones. Para el espectador es la instancia narrativa; para Andrew, una especie de barrera que le aleja del mundo y le permite asomarse desapasionadamente a él. Con ella guarda distancia, ve sin necesidad de soportar la mirada directa de sus semejantes. Pero, al final, la cámara adquiere un significado transcendente: en su memoria mecánica se archivan las humillaciones padecidas, los daños causados y las maravillas vividas, es decir, todos lo ecos que resuenan en un alma. Muerto su dueño, la cámara es el espíritu libre deAndrew, su conciencia liberada, una especie de aliento  final de una historia tan grande y profunda como desgraciada.

Cuando Andrew, su primo Matt y Steve, el muchacho más popular del instituto, entran en contacto con un extraño objeto que les contagia unos extraordinarios superpoderes, no pueden sospechar que tan quimérica fantasía hecha real será la causa de la más dolorosa de las tragedias. Al principio los tres amigos se dedican a jugar infantilmente con sus capacidades recién descubiertas, hasta explorarlas todas (telequinesis, fuerza, vuelo); luego convierten sus poderes en un hilarante instrumento para la gamberrada y la tomadura de pelo. Sin embargo, a partir del momento en que Andrew provoca a propósito un accidente de tráfico, sus amigos deciden fijar unas reglas que impidan transgredir ciertos límites. Pero en el alma atormentada del protagonista, poblada de complejos, sus habilidades se transformarán poco a poco en un instrumento de destrucción.

Puestos a establecer vínculos con lo ya expuesto, la original creación de Johs Trank es un eficaz retrato de los entresijos quebradizos de un alma adolescente, como ocurría en Cisne negro con Nina. Ambas personalidades trastornadas canalizan sus talentos hacia la autodestrucción, en el primer caso de forma directa; en el segundo, el que ahora nos ocupa, con el agravante de pretender arrastrar a otros en su camino de perdición. Alguien con superpoderes puede decantarse por el heroísmo o por la villanía y Andrew, sin ser una mala persona, al encontrarse preso en su desequilibrio y sus frustraciones, está a punto de arrastrar en la corriente incontrolable de su furia al resto del género humano.

Las difíciles circunstancias familiares de Andrew, con su madre enferma terminal y un padre en paro, amargado y brutal, se combinan en un cóctel explosivo con su carácter reservado, su baja autoestima y su falta de habilidades sociales. Apenas tiene amigos, en el instituto y en casa es maltratado, no ha mantenido nunca relaciones de ningún tipo con una chica: será precisamente este cúmulo de carencias afectivas el que, al final, conduzca su mente hacia teorías destructivas y totalitarias. Su extrema debilidad, en virtud de unas circunstancias extraordinarias, se arquea hacia la extrema fortaleza y, sin solución de continuidad, bascula del papel de víctima al de verdugo. Inmunizado ante el dolor ajeno, prefiere considerarse un depredador superior, sin ninguna limitación moral, a un protector de la especie humana, vocación que, al final, asume su primo. De ahí que desate toda su furia contra Steve, al que mata, contra su propio padre, al que deja mal herido y, al final, contra cualquiera que se cruce en su camino sin rumbo.

En Andrew y en Matt habitan, de nuevo, como en las niñas de Blog o en la propia Nina, las turbulencias y amenazas que acosan a cualquier ser humano en formación, más allá de que una peripecia extraordinaria (aquí, el don de unos superpoderes) las radicalice y las ponga en evidencia con mayor expresividad. Eso sí, hay una diferencia crucial entre los dos primos: mientras Matt evoluciona de sus teorías filosóficas nihilistas (al principio cita con regodeo a Schopenhauer y su teoría del mundo como voluntad y se recrea en cierto cinismo fácil) al altruismo, la empatía y el ser social, Andrew fabrica con una aleación de fuerza y carencias un arma terrible. A menudo detrás de las maquinarias de devastación y furia (totalitarismos, dictaduras…), detrás de los apocalipsis desencadenados por el ser humano, solo se camufla la limitación y la inseguridad de sus artífices. Y esta apasionante película también admite esta lectura política.

