JUNTOS NADA MÁS. UNA FRATERNIDAD EN EL CORAZÓN DE LA CIUDAD

Yolanda Susaeta y Álvaro Chordi

Comunidad Adsis en Vitoria-Gasteiz

 

Acoger al forastero, aprender de los débiles

En la tradición bíblica la llamada a acoger al otro aparece una y otra vez. Los patriarcas pertenecían a tribus nómadas. Después de haberse establecido en tiempos de Abrahán en el lugar indicado por Dios, emigraron a Egipto, donde sufrieron la opresión y fueron finalmente liberados una vez más por Dios.

De esta experiencia brota una profunda comprensión del destino precario del inmigrante: “No oprimas al inmigrante: vosotros conocisteis muy bien cómo es la vida de los inmigrantes, porque también fuisteis inmigrantes en el país de Egipto” (Lv 19,33-34). Jesús se refiere a esta tradición cuando proféticamente proclama: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me acogisteis” (Mt 25,35). En la propuesta de Jesús, el otro deja de ser otro para devenir en prójimo.

Este patrimonio bíblico conlleva una propuesta ética vigente y necesaria para atender con dignidad y respeto a las personas extranjeras. Mientras que la tolerancia es un valor de mínimos, sin embargo, la hospitalidad se convierte en un horizonte de máximos. La hospitalidad consiste en recibir al otro en su propia casa, en responder a sus necesidades y en ofrecerle un espacio y un tiempo de dignidad para que pueda desarrollarse humanamente.

La hospitalidad implica apertura, transparencia y permeabilidad. Es intercambio de pensamientos, transferencia de sentimientos, de dones materiales e inmateriales. Nuestra comunidad ofrece su hogar, pone a las personas acogidas a resguardo de la intemperie; y las personas acogidas explican su viaje por la vida errante. Ambos crecemos como seres humanos, porque la acogida nos transforma y nos hace ser diferentes.

A partir de la práctica de la hospitalidad, todos somos transformados: por un lado, los “anfitriones”, porque el relato de los “huéspedes” nos introducen en un universo nuevo, con un sistema de signos y de símbolos distinto de los nuestros que recibimos como un gran don; y por otro, las personas acogidas, al entrar en casa y vivir en común, no solamente penetran en un espacio físico, sino que se introducen en un mundo afectivo y simbólico y descubren un universo distinto al suyo que les enriquece.

Los débiles, en la sabiduría práctica de Jesús, nos muestran una dimensión de la vida que generalmente se oculta detrás de nuestro bienestar y compromiso ético. Los débiles nos acercan más a lo real, nos ayudan a asumir aquello que uno es, nos enseñan a aceptar y convivir con la vulnerabilidad. Y es precisamente esta debilidad la que nos encamina hacia la verdad, nos enseña a saber recibir y nos da una inmensa oportunidad para estirar el corazón al estilo de Jesús de Nazaret[1].

 

Una casa abierta

En estas pasadas Navidades una mujer que convivió unos meses con nosotros[2] nos comunicó en la celebración de despedida: “Todos los que forman parte de la comunidad Adsis me han dejado claro que esta casa es la casa de todos y sobre todo, la casa de todos juntos“.

Cuando leíamos estas palabras nos admirábamos de la sencillez con la que había captado la misión de nuestra comunidad. ¡Qué regalo tan grande que una joven contemple la fraternidad como la casa de todos! Y en ese “todos”, ella quería recoger a las personas que han compartido y comparten techo y vida, a los jóvenes que se acercan con familiaridad y naturalidad a nuestra comunidad.

La casa de todos, en la que las puertas a lo largo de estos seis años se han ido abriendo a: Mourad (Marruecos),Mirian y su hija Jenny (Bolivia), Enitou y su hija Toumana (Sahara), Kumba (Ángola), Irma y sus nietas Lisbeth y Ana Paula (Bolivia), Laurentine y sus hijas Manuela y Claudia (Camerún), Fátima y su hijo Wisdon (Nigeria). Hemos abierto las puertas, y el frío de la calle, la injusticia de este mundo y también la fortaleza de tantos y tantas han  irrumpido en nuestras vidas y nos han arrebatado el corazón. Hemos hecho y hacemos vida el evangelio en cada mesa compartida, en la que el más necesitado se sienta en el centro y nos desplaza de nuestras comodidades y seguridades. Al abrir la puerta vamos haciendo realidad que vivimos en la casa del Señor, ya que Jesús nos llama a construir una humanidad en la que todos y todas tengan sitio. En la casa del Señor no importa la raza, ni la religión, ni el status… en esta casa importa el calor del hogar, la mesa compartida, el amor dado y regalado.

El Sur ha irrumpido en nuestra casa, casi sin avisar. El Espíritu es quien nos ha movido y nos mueve,  porque si de nuestras fuerzas hubiera dependido ya habríamos desistido. ¡Cuántas  veces nos hemos dicho que otra acogida más es demasiado, que ya hacemos bastante! Y en cada persona que ha pasado por nuestra casa de Arriaga, el corazón de la comunidad se va haciendo más flexible y misericordioso, más bondadoso y entregado. ¡Qué alegría tan profunda contemplar a los hermanos mayores renovados en su vocación, interrogados y disponibles a la acogida! ¡Qué urgencia para los más jóvenes a la entrega y al compromiso! ¡Qué testimonio de solidaridad y de encarnación en este mundo!

A la luz de la experiencia de estos años, nos vamos dando cuenta que lo mejor que podemos compartir y ofrecer es lo que somos: una comunidad fraterna y solidaria enraizada en el Señor. Hacemos nuestras las palabras de Pedro: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda” (Hch 3,8).

