¿Jóvenes en la cárcel?

Fernando García

 

Un político dijo un día que su patria era la libertad. Una canción sonó en la transición española cantando por una libertad sin ira. Un filósofo existencialista francés, llamado Jean Paul Sartre hablaba de la libertad como una condición ineludible del ser humano que le lanza a ir escogiendo posibilidades de realización, en medio de la angustia de saber que al final de todas ellas está la muerte.

Libertad, libertad, libertad… vivimos en una cultura a la que se le llena la boca de libertad sin aclarar demasiado qué se esconde debajo de estas tres sílabas.

Un lobo disfrazado de planta, dialogaba en una representación de guiñol, con cierta oveja descarriada que se había alejado demasiado del pastor y de sus compañeras. ¿Qué es la libertad?, preguntó con ingenuidad la oveja “blanquita”. – Libertad, es hacer lo que quieras, cuando quieras y como quieras… ¡Libertad es hacer lo que te de la gana!

Nuestro lobo acertó a definir la libertad tal y como circula por la cabeza de muchos de nuestros adolescentes y jóvenes. Cada hora ganada a sus padres en el regreso nocturno a casa, cada capricho conseguido, cada gesto de independencia y privacidad en el uso de sus cosas: Messenger, agendas, revistas… es para ellos una conquista de esta “libertad lupina”.

Lobos disfrazados de plantas, los hay por doquier. Por eso me he preguntado más de una vez. ¿No serán ciertas libertades auténticas cárceles? ¿No habremos confundido la autonomía con la irresponsabilidad? ¿No estaremos haciendo del medio un fin, dejando nuestra vida vacía de sentido y de felicidad? A algunas de estas preguntas intento responder, reflexionando sobre cinco cárceles que veo presentes en las vidas de muchos jóvenes.

 

  1. La cárcel del sentimiento

Una tarde dos chicas de 17 años me propusieron un tema para comentar. – Vamos a hablar de las decisiones… Tantas veces nos toca elegir y no vemos claro qué es lo mejor. Yo las dejé hablar.

– ¿Qué creéis que es importante para poder elegir? Fueron saliendo cosas: tener unos principios y valores, alguien que te pueda ayudar, pararte a pensar qué puede ser lo mejor…

– Bien, y a la hora de elegir, ¿a quién tenéis que hacer caso, a vuestra razón, o a vuestro sentimiento? Bea y Luzma se rieron. Me habían escuchado hablar de ello más de una vez y sabían por dónde iban los tiros…

El sentimiento se ha convertido para muchos adolescentes y jóvenes en el timón de sus vidas. Sentirse a gusto consigo mismos es la expresión de un lema vital y de un criterio para decidir. La razón parece haber claudicado y hemos entregado nuestra vida a las sensaciones, a las experiencias, al sentimiento.

Esto me parece tan peligroso, como para afirmar que así la persona queda encarcelada. Los sentimientos son inestables por definición y si pierden su relación con la razón, se convierten en fuente de desequilibrio psicológico y emocional. No creo equivocarme al apuntar que gran parte de las crisis matrimoniales y de opciones vocacionales, responden a esta nueva lógica del sentimiento en la que resulta muy difícil encajar las frustraciones y dificultades de la vida, sin convertirse por ello en un frustrado.

Tras cinco años de matrimonio una joven me llamó para comunicarme que iba a dejar a su marido. Mi única pregunta fue ¿por qué? Su respuesta simple y compleja: «porque ya no me siento enamorada».

Si el sentimiento se convierte en el único timón de nuestra vida, está condenada a parecerse al electrocardiograma de una persona con taquicardias y arritmias. Si nuestros jóvenes no son capaces de desarrollar una personalidad fuerte, que reflexiona sobre su propia vida y encaja las frustraciones, los sacrificios y las exigencias que ésta les trae, sin pasar de la euforia a la depresión, quedarán encarcelados tras los dulces barrotes del sentimiento y la inestabilidad.