 

  1. Enfermedad y muerte: Restless

            Annabel padece un tumor cerebral. Le restan, como mucho, tres meses de vida. Enoch es un muchacho que se dedica a acudir a funerales de desconocidos, ha sido expulsado de su colegio por agredir a un compañero y mantiene una relación de amistad con el fantasma de un kamikaze japonés, Hiroshi, todo esto a consecuencia de la trágica muerte en un accidente de tráfico de sus padres. Ambos adolescentes se conocen en un tanatorio y se enamoran. Desde ese momento se acompañarán en sus respectivos y dolorosos procesos vinculados a la muerte: encarar los últimos días de vida, superar las consecuencias traumáticas de una pérdida. Y, al final, como escribió Hiroshi en su carta de despedida antes de su último vuelo, su historia demostrará que lo verdaderamente difícil en la vida no es morir, sino amar. Y el amor vuelve algo soportable lo insoportable e insufla en el reino de lo apocalíptico por excelencia un ápice de sentido.

La última película de Gus Van Sant pretende escapar del sentimentalismo y a la vez hundirse a fondo en él; persigue desdramatizar la muerte y mirarla de frente con una media sonrisa sin restarle al mismo tiempo ni un ápice de seriedad, misterio y sufrimiento al tema; quiere ser una historia romántica (en el sentido original del término) sin empalago y a la vez una historia empalagosa que dinamita su merengue con ramalazos de amour fou, de humor y de metalingüística cinematográficaSe mueve en tan resbaladizo terreno siempre a punto de caer en el ridículo y sin lograr más que parcialmente alcanzar la levedad de lo sublime. Pero el intento es meritorio, hay imágenes vibrantes y, como ocurría enNunca me abandones, en tiempos poco propensos a abordar grandes cuestiones, se atreve a hacer rimar amor, muerte y juventud con honestidad y a pecho descubierto.

La relación de estos dos jóvenes cuyas vidas se han topado con la barrera bajada de la muerte se desarrollará en un entorno trufado de signos mortuorios: además de acudir por afición a ceremonias fúnebres, se citarán en cementerios por donde pasean o leen, jugarán a imaginar las biografías de los cadáveres que reposan en un depósito de cadáveres o dibujarán sus siluetas en el suelo como si fueran  víctimas de un crimen. Ensayan el diálogo previo a la muerte de Annabell, se entregan el uno al otro en la noche de Halloween, planifican cómo ha de ser la “fiesta de despedida” de la muchacha (un gran banquete lleno de cosas grasientas y dulces)… Todos estos rituales constituyen intentos de exorcizar el miedo a la muerte, o al menos de comprender parcialmente su oscuro perfil, o, si no, tal vez con la pretensión de aminorar la severidad de su ley. Pero mientras indagan en ese mar sin orillas, también exaltan la vida: experimentan, aman, vibran con la intensidad de lo que ocurrirá por primera y última vez.

En este contexto habrá también momentos de crisis: el nihilismo de Enoch o el darwinismo convencido de Anabellecoinciden en su materialismo determinista. La vida para estos jóvenes parece agotarse en su propio y empírico proceso, con la nada al fondo o, como mucho, con la integración final de nuestros restos físicos en los ciclos naturales. No obstante, la figura de Hiroshi, que supera su mera condición imaginaria para alcanzar presencia real en los últimos y emocionantes compases de la película (cuando Anabelle también lo ve), abre el relato hacia ámbitos trascendentes y enriquece con ambigüedad este canto a la vida, al amor y a una juventud que supera la amenaza de lo apocalíptico por sendashumanizadoras, intrincadas y profundas.