Ofrecemos, en medio de nuestra debilidad y pobreza lo mejor que somos: el ser todos juntos. El ser en el Señor un mismo cuerpo para otros. Eso es lo que tantos y tantas valoran: ser referencia, lugar en el que estar, recuperar fuerzas, compartir… sabiendo que no se pide nada a cambio.

Y eso es lo que otras nos han dejado escrito como agradecimiento del tiempo vivido en casa:

 

“La experiencia de vivir aquí fue lo más grande y bonito que he aprendido, que me quieren como soy y que valgo como persona y ser humano y me dieron confianza en mí con su palabra y apoyo… Les doy las gracias por haberme ayudado y apoyado sin conocerme y darme su cariño y amor sin pedir nada a cambio… Yo les diría antes de irme a mi tierra que sigan adelante y nunca se den por vencidos porque juntos son más fuertes que todos aquellos que les quieran hacer daño”

 

“Yo sentí paz cuando vine a su casa”.

 

“El tiempo que he estado con vosotros me sentí a gusto, querida y cuidada”.

 

“Agradezco mucho todo el apoyo que me han brindado espiritual y material, si no hubiera encontrado a esta familia todo fuera de otra forma pero gracias a Dios los encontré y me refugié en este casa”.

 

Dios se nos ha manifestado en cada persona con la que hemos vivido. En ellas nos ha enseñado a vivir con mayor disponibilidad; en ellas nos ha abierto las entrañas para comprender y amar con mayor generosidad y misericordia; en ella nos hemos sentido interrogados por su fuerza en medio de la debilidad, por su fe y confianza probadas.

 

Indicaciones prácticas de la acogida

La acogida está orientada hacia mujeres inmigrantes en situación de necesidad, es decir, que se encuentren sin referentes ni apoyos relacionales, sin recursos económicos y sin posibilidad de acceder a los recursos sociales por no disponer de tiempo suficiente en la ciudad para ello. Habitualmente estas personas se empadronan en nuestra vivienda para ir generando derechos sociales.

Pretendemos que la acogida en nuestra casa sea parte de un proceso de inserción. Para ello, consideramos fundamental formar parte de una red eclesial y social que mejore su situación. Actualmente las personas acogidas proceden del Proyecto Berakah de las parroquias del Casco Histórico de Vitoria-Gasteiz o del Centro social que promueven las Religiosas de María Inmaculada. Asimismo mantenemos relación con el Proyecto Ireki que dirige la Asociación de Grupos de Referencia de adultos “Ur Bizia” que buscan alojamiento a personas inmigrantes.

Ofrecemos una acogida temporal por seis meses, renovables, en función de cada situación. Consideramos importante que esta temporalidad quede bien definida en los diálogos iniciales y así queda reflejado en el Acuerdo de Acogida, que recoge la naturaleza del servicio que ofrecemos y estas indicaciones prácticas, indicando la persona de referencia de la casa y el compromiso de que mantengan su relación con la entidad de la que proceden para que sean ellos quienes hagan el seguimiento global oportuno.

Ofrecemos que vivan en nuestra casa, compartiendo los espacios comunes y las tareas domésticas, como los demás, ni más ni menos. En ningún caso se trata de alquilar o ceder una habitación y que hagan su vida, sino que vivan con nosotros un tiempo hasta que su situación mejore. La clave está en el tipo de relaciones que generamos en casa, construyendo entre todos una fraternidad solidaria. Si pueden realizar alguna aportación económica, es importante que lo hagan -como criterio educativo-, pero la mayoría de las ocasiones no disponen de ningún tipo de ingresos.

Desde el primer día les damos las llaves de nuestra casa. Nos fiamos de ellos, aunque no les conozcamos. Existen momentos o algunos días en que se quedan solos en casa. En todo caso, es importante que informen de las visitas de amigos y conocidos a casa.

Disponen de una habitación amplia con dos camas, un armario grande, estanterías, mesas y sillas. Además una terraza amplia que suele ser un espacio adecuado para que jueguen los niños. Evitamos, a toda costa, que generen una dinámica aparte, al estilo de los pisos de alquiler; por el contrario, buscamos que se socialicen, aprendan el idioma, cocinen productos de esta tierra y comidas típicas de su país, etc.

Cuando vienen por primera vez a casa, le recibe la persona que va a ser su referencia, que ya le ha conocido previamente y solemos estar el resto de la vida en común. Todos les acogemos, aunque hay una persona que les acompaña más directamente en su proceso de inserción, así como impulsando sus procesos de aprendizaje necesarios para su inserción posterior.

La casa abierta permite que las personas acogidas tengan condiciones para hacer su oración, si es que así lo desean. En la casa hay un pequeño oratorio, en el que oramos todos los días, personal y comunitariamente. En ocasiones esporádicas, oramos todos juntos. En el caso de mujeres musulmanas, disponen de condiciones para que puedan orar a su manera y en sus horarios. Esta experiencia comunitaria de hospitalidad permite un diálogo ecuménico e interreligioso muy rico y fecundo.

Concluimos la narración de esta experiencia que iniciamos hace ya seis años con las bellas palabras de Stan Rougier: “Compasión es abrir nuestro corazón a la necesidad de otro. Cuando sufres, me duele, y mi corazón sale al encuentro de tu necesidad y se esfuerza en protegerte, en defenderte y en combatir lo que te oprime”.

 

Yolanda Susaeta y Álvaro Chordi

 

 

[1] TORRALBA, F., Jesucristo 2.0, PPC, Madrid 2012, 198.

[2] La vida en común Adsis de Vitoria-Gasteiz la componemos un matrimonio con sus dos hijas, dos célibes y un sacerdote. Cada persona ejerce su profesión y se compromete en proyectos de evangelización con jóvenes y pobres, propios o ajenos.

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