A Bea y a Luzma terminé diciéndoles algo que las dejó un tanto descolocadas: Cuando encontréis al chico con el queréis compartir vida, no os caséis sólo porque estáis enamoradas…

 

  1. La cárcel del exceso

Mis alumnos de primero de bachillerato saben que cada vez que pronuncio el nombre de Kant deben hacer una ligera inclinación de cabeza. En realidad pocas veces lo hacen por la profunda influencia que sobre ellos tiene, su padre adoptivo, don Federico Nietzsche,  patrón no oficial del botellón y otras expresiones del fluir de la vida…

Yo creo que la vida está para disfrutarla y que nada debería separarnos del objetivo más noble de esta vida que no es otro que el de alcanzar la felicidad. Los deseos, necesidades, ilusiones, placeres… no son algo para ser aniquilados, sino que son el campo abonado en el que puede germinar y crecer, cada una de nuestras vidas.

Ahora bien, me parece que junto a cada uno de los deseos que nosotros podemos tener, siempre aparece un límite que lo marca, lo sitúa y lo hace realizable. Los límites vienen marcados por lo que somos, tenemos, podemos o hacemos.

La cultura del exceso, vende a los jóvenes la eliminación radical de los límites para conseguir la absoluta libertad de los deseos. Lobos muy diversos profetizan esta nueva libertad sin horas, sin normas, sin reglas, sin presiones. Es precisamente entonces cuando el exceso se convierte en cárcel.

Hay dos fenómenos, ampliamente extendidos entre los adolescentes y jóvenes, que manifiestan este encarcelamiento en el exceso. Uno es la ruptura o la relación difícil con sus padres, como representantes de una serie de normas, de las que se quieren liberar. Otro es el consumo excesivo del alcohol o de las drogas, como medio, cada vez más socialmente aceptado, para prolongar una diversión que necesita «ayudas» externas que superen los límites que marca el mismo organismo.

Desprovistos de una relación cordial con sus padres o sumergidos en el alcoholismo y la drogadicción, muchos jóvenes viven encarcelados tras los dulces barrotes de una cultura que les invita a ser libres disfrutando sin límites de sus deseos…

 

  1. La cárcel del sexo

Un sábado por la tarde me senté en el sillón del Centro Juvenil con dos chicas de trece años que ojeaban una revista de música. – Qué cosas leéis, les comenté sin conocer la revista. – No, esta está bien, me dijeron enseñándomela. – No es como «la Loka», dijo una de ellas. Esa, mi madre no me deja comprarla porque enseñan posturas…

Al lunes siguiente, en clase, me salió natural un comentario sobre los lobos que en forma de revista, ofrecen una libertad fascinante para chicos y chicas, que apenas entrados en la adolescencia, ya tienen un sinfín de mensajes explícitos, que les invitan a probar de todo en las relaciones sexuales.

Pocas cárceles, de las que estoy citando, me resultan más evidentes que esta. Es obvio que el sexo es una fuente de placer, pero desprovisto del amor, de la entrega y de la fidelidad a una persona, se convierte en una forma de despersonalización. Nuestros niños están siendo bombardeados por cientos de mensajes que les roban la infancia y les invitan a crecer deprisa; nuestros adolescentes reciben semanalmente miles de propuestas que les provocan una profunda descoordinación entre su madurez afectiva, psicológica y moral.

La invitación de la sociedad moderna a la anticipación de las relaciones sexuales entre menores, bajo la apariencia de liberalismo progresista, es en realidad una cárcel que puede desgastar a una persona, que aún no se encuentra preparada para afrontar la inmensa responsabilidad que supone entregarte por entero a una persona a la que amas. La técnica ha ido perfeccionando soluciones, en forma de pastillas del día después, para conseguir que el placer se pueda satisfacer sin tener que soportar el peso de la responsabilidad. ¿Es ésta la solución, para nuestros adolescentes?

 

  1. La cárcel del relativismo

La tolerancia es otra de esas palabras mágicas que hoy no pueden ser discutidas. Tolerancia es entendida como respeto a los demás, comprensión de otras culturas, aceptación de las diferencias. Tolerancia es también entendida como absoluta igualdad de todas las opiniones, relativismo de las ideas y reducción de la ética al ámbito de lo privado.