 

  1. Cierre: Retrato del joven apocalíptico: Tenemos que hablar de Kevin

Hemos hablado de jóvenes en diversas situaciones vitales límite: algunas de tipo personal, como la enfermedad física en Restless o el desequilibrio mental en Cisne negro; otras de tipo social o político, como las que plantean películas de ciencia ficción como Nunca me abandones o Los juegos del hambre. También nos hemos acercado a muchachos y muchachas que, sin verse sometidos a ningún contexto excepcional ni manifestar en su personalidad ninguna tendencia inquietante (ni las circunstancias externas ni las configuraciones internas harían prever el caos) originan episodios inexplicablemente perturbadores (Blog) o de imprevistas y anárquicas consecuencias (Proyecto X). Incluso, en el marco del cine fantástico, hemos atendido a cómo puede incubarse en el alma de un ser vulnerable la enfermedad del odio y la misantropía (Chronicle). Las siete películas analizadas han coincidido en ser retratos de seres únicos  de los que, no obstante, pueden extrapolarse intuiciones, rasgos y apuntes certeros sobre la juventud en general. En todas ellas, de una u otra manera, se optaba por la rabiosa subjetividad y la verosimilitud como apuestas estéticas, con la omnipresencia de la cámara semidocumental o integrada en la historia (Blog, Proyecto X, Chronicle), con narradores en primera persona (Nunca me abandones) o relatos contados desde un único y personalísimo punto de vista (la conciencia perturbada de Nina en Cisne negro; la peculiar visión de las cosas de Enoch en Restless o de Katniss en Los juegos del hambre). Como ya hemos verificado otras veces en el cine protagonizado por jóvenes, en estos impera la mentalidad romántica (subjetivismo a ultranza, preponderancia de lo no racional, individualismo y egotismo, pesimismo, desencanto) con su peligrosa decantación hacia un idealismo que puede llegar a ser destructivo (Blog, Chronicle, Cisne negro). Apenas se reconocen inquietudes trascendentes y esta carencia impregna de melancolía los relatos (Nunca me abandones) o se resuelve con la aparición de elementos sustitutivos de lo sacro (la propia cámara-alma en Chronicle; en Restless, el personaje de Hiroshi; el carácter ritual y mistérico de la misión emprendida por las niñas de Blog; por poner un caso límite, en Proyecto X, el cáliz con que el amigo del protagonista trasiega durante toda la noche alcohol reemplaza los objetos sagrados por los propios del oficiante de una bacanal). Otros motivos como la falta de referentes adultos (sería digno de estudiar el papel de los mismos en todas las películas, donde, o bien están ausentes, o resultan castrantes, o son en el fondo los últimos responsables de esa amenaza de apocalipsis que se cierne sobre todos estos muchachos) o la dificultad para integrar la sexualidad en el paso a la madurez (proceso caricaturizado enProyecto X, dramáticamente simbolizado en Cisne negro, Blog o incluso Chronicle) son constantes que hemos pretendido evidenciar en nuestro discurso.

Para el final he dejado la película que mejor se ajusta a la idea que estamos explorando. El Kevin de esta cinta podría ser considerado el joven apocalíptico por antonomasia, en ese doble sentido que apuntábamos al principio del artículo: oscuro, incomprensible, misterioso, por un lado; por otro, responsable del más absoluto y vertiginoso de los desordenes al cometer un asesinato colectivo de una brutalidad inexplicable.

A diferencia de otras películas con jóvenes, que suelen construirse desde su punto de vista, conoceremos la historia de este adolescente, asesino en serie sin escrúpulos, desde la óptica de su madre. En la película se alternan las vivencias de esta mujer, Eva, en presente, con los recuerdos del pasado, todo ello contado desde el respeto total al punto de vista del personaje. En esta estrategia narrativa se esconde uno de los mayores atractivos de la película: en ningún momento sabremos si el carácter demoniaco de Kevin proviene del propio muchacho o es solo la recreación a posteriori de la historia, tal y como la recuerda e interpreta esta mujer, conmocionada por los crímenes cometidos por su hijo, que incluyen parricidio y fratricidio.

La película recurre continuamente a un simbolismo descarado y estridente: la omnipresencia violenta del color rojo; las dianas, flechas y arcos; los mapas y carteles de viajes; las imágenes de obsesivo orden (Kevin mordiéndose las uñas y colocándolas sobre la mesa; o haciendo bolitas de pan) o de pormenorizada y no menos racional destrucción (Kevin rompiendo lápices, triturando aperitivos de colores, salpicando con pintura la nueva decoración de la habitación de Eva) son otras tantas muestras de esa tendencia a acumular asociaciones fáciles y no por ello menos estimulantes. Películahiperexpresiva, de impactantes hallazgos visuales, con un montaje en el que alternan tiempos, vivencias interiores y sensaciones tanto en la banda de imagen como en la de sonido, dispone todos estos elementos alrededor de un personaje, Kevin, opaco, inaccesible, absolutamente críptico. Al fondo del barroquismo de su puesta en escena se halla apostado un ser vacío y ese desfase revierte en conquista estética.

La relación con su madre es un cúmulo de provocaciones y desacatos por parte del muchacho, una continua sucesión de perversas vejaciones, que parecen provenir de una mente diabólica. Desde bebé gritaba sin consuelo; tardó en hablar y en controlar sus esfínteres más de lo habitual, aunque se insinúa que todos esos procesos respondían a una decisión premeditada por parte del niño; cuando aparenta aceptar los mimos de su madre (cuando esta le rompe un brazo, cuando está enfermo o cuando la acompaña en la típica “entrañable velada madre-hijo mayor”) en realidad se trata de paréntesis que solo anticipan formas mayores de humillación y rechazo. Insistamos en algo clave: ¿todo esto ocurrió así? ¿O es solo la engañosa lectura por parte de Eva de algo diferente, magnificado por la fatal manera en que todo concluyó?

Lo que es indudable es que Kevin es Nadie para su madre y para nosotros. Su habitación impoluta, sin ningún objeto que nos permita intuir su personalidad; sus cuadernos en blanco o su único libro (Robin Hood, la obra que inspirará sus crímenes a fuerza de arco y flechas) nos hablan de alguien empeñado en encriptarse, en ser un no ser entregado a destruir (solo tiene un disco, con el título “Te quiero”, que en realidad almacena un letal virus informático). Las motivaciones de sus acciones tampoco se exponen: por algunas imágenes podemos deducir que estamos  ante una mente megalomaníaca, soberbia y excesiva; ante una inteligencia sobredimensionada que no empatiza con sus semejantes y carece de amarres emocionales con nadie.

No tengo espacio para más: Tenemos que hablar de Kevin puede entenderse como una variante del cine de psicópatas, terreno en el que estaríamos ante una obra de estética apabullante, pero de desarrollo temático convencional: Kevin encarnaría al Mal absoluto, como el Hannibal Lecter de El silencio de los corderos; pero también, y ahí la película gana ideológicamente muchos enteros, podemos interpretar esta historia como una fábula sobre la inoperancia, torpeza o irresponsabilidad de los padres a la hora de criar a sus hijos o, más bien, sobre la mala conciencia adulta ante generaciones de niños y niñas menos deseados de lo esperable, criados con criterios poco coherentes y contradictorios, mal acompañados y peor educados. En este segundo sentido, en los actos de Kevin no residiría una responsabilidad completa, sino solo la parte que le toca a quien no ha encontrado ni firmeza ni tiento ni consistencia en su formación. El joven apocalíptico psicópata quizás dé miedo por su deshumanización extrema; esta segunda forma de declinar el apocalipsis quizás escueza por excesivamente humana, próxima, dolorosa.

Final: justo cuando termino estas líneas se estrena en los cines la endeble (desde el punto de vista estético) pero interesante (para el tema que nos ocupa) Los niños salvajes. Tras contemplarla constato que sus tres protagonistas corroboran de forma absoluta el penúltimo párrafo de mi artículo, que parecería escrito para esta película. Ambas obras insinúan que, detrás de un joven apocalíptico, hay casi siempre adultos perdidos, débiles, desatentos, desbordados, inoperantes o ciegos. Para seguir pensando.

 

Jesús Villegas