Las tres primeras acepciones de tolerancia, distan, y de qué manera, de las tres siguientes. En aras de la tolerancia muchos jóvenes piensan que todo vale, que el único que decide lo que está bien y lo que está mal es cada uno, que todo, absolutamente todo, es opinable…

De esta forma lo que parecía una gran conquista de la libertad: la autonomía, la interculturalidad, el respeto, puede convertirse en una peligrosa prisión. ¿En qué sentido?

Los jóvenes de hoy, más comunicados que nunca entre sí por medio del móvil o del messenger, viven tal vez en la soledad más profunda cuando se trata de hablar de las cosas realmente importantes de su vida, cuando precisan una comunicación personal y directa que vaya más allá de las redes virtuales, cuando reclaman adultos que sean precisamente adultos, y les regalen su experiencia de vida para buscar juntos lo mejor para ellos.

Todo esto desaparece en la cárcel del relativismo. Si todo depende del sujeto, si se esfuman los principios, los valores, las creencias, la religión… si no hay nada ni nadie a quien agarrase para encontrar orientación en la propia vida, nuestra autonomía y libertad se convierte en la triste cárcel de la soledad.

Resulta paradójico contemplar cómo en un mundo que tiene de todo y dónde las posibilidades de comunicación son cada vez mayores, aumenta el número de suicidios entre jóvenes, vacíos de sentido y de futuro, y tal vez desprovistos de personas que les guíen y ayuden para salir de las prisiones del subjetivismo.

 

  1. La cárcel del presente

Ese estado de ánimo cultural que algunos llaman postmodernidad, se caracteriza fundamentalmente por ser un pensamiento presentista y fragmentado. Ni el pasado, ni el futuro tienen demasiado valor, en comparación con el aprovechamiento y el disfrute del presente: del aquí y del ahora.

El «Carpe Diem» renacentista o el «Hakuna matata» del Rey León, en su apariencia vitalista, resultan en realidad, otras formas de encarcelamiento tras los barrotes del presente.

La vida no es una sucesión de diapositivas que recogen instantáneas del presente. La vida es un proyecto que cada uno de nosotros vamos realizando. Acoger así la vida, implica reflexionar sobre lo vivido y mirar con esperanza hacia el futuro. Limitar nuestra visión a lo que ahora pasa, sin una referencia a unos sueños, ilusiones, valores, principios, que den unidad a la propia existencia y que permitan caminar con la cabeza bien alta, es empobrecernos, limitarnos, encarcelarnos.

Hay que invitar a los jóvenes a levantar la cabeza para mirar hacia delante, a escribir su propia historia, a responder a la pregunta más existencial que se puede formular: ¿Qué quieres hacer con tu vida?

Para que se me entienda

La oveja «blanquita» y el lobo, son dos personajes de una parábola que un día contó Jesús de Nazaret. Aquel de quien sus seguidores, al escribir el libro de los Hechos de los Apóstoles, hacían resumen de su vida con esta frase: «pasó por la vida haciendo el bien».

Él ha sido para millones de personas el rostro y la palabra de Dios, el mejor libertador de cuántas cárceles han existido a lo largo del tiempo. Su historia, hoy más que nunca, merece la pena ser contada, para que los jóvenes del siglo XXI puedan calmar una sed de vida y de esperanza, que ninguna agua de este mundo puede saciar.

 

Para el diálogo…

  • Comenta estas frases del artículo:

– Es muy peligroso entregar el timón de la propia vida sólo al sentimiento.

– La felicidad se encuentra siempre en un equilibrio entre los deseos y los límites.

– No dejamos a los niños, ser niños…

– Los jóvenes de hoy necesitan más que nunca una comunicación real y personal.

  • El autor cuenta anécdotas de su experiencia, busca tú en la tuya ejemplos que confirmen o rebatan cada una de las cárceles aquí expuestas.
  • Lee Lc 15 1-7 ¿Qué te aporta la parábola ante la situación de los jóvenes de hoy? ¿Qué imagen de Dios aparece? ¿Qué lobos/caminos equivocados, ves a tu alrededor?